domingo, marzo 27, 2005

La primavera en Sevilla

Es divertido bromear con el caracter de los andaluces: esos seres que funcionan a ocho megahertzios y que son incapaces de pronunciar correctamente ciertas consonantes. Esos seres simples aptos solamente para las emociones extremas, y para portar llorando gigantescas imágenes de la virgen por las calles durante toda la noche. En definitiva esos seres-lagartija, amantes del sol y del buen rollo.
Bromear, claro, porque muchos de mis mejores amigos proceden de ese trozo de la península e incluso yo mismo, que papá era de Cádiz -aunque tal vez ese era su problema.

Así que durante el primer findesemana de las vacaciones de Semana Santa nos plantamos en Sevilla. Nos alojamos en un piso vacío prestado por un tal Guten, amigo de Ale, al que pronto bautizamos como Gluten, que sonaba más sonoro y vistoso, que vestía más, vamos. Se dice que examinando la basura de una persona se la puede conocer al detalle, aún sin haberla visto jamás en persona. Algo así nos ocurrió con Gluten viviendo en su casa, husmeando en su ropa, en sus fotos, en el polvo acumulado en las esquinas del pasillo. Aunque el último día nos fuimos sin esperar su llegada y ni siquiera tuvimos la oportunidad de estrecharle la mano, Gluten siempre vivirá en nuestro recuerdo como un viejo amigo.

Sevilla es un ciudad curiosa (tiene un color especial, dicen). Al llegar, estancados en el tráfico, pudimos contemplar durante un rato lo que antes fue la Expo 92, y esto me hizo experimentar esa inquietante sensación del paso del tiempo. Hace 14 años visité aquel recinto y yo aún era un niño, aquellos pabellones se veían nuevos, modernos, aún brillantes. La vida era también brillante y en la memoria parece que siempre hace sol. Ahora todas aquellas edificaciones engrisecidas, las calles desiertas, el atardecer, le daban un aspecto cadavérico. Le comenté a Rory, que se sentaba en el asiento de al lado del autobús, que lo mejor sería que demolieran todo aquello. Que resultaba tan triste como los intentos en vano de algunas folclóricas de mantenerse eternamente jóvenes. Un hombre que se sentaba delante y estaba escuchando disimuladamente nuestra conversación se dio la vuelta y me miró incómodo.

Lo pasamos bien durante el finde, aunque no hicimos mucho. Paseamos sin cesar por los barrios más notables, vagabundeamos más bien, recorrimos las callejuelas y tomamos cañas. Todos los edificios son bajos en Sevilla, es como si hubieran cortado la ciudad con una sierra por la mitad. La densidad de pijos y señoritos de cortijo es bastante importante. Por las noches nos dedicamos a festejar, lo que mejor se nos da. Conocí en un garito de última hora a una chica de Cádiz que, misteriosamente, parecía compartir todos mis gustos y opiniones. La coincidencia era fascinante. Ella visitaba a su amiga de Sevilla, que también estaba presente, y habían asistido, horas antes, al festival indie que se celebraba, con Lali Puna, Oslo Telescopic y otras bandas del mismo pelo. Cuando se cerró la puerta del taxi que tomó tras depedirse sentí no poder verla ya nunca más y decidí escribirle eso en un mensaje. Iniciamos un camino errático sumergidos en el sol de la mañana y compramos unos litros de cerveza para tomar en un banco de la Alameda. Cuando ya estábamos aproximándonos a nuestro destino matinal miré distraídamente dentro de un bar y allí estaba el vestido verde de la chica de Cádiz, y ella dentro del vestido desayunando con su amiga, con su cara debajo de su flequillo amarillo. Qué casualidad, pensé alegremente; finalmente ellas aceptaron a venirse un rato al sol de la Alameda y pudimos disfrutar de su compañía un ratito más.

Nuestro autobús de vuelta salía a las 12 de la noche, regresamos dormidos. Durmiendo.