miércoles, marzo 10, 2010

Espía

Salgo a la calle al atardecer y me encamino hacia los lugares en los que he vivido antes. Lo hago a veces, cuando me asaltan inesperados ataques de melancolía o de nostalgia (otras veces no son tan inesperados, pues coinciden con resacas, problemas o tardes de domingo amarillentas), con la vana esperanza de encontrar algo, no sé muy bien el qué: el tiempo cambia los lugares, las personas y las cosas, y los sitios donde uno ha sido feliz o infeliz pierden su significado íntimo cuando ya no está allí quién compartió con nosotros esos momentos. Aunque si ese alguien retornase y viniera a ese mismo lugar de nuevo tampoco sería lo mismo. El tiempo cambia los lugares y las personas, pero aún más la combinación de ambos, que hace los cambios aún más evidentes. Triste ejercicio de la nostalgia, esta vuelta a comprobar que ya no queda nada, como si uno no lo supiera de antemano, como detenerse a escudriñar bien un cadáver.

Cuando vuelvo a Oviedo es evidente: ya no queda casi nadie de la gente que antes estaba, los comercios han cambiado, muchos de nuestros bares ya no tienen los mismos dueños -no son nuestros- y ya no se conoce a nadie por la calle. La ciudad se ha convertido en un escenario de cartón piedra en el que todos los actores han huido, y sólo quedan ya recuerdos por doquier en cada esquina. Y no es que aquellos tiempos fueran mejores o peores, la nostalgia no distingue de eso, siempre se duele del tiempo pasado, fuera bueno o fuera malo, eso, después mucho tiempo, da lo mismo. Es el miedo al tiempo que pasa, a su mero discurrir, el amor al tiempo vivido, y no tiene ningún remedio, si no que cada vez se agrava.

En Madrid camino hasta la casa de Ópera, o hasta la de Atocha. Pienso: debería subir a mi antigua casa, debería llamar al timbre y esperar a que alguien se asome, debería decirle a ese alguien, fuera quien fuera: déjame mirar mi antiguo cuarto ¿Quién vive ahí? ¿Cómo se llama? ¿Sabe todo lo que en otros tiempos pasó aquí? En la casa de Delicias incluso alcanzo a ver el salón a través del balconcillo, todos estos años he ido constatando los cambios en la pintura, en los trastos almacenados en el propio balcón, en la ropa que tienden los intrusos. A veces veo la sombra de uno pasar contra la pared del fondo, que ahora es blanca. ¿Quién será? ¿Qué hace ahí? ¿Fui yo cómo el alguna vez? ¿Me espía, como un exnovio celoso, algún viejo inquilino a través de las ventanas de mi casa?

12 comentarios:

vaderetrocordero dijo...

Yo lo hice. Llamar a ver quién vivía allí. No te lo recomiendo. Te sientes como si un cadáver te pusiera los cuernos.

Belén dijo...

Es bueno volver a los escenarios del pasado... no sé si te renuevas o te afirmas, pero sienta bien.

Besicos

Voltios dijo...

son experiencias catárticas, muy catárticas.

Orologiaio dijo...

psicótico, no?

NuNa dijo...

puff, paso... no me hablo con mi pasado. Pasó de mi y yo de él. ;P

lachicafriolera dijo...

Una noche de esas de colores como las llamas tú, acabamos en una fiesta que se hacía en un piso cerca de las Ramblas. Con nosotros iba un amigo americano que había vivido 2 años antes en la ciudad y ahora pasaba una nueva temporada. Al entrar en el portal, sorprendido, me dijo que él había vivido en ese edificio.Qué gracia, jaja, hasta que se dio cuenta que la fiesta era en su antiguo piso, dónde había vivido, querido y después odiado y sido abandonado por su antigua novia. Al verlo lleno de gente de fiesta y distinto a como era antes le puso malo y se tuvo que ir a la calle a vomitar. Tal cual te lo cuento.

Eva B. dijo...

es una sensación aterradora. casi lo mejor es quedarse en una mismca casa, en una misma habitación, sin cambiar ni un mueble, sin encender un ordenador, ni una televisión, sin mirar nunca al vecino de la ventana de enfrente, no moverse, el tiempo lo cambia todo, lo chungo no es envejecer sino desaparecer de tu propio mapa. hasta las nuevas polillas q salen del armario cada año me hacen daño con sus mutaciones.

Tesa dijo...

No soy psicoanalista pero me da que la mayoría de la gente quiere trascender, dejar su huella, ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro, que les llamen por su nombre, que los conozcan, que los admiren

Tambien está esa necesidad de pertenencia a un lugar, al clan, a una clase,a una universidad, a un barrio, a un bar...

Decimos: mi casa, mi hijo, mi coche, mi novia, mi novio, mi, mi, mi

No siento apego por las cosas. Me chiflan los cambios, lo desconocido, cuando vuelvo a mi pasado me parece mentira haber estado ahí, ya no soy esa...

Tampoco siento nostalgia por lo que dejé atrás, me interesa sobre todo el presente y siento mucha curiosidad por lo que me depare el futuro, pero sin angustia.


Me gusta un montón como lo cuentas, Txe.

Un beso,

Anónimo dijo...

a mí, lo que cuentas, también me gusta.

la trapecista dijo...

y peor todavía cuando regresas a vivir a tu ciudad, después de un montón de años, y no sólo no queda nada de tu vida, de tus amigos, de los sitios en los que pasaste tantas horas... peor: tienes que construirte una nueva vida, y no sabes por dónde empezar.

奇堡比 dijo...

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