viernes, enero 27, 2012

De El Corte Inglés al Cielo


Subí a la cafetería del Corte Inglés de Callao a tomarme un descafeinado y una rosquilla. Allí, para mi enorme sorpresa, en una mesa al lado del ventanal, vi a mi padre, con un gin tonic en una mano y un cigarrillo, inserto en su boquilla negra, en la otra. No me sorprendió el hecho de que estuviera fumando impunemente en un local público (que también) si no su presencia allí, ya que, hace 17 años, a papá le reventó el corazón, precisamente por sus excesos con el Gordon's con tónica (precisamente Schweppes,  la marca que se anunciaba alegre allí enfrente, en el cartel luminoso del edificio Capitol) y el Winston americano de contrabando, que tenía un águila dorada impresa en el paquete. Desde entonces papá está muerto.

- ¡Papá! – le dije.
- Coño, Txe, ¿cómo estás? – respondió tan tranquilo (cuando él murió yo me llamaba de otra manera, pero, de alguna forma, conocía mi nombre actual). Allí estaba, con su abrigo de piel marrón, su calva y su poderosa barba canosa, como siempre, pero aún sobrio.
- Pero, ¿qué haces aquí? ¿No estabas muerto?

Papá me hizo una señal para que me acercara, para que tomara asiento a su lado. Me senté, se inclinó hacia a mí, y me habló en voz baja.

- Sí, es que estoy muerto – dijo.
- Pues tienes muy buen aspecto para llevar ¿cuántos? ¿17 años muerto?
- Sí, eso es, 17 años, cómo pasa el tiempo para vosotros, los vivos. Caramba, casi no te reconozco. Me reconozco, más bien, a mí mismo. Cuando era niño te parecías más a tu madre, pero ahora eres clavadito a mí.
- Espero no quedarme así de calvo –dije, y pensé más cosas.

Miré por el ventanal algo desconcertado, tratando de comprender la situación. Estaba anocheciendo y, desde allí, se dominaba la Gran Vía, los tejadillos del barrio de Ópera, el Teatro y el Palacio Real, el crepúsculo violeta tras la Casa de Campo. Por ahí debía de estar mi choza. Se acercó un camarero, le pedí otro gin tonic.

- Entonces, ¿aquí se puede fumar? – pregunté
- Sólo si estás muerto, es una de las ventajas.
- Veo que sigues a full, bebiendo, fumando, como si esa mierda tan rica no te hubiera matado.
- En el Cielo, porque yo ascendí al Cielo, se puede beber lo que quieras. Por eso es el Cielo. Y lo mejor es que no existen las resacas. Las resacas se tienen en el Infierno. O mejor dicho, el Infierno es una gran resaca.
- Cojonudo. Seré piadoso, entonces.

La verdad, a papá se le veía muy ¿cómo decirlo? ¿vital? Tenía buen aspecto, buen color, aunque, eso sí, no le había salido el pelo. Se conoce que el Cielo no da para tanto.

- Y ¿qué hace Dios? ¿Cómo es?
- Dios es cojonudo. Es anarquista. Comunista libertario. Nos lee a Kropotkin. Estamos todo el rato con asambleas y chorradas de esas para decidir qué cosas placenteras vamos a hacer. Al resto eso nos da igual, la verdad, pero simulamos interés en el rollo asambleario para tenerlo contento. Al fin y al cabo es el jefe, aunque no quiera parecerlo, y si cambia de idea podía hacer del Cielo un lugar horrible. Y ahora estamos de puta madre.
- Pues podía arreglar un poco las cosas por aquí abajo. Que regule al capitalismo financiero ¿no? Que de crédito. Dicen que se acaba el mundo. Y también lo parece.
- Ya, pero prefiere no intervenir. Que os apañéis solos, dice, que montéis comunas y asambleas, otro gallo os cantaría.

El camarero trajo un vaso de tubo con hielo, le puso tres dedos de ginebra y vertió parte de la tónica. Recordé que mi intención era tomar rosquilla y descafeinado, pero ya era demasiado tarde. Miré alrededor, las señoras con sus permanentes y sus mejores pieles tomaban tortitas con nata, probablemente recién llegadas de misa de ocho.

- ¿Y qué haces en la cafetería de un Corte Inglés, si puede saberse?
- Bueno, en el Cielo esto es lo más. Es un punto de conexión interdimensional. Aquí podemos convivir los vivos y los muertos. Dios hizo un acuerdo con don Isidoro Álvarez, el presidente de la empresa. Y está la calidad propia de El Corte Inglés, que nunca defrauda. Me encanta el Sandwich Club, y la hamburguesa con queso y ensalada de col. El servicio es impecable; además, en los otros pisos, encuentro productos que a veces escasean en el Cielo (papel de celo, por ejemplo, sogas, palas, cal viva o sobres pequeños), cuando Dios se olvida de hacer los pedidos, cosa que ocurre a menudo, porque Dios se pasa el día fumando marihuana y tocando la guitarrita rodeado de ángeles asexuados. Y si no te quedas satisfecho, te devuelven el dinero.
- Así que hay muchos muertos en las cafeterías de El Corte Inglés...
- Bastantes, pero no sabrías distinguirlos. Como ves hay muchas viejas. Para ellas es ideal: como se acerca la fecha de su muerte vienen aquí y van haciendo contactos para cuando suban al Cielo (si suben). Así, cuando llegan arriba ya tienen una vida social más o menos arreglada. Son muy listas, las hijas de puta.
- Joder, qué flipe.

Papá apuró entonces el gin tonic que le quedaba y se levantó. Quitó el cigarrillo de la boquilla, lo arrojó al suelo y lo piso con el botín (ahora yo tengo unos botines iguales a los suyos, por cierto). Se puso el abrigo de piel marrón. Tenía el mismo aspecto que en mi niñez, no habían pasado los años, ni por papá ni por su abrigo.

- Bueno hijo, dame un beso que me tengo que ir – me dio dos - y pásate por aquí de vez cuando, quizás coincidamos. Y prueba el Sandwich Club, está de muerte. Jajaja, de muerte, qué gracia, no me había dado cuenta…

Se giró y abrió la puerta de cristal que daba a la terraza dejando entrar un aire frío. La voz de una vieja protestó a mis espaldas. Luego papá se subió a la barandilla y se arrojó al vacío. Corrí a asomarme muy agitado, pero cuando miré abajo no había nada, ni cadáver ensangrentado destrozado contra el suelo, nueve pisos más abajo, ni un mogollón de gente observando el destrozo, ni policías instando a los peatones a circular, ni nada. Entré y me acabé el gin tonic, hipnotizado por las coloridas luces de neón del anuncio del Schweppes que corona el edificio Capitol mientras se hacía completamente de noche. Quizás, pensé, me tome otro.



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Foto de Luis Díaz para La Razón

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