martes, noviembre 01, 2005

Todos tus muertos

Más que acordarme de los muertos me acuerdo cada año por estas fechas de los días de Todos los Santos de mi infancia -entonces lo de Halloween sonaba todavía muy raro por estos lares- cuando la familia se reunía para visitar, en el corazón de la cuenca minera, el cementerio donde todos, en teoría, vamos a acabar. Cogíamos los coches e íbamos casi en caravana desde Oviedo a Caborana, el pueblecito donde nacieron y se criaron mamá y sus 7 hermanos/as y toda esta historia, la de mi familia materna, comenzó. Según uno se acerca a la cuenca por la carretera -ahora ya hay autopista- los montes se van escarpando, las laderas se hacen más empinadas y las casas decrépitas parecen sostenerse por arte de magia. Todo se torna verde musgo y el cielo se cubre de plomo. Los valles de la cuenca son oscuros y las minas grandes estructuras metálicas casi abandonadas, cubiertas de óxido y sucias de carbón. Los edificios son grandes barracones para los obreros y el cuartelillo de la guardia civil recuerda los tiempos de la Revolución de Octubre del 34 y la guerra civil. Esta tierra horadada tiene algo de amenza silenciosa, de peligro inminente: una furia contenida que degeneró en tristeza. El cementerio está construido sobre una ladera que tiene una inclinación bastante pronunciada, desde lejos parece que los nichos se amontonan unos sobre otros, en realidad hay estrechos pasillos que separan un bloque de los otros. Cuando llegábamos allí casi no cabíamos, todos vestidos de negro y reunidos en torno a la tumba de mis abuelos, algunos tios, un primo heroinómano y otros familiares que no recuerdo o nunca conocí. Venía también un cura, creo recordar, y hablaba. Todo mezclado entre aquellas montañas y bajo el cielo gris: sacerdotes y guardias civiles, dinamita y sindicatos, minas y montones de carbón, mujeres deprimidas, prejubilados alcohólicos poblando los bares y jóvenes drogadictos como fantasmas en las esquinas. Era más bien el Día de Todos los Muertos, en una tierra que parece morirse.

Después nos íbamos a comer fabada alrededor de grandes mesas alargadas.