lunes, junio 15, 2015

Mi única opinión es que no tengo opinión




Cuando era más joven disfrutaba de una meridiana claridad a la hora ver las cosas del mundo y, sobre todo, tenía una opinión formada sobre todas esas cosas, y siempre siempre siempre tenía razón. Mi ojo tenía la precisión del cirujano a la hora de descuartizar la realidad y desmontaba los argumentos de los idiotas (que eran casi todos) como quien desmonta un cochecito de Lego. Eran tiempos hermosos, de orgullo y satisfacción, en los que me erigía como el Faro Moral de Occidente. Todo era muy fácil.

Sin embargo ahora no sé si he cambiado yo o ha cambiado el mundo: una de dos, o me he vuelto más tonto o las cosas se han enrevesado hasta la pesadilla. No entiendo nada, todo son dudas, y sobre nada tengo opinión. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? Si yo solo quiero dormir la siesta, muy tranquilito, la siesta, aquí, ahora, en la cama, porque sí. Desconfío de aquellos que tienen las cosas cada vez más claras cuando más viejos son. Uno debería morirse, en su postrer día, atenazado por la incertidumbre. Ese abismo.

Sin embargo, cada vez se opina más, y con fruición, lo que no quiere decir que cada vez se opine mejor. Antes opinaban cuatro, los que disponían de espacio en los medios de comunicación, el resto de los mortales opinaba borracho en la barra del bar, un día una cosa y al día siguiente la otra, y su opinión no llegaba más allá de las puertas de la taberna. ¿A quién le importaba? Ahora no solo el espacio en los medios y los medios en sí se han multiplicado (plagados de tertulias de todólogos), sino que todos podemos opinar al viento en esas tabernas que son los blogs y las redes sociales. Hay muchas opiniones y casi tantas cosas sobre las que opinar. Pues hoy un terremoto, mañana un atentado, al otro un resultado electoral o el dilema moral de la eutanasia o las vacunas o las prominentes posaderas de Kim Kardashian. Si los físicos hallaran la forma de obtener energía limpia de las opiniones (o del culo de la Kardashian), igual que en esas discotecas en las que se transforma la energía cinética de los bailes en corriente eléctrica para los bafles, el problema energético estaría resuelto.

Así que yo escribo hoy esto para opinar, pero para opinar que cuesta mucho opinar. Tal vez sea deformación profesional, por llevar años ejerciendo el periodismo de información, ese en el que para tratar un tema hay que consultar a los expertos de uno y otro lado y tratar de mantenerse en cierta honesta imparcialidad. Así que ahora, si me entran ganas de opinar sobre el aborto de la gallina, como me impelía en la adolescencia Manolo Kabezabolo, tiendo a pensar que más que mi modesta opinión lo valioso sería consultar a alguna clínica abortista de gallinas o a algún colectivo pro-vida (ese término malévolo) de las gallinas. Y así poner un huevo.

Por lo demás, es curioso que se valore más el periodismo de opinión que el de información: al fin y al cabo la escasez crea valor y, mientras que la información la manejan unos pocos, la opinión, como los culos, la tenemos todos. Menos yo, claro. Así, que dentro del mundo del columnismo, siempre preferiré a esos opinadores que, más que opinar, aportan una nueva forma personal de ver las cosas, una nueva luz.

Creo recordar que hace tiempo escuché a una columnista de nuestro sacrosanto El País (no recuerdo si era Elvira Lindo o Almudena Grandes, o ambas) decir que cuando le confiaron una columna semanal le costaba mucho opinar sobre distintos temas cada semana, algunos sobre los cuales no llevaba una opinión puesta de serie. Y es que, mientras que al resto de los mortales se supone que las opiniones nos brotan solas, como musgo, los opinadores a sueldo tienen que sentarse con la frente apoyada en la palma de la mano para parir una opinión en 400 palabras antes de la fecha de entrega. Así me los imagino, en la sala de partos, abiertos de las intelectuales piernas, o como el estreñido haciendo esfuerzo en la taza del váter hasta que la opinión cae sobre el agua estancada y se tira de la cadena, que es el tiempo. En cambio, los que opinan por placer en las redes sociales lo tienen más fácil: opinan cuando quieren, no cuando deben. Y cuando pasa algo muy grave, se nos pone a todos gesto de ministro y condenamos con firmeza, desde nuestro muro de Facebook, el brutal atentado.

miércoles, febrero 04, 2015

Cómo cocinar su propio universo





¿Desea usted cocinar su propio universo? ¡Ahora es fácil! ¡Solo necesita una  cocina y un paquete de MundoMundial©, su delicioso Universo particular!

Instrucciones:

1.    Coloque en un recipiente adecuado un cantidad finita pero ilimitada de espacio y un reloj parado.
2.    Vierta el contenido de MundoMundial©, su delicioso Universo particular, en el recipiente. Se oirá un pequeño Big Bang. Después de la gran explosión mantenga el fuego en intensidad media y remueva con cuidado.
3.    Observe la evolución de su propio universo.
4.    Podrá variar las condiciones de su universo cambiando constantes universales como la velocidad de la luz, las constantes de Planck, de Boltzmann o la Gravitación Universal.

¿Cómo se desarrollará su universo?

MundoMundial©, su delicioso Universo particular, procura miles de millones de años de diversión. Primero observará como se forman partículas elementales como los quarks y los leptones, su Universo sufrirá una monstruosa inflación, se crearán los protones y los neutrones, y posteriormente los átomos. La materia y la radiación se separarán, el Universo se hará transparente y dará paso a las estrellas, los planetas y las galaxias, rotando grácilmente con una cristalina precisión. Todo se hará cada vez más grande y todo será cada vez más armónico y perfecto. Su Universo será entonces apto para consumo.

Algunas precauciones:

Su universo tiene cierta probabilidad de generar vida sin que la empresa productora de MundoMundial©, su delicioso Universo particular, se responsabilice de este problema. En caso de producir vida no se preocupe: diviértase en observar cómo evoluciona desde el primer aminoácido de la sopa primordial hasta los mamíferos superiores. Algunos animales pueden resultar francamente desagradables, disfrute observando cómo luchan cruelmente por la supervivencia. Otros animales son tiernos y entrañables: deles todo su cariño. ¿Tiene hambre? Un planeta que alberga vida está lleno de cosas ricas para comer, desde legumbres a solomillos.

PELIGRO:

Atención: su universo también puede generar, llegado a este extremo, vida inteligente. La empresa productora de MundoMundial©, su delicioso Universo particular, tampoco se responsabiliza de la aparición de este tipo de vida. Tenga cuidado: los seres humanos son animales racionales pero profundamente violentos y estúpidos. Suelen preferir la lucha a la cooperación y pueden pasarse miles de años peleando por tierras y bienes en vez de organizarse conjuntamente para la supervivencia. Les gusta poder influir sobre los demás y las formas más ridículas de simular la reproducción sexual. Son capaces de lo mejor, pero también de lo peor. Muchas veces tratarán de explicar el universo especulando sobre usted, creando religiones. Adorarán a distintas versiones aproximadas de usted mismo y por este motivo se matarán entre ellos. Algunos intentarán explicarlo todo mediante un conjuro de mitos útiles llamado ciencia. Gracias a esta cosa, al cabo de cierto tiempo pueden llegar a desarrollar civilizaciones tecnológicas y avances capaces de destruir los planetas que los albergan.

Son carcoma cósmica y pueden causar una plaga que arruine buena parte de sus planetas. Por eso, si en la evolución de su paquete de MundoMundial©, su delicioso Universo particular, tiene la mala suerte de generar vida inteligente (la empresa productora no se responsabiliza de este efecto) trate de eliminarla de la raíz y sin contemplaciones antes de que sea demasiado tarde. Puede intentarlo mediante diversas catástrofes naturales: tsunamis, incendios, plagas o terremotos. Sin embargo, los humanos son tenaces aferrándose de forma absurda a la vida. Por eso se recomiendan métodos más taxativos como colisión de asteroides gigantes, explosiones de supernova o estallidos de rayos gamma. Son métodos que garantizan la eliminación definitiva de cualquier impureza en su universo. En caso de error, utilice la opción Big Crunch. No se preocupe, todo habrá sido como si nada hubiera pasado y nada habrá tenido importancia. Es una garantía de MundoMundial©, su delicioso Universo particular.


domingo, diciembre 28, 2014

Las nadas de nada, las legañas

Oviedo es pequeño, pero no tanto, y como vivo desquiciado por los nervios, y aprovechando que ahora anochece pronto, salí a dar un paseo por algunos lugares de la ciudad que ni siquiera recordaba que conocía. Pensamos que las ciudades son nuestras, pero en realidad es al contrario: nosotros somos suyos, sus peleles, sus legañas, sus nadas de nada. Pasamos, vivimos nuestras efímeras existencias en ellas, pero luego ahí siguen, igual que estaban antes de que nosotros llegáramos. A mi me extraña que las ciudades no se derrumben si yo no estoy en ellas, de igual manera que me extraña que haya personas que no sean yo mismo. Pero el mundo existe, y vaya si existe.

Pasé por delante de la facultad de ciencias, dentro de cuyas aulas sufrí y sobreviví los dos primeros cursos de carrera: ahí aprendí, con el pelo teñido de colores, algunas cosas que ya he olvidado como resolver ecuaciones diferenciales o los misterios de la mecánica cuántica. Pasé por delante de la librería donde compre aquellos cuatro tomos de cuentos de Córtazar en Alianza Editorial y del solar donde estaba el bar en al que nos gustaba ir los viernes a beber kalimotxo. Pasé delante del colegio donde mi madre empezó a impartir clases de danza o detrás del edificio donde supe por vez primera cómo huele la marihuana.

Pasée buscando las esquinas y evitando la mirada de la gente, porque no quería encontrarme con ningún conocido (cosa bastante probable en Oviedo) y explicar por qué andaba tan lejos de casa, en Navidad, sin motivo, tratando de escapar del clavo en el entrecejo y el puercoespín en el estómago. Llevaba capucha porque llovía, por supuesto, y caminar bajo la lluvia es una de las cosas más tristes que puede hacer un hombre solo. Porque hay momentos en los que uno se encuentra tan cosmológicamente solo que piensa que si viniese un dios iracundo y lo pisase con su bota vengativa y lo dejase aplastado contra el suelo como un chicle de fresa gastado, a nadie le importaría y ni siquiera saldría en la sección de sucesos de la prensa regional. Porque hay momentos en los que uno está tan apocalípticamente solo ante la apisonadora del tiempo y el muro de la realidad que piensa, ay, ya está, para qué más.

martes, abril 16, 2013

Sus problemas con las acacias



Como tenía una acacia justo enfrente del balcón, a veces, observándola desde dentro, se imaginaba que no era el soplo del viento lo que la hacía moverse, sino que agitaba ella misma las ramas y las hojas, como si estuviera viva (que lo estaba) y pudiera moverse a voluntad, como si fuera una acacia loca. Por las noches, cuando tenía pesadillas, soñaba que la acacia, con sus miles de ramas retorcidas en una geometría fractal, subía a pulso las persianas, y abría las puertas del balcón y se estiraba hasta su cama, y agarraba su cuerpo y la ahogaba sin piedad y entonces despertaba. Los días que tenía dulces sueños, soñaba que la acacia la arropaba, la arrullaba, colocaba bien la manta y le acariciaba las mejillas. En cualquier caso, al despertar cada mañana, salía al balcón y veía a la acacia ahí delante, tan quieta, y aunque fuera primavera y estuviese cubierta de explosiones de hojas verdes reflejando el sol, le daba la impresión de que la acacia estaba muerta. Y entonces no sabía si aquello la dejaba más tranquila o le provocaba una tristeza espesa y abismal. Aún legañosa y despeinada miraba a la acacia, ahí delante, tan quieta y tan acacia, y pensaba: esta es mi casa.

miércoles, abril 03, 2013

La España Cutre



Parecen de otro planeta: llega uno a las fantabulosas nuevas salas de exposiciones del Espacio Fundación Telefónica, tan diáfanas, tan modernas, después de tomar un ascensor trasparente que tiene el tamaño de mi anterior vivienda, y, zasca, se encuentra con estos alienígenas que le miran desde las fotos de Virxilio Vieitez (1930-2008), y que no sabe uno si le resultan tan marcianos porque son gallegos, porque son (no solo están) en blanco y negro, o porque nos miran desde el pasado, el pasado franquista de la España Cutre. ¿Por qué nos resultan tan extraños?

Se muestran aquí 250 fotografías de Vieitez que, salta a la vista, era un fotógrafo de pueblo, de la comarca gallega de Terra de Montes, Pontevedra, que, de 1953 y 1980, fue por las casas, por las comuniones, las bodas y los bautizos fotografiando a estas personas en sus días más especiales, porque durante los 50 y los 60 la fotografía era algo exclusivo y caro que se reservaba a los momentos más señalados. Es todo muy Fellini: las instantáneas que el artista toma de los artistas del circo ambulante, con sus ropas mugrientas y sus caras pintadas, tienen algo macabro. Salen hasta los muertos, muy tiesos en sus ataúdes, rodeados de la familia, que ahora tenemos aquí, revividos, en el centro del centro del muy moderno y cosmopolita, aunque algo venido a menos, Madrid. Y esto todo muy austero, pero de la austeridad de verdad, de la de entonces, la del plato de cristal, el camino de barro, el mantel de cuadros; no las macroausteridades que nos dictan ahora desde no se sabe dónde, aunque las últimas puedan conducir a las primeras. En 1962 se hizo obligatorio incluir fotografía en el DNI: Vieitez retrató entonces a todos los vecinos: si estos señores con traje de domingo, si estas viejas cejijuntas de luto, si este niño que posa con un rifle, si esta familia cabalgando una precaria moto, incluso si este roquero pionero y periférico (que ya se pone la chupa de cuero y el jersey de cuello vuelto) salieran de las fotografías y se materializasen en carne y hueso, tantos años después, lo fliparían: el mundo ahora es en color.



También, al fondo de la exposición, llega el color a las fotos de Vieitez, no crean, a partir de los 70, aunque da la impresión de que las imágenes pierden algo de su gravedad: ahora tenemos los pantalones de campana, los tejidos a cuadros o de colores chillones, barbas progres e incluso una joven muy atrevida y algo ingenua que posa ¡fumando! sobre el capó de un coche, mirando desafiante a la cámara del artista (que, por cierto, nunca quiso ser artista). Ha llegado el pop y algo de la contracultura: en una gasolinera varias jóvenes, muy modernas, gustan de posar delante de un anuncio con una rueda Pirelli en una gasolinera de la zona. Con estos nuevos aires de libertad, y también con la popularización de la fotografía, las poses se relajan, se pierde el entumecimiento de aquellos que posaban en el altar o a las puertas de las casas, ahora solo posarían ya rígidos lo muertos, pero es que también los muertos dejan de aparecer: nadie quiere verle el color a un muerto.



¿Por qué estos seres nos resultan tan extraños?, decíamos al principio. No deberían parecérnoslo, al fin y al cabo, lo que fotografió Vieitez, yendo de lo local a lo universal, como tanto se dice ahora, son los grandes momentos de la existencia, la de antes y la nuestra, que es, en esencia, la misma: cuando uno nace, cuando uno se casa, cuando uno se muere (o cuando llega el circo -del Sol en nuestro caso). Son los mismos ritos de paso a través de los que circulamos nosotros, rampantes habitantes del presente. Sin embargo, ahora lo fotografiamos todo: cuando vomita el gato, lo que cenamos anoche, mi outfit para el sábado noche reflejado en el espejo del baño. Desde luego, como decíamos también, la fotografía ha perdido gravedad. Y tal vez no deberíamos sentirnos tan contemporáneos porque no está claro que hayamos sacado los dos pies de los lodos del subdesarrollo. Quién sabe, tal vez las fotos que saquemos dentro de diez, veinte o treinta años se acerquen cada vez más a lo que Vieitez retrató, con tanta maestría que hasta se puede oler la cuadra y el alcanfor. Seremos cutres.