miércoles, diciembre 14, 2005

Albóndigas (o almóndigas)























Anoche cené una lata de albóndigas por primera vez desde que vivimos en este piso. Eso significa que llevaba tres meses y medio limpio. Porque aunque por aquí somos muy desastre para algunas cosas, lo cierto es que nos alimentamos medianamente bien. No esperéis encontrar en esta casa a consumidores de fast food o pizzas congeladas, nosotros cocinamos a diario. Potajes, ensaladas, arroces y pastas. Quizás demasiados hidratos de carbono. Pero anoche algo -no sé, una inquietud, una extraña sensación en el bajo vientre- me impulsó a bajar al chino y a comprar una lata de albóndigas de mi marca preferida, de las que dicen por ahí que son carne de perro. Porque si uno se como una vaca o un cerdo, ¿qué le impide comerse un perro? ¿O a un chino?

Y es que lo de las albóndigas de lata es mi vicio más vergonzoso, aunque no tengo verguenza en confesarlo: me gustan las albóndigas de lata porque soy un hombre sin escrúpulos y porque me producen una suerte de placer morboso. Hay que probarlo todo. Después de comerlas, con media barra de pan, comienza a girar la ruleta, cualquier cosa puede pasar: mala digestión, sopor, sueñito... Ahora que las he dejado puedo tomarlas de vez en cuando. No pasa nada, no os preocupéis que yo controlo.

Creo que todo empezó hace unos años, cuando vivía en la casa de Atocha. Era joven y los recuerdos que conservo son borrosos, no logro rememorar la primera vez que alguien me dió a probar una de estas latas. El caso es que me aficcioné: era tan fácil olvidarse del supermercado y de la cocina y simplemente bajar a la tienda a cualquier hora en busca de albóndigas... Así entré en una espiral de carne picada y me ví comiendo meatballs varias veces por semana, ante la mirada preocupada de los que vivían conmigo. No entraré ahora en detalles de aquella vida repleta de indigestiones, no quiero aburriros ni hacerme la víctima. Yo ya no soy aquel, fue una etapa difícil, un error, una locura de juventud y no quiero que me juzguéis por ello ni que me asociéis a esta adicción. Solo os diré que he rehecho mi vida, y que, aunque en principio no veía salida ahora disfruto de las cosas buenas y sencillas, lejos de las bolas de carne.

Me temo, de todas maneras, que estoy incubando una nueva adicción. Las magdalenas del superbolsón (sic) de magdalenas que venden en el Mercadona.

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En la imagen aparezco en pose de arrepentimiento tras la ingesta de las albóndigas.

martes, diciembre 13, 2005

La gran evasión

Fíjense, el domingo por la mañana asistí a una fiesta que se celebraba en casa de un conocido cerca de Gran Vía. Mientras en la calle amanecía allí dento las persianas estaban bajadas y el ambiente inundado de luz amarilla y humo. Había un puñado de desconocidos, unas cuantas botellas sobre la barra de la cocina y una mesa de mezclas: era lo que se conoce por estos lares como un aftercasa, o bien, reafter. Nos servimos un vaso de cerveza y nos integramos en los grupos que charlaban en diferentes partes del salón. Las circunstancias me llevaron a coincidir en el cuarto de baño con una chica de largas rastas rojas (ocho años de edad, las rastas, le llegaban hasta el culo) que hacía rayas cuidadosamente con el polvo que había resultado de machacar una de esas pastillas azules. Pensé que tenía una mirada enigmática. Pues bien, entablamos conversación y me confesó que llevaba diez días despierta, esto es, desde antes de la semana de los puentes (la Constitución y la Inmaculada). Desde el jueves anterior, concretamente. Yo puse cara de incredulidad y pensé en los cientos de cosas que yo había hecho en los últimos diez días. Ella repuso que había dormido tan solo seis horas en todo ese tiempo. Sale más o menos a cuarenta minutos por día. Me recordó a Leonardo da Vinci, del que dicen que solo dormía un cuarto de hora cada cuatro horas o a la historia de aquella chica guiri que en una semana de vacaciones en Ibiza solo comió un plátano. Y yo pensando que su mirada era misteriosa cuando en realidad lo que ocurría es que estaba supervolada.

Con esto del hedonismo posmoderno y la democratización de la droga es bastante común que en Madrid la gente pase días y días de fiesta, aunque diez resulte una exageración. Lo normal es que la gente salga una noche y llegue a casa al día siguiente al mediodía. Algunos aguantan hasta el anochecer, incluso. Aquí encontramos un punto de inflexión, pues los que sigan adelante volverán a salir a la calle (hasta entonces la gente se esconde en casas o en bares de cañas) y a ir a bares de copas y clubs hasta la madrugada. Lo máximo que se suele ver por aquí es a gente que ha pasado de fiesta desde el jueves noche hasta el domingo de madrugada -porque el lunes es laborable-, aunque esto ya es muy raro. Yo no sé si creer a la chica de ojos extraviados.

Bien mirado, esto de las fiestas sin fin ni horario es una especie de subversión contra el orden natural de las cosas, una rebeldía clandestina que coloca al placer como bien supremo. La juventud se pasa por el arco de triunfo los ciclos circadianos, los horas de las comidas, el horario civil, la moral, la salud y el decoro. Extraño fenómeno éste: miles de personas huyendo de un mundo gris y monótono como en aquella película, La Gran Evasión, que trataba de soldados huyendo de un campo de concentración nazi a través de un túnel horadado en la tierra como ahora se horadan en los fines de semana.

A mi el personaje que más me gustaba era el de Steve McQueen. Aunque al final los nazis le cazaban cuando trataba de escapar con aquella moto, saltando alambradas.

sábado, diciembre 10, 2005

Cosas de casa

Esta entrañable instantánea refleja un momento cualquiera de nuestra vida cotidiana en el piso. Como véis somos jóvenes dinámicos, actuales e independientes y nuestro hogar parece un garito -para evitar ponernos tristes cuando no podemos estar festejando aferrados a una barra o reventado la pista. En la imagen aparecemos la Ale -a la que ya conocéis- y yo -al que supongo que también. Pronto más personajes.

miércoles, diciembre 07, 2005

Largo puente de noviazgo

La conocí en la madrugada del viernes al sábado durante el ejercicio de nuestras tendencias autodestructivas. Era morena, muy morena y, cómo no, de Cádiz. A ella le gusté yo y a mi me gustó ella, así que terminó viniendo a la fiesta que organizamos en casa al amanecer. No recuerdo exactamente cuando, pero me dijo con su profundo acento andalúh que el domingo se iba a vivir a Barcelona, aunque también tenía la opción de irse el miércoles; y yo que estaba tan contento acariciendo su cuerpo duro y canela le propuse que se quedase conmigo, en mi casa, y que fuésemos novios hasta entonces. Ella aceptó. La idea me pareció muy literaria: un noviazgo de media semana con una desconocida, sabiendo de antemano el cuándo, el dónde, el cómo y el por qué del desenlace. Encajaba a la perfección con mis aspiraciones de convertir mi existencia en una novela.

Nos pegamos la gran fiesta durante el fin de semana y descubrí un puñado de cosas de ella: que era muy jipi, que llevaba un tiempo dando tumbos por el mundo, que trabajaba en cine, que hacía escalada (de ahí la dureza de su culo) y que en la cama era una salvaje. La chica, desde luego, tenía caracter -estaba medio loca- y esto lo hacía todo más interesante. A todos la presentaba como mi novia hasta el miércoles y a todos les parecía divertido: tal vez siempre debiéramos entender las cosas de la vida y la vida misma así, como una cosa con principio y fin.

El domingo superamos como pudimos una resaca considerable y se instaló entre nosotros una ligera tensión: después de todo el festival volvíamos a la realidad y caíamos en la cuenta de que, al fin y al cabo, éramos un par de desconocidos condenados a convivir por unos días en una cama de noventa. Y hay momentos en los que uno prefiere estar solo. Pero el lunes ya lo llevamos mejor, empezábamos a salir de la crisis -ya véis, en esta historia la cosa iba a toda mecha. El martes lo pasamos separados, ella estuvo en la casa donde se hospedaba antes de conocerme y así estuvo bien: en toda relación son necesarios los tiempos y los espacios privados. Y hoy miércoles llegó la despedida. Tomamos una caña en Lavapiés y luego cocinó para mí en casa. Antes de que partiera le regalé una alegre flor de peluche que guardaba para alguien que finalmente no la mereció. Era una margarita con pétalos rojos y yo se la dediqué por la parte de atrás. Ella hizo lo propio con unas bragas verdes mínimas que había olvidado hechas un ovillo en una esquina de mi habitación, para mi novio de media semana, firmado Azulita.

Y esto era lo mejor de todo, su nombre: se llamaba Azul y sonaba como sacado de un cuento.

martes, diciembre 06, 2005

La carta del banco

Recibí la otra tarde la primera carta del banco (Cajastur, casi el último rastro de mi asturianía) que llega a mi nueva dirección. La cogí emocionado y abrí el sobre en el ascensor. Esperaba encontrar algo así:

Querido Txe,

por aquí te echamos de menos. Últimamente no se te ve el pelo y parece que el cielo siempre está cubierto de nubes. A veces llueve levemente y las horas no pasan, miramos a través del cristal y el mundo está congelado. Ojalá vinieras un día de estos para iluminar nuestra jornada con tu sonrisa. Ojalá vinieras y nos contaras todo lo que te pasa por allí, tan lejos, cómo te trata la vida y las cosas raras que te ocurren. Por aquí, como ves, nada pasa. Cuidate mucho Txe, estudia y haz lo que debes, ten cuidado con las noches -que son traicioneras- y abrigate bien: se acerca un invierno duro. Acuerdate un poco de nosotros. Escribe.

Un beso de todo el equipo de tu oficina bancaria.

Pero lo único que había en el sobre era un extracto de mi cuenta donde figuraban todos los desmanes que había cometido con mi dinero durante el mes pasado.

viernes, diciembre 02, 2005

Un Billy Elliot latino

Hoy me he dado cuenta de las ventajas que me reporta el haber practicado la danza durante tantos años. Llovía en Madrid y por las aceras se habían instalado unos charcos harto incómodos, aunténticos ríachuelos arrastraban las hojas caídas calzada abajo. Cruzé una calle por el paso de cebra y al llegar a la otra orilla descubrí un charco gigantesco que se interponía entre la acera y yo. Así que, ni corto ni perezoso, ejecuté con maestría inigualable un grand jeté que me dejó sano y salvo al otro lado del charco, con los pies secos sobre la acera. Para quien no lo sepa un grand jeté es un salto de ballet de largo alcance y con las piernas abiertas en ángulo cercano a los 180 grados.

Porque sí, yo de joven era bailarín de danza clásica y contempóranea. Fui un Billy Elliot latino. Les explico: mi madre vió a las cuatro años Las Zapatillas Rojas y entonces decidió hacerse bailarina. Un puñado de años después creaba una compañía de danza en Oviedo, el Joven Ballet de Asturias, e inaguraba su propia escuela. Así que me tocó pringar toda mi niñez y preadolescencia tomando clases y actuando, de tanto en tanto, por los escenarios de la región. Lo cierto es que era una ocupación dura, tenía que ensayar después de clase cuando mejor hubiera estado tomando magdalenas con colacao y viendo aquel programa tan simpático con Rita Irasema, Miliki y aquel gorila llamado Borondongo. La cosa tenía sus ventajas: adquirí una sensibilidad especial, un preciso sentido del ritmo que aún conservo y podía contemplar sin reservas los frescos cuerpos semidesnudos de mis compañeras e incluso, a veces, sobarlas. Así es el mundo de las artes escénicas, sin complejos. Por otro lado, en el colegio, decían que aquello era de maricas: eran tiempos en que lo gay era malo y no bueno como ahora. Pero a mi me daba bastante igual lo que dijeran, estaba contento siendo el gallito del corral en la escuela de mi madre, el pequeño danzarín hijo de la directora.

Lo dejé a eso de los quince años y por fin pude dedicar las tardes a ver los programas de las cadenas privadas, Hablando se entienda la basca y todo aquello. A mí madre, claro está, nunca le hizo mucha ilusión que dejase la danza. En una ocasión, incluso, una examinadora londinense propuso llevarme a su tierra para que el Royal Ballet me formase, pero nos negamos. Era bastante bueno -hay algún video por ahí-, como se dice en el mundillo tenía condiciones, apuntaba maneras. Desde luego que ahora mi vida sería muy diferente. Anyway lo que dije por ahí para justificar mi distanciamiento de la danza es que me habían echado por marcar mucho paquete con aquellas mallas tan estrechas. Nadie quiso creerme.

Pero no crean, aún bailo en lugares oscuros los fines de semana. Aún intento poner la mano encima a mis compañeras de baile. Gracias mamá.

jueves, diciembre 01, 2005

Triunfo

Me contaba un amigo que en una ocasión una conocida común le había respondido así a la pregunta de cuánto tiempo pensaba quedarse en Madrid

- Hasta que triunfe.

Bien, la chica es actriz y puede que pronto triunfe, está haciendo una peli con gente conocida, dicen que trabaja bien y además está buena - esto último os lo puedo confirmar.

Luego hubo más gente que dijo que sí, que a Madrid venimos todos a triunfar y bla bla bla. Le he estado dando vueltas últimamente a este tema y creo que carezco de ese concepto de triunfo. ¿En qué planeo triunfar yo? Pues no sé, en la física o en la literatura (tengo ahora un contacto en el mundo editorial) pero lo cierto es que aunque a veces he fantaseado con ello nunca me lo he tomado muy en serio. Como que me da pereza. No sé, no me veo yo triunfante.

Porque ¿qué espero yo de la vida? Lo cierto es que siempre he sido bastante hedonista: cuando la familia (la biológica) me preguntaba respecto a esto siempre decía que disfrutar de la vida, ser un bon vivant. He de ver el mundo y conocer muchas personas, como decía el Principito. Lo que siempre he deseado es tener una existencia novelesca, tal vez por eso escribo. Como solía decir: que cuando sea viejo y decrépito pueda escribir unas memorias interesantes que incluso puedan ser llevadas al cine. Por ahora la cosa va bien, en lo que llevo dando tumbos por este planeta me han pasado multitud de cosas fuera de lo común, he visto mundo y por mi historia se han asomado personajes secundarios de excepción. Lo malo es que la mayoría de las cosas interesantes o hilarantes que me ocurren no se pueden contar así como así. Y además también suele pasar que si te sale bien la novela al final lo que te sale mal es la vida.

martes, noviembre 29, 2005

Mis compis de piso. Capítulo 1: Alejandra.


Esta japonesita agitanada que os tiende la mano desde la foto es Ale. Nos conocimos hace más de dos años cuando la perseguí a ella y a Virginia (ya la conoceréis) por varios afters madrileños. La fiesta se dilató (es increíble el poder de dilatación de las fiestas) y al final se fueron cuando terminó el finde. Y desde entonces somos amigos y hemos reunido a un nutrido batallón de incautos a nuestro alrededor. Nuestra familia. También los iréis conociendo.

La Ale ocupa la habitación cuya puerta da al salón. Tiene una estantería, una cama y unos cuantos libros y cd´s. El ordenador desde el que escribo todo esto es suyo. Es más buena que todos vosotros juntos y, curiosamente, nació en Algeciras, Cádiz, como mi papá. Se prepara para el mundo de las letras. Hizo un año de la Escuela de Letras y ahora un Máster en Edición. Espero que algún día sea mi editora o, al menos, me enchufe. Lo compagina con otros curros de esos que no tienen nada que ver con lo que te gusta y que parece que proliferan como los hongos, aunque ahora la Ale está de baja: le robaron el bolso el otro día a la pobre.

lunes, noviembre 28, 2005

Adiós

Todo ha ocurrido hoy. Yo estaba en una fiesta en casa de unos amigos. Era domingo nublado a mediodía. Entonces sonó el teléfono y la pantalla anunció que era Virginia. Hablamos.

- Ha pasado algo pero no sé si decirtelo porque estás de fiesta.
- No, no te preocupes, dímelo, estoy bien, sereno.
- M. ha muerto esta noche en un accidente de coche.

Y entonces la confusión y el miedo. La incredulidad. La impotencia y el sabernos vulnerables, débiles, perecederos. También a nosotros nos pueden ocurrir esas cosas que por lo general solo le ocurren a los demás.

Un beso.

sábado, noviembre 26, 2005

Apariencia

Quedo bastante bien paseando este invierno por entre los árboles del Paseo del Prado, arrastrando hojas secas con los pies, dentro de mi bufanda negra y mi abrigo verde oliva, con mi tez aceitunada. Deberían sacarme una foto en blanco y negro.

No, no estoy moreno, soy así. Medio gitano.

No, no es invierno aunque hace frío, es otoño todavía.

No, no estoy contento, sonrío por costumbre. En realidad estoy puteado.

No, no hay doble sentido, solo escribo lo que ocurre.

Gracias.

L' amour

Cómo es la vida, llena de casualidades. Ya ven, estoy esta noche recluido en casa viendo una peli con Ale, "Solo mía", salen Sergi López y Paz Vega. Suena además, en un volumen menor que el de la peli, la canción "Montones de basura", de los Planetas. Es una canción sobre miedo. Miedo a las relaciones. Relaciones sentimenales. La peli va de malos tratos.

Imagínense enamorarse de alguien. Imagínense que todo es estupendo, que piensan que es lo mejor que le ha pasado en la vida. Imagínense, por un momento, el amor (si es que existe): esto es, mariposas revoloteando en el estómago, pensamientos obsesivos, euforia al encontrarse y mitificación. Imagínense que, de pronto, casi sin darse cuenta, llega un momento en que alguien le parte las piernas y los brazos. Que le parte la mandíbula si dice algo. Imagínense levantarse doloridos y amoratados. Tener que esconder las marcas. Y que el que hace eso era la misma persona a la que amaba o a la que ama.

Es terrible ¿verdad?

No quiero unirme a la moda de denunciar los malos tratos como hacen los jugadores del Real Madrid y las ¿estrellas? de antena 3 como Andoni Ferreño.

No, no es eso. Solo querría decir que:

tampoco hay que irse tan lejos. Los malos tratos son una desviación patológica y extrema de algo que ocurre todos los días aquí y en China, en mi casa y en la de los vecinos de la puerta de al lado. En nuestro mundo tratamos de vivir un sueño instaurado por las canciones, las pelíclulas, los poemas, Tom Hanks y Meg Ryan: la Cultura. El 90% (así a ojo) de los productos culturales, el cine, la literatura, la música, tratan sobre esto. El amor cortés, el amor romántico, nació en la edad media (en el mundo grecolatino se entendía todo esto mejor: genitalmente) y aún lo seguimos sufriendo. Es un mito, una panacea. Nunca te voy a querer para siempre. Nunca serás lo mejor que me ha pasado. Es todo una mentira alimentada hasta el infinito por todos los que han fabricado cultura cuando están de bajón, cuando están enamorados, cuando no les quieren o cuando se sienten solos.

El enamoramiento es algo perecedero. Como los yogures. Como lo que compras en el supermercado. Como lo que se vende en el Dia o en el Lidl. Y encima tienes que pagar cinco céntimos por la bolsa de plástico. Así es: nadie gana en este juego; un juego perdido de antemano, aunque tal vez necesario.

Pero a vivir que son dos días y estoy borracho.

viernes, noviembre 25, 2005

El estado de las cosas.

Mis coordenadas espacio temporales son: sentado en un séptimo piso con vistas en el Paseo de las Delicias a las 20:18 de un viernes de noviembre. Tengo una estufa catalítica de gas butano a mi espalda. Si explota moriré.

jueves, noviembre 24, 2005

Cajón desastre

Mantener un cajón ordenado es tan difícil como mantenerse ordenado a uno mismo. Es decir: imposible.

En todos los escritorios que he tenido a lo largo de mi vida ha habido cajones llenos de chinchetas, papeles con números de teléfono no identificados, panfletos de bares y restaurantes chinos, algunas fotos viejas, bolis, cigarrillos rotos, servilletas con restos de poemas, cables, transformadores, migas de pan y todo lo demás. Trataba de ordenarlos cuidadosamente, apilaba las libretas y los folios, colocaba paralelamente los rotuladores, metía los clips en cajitas y limpiaba los restos de tabaco. Entonces cerraba el cajón satisfecho. Pero cuando lo abría de nuevo se había vuelto a instalar el caos (incluso los restos de tabaco), como si aquel hueco paralelepipédico (¡al loro!) albergase a un duendecillo travieso -o mejor, hijoputa.

Así somos, un saco de carne con un revoltijo dentro: recuerdos, emociones, fobias, alergias, emociones y manías. Hay días que se levanta uno con todo en su sitio pero ocurre un suceso aciago y todo se vuelve un lío. Pasa una nube y te da la ansiedad. Te tropiezas con algo y brota -como un grano- un recuerdo ponzoñoso. Hueles por casualidad el perfume de alguien mientras cruzas el paso de cebra y te trae a la cabeza a otro alguien que te pone de mala hostia, joder. O te provoca una erección, que casi es peor. Como si los olores conectasen a la gente en diferentes lugares del mundo.

Ocurre además que el aspecto de tu dormitorio es indicador de tu estado de ánimo. Cuando todo va bien y hace sol y buen tiempo las cosas están en su sitio, donde deben de estar. Las mantas dobladas sobre la cama, cada cd en su caja, los libros por orden alfabético y los monstruos (y los gays no declarados) dentro del armario. Pero cuando uno sufre un bache parece que la ropa, misteriosamente, sale de su lugar volando y se desperdiga por el suelo a jugar con los periódicos arrugados de la semana pasada. Si quieres saber cómo está alguien basta con echar un vistazo a su cuarto.

Así que no sé. Debería contratar a una asistenta para que me mantuviera en orden. Un psicólogo (o quizás un psiquiatra), creo que es el nombre que reciben estos profesionales, aunque uno de estos no me barrería el suelo. Por lo pronto la cosa es bastante triste: ayer metí mi mano en el cajón en busca de unas tijeritas de uñas y, confundido, extraje un recuerdo de hace muchos años que me mantuvo todo el día cabizbajo y murmurante.

miércoles, noviembre 23, 2005

Quedódromos madrileños

Si viven en Madrid deben fijarse, al pasar por la Puerta del Sol, en que allí se encuentran dos de los quedódromos oficiales de la villa. Quedódromo es un término que yo mismo he acuñado y que sirve para designar esos lugares donde todo el mundo concierta sus citas. Concretamente se trata del Kilómetro Cero (esa plaquita en el suelo que señala el origen de la red de carreteras) y la estatua del Oso y el Madroño, constante e incomprensiblemente fotografiada por los turistas. Todos los que vivimos aquí hemos cometido alguna vez, quizás por pura desidia, por no pensar, el error de quedar con alguien en uno de estos sitios. Así que uno llega al punto de encuentro y descubre, estupefacto, que hay decenas o quizás cientos de personas en la misma situación: de pie inmóviles junto a la pared o deámbulando lentamente como fantasmas, eso sí, todos escudriñando a la masa en busca de su compañero/a/os/as. Si sumamos la gente que espera, los transeúntes que pasan, los manifestantes que casi siempre protestan por algo, los carteristas, los chaperos, ese predicador de Jesús te ama anunciando el apocalipsis inminente, los turistas (que siguen fotografiando la estatua esperpéntica), resulta una muchedumbre donde resulta díficil encontrar a alguien. Entre tanto jaleo siempre hay alguna persona que durante un instante te mira abriendo mucho los ojos, sonriendo, dirigiéndose finalmente hacia ti hasta cambiar la cara por una mueca de sorpresa y bajar la cabeza avergonzado porque no eras tú a quien esperaba. Tambien suele ocurrir que uno mismo cae en la trampa al confundir unas gafas de pasta, una forma de caminar, una abrigo o un gorro cubriendo una melena castaña por otra que no era.

Lo que a mi se me ocurre, también, es que seguro que mucha de esa gente que mira de un lado para otro impaciente espera pero sin saber a quién. Siempre que paseo aburrido tengo la tentación de quedarme ahí de pie aguardando a que un desconocido se acerque, me estreche la mano sonriente y me de dos besos. Después iríamos a tiro fijo a un bar de cañas, como si todo estuviese ya planeado de antemano. Tomaríamos cerveza y charlaríamos del tiempo, de que la Navidad cada vez empieza antes, cuando lo exige El Corte Inglés, de cómo está el mundo, hay que ver, y de que estamos un poco resfriados este invierno y otra caña, yo también, gracias, se me está haciendo tarde, sí, ya anochece, y salir del bar para volver a la Puerta del Sol, pararse tal vez ante un escaparate o el Top Manta, y luego despedirse, saluda a tu familia, llámame, a ver si volvemos a quedar, claro, un saludo, adiós, y pretender todo el rato que en verdad nos conocíamos y que no estábamos solos y aburridos aquella tarde.

lunes, noviembre 21, 2005

Lafotorosa


Alguien ha pedido que cuelgue una afoto. He aquí una instantánea que fue tomada hace aproximadamente dos meses, cuando llegamos a la nueva casa. Fue una mañana de domingo, a la vuelta de la noche. En primer plano, con gafas de sol, aparezco yo y más atrás, con la cresta, un amiguete que pincha cosas de afterpunk, death rock, y todo eso. Parecemos una banda de música electrónica: yo sería el solista y él pondría la música. Como Fangoria, Depeche Mode o, incluso, ¡OBK!

viernes, noviembre 18, 2005

La vida secreta de las palabras

Resulta sorprendente, cuando menos, que existan palabras para designar sentimientos, emociones o percepciones que todos compartimos. Seguramente esta tarde en el parque yo y la chica con gorro que se sentó al lado miramos al cielo y nos dijimos: el cielo está azul.
Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que lo que yo veo azul (al menos lo que yo entiendo por azul) no lo ve ella rojo o amarillo chillón? ¿Cómo saber si usted y el chino de la tienda entienden lo mismo cuando pronuncian la palabra acidez o melancolía?

Daré una breve definición personal de ataque de ansiedad: temor súbito a morir, gran peso en el pecho, dificultad para respirar, pensamientos obsesivos, depresión pasajera, taquicardia, inquietud, deseo de salir a un espacio abierto, desconcierto, posterior ingesta de benzodiazepinas; Lexatin u Orfidal. Durante algún tiempo me pasaba a menudo. El otro día me ocurrió en el metro, al volver a casa, aunque ya no es lo que era.

En cambio pasé un montón de tiempo con una chica para la que la ansiedad era necesidad compulsiva de fumar o comer pipas. Ya ven.

jueves, noviembre 17, 2005

Atasco

A las 9:30 de la mañana ha sonado el timbre.

- Fontanero.

La taza del váter (cómo se escribe el váter) llevaba atascada unos cuantos días y bajábamos en fila india a La Pepa para ir al baño. Era, sin duda, bastante triste: Ale sorprendió la otra tarde en el baño de la taberna a una señora con abrigo de visón tratando de defecar adoptando la postura del esquiador, ya saben, para no tener que sentarse y evitar coger enfermedades. A la señora le dio tanta verguenza que tardó un buen rato en abandonar el baño, esperando que no aguardásemos fuera.

En realidad tener que bajar a la calle para hacer nuestras necesidades -como los perros- no era tan incómodo, bastaba con hacerlo una vez al día, pero la situación en la casa nos provocaba cierta inquietud. El fontanero nos pareció de confianza, de la vieja escuela: entrado en años y con mono azul. Entró en el cuarto de baño, observó el desaguisado un instante y pidió una fregona. La sumergió en el agua estancada, hizo algo de fuerza y violá: desatascado. Nos quedamos de piedra, lo habíamos intentado con el desatascador repetidas veces sin ningún éxito, pero ya ven, la experiencia es un grado y el viejo fontanero con tan solo introducir la fregona lo solucionó en un momento.

Le preguntamos cuanto se debía.

- Son treinta euros.

Lo peor es que hace tres o cuatro semanas, cuando la avería se produjo por vez primera le habíamos pagado doscientos cuarenta europeos a un fontanero de urgencia - un sábado por la tarde- por repararlo.

Sí, definitivamente somos gilipollas.

domingo, noviembre 13, 2005

Esta casa es una ruina

Nuestros errores: la casa era bonita, eso de encontrarse dentro de una mancomunidad proletaria (ferroviarios de la RENFE) con plaza de aparcamiento y verja para los coches resultaba emocionante, el metro que lleva al centro en 7 minutos caía enfrente, los amigos vivían cerca y parecía que las paredes del piso se sujetaban solo por la presión de la luz que entraba por las ventanas. Así era de luminoso.

Ahora: nos empezamos a dar cuenta de cómo será un invierno sin calefacción, nos equivocamos con los colores con los que hemos pintado laz zonas comunes (dicen que es culpa de ese hombre que nos vendió la pintura recomendándonos pintar bebiendo güiski), la tapa del váter se ha caído, la instalación eléctrica del baño hizo plof, hace frío, el suelo esta lleno de manchas, el grifo de la cocina gotea, a veces discutimos, esta tarde la lámpara del salón se ha encendido sin motivo mientras veía una película y ahora no se apaga, el suelo del baño atrae a la mierda, hay grietas por las paredes y los cimientos son inestables. El otro día un cable se quemó sin motivo aparente. Podría haber sido un incendio. Podríamos haber muerto calcinados.

Pero sigue siendo bonito que el sol salga por la ventana de mi habitación, tener estas vistas suburbanas, un cielo taaaan grande (cientos de nubes) y plaza de aparcamiento, un salón apañao y fogones de butano.

Somos unos románticos.

¿O somos gilipollas?

sábado, noviembre 12, 2005

Foto

Se trata de una foto de ella al borde del mar Cantábrico.

Aparece tomada desde arriba, dormida sobre la hierba, muy pálida -debería hablar más bajo para no despertarla-, con los labios-gajos muy rojos y el pelo enredado en las briznas muy verdes; hay también algunas flores amarillas rodeándola y sus ojos cerrados negando al mundo lo que esconden los párpados: sus ojos son demonios.

Parece estar muerta y es hermosa.

jueves, noviembre 10, 2005

Excusa

No he hecho el estúpido trabajo de física de primer curso. Hoy tendré que decirselo a ese profesor joven que nos trata como si fueramos coleguitas. Seguro que algún día me lo encuentro en algún bar. Aunque no creo que frecuente los mismo lugares que yo. Su asignatura es una mierda.

Estoy pensando qué decirle:

- Se me ha estropeado el pc. No sé, algo raro en el disco duro.
- Mi tía. La pobre, tan joven. La enfermedad fue fulminante. Un día está uno perfectamente y al siguiente te han metido en una caja de pino. No somos nada.
- He tenido que salir de la ciudad unos días. Asuntos familiares. Ocho horas en un autobús. Horroroso.
- No solo yo, parece que todo el mundo se ha resfriado por estas fechas. Será gripe aviar.

En realidad me he pasado dos días de fiesta. He estado en tres bares, una discoteca y dos casas de amigos cuando ya era de día. Tomé cerveza y ron con cola. Llevaba los pantalones de campana verdes que he recuperado del armario para el invierno, son calentitos. La camiseta que llevaba también era verde. Me han dicho cosas bonitas cuando me estaba quedando dormido, preferíamos estar despiertos pero se nos caían los ojos, un beso.