martes, abril 19, 2011

Decoración esquizo



Una tienda de muebles es como una casa muy grande decorada por un esquizofrénico.

Un tío loco que ha amasado una buena fortuna a pesar de su locura y que se ha comprado un buen pisazo en pleno centro de tropecientos metros cuadrados aprovechando la bajada de los precios inmobiliarios. Y entonces llega el albañil y los tipos encargados de la decoración y el propietario, frenético, con los ojos inyectados en sangre y la baba asomando por las comisuras de los labios, empieza: a ver, por aquí vamos a poner unos 20 sofás, con sus mesas bajas de cristal, pero todos diferentes, tresillos, sillones, de cuero, de piel, de felpa, de todos los colores; y por aquí vais a instalar unas 12 cocinas completas, unas con barra, otras con lavavajillas, todas con un buen horno, porque me gusta mucho el pollo, el pollo asado, y lo voy a asar en todos esos hornos, decenas de pollos, miles de pollos, un Holocausto pollil. ¡Qué sudores! Y allí, en la zona de baños –dice señalando un gran espacio vacío a la izquierda- vais a instalar, eso, baños y aseos, unos con ducha, otros con bañera, con hidromasaje, con bidet, con grandes espejos, pero id cambiando el alicatado en cada caso que no quiero perderme, con cenefa y sin cenefa, con gres y Porcelanosa: ¡me voy a hinchar a evacuar!

Este desequilibrado duerme cada día en una cama con una muñeca hinchable diferente, y manda mails, o piensa que manda mails, desde esos ordenadores de plástico de atrezzo que están vacíos de chips y de circuitos. Pero el tío los manda. Y lee libros en sueco de los que tienen en Ikea, aunque no tenga ni pajolera de sueco, pero le gusta su abrupta sonoridad, y dice a sus celestiales amigos invisibles que celebran delirantes e invisibles aftercasa en sus salones, que al final se queda con el concepto general de la historia. ¡Gran literatura la nórdica! Y de sus grifos sale cocacola y néctar y ambrosía de los dioses, y farlopa. Y recorre, cada día, al llegar a casa al atardecer, la casa siguiendo unas flechas dibujadas en el suelo, como si estuviese en algún establecimiento de la ubicua cadena sueca que ha redecorado nuestra vida. El monarca absoluto de la República Independiente de su Locura.

Probablemente este tío fuese antes un especulador bursátil o algo parecido, algo que requiera altas dosis de salvajismo y sinrazón. ¡Viva la economía, viva la Guerra Fría!

(La mesa de la imagen es un diseño de Phillip Toledano y se llama Abu Ghraib Coffe Table)

miércoles, abril 13, 2011

Las simpáticas cabritillas y la bohemia



Abajo están los Fraguels. Siempre.

Nos mudamos a la Plaza de San Miguel, aledaña a la Plaza Mayor, hace casi un mes. Para quien no conozca el centro de Madrid (¿acaso existe algo fuera del centro de Madrid?), diré que en la Plaza de San Miguel, donde ahora, hace casi un mes, vivimos, está el Mercado de San Miguel. El Mercado de San Miguel, con su arquitectura modernista, era antes un mercado de abastos tradicional, donde uno podía comprar vegetales, carne o pescado a buen precio, en un ambiente castizo y popular, algo destartalado. Ahora, en el Mercado de San Miguel se puede comprar vegetales, carne o pescado, pero por un precio centuplicado. Lo que más se vende, sin embargo, son ostras y champán. Porque ahora, el Mercado de San Miguel, es un mercado delicatessen y no un mercado de abastos tradicional, y en vez de señoras con carritos estampados a cuadros y señores enjutos acodados a la barra del bar con un mondadientes asomando entre los labios, hay turistas, y pijos, y turistas pijos. Cuando bajo cada mañana les veo el culo, están en el mercado bebiendo vino y comiendo jamón caro, en un eterno aperitivo ajeno al discurrir del tiempo. Al anochecer toman ostras y champán como si el mundo fuese una fiesta. Este fenómeno urbanístico es lo que se llama gentrificación, pero de eso ya hablaremos, queridos amigos, otro día.

Los pijos, los turistas, los turistas pijos, no son los Fraguel. Los Fraguel son una banda de homeless borrachos que se pasan el día bebiendo cerveza y bricks de vino barato en los aledaños del Mercado de San Miguel, tratando de sacarle algo a los distinguidos clientes. Luego se lo beben todo y lo mean alrededor de mi portal, que siempre huele a pis con solera. Están siempre ahí, de cháchara, con bolsas de viaje, arrugas negras, chupas de cuero, muletas. Obviamente, me siento más cerca ideológicamente de los Fraguels que de los gentrificadores, aunque aún no hemos trabado verdadera amistad más allá del "no, no tengo suelto".

El otro día me tocó cubrir para mi periódico una cosa que se llama La Ruta de Max Estrella. Para quien no lo sepa, se trata de un recorrido nocturno por los lugares en los que se desarrolla Luces de Bohemia, de Don Ramón María del Valle Inclán. En cada parada, un personaje de la cultura, escritor, poeta, dramaturgo, fotógrafo, actor, o lo que sea, se sube a una precaria escalerilla y da un breve discurso sobre la importancia de la bohemia, de la vida marginal, de la poesía, del anarquismo de Mateo Morral, que desde un balcón de la cercana calle Mayor atentó contra Alfonso XIII el día de su boda lanzándole un ramo con una bomba dentro. El caso es que una de las paradas es la Plaza de San Miguel, y allí paramos. El catedrático de turno se subió a la escalerilla empezó a hablar, rodeado de unas 300 personas expectantes. Entonces, uno de los Fraguels, uno con muletas que no falla nunca, se levantó de su mugriento portal y gritó “¡Maricón!”, “¡Maricón, vete con San Judas Tadeo!”. Así todo el rato. Mucha gente del público se ofendió y le mandó callar. No se daban cuenta de que ese Fraguel, todos los Fraguels, son los verdaderos bohemios de hoy en día, el Max Estrella de la obra de Valle que veníamos a homenajear. Qué bonita es la bohemia vista desde la butaca de un teatro, qué poco nos gusta cuando se mea en nuestros portales. Yo, por supuesto, estaba mucho más cerca ideológicamente de aquel Fraguel que del catedrático que arengaba a las masas desde su improvisado púlpito.

Y luego están las simpáticas cabritillas. El centro de Madrid es un zoo humano y una de las piezas más notorias son las cabritillas psicodélicas que están en Plaza Mayor. ¿A quién se le habrá ocurrido tales personajes? Con su simpleza e ingenuidad se ganan el corazón de los viandantes que les dan monedas solo por abrir y cerrar la boca frenéticamente, acompañando la gracia con movimientos espasmódicos. Descubrí, para mi sorpresa, que dentro de estos entrañables seres del mundo de la fantasía, se esconden unas gitanas muy pequeñas y muy feas, muy arrugadas y despeinadas, que parecen estar siempre de muy mala hostia. Dan un poco de miedo. Quién lo iba a decir, ese salto del exterior fantabuloso a la sucia y triste realidad de esas tipejas. Yo, por supuesto, estoy más cerca ideológicamente de la simpática cabritilla que de la horrenda mujer que lleva dentro. Pues así, con todo.

miércoles, marzo 30, 2011

Hay un hombre en España que lo hace todo


Ha venido la casera con el Señor Enrique. El Señor Enrique es un peruano de 52 años que se sube a una silla y te arregla la lámpara, y se sube a otra y te arregla los estores, y se sube a otra y arregla las puertas de los pequeños armarios, y cuando se baja arregla la cisterna y cuando se agacha arregla los zócalos e intercepta alguna hermosa pelusa como un diente de león grisáceo. El Señor Enrique arregla lo que sea allí donde le pongas. Si le pones en medio de la calzada, empieza a dirigir el tráfico. Si le pones en un parque, recoge las hojas secas y arranca las malas hierbas. Si le pones frente al horno, te prepara un soufflé.

Le senté conmigo en el sofá y el Señor Enrique me preguntó por mis problemas.
- No tengo trabajo, ni dinero, ni esperanza – le dije.
El Señor Enrique me prestó 50 euros, hizo un par de llamadas y me consiguió un buen puesto como abogado de una empresa de import-export, y eso que nunca he estudiado Derecho. Luego, el Señor Enrique, me dio un abrazo. Fue como si me abrazara un árbol.

Me dice la casera que conoce hace tiempo al Señor Enrique. Me lo dice muy bajito, al oído, mientras el Señor Enrique riega las plantas de la terraza, porque nadie debe saber la verdad sobre el Señor Enrique. En realidad, me dice la casera, el Señor Enrique, bajo esa apariencia inofensiva y servicial, es quien mantiene a flote a la humanidad en contra de su propia tendencia a autodestruirse.

Cuando hay crisis aérea, lleva al Señor Enrique al aeropuerto y el Señor Enrique toma los mandos, él solo, de la torre de control. Cuando un petrolero naufraga, el Señor Enrique, en bañador, corre a tapar las fisuras por las que se escapa el crudo. El Señor Enrique, los jueves por la tarde, realiza operaciones secretas contra las redes mundiales de la Camorra. Los viernes, de 11 a 12, se va al Banco de España a ver cómo va el asunto de las Cajas de Ahorro. Últimamente anda muy ocupado orquestando el ataque a Gadafi, porque el Señor Enrique no quiere que haya víctimas civiles, ni que se encone el conflicto, ni que sea un nuevo Irak, por eso Obama dice lo que dice, porque se lo ha dicho el Señor Enrique (aunque Obama siempre negará tal extremo). El otro día en Bengassi, mientras, como incógnito, inspeccionaba la situación libia sobre el terreno, el Señor Enrique le desatascó la bañera a una señora y le puso unas baldas en casa a uno de los sublevados. Y luego se fue a Japón, por eso el Señor Enrique ahora luce un extraño brillo verdoso. Ojalá el Señor Enrique tuviera más tiempo o más manos o algún hermano para acabar con la crisis, para cambiar el mundo, me dice la casera cuando el Señor Enrique entra de la terraza con una maceta entre las manos.

- Lo que tienen los pisos de alquiler, señora, es que se van los chiquitos y no arreglan nada - dice el Señor Enrique sonriente mientras se lava las manos en el fregadero.

La casera y yo nos miramos con complicidad, porque entendemos sus metáforas.

sábado, marzo 26, 2011

Sí a la birra



Los que vivimos cerca de la Puerta del Sol, además de ser los más guapos de España, tenemos la oportunidad de comprobar casi diariamente las bondades de la Democracia (¡viva!) en ese manifestódromo que es la plaza. Colectivos de todo pelaje toman la calle para hacer oír, con desigual fortuna, sus reivindicaciones: los sindicatos, los partidarios de la memoria histórica, los guineanos opositores de Obiang, el personal sanitario de los hospitales públicos, en fin, de todo, además de los predicadores protestantes ultraconservadores (y conversadores), los chaperos y las guapas carteristas.

Ayer vinieron los pro vida, qué maravilla, para darle el SÍ a la vida. A mí todo esto me parece muy raro, decir SÍ a la vida es como decir SÍ al sol, o al amanecer, o al viento. Es algo que está ahí sobre lo que no habría que pronunciarse así, en general. Sí a la fotosíntesis. Sí a la glucólisis anaeróbica. Viva la vida y arriba el amor. En fin, vale, yo también digo SÍ a la vida.

Lo que estos señores quieren decir, hablando en plata, es que están en contra del aborto, la eutanasia y demás cosas del Demonio. Pero resulta perverso su SÍ a la vida, porque así, en este planteamiento ladino, da la impresión de que quién no está de acuerdo con ellos (por ejemplo, este su humilde blog) dice NO a la vida, y SÍ a la muerte, osea que es un psicópata peligroso. Y no es el caso. El aborto y la eutanasia son cosas bastante trágicas para todos los que se ven envueltos en ellos, así que, ojito pro vidas, y cuidado con este asunto.

Los pro vida, gente sana, dijeron que en España se había instalado la Cultura de la Muerte (también otros nos asustan con la muerte de la cultura, por cierto). Luego subieron a una niña discapacitada mental (el lozano presentador dijo que tenía síndrome de Down, pero se columpió, de lo buen rollero que era), que respondía al nombre de Angelines, para darle las gracias a su madre por tenerla. “Gracias mamá por tenerme”. Qué manipulación más entrañable, lágrimas, abrazos, suspiros. Y luego una exaltada se acercó y le dijo “viva la madre que te parió”. Risas, orgullo, picardía. Luego un niño también quiso hablar (la cosa empezaba a parecerse a un sainete) y dijo que “viva la vida con salud y alegría”. Ovación. La cosa terminó con el lozano presentador levantando el puño en plan Operación Triunfo después de la lectura de un tendencioso manifiesto. Y, hala, todos a casa que hay que darle el potito a los críos.

Pero bueno, lo que yo quería decir es SÍ a la Birra. Esto sí es una causa a reivindicar. Empieza el buen tiempo y, como todos los años, la temporada de Fresh Bankin’ (bueno, también lo practicamos temblorosos en el frío invernal, pero da igual). Este año, con el Advenimiento de la Ley del Tabaco (por cierto ¿cómo es que había pro vidas fumando? ¿no mata el tabaco? ¿SÍ o NO al tabaco, pro vidas?) esperamos que nuestro libérrimo movimiento ciudadano llegué a más sectores de la población. Arriba una imagen de una de las primeras sesiones, en una zona de Lavapiés que parece Nápoles. Parece también un Caravaggio con ese claroscuro tenebrista. Noten las posturas de los personajes: eso es VIDA.

miércoles, marzo 23, 2011

Mi puta vida (feat. Esther Minia)


Me dejé la grabadora dos horas abierta por error después de una entrevista-comilona, de esas en las que luego la gente ve lo que comisteis en la última página de un periódico y siente envidia, sana o cochina, ad libitum. Lo que se produjo es un prodigio, un hallazgo.

Se oyen mis pasos, mis toses, mi conversación con el chino (un litro de cerveza, por favor, glasias), mi puta vida. Es extraño: la mayor parte de la existencia transcurre en silencio. No te das cuenta porque estas pensando, hablando contigo mismo. Ese run run de la mente que nunca calla (Nota: apuntate a meditacion trascendental). Pero fuera de tu piel, de tus fronteras, de tu cráneo y tus lascivias: nada. El ruido de la cerveza cayendo melancólica en el vaso, los suspiros o gruñidos que tú mismo das sin darte cuenta, al sentarte, al levantarte (te haces viejo), cuando un email de trabajo recibido no te hace fuckin’ gracia (no te compran tu texto esos cabrones). De pronto, el sonido del teléfono: las conversaciones telefónicas (solo se te oye a ti) en la que discutes con La Nini que esta de morros porque ha tenido un pésimo dia. La tele, de lejos.

Es como esas pelis de Jaime Rosales, real minimalistas. El mechero.

Nunca fui consciente de cuanto suspiro o cuanto gruño: debo de ser muy sabio. El ruido de las teclas escribiendo un mail.

Elvira Lindo por qué no.

Mi madre cuando yo era niño y tenía voz de pito.

Sí, eso, a ver si quedamos y tomamos unas cañas. (Somos tan jodidamente apañoles).

La mayor parte de tu vida transcurre en un silencio del que no eres consciente.

Cacho perro.

Puagh!

(en la imagen el Autor en 2008 en BCN escuchando el silencio circundante, by Esther Minia)

lunes, marzo 21, 2011

Princesas con metralletas



La Jessy, la Paqui, la Andrea y sus secuaces son hijas del proletariado industrial periférico a las grandes ciudades. Se expresan con suma dificultad, presentan problemas evidentes de sintaxis, vocabulario y pronunciación y hasta sus voces, salvo honrosas excepciones, son desagradables. La Jessy, la Paqui, la Andrea y sus secuaces son versiones devaluadas de lo que desean ser: son menos guapas de lo que les gustaría, su pretendida modernidad vistiendo resulta hortera, por supuesto no tienen ni una diezmilésima parte del dinero que les gustaría gastar. Una de ellas, cantante, quiere triunfar con sus propias canciones (no canta mal) pero languidece en una orquesta de pueblo recorriendo las fiestas patronales de los desiertos españoles. Otra quisiera presentar programas televisivos en prime time en los canales de mayor audiencia, sin embargo, echa las horas en una call tv, esos programas de madrugada donde una choni de estas trata de que los espectadores aburridos llamen para participar en algún concurso sospechoso y absurdo. Sus vidas son un sucedáneo de lo que deberían ser (por lo demás, esto nos pasa a casi todos). La Jessy, la Paqui, la Andrea y sus secuaces son Princesas de Barrio en el programa de La Sexta. Por lo pronto, eso las hace bastante felices.

Princesas de Barrio es un programa es bastante cruel. Estas chicas se creen que son estrellas cuando las convierten en el hazmerreír de aquellos que las miran. El programa reivindica y, de alguna manera, justifica y trata de dignificar (sin mucho éxito) la figura de la choni poligonera. Estas chavalas, poniéndonos marxistas, son víctimas de la injusticia y de las desigualdades de clase (¿eso existe?), y en La Sexta esto lo celebran con algarabía: el bajo acceso a la cultura, la falta de metas y de oportunidades a largo plazo, en resumen: la pobreza. Y ser pobres, lo pongamos como lo pongamos, no mola nada. Pero bueno: con este programa podemos contribuir a la paz social ya que ser un choni no es tan malo. Que nadie se queje: ya está aquí el sueño americano.

A continuación y en el mismo canal, emiten ¿Quién vive ahí?, un espacio (nunca mejor dicho) donde los ricos, en el otro extremo del espectro social, muestran unas casas que casi dan vergüenza de lo suntuosas y cojonudas que son cuando la mayoría vivimos en pequeñas, aunque decentes, madrigueras. Se ve en este programa que los ricos tampoco son tan malos: nos muestran alegres sus dormitorios y a sus nutridas proles, que corretean al borde de la piscina. Francesc, no corras por ahí que te vas a hacer daño. Al final siempre dicen, alejándose en un descapotable, que volvamos cuando queramos, que estamos en nuestras casas… En fin… Entonces: ¿La Sexta no eran un canal de izquierdas o algo así?

Yo cogería a las chonis, les calzaría una boina negra, un mono verde oliva y un AK-47, en plan Patty Hearst (en la imagen. Por cierto, entrevisté a su hija una vez para el EPS, una especie de Paris Hilton más propia de La Sexta) y haría un programa sobre sexys guerrilleras urbanas atracando los bancos de los centros comerciales. Ka-boom!

lunes, marzo 14, 2011

Una pequeña guerra tropical



Uno mete la casa en las cajas: los libros, la ropa, los discos, resulta tedioso y estresante, resulta extraño abandonar el lugar donde has vivido mucho tiempo y dejar que lo ocupe otro (la ciudad, en su orgullo arquitectónico de hormigón y de metal, permanece indiferente a quien la habita, los edificios prostituyen sus espacios internos al mejor postor para que cuelgue sus posters, coloque su cama, sus muebles y su absurda vida, sin acordarse nunca de quien los ocupó antes), pero lo más extraño son esos objetos que no encajan en ninguna de las etiquetas anteriores y que se quedan huérfanos, perdidos, entre las cajas ya selladas. Una calavera tallada en lava que me traje del Vesubio, un cochecito que me regalaron en Filipinas, un esbozo de poema escrito en una servilleta en el año 2007 (¡oh, qué literario!), el cinturón de leopardo que ya no me pongo, los parches que iba, un día ya lejano, a coser en mi chupa, las cariocas que me entretenían los veranos en la playa de Los Caños de Meca. ¿Qué hacer con esos retales del pasado que se obstinan en acompañarnos? Son nuestros pero ya no son nuestros porque uno ya no es el mismo que era entonces. Uno dice, bah, me los llevo, luego dice no, no, mejor los abandono, los tiro a la basura, yo qué sé, en cada mudanza uno se va deshaciendo de recuerdos, de cacharros inútiles cuya única utilidad, al final, es molestar en las estanterías y coger polvo, que no tienen lugar establecido. Al final, uno no es solo su cuerpo y su mente y sus temores, sino que también son parte de uno los objetos que posee, los extremos de la campana de Gauss que somos todos y que a veces cuesta recortar. Nos aferramos a ellos como quien se aferra a uno de sus miembros. Angustia.

Al final he tirado algunas cosas. Las he metido en grandes bolsas de basura (supongo que, de pronto, mis cosas se habían transformado en basura), las he dejado en la calle al lado de los contenedores de reciclaje, en mitad de la noche. Cuando he vuelto del Opencor he visto mis cosas, algo de mi ropa vieja, tiradas por el suelo: alguien se había interesado, había abierto las bolsas, había curioseado y lo había dejado todo esparcido por la acera. Me resultó extraño ver mis cosas ahí, en la calle, porque siempre son las cosas de otros, otros de los que yo trato de imaginar la vida a raíz de su basura. Esta vez eran mis cosas y traté de imaginar mi vida inspirándome en aquellas prendas y salió un vida diferente que no era la mía. Por supuesto, me ofendió mucho que quien rebuscó no juzgase ninguna de mis antiguas pertenecias más íntimas de interés.

Una mudanza, pues, no es solo un cambio de cuarto o de casa, es un cambio más profundo, como un viaje; uno no regresa igual de una mudanza de la misma manera que uno no regresa igual de una guerra. Una mudanza, al fin y al cabo, es una pequeña guerra, de esas que ocurren en el Tercer Mundo y nadie oye, contra su propia memoria y su tendencia a preservarse de algún modo. Y la vida está hecha de cacharros que, al final, es lo que queda cuando mueres.

miércoles, marzo 09, 2011

Toda la verdad sobre la vida sexual de Txe Peligro



Bueno, mi vida sexual funciona más o menos así: estoy yo, ¿no?, y entonces empiezo a sentir un no sé qué que qué se yo en las entretelas más intimas que me suliveya, y entonces me quito la ropa y me quedo con la piel crepitante al aire y aquello se me pone de aquella manera y entonces…, entonces…

¡Han picado! Este post no va de mi vida sexual sino de… ¡la lectura! ¡lo contrario del sexo! (¡Oh! Abucheos y pitidos en el gallinero, decepción, pataleo, tristeza generalizada, decepción).

Para hacer la mudanza al pisazín (el pisazo piquiñín) he embalado los libros y han resultado unas 15 cajas llenas de letra impresa y un volumen mucho mayor del que ocupaban en las estanterías. Y eso que dicen que el saber no ocupa lugar. Por lo demás he tratado de deshacerme de unos 100 libros y, como le pasaba a Augusto Monterroso, no he sido capaz: en principio los amigos estaban encantados por venirse a buscar libros de gratelo (sí tio, nos pasamos el viernes fijo), pero pasa el tiempo y aquí no viene ni Dios. Seguro que si regalase las pelusas mutantes que tengo por los zócalos vendría más gente. Tíos, que es gratis, joder.

Y es que los libros están muy mal vistos, y la lectura en general. Hay gente a la que no le gusta leer. Así, en general, no le gusta leer. Esto me fascina, porque digo yo: todo el mundo tiene aficiones ¿no? Los perros, la música barroca, los coches, el sexo raro, los suelos de porcelana, la jardinería, la Guerra Civil. Pues bien, de todas estas cosas hay libros, porque los libros son una especie de resumen pret a porter del espaciotiempo. Entonces, si te gustan estas cosas, ¿por qué no lees sobre ellas? Infórmate joder. A mi no es que me guste leer, leer cuesta esfuerzo y cansa los ojos, lo que me gusta es lo que viene dentro de ciertos libros, tanto que me aguanto y sufro y me los leo. Y me sale a cuenta, oigan.

Imaginénse que pudiesen hacer una llamada telefónica a un tío que vivió hace 2.500 años. ¿Qué locura estoy diciendo, no? Hablar con Platón, por ejemplo. Esta tecnología no existe, pero existe otra que lo permite: el libro! Hay libros que se conservan de gente que vivió hace tropecientos mil años y que dicen lo que ellos vivían y pensaban. Y hay libros de ciencia ficción que explican como dentro de mil años escaparemos de la Tierra hacia un exoplaneta habitable en Alfa Centauro para escapar de la hinchazón del Sol convirtiéndose en una gigante roja. Leer es como vivir muchas vidas en muchos tiempos diferentes (lagrimilla, mecheros, emoción).

Lo mejor de los libros, sin embargo, es que decoran, son muy bonitos en las estanterías y te hacen parecer más listo, aunque menos simpático. Y además te permiten hablar de muchas cosas intempestivas y decir muchas veces en una conversación: “Yo una vez leí que…”, “hay un libro que dice que…” ¿Si no de qué hablas? Los treintañeros ya solo hablamos de hipotecas, ofertas de trabajo, guarderías, ventajas fiscales y cosas así, y los que no son treintañeros, del tiempo. Porque no se lee.

Pero bueno, decía el otro día Eduardo Mendicutti en la tele que no todo el mundo tiene que ser lector, que unos leen y otros non, como los pimientos de Padrón. Que no hay que leer porque sea sano como comer yogures con bífidus o verduritas frescas. A veces hay que usar el recurso del sexo, como se hizo más arriba: tetas, morbo, confesiones. Así que si usted quiere dejar de leer este post puede hacerlo… ¡Ya!



(Qué alivio que ya se acabó ¿no? En la imagen el Autor a punto de experimentar un orgasmo literario. Foto by Oscar Carriquí, photographer,genio y figura).

sábado, marzo 05, 2011



Tiene que haber una vida mejor,
pero no está aquí.

Destartalados parques de extrarradio
donde el metal muerde la grava,
y los niños buenos muerden polvo.

Medio día gris y se abren los barrotes del colegio:
salen los anoraks chillones de las chicas malas
bajo una lluvia muy fina que no es del todo lluvia.

Una vez hicisteis ruido
ahora seguís la vida a la mitad de vuestros padres,
ya no hay cielo que romper con vuestros pueriles
puños blancos.

Otra vez tuvisteis miedo,
pero ya ni siquiera eso,
ahora tenéis ladrillo visto
y toldos verdes de botella.

Nada es del todo lo que es en esta periferia,
todo está sin acabar, mal dibujado,
todo está a medio hacer o duerme en ruinas.

Esclerosis en las venas de la vida,
mientras las bolsas de plástico juegan con viento
al ralentí, baila el silencio.

El extrarradio no es un lugar físico
sino un estado del alma
cuando el alma ya no existe
como todo el mundo sabe
entre la grava.



(Sara Herranz lo ha dicho mucho mejor con su dibujin de arriba. Gracias)

martes, marzo 01, 2011

Litrona = Vejiga



El cuerpo por dentro: una vez, en mi casa de Delicias (siempre echamos de menos su luz y sus gentes) se nos estropeó el baño. Meábamos en la bañera y hacíamos de cuerpo (es decir, caca) en algún bar de abajo, sobre todo el Jamaica, limpiérrima franquicia donde una vez Ale, que se estaba cagando, se encontró a una vieja subiéndose el abrigo de visón para defecar en la postura del esquiador. Se asustó mucho: esa mezcla de la rancia burguesía y la mierda. Todo encajaba: era una imagen reveladora y potente.

A lo que iba: cuando habíamos bebido muchas litronas (y eso pasaba y pasa a menudo) nos entraba el picor urinario y, antes de volver a mancillar la bañera, meábamos en las litronas vacías, como quien devuelve a la Madre Tierra lo que la Madre Tierra le ha dado (en Asturias esta es una explicación mitológica de por qué el culo de la sidra se arroja al suelo). Lo dicho: meábamos allí dentro, dentro de la botella de Mahou clásica, arrejuntando la boca de la uretra a la boca de la botella. Era una experiencia curiosa: el cristal se iba calentando, en virtud de las leyes de la Termodinámica, y uno absorbía ese calor de su propio cuerpo con sus propias manos. La litrona se iba llenando y parecía, en cierto momento, que uno la iba a desbordar con su agüita amarilla. Nunca ocurría: una especie de control fisiológico externo y parasimpático hacía que la meada acabara justo en el momento cuando la capacidad de la botella estaba al límite. Nosotros, allí, siempre al límite, la juventud. La botella, al borde.

Luego viví en casa de Guillermo Aguirre un mes en el que me acogió como el buen amigo que es (a veces) y también allí meé y cagué en bolsas y botellas del Mercadona, porque el laureado escritor estaba en obras en casa, sin baño y sin cocina, con muchos obreros del mundo picando sus suelos y paredes. Pero no les quiero aburrir con historias escatológicas, la movida de todo esto es: en sus vejigas cabe una litrona y pico de cerveza. La vejiga en los gráficos de clase de biología (bachillerato o ¿COU?) es una vesícula pequeña, asquerosa y triste relegada al olvido y al amoniaco desactualizado. Pero, ahí, en tú dentro más adentro, cabe una litrona: lo hemos comprobado: es Ciencia.

Nuestro cuerpo es un extraño animal dentro de nosotros mismos. Yo a veces pienso en mi hígado y en mi páncreas (os quiero aunque no os lo diga), y pienso que nunca han visto la luz del sol, aburridos en mi oscuridad interna, eclipsados por mi músculo y mi piel, pero trabajando cada fuckin’ segundo de mi azarosa existencia, y que sigan. Que siempre han estado dentro, que siendo tan nuestros no los conocemos en persona, que no los hemos tocado ni visto, y que así es difícil de querer a una persona. O a una víscera.

(la rubia de arriba sale en google images cuando pones "mujer vejiga". ¿Se llamará así? ¿Vejiga Jones?)

miércoles, febrero 23, 2011

Amigo, soy la DROGA



Amigo, soy la DROGA:

He venido destruyendo la vida de muchos jóvenes ignorantes. Me he introducido en los bailes y en las fiestas. Al principio te hago vivir fuera de este mundo lleno de problemas. Pero al trascurrir el tiempo comienzo a hacerte falta.

He venido destruyendo el mundo entero. No me importa que seas blanco o negro, pobre o rico. Después que me pruebas, eres mío para siempre. ¿Recuerdas cuándo comenzaste? Estabas triste, te sentías solo. Yo te ofrecí felicidad y ahora te tengo, mío eres. Hago contigo lo que yo quiera. Te levanto por la mañana pensando en mí, aunque no quieras. Soy tu amo. Tú eres mi esclavo te hago; caminar como un muñeco.

Mía es tu voluntad. Destruyo tu vida física y moral y



Esto lo hallé pegado en una farola de La Latina un domingo lluvioso cuando el Rastro terminaba, antes de una buena bronca absurda. Cuánta razón tiene este mensaje que un bendito anónimo colgó en el espacio público para advertirnos sobre nuestra mala amiga la Droga. Pero, sobre todo, qué extraña poesía destila el texto. Palabras sombrías, a veces mal coordinadas, tono apocalíptico, discurso zigzagueante, lleno de meandros, la utilización de un punto y coma, y ese sobrecogedor final abierto: Destruyo tu vida física y moral y…

¿y qué, joder?

viernes, febrero 18, 2011

¿Hay vida inteligente al fondo de la pista? (featuring Cristóbal Fortúnez)



La juventud actual es la menos moderna en casi 100 años. La más banal y la más conservadora, más preocupada por cambiar de peinado y de modelito que de cambiar de realidad, si es que tal cosa existe. Uno ya no es lo que hace, ni siquiera lo que tiene: uno ahora es lo que parece, posando para una foto del Facebook con su nuevo total look, consecuencia nefasta de la democratización de los gadgets cuando se cruzan con las redes sociales. Me lo decía el otro día una joven escritora y factótum del underground capitalino a la que entrevisté: antes la gente hacía cosas, uno era músico o artista (o ambas cosas, pardiez!). Ahora para ser un It Boy o una It Girl, basta con cultivar la propia imagen, hacerse buenas fotos vestido/a de cierta manera y colgarlas donde sea preciso. Ya lo dijo nuestro amigo Guy Debord (en una extraña paráfrasis de nuestro otro amigo Carlos Marx) en La Sociedad de Espectáculo, y cito de memoria: “el Capital se acumula hasta tal punto que se convierte en imagen”. "Los jóvenes de todo el mundo han sido autorizados a elegir entre el amor y una unidad recogida de basuras. En todo el mundo han elegido la unidad recogida de basuras”, dijo también Debord, hace demasiados años. Y sigue teniendo razón.

Desde las vanguardias artísticas de principios de siglo, o incluso antes (ver Rastros de Carmín, en Anagrama, de nuestro amigo de más allá Marcus Greil), eso que se ha dado en llamar movimientos o subculturas juveniles han tenido algo de subversivo y/o contestatario. He aquí unos ejemplos evidentes: el izquierdismo surrealista o el dadaísta en la primera mitad del XX en centroeuropa. El cínico rechazo del sueño americano de la Generación Beat. La marginalidad (e incluso delincuencia) de los rockers cincuenteros, las formas de vida comunitarias propuestas por los hippies, la negación total del mundo propia del punk. La efervescencia sexual/revolucionaria de los Mayos del 68 (que fueron varios, no solo París). Incluso los 90, con su ya bastante asimilado grunge, por entonces tenía su componente de rechazo social, de oposición frontal al mundo tal y como se (re)presentaba.

Cuando yo tenía 15 años (ya ha llovido) en según qué ámbitos estaba mal visto comer en un McDonalds o lucir Nike. Eso se interpretaba como una concesión al Poder, una rendición, era casi obsceno, era bajar la cabeza, cerrar los ojos ante la injusticia, participar, incluso, de ella. Las multinacionales eran el Mal: ahora marcan tendencias. Entonces lo verdaederamente cool era el citado Guy Debord, el do it yourself, el patinete y oler un poco mal. El último estertor de esta serie histórica de acontecimientos fue el movimiento antiglobalización que persiguió a los poderosos por doquier rompiendo mobiliario urbano y demás bienes públicos y privados para denunciar ciertas políticas globales y globalizantes (en el peor sentido del término) que habían permanecido en cierta penumbra, lejos de la crítica pública, y que entonces descubrimos ¡oh! asombrados. Después de la caída de las Torres, ya no pasó nada más.

Con la extraña disolución y mezcla entre el indie y el mainstream (que nunca parecieron inmiscibles, la verdad, ver Rebelarse vende, en Taurus, de ese par de clarividentes colegas, Joseph Heath y Andrew Potter), ha brotado una generación narcisista cegada por la moda, centrada en su ombligo, vacía de cualquier contenido. Ignorante de su propia situación, bailando en el centro del alegre incendio circundante. ¿Qué más da, joder? Ya ni siquiera sabemos qué es lo que ha pasado en la última década sin nombre (¿los naughties?), qué juventud ha salido de ahí, qué propone ni en qué dirección avanza, más allá de la dirección al baño del club de moda, a recomponerse el tupé Kortajarena y a meterse una buena raya de speed o, en el mejor de los casos, farlopa. Al grito de “los miércoles son los nuevos jueves”, la juventud toma la noche por asalto, pero ya no quiere estar fuera de eso que llaman Sistema, si no dentro, bien dentro, cuanto más dentro mejor, calentita y despreocupada por todo lo que acontece fuera, comprando todo lo que el Sistema vende para ser el más rápido en la muy fashion carrera hacia el Abismo.

Dicen que las crisis provocan la reacción, la creatividad, el cambio. No hace falta irse a Túnez o a Egipto para ver movimientos. En Londres, Grecia, París o Roma, aquí al lado, en lo que algunos llaman Primer Mundo, la juventud (y no tan juventud) ha salido a la calle a defender sus derechos laborales o educativos y a protestar, a romper otra vez las cosas. Aquí, que tenemos más de un 40% de paro juvenil, nos preocupa más Cibeles o Arco que la revolución egipcia (que, atención, también se orquestó en Facebook, ya ven, sirve para otras cosas) y nadie ha movido aún un dedo, ni siquiera ante la oportunidad perdida de hacer una huelga general como ¿Dios? manda (“es que era ya tarde”, “es que los sindicatos tal y cual”)… Como decía el ilustre poeta Luis García Montero, la única huelga que sale mal es la que no se hace.

Nosotros, claro está, ese día estábamos de fiesta. Claro está también: luciendo nuestros mejores modelones, carne de after, bien pasados.

(La ilustración es una amable cesión del amiguete Cristóbal Fortúnez para este post. Fortúnez parte la pana en su exitoso blog Fauna Mongola de Madrid. Pasen y vean. No quiere decir esto que el artista suscriba punto por punto todo lo que se dice más arriba, claro está. Gracias)

miércoles, febrero 09, 2011

Los más turbados



Lo demás, Google, Facebook, los tweets que sueltas borracho de madrugada, la botella de vino a un lado del laptop, los mails que le mandas a tu prima, eso es solo la punta del iceberg, la parte más minúscula; por debajo de la superficie del mar de la información duerme lo que importa, la Pornografía, eso es Internet: miles de millones de hombres ordeñándose a sí mismos, ciegos, con pelos en las manos, miles de millones de puños en alto que gritan, ascienden y luego bajan, cinco contra el calvo, la manola, la manuela, la manoletina, miles de millones de turbados, muy turbados, más turbados, turbadísimos ante las sexy blonde fucked hard y las tight teen latina hammered outdoor, los bukkakes y los gangbang, esa delicia; piénsalo: cuántos orgasmos simultáneos se producen todo el rato en las dos caras del planeta, un gemido global hedonista ajeno a todo lo sociopolítico y lo económico, a lo sociológico y lo antropológico, a lo semiótico y a lo hermenéutico (ya paro), a lo que contamos en los periódicos y en la Historia (¿por qué no una Historia Universal de las Pajas?), en el corazón de la revuelta egipcia y en un apacible suburb de Kentucky, un gemido globalizado y planetario, cuasicósmico, litros y litros de semilla, de vida en potencia derramados por los ciberdiscípulos de Onán que derramó primero en la polvorienta tierra de Judá violando la ley divina; de la ley de leyes a la red de redes, próstatas del mundo, uníos, y dejad paso a esto que va contra la moral y, ¡aaah!, contra la pantalla.

Pero después, ese vacío.


(Dibujín cibererótico realizado por Sara Herranz para la ocasión)

domingo, febrero 06, 2011

Insurrecto reloaded



Pasaremos a la clandestinidad. Nos ocultaremos en las alcantarillas, en los cobertizos, en las casas abandonadas. En los resquicios del sistema. Nos echaremos al monte.

Seremos como las sombras, nos moveremos rápido y en silencio. Jamás nos atráparéis. Cuando halléis nuestros escondrijos nosotros ya estaremos lejos, una nota manuscrita diciendo adiós será lo único que dejaremos a nuestras espaldas.

Estaremos organizados. Crearemos redes. Tendremos mensajeros y lenguajes cifrados. Formaremos comandos. Nos armaremos.

Extenderemos planos amarillentos bajo luces mortecinas. Nuestros cuarteles serán oscuros. Llevaremos barbas, boinas puestas de lado y pipas en la boca. Señalaremos con grandes rotuladores rojos nuestros objetivos sobre el mapa.

Oiréis hablar de nosotros, pero no podréis vernos. Estaremos por todas partes, camuflados. Podríamos ser cualquiera. El hombre que se sienta al lado en el metro. La camarera que os sirve una caña. Vuestros propios hijos. Tendréis miedo.

Algunos caerán, los sabemos. Será duro, también lo sabemos. Pero resisitiremos hasta la confrontación final. Ese día, un día lejano y tormentoso, nos revelaremos. Saldremos de nuestros agujeros y más vale que Dios os coja confesados pues no mostraremos piedad. Llenaremos de humo vuestras escuelas y universidades. Llenaremos de humo vuestros museos y ministerios. Vuestros edificios oficiales. Llenaremos de humo los transportes públicos y los centros de ocio. Todo lo llenaremos de humo, todo, hasta los ataúdes donde descansan vuestros muertos.

Moriréis tosiendo y tumorados.

Y fumaremos, por fin, donde nos dé la gana.



(Este texto se publicó en este su humilde blog el 20 de Enero de 2006, con motivo de la primera Ley Antitabaco. Desgraciadamente vuelve a estar de plena actualidad. En la imagen en Subcomandante Marcos. Su pipa favorita no escupía plomo sino humo. Enternecedor. ¿Dónde estará ahora?)

viernes, febrero 04, 2011

Vigalondo y la crisis

A mí me mola mucho Nacho Vigalondo. Me gustan sus cortos, su peli, y sus speechs. Lo conocí una vez en persona y me cayó muy bien. Incluso me dio ideas para un reportaje bastante chulo que publiqué en El País. (Ahí se puede leer). Un tío majo. El otro día en Twiter metió la pata con sus bromas sobre el Holocausto. Mucha gente defiende sus bromas. Yo no. Yo le defiendo a él porque todos podemos meter la pata. ¿Quién no lo ha hecho? ¿Quién no ha mandado un sms a deshoras a quien no debía o puesto un estado en Facebook que hubo de borrar por purita vergüenza? Yo sí. Pero sus bromas a mi no me hicieron gracia, sobre todo porque no fue una, si no toda una retahíla algo sangrante.

Los que defienden sus bromas, en realidad, no le defienden a él. Le defienden a él equivocado, que no es lo mismo. Hay que estar con los amigos, pero hay que ser críticos con ellos cuando nuestros amigos la cagan.

Un fantasma recorre Europa (y el mundo). Es el fantasma de esa moral laxa que permite chistes de estos, que todos hacemos en el bar, claro está (y peores), pero que quizás no se debieran hacer en un medio como twiter si eres una persona tan mediática. Sobre todo por tu propio interés. La autocensura razonable, como la mentira piadosa, son pilares básicos para la existencia del mundo tal y como lo conocemos. Son, de hecho, parte importante de su arquitectura oculta. Seguro que él se arrepiente y mucho.

Cuando Aznar borracho dice que se puede beber al volante o Sánchez Dragó habla de zorritas japonesas menores que se trajina ponemos el grito en el cielo. Qué indecencia, joder. Si Vigalondo hace chistes como los que hizo (y vaya por delante que yo me declaro abiertamente antisionista (que no antisemita)) o el Vogue París saca esas fotos de niñas de 7 años fuera de tono, estamos super a favor. Que, por favor, no queremos parecer mojigatos. ¿Cómo se llama esto? Espera… ¿Doble moral? Sí, así se llama.

La crisis, como oí el otro día no sé donde, no es económica. Es una crisis de valores. Es una crisis moral. Ser un moralista (todos los grandes escritores lo han sido de alguna manera) no es tendencia. El Todo Vale porque Dios Ha Muerto, propio de la posmodernidad y no de la modernidad (y esto es un aviso para navegantes, ya lo dije días atrás), trajo de aquellos barros en Wall Street, estos lodos globales.

Cada vez se dan más casos. Me declaro moderno (en el sentido aquel de Lyotard y las metanarraciones) y moralista. Seré poco trendy, pero aquí me planto.

miércoles, febrero 02, 2011

Burbujas y seres despreciables


Nosotros sabemos del plomo,
emboscados bajo la curva que se cae,
hijos de crecimiento negativo,
nuestra dieta a base de ladrillos.

Nosotros recogemos los restos de la fiesta,
refugiados de la que está cayendo
en 30 precarios metros cuadrados
de existencia.

Observamos el panorama alucinados:
explosiones de burbujas que derriban a gigantes,
cifras astronómicas descienden del cosmos al rescate,
seres despreciables.

¡Oh! El Capital en movimiento es poesía.

Mientras fuera Europa arde,
nosotros bajamos la cabeza como esclavos,
y observamos las ruinas por el suelo
en estricto silencio.

Qué ruinas tan bonitas,
mejor conservar lo que tenemos,
(perdonen la pobreza).

Está lloviendo tanto
que se va a disolver el cielo.
Nosotros veremos lo que está detrás del cielo,
es decir:
el dinero.



(Ilustración realizada ad hoc por Sara Herranz. Olé. Título tomado del nombre de una extinta banda de pop filosófico asturiana. Ele!)

domingo, enero 30, 2011

Las aluncinantes metamorfosis del lenguaje



Año 2040. Conversación entre mi hijo y mi nieto. La cosa iría así:

- Papá, papá, ¿y por qué se llaman móviles?
- Porque cuando se inventaron, tú aún no habías nacido, los llamaron teléfonos móviles. Porque se podían mover. Era casi milagroso. El mundo cambió.
- ¿Teléfono? ¿Qué es un teléfono?
- Pues teléfono viene del griego tele, a distancia, y fono, sonido. Vamos, que transmite el sonido a distancia, que puedes hablar con cualquiera desde cualquier parte del planeta (exceptuando ciertos túneles y montañas).
- ¿Y eso que tiene que ver con el móvil?
- Ya. Es que al principio sólo servían para hablar. No tenían la opción de Internet, ni de teletransporte cuántico, ni de condensación de fluzo. Ni siquiera modificaban la estructura del ADN. Los llamaron móviles porque, además, antes estaban fijos, enchufados a la pared, en las casas y los oficinas. Ya ves tú qué incordio.
- Pues vaya mierda.
- Oye, ¡que te voy a limpiar la boca con jabón!
- Umpf… Oye, papá, ¿y qué es el griego?
- Griego es dar por culo.
- ¿Qué?
- Anda, olvídalo, calla y cómete las ciber-acelgas.



-----
(En la imagen el Teléfono Chatter de Fischer-Price, creado en 1961. Su producción cesó en 1986. Hoy no cumpliría las nomativas de seguridad. Pero también tenía su corazoncito.)

lunes, enero 24, 2011

Comprar es de patriotas



Cuando veo a una joven pareja haciendo la compra en un supermercado del centro me parece muy bonito. Tienen veintimuchos o treinta y pocos, visten moderno pero sin estridencias, unas Converse, un gorrito, unos auriculares grandes de estilo retro. Seguramente tienen carrera, profesiones liberales, aunque también seguramente son mileuristas y no pueden ir a tantos conciertos como les gustaría. ¿Compramos apio para un caldo? Vete a por el arroz basmati. ¿Qué prefieres té con canela o roiboos? Si compran en un mercado de abastos tradicional la estampa es aún más hermosa, si lo hacen en un Mercadona (ese supermercado que Dios debería destruir con una lluvia de azufre por rivalizar con su perfección) se me pone la piel de gallina y difícilmente aguanto las ganas de llorar, cual Stendhal ante el sobrecogedor despilfarro fiorentino. Y si uno de los dos es asiático mola todavía más. Como Goethe en Fausto (y cito de memoria): ¡oh, instante, permanece, eres tan hermoso!

En un centro comercial de periferia una pareja cincuentona se arrastra por los pasillos por enésima vez para conseguir víveres y llevarlos al bloque. Él, con un crío vociferante encaramado a la espalda, empuja cansadamente un carro lleno de garrafas de aceite (pedazo de oferta) y papel higiénico tamaño familiar (una familia, al fin y al cabo, son muchos culos expulsando mierda). Ella trata de domar a los otros dos churumbeles, tironeando uno de cada mano, mientras se acercan a la sección de charcutería. Grotesque suburbial, chándal de táctel, mal rollo.

Sin embargo, una vez más, podría tratarse de la misma pareja en tiempos distintos, sobre todo si él o ella son asiáticos. El paso del tiempo (no sé, ¿20 años?) y la rutina del modo producción capitalista, unida a la apacible vida en la urbanización, hacen mella. Aaaaah, el devenir de las cosas, la estructura económica, la reproducción de la especie, la oxidación, no sólo de la célula, sino de la vida en sí misma y as we know it.

Átense a la pata de la cama a ver si así no pasa el tiempo.

--------------------------------------
Anexo: Hecho diferenciales molones del Mercadona (sin orden de preferencia)

arroz negro congelado / guacamole fresco / las cremas Deliplus que curan la soriasis / el brownie con salsa de vainilla / el atún barato porque lo roban en las aguas saharauis / el humus / las pizzas congeladas a 2 euros / el pincho moruno y la brocheta de pollo ready to go / la coca de chocolate (es un pastel y no una droga (¿cuándo harán drogas de sabores?))

(en la imagen Iker Casillas y Sara Carbonero haciendo la compra como una pareja normal, según dice literalmente el blog del club de fans de la periodista deportiva. Están buenísimos, pero, sobre todo, son patriotas.)

viernes, enero 21, 2011

Niñas que están bien buenas



La cosa debió ser como sigue:

-Vogue: Tom Ford, Tom Ford, ¿qué hacemos para el próximo número? Así, algo guay…

-Tom Ford: Umpf, no sé, no sé, me pillas muy liao…

-Vogue: Venga va, Tom Ford, piensa un poco. Algo como transgresor, pour épater le bourgeois (es Vogue París)

- Tom Ford: Mmmm, a ver, a ver… ¿Y si cogemos a unas niñas de siete años y las vestimos así como modelos adultas, un poco un plan zorrón, con maquillaje y tacones, en poses cachondonas?

- ¡Ostras Pedrín! ¡Genial! ¡Becaria: busca a niñas de 7 años!

Et violá!, entonces Vogue París, en el número en el que el citado Ford ejercía de redactor jefe invitado, publicó esas fotos que habréis visto de las niñas de marras, que ni siquiera llegan a lolitas (la Lolita primigenia, urdida para Nabokov, tenía once) para su especial de regalos. La polémica está servida (¿quién se habrá inventado esta expresión?). Unos dicen que incita a la pedofilia, otros que ya vale de corrección política y puritanismo, que no es para tanto.

Los fans de la incorrección política me aburren casi tanto como los de la corrección política. Habría que sobrepasar ya estas categorías y empezar a pensar con la cabeza. Lo cierto es que no es para tanto, nadie se va a morir por la publicación de estas fotos y, como decía alguien en Facebook, seguro que a los pedófilos, por definición, no les hace mucha gracia ver a esas niñas vestidas de adultas cuando podrían verlas con sus virginales braguitas blancas y uniformes escolares. Otra cosa es el buen gusto.

A mí me parece, por una parte, una boutade para llamar la atención del personal de forma efectiva y un tanto pueril, nunca mejor dicho. Cosa que han conseguido. Por la otra, me parece algo grotesco, como todas esas cosas que son lo que no son y no son lo que son. Como esas ancianas que se visten como si tuvieran 15 años o los miembros de la banda pijopunk Pignoise que van con sus crestas a tocar a mítines del PP. Oigan, cada cosa en su sitio.

Por lo demás, el Todo Vale porque Dios Ha Muerto está muy bien visto ahora en la mentalidad (post)moderna, sobre todo en los editoriales de moda. Escandalizarse por cosas como esta o mantener un discurso de izquierdas o estar contra los toros parece rancio y poco cool, como de los noventa, como de señora que sale de misa. Después de la caída de las Torres todo eso se acabó.

Pero no se olviden que ese Todo Vale, ese arrinconamiento de la ética más elemental porque todo ya da lo mismo, fue lo que nos trajo, de mano de los de sobra conocidos especuladores financieros, de aquellos polvos, estos lodos.

Así que ahora no se quejen desde la cola del paro.

martes, enero 18, 2011



La gusta
el hálito del hielo,
su fría quietud imaginada.


Lleva 10 años en la cama
y es hermosa

Le gusta
el pálido reflejo,
la caída de la luz como un murmullo.

Después del primer aliento tras el coma,
a través de los barrotes de la lluvia,
se apaga el corazón.





Este es el primero de una serie de poemas ilustrados por la inefable Sara Herranz. Más cosas suyas aquí. Gracias.