viernes, mayo 18, 2012

Camellos


El otro día, durante un paseo matinal lleno de sol, vi una mujer en un escaparate de la calle Fuencarral. Era menuda y estaba agachada, haciendo no se qué. Mostraba a los transeúntes, acaso sin saberlo, el comienzo de la raja del culo: el insert coin. Animado por esto, entré a la tienda. No había nadie en el mostrador. Al momento apareció otra chica de entre las profundidades multicolor de los expositores de ropa que, tras terminar de doblar un jersey, se acercó a mí sonriente.

-      ¿Qué desea? – dijo
-          Quiero eso que tienes en el escaparate.

La joven miró hacia allí y frunció el ceño.

-          No hay nada ahora en el escaparate. Lo están cambiando.
-          No, no, -dije- quiero aquello -y señalé a la mujer que había visto desde fuera y que ahora se había incorporado y ponía en pie un maniquí.
-          No entiendo –respondió poniendo los brazos en jarras.
-          Sí, a aquella mujer. Quiero comprarla.
-          Pero Concha es la escaparatista. No está en venta.
-          Que yo sepa, las cosas que están en el escaparate están a la venta. Para eso sirven, ¿no? Para mostrar la mercancía y hacer que el viandante distraído pique, entre y compre.
-          Ya, pero ella no es ninguna mercancía. Es la escaparatista. No se vende. ¿Si no quién montaría el escaparate las próximas temporadas? La necesitamos para lo que usted dice, para que entre la gente y compre.

La música machacona de la tienda comenzaba a aturdirme. Concha, enfrascada en su trabajo comenzó a cantar una copla, ajena a nuestra conversación y al estruendo del techno.

-          Vamos a ver –dije.- ¿Eres la dueña?
-          No, -dijo la chica- trabajo media jornada, por las mañanas, y luego estudio estilismo en el Instituto Europeo de Diseño–se sopló el flequillo cortado con escuadra y cartabón.
-          Bien: hagamos una cosa –dije-, te pagaré por esa mujer lo que pidas y te daré a ti un extra, una propinilla, para tus gastos. Seguro que aquí no ganas mucho.

La joven se mostró titubeante. Se dio la vuelta y se parapetó detrás del mostrador, en el que apoyó ambas manos.

-          La verdad es que sí, gano poco. Pero no sé... Concha es maja y trabaja bien, no sé que pensaría el jefe.
-          Seguro que al jefe le encanta. Los trabajadores con iniciativa están mejor valorados y, además, será un negocio sustancioso para la empresa. Luego podréis contratar a otra, los escaparates de esta ciudad están repletos de mujeres como Concha, enseñando el culo a los que pasan.
-          Ay, no sé. Y cuánto quieres pagar.

Miré a Concha. No era demasiado joven ni demasiado guapa, pero parecía fuerte y hacendosa. Me serviría para cuidarme, hacerme la declaración, echar la primitiva. Quizás supiese chistes.

-          Te ofrezco cinco camellos- dije.
-          ¿Cinco? –dijo la dependienta-, me parece poco la verdad. Ya te dije que Concha es muy valiosa. Dame diez.
-          Seis – dije.
-          Nueve –dijo.
-          Siete y es mi última palabra.

Se quedó pensativa. Bajó la cabeza y se mordió un poco la uña. Luego se tocó el piercing del labio.

-          Bueno, vale –dijo después de unos segundos-. Siete, y que sea lo que Dios quiera.
-          Excelente –dije-. Mañana, a estas horas, vendré a por ella.
-          ¿Y mi parte?
-          ¿Qué parte?
-          Dijiste que me daría un extra. ¿Dos camellos?

No era tonta la chica. Acepté de mala gana.

-          ¿Y cómo lo vamos a hacer?
-          Tú asegúrate que Concha está aquí mañana. Yo vendré con un amigo y con los camellos, por supuesto. Le pondremos una bolsa de Carrefour en la cabeza cuando menos se lo espere. Yo la cogeré por arríba y mi amigo la llevará de los pies hasta la furgo, la aparcaremos a la puerta.
-          De acuerdo, hecho.
-          Hasta mañana, pues.

Estreché la mano de la dependienta y me dirigí a la salida. Entonces ella habló de nuevo.

-          Oye – gritó- una última cosa. Ven acércate.

Volví al mostrador y me habló en susurros. 

-          Y los camellos... ¿de qué?
-          De lo que quieras.
-          Pues los del jefe de farlopa. Pero los míos los prefiero de pastillas ¿puede ser?, que últimamente casi no hay en el mercado. Es un rollo, ya casi no me gusta salir. ¿Tú conoces camellos de pastillas?
-          Pues claro, con quién crees que estás hablando. Yo te los consigo. Así que siete de cocaína para tu jefe y dos de pastillas para ti. ¿Verdad?
-          Sí –dijo con la cara iluminada.

Cuando salí observe un rato a la hacendosa Concha. Una escaparatista como aquella por nueve camellos que encontraría arrastrándose por las esquinas de cualquier after. Sí, había hecho una buena compra.