miércoles, abril 11, 2007

Tiro con arco

El tiro con arco es un buen deporte para los lisiados. Antes Jonás prefería correr: practicaba el atletismo profesional en varias de sus vertientes y todo el mundo estaba de acuerdo en que era la gran promesa del atletismo patrio. Desde que perdió la pierna Jonás practica a diario el tiro con arco. Llega a las cuatro al campo de tiro con su pierna ortopédica y tira toda la tarde. Coge una flecha, la coloca en el arco, tensa la cuerda y la flecha va a clavarse temblorosa en la diana. Coge otra flecha, la coloca en el arco, tensa la cuerda, y la flecha se vuelve a clavar con fuerza en la diana, muchos metros más allá. Luego, otra flecha. Y después otra. Así hasta que anochece. A veces Jonás cree ver la cara de aquel tipo en el diana.

Una noche del verano de 2004 Jonás está entrenando para el Campeonato Mundial de Atletismo, que se celebrará semanas después. Se dice que ésta será su gran oportunidad de saltar al estrellato y acapara la atención de todos los especialistas. Jonás corre por una carretera comarcal, como todas las noches, dándoles vueltas al asunto. Nada puede fallar. Entonces, un coche con las luces largas aparece a gran velocidad tras una curva y le arrolla. Jonás vuela por los aires impactado por el coche. Los daños ocasionados en su pierda derecha son irreparables, dicen los traumatólogos. El coche era conducido por un joven bajo los efectos del alcohol que es condenado a unos años de cárcel. No los suficientes, a juicio de Jonás, que asiste al Mundial de Atletismo en silla de ruedas.

Cuando el joven sale de la cárcel Jonás ya es gran tirador –ha tenido tiempo de practicar- y, por supuesto, se ha enterado de su dirección. La misma noche en que el joven regresa a su pueblo, Jonás también está allí. Le espera emboscado en la espesura de unos matorrales enfrente de la casa. Mientras el joven espera impaciente en la puerta a que sus padres le reciban, Jonás coge una flecha, la coloca en el arco y tensa la cuerda. Diana.

miércoles, abril 04, 2007

Venga va, poemas a pares

encajar la vida en los rígidos
esquemas del lenguaje
y a la realidad en el estrecho marco
de las leyes de la ciencia
bien podría denominarse
un proyecto

si supiéramos claro está
a qué nos referimos
cuando decimos realidad
o decimos vida

me basta esta música
esta noche este humo
esta luz amarilla
en una esquina

renuncio
no persigo
las más nobles ambiciones

me basta la certeza de tus manos

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Desde el principio tu cuerpo
estuvo mecanografiado de adioses.

Nunca supe darme cuenta.

Y dijo Dios: hágase la luz
y la luz se hizo,
revelando todos los significados.

Habló la sangre
habló la carne
y habló la piel.

(una puerta que se cierra,
el rumor sordo del frigorífico,
un pájaro muerto en la terraza)


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domingo, abril 01, 2007

Mamá, ¿pillamos pastis?

Volví a Asturias y Asturias estaba sucia, húmeda y mojada como una prostituta de trincheras.

Mamá vino a recogerme a la estación con su Hyundai Coupé deportivo amarillo lima-limón, y sin dejar las maletas en casa ni tomar resuello por un momento, surcamos la autopista en pos de la inauguración de la Ciudad de Cultura de la Laboral, un mastodóntico proyecto que transforma la antigua universidad Laboral de Gijón, a unos tres kilómetros de la urbe, en un centro de lo más vanguardista, bajo la inspiración de ciertas instituciones berlinesas y centroeuropeas. Mamá me había traído un jersey negro de cuello vuelto, pues se trataba de la fiesta de inauguración para los artistas –los políticos habían ido el día anterior- y nosotros, invitados en calidad de artistas y artistas a la sazón, debíamos parecer lo que éramos. Lo más impresionante del complejo es la arquitectura: con techos de kilómetros de altura, muros blancos gigantescos, extrañas estructuras industriales de otros tiempos, también los uniformes de los que allí trabajan, una especie de monos de taller mecánico en gris metalizado, ciertamente humillantes pero muy modernos. Disfruté de lo arriesgado de lo que allí se exponía, sobretodo tratándose de una provincia, aquello superaba con creces cualquier modernidad que haya visto últimamente por las salas de la capital. Lo más sonado y concurrido fue la muestra de arte en videojuegos y algunas instalaciones, todo esto antes, claro está, del lunch, que es lo que verdaderamente vertebra cualquier acto cultural que se precie y lo que todo el mundo espera impaciente: entonces se abandona la observación meditativa de lo expuesto y comienza el divertido juego: ¿Dónde está el Jamón Ibérico? La capacidad de las personas respetables para perder los papeles en un catering es casi tan pasmosa como la de las víctimas del terrorismo o la SGAE para dar esa mezcla de asco y de pena en cualquiera de sus actividades, aún así conseguimos nuestras buenas raciones de todo –había fabes con almejas y carne guisadina en plan diminuto y posmoderno- y bailamos, mamá y yo, el sorprendente techno inteligente que el dejota fue desmigando durante la noche. Mamá es una gran fan inconsciente de James Holden y la música de Border Community, -dan ganas de bailar, dijo la otra noche- así que lo pasamos bien moviendo tímidamente el cacas y golpeando el suelo con el pie al ritmo de los temazos, lamentablemente nadie baila de verdad en estos eventos. Por lo demás conocí a decenas de intelectuales y artistas provinciales: discutí sobre Wittgenstein y el misticismo con un psiquiatra barbudo y borracho, y sobre epistemología con un catedrático de estética con pajarita. Una mujer que presumía haber acabado con decenas de especuladores inmobiliarios –no sé cómo- me recitó un rap que había compuesto a ese respecto, resultó no tener flow. Un directivo de no sé qué asociación cultural me enseñó largamente a declamar, ante mi manifiesto desinterés, para mi lectura del día 7 de julio. Hubo muchas gafas de pasta, muchos viejos ilustres, mucha gente borracha, muchas jóvenes artistas que querían ser francesas. Y aunque todas las noches comienzan de forma diferente suelen acabar –si es que acaban- de la misma manera, mi mente nublada y mi cuerpo cocido dando vueltas en la cama.

miércoles, marzo 28, 2007

oh sí nena

Ahí se van tus pasos
rigurosos
el ritmo musical
de una matemática
perfecta

ahí se van los tacones cirujanos
que me atravesaban el pecho

adiós

tu cuerpo
un instrumento de tortura
aún cuando está lejos

jueves, marzo 22, 2007

Moco

Yo a mi mujer le pego, claro, todas las noches. Le pego los mocos. Mientras ella lee uno de sus novelones a la luz amarillenta de la lamparita de noche, yo me hago el dormido y me escarbo secretamente la nariz emboscado en la penumbra, acurrucado, dándole la espalda para evitar que me descubra. Entonces, cuando después de mucha búsqueda en la profundidad de mis fosas nasales encuentro algún tesoro, algún moco importante (gordo, turgente, verde y compacto, pegajoso) me doy la vuelta torpemente, fingiendo estar adormilado, emitiendo quizás algún vago quejido como el que emite alguien que sueña y que por algún avatar de la oníria se ve impelido a cambiar de postura, y la abrazo. Es entonces cuando mi mano, ya en contacto con su cuerpo, comienza a reptar por su costado, bajo el camisón, con el dedo índice estirado portando en lo alto el moco elegido reluciente y hermoso, no falto de un cierto orgullo imperial, el moco kamikaze que se precipitará sobre su piel. Ella sigue enfrascada en algún recodo de la narración, tal vez un párrafo en el que se descubre un complot urdido entre el Papa, los dirigentes del Opus y la CIA, para ocultar a la población mundial la presencia extraterrestre en la Tierra, tal es la fascinación que le provoca que permanece ajena a todo lo que ocurre un poco más abajo, donde mi mano guerrillera avanza lenta pero imparable en pos del lugar adecuado para depositar su cargamento viscoso. Cuando por fin encuentro el sitio, entre el pecho izquierdo y el sobaco, mi dedo se abalanza como la cola de un escorpión y el moco queda allí pegado con tal mala suerte que de pronto ella sale de su absorta lectura y se hace cargo de la situación: me jala de los cabellos y, haciéndome pasar por encima de su cuerpo, me arroja fuera de la cama. Yo me doy un buen golpe y permanezco allí inmóvil, rezando porque siga leyendo y no se ensañe conmigo, pero no es así: notó primero un pie y luego el otro tomando tierra cerca de donde está mi cabeza y la oigo decir –ella es muy bruta-: me cago en todo lo que se mueve, ¿quieres dejar de una vez de pegarme tu putos mocos? Y después solo suelo recordar un caos de patadas en el hígado y en la frente mezcladas con los improperios que me sigue gritando, luego que todo se nubla y pierdo el sentido hasta la mañana siguiente, en la que me levanto dolorido y amoratado. Sí, mi mujer me pega. Todas las noches.

lunes, marzo 12, 2007

Une histoire de seduction

El primero sonó seco como si en vez de golpear un estómago hubiera golpeado un saco de arena. El cuerpo cayó arrodillado, abrazándose el vientre, para después quedar tendido boca abajo sobre las baldosas de la cocina. Álvarez decidió propinarle entonces un puntapié en la cabeza: el cuello crujió y el cuerpo se giró sobre si mismo, quedando ahora boca arriba y liberando por la oreja un pequeño reguero de sangre espesa que se extendía lentamente por el suelo.

Eran sus cejas, decían, sobretodo sus cejas como dos cuervos negros sobrevolando una mirada torva que aterrorizaba a sus oponentes sobre el cuadrilátero. Álvarez pegaba fuerte y tenía el alma sucia, así se alzó con el campeonato de boxeo durante siete años consecutivos en los que parecía que no había contrincante lo suficientemente fuerte para vencer a la bestia y que nunca lo habría.

Fue durante aquellos años cuando apareció Marian, una entre tantas mujeres de las que el Campeón disponía a su antojo. Marian se prendó de la rudeza de Álvarez, de la manera brusca en la que le hacía el amor -como si ella se opusiese resistencia-, de su forma torpe de acariciarla con las gruesas manos con las que rompía las narices de los otros aspirantes al título. Álvarez apreció de ella su inocencia, su eterna sonrisa y aquella candidez tan alejada de la eterna penumbra en la que vivía.

Ahora, viendo el cuerpo de Marian inerte sobre el suelo de la cocina, liberando aquel charco de sangre casi negra, Álvarez recordó cómo antes, tras conocerse, en las noches de insomnio él velaba su sueño y ella, iluminada por la trémula luz del amanecer que se filtraba, parecía casi muerta y era pálida y hermosa.

lunes, marzo 05, 2007

Proyecto

Me acordé de aquel momento justo cuando coloqué las flores junto a la fosa, recordé una de aquellas tardes cuando Millán estaba sumido en la tristeza espesa que le provocó la pérdida de su empleo y, en pie junto al ventanal que desde nuestro salón se abría a la calle, dijo con una botella de whisky en la mano y fijando la vista en el edificio de enfrente: tengo que saltar. Lo primero que pensé fue que se trataba de un desvarío de borracho deprimido, una locura efímera que se había cruzado por su mente nublada de alcohol y que pronto se disolvería en el olvido; todos nos asombramos cuando al día siguiente bajó al sótano a recuperar la bicicleta oxidada que había guardado allí cuando su nuevo trabajo –el que ahora acababa de perder- le había quitado todo el tiempo para dedicarse al ciclismo.

Lo cierto es que Millán comenzó a entrenar cada tarde con la bicicleta, se hacía unos cuantos kilómetros por la periferia y empezó a hacer mediciones de la distancia que había entre nuestro edificio y el que estaba justo enfrente, de siete pisos cada uno. Como parecía que esta actividad le aliviaba de su melancolía, Elena decidió ayudarle en los cálculos sacando sus viejos libros de física y estudiando de nuevo el tiro parabólico, calculando la resistencia del aire, la velocidad necesaria, el ángulo óptimo para el lanzamiento, buscando los materiales más aerodinámicos y un trampolín.

El día que decidieron por fin llevar a cabo el Proyecto, como habían dado en llamar a aquella idea absurda, nos reunimos un buen grupo de amigos en ambas azoteas. Millán se concentró durante un rato y en el segundo estipulando se lanzó a pedalear. Tomó el trampolín y describió una parábola perfecta en el aire, los demás contuvimos el aliento; de pronto la bicicleta se le escapó de las manos y fue a estrellarse en la fachada del edificio de enfrente tres pisos por debajo de donde impactó el cuerpo de Millán antes de caer a la acera ante el estupor de los transeúntes.

Después de colocar las flores y ver como se hundía el ataúd, pensé que mejor hubiera aprovechado el paro en otras cosas.

miércoles, febrero 28, 2007

Diecinueve

Dicen que la ola de frío viene de Siberia y ha dejado a su paso por Europa más de doscientos muertos. Yo sigo igual, como si nada ocurriera, paseando por los bulevares con el abrigo grande y la bufanda roja que ya no huele a ti. Hoy el cielo está gris, gris, tres veces gris, y las ramas negras y desnudas de los árboles se proyectan contra él como grietas, como si el cielo fuera a quebrarse de un momento a otro y a caer sobre nuestras cabezas. Es domingo y, sin embargo, nadie pasea por aquí, las baldosas están húmedas y sucias. Hace un frío de muerte y estoy sola.

Siempre he tenido frío, desde niña. Nunca sirvieron de nada las estufas y las mantas conmigo, el frío traspasaba mi piel y se adhería a mis huesos, como si en vez de hueso mi esqueleto estuviera forjado en metal. Una mañana encontraron escarcha sobre mis sábanas, nadie pudo explicarlo entonces, nadie quiso hablar de ello después. Más tarde apareciste tú y paseábamos por aquí, era magia: bajo tu brazo existía el calor y me enseñabas los nombres de los pájaros. A veces era primavera, había gente, voces, color y el sol encontraba un hueco por donde asomarse.

Gris, el cielo, como las paredes de tu celda, los barrotes de acero negro. Te imagino sentado al borde de tu catre, los codos sobre las rodillas, las manos en la cabeza, tu pelo escapando entre tus dedos, preguntándote cómo, por qué, si nunca quisiste hacerme daño. Quisiera que de alguna forma supieras que yo sigo caminando por los bulevares y me imaginaras con el abrigo grande y tu bufanda roja, haciendo caso omiso de la ola que vino de Siberia y de los doscientos muertos europeos, del cielo a punto de derrumbarse y del suelo mojado y sucio. Del agua congelada de las fuentes. Repitiéndome otra vez que no, que el frío aún no ha vuelto.

Fueron diecinueve hielos ardiendo sobre mi cuerpo. Puedo recordarlos todos, uno por uno, cayendo sobre mi cuerpo. En el torso, en los costados. Diecinueve clavos de hielo quemándome. Nunca debió ocurrir. Perdiste la cabeza: solías llevarme de paseo, me enseñabas el nombre de los pájaros. Pero aquel día tu rostro estaba rojo. Sentí un frío de muerte y ahora solo cicatrices.

El juez dijo que diecinueve puñaladas son ensañamiento. No lo sé, no eras tú, a veces pasan estas cosas. Recuerda: una vez le di un puntapié a Yago en el hocico cuando destrozó toda mi ropa. A veces pasan estas cosas, pierde uno la cabeza. Yago lo dejó todo perdido de sangre y se quedó gimoteando tendido en una esquina.

Pronunciaría un sortilegio que cambiara lo que ocurrió, si bastara con eso, con unas palabras secretas que transformasen la memoria. Correría entonces a las puertas de prisión y les suplicaría que te soltasen, de rodillas si hiciese falta, con la voz rasgada, con los ojos húmedos y la ropa hecha jirones. Lo haría si de esa manera esta tarde regresara tu cuerpo cálido y paseases conmigo por los bulevares, entre los árboles desnudos, dándome refugio bajo tu brazo. Si vinieras y me sacaras este frío de muerte al menos diecinueve veces, si borrases todas las marcas, si pudieras hacerlo tanto.

viernes, febrero 23, 2007


Y aquí vienen tus manos crispadas a entregarme un puñado de tierra seca. Huele entonces a humedad, a verde oscuro y tu pareces venir de un páramo donde solo sopla el viento. Solo eso.

Digamos miedo.
Digamos miedo y pensemos no importa. Que ya da igual.

Nunca fui muy bueno en los preludios y a qué sacar ahora artillerías olvidadas, para qué fruncir los rostros, para qué verter venenos. Hagamos poemarios y no alucinadas discusiones, sabemos bien que comunicarse es imposible y discutir inevitable.

Callemos entonces.

Digamos miedo.
Solo eso.
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En la imagen el Autor dándole otra vuelta al asunto.

lunes, febrero 19, 2007

Borracha y dinamitera

Decían que en la cuenca minera siempre había sido así, y que obviando el tema de la resistencia a los romanos y a los árabes, también había que tener en cuenta la revolución del 34, gestada en aquellas tierras verdegrises, y durante la cual la región se rigió durante dos semanas por las ideas socialistas y libertarias hasta ser aplastada cruelmente por un jovencísimo general Franco y sus hordas de soldados moros; y también la guerra civil posterior, influida y propiciada en gran medida por la resaca de la revolución primera, y que tuvo además uno de sus escenarios más notables en aquellos valles hermosos y tristes al tiempo donde mineros y burgueses se ensañaron en una lucha intestina y sangrienta. Después, durante los cuarenta años de paz impuesta con mano inclemente, hubo la gente escondida en los montes atacando por sorpresa aquí y allá a modo de guerrilla, y ya entrados en los años 60 todas las huelgas mineras y las luchas obreras que se desarrollaron en las puertas de aquellas minas, en los arcenes de las carreteruchas serpenteantes que se atrevían a penetrar en la cuenca y en las lindes de aquellos ríos negros de carbón que vertebraban la zona. Aquello era, sin duda y desde siempre, un polvorín. Decían que la solución había llegado finalmente no de la mano de la represión y la violencia sino de la mano del placer, que siempre resulta más convincente y efectivo: de esa forma nos somete el sistema ahora, no disgustándonos o alienándonos o marginándonos o esclavizándonos, sino ofreciéndonos todo tipo de paraísos y deseos que actúan sobre nosotros al modo de una zanahoria colgando delante del hocico de un burro. Así la droga campó a sus anchas por la cuenca entrando en todas las casas y en todas la familias, con el beneplácito del gobierno y de la guardia civil, el eterno enemigo que acechaba dentro de los cuartelillos diseminados por toda la geografía minera como modo de representación del poder, y entonces toda la juventud descontenta, prejubilada, hija de años de ignonimia y grisú, cayó en las dulces manos de la heroína, que borró de sus cabezas todo propósito de cambiar el orden de las cosas al menos en lo que se refería al exterior de los cuerpos, las mentes o las venas repetidamente atravesadas por la aguja. Por fin se había establecido el orden.

Esto es la teoría, digo, lo que pude oír de la boca de los líderes sindicales y los intelectuales, lo que muchas veces se podía ver representado en las obras de los artistas o en las letras de los cantautores progres, era éste el discurso que se articulaba en muchos de los libros que llegaban a mis manos, pero lo que a mí realmente me llegó de todo el asunto, la forma en la que todas estas interpretaciones de los hechos y especulaciones tomaron cuerpo ante mí, eran aquellas tardes en la que mi madre respondía al teléfono y se sobresaltaba ante la voz de mi tía avisándonos de que venía Manolo, que acaba de estar en su casa y que ahora se dirigía –tambaleándose probablemente- hacia la nuestra en su habitual y sutil recolecta de las limosnas de la familia. Nos faltaba el tiempo entonces para esconder el bolso de mamá y ciertas cosas de valor que había en la casa antes de que sonase el timbre y detrás de la puerta de entrada apareciese la raída cazadora de piel de mi primo Manolo, su rostro desencajado y sus ojos húmedos y enrojecidos, sobretodo eso, sus ojos húmedos y enrojecidos, sobretodo eso: sus ojos. Manolo venía de la cuenca y no venía solo, traía también al mono, la necesidad imperiosa de meterse algo, y se sentaba en nuestro salón a contarnos -como podía- que ya estaba mejor, que la rehabilitación iba bien y que saldría de ésta; lo más normal es que se hubiese fugado del centro de toxicómanos de nuevo pero nosotros preferíamos no mencionar ese punto. Luego mamá se levantaba a la cocina en busca de una bandejita con tazas de café y un azucarero y durante la ausencia de mamá los ojos de Manolo –húmedos, enrojecidos, perdidos- escaneaban minuciosamente la sala y se decepcionaban al encontrar que no había bolso, ni calderilla sobre las mesas, ni nada que mereciese la pena llevarse para cambiarlo por algo de efectivo. En aquellos instantes yo permanecía en silencio, era muy niño y muy tímido aún, y Manolo, que me inspiraba una mezcla de miedo, lástima y ternura, rellenaba el tiempo diciéndome, qué chaval, cómo te va, dedicándome algo lejanamente parecido a una sonrisa y perdiendo el mínimo tiempo posible en su examen de la sala. A veces me relató mi tía la necesidad que tuvo de coger un taxi con él –mi tía tan beata- y acompañarle a los barrios menos recomendables y más periféricos, sacar unos billetes de su bolso y entregárselos a la mano temblorosa de mi primo para que fuese a uno de esos bloques de ladrillo visto delante de los cuales habían aparcado, mientras ella esperaba pacientemente en el coche, contándole cualquier tontería al taxista o manteniendo simplemente el silencio, esperando, esperando, esperando a que volviese Manolo de nuevo, notablemente más tranquilo ahora, aliviado, también ido, tras haber mezclado la sangre de la familia con otras porquerías.

Tras una vida de leves recuperaciones y profundas recaídas recurrentes Manolo murió afectado de lo evidente; el entierro se celebró una tarde de invierno nublada y gris, que es como son en la cuenca minera siempre las tardes de invierno, en unos de esos cementerios de la zona que se agarran desesperadamente a las empinadas laderas del monte y en donde las tumbas están tan apiñadas que se hace difícil seguir los caminos que –dicen- hay entre ellas. Miradas desde lejos, desde lo más profundo del valle parece que todas las tumbas, los nichos, las cruces, las estatuas de mármol están apiladas desordenadamente las unas sobre las otras. En esos pueblos la muerte siempre anda cercana y rondando, y los cementerios, tan cercanos a las casas de los vivos, hacen que los que se fueron sigan estando presentes muy vívidamente en las existencias de los que dejaron atrás. Aquel entierro fue especialmente opresivo y daba la impresión de que el peso de aquel aire plomizo sobre el pecho dificultaba la respiración y llegaba uno a sentir la tragedia que ocultaba la tierra, los miles cadáveres que debajo de nuestros pies, en cementerios o en fosas perdidas, aún clamaban por la historia de aquel lugar, las guerras, los asesinatos, los accidentes mineros, la enfermedades que volvían negros los pulmones, la depresión permanente de las mujeres que se quedaban en casa temiendo que sus maridos e hijos no volviesen esta vez del trabajo, el alcoholismo, la heroína, la muerte.

El hijo de Manolo, un adolescente con cara de malas pulgas, se quedó, como quien no quiere la cosa, a las puertas del cementerio, fumándose un porro acompañado de unos chavales que debían formar una especie de pequeña banda liderada por él. Su pose era, según me confirmaron más tarde algunos afectados miembros de la familia, de rechazo total hacia nosotros y a todo lo que allí estaba ocurriendo, negaba la realidad entera, aquel lugar, aquellas montañas y aquel río negro, negaba a Dios y a la muerte si hacía falta. Al parecer el chaval ya había comenzado a trapichear con hashís y decía provocador que estaba orgulloso de su padre y que deseaba en el futuro ser como él. A mí me pareció un dislate comprensible dadas las circunstancias y el desamparo en el que se sumía su vida y todas las vidas de aquellas gentes que poblaban la cuenca. Y que faltaban todavía muchas generaciones por venir y sufrir en una rueda absurda y obsesiva las mismas contrariedades, como si aquel pequeño mundo hubiese sido condenado, hace ya mucho tiempo, por un dios iracundo en busca de venganza.

miércoles, febrero 14, 2007

Happy violentine

Una mujer cuadrúpeda sobre mi cama. Con una constelación de pecas sobre su hermosa espalda. No hay azar en la disposición de las estrellas en el firmamento, ni orden en la frecuencia de mis embestidas contra su cuerpo. Cuando estoy a punto, deseo derramarme sobre sus lumbares y parir así con ella una galaxia. Un trémulo reflejo del fulgor de la Vía Láctea.

sábado, febrero 10, 2007

Algunas diferencias filosóficas

La última vez que vinimos a este bar pedimos cañas y patatas bravas –estaban rancias, las patatas-. Me hablaste de Heidegger y del Da-Sein, yo nunca lo entendía. Cuando lo hacías fumabas más deprisa y exhalabas una nube de humo en el espacio que había entre nosotros. Para mí los enunciados metafísicos eran carentes de sentido o erróneos en sintaxis. Misticismo, decías tú y yo decía que sí, pero que era inexpresable. Tan difícil como comunicarnos, cada uno a un lado opuesto de la mesa. Que había muchas cosas aprehensibles solamente en silencio y soledad. Y que no podían decirse de uno a otro. Al final acabamos borrachos y todo parecía más importante y carente de importancia al mismo tiempo. Pagamos en silencio, cada uno, la mitad de la factura.

No sé como decirlo. Nunca fuimos muy felices.

miércoles, febrero 07, 2007

El pasado no es una lápida inmutable sobre el lugar donde una vez enterramos los recuerdos. El pasado se retuerce y se moldea con las manos si uno quiere, se explora y modifica, se descubre muchas veces y nos dice una cosa diferente cada vez que lo evocamos.

(La nostalgia es una práctica perversa y necesaria.
La melancolía,
un vicio para tardes otoñales de tabaco, de lluvia y de ventanas.)

Tengo miedo: muchos hombres intrépidos se aventuraron sin temor en el pasado, persiguiendo sus cantos de sirena, para ya no volver más.

De ellos, tan valientes, del gesto orgulloso con el que zarparon a borde de naves zozobrantes en pos de la vida ya vivida, solo resta ya el recuerdo. Nada más.

domingo, febrero 04, 2007

Asimetría

Ay, qué triste la asimetría entre las palabras, entre los significantes y los significados, unos y otros a distintos lados de una conexión etérea, metafísica, infame. Observen por ejemplo la palabra mesa, tan arbitraria ella y tan fea, la palabra ejemplar por antonomasia y observen, ahora, una mesa, con sus cuatro patas, de madera o de metacrilato o de metal, con todas las cosas regadas por encima, los platos sucios, los papeles importantes, las llaves y el tabaco. Si quitamos todo esto de la abarrotada superficie sobre la que habitualmente nos inclinamos para hacer las cosas de la vida, y la desmontamos, y destornillador y serrucho mediante, vamos modificando cada una de las partes que la forman y con lo que obtenemos de esta operación construimos pacientemente un nuevo artefacto, o dos, esta vez más pequeño, con las patas más cortas y la superficie más baja, más cerca del suelo, ideal para posar el culo y reposar el cuerpo, para tirarse sobre ella tras llegar del trabajo y resoplar al tiempo que con la manga del jersey nos aclaramos el sudor de la frente, entonces tenemos otra cosa que no es una mesa y que sirve para fines distintos, si miramos entonces al otro lado de la misteriosa y volátil conexión semántica, si fijamos la vista allí, en el lugar que desatendimos durante nuestro bricolaje, comprobamos que se ha producido una fascinante metamorfosis y donde estaba antes la pobre palabra mesa, tan inocente y perdida como un huérfano de entreguerras, tenemos algo nuevo, algo que, ha sido producido ajeno a nuestro conocimiento: es la palabra silla.

La asimetría a la que me refiero opera en estos términos, pues aunque modificando el objeto, manipulando la realidad a nuestro antojo conseguimos que en el universo semántico paralelo, donde viven tan desapaciblemente las palabras, se den estos cambios asilvestrados, no es posible hacer lo recíproco y moldear el mundo a nuestro antojo con la mera manipulación de las palabras. Si así fuera los niños que en la escuela aprenden los cuerpos platónicos en sus clases de geometría, podrían dibujar una pequeña línea gamberra y ondulada sobre la letra ene y allí donde entre sus manos yació un anodino cono de aglomerado de madera fuente de elipses, parábolas e hipérbolas, tendría un peludo y jugoso coño, que es como tienen que ser los coños, y allí donde las luchas entre los hombres sembrasen el dolor y la muerte entre las personas bastaría con cambiar una a por la e en la palabra guerra para obtener una guarra y se fueran los tanques y empezara el jolgorio. Un mundo feliz en el que ya nadie diría: ay, que pena tan grande.

jueves, febrero 01, 2007

Ch-ch-ch-ch-changes!

Con lo que nos reíamos antes y por fin el invierno nos golpeó con su furia gélida y gris. Así somos los hombres, nos lanzamos a celebrar a la mínima expectativa de éxito obviando los inesperados giros atroces del destino, pero cómo sino soportar la visión de la muerte al fondo del pasillo. Por aquí estábamos todos muy contentos con eso del cambio climático y los inviernos suaves y soleados, en contraste con el alboroto mediático y con los bustos parlantes que desde nuestras pantallas convertían este fenómeno en el nuevo filón informativo del nuevo año. De pronto todo el mundo tenía el cambio climático entre los dientes y, cómo no, estaban todos muy preocupados. A mí por el contrario me congratulaba esa perspectiva de terracitas en diciembre y domingos de paseo, de estirar los dedos de los pies, convencido como estoy de que la humanidad se autodestruirá de una u otra manera antes de que las devastadoras consecuencias de las variaciones del clima lleguen a tener su justo efecto sobre nuestros ecosistemas. Carl Sagan hablaba de una ecuación –con un montón de variables- inventada por unos físicos que servía para predecir el tiempo de supervivencia de una civilización: según la estimación obtenida, a la raza humana le restaban unos cincuenta años de vida, cien a lo sumo, teniendo en cuenta el desarrollo de las armas nucleares, la superpoblación, el enfrentamiento entre unos bloques y otros, la falta de agua y, en fin, todos esos problemillas que barruntamos como oscuras nubes en el horizonte. Por otro lado, mi profesor de Dinámica Galáctica, que es físico a la sazón, nos habló de la posibilidad de que tales cambios fuesen naturales y provocados por el paso del sistema solar por zonas más densas de la galaxia; según algunos estudios, dijo mostrando unos diagramas en la pantalla, la glaciaciones y otras eras acaecidas en el extenso pasado geológico de la Tierra coinciden con el paso del sol y los planetas por los brazos de la espiral de la Vía Láctea. Bueno, yo no se si esto es creíble o una mera contingencia, lo que si es seguro es que dentro de diez mil años, cuando el hidrógeno se agote en el centro de nuestra estrella y se frenen, por tanto, las reacciones termonucleares que fusionan este elemento para dar helio y toda la luz y energía que hace posible la apacible –en términos cosmológicos- vida de los humanos, el Sol se hinchará como un balón convirtiéndose en una gigante roja y engullendo dentro de sí a la órbita de la Tierra, que se fundirá como una bola de helado al calor del verano. Espero que por entonces no quede nadie por aquí para disfrutar del espectáculo, que, por otra parte, debería ser grandioso.

El invierno, a fin de cuentas, tampoco está tan mal. Es buen momento para darse a la desidia y al recogimiento, y para dejarse crecer la barba. Mientras tanto uno puede jugar a encajar la vida en los rígidos esquemas del lenguaje y a la realidad en el estrecho marco de los leyes de la ciencia, como esos niños que deforman las piezas para que encaje el rompecabezas.

lunes, enero 29, 2007

De putas

Lo que parece impepinable es que el drama de la prostitución no es tal, se me ocurrió la otra tarde, y que tal vez no sea tan terrible dedicarse a tan honrada tarea. Paseando por el expositor de carne que es la calle Montera uno no puede dejar de sentir lástima por esas jovencitas de atuendo extravagante que buscan un partenaire a cambio de una miseria o, peor aún, adentrarse en los sórdidos vericuetos de la calle Ballesta y comprobar ahí siguen esas señoras de edad avanzada cuya forma de sustento es practicarte una fellatio por veinte eurillos de nada. Pero a lo que voy es a que no me resulta tan terrible ser una prostituta de lujo y amasar una fortuna echando un par de polvos por semana –al menos es mejor que fregar escaleras y otros tropecientos curros que ahora mismo se me vienen a la cabeza, con jornadas laborales de ocho horas o más, sin incluir, claro está, los desplazamientos o las jornadas partidas que te parten la vida por la mitad-, de lo cual infiero que el drama no radica en la práctica de la prostitución en sí misma, sino en las condiciones en las que se realiza. Estas condiciones, para las putas que nos acechan por las calles del centro son del todo terribles, obligadas a emigrar de algún país empobrecido del Este o más abajo del Sáhara para acabar pasando las horas susurrando ternezas o lascivias a los transeúntes y teniendo que bregar con todo tipo de piojosos y desdentados que requieren de sus servicios. Es, por tanto, la pobreza y la marginación lo que diferencia la alegre vida de nuestra meretriz de lujo (“conocida t.v., demostrable”) de las lúgubres existencias de las putas callejeras, un problema político, a fin de cuentas.

Respecto a la supuesta inmoralidad de tales tareas lo que resulta evidente es que se trata de un condicionamiento de nuestra cultura impregnada y traspasada por el judeocristianismo aún vigente. En otros ámbitos culturales en ocasiones la prostitución es o fue considerada como una ocupación de prestigio (no en vano se trata del oficio-más-antiguo-del-mundo, del que se dice que fue practicado por la mismísima María Magdalena). Esta inversión de valores en el judeocristianismo fue provocada por Pablo de Tarso, que ustedes conocerán mejor como San Pablo, quién fue, a la sazón, el creador de esta desviación del cristianismo primitivo –del todo más respetable- en la que se convirtió la religión desde la Edad Media hasta nuestros días. Saulo –que era su verdadero nombre- era un neurótico histérico impotente, dicen los más freudianos, que se cayó del caballo cuado iba camino de Damasco ante una visión del propio Cristo que le hizo pasar de la persecución de los cristianos a ser su cabeza visible en una fascinante metamorfosis. Este hombre siniestro odiaba su cuerpo y decidió convertir a la doctrina en algo perverso y castrador. Por supuesto fue Pablo quien satanizó todo lo referente al sexo e introdujo en el corpus del cristianismo aquello que ensalza el sufrimiento y la martirización, cosas tan admiradas hoy en día por los católicos más extremos, leáse opusdeistas o legionarios de cristo, aunque solo sea de boquita. Es, pues, en este marco donde debemos colocar a la presunta inmoralidad de la prostitución.

Por lo demás imagino pocos trabajos que presten un servicio social de tal calibre, que extiendan el bienestar a los más necesitados –o a los más viciosos- y que, en fin, propaguen la felicidad y el disfrute como lo hacen las putas. Más que malas mujeres, pervertidas, inmorales, se me presentan como santas; los que realmente me parecen seres despreciables son aquellos que desde su poltrona o desde su púlpito hacen leña del árbol caído vituperando a las putas y, sobretodo, la asociación de comerciantes de la calle Montera, cuya única preocupación parece ser que el ayuntamiento eche a estas trabajadoras del ñiqui-ñiqui de su calle. Recuerden, fueron precisamente ellos quienes crearon a Floro, un simpático condón antropomorfo de un metro ochenta de altura que amenizaba todas sus manifestaciones y actos públicos: no son trigo limpio. A mí no se me ocurre en virtud a qué derecho –tal vez el derecho divino- se puede prohibir a una joven que esté tomando el fresco en la calle apoyada en un arbolito. Lo que si se debería hacer es regular la prostitución como el trabajo que es, como creo que se hace en Holanda, lo que implicaría su inclusión en la seguridad social, el control sanitario de las trabajadoras, y todos los más derechos conquistados por los trabajadores en los estados del bienestar.

Hala, que disfruten.

viernes, enero 26, 2007

Acerca de una discusión con mamá en torno a la incomunicabilidad del mundo y el sinsentido de los enunciados metafísicos, de compras en un Mercadona


he comprado mortadela. he comprado mortadela, pan y queso. he comprado mortadela, pan y queso y una botella de cava. y después me he puesto triste. quizás todos ustedes deberían haber leído a Ludwig Wittgenstein. quizás todos ustedes deberían haber leído a Ludwig Wittgenstein –su mirada melancólica- y no haberlo comprendido en absoluto.

martes, enero 23, 2007

Entomología


Coleccioné durante algún tiempo, ya lo saben, palabras que significan mariposa y comprobé, maravillado, que todas son palabras hermosas pues se refieren a un hermoso bichejo. Empecé por las más obvias: papillon, mariposa, escapitina, butterfly y más tarde mis amigos comenzaron a regarlármelas en las barras de los bares –tximela, farfalla, borboleta- o a mandármelas en emails desde la India: titili.

Pero me cansé de retener a estas palabras clavadas con un alfiler en un corcho y un buen día abrí la ventana y las vi alejarse revoloteando y no volvieron. Ahora colecciono palabras, otras, que se refieren a la falta de las cosas, a las cosas que no hay: olvido, ausencia, vacío, nada. La mejor de todas, sin duda, la joya de la corona que guardo celosamente en una pequeña caja de caudales es una palabra que casi no es palabra o que es eso y mucho más, una palabra que se rompe con decirla y que se niega a sí misma la existencia. La palabra más extraña y terrorista, que parece estar hecha de cristal.

¿A qué suenan las cosas que no suenan?

Ahí lo tienen.

Silencio.

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En la imagen las plantas de los pies del Autor como alas de mariposa sobre fondo de bigote mexicano.

viernes, enero 19, 2007

las palabras nunca fueron suficiente y he aquí un pájaro negro que despliega sus alas en mi pecho.
palpo tu abdomen tenso y convulso por el llanto y comprendo que el lenguaje es zafio y es inútil, un juguete roto en nuestras bocas.

si encontrara el verbo necesario para encender una luz en tu cabeza. si existiera.
que lo más tonto es perder algo por el puro miedo de perderlo.

te diría. que entres por la puerta que se abre y que disfrutes. que la vida está aquí, en tu regazo, y no en las crueles fantasías que te cuentas.

y que dejes de llorar, cojones.

lunes, enero 15, 2007

Qué fácil recordarlo, era un mañana limpia y la vida parecía tener sentido. Un sol soberbio y orgulloso imponía su dominio y yo desayunaba café con leche y pastas. La planta en la ventana era verde como nunca y la palabra miedo carecía de sentido por un día. Decidí leer la prensa y encender un cigarrillo, había guerras en las letras y hambrunas en otros continentes, pero todo parecía muy lejano y no importaba. Leí, en cambio, un artículo sobre casas de montaña y valles verdes en el norte que quería visitar. Elegí, después, mi disco favorito del estante y lo puse en el stereo, la suave melodía invadió toda la casa mientras yo, asomado al balconcillo, observaba a los niños del vecino jugar con una lata. Qué sencillo. Levanté la aguja del vinilo para atender a una llamada telefónica que irrumpió desde la nada. Y entonces una voz siniestra y oxidada, procedente de otro mundo, me dijo que habías muerto.

Qué fácil recordalo. No creas, si me oyes, que no duele.

miércoles, enero 10, 2007

poemas esta tarde de amor endecasílabo y después fumarme un piti en la ventana. echar muy lento el humo por la boca y pensar en guarrerías imposibles. que trepe la noche sibilina hasta mi pecho y que vengas feliz como una adolescente drogada. no tenemos que hacer nada que no quieras, no seas tonta, y al final ya verás que es mentira lo que dicen. que todas esas cosas tan bonitas que te cuento susurrando en el oído no duelen en el fondo, muy al fondo, si te dejas porque quieres.

viernes, enero 05, 2007

Pescuezo

Has de tener cuidado cuando te pones un jersey de cuello alto porque lo más probable es que sobrevaloren tu cultura y tu inteligencia y eso puede acarrearte problemas y malos tragos. Yo tenía un amigo muy tonto muy tonto que una vez se puso un jersey de cuello alto y esa misma noche le preguntaron en la barra de un bar su opinión sobre la metafísica de Heiddegger y él, como era muy tonto muy tonto y jamás había oído el nombre de ese señor, no supo que responder y el color cada vez más rojo de sus mejillas fue diana de todas la miradas y de todas las burlas que volaron como dardos envenenados por el humeante aire de aquel local. Yo con eso no tengo problema porque soy culto desde hace unos cinco años, cuando me leí un libro muy gordo muy gordo titulado La Cultura. Todo lo que hay que saber; un libro insólito tanto en sus propósitos como en su forma ya que en él se hace un repaso por la cultura occidental en todas sus vertientes (literatura, ciencia, filosofía...) e incluso te da unas útiles directrices, en la segunda parte, para aparentar ser entendido en algo sin serlo y que consiste básicamente en cambiar de tema de la forma más descarada y hablar cínicamente de lo que tú domines. Así que si alguien te habla de la gravedad cuántica y tú en realidad en lo que tienes el culo pelao es en psicoanálisis freudiano pues le respondes con todo eso del yo, el ello y el superyó. Ya ven, como está el patio.

Por estas fechas de frío polar, y con las espaldas bien cubiertas con la cultura que me proporcionó aquella obra monumental, me pongo algunas tardes jerseys de cuello de cisne pues soy muy susceptible de enfermar de la garganta. La gente me dice entonces cosas la mar de extrañas: que si parezco un existencialista, que si un actor francés, que si un sesentero de Mayo del 98, que si fan de Brigitte Bardot, que si un pintor nihilista, siempre, curiosamente, cosas relaccionadas con Francia aunque no me consta que la prenda que nos ocupa tenga nada que ver en concreto con nuestro país vecino. Me recuerda vagamente a aquello de la Escuela de la Gestalt que ustedes estudiaron en filosofía de COU y que seguramente también venía reseñado en el sacrosanto libro gordo de la cultura, y que consistía en aquel cubo que a veces veías de una forma y luego de otra, o aquellos dibujos en los que no sabías si había peces o conejos. En fin, que en la percepción colectiva si te pones un jersey de cuello alto puedes pasar fantasmagóricamente –violá- por todos los estereotipos culturales franceses sin ningún esfuerzo, cosa que haría las delicias de muchos francófilos, a los que recomiendo fervientemente el uso de tan elegante prenda. El pensamiento debe residir en las amígdalas porque a los listos, ya ven, se nos inflaman.

martes, enero 02, 2007

Esquizo

Mi abuelo era ganadero y tenía una fábrica de embutidos así que, detrás de la casa donde vivía mi familia en un pueblo de la cuenca minera, entre ríos y montañas, había una pequeña nave industrial donde los cuerpos despellejados de las reses colgaban de grandes ganchos de metal negro sujetos al techo. A pesar de la agresividad intrínseca a tal actividad dicen que mi abuelo era un hombre dulce, cariñoso y sonriente, cosa que yo atribuyo a que podía comer solomillo muy tierno a diario redodeado de sus ochos hijos -mis ochos tíos- alrededor de una gran mesa de madera oscura. Pero esto no es lo que importa ahora, lo realmente importante es que con cierta fortuna que reunió pudo construir un edificio de ocho plantas en lo que entonces eran las afueras de Oviedo y es ahora el puro centro. Los ochos pisos se repartieron entre los ocho hermanos y, aunque la mayoría fueron vendidos o alquilados, aún a día de hoy hay tres facciones de mi familia que resisten en el inmueble: mi mamá en el cuarto y dos de mis tíos -entre ellos la inefable TiaVicen- en el sexto. Así que cuando estoy en casa de mamá y quiero visitarles solo tengo que subir dos pisos y en estas fechas tan señaladas celebramos todos juntos en uno de los pisos los banquetes y las celebraciones. En estos días el ascensor y las escaleras que median entre el cuarto y el sexto son fuertemente transitadas por miembros de la familia de toda edad y condición que suben y bajan centollos, corderos, regalos y buenos sentimientos.

Fue el año pasado en Nochebuena cuando, subiendo por las escaleras una bandeja repleta de langostinos, la alegría ante la inminente ingestión de marisco se vió reemplazada por un pútrido hedor que procedía del quinto piso, el que media entre unos y otros dominios familiares. En el descansillo de la escalera y sobre el alféizar de la ventana que da al patio de luces encontré todo tipo de dulces y de pequeños juguetes de baratija, un arco iris de gominolas y caramelos, cochecitos y pequeños muñecos, pero también fajas, bragas amarillentas y sujetadores talla grande, lencería, toda ella, de mujer madura. Me sorprendió el exótico contraste entre la imagen entre edénica y circense de aquellos objetos infatiles y coloridos regados por todas partes y la ropa interior y el olor ignominioso que parecía colarse por debajo de la puerta cerrada del quinto derecha. En ese piso había vivido desde que el mundo existía una extraña pareja compuesta por una anciana mujer y su sobrina cuarentona. Recuerdo que durante mi infancia fueron mujeres normales y decentes, anodinas, pero la anciana, un día, pareció empezar a marchitarse víctima de una severa depresión justo cuando florecía mi adolescencia, como si de alguna manera su vigor y vitalidad fueran traspasadas de una a otro través del patio, las tuberías o los tendales de la ropa. Aquella mujer acabó viviendo en un silencio perpetuo tras una mueca de indefinible terror cada vez que me la cruzaba en el portal, moviéndose muy lentamente como si desease que la muerte la alcanzase pronto. Su sobrina, en cambio, era una mujer alegre y conversadora que siempre te ofrecía la mejor de sus sonrisas y un poco de charla intranscendente, y ella permaneció en el edificio incluso después de que su tía fuera trasladada a otro lugar que desconozco a seguir, supongo, asustada del mundo y con la boca bien cerrada. Aquella Nochebuena de hace un año después de presenciar aquella escena en el descansillo subí los escalones de tres en tres hasta llegar al sexto piso, donde ibamos a cenar, y conté con verbo exaltado lo ocurrido. Tras algunas investigaciones por parte de la familia se descubrió que aquella sobrina de apariencia tan normal había enloquecido de repente y, en un ataque de esquizofrenia, había colocado todo de aquella manera –los dulces, las bragas, el confetti- y había, incluso, untado con su orín y sus heces las paredes interiores de su piso dando origen así a aquel hedor que se escapaba por debajo de la puerta. Hablamos largo y tendido sobre esto durante la cena y cada uno pareció revelar opiniones o saberes entre susurros que nunca los demás habían conocido, y se tensaron los oídos y se abrieron bien los ojos, y muchas historias se vertieron sobre aquella mesa en torno a la tía depresiva y la sobrina loca y así, gracias a estos dos personajes y a los rumores que las rodeaban, evitamos felizmente volver a caer en el sempiterno tema de la política que corroía nuestras cenas familiares como años antes había dividido a este país en dos mitades, y nos quisimos mucho más, y logramos evitar los traumas y rencillas familiares, y por fin, pasamos unas entrañables y felices navidades teniendo buenas digestiones y, en fin, como Dios manda.

Algún día la ternera moverá el mundo.

viernes, diciembre 29, 2006

Cachito

"Cachito, cachito, cachito mío; pedazo de cielo que Dios me dio"

Estaría bien descuartizarte y comprobar que la belleza más perfecta habita solitaria en el interior de las personas y no en su profanada superficie; y que no existe nada más hermoso que una pareja de riñones en su jugo o la masculina solidez de un hígado cirrótico. Ven, no tengas miedo, toma mi mano que yo ya tomo con la otra un cuchillo de cocina: te partiré finamente en mil trocitos como tú te merecías y no habrá después pesabumbre ni tristeza pues nadie se marchita por un montón desordenado de fragmentos de otro cuerpo. Nadie llora, amor, al sumergir un hueso en un puchero y no hay luto ni dolor en el rostro curtido del charcutero.

jueves, diciembre 28, 2006

Centollo!

Que ya lo sabemos, que vale que la Navidad ha perdido su significación tradicional y ha girado hacia un consumismo exacerbado, esquizofrénico y monomaníaco, y tanto hemos avanzado en la secularización de estas fechas tan señaladas que hasta la crítica más radical (los que señalaban a estas fechas pero con desprecio y afectación) ha sido absorbida por el propio sistema navideño despojándola de todo sentido como, por otra parte, suele ocurrir con todo tipo de críticas contra el orden de cosas establecido. A día de hoy y a este lado de la galaxia lo más común es decir que odias la navidad, que la navidad es puro consumismo o que te pone triste, y la crítica puede venir tanto de un lado -las bases católicas ofendidas por la usurpación de la tradición a manos de El Corte Inglés y Sidra El Gaitero-, como de los sectores más progresistas que, tal como están las cosas, tendrían doble objetivo a derribar: la significación religiosa y el delirio comercial. Un servidor se encuentra en una tercera postura aún más común y es aquella que adopta el amante de los langostinos y que no puede dejar de amar la conmemoración del nacimiento de Cristo por el grado de identificación que ha llegado a tener esta efeméride con lo que viene a ser el simpático marisco al que le chupas la cabeza. Hay gente que se desespera por la hipocresía de estas épocas, que ya podía todo el año estar la gente tan preocupada por el bien del prójimo, la paz en países desconocidos que -dicen- que existen en África y el amor universal. A mi lo de dar la lata con los niños que se mueren de hambre y con cosas de ese tipo precisamente ahora me parece de un mal gusto mecánicocuántico, precisamente esos que pregonan el compromiso continuo -y no solo a fin de año- con la realidad del mundo, son los que solo se acuerdan de dar el coñazo ahora que estamos ocupados en el Holocausto del Centollo. Desde mi posición, digamos, cetárea, opino que en realidad los que piensan así no caen en la cuenta que, a estas alturas de la civilización, ya nadie se preocupa por la paz o por el amor al prójimo, más bien por el amor a poseer más cosas que el prójimo. Yo en cambio, hedonista irredento, me lamento de que solo en éstas èpocas del año la gente cubra su mesa de mariscos cuando deberían hacerlo a diario, y eso me parece la mayor hipocresía de estos quince días. Luego ya el asunto del cordero me da igual. Que lo disfruten y cuídense del ácido úrico.

martes, diciembre 26, 2006

?

Para ver como cambian las cosas basta con dejarse asombrar por las fotos viejas sentado en una esquina de la cama, o descubrir que han abierto una hamburguesería de plástico en el sitio donde solíamos quedar, o tocar con las yemas de los dedos los rostros de los amigos y que después te inviten a una copa. A veces mueren niños devastados por la leucemia o carcomidos por alguna enfermedad extraña de la que solo se conocen dos o tres casos en el país y sus padres en un intento inútil y desesperado - patético- por conservar su esencia mantienen la habitación del pequeño cadáver dispuesta tal y como estaba durante su corta existencia y cerrada a cal y canto. El hijo ya no está ahí, entre los peluches y el papel coloreado de las paredes, sino pudriéndose en un ataud pequeño y blanco, que es como se debe enterrar a los niños. La habitación, en cambio, permanece como una burbuja estática en la estructura del espaciotiempo y el aire dentro es cada vez más denso y pastoso pues el tiempo allí no pasa, como en el borde de un agujero negro.

Que la memoria es mentira y es mentira que viví mil años enredado como un títere en los finos hilos de la noche y que sucumbí una mañana de hielo al embrujo mágico de las palabras. Que los recuerdos no son algo resuelto y acabado sino que permanecen en constante revisión y que he llegado a recordar mentiras cien veces repetidas y hechos que nunca tuvieron lugar. Que la reminiscencia tiene la calidad de la fantasía o de la ficción y que tal vez todo aquello nunca ocurrió. Y que a veces sobreviene el olvido y hemos de enterrar a las caras y a las cosas y a los nombres de las cosas en cementerios sin nombre dentro de ataudes pequeños y blancos, que es como se debe de enterrar a los recuerdos. O quitarnos la vida arrojándonos a las espinas de un rosal.

sábado, diciembre 23, 2006

Que no estaba muerto, joder, que estaba de parranda.

Seis años de trayectos Asturias-Madrid y viceversa en autobús dan para mucho, y puedo asegurar que yo no sería el mismo si no fuera por las personas que han viajado conmigo y que me han servido como modelo en tantos viajes. Modelos a no seguir, claro, como Pascual Duarte. El viaje de ayer fue, aún así, bastante notable teniendo en cuenta la extrema densidad de personas que había en el autocar y su delirio prenavideño. La que más me incomodó, sin duda, fue esa vieja que viajaba detrás de mí gritando periódicamente como una hiena histérica a un interlocutor telefónico que debía de ser su hijo tonto o su marido. Las señoras mayores van por ahí avasallando como si el mundo se acabara mañana: tratan de saltarse todas las colas, te sacan los ojos con el paraguas en los días de lluvia y comen pasteles compulsivamente los domigos después de salir de misa. Son precisamente los párrocos los que les dan su fuerza y su coartada moral todos los fines de semana desde los púlpitos y luego ellas se pasean toda la semana con el mismo gesto altivo que debía de lucir Napoleón subido a una colina antes de ser derrotado en Waterloo. Yo, en cambio, ayer me sentía un poco Pessoa, un poco Sábato y un poco Naranjito, por aquello de que tengo mucho jugo y me sentía especialmente ácido, y también porque somos casi casi de la misma quinta, qué coño. Aparte de la vieja chillona había dos chavales pijos un poco más jóvenes que un servidor que amenizaron el viaje con sus charlas sobre tetas mientras trataban de organizar un botellón telefónicamente. Ahora los hijos de la burguesía se dejan el pelo largo como Jose María Aznar, por aquello de que las greñas no son solo patrimonio del progrerío y la roja y gualda es para todos los españoles. Odio a la Derecha no solo por sus ideas, sino también por los argumentos que utilizan para defenderlas, por su discurso zafio y por su idiosincracia estética. Mariano Rajoy es transexual y sus segundos de abordo, Acebes y Zaplana, parecen dos mafiosos de película o dos Legionarios de Cristo, que es lo que en realidad son, es decir, ultraderechistas peligrosos. A la Derecha hay que calumniarla incluso con las mayores mentiras -aunque ni siquiera es necesario y yo solo he dicho una: adivinen-. Lo que realmente mola son las ministras socialistas que siempre tienen sus mejores ideas cuando departen informalmente con los periodistas. El otro día una dijo que el movimiento okupa era un movimiento cultural y una forma alternativa de vida, así que infiero que en su juventud visitó los squats holandeses y londinenses y buscó la playa bajo los adoquines o, en versión más cañí, corrió delante de los grises. La otra dijo que deberían prohibir la muerte del toro en las corridas y no puedo estar más de acuerdo con ambas cosas, lamentablemente sus compañeros de partido pronto desmintieron que éstas fueran declaraciones institucionales. He de decir además que yo, como soy muy guerracivilista, estoy a favor de la memoria histórica y de abrir otra vez la brechas del pasado y abrir las tumbas y las fosas comunes de los arcenes de todas las carreteras regionales de España y de que haya guerras fraticidas, que queda todo como más dramático y luego da para producir novelas y películas durante un par de siglos, con todos los beneficios que eso le reporta a nuestra cultura. Ah, y no trato de ser irónico. En serio.

El asco que me produjeron la señora y los pijos fue compensado por un un hombre madurito e interesante que leía a Houllebecq en el asiento de delante y, sobretodo, por el conductor que, aunque llegó una hora tarde por el atasco tenía tal labia cuando hablaba por el micrófono que, tras su última intevención ya en las puertas de Oviedo, recibió una increíble ovación de parte de todos los viajeros. Fue un momento tan emocionante y exaltado que estuve a punto de llorar de alegría, pues hacía tiempo que no vivía nada tan hermoso. Cuando llegué a casa mi madre se había olvidado de dejarme la llaves debajo del felpudo -ya ven, con esas andamos- así que me refugié en casa de la TiaVicen, que aprovechó para amonestarme un poquito, lo habitual, y que me dejó ducharme el cuerpo humano. Después fui de cena con los amigos-de-toda-la-vida y continuamos comprobando como nos hacemos mayores. La noche acabó, como es norma, en los bares más modernos de la ciudad, donde bebimos como macacos y constatamos de nuevo que, aunque ya no vivamos aquí, seguimos siendo algunas de las personalidades más populares y atrayentes de la noche carbayona.

jueves, diciembre 14, 2006

Objetos perdidos

Butch Dillinger abre los ojos después de seis horas de sueño. Ella ya se ha levantado, tal vez unos minutos antes, y corretea alegre por la casa: abre las ventanas y entra el aire fresco, enciende la computadora y un cigarrillo. Butch abandona la cama y la busca para darle un beso y los buenos días. "Hace soool" dice ella mostrando una enorme sonrisa. Butch le mira los dientes y también sonríe, después preparan dos tazas de café en la cocina inundada de luz y las toman en silencio. Ella está en bragas, distraída, él observa sus piernas, su vientre, sus pechos. Tiene la piel dorada. Le gusta, le encanta. Cuando ambos terminan con el café, Butch posa su mano sobre el muslo de ella y suena un ligero chasquido: "hazme el amor", le dice separando muy poco los labios, susurrando en su oído; y de pronto en su cabeza ya está ella saltándole encima como una pantera y las llamas surgiendo entre sus cuerpos; él la muerde en cada recoveco, ella le quita la ropa desesperada, y ya son una maraña caliente de carne, aliento y sudor; todo esto en su cabeza, claro.

"No" responde ella (fuera de la imaginación de Butch) mientras busca con la mirada alguna otra cosa que la distraiga; como no hay nada alrededor, se levanta y abandona la estancia. Butch la observa alejarse por el pasillo con leve paso de gata y deja caer su peso muerto sobre el sofá. "El amor es una enfermedad degenerativa" le grita su cerebro provocándole una molesta agitación. "Cállate" dice Butch mientras, al mismo tiempo, intenta apaciguar a su polla que se ha declarado en rebeldía. Sí, es una rebelión, una dura batalla contra todo su cuerpo. Después de sofocar la revuelta con mano firme se levanta para buscar en los cajones, entre la ropa interior y las viejas fotos, la pasión que se les perdió. Debería andar por ahí, olvidada y amarillenta; tal vez ella la había escondido o confundido con basura y echado al cubo.

martes, diciembre 12, 2006

Zevilla. Puente. Ozú.

Lo primero que sorprende al incauto viajero que emprende viaje hacia tierras andaluzas es el precio del billete de ida y vuelta, tan solo 30 euros, cuando en los viajes a tierras norteñas puede llegar hasta los 50. Todo cobra sentido cuando uno se encuentra montado en un Socibus de color rosa que parece descuajaringarse en cada bache y que tiene una parada a mitad de trayecto en un lugar perdido llamado Guarromán, sobre el que evitaré hacer chistes fáciles. El puente de diciembre estaba construido sobre dos pilares inexistentes, o al menos metafísicos, a saber: uno, la posibilidad de que una mujer se quede encinta –del hijo de Dios (!)- sin haber practicado el acto sexual y otro, la sacrosanta Constitución Española. Y sobre este puente flotante en el vacío nos escapamos en tropel a Sevilla ocho madrileños de adopción que formamos un comando, pues, aunque no amamos ni a la Virgen ni a las Leyes, sí que amamos el disloque, el easy living y las manifestaciones culturales, festivas y gastronómicas de cada rincón de la piel de toro. En el autobús nos comimos dieciocho bocatas.

Sevilla tiene un color especial, como las paredes naranjas del diáfano salón de Rafita, excompañero de piso y amigo que acogió en su hogar al grueso del grupo. Los otros se hospedaron en las dos casas de Virginia, amiga y excompañera de piso, a la que pillamos en mitad de un traslado de un pequeño piso moderno y luminoso a una casita con dos plantas y jardín, en la que el último día celebramos una de esas fiestas matinales que tan bien se nos dan, acompañados de nativos de dudosa procedencia, que acabó en doble desastre, primero con la vecina que rozó el delirio con sus quejas a un impertérrito Guillermo que aguantó el chaparrón por todos nosotros, en plan Jesucristo, y más tarde con el anterior inquilino de la casa –y también amigo- que volvió por sorpresa y encontró a una pareja desnuda en el salón (a la que le arrebató la manta que les tapaba) y toda la basura que se produce en este tipo de reuniones cubriéndolo todo, y que llegó finalmente, en un ataque de ira, a intentar agredir a la nueva inquilina, Virginia, que tras éstos incidentes decidió llamar a la casera –madre del exinquilino a la sazón- y renunciar a ocupar la casa, que, por otra parte, era estupenda. Una lástima.

Pero dejemos los detalles sórdidos y vayamos a lo que importa: el sano compañerismo que desplegamos por las serpenteantes calles de Sevilla, que recorrimos incansables como hacendosas hormigas, el trazado laberíntico de la ciudad, los callejones tortuosos de la zona vieja –algunos tan estrechos como el pasillo de mi casa, otros ciegos, sin salida, otros con un bakala al fondo- que alivian del calor en verano y son herencia de la época árabe y judía -aunque hoy en día están plagados de imágenes cristianas por doquier-, la religiosidad de los sevillanos, el mercadillo de chatarra cercano a la Alameda y el yonqui esquizofrénico tratando de vender un traje de novia, el desvarío estético de los señoritos sevillanos de clase alta acudiendo a una boda, las toneladas de tapas y vinos que degustamos en numerosas tascas y terrazas –con mención especial a esa Bola Picante traída del mundo de la fantasía-, y los múltiples lugares de los-que-hay-que-ver que visitamos como buenos turistas: la giralda, la torre del oro, el parque de Maria Luisa, y la Plaza de España, donde cada uno se fotografió delante de los azulejos que allí hay representando a cada región española. También nos dedicamos, como digo, al ocio nocturno y a nuestras peculiares eucaristías, y el viernes nos embarcamos en la ardua empresa de ir a ver pinchar a James Holden –el niño prodigio de la electrónica de hoy en día- a una discoteca periférica de la ciudad, todo un viaje psiconaútico y danzístico que desembocó en la fiesta matutina antes mencionada y que nos llenó a todos y cada uno de nosotros de gozo y zozobra sensual.

La vuelta, que se alargó más de lo esperado por el atasco de la Operación Retorno, pero que pasé agradablemente leyendo los suplementos dominicales de los periódicos, nos sorprendió con la profunda pena por la muerte de Lauren Postigo, que siempre me había caído bien por su melena leonina y su evidente bondad, pero sobretodo por la boda zulú que celebró hace unos años y que me produjo una mezcla de hilaridad y admiración –aquel tanga- y la alegría por la muerte del general Pinochet – a pesar que se escaqueó de ser juzgado un fascista cadáver siempre le alegra a uno la jornada-, que daba mucho miedo sobre todo cuando llevaba gafas de sol y bigote y que con la ayuda de la CIA y el secretario Kissinger –responsable de todos los desastres latinoamericanos y todavía activo en la sombra- masacró a miles de chilenos y acabó con el que fue, probablemente, el proyecto socialista más prometedor de entre todos los que se ensayaron en aquel castigado continente. Ya saben, socialismo o barbarie.

Salud.

martes, diciembre 05, 2006

No me eche de menos

No me eche de menos, aquí el tiempo va pasando en las ventanas. ¿Sabe? coloqué un molinillo en el balcón. Es bonito, como una flor alegre y excesiva. Cada pétalo es de un color chillón. Se lo compré un domingo a una gitana vieja en el mercadillo. Pero es mejor que una flor, no tengo que regarlo ni darle ningún cuidado. Pasan los meses y sigue teniendo el mismo aspecto, no se marchita ni nada. Me hace compañía y no tengo sacarlo a pasear como a un perro. Es tan indiferente como un gato, y además no araña el sofá. Es también mejor que la tele, no idiotiza: lo miro y me hace pensar. En los días de viento gira veloz y toda la acuarela se funde en blanco; salgo al balcón y miro la calle, al lado de mi molinillo, el viento también revuelve mi pelo. Abajo la gente pasa, por las noches son pandillas que caminan erráticas dando gritos alegres, cantando, con botellas en la mano que alzan al cielo, celebrando. Pero yo me quedo en casa por las noches: enciendo las lámparas pequeñas y el salón se inunda de penumbra amarilla. Al menos los que pasan por la calle deben ver eso: las ventanas, la penumbra amarilla y el molinillo girando en la barandilla del balcón, chirriando levemente -creo que soy yo el único lo oye, tengo que ponerle aceite un día de estos, para que no chirríe. De vez en cuando Antonio pasa por aquí. Suena el timbre y yo me asomo al balcón, a ver quien llama. Él me saluda desde abajo con una bolsa de plástico en la mano. Trae vino y bebemos toda la noche. Me cuenta como le va con Laura. Me dicen que discuten, que no puede ser.
- No te preocupes. Ya pasará - le digo yo.
Él dice que no, que no las tiene todas contigo. Está preocupado. También me dice que yo debería salir más, que no puedo estar aquí todo el tiempo.
- No será para tanto - le digo fingiendo una sonrisa y rellenando su vaso de vino.
- Pues deberías comprarte un animal de compañía o algo -dice él.
- ¿Para qué? Tendría que darle muchos cuidados. Mira, tengo un molinillo -y señalo al balcón- No tengo ni que pasearle. Solo ponerle un poco de grasa.

Además no es cierto que no salga nunca. Voy al mercado a comprar carne y verduras. Me cae bien la gente del mercado, siempre están contentos y hablan mucho. He aprendido nuevas recetas. Cocinar no es tan difícil, el mecanismo es siempre el mismo. Me salen cosas ricas, lo único que no me gusta es que se invierte demasiado tiempo en preparar algo que luego me como en un momento. Tengo tiempo, de todas formas, eso me sobra. Y es que yo como muy rápido, siempre me lo dice mi hermana. Cuando hablamos por teléfono prometo invitarla a cenar alguno de los nuevos platos que he aprendido a cocinar. Pero luego nunca me acuerdo. Está bien mi hermana, acaba de sacar unas oposiciones para profesora de secundaria. No sé si podrá con los chavales, a esas edades son tan rebeldes y ella tiene tan poco carácter que se la van a comer. Además dice que ahora quiere tener un niño, le ha dado fuerte. Ya lo estoy viendo: empezará a trabajar y enseguida tendrá que pedir la baja por maternidad. Tal vez yo debería tener hijos, al menos para dejar constancia de mi paso por aquí, ya me estoy haciendo mayor. No me lo imagino, los niños son tan ruidosos y esta casa parece sumergida en un silencio perfecto (excepto por el chirrido del molinillo, tengo que engrasarlo). De todas maneras no tengo con quien criarlos, así que da igual. A ver si la veo un día de estos, a mi hermana. Podríamos ir a pasear por el parque. Yo a veces lo hago cuando en días soleados, pero también si está nublado y feo. Me siento en un banco y leo durante unas horas. Cuando el sol se hunde me acerco al mirador y ahí está la ciudad oscurecida y el cielo morado y luego naranja y las nubes teñidas de estos colores. Y mientras el sol se esconde lentamente yo busco formas en las nubes, aunque es mentira que sea fácil encontrarlas. Yo hace tiempo que no veo una cara o un dragón en una nube. No sé, quizá sea el cambio climático, hace que ocurran cosas raras en el cielo. O tal vez que mis ojos ya no están para estas cosas, tengo los ojos viejos y la inocencia rota. Cuando ya está todo oscuro y las farolas encendidas vuelvo a casa y me siento en el sofá después de comer algo y me miro las manos y canturreo algo. El cristal de la ventana me devuelve el reflejo de mi cara y pruebo a sonreír. Lo único que cambia en mi gesto es la boca, los ojos se quedan lo mismo, la mirada permanece igual, solo sonríe mi boca. Quisiera sonreír de otra manera. Me gustaría ser honesto con mi sonrisa. Sonrío como quien sale en una foto.

Algunas noches, ¿sabe?, las paso pensando en usted. Pienso: ¿qué tal le irá? ¿donde estará ahora? Pero no se preocupe, no me eche de menos, como ve todo va bien por aquí. Tal vez un día me asome al balcón y la vea caminando por mi calle. Si usted algún día pasa por aquí y decide mirar hacia arriba y no me encuentra asomado al menos podrá ver el molinillo que tengo ahí colocado, es bonito como una flor alegre y excesiva, puede que ya lo haya engrasado, estoy seguro de que le gustará. Tal vez en ese momento yo también lo esté mirando desde dentro, oculto en la luz amarilla, sentado en el sofá, así que no se preocupe, no me eche de menos, como ve todo va bien por aquí.

viernes, diciembre 01, 2006

Miedo


Escruto estos días polisémicos con mano temblorosa, inocente como un ciervo herido, como un niño, y no encuentro la estructura, la cadencia: no hay sentido.

Constato cada día minucioso en el espejo cada marca, cada línea esculpida por el tiempo en la fría superficie, y hay un hombre, como todos esos hombres que caminan por las calles encorvados con paraguas -ya no un niño-, que me observa con dos ojos que son cuervos escondidos en la cueva y no comprende.

Miradme ahora, tan patético: tratando vanamente de ocultar este miedo a los relojes. Tendiendo esta cortina con las manos que algún día serán huesos.


martes, noviembre 28, 2006

A ella le gusta la gasolina

Tal vez sea el silencio y la sombra, no sé, el leve murmullo del mundo que se pudre ahí fuera según entra el otoño, las pisadas ligeras de mi gato yendo y viniendo por el pasillo, inquieto, el viento en la ventana, empujando la persiana cadenciosamente hacia delante y atrás, en fin: los tenues latidos de mi corazón, el vacío rodeando mi cama y la luz pobre de la última lámpara que esta noche permanece encendida como una hoguera perdida a lo lejos cuyo calor no me alcanza, simplemente, tal vez, la ausencia de tus manos, por qué demonios no están aquí tus manos tomando mis zarpas rotas y heridas, cuáles son los demonios que se han conjurado para dejarme muda, gélida y enferma.

Si viniera ahora tendría miedo, si viniera ahora tu mano desde la lejanía –esta noche es un páramo sin horizonte- y la yema de tu dedo tentase mi hombro y mi nuca, si notase tu aliento naranja meciendo mi cuello me asustaría. Cómo se ha escapado el tiempo: mi piel se ha vuelto gris y está fría, una fina capa de escarcha recubre mi cuerpo. Si acudieras a mi alcoba esta noche me encontrarías acurrucada y temerosa, mi cuerpo enterrado bajo la manta intentando reunir algún resto del calor que te llevaste, zozobrante, como un animal escondido en la madriguera, mi cuerpo es un animal que espera. El miedo acechando en los bordes de mi lecho, también el sueño…

El sonido del tren quebró el cielo y hoy la ciudad ha amanecido furiosa, violenta, despeinada por el viento; un sol recién nacido cegado por las nubes. Desde la ventana de veo a un hombre gris que dobla aquella esquina. Hay también un periódico que vuela entre los cubos de basura, y hojas secas, y un niño con chubasquero de la mano de su madre, y otro niño que hace pucheros porque no quiere ir a la escuela, y coches que pasan muy rápido, rugen y pitan. Hay también una estación y un tren –vacío- que se va. El café frío entre mis manos te devuelve a mi cabeza, y me doy cuenta de que no viniste anoche, de que no vienes nunca, de que nunca regresaste.

Te esperaba anoche asaltando mi ventana, embozado en lo oscuro y supurando combustible, esperaba tus pasos acercándose a mi cama y tu cuerpo oliendo a gasolina. Todo el día he pasado asomada, sin dejar ni un solo instante de vigilar la calle que conduce hasta mi puerta y tiritando. Que te vengas, digo, que vuelvas y derritas el hielo de mi entraña, no queda otro remedio. Ven, hombre del Este, vestido de naranja y con una bombona en cada hombro, se acabo el butano hace tres días y desde entonces lo único que arde en esta casa es mi entrepierna.

sábado, noviembre 25, 2006

Manifiesto Malayo

A mi la Operación Malaya siempre me ha fascinado, desde que un buen día salió de la brillante cabecita de algún juez estrella o de un guionista venezolano. Y mola, aparte de por ese nombre tan exótico - tan de libro de viajes por Indochina, tan de prostíbulo tailandés, tan de las aventuras del capitán Richard Burton-, porque es una síntesis hegeliana en toda regla, esto es, la última fase del proceso dialéctico en el que un concepto y su contrario se funden en uno solo y se superan a sí mismos, en el caso que nos ocupa el corazón y la política, facetas de esta vida moderna que siempre andaron a la gresca y se posicionaron, de alguna manera, como polos opuestos: la política para la gente seria y lo rosa para las marujas, los debates políticos en la tele muy temprano o muy tarde (pues el resto del día los hombres comprometidos los pasan trabajando en sus oficinas) y los del corazón durante el resto de la jornada, cuando las amas de casa hacen las camas y limpian ventanas. Así que, como digo, llegó la Operación Malaya e hizo un revoltijo con temas tan fundamentales para la actualidad como la política municipal marbellí, la corrupción, la especulación inmobiliaria, el deterioro medioambiental de las costas malagueñas y los líos de faldas de la Pantoja; todo ello trufado de personajes de lujo: la propia Isabel -que reina en solitario desde la desaparición de la muy llorada Rocío-, Julián Muñoz y sus aventuras sanito-carcelarias, la rubia del PSOE, el fantasma de Gil siempre presente y volviendo del más allá cabalgando a un espectral Imperioso y hasta la ex de Julián que últimamente se ha revelado como una cocainómana de pret-a-porter. Y todo esto viene que ni pintado para estos tiempos tan posmodernos, tan de mestizaje y de todo vale y Dios a muerto, porque, digo yo, si la gente mezcla un inmaculado flequillo sesentero a lo peli de Nouvelle Vague, con la bambas all star de los Ramones, una blusa floreada toda jipi y esos pantalones de pitillo que ahora causan furor cuando hace un par de años, cuando solo los llevaba nuestro vecino el jevi, eran objeto de mofa e hilaridad, si se hace eso y se crea la ópera chill out, el tango trip hop, el flamenco fusión, el electrochotis y el hard pasodoble, si todo es ahora un sindiós de neo's, y post's y trans's y todo eso, ¿por qué los columnistas de los periódicos, los analistas políticos enfundados en sus trajes gris marengo y en esos pelos engominados que de seguro no les dejan pensar, se llevan las manos a la cabeza escandalizados por esta banalización de la política y desubstanciación de los grandes temas?

¿Acaso no se han leído La Sociedad del Espectáculo? ¿No enseñan ya este libro en las escuelas?

Lo cierto es que, como todos los grupos de poder, lo único que tratan es de mantener su posición ayudados, sobretodo, por un abstruso lenguaje alejado del pueblo (las marujas) y presentando su actividad a las masas como una disciplina más gris que sus trajes y más rígida que sus peinados, así los poderosos camparan a sus anchas, como siempre ha sido y será. Lo mismo ocurrió cuando los famosos dejaron de ser famosos por sus actividades artísticas o profesionales para dejar paso al nuevo famoso postmoderno, que apareció con gran estruendo y sonido de fanfarrias como el superhombre nietszchiano o el nuevo hombre soviético: el famoso profesional que es célebre gracias a su frikismo o simplemente a su voluntad y patetismo, véase el fenómeno del tamarismo, de gran interés desde el punto de vista de la teoría de la cultura y la sociología modernas. La democratización de la fama, señores. Fue entonces cuando los famosos de toda la vida, viendo peligrar sus plácidas poltronas, comenzaron una intensa labor de zapa y llegaron a convencer a gran parte de la sociedad y a mucha gente de buen corazón con la absurda idea judeocristiana de que la fama se gana con sudor y con trabajo, cuando todos sabemos que en el pueblo de nuestros abuelos el más famoso no era el más virtuoso sino la más puta o el más borracho o, mismamente, el tonto del pueblo.

Acerquemos, pues, el estrellato a la plebe, demos la vuelta a los focos y enfoquemos al gallinero, repartamos la gloria a cada uno según sus necesidades, que ya estamos hartos de esa prensa rosa del Hola y de las televisiones serias - Anne Igartiburu, Rosa Villacastín- donde solo se ocupan de aristócratas enseñando sus yates y monarquías europeas y viejas glorias musicales de paseo por el campo con sus niños y sus perros y de viejas burguesas enjoyadas que luchan contra el cáncer y de Pitita Ridruejo. Necesitamos un star system periférico y proleta -como dice Bigas Luna en Yo soy la Juani-, nuevas Belenes Estéban, más reality shows y más hijos del pueblo como Bisbal o Busta; y que el corazón sea como el Aquí hay tomate o no sea, que fabule y tergiverse, que mienta y destruya, y que ironice de esa forma incomparable, que sea el azote de los que viven del cuento. Va por vosotros. Salud.

martes, noviembre 21, 2006

me (di) vierto

Que me toques los cojones, eso sí, pero que sea con caricia dilatada y no con ímpetu ni urgencia, que tu mano sea pluma y se pose tu lengua húmeda en mi escroto, que dibuje ochos, infinitos, mariposas, y que escale tu lengua dura y rosa el espinazo de mi polla, que no se pierda, que llegue a la cabeza, que la lama, que la mezca, detente tres mil años en la superficie morada y esponjosa, ¿no ves que es una fresa?, ¿no ves que es una fruta que te metes en la boca?

que exista ahora tu mano, de repente, proveniente de lo oscuro y me agarre firme por la base de mi verga, y que entre yo en tu boca y emitas un sonido imperceptible, un gemido, una sorpresa, tus labios son ahora un anillo que me pongo en la entrepierna, más arriba, más abajo, bailando al compás con los dedos de tu mano en un dulce traqueteo que me vuelve delirante, y que sigas un buen rato, que me mires mientras tanto, y compruebes que consiento a ese dedo tan travieso que se mete por mi culo

y que sienta que algo viene, se aproxima sigiloso, en silencio lo primero, ahora fuerte, más potente, algo raro que procede de la nada, de la entraña catacumba y que sienta que ya emerge, que está cálido, que es caliente y que sienta que me vierto, que es extraño, y que dejo mi simiente en tu boca y en tus manos.

jueves, noviembre 16, 2006

Destruye

Siempre fantaseando con que me destruyas, me destroces, con que acabes conmigo para siempre y de una vez por todas; yo inmerso en una mediatarde suave de sol sobando una siesta amarilla como mil domingos fundidos y entonces unos fuertes golpes en la puerta, parece que la van a tirar abajo -Dios mío-; abro la puerta asustado, adormecido y legañoso y me encuentro con todos tus ejércitos, hombres de gesto severo que me empujan con violencia y entran en avalancha, dando gritos por el pasillo, avanzando con la espalda pegada a las paredes y las piernas flexionadas, apuntando con sus armas en todas direcciones; lo ponen todo patas arriba, vacían los cajones sobre el parquet, y mis discos, nuestras fotos, mis papeles tirados por el suelo, revisan todos mis libros, incluso los que aún no he leído, cabrones, el interior de la olla express y los bricks de leche vacíos y me tiran en el suelo, me esposan las manos a la espalda y un oficial de mandíbulas de acero pone su bota grande, negra y manchada de barro reseco sobre mi cabeza y mi cabecita allí apresada, ridícula, mi cara de tonto entre la suela y el suelo pensando únicamente en ti y en que me destruyas, me destroces, que acabes conmigo de una vez por todas, por las mañanas, por las tardes y por las noches, domingos y festivos, que no me permitas hacer nada de lo que me gusta: arroja a la basura mis paquetes de tabaco barato, prohíbeme salir con mis amigos a tomar un vino tinto, apágame la tele después de la comida y enciérrame en tu cuarto dulce de persianas bajadas hasta que pierda la noción del tiempo y del espacio y todos los kilos que me sobran, yaciendo encadenado a la pata de tu cama, viéndote aparecer cada noche o lo que sea, con un traje de vinilo negro que te llega hasta el cuello, la cremallera plateada desde tu ombligo subiendo entre tus pechos, y tu látigo de siete colas, ven a mi vera y abofetéame fuerte, hazme acupuntura con tus tacones de aguja, arráncame los labios a mordiscos, ábreme el pecho con las manos desnudas y las uñas pintadas de rojo, y escupe dentro que para eso está mi pecho, que sin ti mi corazón no es más que una pieza sangrienta en la vitrina del charcutero, atrezzo de peli gore, ven, tú, destrúyeme, destrózame, acaba conmigo para siempre y de una vez por todas, tú, sí, tú, tus ojos, tu pelo, tu olor, te quiero, mi amor.

lunes, noviembre 13, 2006

Aquí unos amigos

Marta Espeso es la honestidad y la nobleza, pues para valorar justamente a una pareja es necesario mirar desde lejos, desde una atalaya donde la vista sea clara y diáfana y la mente no esté entorpecida por el amor o el desamor, por el rencor o la ausencia, hay que mirar atrás cuando ya hace tiempo que la sociedad se ha disuelto, y todo ha acabado, y ya solo resta de ella el recuerdo. Resulta tan difícil ser una buena ex como una buena novia y ella fue y es bien ambas cosas, cosa que poca gente puede decir. Marta Espeso me gusta porque cada vez está más guapa y por su sonrisa franca y por la risa fácil con la que ríe todas mis gracias, así que quedo con ella para tomar unas copas –nosotros no quedamos para tomar café- y felicitarle su vigésimo sexto cumpleaños -cómo hemos crecido, quién lo iba a decir, si a nosotros eso no nos iba a ocurrir nunca-, y resulta que ella además se ha citado paralelamente con otros dos amigos de esos de toda la vida que en realidad no ves nunca y que curiosamente son los dos que ya se han casado, qué fuerte. Perti es un hombre grande en todos los sentidos y un cachondo, recuerdo cuando de más jóvenes aseguraba que él jamás caería en la garras de una mujer mientras que los demás, pringaos, estábamos minuciosamente emparejados, echando por tierra, según él, nuestra juventud y nuestra independencia. Poco duró su soltería militante y finalmente fue el primero en casarse e incluso en tener un hijo, así que ahora es padre –un buen padre, se le nota en la mirada y en la palabra, ya tan distintas a las que antes eran- y me cuenta acodado en la barra del bar sus flamantes teorías sobre la paternidad, algunas muy acertadas y otras hilarantes. Aprovecho para saludarle desde aquí ya que he comprobado con alegría que es un fiel seguidor de este vuestro humilde blog. Bea, la otra amiga que acudió a la cita, es la inocencia hecha carne y hecha hueso, como un petit suisse, y se ha casado recientemente con un apuesto joven de tez morena; por lo demás sigue tan despistada y cariñosa como siempre y valoro en ella la ternura y que se nota que me quiere, y creo que es encantadora la forma en la que trata de que no me aburra y de que me integre en la conversación cuando yo me despisto un instante y me pongo a beber como un mandril y canturrear las canciones que suenan en el garito.

Pero dejemos ya de chuparnos las pollas.

Se levantó de nuevo el indómito y admonitorio dedo índice de la mano derecha mi Tía Vicen, ése con el que tantas veces me ha enseñado o regañado o señalado o acusado, y me dijo que no sabe qué pinto yo viviendo solo en Madrid, sin familia ni nada. Yo le digo que vivo con amigos, que no estoy solo Tía Vicen, y ella me dice que no me puedo fiar de los amigos, que lo que cuenta es la familia. Esto es comprensible porque ella tiene pocos amigos y mucha familia y vive rodeada de ella por todos los flancos. En cambio la actitud de la familia conmigo ha tomado dos caminos, salvo muy honrosas excepciones: o se ha establecido una relación de mutua indiferencia o se han muerto. Lo cierto es que la familia es neurótica, sucia y problemática porque dentro de ella las personas se pierden el respeto y no existe ninguna censura a la hora de juzgar, criticar, sopesar, opinar, ponderar, insultar o ejercer cualquier tipo de poder o de chantaje. Todos se creen con derecho a todo. En cambio, en las sanas relaciones amistosas, que son más o menos voluntarias y elegidas, se respeta mayormente al individuo y no se habita en una jungla de intereses creados; así pues han sido mis amigos los que siempre me han apoyado, guiado y comprendido, los que más han contado conmigo y mejor me han aceptado, sin que por ello tuviese que afeitarme las patillas o cambiar de hábitos o de posturas políticas o filosóficas, y aunque desaprobasen, en su fuero interno, mis actos. Que duren.

Un beso.

jueves, noviembre 09, 2006

Vuelta y vuelta

Dicen que todo viaje exterior implica un viaje interior, eso yo no lo puedo asegurar, pero quién sabe, ocurren cosas tan extrañas en este mundo...; lo cierto es que en ésta mi enésima visita a Asturias -ahora con motivo del madrileño puente de La Almudena- pude comprobar de nuevo y casi elevar a la categoría de enunciado científico, que todo viaje por la meseta castellana es un viaje coñazo y sigo sin entender dónde los poetas de principios del siglo pasado le veían la belleza a los campos de castilla, lugar inhóspito a medio camino entre una manta de patchwork y el desierto de Gobi. Lo mejor del viaje a través de la comunidad de Castilla-León, anyway, son las pelis que proyectan en el autobús -jackie chan, jean claude van damme, meg ryan y otros filmes de calidad, tampoco es plan de pedirle al viajero que piense-, el pueblo hundido del pantano de Caldas de Luna, León -que se puede ver gracias a la tan poco comprendida sequía- y la parada en Villalpando, un pueblo situado en la justa mitad de la nada zamorana y que consiste, básicamente, en una estación de servicio de precios desorbitados, un cuartelillo de la guardia civil y un prostíbulo que siempre fantaseé con visitar, ya saben, para hacer más agradable la espera.

Llego a casa, le doy un beso a mi dulce madre y después un abrazo -ella se sube a un escalón para alcanzarme-, dejo la mochila, me deshago de mis urgencias en el baño y le enseño a mamá el libro donde sale un relato mío, y mamá me dice que muy bien, que vamos mejorando, que por fin un libro como Dios manda y no tanta revista subterránea. Satisfecho con el diagnóstico de mi progenitora sobre mi carrera literaria voy a la cocina y vuelvo a comprobar que el frigorífico de una mujer sola es siempre un electrodoméstico triste. Espárragos, queso fresco, algo de fruta, finalmente descubro en el corazón de la nevera unos gramos de jamón serrano cortado fino y pequeño, más hermoso que un amor adolescente. Y mientras saboreo el jamón -uno siempre puede saquear impunemente la despensa de una madre y si no es que no es una madre si no un monstruo desviado o una impostora- pienso en las que serán mis ocupaciones durante el fin de semana y me topo con el vacío más absoluto pues ya todos mis amigos viven fuera de esta región bella y abandonada como una mujer mitológica, y los pocos que quedan -dos o tres- están demasiado ocupados con sus vidas provincianas -sin que provinciano sea un calificativo despectivo, Dios me libre- como para hacerme mucho caso. Al pasear por las calles Oviedo de nuevo, al anochecer -cae la noche ya temprano-, veo a una banda de gaiteros rodeados de una muchedumbre que recibe a Bill Gates de visita por nuestra ciudad, y me encuentro a una conocida en pie, sola, apoyada en una esquina y charlo un poco con ella y me explica lo de Bill, la muchedumbre y los gaiteros; de vuelta a casa me invaden los pensamientos crepusculares: voy descubriendo que esto es ya más un escenario vacío o una escenografía de cartón piedra de lo que fue, una vez, hace tiempo, el teatro alegre y doliente de nuestras jóvenes vidas, pero que ya no es nada, pues nos hemos ido los actores y hasta el apuntador, y que la memoria, como bien sabían los antiguos, no reside entre las neuronas, sino en los lugares y en los olores, y cada calle, cada plaza, cada esquina me provoca el vómito de los recuerdos, incluso algunos que creía enterrados y olvidados, y descubro también que ya casi no me pongo triste, ni nostágico, ni filosófico y cavilante, si no que ya no siento nada al regresar, no como al principio cuando huí de aquí, cuando cada viaje de vuelta me sumía en la reminiscencia y en la poesía.

Hoy en día es todo como muy light. Como el contenido de la nevera de mamá.

Mañana visitaré a mi tía. Yo he venido aquí a hacer las cosas bien.

lunes, noviembre 06, 2006


Esto va de la eterna lucha entre la realidad y el deseo, y de las sábanas pegajosas los lunes por la mañana. Maldigo este otoño que vosotros, románticos ilusos, esperabais impacientes para vestir vuestras boinas y vuestras bufandas y pasear cabizbajos por los parques. Déjense de tonterías, por favor: el otoño ya es real y me corroe como un parásito secreto y llena con desánimo y desidia el hueco que deja . Las nubes están tan bajas que parece que puedo estirar el brazo y tocarlas con la yema de los dedos, después de levantarme.


Hago la compra antes del almuerzo y decido que quiero dirigir ese nuevo Mercadona –el segundo- que han inaugurado recientemente en el barrio. Amo su distribución ideada por un constructor de laberintos y su color verde bosque y su iluminación austera y acogedora y sus suelos brillantes y la sección de bollería construida en madera. Mercadona mola porque es proletario y andaluz, pero no es como Día o Lidl, donde las cajeras parecen sucias expresidiarias y donde piensan que los pobres, por ser pobres, han de comer mierda y elegir esa mierda de entre cajas de embalaje. Tal vez con una licenciatura universitaria me hagan encargado directamente, como pasa con los inspectores de policía, que, según dicen, no tienen que pisar la calle ni vestir uniforme.

Por lo demás, y como viene siendo habitual, he pasado el fin de semana en lugares que no existen, en espacios que no pertenecen a este mundo sino a otros, múltiples, psicotrópicos, nocturnos y matinales. Desde allí les envío esta foto, llena de misterio y de mal rollo.

viernes, noviembre 03, 2006

Anal intruder (el despertar de los sentidos 2)

Aunque hoy en día estoy dispuesto a cualquier arriesgada exploración en pos de mi Punto G, de aquella aún consideraba mis entretelas anales como un lugar sacro y, sobretodo, impenetrable; así que imagínense la turbación y el desasosiego cuando mamá aparecía con aquella cosa blanca y sospechosa en la mano, te voy a poner un supositorio, decía, y yo pensaba que aquello que llevaba en la mano tal vez no me cupiese en la boca. Cuando me explicaba, seguidamente, el modo correcto de utilización de aquel pequeño y grasiento misil, mi negativa era ya rotunda y sin condiciones. Que no, que no, que eso yo no me lo meto por ahí. Así que, como no había manera de convencerme para que tomase una postura más abierta ante la realidad del supositorio, mamá decidía que mejor jugábamos al escondite, para pasar el rato y eso. Después de unos minutos de sana diversión buscándonos por la casa, bajo las camas y las mesas o dentro de los armarios –te pillé-, mamá proponía una feliz idea para mejorar el juego: jugaríamos desnudos. Así que yo me quedaba tal como mi madre me había traído al mundo y mamá se quedaba tal y como la abuela, que en paz descanse, la había traído a ella, mucho tiempo antes. Me tocaba entonces a mí contar la centena, muy pacientemente apoyado en la pared, con los ojos cegados por el antebrazo para no ver de ningún modo donde mamá se escondía y con el culo en pompa, y era en ese preciso momento cuando ella –veintinueve, treinta- se acercaba sigilosamente –cincuenta y siete, cincuenta y ocho- por la retaguardia – setenta y cinco, setenta y seis- sin hacer ni el más mínimo de los ruidos de este mundo – ochenta y tres, ochenta y cuatro- y aprovechaba para –noventa y cinco, noventa y seis- introducirme el torpedo de glicerina -¡cien!- a traición hasta lo más profundo de mi ser. No se lo creerán pero caí como un tonto en este sucio truco materno en incontables ocasiones, hasta que finalmente, como un animalillo de Pavlov, aprendí la lección. Desde entonces no confío ni en mi propia madre. Y tengo el recto engrasado.

martes, octubre 31, 2006

Técnicas masturbatorias

A veces a uno le sacan de los sueños suavemente, con una leve caricia o un beso casi inexistente que se posa en el cuello, justo detrás de la oreja y que hace que el sueño o la pesadilla se diluya lentamente ante la presencia de ese elemento extraño y dé paso progresivamente a una nueva realidad con forma de mañana. Otras veces en cambio, a uno le despiertan de forma brutal, y así es como solía hacerlo mi TíaVicen cuando me encontraba en mi cuarto un sábado por la tarde aún durmiendo la mona del día anterior. Ella era entonces el ejército alemán invadiendo Polonia en 1939 o las fuerzas especiales estadounidenses liberando a Eliancito, el niño balsero cubano. La TiaVicen, sin el menor reparo o respeto por mi sueño reparador, irrumpía en mi cuarto en penumbra sin ni siquiera llamar a la puerta o pronunciar tímidamente mi nombre, simplemente abría la puerta de par en par -con tal violencia que ésta solía impactar contra la pared haciendo un ruido ignominioso-, encendía la lámpara del techo –la que más luz daba- y comenzaba recitar sus monsergas a todo volumen ante mi cuerpo indefenso que, enzarzado en una maraña de sudor, mantas y sábanas, se retorcía como una babosa moribunda. El despertar de mi sexualidad ocurrió de la segunda de éstas maneras.

Hubo un día soleado en mi pubertad en el que yo no sabía aún, ni había oído hablar jamás en ningún lugar, de lo que era una paja. Aquel día primaveral estaba yo esperando en la cola del comedor del colegio a que nos diesen el almuerzo, cuando dos de mis mejores amigos sembraron en mí sin ningún pudor la semilla de la duda. N. nos contó un chiste a A. y a mí, que escuchábamos siempre interesados sus historias: un hombre va caminando por la calle y se topa con un buzón de correos en el que se lee “Correos”. Y entonces el hombre se hace una paja allí delante. A., que, al parecer era más experimentado que yo, se carcajeó durante un buen rato pero yo me quedé frío ante aquella demostración incomprensible de humor. Más adelante comprendí que “correos” es el imperativo del verbo “correr”, equivalente en jerga a “eyacular” y que, de ésta manera, el amarillo cilindro postal plantado en medio de la calle incitaba a los viandantes al onanismo público. Ese era el chiste tal como debía ser entendido. Como yo por entonces no poseía estos útiles conocimientos sobre la vida, les pregunté a mis informados compañeros qué era una paja. Me explicaron pacientemente que era el proceso mediante el cual, frotándose el pene adelante y atrás, uno obtenía un gran placer sexual. Tienes que frotarla primero hacia atrás, me dijo A., y luego hacía delante. Y expulsarás un líquido –primero será agua- por la punta y se te acelerará la respiración. Yo recibí esta revelación con una mezcla de asombro y de miedo. Me parecía una cosa rarísima pero, sin duda, tenía que probarlo. Esa misma tarde, tras salir del colegio, me senté en el inodoro de mi casa –como me habían recomendado mis amigos- y procedí a practicarme mi primera paja. Me agarré el miembro con mi por entonces todavía inocente mano derecha e hice lo que me habían indicado: lo froté una vez hacia atrás y otra hacia delante. Una vez hecho esto solté emocionado mi pene y esperé, mirándolo con cierto escepticismo, a que todo aquello que me habían prometido se cumpliese. Esperé la respiración acelerada, esperé el sístole y diástole loco de mi corazón, esperé la secreción de misteriosos líquidos y esperé con ansia el placer total. Pero nada de eso llegó. Decidí entonces dejar el cuarto de baño y regresar a mi habitación, pensando que tal vez debía de esperar más. Pasaron los minutos y las horas y nada llegó. Al caer la noche lo intenté de nuevo sin resultado. Tres veces más.

Al día siguiente cuando conté en el colegio que me había hecho cuatro pajas no sabían si tomarme por un loco o por un dios de la virilidad. Después de unos instantes de confusión y revuelo expliqué minuciosamente como había procedido para masturbarme cuatro veces en un intervalo de tiempo tan corto. Cuando se descubrió que mis presuntas pajas consistían en una sola oscilación genital, en un pasito p’alante y otro pasito p’atrás, reinó la hilaridad. Me explicaron entonces que debía perseverar en el frotamiento y que así, al cabo de un rato y progresivamente, comenzaría a experimentar los síntomas ya citados, que culminarían en una gloriosa y flamante primera eyaculación -o corrida-. Mi primer orgasmo no tardó en llegar, días después, mientras mamá dormía la siesta en su habitación y en la tele emitían una corrida de toros. Y he de decir que se abrió ante mí un mundo fascinante. Pero eso ya es otra historia. Disfruten.