martes, abril 05, 2005

¿Buena Fabada o Holocausto Fabil?

Ayer fue mi segundo intento con la fabada. Os recuerdo que hace unas semanas mi madre, en su visita a la capi, me trajo tres fabada-packs, esas cajitas que venden en las tiendas de productos asturianos y que contienen, envasadas al vacío, un montón de fabes y el compango (chorizo, morcilla y esa otra cosa que no se muy bien qué es, ¿jamón?). Pues bien, en el primer intento puse las fabes a remojo la noche anterior, como mandan los cánones y al día siguiente lo cociné todo junto y revuelto en la olla express (no pienso perder tres horas en hacer una fabada en la olla convencional, soy un hombrecito ocupado). Resultó que la fabada quedó aguada, las alubias perdieron la cáscara y algunas estaban duras y, como había echado dos chorizos, el potaje tenía un sabor demasiado fuerte y salado. Cómo son los colegas cuando les haces de comer... estaban todos -mis compis de piso- comiendo aquello en el salón con cara de asco e, hipócritamente, alabando las virtudes de mi cocina. En fin...
Ayer me levante tarde, perdí algunas horas de clase y para alegrarme el día, para tener conciencia de haber hecho algo útil con el tiempo decidí poner la lavadora, comprar papel higiénico y productos de limpieza y cocinar mucho: la Ensalada Imperial Txetxi y una Buena Fabada. Mi Ensalada Imperial no tiene ninguna ciencia más que juntar los exóticos ingredientes que elijo en estado de trance místico (tiene arroz y cosas chinas) y la correcta mezcla de aceite y vinagre (mi madre dice que tengo un talento innato para aliñar, tal vez mi único don).
Con el tema de la fabada estaba un poco acojonado. No había puesto las habas remojo pero me dio igual, tomé esta actitud punk y lo eché todo otra vez en el olla, pero esta vez con un poco de cebolla (como me aconsejó mamá), menos sal, menos agua y un solo chorizo. Después de 16 minutos (como aconsejan las instrucciones de la olla para la fabada) abrí el artefacto con cuidado (las ollas express dan miedo) y aquello que vi dentro no era una fabada, sino un holocausto fabil. Más bien parecía una fosa común de fabes, algunas destrozadas, sin nada de agua, rígidas, como muertas. "Horror", exclamé mordiendome el puño (bueno, dijé "me cago en la puta", eso de "horror" suena un poco cursi); y muy enfadado volví a poner la olla otros 16 minutos, por mis santos cojones. Y aunque no albergaba ninguna esperanza de recuperar aquel mejunge, cuando lo volví a mirar encontré una deliciosa y perfecta fabada; era, diría yo, hasta hermosa.
Fíjense en como siguiendo la propia intuición e ignorando los consejos estereotipados -ponlas a remojo, cocínalas este tiempo...- uno puede conseguir los objetivos más elevados, como hacer platos de cuchara, por ejemplo. Es una especie de comunión cósmica: tu pide que el universo proverá. Pero nunca hay que perder la esperanza.