viernes, julio 03, 2009

La Ley de Bernoulli

En realidad, dijo, nadie sabe por qué vuelan. Hay una teoría científica que lo explica, claro, perteneciente a la mecánica de los fluidos: la circulación del aire alrededor del ala crea una fuerza sustentadora, perpendicular a la superficie del ala, que mantiene al avión en el aire. Para que esa fuerza sea lo suficiente intensa, como para soportar allá arriba a un bicho de metal y plástico, relleno con elementos electrónicos, con decenas de personas dentro y toneladas de combustible, la velocidad tiene que ser alta, por eso son necesarios esos motores tan potentes. Pero, bah, dijo, cualquiera se cree eso...

El avión comenzó a moverse lentamente por la pista y el hombre de barba se distrajo mirando por la ventana. Sonó el aviso para abrocharse los cinturones y el tipo se concentró en la operación. Las azafatas correteaban por el pasillo y todo el mundo ocupó su asiento cuando enfilamos la pista de despegue. De pronto sonó el ruido ensordecedor de los motores, como el rugido de una bestia horrenda y los cuerpos apretaron contra los respaldos por efecto la aceleración. El hombre de barba se agarró con fuerza a los apoyabrazos con sus gruesas manos y echó la cabeza hacia atrás, como si se dispusiese para un dulce sueño, pero era fácil detectar la tensión en su pretendida serenidad. Tenía miedo. Pero quién no se inquieta en un avión, pensé, quién no teme en ese momento mágico –del que dicen, además, que es el más peligroso- en el que las ruedas del tren de aterrizaje pierden el contacto áspero de la pista y, de pronto, todo el aparato está suspendido en el aire e inclinado hacia el cielo y el mundo fuera, todavía cercano como el que muestra la ventana de un coche o un autobús, se ve en un ángulo extraño. Quién no está atento a los continuos ruidos y sonidos que produce un avión, a los cambios que se dan, a los giros que dejan la ventanilla asomada sólo al azul del cielo sin atisbar la tierra, al movimiento de los flaps y los slats, al temblor de las alas. Y quién, ante cualquier bache o turbulencia, no escruta el comportamiento de las azafatas en busca de la naturalidad, de la sonrisa, de saber que es normal que el avión se meneé de esa manera tan violenta, que ellas no se sobresaltan, porque es habitual y están acostumbradas. El hombre que viaja en avión nunca puede olvidar su condición de animal terrestre.

El tipo barbudo, de unos 60 años y con pinta de profesor, ocupaba el asiento a mi izquierda, al lado de la ventanilla. Permaneció con los ojos cerrados fingiendo un plácido sueño hasta que el avión se estabilizó y sonó la señal que permite desabrocharse el cinturón. El no se lo desabrochó, se lo dejó puesto todo el viaje, pero sí se incorporó como si se despertara y miró por la ventanilla comprobando que ya estábamos a la altura y la velocidad de crucero. Las azafatas comenzaron a recorrer el pasillo sirviendo bebidas. El pidió agua, yo una lata de cerveza.
Bueno, dijo mientras se servía el agua en un vaso de plástico, y tú por qué viajas a Oviedo. Le dije que era de allí y que iba a visitar a mi familia. El tipo asintió sin dejar de mirar el vaso y luego, mientras daba el primer sorbo, miró por la ventana. Se veían algunas nubes y el suelo, ya muy lejano, como un patchwork con los colores ocres de la meseta castellana. Es increíble que estos aparatos puedan volar, dijo. A mí volar me da bastante miedo, pero trato de enfrentarlo. Fíjate, podría viajar en el mismo tiempo en un autobús, si contamos el traslado al aeropuerto y el tiempo de espera. Pero trato de enfrentarlo: me resultaría patético dejar de volar por el miedo. Me impediría ir a muchos lugares. Me pareció una postura admirable.

Todos tenemos un poco de miedo en el avión, dije yo, no creo que nadie esté tranquilo a estas alturas. A nuestro lado un hombre dormitaba y roncaba levemente, rompiendo cierta quietud que se había establecido en la cabina. Estaremos a una altitud de 33.000 pies, dijo él. Luego mantuvo un silencio pensativo durante unos segundos y añadió: unos diez kilómetros. Es la hostia. Así que eres de Oviedo, dijo. Sí, respondí, pero llevo bastantes años en Madrid. Le pregunté si él también era de allí y asintió. Bueno, no sé, dijo. Antes era de allí, ahora ya no sé de donde soy... El avión dio un bandazo y el tipo se agarro automáticamente al asiento. Cuando volvió la normalidad habló de nuevo: perdona, qué te decía... ah, sí, que ya no sé exactamente de dónde soy. Desde que murieron mis padres ya no tengo a nadie allí. Mis amigos se han ido, mi familia ha muerto, la ciudad ha cambiado tanto que ya casi ni la reconozco. Recuerdo mi infancia y juventud muchas veces, y la añoro. Ir por las tardes al Campo San Francisco, salir de juerga por el antiguo, aquel cielo gris que sigue allí pero que ya no es el mismo. Ahora ya no quedan ninguno de aquellos bares, todas las tiendas han cambiado, ni siquiera me cruzo a nadie por la calle, tal vez a algún conocido del colegio a quien no saludo, y que probablemente no me reconozca. Algunos han envejecido tanto que me entristece y luego miro mi reflejo en la luna de algún escaparate y me entristezco aún más. Algún viejo ligue también me encuentro y me duele recordar lo guapas que eran y lo estropeadas que están ahora. Yo también era muy guapo, dijo riendo, aunque no lo creas, y tenía cierto éxito. Después se volvió a poner serio, miró las nubes por la ventanilla embarcado en cierta ensoñación, quizás en el recuerdo de alguna persona especial que no se ha ido del todo de la memoria. En realidad, continuó al cabo de un rato, no se para qué vuelvo. Me hospedo en un hotel, paseo solo, me paro en las esquinas y de cada lugar extraigo un puñado de recuerdos. La ciudad es como escenario vacío: sigue el decorado pero faltan todos los actores que representaban la obra de mi vida. Hace daño, pero es un dolor vicioso, una especie de morbo, una melancolía que, como todas las melancolías, produce cierto placer. Es extraño. De alguna manera ya estoy muerto cuando vuelvo a Oviedo, nadie me conoce, nadie me recuerda, soy un cadáver andante que vuelve al mundo de visita. Cuando muera realmente, quizás en un accidente de avión, en Oviedo será lo mismo que ahora, nadie me echará en falta, nadie se dará cuenta. La verdad es que me aterra más volver a Oviedo que volar. Pero hay que afrontar estos terrores, eso es valentía. Tal vez, en uno de mis viajes, yo me disuelva en Oviedo y nadie lo note y me convierta también en sólo un recuerdo neblinoso que brota en las esquinas.

Dejó de hablar y no habló más en todo el viaje. Yo cerré los ojos y empecé a sentir el miedo, el miedo a estar a 33.000 pies de altura, a las turbulencias, a que no este claro por qué vuela un aparato metálico que pesa toneladas. Empecé a temer todos los miedos juntos, me abroché el cinturón de seguridad y me agarré con toda mi fuerza al asiento.

30 comentarios:

Anónimo dijo...

Y con esto a meter miedo en mi madre era una groupie!!

Un paseo por las nubes de abajo. Espléndido.

Una lectora ocasional.

txe dijo...

metía miedo?

Anónimo dijo...

Un poco.

El estúpido indolente dijo...

Corrija el último párrafo.

Precioso texto txe.

txe dijo...

que le pasa al último parrafo?

El estúpido indolente dijo...

En el uso del "porque", que en esa precisa frase debiera ser separado y acentuado.
En cualquier caso, si lo quisiera tomar como sustantivo, que no sería muy correcto, éste debiera ir con su correspondiente tilde.

No sabe cuántos quebraderos de cabeza me ha dado a mí esa parte de la gramática.

Me ha gustado especialmente el texto. Será por mi miedo a volar.

Orologiaio dijo...

Please, fasten your belt.

And enjoy the ride.

Borja F. Caamaño dijo...

Los viajes, sean reales o no, siempre son un punto interesante para desarrollar una historia...

... como ya he dicho, sean reales o no.

Un fuertea abrazo desde el Otro Lado.

Raúl dijo...

Vaya, ahora Alsa te echa de menos.

La cónica dijo...

me habría gustado que el narrador hubiera empezado a desarrollar el miedo a regresar a oviedo, también. lo veo como parte de algo más largo.

besos

una vida lo que un sol dijo...

cuando fui a Oviedo me pareció un poco fantasma, la ciudad... será por estos señores barbudos melancólicos...
y también me encantó su cielo. y más cosicas...
los miedos, toma ya.
Me había acostumbrado a leerte en corto. En el blog.
besoo!

una vida lo que un sol dijo...

Tú tenías que estudiar Física para escribir así de bien, Txe. Lo veo claro y transparente. :P

txe dijo...

joder, es verdad

una vida lo que un sol dijo...

jajajaja... aunque tú ironices yo estoy convencida de ello, pues.
por cierto, ¿qué le ha pasado a tu texto? se ha transformado en una especie de manuscrito en árabe con caracteres diminutos y como cortados.
Estaba acostumbrándome a leerte en corto, en verano. Pero a poder leerte. Esa lengua no la sé.
:P

una vida lo que un sol dijo...

jajajaja... aunque tú ironices yo estoy convencida de ello, pues.
por cierto, ¿qué le ha pasado a tu texto? se ha transformado en una especie de manuscrito en árabe con caracteres diminutos y como cortados.
Estaba acostumbrándome a leerte en corto, en verano. Pero a poder leerte. Esa lengua no la sé.
:P

U.B dijo...

¿Sabes qué currazo es esto de tener que hacer un copia y pega y meterlo en un word?

¿Basado en hechos reales o mentira todo? Durante un segundo se me ha venido a la cabeza aquella peli que hizo Garci hace mil años de un tío que volvía a Asturies porque le daban un Nobel. No sé por qué.

txe dijo...

se llamaba Volver a empezar, y ganó un Oscar.

Comparas esto con Garci. Uf! juaja

una vida lo que un sol dijo...

tiene algo de costumbrista Txe,...

U.B dijo...

Qué va, Garci es es el ejemplo patente de que se puede dominar la teoría y hacer el ridículo con la práctica. Mola más al revés, en todo caso.

En esa peli hay un momento absurdo total con una imitación del Rey al teléfono que bien se podrían haber ahorrado, y que vista ahora parece de Latre. Muy marciano todo.

txe dijo...

a mi esa peli no me desagrada. Es muy triste.

U.B dijo...

Huy, qué partyline, ¿no? jajajajaja.

Mmmmmm. Prefiero You're the one, sobre todo por la banda sonora. Y también es triste.

Aire dijo...

genial, sentí yo también el miedo, a volar, a la muerte y al tiempo

iza dijo...

Viajaste con mi padre Txe. Aunque el no es de Oviedo, pobre, anda fatal de la memoria.

Clementine dijo...

Increible texto. Tengo miedo a ser un cadaver andante, a que nadie me recuerde, a no reconocer como familiar el cielo gris y lo bonito del parque San Francisco. A mi tambien me da miedo volar, pero más aún llegar al punto en el que nadie está, paseos solitarios, y no poder mirarme en el espejo. Que miedo da la vida.. más que la muerte.

Un beso, un placer leerte como siempre.

Miss Wassabi dijo...

Una entrevista anónima impecable...
Me recordaste por momentos a Antonio Lucas...

Tesa dijo...

Antes de subir en un avión por primera vez, tenía ya 35 años, entonces era un lujo y no había tarifas de esas que valen menos que ir al cine en Barcelona.

A lo que iba, estaba excitada, volar como los pájaros, como Ícaro y Dédalo como Santos Dumont o Saint-Exupéry…

Nada, no ocurrió nada emocionante. Me pareció un autobús ruidosos y con poco sitio para moverse, sin el cosquilleo que me produce el tren.

No me da miedo volar. Me aburre un poco cuando los viajes son muy largos. Si ocurre algo, sueles morirte del todo, y ya está.

Lo que sí me da miedo es desaparecer, hacerme invisible para mis amigos, para la gente que quiero, no reconocer a nadie, despertarme un día y darme cuenta de que estoy en un episodio de “La dimensión desconocida” o en una de esas pelis en las que el protagonista no sabe que está muerto.

Es un buen relato que te hace esperar un segundo capítulo, cuando los dos hombres se enfrentan a esa ciudad a la que ya no saben si pertenecen.

Enfrentarse a uno mismo, eso sí que da miedo.

Besos, Txe

Alnitak dijo...

Yo soy de las que cojo un avión demasiado a menudo tal vez. A estas alturas, comienzo a leer en el aeropuerto, y sigo leyendo de pie en la cola de embarque, y con el cinturón abrochado y cuando pasan las azafatas... Eso es lo que me desespera, la pérdida de tiempo asociada al avión, así que intento llenarla, pero los aviones no dan miedo hombre.
Yo no sé por qué vuelan, antes me lo preguntaba pero ya ni me lo planteo, vuelan que es lo que importa. Lo otro, lo de volver, y haber perdido mi sitio, mi vida allí, eso sí que me da miedo.

pd. Ahora al último párrafo le sobra una tilde en el "que", me extraña de usted tanta confusión... Es lo que tiene subirse a un avión para distancias tan cortas...

kay dijo...

sueles empañarme los ojillos, txe peligro

奇堡比 dijo...

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