Y de pronto te das cuenta de que habías sido carcomido por la poesía, y que los pliegues de tu cerebro se habían llenado de la mugre de los versos, de su música y su ritmo. Así que hagamos el esfuerzo, qué coño, y volvamos a la vida –tan prosaica-, volvamos a tomar tierra y volvamos a tocar el suelo con las palmas de las manos, como un perro, un sabueso.
Ayer estuve viendo bonsáis, los bonsáis que Felipe González donó al Jardín Botánico, bajo una lluvia que no era lluvia sino la mansa suspensión de miles de millones de partículas de agua en el aire gris que tuvimos este domingo. Las explicaciones del experto amigo R. nos revelaron todos los misterios de estos arbolitos que, de otra manera, no hubieran suscitado tanto interés en mí. Y es que es fascinante, sí, es fascinante, cómo la mano humana encuentra árboles que no tuvieron las condiciones satisfactorias para desarrollarse correctamente, o que son arrancados de su lugar cuando aún son jóvenes para trasplantarlos a esas diminutas macetas donde se les guía con alambres o se les hace extender sus raíces alrededor de rocas, o se moldea su madera con un taladro, hasta que el árbol, la naturaleza, parece comprender su nuevo destino y empieza a crías hojas también diminutas y flores diminutas y aunque la corteza siga envejeciendo hasta darle la imagen de un árbol centenario, apenas supera el metro de altura. Este es un trabajo delicado y concienzudo, como casi todos los que emergen de la cultura milenaria del Japón, como los jardines zen, el ikebana, los haikus o los pequeños pies de las geishas después de años de vendajes. La cultura japonesa es la cultura del trazo mínimo, de lo sutil, de la mente en blanco, del gesto furtivo, en definitiva, del silencio. Porque lo que rodea a un bonsái es el silencio que genera su pequeñez, el no haber crecido, de igual manera que el silencio rodeaba a González cuando, atento a sus cientos de bonsáis, se acabó enterando por la prensa del caso de los GAL y otros corruptelas. Ahora creo –me han dicho- que el expresidente se dedica a la bisutería.
Oigamos ésta noche, pues, el ruido atronador alrededor de El Debate. Que disfruten, si pueden.
lunes, febrero 25, 2008
martes, febrero 19, 2008
Ahora papá es pasto de las flores o vive
hecho cenizas entre las aguas del océano,
quién sabe.
Un día después de cuatro meses
hallaron su cadáver olvidado
en su pequeño apartamento de soltero.
Imagínate: el mismo alcohol que le dio muerte
lo había conservado incorrupto,
empapado en ginebra blanca,
la piel acartonada, el cuerpo rígido
e inmóvil tendido sobre la cama,
muerto él y viva su imagen,
en una triste ironía.
Aún no sé en qué se ha convertido,
-han pasado quince años-
ni dónde yace lo que aún resta,
-si es que yace y si es que resta-.
Nadie avisó de la muerte y el traslado
a la otra punta del país, donde la costa
se acaba.
A veces pienso en papá viejo y borracho
abriéndose paso bajo la tierra,
escarbando con las uñas sucias,
o jugando feliz entre la espuma y las olas,
volviendo una y otra vez a la playa
igual que vuelve a mi memoria.
hecho cenizas entre las aguas del océano,
quién sabe.
Un día después de cuatro meses
hallaron su cadáver olvidado
en su pequeño apartamento de soltero.
Imagínate: el mismo alcohol que le dio muerte
lo había conservado incorrupto,
empapado en ginebra blanca,
la piel acartonada, el cuerpo rígido
e inmóvil tendido sobre la cama,
muerto él y viva su imagen,
en una triste ironía.
Aún no sé en qué se ha convertido,
-han pasado quince años-
ni dónde yace lo que aún resta,
-si es que yace y si es que resta-.
Nadie avisó de la muerte y el traslado
a la otra punta del país, donde la costa
se acaba.
A veces pienso en papá viejo y borracho
abriéndose paso bajo la tierra,
escarbando con las uñas sucias,
o jugando feliz entre la espuma y las olas,
volviendo una y otra vez a la playa
igual que vuelve a mi memoria.
miércoles, febrero 13, 2008
Poema sin titulo (como siempre) para leer en voz alta a oscuras (como nunca)
La luz era tu piel y tu condena,
el nítido reflejo de la luz sobre tu vientre
hacía el mundo y la miseria,
la luz, siempre la luz, te oscurecía.
La luz te hacía fuerte en la mañana
y débil como un pájaro en la noche,
volvían los fotones a mi ojos
después de golpear en tus fronteras.
La luz quería dibujar lo indefinido,
hacer visible lo invisible,
vencer al miedo en el pasillo,
la luz, siempre la luz, se equivocaba.
Apaga de una vez
el foco, la bombilla,
que vuelva la serena oscuridad
que no quiero ver más
la luz, su claridad.
el nítido reflejo de la luz sobre tu vientre
hacía el mundo y la miseria,
la luz, siempre la luz, te oscurecía.
La luz te hacía fuerte en la mañana
y débil como un pájaro en la noche,
volvían los fotones a mi ojos
después de golpear en tus fronteras.
La luz quería dibujar lo indefinido,
hacer visible lo invisible,
vencer al miedo en el pasillo,
la luz, siempre la luz, se equivocaba.
Apaga de una vez
el foco, la bombilla,
que vuelva la serena oscuridad
que no quiero ver más
la luz, su claridad.
jueves, febrero 07, 2008
Soluciones capilares
Aunque tengan cosas en común no son lo mismo. Las peluqueras modernas del centro son esas que te encuentras en los clubs electrónicos más exclusivos, drogándose con gracia en noches infinitas, que te pinchan la música más trendy y te pasan una litrona, y que hacen con tu pelo lo que les da la gana. Tienen estilo y lo saben. Por lo general, cuando ya es demasiado tarde, te das cuenta de que han satisfecho su ultima fantasía ultramoderna sobre tu cuero cabelludo. En cambio las peluqueras de barrio son definitivamente complacientes: cada movimiento estratégico sobre tu peinado es consultado previamente, cómo lo quieres por delante, cómo lo quieres por detrás, cómo lo quieres por allí, cómo lo quieres por allá. Están totalmente al servicio del cliente y si la cosa sale mal es que la mala idea era tuya. Su gusto estético se ha formado en polígonos industriales y discotecas periféricas, así que las pobres nunca aciertan en el lugar de su anatomía donde tienen que ponerse el piercing o no se dan cuenta de que ya están mayorcitas para tatuarse una sabandija sobre el abdomen. Por lo general su modernidad, siempre a remolque de lo que sus compañeras fashion del centro dictan, no llega a convencer a casi nadie. A mi las peluqueras del centro me parecen muy respetables e influyentes, pero las de barrio me producen una ternura y una extraña excitación morbosa que las del centro están lejos de hacer florecer en mí.
Después de un día entero de dudas y zozobra decidí, la otra tarde y aprovechando las horas libres en El País, ir a una pelu de mi barrio, situada en el Paseo de las Delicias, donde en otra ocasión me había cortado el pelo muy mal –fatal- un ser de tamaño monstruoso del que no sabría determinar el sexo, la raza, la edad o la profesión, porque peluquero/a no debía de ser. En esta ocasión, afortunadamente, me atendió una autentica peluquera de barrio rechoncha y, por tanto, alegre y dicharachera. Antes de que procedieran a deshacerse de esas guarrísimas greñas que habían poblado mi cráneo en los últimos tiempos, tuve que esperar un rato, que ocupé con la lectura de un libro sobre Heiddegger y en observar el local. Aunque Heiddegger resulta incomprensible para mi intelecto positivista –dice cosas sin sentido como “el mundo mundea y la nada nadea” – y no me gusta en absoluto, disfruto leyendo los tratados más sesudos posibles en sitios como peluquerías de barrio, estadios de fútbol (bueno, esto nunca lo he hecho), o ascensores del Corte Inglés. Se me presenta entonces la dicotomía entre la alta cultura y la vida popular: toda esa gente que me rodea todos los días y que imagino –quién sabe- ignorante de todo lo referido a la metafísica, la literatura o la ciencia. Es un acto de snobismo privado, ya lo sé, pero no deja de ser fascinante que existan tantas personas que en su vida no hayan oído hablar de las cosas que a mi me preocupan y que para ellos son totalmente ajenas. Demuestra esto, sin duda, que las pajas mentales que ocupan tanto tiempo en nuestras inquietas mentes, son completamente accesorias e irrelevantes para la vida, donde lo único realmente importante es ganarse el sustento, comer, dormir, divertirse un poco y hacer caca regularmente. El transeúnte distraído, la señora en la cola del mercado, la peluquera de barrio, jamás se han preguntado nada sobre la naturaleza del lenguaje o la estructura del espacio tiempo y, por lo demás, parecen más aptos para la supervivencia que el que suscribe estas líneas. Como digo, además de desentrañar las tonterías de Heiddegger, también eché un vistazo a la peluquería: es uno de estos lugares decorados de tal manera que más bien parecen una nave espacial que un negocio de estética: hay muy poca estética en las luces azules fluorescentes o los tonos metalizados, más bien parece uno encontrarse en los baños de una discoteca de pueblo donde la moda de los ochenta hizo estragos, además de la heroína. En cualquier momento parece que van a aparecer unos robots de serie B o Tino Casal bajando, siempre tan glamouroso, las escaleras que dividen el local. Otra escena bizarra fue la mujer entrada en años que, como en un trío de cine porno, recibía la atención de dos trabajadoras: una, vieja y cubana, le lavaba el pelo mientras que la otra, rubia de bote y nacional, le hacía la manicura. Cuando la de la manicura tuvo que ausentarse un momento y subió las escaleras por las que definitivamente no bajaba Tino Casal, la clienta mantuvo la mano en alto pero lánguida y muerta, como hubiera hecho Marlene Dietrich si hubiera frecuentado este tipo de sitios. Aquella mano suspendida en el aire, los dedos finos y largos, las uñas afiladas, las venas sobresalientes, propias de la edad, me produjo un extraño sentimiento de terror cotidiano pero también cierta satisfacción al tener la oportunidad, como un paparazzi en un día de suerte, de contemplar tal escena. Finalmente, tras todas estas tribulaciones posmodernas, llegó mi turno. La señora cubana me lavó el pelo con champú normal y sin crema, y la peluquera de barrio, oronda y asertiva, se puso a mi completa disposición. Le di instrucciones detalladas cual mariscal de campo y ella siguió punto por punto mis indicaciones, hasta el extremo de hacer preguntas decididamente absurdas para una profesional del ramo. El corte, todo hay que decirlo, ha resultado ser bueno, no en vano ejercí de maestro de obras. Tengo algunas dudas sobre cierta sobreabundancia de pelo en los laterales de mi cabeza, pero en términos generales me quedé satisfecho con su trabajo. Lo hizo mejor que muchas modernísimas peluqueras del centro lo han hecho a veces y por una tercera parte del dinero que les di a aquellas para sus fiestas y sus trapos de Fuencarral, así que desde aquí te doy las gracias peluquera de barrio, allá donde estés –en el taller mecánico de tu novio, viendo supermodelo 2008, tatuándote una nalga, o ciega de keta en la rave de tu pueblo-. Estar en las afueras también es estar adentro.
Después de un día entero de dudas y zozobra decidí, la otra tarde y aprovechando las horas libres en El País, ir a una pelu de mi barrio, situada en el Paseo de las Delicias, donde en otra ocasión me había cortado el pelo muy mal –fatal- un ser de tamaño monstruoso del que no sabría determinar el sexo, la raza, la edad o la profesión, porque peluquero/a no debía de ser. En esta ocasión, afortunadamente, me atendió una autentica peluquera de barrio rechoncha y, por tanto, alegre y dicharachera. Antes de que procedieran a deshacerse de esas guarrísimas greñas que habían poblado mi cráneo en los últimos tiempos, tuve que esperar un rato, que ocupé con la lectura de un libro sobre Heiddegger y en observar el local. Aunque Heiddegger resulta incomprensible para mi intelecto positivista –dice cosas sin sentido como “el mundo mundea y la nada nadea” – y no me gusta en absoluto, disfruto leyendo los tratados más sesudos posibles en sitios como peluquerías de barrio, estadios de fútbol (bueno, esto nunca lo he hecho), o ascensores del Corte Inglés. Se me presenta entonces la dicotomía entre la alta cultura y la vida popular: toda esa gente que me rodea todos los días y que imagino –quién sabe- ignorante de todo lo referido a la metafísica, la literatura o la ciencia. Es un acto de snobismo privado, ya lo sé, pero no deja de ser fascinante que existan tantas personas que en su vida no hayan oído hablar de las cosas que a mi me preocupan y que para ellos son totalmente ajenas. Demuestra esto, sin duda, que las pajas mentales que ocupan tanto tiempo en nuestras inquietas mentes, son completamente accesorias e irrelevantes para la vida, donde lo único realmente importante es ganarse el sustento, comer, dormir, divertirse un poco y hacer caca regularmente. El transeúnte distraído, la señora en la cola del mercado, la peluquera de barrio, jamás se han preguntado nada sobre la naturaleza del lenguaje o la estructura del espacio tiempo y, por lo demás, parecen más aptos para la supervivencia que el que suscribe estas líneas. Como digo, además de desentrañar las tonterías de Heiddegger, también eché un vistazo a la peluquería: es uno de estos lugares decorados de tal manera que más bien parecen una nave espacial que un negocio de estética: hay muy poca estética en las luces azules fluorescentes o los tonos metalizados, más bien parece uno encontrarse en los baños de una discoteca de pueblo donde la moda de los ochenta hizo estragos, además de la heroína. En cualquier momento parece que van a aparecer unos robots de serie B o Tino Casal bajando, siempre tan glamouroso, las escaleras que dividen el local. Otra escena bizarra fue la mujer entrada en años que, como en un trío de cine porno, recibía la atención de dos trabajadoras: una, vieja y cubana, le lavaba el pelo mientras que la otra, rubia de bote y nacional, le hacía la manicura. Cuando la de la manicura tuvo que ausentarse un momento y subió las escaleras por las que definitivamente no bajaba Tino Casal, la clienta mantuvo la mano en alto pero lánguida y muerta, como hubiera hecho Marlene Dietrich si hubiera frecuentado este tipo de sitios. Aquella mano suspendida en el aire, los dedos finos y largos, las uñas afiladas, las venas sobresalientes, propias de la edad, me produjo un extraño sentimiento de terror cotidiano pero también cierta satisfacción al tener la oportunidad, como un paparazzi en un día de suerte, de contemplar tal escena. Finalmente, tras todas estas tribulaciones posmodernas, llegó mi turno. La señora cubana me lavó el pelo con champú normal y sin crema, y la peluquera de barrio, oronda y asertiva, se puso a mi completa disposición. Le di instrucciones detalladas cual mariscal de campo y ella siguió punto por punto mis indicaciones, hasta el extremo de hacer preguntas decididamente absurdas para una profesional del ramo. El corte, todo hay que decirlo, ha resultado ser bueno, no en vano ejercí de maestro de obras. Tengo algunas dudas sobre cierta sobreabundancia de pelo en los laterales de mi cabeza, pero en términos generales me quedé satisfecho con su trabajo. Lo hizo mejor que muchas modernísimas peluqueras del centro lo han hecho a veces y por una tercera parte del dinero que les di a aquellas para sus fiestas y sus trapos de Fuencarral, así que desde aquí te doy las gracias peluquera de barrio, allá donde estés –en el taller mecánico de tu novio, viendo supermodelo 2008, tatuándote una nalga, o ciega de keta en la rave de tu pueblo-. Estar en las afueras también es estar adentro.
domingo, febrero 03, 2008
Mi corazón es pájaro y metáfora y mi pobre corazón
babea a popa y mi pobre corazón se va a la mierda
cuando late contra el mundo y él no cede. Ya no hay
casi lugar para el sístole y diástole y mi laico corazón
-tan metafórico-, tiene plumas empapadas y grandes alas
de cadenas. La asfixia de mi rojo corazón
-duro y mecánico-, aumenta a la inversa del espacio
que pierde a cada rato mi inútil corazón
-tan desplumado-, cansado de volar,
muerto en la jaula.
babea a popa y mi pobre corazón se va a la mierda
cuando late contra el mundo y él no cede. Ya no hay
casi lugar para el sístole y diástole y mi laico corazón
-tan metafórico-, tiene plumas empapadas y grandes alas
de cadenas. La asfixia de mi rojo corazón
-duro y mecánico-, aumenta a la inversa del espacio
que pierde a cada rato mi inútil corazón
-tan desplumado-, cansado de volar,
muerto en la jaula.
martes, enero 29, 2008
Palabra de empresario
Me gustan los niños porque sus pequeños cuerpos pueden introducirse en estrechos y oscuros túneles dentro de las minas –sus dulces naricitas tiznadas de carbón- para realizar diversas y útiles tareas. Pero también por sus dedos finos que les permiten reparar complejas y peligrosas maquinarias industriales allí donde la mano de una adulto no puede acceder, sus dedos valen mucho y poco al mismo tiempo. Los niños son fácilmente manejables y pueden trabajar hasta dieciocho horas cada día sin apenas descanso, sin protesta, sin derechos laborales. Adoro la infancia, me subyuga la candidez de aquellos cuya inocencia no ha sido aún mancillada, la pueril debilidad. Me gustan los niños. Sobretodo con patatas.
martes, enero 22, 2008

Como el toro y el estoque, la tripa atravesada
por el hierro, la sangre y el acero,
esto duele, cuando viene la razón y se va el miedo,
la pura realidad es más terrible, la llegada de la luz
que en vez de hacerte ver te ciega y arde
el ácido con furia y esto duele, saber la conveniencia
de ignorar lo que uno ignora y que ya no hay vuelta atrás,
regreso al útero imposible de la madre,
cerradas ya las piernas, pasados ya los años
y aún parece que fue ayer cuando naciste, cómo duele,
saber que iba a doler pasar los días, perder toda inocencia
poco a poco, hostia a hostia en tu rostro inmaculado,
la mirada se hace cuervo y el crepúsculo te invade,
dolió ver un gato muerto, dolió lo que dijeron,
dolió que eso doliese y aún me duele comprobar
que esto me duele y que el único refugio
es la trinchera, la mirada indiferente,
el ojo inconmovible y la rodilla hundida en tierra
rezando por creer que esto no duele.
por el hierro, la sangre y el acero,
esto duele, cuando viene la razón y se va el miedo,
la pura realidad es más terrible, la llegada de la luz
que en vez de hacerte ver te ciega y arde
el ácido con furia y esto duele, saber la conveniencia
de ignorar lo que uno ignora y que ya no hay vuelta atrás,
regreso al útero imposible de la madre,
cerradas ya las piernas, pasados ya los años
y aún parece que fue ayer cuando naciste, cómo duele,
saber que iba a doler pasar los días, perder toda inocencia
poco a poco, hostia a hostia en tu rostro inmaculado,
la mirada se hace cuervo y el crepúsculo te invade,
dolió ver un gato muerto, dolió lo que dijeron,
dolió que eso doliese y aún me duele comprobar
que esto me duele y que el único refugio
es la trinchera, la mirada indiferente,
el ojo inconmovible y la rodilla hundida en tierra
rezando por creer que esto no duele.
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En la imagen el Autor se ilustra y se cultiva.
jueves, enero 17, 2008
Panóptico
Todo el día te sentiste observado, como si miles de ojos te traspasaran como agujas de vudú. Y no eran los compañeros de barra al tomarte la última caña después del trabajo, ni la estudiante, ni el jubilado, ni el conductor del autobús en el que volviste a casa. Caminando por la calle, volviendo de la parada, buscaste los ojos que te seguían; te diste la vuelta pero no viste a nadie, buscaste en las ventanas pero nadie te miraba, nadie desde los coches ni escondido en los portales; pero cada vez eran más, eran miles de ojos los que te observaban. Al fin llegaste a casa, a salvo, y te dejaste caer al sofá. Encendiste la tele. En la pantalla había un hombre sentado en el sofá que miraba una tele en cuya pantalla se veía otro hombre sentado en el sofá mirando otra tele, en cuya pantalla otro hombre, sentado en el sofá, miraba la tele...
miércoles, enero 09, 2008
Cuántas veces puede enamorarse un hombre de una bala,
tomar voluntario la soga, dejar la silla, dos pies colgando,
un pie descalzo como un corazón desnudo
que todavía palpita ajeno a una muerte nueva,
voluntaria, elegida, cuántas veces vuelven a doler
un aroma, una voz, unos ojos conocidos que regresan
en los que duerme, al fondo, inquieto el recuerdo
tan vivo como una fiera que de nuevo sale de la jaula
precaria y oxidada del olvido, da un zarpazo, abre un pecho,
brotan lirios, cuántas veces puede un hombre elegir el veneno,
plantar la cruz, medir el nicho, cavar la tumba para el pecho,
morder su corazón enfermo, saber que duele y que no duele al mismo tiempo,
tropezar dos veces con la nostalgia pétrea, caer de bruces, chocar la mejilla
contra el suelo, entre lirios, frío, sucio y duro como un recuerdo que vuelve
y te enamoras de él como una bala
que ya te voló la cabeza en otra vida
y a la que aún amas.
-----------------------
Publicado en Revista Hesperya nº5
tomar voluntario la soga, dejar la silla, dos pies colgando,
un pie descalzo como un corazón desnudo
que todavía palpita ajeno a una muerte nueva,
voluntaria, elegida, cuántas veces vuelven a doler
un aroma, una voz, unos ojos conocidos que regresan
en los que duerme, al fondo, inquieto el recuerdo
tan vivo como una fiera que de nuevo sale de la jaula
precaria y oxidada del olvido, da un zarpazo, abre un pecho,
brotan lirios, cuántas veces puede un hombre elegir el veneno,
plantar la cruz, medir el nicho, cavar la tumba para el pecho,
morder su corazón enfermo, saber que duele y que no duele al mismo tiempo,
tropezar dos veces con la nostalgia pétrea, caer de bruces, chocar la mejilla
contra el suelo, entre lirios, frío, sucio y duro como un recuerdo que vuelve
y te enamoras de él como una bala
que ya te voló la cabeza en otra vida
y a la que aún amas.
-----------------------
Publicado en Revista Hesperya nº5
sábado, enero 05, 2008
Da fuckin' kiosko
A veces creo que vivo rodeado de gente estúpida. Es tan desesperante. Pero esto no es el tema de hoy, sino este:
Esa es la kioskera de la esquina. Cuando de niño me llevaban muy temprano al colegio, mientras la ciudad parecía aún adormilada y la luz todavía era escasa, al pasar frente al kiosko la veía colocando afanosamente los periódicos sobre el mostrador de su pequeño cubículo, abrigada con una bufanda, bajo la luz tenue de una bombilla. Eran los años ochenta y la kioskera tenía el pelo negro y cardado, los periódicos eran más grandes que ahora y ella, que siempre fue una mujer pequeña, más bien parecía estar levantando una trinchera de papel con la que protegerse del mundo y que, con el transcurso de las horas, iría menguando tras la visita de cada cliente fiel. Cuando volvía del colegio ella seguía allí, en su hueco de un metro cuadrado, rodeada de papel aunque ya más visible. Por la tarde me quedaba mirando los cromos que tenía expuestos, colgados en la puerta de cristal, imaginando que dentro de aquellos precisos sobres estaban los cromos que me faltaban para mis colecciones que, por lo demás, nunca conseguía terminar. Los años pasaron y ya nadie me acompañaba al colegio, ahora, antes de ir a coger el autobús, fumaba al lado o en frente del kiosko, cada mañana, temeroso de que me sorprendiese cualquier vecino con un cigarro en la mano, observando como el humo del tabaco se mezclaba con el vaho del amanecer sin que uno pudiera discernir cual era el origen de cada bocanada. Durante los primeros años de universidad ya no madrugaba tanto, ahora caminaba por la ciudad a mediodía, algo totalmente novedoso cuando uno lleva tantos años pasando la jornada completa en el colegio, ahora podía ver las calles de otra manera totalmente inédita, el bullicio de la una de la tarde, la gente tomando un vino después del trabajo, los que iban a comer el menú del día antes de reanudar la labor, el tráfico, y todo iluminado por la luz que venía de la posición más alta del sol y que daba a todo un aspecto diferente. Ella seguía allí, la kioskera, en la penumbra, despachando revistas y periódicos y acompañada, a esas horas, por un anciano deficiente mental –una especie de tonto del pueblo del centro de Oviedo- que se sentaba allí dentro en un taburete y pasaba unas horas con ella charlando sobre Dios sabe qué. Luego yo me mudé a Madrid a acabar la carrera, entre otras muchas cosas –demasiadas-. Al principio regresaba a menudo, cada mes, tenía más que hacer en Oviedo que en Madrid, llegué a la capital totalmente solo, con un pan bajo un brazo. A cada vuelta seguía viendo a la kioskera, enmarcada en revistas y fascículos, con la radio puesta, mirando aburrida a la gente que pasaba por la acera a través de los pocos huecos que las publicaciones dejaban libre en el cristal. Cuando mi vida se fue aposentando en Madrid y, paralelamente, casi todos mis amigos mudándose siguiendo mi camino, dejé de volver tan a menudo. Solo en las vacaciones. Como hago ahora, que ya he terminado muchas de las cosas que había iniciado y me dispongo a comenzar muchas otras. La kioskera sigue ahí, es esa que ya tiene que teñirse las canas -ya no cardadas- y que ha descubierto que las cremas antiarrugas no son la panacea que algunos dicen. Pienso en la cantidad de cosas que he pasado en más de veinte años. Todo lo que he visto. Todos las mudanzas, los cambios de ocupación, incluso de amigos. Y pienso en el horror de pasar veinte años en un metro cuadrado, menos que una celda, parapetada detrás de una montaña de papel, mirando el mundo cambiar día a día en las portadas de los periódicos. Cerrando al anochecer, volviendo bien de mañana. Nada más.
Esa es la kioskera de la esquina. Cuando de niño me llevaban muy temprano al colegio, mientras la ciudad parecía aún adormilada y la luz todavía era escasa, al pasar frente al kiosko la veía colocando afanosamente los periódicos sobre el mostrador de su pequeño cubículo, abrigada con una bufanda, bajo la luz tenue de una bombilla. Eran los años ochenta y la kioskera tenía el pelo negro y cardado, los periódicos eran más grandes que ahora y ella, que siempre fue una mujer pequeña, más bien parecía estar levantando una trinchera de papel con la que protegerse del mundo y que, con el transcurso de las horas, iría menguando tras la visita de cada cliente fiel. Cuando volvía del colegio ella seguía allí, en su hueco de un metro cuadrado, rodeada de papel aunque ya más visible. Por la tarde me quedaba mirando los cromos que tenía expuestos, colgados en la puerta de cristal, imaginando que dentro de aquellos precisos sobres estaban los cromos que me faltaban para mis colecciones que, por lo demás, nunca conseguía terminar. Los años pasaron y ya nadie me acompañaba al colegio, ahora, antes de ir a coger el autobús, fumaba al lado o en frente del kiosko, cada mañana, temeroso de que me sorprendiese cualquier vecino con un cigarro en la mano, observando como el humo del tabaco se mezclaba con el vaho del amanecer sin que uno pudiera discernir cual era el origen de cada bocanada. Durante los primeros años de universidad ya no madrugaba tanto, ahora caminaba por la ciudad a mediodía, algo totalmente novedoso cuando uno lleva tantos años pasando la jornada completa en el colegio, ahora podía ver las calles de otra manera totalmente inédita, el bullicio de la una de la tarde, la gente tomando un vino después del trabajo, los que iban a comer el menú del día antes de reanudar la labor, el tráfico, y todo iluminado por la luz que venía de la posición más alta del sol y que daba a todo un aspecto diferente. Ella seguía allí, la kioskera, en la penumbra, despachando revistas y periódicos y acompañada, a esas horas, por un anciano deficiente mental –una especie de tonto del pueblo del centro de Oviedo- que se sentaba allí dentro en un taburete y pasaba unas horas con ella charlando sobre Dios sabe qué. Luego yo me mudé a Madrid a acabar la carrera, entre otras muchas cosas –demasiadas-. Al principio regresaba a menudo, cada mes, tenía más que hacer en Oviedo que en Madrid, llegué a la capital totalmente solo, con un pan bajo un brazo. A cada vuelta seguía viendo a la kioskera, enmarcada en revistas y fascículos, con la radio puesta, mirando aburrida a la gente que pasaba por la acera a través de los pocos huecos que las publicaciones dejaban libre en el cristal. Cuando mi vida se fue aposentando en Madrid y, paralelamente, casi todos mis amigos mudándose siguiendo mi camino, dejé de volver tan a menudo. Solo en las vacaciones. Como hago ahora, que ya he terminado muchas de las cosas que había iniciado y me dispongo a comenzar muchas otras. La kioskera sigue ahí, es esa que ya tiene que teñirse las canas -ya no cardadas- y que ha descubierto que las cremas antiarrugas no son la panacea que algunos dicen. Pienso en la cantidad de cosas que he pasado en más de veinte años. Todo lo que he visto. Todos las mudanzas, los cambios de ocupación, incluso de amigos. Y pienso en el horror de pasar veinte años en un metro cuadrado, menos que una celda, parapetada detrás de una montaña de papel, mirando el mundo cambiar día a día en las portadas de los periódicos. Cerrando al anochecer, volviendo bien de mañana. Nada más.
jueves, enero 03, 2008
No tengo nada que decir. No tengo nada que decir. No tengo nada que decir. Tal vez este año se acabe Todo. Tal vez sea el Fin del Mundo. Tal vez se me acaben las cosas que decir. Bueno, puedo decir Feliz Año y todo eso, que todavía no lo he dicho y ya estamos a día 3. Por lo demás no tengo nada más que decir. Podría escribir sobre un tío que no tiene nada sobre lo que escribir. Así empecé yo, hace algunos años. Pensé que era una genialidad pero luego vi ese mismo tema en diferentes libros e incluso en películas. Los famosos Bartlebys y todo eso, los ágrafos trágicos. Además, escribir sobre alguien que no tiene nada que escribir no suele llevar a nada. Al menos a nada bueno. Y al final siempre se te ocurre algo, con lo cual la cosa se desvirtúa. Esto mismo es un claro ejemplo. Lo prodigioso del asunto es que la gente no empieza a escribir porque tenga muchas cosas que expresar. La gente empieza a escribir porque quiere escribir. El tema es secundario, el tema se busca después. Eso es lo de menos. Lo primero es el impulso suicida de asomarse a la página en blanco y luego, cuando uno ya cae fatalmente en el vacío literario preguntarse, al modo leninista: ¿Qué hacer? También están los que se montan un blog porque les ha dejado la novia. Esos, por ejemplo, si que tienen mucho que decir pero, por lo demás, no suelen durar mucho. Yo, últimamente, estoy en un momento de abulia intelectual. Serán las Navidades que me han extenuado. Nada me dice nada, todo me aburre. Hace meses que no escucho música, la prensa musical me es indiferente. Y tengo, cómo decirlo, un sentimiento constante apocalíptico o crepuscular de que todo ha pasado ya.
sábado, diciembre 22, 2007
Nosotros salimos
Salimos como quien ofrece un servicio público. Con la abnegación del funcionario, la hormiguita o el travesti. Salimos siempre y salimos mucho, pero sobretodo, salimos bien. En eso consiste básicamente volver a Oviedo por Navidad, estas son unas fechas entrañables aquí porque toda la juventud emigrada vuelve al nido y se encuentra por los bares. Solemos empezar en la Calleja tomando cerveza para acabar después del Flamin’ dando tumbos en cualquier otro lugar oscuro y sudoroso. Ayer lo pase bien, al principio sonreí algo forzado en el concierto pero al final me derramé por el Oviedo antiguo y en cada bar, en cada esquina, detrás de cada birra había un viejo o nuevo amigo y lo de siempre,ya-ves-cuanto-tiempo-aquí-por-navidad-a-ver-si-nos-llamamos.Estaba contento anoche, celebraba mi reciente admisión in extremis en el selecto Máster de Periodismo de El Pais -ya ven, un astrofísico-, aunque si no me hubiesen cogido hubiera celebrado cualquier otra cosa, porque en la vida hay que estar siempre celebrando y de la muerte, que no es poca, ya hablaremos otra noche. Ya muy tarde me encontré solo, perdido y azorado, y decidí irme a dormir describiendo extrañas trayectorias y arabescos, que ya iba a amanecer. Y hoy Resaca, el pan nuestro de cada día. La Resaca hay que afrontarla con el estoicismo del que se sabe perro viejo, metidito en la cama con un libro de poemas, esquivando los ordenes de mi madre y sus recados intempestivos. Esta noche volveremos a la carga: la sempiterna cena de compañeros del colegio, esos viejos amigos que casi nunca ves pero de los que siempre tienes noticias. Tengo ganas de saber cómo les va, escuchar de sus matrimonios y sus hipotecas y sus hijos, decir alguna extravagancia, recordar los viejos tiempos. Luego, cuando los más tibios se retiren, los demás saldremos, científicamente, como estrictos profesionales, tomando el barrio viejo con oficio de guerrilla, hasta que el cuerpo aguante o se quiebre el cielo. Si no dedicase tanto tiempo a esto tendría una novela o hubiera quemado tres iglesias o fundado un sindicato o estudiado dos carreras o levantado un imperio financiero o trabajado en McDonalds o trabajado en cualquier otra cosa, pero ya ven, yo por lo pronto prefiero esperar a que oscurezca, a que abran los bares, ponerme la chupa y volver a salir.
miércoles, diciembre 19, 2007
Estrené mi sexo
con mi almohada.
La abrazaba con mis piernas
y su cuerpo se amoldaba a mis deseos.
Era blanda, menuda y amable,
olía a suavizante.
Nunca la valoré lo suficiente
mientras estuvimos juntos,
imaginaba que ella era otras mujeres
-compañeras del colegio,
modelos de revista,
la que fuera-,
le era infiel de esta manera.
Comprendí mucho después
que ella era mejor que muchas otras,
aun careciendo de la piel y del aliento,
aun estando rellena de plumas.
Ella fue mi maestra.
Después de hacerlo
apoyaba en ella la cabeza.
con mi almohada.
La abrazaba con mis piernas
y su cuerpo se amoldaba a mis deseos.
Era blanda, menuda y amable,
olía a suavizante.
Nunca la valoré lo suficiente
mientras estuvimos juntos,
imaginaba que ella era otras mujeres
-compañeras del colegio,
modelos de revista,
la que fuera-,
le era infiel de esta manera.
Comprendí mucho después
que ella era mejor que muchas otras,
aun careciendo de la piel y del aliento,
aun estando rellena de plumas.
Ella fue mi maestra.
Después de hacerlo
apoyaba en ella la cabeza.
viernes, diciembre 14, 2007
Evento
Presentación de la primera novela de Sergio C. Fanjul. Año 2050. Sobre la mesa el voluminoso libro de 1500 páginas. El escaso público está expectante. El editor comprueba el micrófono e inicia el discurso. Habla de las maravillas de la opera prima de tan veterano y underground escritor. Se lamenta de que haya tardado tantos años en regalarnos esta obra sublime que con tanto cariño han editado. Es, sin duda, una soberbia descripción de los últimos años de la historia de este planeta, en la que se recrea fielmente el ambiente tras la Tercera Guerra Mundial y los efectos del Calentamiento Global, con especial cuidado en las pequeña tragedias cotidianas que rodearon a estos hechos vertebradores de la Historia Contemporánea, la historia, con minúsculas, de tantos actores anónimos. Por fin da paso al autor. Aplausos. Sergio C. Fanjul, calvo, orondo y luciendo una luenga barba canosa, toma la palabra. Bueno, (el autor se acaricia lentamente la desértica frente cerrando los ojos, como quien rebusca una profunda reflexión o pone un huevo. Se crea cierta expectación entre los asistentes), bueno (continúa), lo cierto es que a mi estos actos literarios –y convendrán en esto conmigo- siempre me han parecido algo absurdos. Nos traen aquí para que hablemos, como si tuviésemos algo que decir, cuando ya lo hemos echado todo en el libro (levanta con esfuerzo el tocho de 1500 páginas y lo agita como puede). Supongo que es porque los escritores siempre quisimos estrellas del rock pero tuvimos que conformarnos con esto, y esto es lo más parecido a un escenario que pisaremos. Al menos eso me pasa a mí. Yo de joven quería ser una rockstar, y bien sabe Dios que lo intenté, pero ya ven, aquí me tienen y no colgado en los posters de miles de paredes de miles de cuartos de miles de adolescentes. (El autor tose sonoramente y bebe un sorbo de agua). Perdonen. Con la música no tuve éxito en mis bandas juveniles y luego ya no tiene importancia que tengas una esponjonsa melena rubia que menear o rudos complementos de cuero porque eso nadie lo ve, a no ser que salgas en la anecdótica foto de la solapa –si es que hay foto- donde todos los escritores aparecemos sobándonos la cara o fumando, como si fuéramos muy listos. Ellos son jóvenes atormentados y lozanos, hermosos, miren a Jim Morrison o Kurt Cobain, mientras que los escritores somos ancianos pesados vestidos de traje. Aunque bien es cierto que mueren pronto. Eso, miren ustedes, también se lo envidio, que esto de ser viejo la verdad es que me parece una puta mierda (el autor vuelve toser con violencia y recoge su esputo en un pañuelo blanco arrugado). Los rockeros lo tienen más fácil, por muy feos que sean les cuelgas una guitarra y a todas las fans se les caen las bragas. Yo no veo ningún sujetador cruzar el cielo por aquí. No veo a gente saltando, bailando, gritando de excitación, están ustedes aburridos (da una palmada y un espectador de la segunda fila se despierta sobresaltado y se recompone en la silla). Para ligar lo tenemos difícil, tenemos que depurar mucho el estilo, adjetivar bien, controlar la prosodia, las subordinadas. Y cuando consigues ligar, entonces vienen el chasco (sonoro puñetazo en la mesa que hace vibrar al micrófono, aunque difícilmente al libro), ellas piensan que les vas a hablar en verso, que se te van a ocurrir piropos marcianos todo el rato, rebuscadas dedicatorias para los libros que les obligas a leer, todo eso. Y claro, se decepcionan al comprobar que hablamos como todo hijo de vecino. Miren, señores, nosotros escribimos cuando escribimos, en cuartuchos oscuros, en noches de insomnio, borrachos, sin ningún glamour. Si destrozamos una habitación de hotel nos vamos a la ruina para pagar los desperfectos. Y eso que nunca vamos a hoteles, solo a pensiones cuyos cuartos ya están destrozados de antemano. Las putas no vienen a nosotros, tenemos que buscarlas por los callejones y al final son siempre tan feas como baratas. Y la última vez que esnifé cocaína que no fuera tiza machacada todavía no se había inundado Benidorm tras el Cambio Climático. Así que piensen ustedes lo que quieran. Si les interesa el libro, léanlo, yo, en verdad, no se lo recomiendo. Y ahora si tienen alguna pregunta, no pienso respondérsela. Buenas tardes. Se hace el silencio. El editor, visiblemente avergonzado, da las gracias en nombre del Autor y la Editorial. Alguien inicia un tímido aplauso, un par de personas lo siguen, pero la cosa no va a más y el conato se extingue rápidamente.
lunes, diciembre 10, 2007
La palabra calla, duerme pero sigue atenta, solfeo entonces
sobre tu cuerpo, silencio roto, pistones en tu pecho
y cuerdas tensas en tu clavícula y tu cuello,
contrapunto de tu aliento con mi aliento,
armonía de muelles, sábanas revueltas,
sudor y teclas que muerden labios,
la lengua experta, explora, conoce, húmeda, calla,
fusas, semifusas, clave de sol en tu caderas.
La palabra duerme, enmudece, nunca despierta,
solfeo entonces sobre tu cuerpo, acordes que arranco
a la pálida piel, el oído escucha, la boca inútil
sino es para eso, para qué la palabra,
para qué los conceptos:
la música discordante y átona del sexo
retumba entre nuestros cuerpos.
sobre tu cuerpo, silencio roto, pistones en tu pecho
y cuerdas tensas en tu clavícula y tu cuello,
contrapunto de tu aliento con mi aliento,
armonía de muelles, sábanas revueltas,
sudor y teclas que muerden labios,
la lengua experta, explora, conoce, húmeda, calla,
fusas, semifusas, clave de sol en tu caderas.
La palabra duerme, enmudece, nunca despierta,
solfeo entonces sobre tu cuerpo, acordes que arranco
a la pálida piel, el oído escucha, la boca inútil
sino es para eso, para qué la palabra,
para qué los conceptos:
la música discordante y átona del sexo
retumba entre nuestros cuerpos.
miércoles, diciembre 05, 2007
La ciencia es mentira
y tu cuerpo la geometría curva
en la que sucede el mundo.
Con lengua exploradora
avanzo palmo a palmo,
sondeo, palpo, mido, trato
de entender el mensaje
cifrado de tus pecas,
el significado oculto
que duerme entre tus piernas.
Me voy por la tangente,
adoro más que a Dios
las cavidades cóncavas
de tus clavículas.
y tu cuerpo la geometría curva
en la que sucede el mundo.
Con lengua exploradora
avanzo palmo a palmo,
sondeo, palpo, mido, trato
de entender el mensaje
cifrado de tus pecas,
el significado oculto
que duerme entre tus piernas.
Me voy por la tangente,
adoro más que a Dios
las cavidades cóncavas
de tus clavículas.
viernes, noviembre 30, 2007
SuperLudwig
La otra noche coincidió que vi en la tele, en el concurso de las supermodelos, cómo les hacían a todas un cambio radical de look capilar. Entraban al peluquero con una venda en los ojos y luego descubrían, muy sorprendidas e invariablemente chillando –porque las supermodelos novatas expresan todos sus estados de ánimo con el mismo chillido histérico, más propio de una hiena en celo que de una personita- su nuevo aspecto. Una de ellas, la que más gracia me hizo, se quedó notablemente perpleja y visiblemente indignada: pero yo no quería tener el pelo corto, dijo, yo, luchando por tenerlo largo tantos años y ahora me lo cortan, dijo, y este color..., dijo, y la presentadora: ¿no querías ser una rubia de bote, verdad? ¿Es eso? Ten en cuenta que hay muy pocas rubias naturales. Y entonces ella lloró. Se rompió la presa precaria que contenía sus lágrimas y la chica lloró. Desconsoladamente, como un niño abandonado, como la madre de un desaparecido. No crean, anyway, que yo veo la tele habitualmente, reitero que lo vi por casualidad, porque la gente como yo solo ve en la tele los debates, los documentales y las noticias, y eso si hay suerte ¿Me creen? ¿Eh? ¿Me creen? El caso es que mientras ocurría esta coincidencia cósmica que me hacía presenciar atónito tan bizarro espectáculo, tenía entre mis manos el Tratactus Logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein. Wittgenstein me fascina por varias razones: por su excéntrica biografía, por su estricta filosofía, por ese carácter mítico que hizo que todos los que le conocieron le creyeran el mayor genio de la historia de la filosofía desde el mismísimo Platón; pero sobretodo por esa mirada perdida y lunática que muestra en todas las fotos, como si estuviésemos ante la imagen de un hombre que se hubiera extraviado para siempre en los tortuosos caminos del pensamiento más abstracto y con la mayor vehemencia posible, un psicópata al fin y al cabo, un psicópata de la filosofía analítica que ya estaba más en otro mundo que en este donde vivimos los demás mortales viendo la tele. El Tratactus es una obra que muy pocos comprenden. Yo, claro está, tampoco lo hago, pero a veces paso largos ratos –cuando echan Supermodelo, por ejemplo- hechizado por esas sentencias numeradas cual teoremas y corolarios en las que con un lenguaje parco, preciso y a la vez enrevesado, trata –y consigue, según él- de resolver todos los problemas de la filosofía. A veces encuentro algo de luz en un pasaje, entiendo algo aquí o allá, algo que hace sentido entre la oscuridad de sus sentencias, y entonces siento el vértigo de aproximarme al pensamiento de este hombre arrebatado y genial. El libro, dicen, trata sobre la naturaleza del lenguaje y el autor se topa con la dificultad de analizar el lenguaje con el propio lenguaje y sin poder salirse de él, problema que me recuerda al de entender la mente mediante la propia mente, o al teorema de Gödel del que hablaré más prolijamente otro día o tal vez no. En el texto construye su teoría palmo a palmo, y al final descubre que su razonamiento no sirve: el que haya entendido deberá quedarse con la luz al final del camino y olvidar el propio camino -todo el libro, su único libro en vida-, como alguien que ha subido por una escalera al conocimiento y después se ve instado a tirar la escalera y quedarse allá arriba ya para siempre. Y esto es hermoso y raro y quisiera poder hacerlo, tirar la escalera, quedarme cegado por la luz, allá arriba, conociendo. En la ultima frase declara que ha dicho todo lo que se podía decir del mundo, en esas pocas páginas se contiene todo. Lo demás, que también existe, es inexpresable – se trata del misticismo, la metafísica, lo que no abrazan nuestras tristes palabras- y la frase final reza: de lo que no se puede hablar, mejor callar. Pensé entonces de nuevo en la aprendiza de supermodelo a la que la habían cortado el pelo tan corto después de tantos años de barbecho, en ese horrible tinte de furcia rubia de bote, y me la imagine al final de la escalera de Wittgenstein, haciendo todo el camino y tirando después la escalera, sin marcha atrás ya, pues el pelo no se puede estirar, no se puede sacar del cráneo más de lo que hay –excepto en ciertas muñecas y juguetes de Play Doh- y ese tinte la acompañaría ya quién sabe por cuánto tiempo y sentí pena y horror y dije, aún cuando no había nadie allí, en la penumbra amarilla del salón, para escucharme, dije con voz baja y herida: joder, pobre chavala.
lunes, noviembre 26, 2007

tú querías ser Arthur Rimbaud.
poner color a las vocales.
recibir la bala de Verlaine. arañar con tus dulces zarpas
las almas de la burguesía. y huir con toda la gloria.
a los diecinueve años. con la carne aún blanca
y blanda. y la sensibilidad extenuada.
cagándote en Dios, ciego de absenta y láudano.
tú querías ser Guy Debord.
derrumbar la sociedad como objetivo. destruir
el Espectáculo y hacer de la vida cotidiana una revuelta.
buscar, debajo de cada adoquín, una playa. al final
sentir el hierro negro, frío y pesado contra tu paladar,
apretar entonces el gatillo. a los sesenta y tantos.
arruinado por el alcohol, ya casi muerto.
tú querías ser Johnny Rotten.
Dios Salve a la Reina. en los escenarios
de toda Inglaterra, manifestaciones puritanas
a las puertas de los bares.
me importa un cojón: Sid y Nancy consumidos con la droga
y ningún futuro para nadie. los dientes verdes
y un lugar de honor en la historia del (punk) rock.
querías agarrar la Tierra con los dedos.
hacerla retumbar contra los Cielos.
------------------
En la imagen el Autor - ¿o debería de decir curita?- somnoliento.
jueves, noviembre 22, 2007
Premio!
Pues sí, la semana pasada me concedieron el tercer premio del I Certamen de Relato Corto de Renfe. La ceremonia se celebró en un tren de cercanías vacío en el que los tres ganadores leímos nuestras obrillas y recibimos un dinerito y un diploma de la mano del ínclito Javier Reverte. La cosa tuvo su gracia pues el trayecto cubierto por nuestro extraordinario convoy literario fue Atocha-Príncipe Pío, viaje que dura unos diez minutos si se hace en línea recta, pero que duró casi una hora dada la vuelta completa a la ciudad –por el norte- que dimos. Le comenté jocosamente este hecho a un jerifalte de Renfe en el vino español que se ofreció después, en una disco del centro comercial de Príncipe Pío, cómo siendo de Renfe no se habían dado cuenta que el camino más corto era otro, el barbudo señor no pilló mi ironía y se ofendió un poco, aunque más tarde me regaló un billete para volver a casa (¡). También me regalaron, at least, dos entradas para el Tren de Cervantes, que te lleva a Alcalá de henares de visita turísticas y gastronómica y que va lleno de simpáticos actores vestidos de época. Lo mejor del asunto es que colgarán los relatos en los trenes de cercanías para que los viajeros aburridos se entretengan.
Aquí va el microrrelato que envié y, de oferta, otro que no envié pero que me gusta más.
Delicias-Méndez Álvaro. Duración del viaje dos minutos treinta. En la ventana fábricas abandonadas, naves industriales, bloques de edificios en ladrillo visto, chimeneas. Rachid, 34, obrero de la construcción, se sienta, cansado después del trabajo. Deja su mochila en el suelo, cerca de su pierna. Matilde, 41, secretaria, mira asustada la mochila. Ramón, 67, jubilado, mira alternativamente a Rachid y a esa mochila. Nuria, 24, estudiante de Económicas, desea llegar cuanto antes a la próxima parada. Llegada a Méndez Álvaro. Rachid coge la mochila, se va a casa, le queda otro trasbordo. Matilde, Ramón, Nuria, se sienten un poco tontos.
Aquí va el microrrelato que envié y, de oferta, otro que no envié pero que me gusta más.
Delicias-Méndez Álvaro. Duración del viaje dos minutos treinta. En la ventana fábricas abandonadas, naves industriales, bloques de edificios en ladrillo visto, chimeneas. Rachid, 34, obrero de la construcción, se sienta, cansado después del trabajo. Deja su mochila en el suelo, cerca de su pierna. Matilde, 41, secretaria, mira asustada la mochila. Ramón, 67, jubilado, mira alternativamente a Rachid y a esa mochila. Nuria, 24, estudiante de Económicas, desea llegar cuanto antes a la próxima parada. Llegada a Méndez Álvaro. Rachid coge la mochila, se va a casa, le queda otro trasbordo. Matilde, Ramón, Nuria, se sienten un poco tontos.
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Cruza el tren la ciudad que se deshace lentamente. Él tiene 32 y ella no pasa de los 20. Él ve por la ventana: polígonos, bloques, fábricas abandonadas, ella va a fumar al baño. A la vuelta él y ella se cruzan la mirada. Ella va sentada enfrente, él también, según se mire. Ella juega con su móvil, él la mira de reojo, levanta ella la mirada, él, interceptado, abre el periódico. El tren se para. Ella se baja. Él ve como se aleja. Ella no se da la vuelta. El tren se va, como otras veces.
Salud.
Una foto del Autor leyendo el relato junto al Sr. Reverte aquí, en un diario digital.
lunes, noviembre 19, 2007
Enemigo
Apenas levantan un metro cincuenta del suelo y, sin embargo, ellas son el Enemigo. Los domingos por la tarde pisan fuerte la escalera de la iglesia aferrandose a su bolso mientras rebuscan algo de limosna para los mendigos de la puerta. Son altivas a pesar del cuerpo de botijo, lucen pelo corto y teñido de colores a veces imposibles. Tienen la certeza de estar en lo correcto en todo lo que dicen y en todo lo que piensan, si es que piensan y no solo repiten. A su espalda queda el párroco recogiéndose en la sacristía, orgulloso de todo lo que poco antes sermoneó desde los púlpitos
ayudad a los más desfavorecidos.
amad al prójimo.
echad pasta en el cepillo (y en la máquina automática de velas).
Ellas a su vez adoctrinan a sus nietos con palabras de la Biblia
ofreced la otra mejilla.
lo valioso es dar cuando no tienes, no cuando te sobra.
es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de lo Cielos.
Y los niños, antes de dormir, escuchan atentos y asombrados las vivencias del judío galileo. Y a veces, los más listos, plantean el dilema que ninguna abuela se atreve a resolver: pero abuela, Jesús era un jipi, ¿verdad?, con ese pelo largo y predicando el comunismo.
Los domingos por la tarde van del templo a la confitería como un grupo de gallinas. Toman chocolate y el pastel más caro, tratando de disimular que tienen una pensión de mierda, dando a entender que jamás entrarán en el Reino de los Cielos (al menos no antes que el camello por el ojo de la aguja). Y allí cotorrean sobre Elena, la hija de Paquita, que parece una putilla, sobre Jorge que yo creo que se droga, y los nuevos inquilinos del cuarto que son -seguro- terroristas. Sobre tanto marica que se casa y sobre la desmembración de España. Cada cuatro años dan su voto a la derecha que ya está bien de tanto moro que llega a nuestras tierras.
Ayuda a los desfavorecidos, ama al prójimo como a tí mismo: mentiras al igual que democracia y socialismo. Las viejas que salen de misa, ellas son el Enemigo, que si ahora apareciera Jesucristo les faltaría tiempo para escupir en su camino.
ayudad a los más desfavorecidos.
amad al prójimo.
echad pasta en el cepillo (y en la máquina automática de velas).
Ellas a su vez adoctrinan a sus nietos con palabras de la Biblia
ofreced la otra mejilla.
lo valioso es dar cuando no tienes, no cuando te sobra.
es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de lo Cielos.
Y los niños, antes de dormir, escuchan atentos y asombrados las vivencias del judío galileo. Y a veces, los más listos, plantean el dilema que ninguna abuela se atreve a resolver: pero abuela, Jesús era un jipi, ¿verdad?, con ese pelo largo y predicando el comunismo.
Los domingos por la tarde van del templo a la confitería como un grupo de gallinas. Toman chocolate y el pastel más caro, tratando de disimular que tienen una pensión de mierda, dando a entender que jamás entrarán en el Reino de los Cielos (al menos no antes que el camello por el ojo de la aguja). Y allí cotorrean sobre Elena, la hija de Paquita, que parece una putilla, sobre Jorge que yo creo que se droga, y los nuevos inquilinos del cuarto que son -seguro- terroristas. Sobre tanto marica que se casa y sobre la desmembración de España. Cada cuatro años dan su voto a la derecha que ya está bien de tanto moro que llega a nuestras tierras.
Ayuda a los desfavorecidos, ama al prójimo como a tí mismo: mentiras al igual que democracia y socialismo. Las viejas que salen de misa, ellas son el Enemigo, que si ahora apareciera Jesucristo les faltaría tiempo para escupir en su camino.
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