lunes, marzo 05, 2012

El Buffet Chino de la Muerte




El buffet libre pone en un brete a los que, como yo, padecemos una débil fuerza de voluntad, disciplina distraída, y, además, no nos importa una mierda el mañana. Porque, aunque nos propongamos comer con tino y mesura, acabamos saltando grácilmente la fina línea que separa el buen yantar de la indigestión más aberrante. En los buffets libres, como en las barras libres, siempre salgo a cuatro patas.

Mis favoritos son los buffets chinos, que ponen de todo, sea chino o no chino. Cuando visito a Mamá Peligro en Asturias, nos gusta a ir a uno que está en el centro comercial Parque Principado, que el año de su inauguración fue premiado como el mejor mall europeo. Es el tipo de sitio que tiene un pasillo lleno de tiendas bautizado como Boulevard de los Manzanos, o Paseo de las Estrellas o Plaza de la Luna. En Asturias, a pesar de que vivimos en permanente crisis, tenemos centro comerciales de la más alta gama, y fuimos de las primeras provincias donde llegaron avances como el McDonalds, el Corte Inglés y demás hits civilizatorios. Hay quien dice que, contrariamente a lo que se puede pensar, la crisis fomenta el consumo. En Asturias parece que ha sido así tradicionalmente. Total, no hay futuro. Pero me voy por las ramas: en ParquePrin mamá y yo vamos a jugar a que somos una familia feliz, primero me compra ropa en el H&M y luego cenamos en el buffet oriental. Esos días no solemos discutir. Lo curioso es que, por muy oriental que sea, lo que más comemos son las costillas de cerdo, que son iguales que las de cualquier asador occidental,  pero mejores.

Estos buffets del lejano oriente suelen tener servicio de wok o tepanyaki. Para el lector poco avisado: lo primero es una sartén muy profunda y fina (yo tengo una metida en el lavavajillas) y lo segundo es la plancha. Así uno coge un pupurrí de alimentos crudos y se los entrega al cocinero, que en el acto y a la vista del público, los cocina con unas salsas guays. Las mezclas que hace la gente son de lo más bizarro: pollo con chipirones y pimiento verde, todo junto, con salsa picante, o ternera con almejas y fideos, con salsa de soja. Los cocineros deben pensar que la gente está muy pero que muy pasada de rosca, pero, con mucha gravedad y sin rechistar, lo cocinan. Porque, mientras que los camareros de los restaurantes chinos son sonrientes y amables, estos cocineros son de una seriedad propia de un sumo sacerdote realizando un ritual milenario. Vaya aires.

Ayer fuimos a comer a uno de estos buffets en la calle Campomanes, cerca de Ópera, Madrid. Espero que lean esto a tiempo: no vayan, es una mierda. Si lee usted estas líneas ya sentado en una de sus mesas y a punto de empezar a comer, cosa bastante probable, mis condolencias. En este sitio tienen poca variedad de comida, el pescado del sushi tiene el grosor de un papel de fumar y no tienen costillas. Lo peor de todo es que no te puedes dejar nada: el hipster de la mesa de al lado se dejó una empanadilla dim sum intacta en una esquina del plato y, entonces, de la parte de atrás surgió un chino gordo, calvo, con coleta, con la tripa y el torso al aire y le cortó la cabeza de un tajo con un extraña cimitarra.

Nos lo comimos todo.

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