martes, marzo 20, 2012

Ancianas contra la Ley (de la Gravedad)



Me gusta ver cómo se caen al suelo las ancianas. Dirás que soy cruel, vil, frívolo o malvado, pero no hay maldad en ello, de hecho, me gusta ver cómo se cae todo el mundo al suelo, pero especialmente las ancianas. Me pasa desde niño: la primera noticia que tengo de mi vida, después de mi propio nacimiento, es aquella ocasión que me cuenta mi madre con frecuencia en la que mi abuela (que murió poco después de nacer yo y de la que no guardo recuerdo alguno) se tropezó y se dio un buen hostiazo y yo, aún siendo un bebé, me descojoné de la risa. Supongo que, desde entonces, me gusta ver el descalabro de la orgullosa verticalidad humana, aunque sea momentáneo, a manos de las implacables leyes de la naturaleza. Memento mori.

Toda esta noche estuvo girando la Tierra lentamente y de mañana subió el Sol. Dejé al Sol pasar a mi casa, a mi cuarto, a mi salón, y aquí, tomándome un expresso y fumando de liar, me he puesto nostálgico al escuchar una canción de los tiempos heroicos. Entonces he empezado a recordar a todas las ancianas a las que he visto caer en mi vida. Aquella, ya entre nieblas, que se tropezó en la calle principal de Torremolinos. Aquella que, en Oviedo, se estampó sobre los pasteles que llevaba bien envueltos. La que en un pueblecito ignoto se precipitó portando una bolsa del supermercado en cada mano y no pudo usar los brazos para frenar el golpe. Aquellas dos que se cayeron simultáneamente, una delante y otra detrás, subiendo las escaleras del la estación de metro de Sol, a principios de este siglo. Mis entrañables viejas kamikaze, algunas las recuerdo, pero otras creo que las inventé yo mismo en mi memoria.

Dicen que si una anciana se cae corre el peligro de romperse la cadera, una lesión complicada a esas edades. No es eso lo que yo deseo, desde luego, solo verlas caer, y escucharlas emitir ese gritito y luego ver a señores genéricos, con pies y con brazos y con manos yendo a socorrerlas, escucharlas luego murmurar y maldecir, y amenazar con denunciar al ayuntamiento: esa baldosa estaba suelta.

¿Recuerdas cuando íbamos a misa de ocho? Al final, las ancianas, con su cabello morado pero nada punk, salían agarrando muy fuerte el bolso, temiendo a los mendigos que esperaban en la puerta. Alguna rebuscaba alguna moneda pequeña para alguno. Y luego se iban a la confitería a tomar pasteles y descafeinado. Yo sé que las ancianas tienen soluciones para la Humanidad. María Angustias, por ejemplo, sabe  lo que hay que hacer para frenar el cambio climático. Doña Remedios tiene la solución para salir en un plis de la crisis y cortar la sangría del paro. Alfonsina sabe como aprovechar los fines de semanas fuera de los bares. Ellas saben estas cosas pero no las dicen por el mero gusto de saber que lo saben y que no lo sabe nadie más. Que podrían cambiar el mundo, pero pasan. Por eso disimulan, y en vez de hablar de la emergencia China o de la solución energética global, hablan de la hija de Conchita, que está claro que es prostituta, y del hijo de la del quinto, que está claro que es drogadicto. Y luego mojan el croissant en el café, y lo remueven y lo muerden, y se quedan sumidas en sus pensamientos y piensan que jamás, jamás de los jamases, se van a caer al suelo.