jueves, febrero 16, 2012

Freedom



Ay, la libertad: qué rica está. Queremos ser libres. We want to break free. Ser un wild spitit. Queremos freedom, y la queremos now!. Y un coche grande.

Es la palabra más prestigiosa de todas las que están cautivas en los diccionarios, y no es para menos: ¿qué tipo de enfermo podría estar en contra de la libertad?

Pero la cosa no es tan fácil. Como dijo el poeta, no se puede generalizar, y es peligroso utilizar este término en genérico. Por ejemplo, los liberales económicos persiguen la libertad en los mercados: la mano de invisible de Adam Smith (que hace honor a su nombre no apareciendo por ningún lado) traería el progreso de un supuesto equilibrio entre el egoísmo de cada uno. Así que laissez faire, laissez passer, impongamos la jungla en el mundo económico. Entonces vienen Reagan, la Thatcher y, sobre todo, el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, comienzan la desregulación de los mercados y de aquellos barros estos lodos. Todo vale, las finanzas se convierten en casino, y, voìla, una crisis económica arrasa el planeta, arrastrando el dinero de nuestros bolsillos y depositándolo, abracadabra, en los de los ejecutivos financieros y banqueros de diverso pelaje. Viva la libertad. Como escribió en el XIX nuestro querido Mijail Bakunin: "Libertad sin socialismo es privilegio e injusticia; socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad." Acertó punto por punto.

¿Qué libertad? Cuando el Parlament de Cataluña prohibió las corridas de toros en la región, con muy bien criterio (aunque luego se acojonaran con los correbous), a los aficionados a los toros, perdón, a los aficcionados a las corridas de toros, y, sobre todo, a los pérfidos empresarios taurinos, se les llenó la boca con la libertad. La prohibición era coartar la libertad, argumentaban, y estoy de acuerdo: se coartaba la libertad para torturar a un animal haciendo de ello un espectáculo público, no sé si más denigrante para el animal o para la sociedad que alberga tales prácticas bárbaras. Tampoco damos libertad para la extorsión, el asesinato, el estacionamiento en doble fila, o la violación, aunque algunos, supongo, les congratularía.

En una ocasión el ínclito José María Aznar, que había bebido unos vinos de más, apeló en un acto público a la libertad para conducir con las copas encima que quisiera. Luego, según me pareció a mí, se dio cuenta de lo que estaba diciendo y añadió con la boca trastabillante y pequeña “siempre que no ponga en riesgo a los demás”. Precisamente lo que provoca conducir bebido: poner en riesgo a los demás. Por seguir con el tema automovilístico. Cuando, en febrero del pasado año, el gobierno socialista impuso el límite de velocidad a 110 km/h en vez de 120, ya ven ustedes qué drama, se produjo un buen revuelo entre algunos automovilistas patrios que defendían su libertad para ir a la velocidad que les saliese del chasis. Unos meses después, en junio, comparecía el entonces ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, para anunciar el fin de la medida provisional, y volver al límite anterior. Dijo Rubalcaba, como recordó el profesor Carlos Taibo en Radio 3 el otro día, que la medida había sido un éxito: se había reducido el consumo energético, se habían ahorrado 450 millones en la balanza de pagos, se habían evitado accidentes, se habían reducido las emisiones de CO2 a la atmósfera. Tan buena había sido la decisión, tantos beneficios había traído, que el Gobierno había decidido eliminarla. Qué monstruosa lógica la de nuestros gobernantes.

La libertad tiene sus límites y debe tenerlos. Bakunin otra vez: "Yo soy libre solamente en la medida en que reconozco la humanidad y respeto la libertad de todos los hombres que me rodean". En plata: tu libertad acaba donde empieza la de los demás. Así que, ojito, y a ver qué hacen por ahí, que estoy mirando.

Y luego está Estados Unidos donde, como dicen, la libertad es una estatua.