miércoles, enero 18, 2012

Reina el Kaos (feat. el Oso Soso)

Iba en el metro tan tranquilo cuando, de pronto, me di cuenta de que estaba completamente vestido. Me quedé seco, perplejo, como si el tiempo se hubiese parado súbitamente o yo hubiera ingresado en una extraña dimensión paralela muy alejada de esta Realidad. Miré bien: dos zapatillas deportivas, unos vaqueros, una sudadera y un abrigo militar, en efecto, estaba completamente vestido, y en medio de un vagón de la Línea 3. Levanté la cabeza lentamente, algo avergonzado, preocupado por si algún viajero (o cliente, como le dicen ahora) se hubiera o hubiese percatado de mi situación. Pero, ¡estaban todos vestidos! Allí una joven de tez morena con una chaqueta de cuero y unos pantalones ajustados leía repantingada un libro forrado con papel de periódico (a saber), allá una vieja con un gran foulard y un abrigo de piel sintética perdía su mirada en su reflejo en la ventana de enfrente. Un chaval de chándal, al lado de la puerta, movía rítmicamente la cabeza y mascaba chicle animado por el techno guarrindonguer que se escapaba de sus cascos. Nadie me miraba. Me pellizqué para comprobar que no estaba despierto en una pesadilla. Aguanté la respiración y permanecí muy quieto, con la mirada perdida en el cartel del trayecto, contando las paradas que me faltaban para Sol y tratando de que nadie reparase en mí, y mucho menos en mi lamentable estado.

Al salir a la superficie me fulminó un sol esplendoroso. No había ni una sola nube hiriendo el cielo y la temperatura era odiosamente agradable. Los niveles de contaminación debían de estar por los suelos. Miré alrededor atónito: la gente caminaba ordenadamente y sonriente por la plaza, sin prisas ni malos rollos, el tráfico fluía sin problemas y un joven de aspecto punk ayudaba amablemente a una vieja beata de luto a cruzar la calle. Un señor trajeado le daba un billete de 500 euros al hombre sin brazos que mendiga con un vaso de plástico en la boca. Todo era horroroso. Corrí a casa entre transeúntes totalmente vestidos que se apartaban para facilitarme el paso; al pasar al lado del kiosko pude leer los escalofriantes titulares de los periódicos: “La crisis, vencida”, “El P.I.B. en la eurozona crece al 250%”, “Erradicado el hambre mundial”, “Lady Gaga se retira a las islas Caimán”. Una niña primorosamente vestida de rosa me ofreció un caramelo multicolor, que, por supuesto rechacé.

Tras llegar al portal y sortear a la portera, que me tendía un jamón ibérico de regalo, “por ser tan buen vecino”, subí a casa y cerré violentamente la puerta tras de mí. Por fin, resoplé. Entonces reparé en el estado de mi domicilio. ¿Dónde estaban las pelusas que frecuentaban los alrededores de los zócalos? ¿Por qué estaban todos los libros meticulosamente ordenados por autor y materia y la vajilla inmaculadamente fregada? Abrí la nevera: repleta de chuletones. Y por si fuera poco: ¡Alguien había tirado un tabique y ampliado el salón hasta los cuarenta metros cuadrados! ¡¿Y ese jacuzzi?! ¡El horror, el horror!

Me metí en la cama (las sábanas estaban suaves y perfumadas) y abracé en la penumbra reparadora al Oso Soso, que estaba como siempre haraganeando bajo la manta. Cerré los ojos muy fuerte pensando “esto no puede ser, no, no puede ser”. Entonces, sentí como el Oso Soso se giraba pesadamente, me miraba a los ojos con sus fríos y negros ojos de cristal y rompía su silencio eterno con una voz que yo nunca había oído para decir: REINA EL KAOS