Decían que en la cuenca minera siempre había sido así, y que obviando el tema de la resistencia a los romanos y a los árabes, también había que tener en cuenta la revolución del 34, gestada en aquellas tierras verdegrises, y durante la cual la región se rigió durante dos semanas por las ideas socialistas y libertarias hasta ser aplastada cruelmente por un jovencísimo general Franco y sus hordas de soldados moros; y también la guerra civil posterior, influida y propiciada en gran medida por la resaca de la revolución primera, y que tuvo además uno de sus escenarios más notables en aquellos valles hermosos y tristes al tiempo donde mineros y burgueses se ensañaron en una lucha intestina y sangrienta. Después, durante los cuarenta años de paz impuesta con mano inclemente, hubo la gente escondida en los montes atacando por sorpresa aquí y allá a modo de guerrilla, y ya entrados en los años 60 todas las huelgas mineras y las luchas obreras que se desarrollaron en las puertas de aquellas minas, en los arcenes de las carreteruchas serpenteantes que se atrevían a penetrar en la cuenca y en las lindes de aquellos ríos negros de carbón que vertebraban la zona. Aquello era, sin duda y desde siempre, un polvorín. Decían que la solución había llegado finalmente no de la mano de la represión y la violencia sino de la mano del placer, que siempre resulta más convincente y efectivo: de esa forma nos somete el sistema ahora, no disgustándonos o alienándonos o marginándonos o esclavizándonos, sino ofreciéndonos todo tipo de paraísos y deseos que actúan sobre nosotros al modo de una zanahoria colgando delante del hocico de un burro. Así la droga campó a sus anchas por la cuenca entrando en todas las casas y en todas la familias, con el beneplácito del gobierno y de la guardia civil, el eterno enemigo que acechaba dentro de los cuartelillos diseminados por toda la geografía minera como modo de representación del poder, y entonces toda la juventud descontenta, prejubilada, hija de años de ignonimia y grisú, cayó en las dulces manos de la heroína, que borró de sus cabezas todo propósito de cambiar el orden de las cosas al menos en lo que se refería al exterior de los cuerpos, las mentes o las venas repetidamente atravesadas por la aguja. Por fin se había establecido el orden.
Esto es la teoría, digo, lo que pude oír de la boca de los líderes sindicales y los intelectuales, lo que muchas veces se podía ver representado en las obras de los artistas o en las letras de los cantautores progres, era éste el discurso que se articulaba en muchos de los libros que llegaban a mis manos, pero lo que a mí realmente me llegó de todo el asunto, la forma en la que todas estas interpretaciones de los hechos y especulaciones tomaron cuerpo ante mí, eran aquellas tardes en la que mi madre respondía al teléfono y se sobresaltaba ante la voz de mi tía avisándonos de que venía Manolo, que acaba de estar en su casa y que ahora se dirigía –tambaleándose probablemente- hacia la nuestra en su habitual y sutil recolecta de las limosnas de la familia. Nos faltaba el tiempo entonces para esconder el bolso de mamá y ciertas cosas de valor que había en la casa antes de que sonase el timbre y detrás de la puerta de entrada apareciese la raída cazadora de piel de mi primo Manolo, su rostro desencajado y sus ojos húmedos y enrojecidos, sobretodo eso, sus ojos húmedos y enrojecidos, sobretodo eso: sus ojos. Manolo venía de la cuenca y no venía solo, traía también al mono, la necesidad imperiosa de meterse algo, y se sentaba en nuestro salón a contarnos -como podía- que ya estaba mejor, que la rehabilitación iba bien y que saldría de ésta; lo más normal es que se hubiese fugado del centro de toxicómanos de nuevo pero nosotros preferíamos no mencionar ese punto. Luego mamá se levantaba a la cocina en busca de una bandejita con tazas de café y un azucarero y durante la ausencia de mamá los ojos de Manolo –húmedos, enrojecidos, perdidos- escaneaban minuciosamente la sala y se decepcionaban al encontrar que no había bolso, ni calderilla sobre las mesas, ni nada que mereciese la pena llevarse para cambiarlo por algo de efectivo. En aquellos instantes yo permanecía en silencio, era muy niño y muy tímido aún, y Manolo, que me inspiraba una mezcla de miedo, lástima y ternura, rellenaba el tiempo diciéndome, qué chaval, cómo te va, dedicándome algo lejanamente parecido a una sonrisa y perdiendo el mínimo tiempo posible en su examen de la sala. A veces me relató mi tía la necesidad que tuvo de coger un taxi con él –mi tía tan beata- y acompañarle a los barrios menos recomendables y más periféricos, sacar unos billetes de su bolso y entregárselos a la mano temblorosa de mi primo para que fuese a uno de esos bloques de ladrillo visto delante de los cuales habían aparcado, mientras ella esperaba pacientemente en el coche, contándole cualquier tontería al taxista o manteniendo simplemente el silencio, esperando, esperando, esperando a que volviese Manolo de nuevo, notablemente más tranquilo ahora, aliviado, también ido, tras haber mezclado la sangre de la familia con otras porquerías.
Tras una vida de leves recuperaciones y profundas recaídas recurrentes Manolo murió afectado de lo evidente; el entierro se celebró una tarde de invierno nublada y gris, que es como son en la cuenca minera siempre las tardes de invierno, en unos de esos cementerios de la zona que se agarran desesperadamente a las empinadas laderas del monte y en donde las tumbas están tan apiñadas que se hace difícil seguir los caminos que –dicen- hay entre ellas. Miradas desde lejos, desde lo más profundo del valle parece que todas las tumbas, los nichos, las cruces, las estatuas de mármol están apiladas desordenadamente las unas sobre las otras. En esos pueblos la muerte siempre anda cercana y rondando, y los cementerios, tan cercanos a las casas de los vivos, hacen que los que se fueron sigan estando presentes muy vívidamente en las existencias de los que dejaron atrás. Aquel entierro fue especialmente opresivo y daba la impresión de que el peso de aquel aire plomizo sobre el pecho dificultaba la respiración y llegaba uno a sentir la tragedia que ocultaba la tierra, los miles cadáveres que debajo de nuestros pies, en cementerios o en fosas perdidas, aún clamaban por la historia de aquel lugar, las guerras, los asesinatos, los accidentes mineros, la enfermedades que volvían negros los pulmones, la depresión permanente de las mujeres que se quedaban en casa temiendo que sus maridos e hijos no volviesen esta vez del trabajo, el alcoholismo, la heroína, la muerte.
El hijo de Manolo, un adolescente con cara de malas pulgas, se quedó, como quien no quiere la cosa, a las puertas del cementerio, fumándose un porro acompañado de unos chavales que debían formar una especie de pequeña banda liderada por él. Su pose era, según me confirmaron más tarde algunos afectados miembros de la familia, de rechazo total hacia nosotros y a todo lo que allí estaba ocurriendo, negaba la realidad entera, aquel lugar, aquellas montañas y aquel río negro, negaba a Dios y a la muerte si hacía falta. Al parecer el chaval ya había comenzado a trapichear con hashís y decía provocador que estaba orgulloso de su padre y que deseaba en el futuro ser como él. A mí me pareció un dislate comprensible dadas las circunstancias y el desamparo en el que se sumía su vida y todas las vidas de aquellas gentes que poblaban la cuenca. Y que faltaban todavía muchas generaciones por venir y sufrir en una rueda absurda y obsesiva las mismas contrariedades, como si aquel pequeño mundo hubiese sido condenado, hace ya mucho tiempo, por un dios iracundo en busca de venganza.