jueves, julio 07, 2011

Hago lo que quiero, con mi pelo



Los antiabortistas han plantado un chiringuito en la Puerta del Sol con el estúpido nombre de Acampada por la Vida, que ahora la cosa va de acampar, y como si el resto, los que no comulgamos con ellos (nunca mejor dicho) estuviéramos a favor de la Muerte. No hay nada más sucio que esas burdas manipulaciones del lenguaje. Sus vecinos del punto de información permanente del 15M han colgado el simpático cartel que se ve en la imagen.

Yo a Rouco Varela, nuestro arzobispo, le deseo que no tenga que morir en una larga agonía, escupiendo el hígado por la boca en un charco de heces y sangre, pero quién sabe, es tan beato que igual lo acepta de buen grado como un martirio. Por el masoquismo hacia Dios. Haga lo que haga o piense lo que piense Rouco, lo que sería de justicia sería que a los demás nos dejase obrar en conciencia y a nuestro libre albedrío, ese que nos dio el Señor. Rouco, tío, déjanos en paz ya, hombre, tol día malmetiendo.

El mes pasado los revoltosos obispos llamaron a desobedecer la Ley de Muerte Digna. “No estamos cuestionando la democracia, ni tratando de imponer una concepción moral privada al conjunto de la vida social”, dijeron. ¿Entonces qué coño están tratando de hacer? ¿Un chiste? “Sostenemos que las leyes no son justas por el mero hecho de haber sido aprobadas por la mayoría [en esto tienen razón], sino por su adecuación a la dignidad de la persona humana”. A la dignidad que ellos conciben, se entiende, que no tiene porque ser necesariamente la misma que la de cualquier otro ciudadano. De hecho, querer imponer este modelo de dignidad es ya imponer su concepción moral a la ciudadanía, luego se contradicen, as usual. “La vida no nos pertenece porque el propietario es quien nos la ha dado: el Creador”. Esto huele bastante a ayatollah y teocracia. Además, no sabíamos por aquí que la vida fuera susceptible de considerarse propiedad privada, ni de Dios ni de nadie, pero, en fin, con la Iglesia hemos topado.

Uno de los argumentos más utilizados por el PP en su cerril lucha contra la eutanasia es que, si se legalizase, los médicos y los familiares sanos de los enfermos terminales empezarían a ventilárselos a ritmo de plusmarquistas para quitarse el muerto (nunca mejor dicho) de encima, luego ha de haber una ley que frene esta tentación tan apetecible. Lo que cabría preguntar a los señores del PP es si esa es la España que pretenden representar, o la que forma sus filas y su electorado, un país de asesinos de ancianos sedientos de sangre que necesitan ser contenidos para que no se desate el caos en los hospitales. Si esa es la España del PP, habría que empezar a preocuparse.