
Anoche cené una lata de albóndigas por primera vez desde que vivimos en este piso. Eso significa que llevaba tres meses y medio limpio. Porque aunque por aquí somos muy desastre para algunas cosas, lo cierto es que nos alimentamos medianamente bien. No esperéis encontrar en esta casa a consumidores de fast food o pizzas congeladas, nosotros cocinamos a diario. Potajes, ensaladas, arroces y pastas. Quizás demasiados hidratos de carbono. Pero anoche algo -no sé, una inquietud, una extraña sensación en el bajo vientre- me impulsó a bajar al chino y a comprar una lata de albóndigas de mi marca preferida, de las que dicen por ahí que son carne de perro. Porque si uno se como una vaca o un cerdo, ¿qué le impide comerse un perro? ¿O a un chino?
Y es que lo de las albóndigas de lata es mi vicio más vergonzoso, aunque no tengo verguenza en confesarlo: me gustan las albóndigas de lata porque soy un hombre sin escrúpulos y porque me producen una suerte de placer morboso. Hay que probarlo todo. Después de comerlas, con media barra de pan, comienza a girar la ruleta, cualquier cosa puede pasar: mala digestión, sopor, sueñito... Ahora que las he dejado puedo tomarlas de vez en cuando. No pasa nada, no os preocupéis que yo controlo.
Creo que todo empezó hace unos años, cuando vivía en la casa de Atocha. Era joven y los recuerdos que conservo son borrosos, no logro rememorar la primera vez que alguien me dió a probar una de estas latas. El caso es que me aficcioné: era tan fácil olvidarse del supermercado y de la cocina y simplemente bajar a la tienda a cualquier hora en busca de albóndigas... Así entré en una espiral de carne picada y me ví comiendo meatballs varias veces por semana, ante la mirada preocupada de los que vivían conmigo. No entraré ahora en detalles de aquella vida repleta de indigestiones, no quiero aburriros ni hacerme la víctima. Yo ya no soy aquel, fue una etapa difícil, un error, una locura de juventud y no quiero que me juzguéis por ello ni que me asociéis a esta adicción. Solo os diré que he rehecho mi vida, y que, aunque en principio no veía salida ahora disfruto de las cosas buenas y sencillas, lejos de las bolas de carne.
Me temo, de todas maneras, que estoy incubando una nueva adicción. Las magdalenas del superbolsón (sic) de magdalenas que venden en el Mercadona.
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En la imagen aparezco en pose de arrepentimiento tras la ingesta de las albóndigas.



