viernes, octubre 27, 2006

Yo soy la Juani

El día que cumplí veinticinco años (26-06-05) fue un día aciago por varias razones. Aparte del desasosiego causado por algunas opiniones que aseguraban que en ese momento comenzaba el declive físico del individuo (pérdida de pelo, piel menos firme, menor ángulo de erección) estaba sumido en la convocatoria de junio y tenía examen al día siguiente, al otro y al de más allá, y por tanto, no podía extraviarme en una retahíla de celebraciones autodestructivas. Llegué a mi confortable casa de Ópera –cuánto añoro su calefacción en los duros días de invierno- al anochecer, tras un día de duro estudio en la biblioteca, ebrio de ecuaciones y conocimiento, avanzando con dificultad entre las luces anaranjadas de las farolas y el calor, como si el ambiente fuera de gelatina. Cuando, frente al portal, bajé la cabeza con gesto derrotado para elegir la llave que abría aquella puerta de entre todas las llaves que había en la palma de mi mano, descubrí sorprendido, un poco más abajo, sobre el escalón del portal, una pequeña cartera que alguien debía haber perdido o abandonado. Ese debía ser mi único regalo de cumpleaños, pensé.

La cartera, una de esas de hilo de colores con algún símbolo esotérico o jipi que se venden en mercados de artesanía y que la gente suele utilizar para guardar el hachís, el papel de fumar u otras sustancias ilícitas –la droga en estos días es un valor a la alza-, resultó pertenecer, a juzgar por lo contenía, a una tal Verónica. Esparcí todo lo que había allí dentro sobre la mesa de la cocina: un dni, una tarjeta de videoclub, otra del banco, un carnet de gimnasio…, y pensé que era fácil reconstruir la vida de una persona en base a lo que uno encontrase dentro de su cartera, de igual manera que se puede conocer a alguien completamente urgando en su basura. La chica que me miraba desde la foto del dni era guapa y de aspecto moderno, tenía el pelo recogido, un flequillo cuadrado de esos que tanto se estilan ahora y entonces, y dos grandes pendientes de aro plateados que muy bien podrían pertenecer a una flamenca. Verónica tenía unos 22 años y vivía al norte de Madrid, en la zona rica que yo casi nunca piso, según pude comprobar tras buscar la dirección que figuraba en su carnet en un plano de Madrid incluido en la guía telefónica. También sabía que hacía ejercicio y que veía películas alquiladas; por supuesto, su gimnasio y su videoclub estaban en su barrio. Pero lo que me permitió localizarla finalmente fue una nota de papel cuadriculado y arrugado donde se leía garabateado un número de teléfono y un nombre presumiblemente extranjero, Romana o algo así. Al día siguiente telefoneé a ese número y al otro lado de la línea se escuchó una voz efectivamente extranjera. Traté de explicarle que había hallado fortuitamente la cartera de Verónica en la calle y que no la conocía, pero que si ella podía facilitarme el teléfono de la chica yo haría lo posible por devolvérsela. Romana, o como se llamara aquella mujer, pareció confusa en un primer momento, como si no entendiese nada o no conociese a Verónica. De pronto parecieron aclarársele las ideas y recordó –o eso me pareció a mí- de quién le estaba yo hablando. Posteriormente Verónica me explicaría que Romana –o lo que sea- y ella se habían conocido justamente el fin de semana anterior y que no eran amigas, lo que tal vez explicase el despiste de mi interlocutora.

Tras mi ardua investigación y con el número que me proporcionó Romana pude contactar con Verónica, que se mostró agradecida y encantada de concertar una cita conmigo el jueves siguiente –creo recordar- en un bar de la Puerta del Sol para recuperar su cartera. Ese día por la mañana la luz atravesaba el mundo y había una huelga de taxistas que se manifestaban por la calles del centro tocando el claxon para llamar la atención sobre sus reivindicaciones. Una vez en la Puerta del Sol y, algo aturdido por lo pitidos, llegó la duda: habíamos quedado en un bar con nombre caribeño o tropical y allí había dos, el Jamaica y el Hawai. Entré en ambos intentando reconocer a Verónica en la barra o en alguna mesa, pero resultaba harto difícil con la única foto de la que disponía. Así que, después de algún momento de indecisión, pedí una cerveza en el Hawai, que me parecía más amplio y luminoso. Al cabo de unos minutos, en los que me sumí en la lectura de no se qué, apareció en el bar una joven con vestido florido y primaveral y media melena, un aspecto algo más recatado del que yo había imaginado a juzgar por la foto del dni, en la que mostraba gesto duro y ceño fruncido. Aún así la reconocí al instante y ella a mí, pues me levante del taburete escrutándola con la mirada. Verónica era sonriente y había elegido la opción inversa a la mía: estaba en el Jamaica aunque, afortunadamente, se había dado cuenta de la ambigüedad de la cita y había decidido pasar por el Hawai por si yo estaba allí. Así que, como yo ya había acabado mi consumición, regresamos a donde ella estaba. Me sorprendió, al llegar a la mesa donde se había instalado, ver, al lado de la caña demediada que había pedido, un libro autobiográfico de Gonzalo Suárez, en cuya portada aparece él de joven luciendo una hermosa barba y una profusa melena. Por ahí comenzó la conversación, le expliqué que Gonzalo nació en Oviedo, como un servidor, y que además, y curiosamente, vivía actualmente en mi misma manzana, en Ópera, por la parte de atrás, cerca del monasterio de la Encarnación y que regularmente le veía por las calles del barrio donde siempre tentaba la posibilidad de decirle algo pero nunca le decía nada, de pura vergüenza. Ella confesó no conocerlo aún mucho pero aseguró que el libro le estaba gustando. Además me contó que era actriz y que actuaba en la obra Inferno basada en la Divina Comedia del divino Dante. Yo extendí sobre la mesa todas mis virtudes como escritor diletante y físico en ciernes, y caña tras caña hablamos de ciento un mil cosas, como el mercado inmobiliario, los after hours más desaconsejables o la difícil carrera del que quiere abrirse un camino en el mundo de la interpretación. Sinceramente, y aunque Verónica parecía extrovertida y echada p’alante, la visualicé en un negro futuro plagado de barras de bar y castings, como tantas otras chicas simpáticas y bonitas, trabajando como camarera eternamente en busca de su gran papel en una publicitada producción del cine patrio, tal vez un papel secundario. Tras cinco o seis y cañas y tras compartir la última la acompañé a Callao –ella tenía que visitar a su agente- y prometimos volvernos a ver, intercambiamos los teléfonos –yo ya tenía el suyo-, apalabramos un par de fiestas que uno y otro vislumbrábamos en el horizonte. La realidad, como suele pasar, fue que cruzamos un par de mensajes en las semanas siguientes y lo prometido se disolvió en la marea del tiempo y nunca, nunca más nos volvimos a ver.

Cómo de grande fue mi sorpresa cuando, viendo el trailer de la nueva peli de Bigas Luna, “Yo soy la Juani”, descubrí asombrado que la nueva gran promesa del cine nacional y la chica que posa en pose provocativa en los gigantescos carteles de la Gran Via –el mismo rostro de gesto duro que vi en su dni-, no es otra que Verónica, Verónica Echegui, la chica cuya cartera yo salvé del abismo del olvido y que ahora llena las páginas de los periódicos y la revistas de tendencias gratuitas que reparten en los lugares más tendenciosos. Y fantaseé entonces con la posibilidad de que Verónica se convierta en una gran estrella, la más rutilante de la historia española, como Marilyn o Audrey Hepburn, y que en el futuro se imprima su rostro en bolsos y camisetas y la gente la considere un mito, y su memoria persevere generaciones y generaciones, pero al fin y al cabo yo sepa que es una persona de carne y hueso, que duda y que pierde carteras y que se cita con los que se las encuentran, e imaginé también haber vivido en otro tiempo y haber coincidido en clase, en la escuela, con Sofía Loren, o haber jugado en mi pueblo con Grace Kelly al escondite, y saber que todos y cada uno de los dioses tienen los pies de barro, y mocos, y legañas cuando se despiertan después de una mala noche y, además, resaca.

jueves, octubre 26, 2006

Pequeña autobiografía intelectual


Ay, que bien frecuentar la Facultad de Filosofía para cursar mis minuciosamente elegidas asignaturas de libre elección y comprobar que es una Facultad de verdad, que huele a añejo y que es fea y amarilla y tiene las paredes cubiertas de planchas de madera marrón oscura –yo siempre asocié este tipo de madera al pensamiento e imaginaba a Einstein o a Nietzsche dictando clases magistrales en sitios semejantes repletos de humo-; no como la mía – la de Física- que recién reformada parece el Corte Inglés o un tanatorio de reciente construcción, con sus suelos de mármol y su moderna cafetería y donde, al acercarse a la ventanilla de secretaría, más bien parece que vas a hacer un ingreso en Caja Madrid o a pedir un Happy Meal en el McDonalds, aunque sea solo por el juguete de regalo, que era por lo que lo pedíamos. La Facultad de Filosofía es una facultad de verdad, como las que yo imaginaba de niño –cuando comía, insensato, hamburguesas-, o las que veía en la tele, donde huele a partes iguales a rancio y a conocimiento, y la gente pierde el tiempo en la taberna haciendo planes para cambiar el mundo o ideando revistas literarias o subversivas, y las alumnas son regordetas pero hermosas y usan gafas de pasta para ver más allá de donde ven los demás, porque ellas se saben a Hegel y a Marx, y ellos saben Lógica y Ética y lucen estilosas medias melenas, jerseys de lana y perillas, y todos con pañuelos por el cuello y fumando de liar. ¿Saben? yo siempre me considere de letras –o de Humanidades como dicen ahora-, y siempre se me dieron mal, fatal, las matemáticas, pero como se me daba bien la ciencia y no había que empollar tanto, ni echarle horas, sino deducir, inducir y entender, acabé eligiendo ciencias puras en el bachillerato y finalmente Astrofísica como carrera, inspirado por los documentales sobre el Cosmos que Carl Sagan presentaba en las sobremesas de la 2. Así acabé estudiando esta cosa, que resultó –como todo supongo- menos excitante de lo que en principio yo imaginé, aun así siempre me sentí un estudiante de filosofía frustrado. Lo cierto es que, ya pensando como un adulto, la Física ofrecía más salidas –dicen que no hay paro- y la Filosofía era más bien un callejón sin salida, razón por la cual se instaló en mí una suerte de fascinación por aquellos que, ajenos a los dictados de Capital y del mercado laboral, habían elegido el camino hacia el abismo, valorando más el pensamiento abstracto que la futura estabilidad económica. Así que en tercero de Física, en un arrebato de intelectualidad y coincidiendo con mi traslado desde la nublada y entrañable Asturias al salvaje y soleado Madrid, decidí simultanear estudios, esto es, estudiaría lo mío presencialmente y la Filosofía a distancia, por la UNED. El resultado, tras un año, fue el previsible, un desastre académico y una crisis de identidad galopante. Ahora cuando visito la Facultad de Filosofía mi sentimiento es la mezcla del que deben sentir el desertor del ejército y el niño que va a Disneylandia, y mato el tiempo entre las clases leyendo los programas de las asignaturas y los resultados de los exámenes en los tablones, como si eso fuera conmigo, y a veces rezo secretamente para que ninguno de los que tuvieron el valor de elegir ese camino me identifique como infiltrado, un cobarde o un extraño.

Cada día anochece más temprano.

domingo, octubre 22, 2006

Coche

Papá era calvo y tenía una barba canosa y vestía con una horrible cazadora amarillo salmonela y olía siempre a ginebra. El coche de papá, en cambio, olía siempre a tabaco y el aire allí dentro parecía más denso -como la atmósfera de algún planeta extraño y peligroso-; la tapicería, estampada en blanco y negro -ajedrezada- se veía amarillo nicotina y en el cenicero no cabían más colillas. Papá unos días me decía que era agente secreto de la policía y otros días me llevaba de bares y financiaba generosamente mis partidas a los videojuegos mientras él, acodado en la barra, se ponía tibio a Gordons tónica. Papá desapareció un día y ya no tuve que esconderme más por las calles de Oviedo, buscando las esquinas y bajando la cabeza, de regreso a casa; o sorprenderme cuando le veía plantado muy erguido y orgulloso en la parada del autobús del colegio cuando mis compañeros me preguntaban, quién ese hombre raro que te espera, y yo intentaba decir algo pero no decía nada. O tener que soportar el desgarro de mi padre tirando de mí por una manga y mi madre y mi tía a dúo por la otra, y sentir mis brazos en cruz como un pelele crucificado al que algún día iban a partir salomónicamente por la justa mitad. Tengo la patria potestad, decía papá, es mi derecho, y yo no entendía nada, porque aquellas palabras, patria potestad, me sonaban absurdas y anodinas, sobre todo potestad, porque patria sí lo entendía, aunque ahora, más viejo, ya no lo entiendo. Lo cierto es que pensábamos que su desaparición se debía a un viaje a Algeciras, su tierra natal, donde habitaba su (¿mí?) familia, constituida básicamente por un tropel de suicidas, contrabandistas, esquizofrénicos y alcohólicos. Nunca pensamos que había muerto.

De lo de la muerte nos enteramos meses después, nueve tal vez. La casera del pequeño apartamento en el que vivía, aledaño a mi casa, al final de un pasillo largo y oscuro, y consistente en habitación, baño y un salón cocina en el que ambas estancias se separaban por una puerta corrediza plegable que imitaba a la madera -pero que era de plástico malo-, dejó un día de recibir el pago mensual por el alquiler. Al cabo de unos meses, cuatro o así, y en vista de la ausencia injustificada de mi padre, decidió entrar con su llave en el inmueble. La sorpresa fue mayúscula o superlativa al descubrir que mi padre no se había ido a Algeciras ni a Tombuctú ni a ninguna parte, simplemente se había tumbado una noche cualquiera –presumiblemente tarde, amaneciendo y muy cocido- en su cama de noventa a esperar lo inesperado -pero bastante esperable-, un infarto de miocardio –el corazón, el corazón- que le dejó seco -literalmente- allí tumbado y que impidió que pagara la renta a la casera durante los meses siguientes, y que también impidió que me invitara en adelante a su casa a ver el fútbol merendando canapés de atún con mayonesa sobre pan recién hecho que comprábamos en la panadería de abajo, y también que me esperara en la parada del autobús del cole con gesto orgulloso o que tirara de la manga de mi cazadora que mi madre y mi tía dejaban libre tirando al mismo tiempo del otro lado, porque él tenía la patria potestad y yo no entendía nada, como Jesucristo en el Gólgota clamándole al cielo.

Todo esto llegó a mis oídos, y nunca mejor dicho, una noche en la que, contando catorce primaveras, abandoné mi habitación sigiloso en mitad del sueño para echar una meada. En la cocina, contigua al servicio, aún se mantenían despiertas mi madre y mi tía, que había decidido visitarnos a esas horas intempestivas. Mientas mi orina iba cayendo en el agua del inodoro pude oír, entremezclado con el ruido del agua cayendo sobre el agua, como mi tía le relataba a mamá la historia. Luis ha muerto, dijo, y yo lo oí y oí también algunos detalles, porque aunque se pueda dejar de ver no se puede dejar de escuchar pues los oídos no tiene párpados ni nada que los separe de lo que existe ni nada que los preserve del horror o de lo real, que viene a ser lo mismo, los oídos son honestos y no pueden esconder lo que ocurre al que los posee. Yo volví a mi habitación algo turbado y, contrariamente a lo esperado, concilié el sueño sin dificultad. Al día siguiente, al despertar, digerí la situación y le dije a mi madre, mamá, sé que papá ha muerto, y después me reí, y con aquella risa quería simplemente expresar que no deseaba ser objeto de lástima o de pena o de nada. No quise ser una víctima ni quise ver los ojos piadosos de mis familiares posándose en mí. Reí como diciendo no os preocupéis, aquí no pasa nada. Nada pasa. La muerte de papá supuso un impacto más filosófico que emotivo pues lo cierto es que me libraba de la tristeza de soportar a un padre alcoholizado y plasta, y de las comidillas de los compañeros y de las miradas de pena de los adultos que estaban al tanto de mi problemática. El cadáver de papá fue misteriosamente trasladado a su tierra y enterrado o incinerado y sus cenizas, tal vez, esparcidas por las aguas del atlántico o del mediterráneo, quién sabe, y nadie nos avisó a mi o a mi madre o a mi tía o a nadie de la familia, de tal manera que aún desconozco donde reposan sus restos o si estos reposan en paz.

El coche de mi padre, un Ford Fiesta metalizado y con múltiples abolladuras en su carrocería, permaneció aparcado en una calle cercana a la mía durante meses y cada vez que pasaba por allí me asomaba a su interior y posaba las yemas de mis dedos en la ventana y me preguntaba si allí dentro seguía encerrado aquel aire saturado de humo o si su aliento todavía seguía contenido en aquel coche y también si todas las palabras que en algunos viajes me había dicho todavía revoloteaban por allí sin oídos distraídos que las acogieran. El coche finalmente desapareció envuelto en el mismo misterio en el que desapareció él mismo –papá- o su cuerpo inerte, tal vez se los había llevado la grúa municipal, a ambos. Todavía podría ir a allí, a la calle donde estaba el coche aparcado –que han peatonalizado quizás en honor de papá-, y señalar aquel sitio exacto con el dedo.

martes, octubre 17, 2006

Manzana

¿Recuerdas que amabas los manzanos y lo habías olvidado? Y yo bajaba la vereda con la fruta entre las manos, brillante, verde y soleada. Madre, enséñame qué cosas son las buenas. Y por allí caía el valle y en él los prados de los bueyes y el abuelo, que se parecían tanto. Y abajo la casa oscura de la vieja tía Práxedes que no moría nunca y olía a antiguo y a tierra y a humedad y no tenía ni luz ni agua corriente y parecía de otro mundo. Su rostro lo surcaba un dédalo de líneas subcutáneas. Hijo, las cosas buenas de la vida serán las que tu quieras que lo sean. Solo tienes que cogerlas con las manos y morderlas.

lunes, octubre 09, 2006

Plan de fomento de la lectura

Fue estupendo descubrir que los cuatro tipos que ocupábamos los asientos de ese flamante vagón de la recién estrenada línea tres de metro teníamos buen gusto literario o que teníamos, al menos, gusto literario fuera como fuese. El más molón sin duda un grueso volumen en edición inglesa e ilustrada de Alice in wonderland de Lewis Carrol, aunque tampoco se quedaba a la zaga la más modesta edición de bolsillo de La espuma de los días de Boris Vian que sujetaba entre sus escuálidas manos el tipo sentado al lado del primero. Por lo demás enfrente de mí un calvo cercano a los cuarenta se ocupaba en algo de Mario Vargas Llosa mientras yo, cuarto y último, aparte de registrar todo esto, trataba de no perder el hilo de un Antonio Muñoz Molina corto y divertido que me ha dejado Ana. La quinta en discordia no completaba el póker sino que era una mujer bien madurita y sin libro, sentada entre Boris Vian y Vargas Llosa, que me escudriñaba ávidamente tras sus pequeñas gafas de sol de lente redonda manteniendo una postura digna y erguida; yo sentía como sus ojos leían en mí como si mi cuerpo fuera un libro o un poema y estuviera recubierto de palabras aquí y allá, en las manos, en el pelo, en el pecho, en las mejillas, y cada vez que yo interceptaba su mirada con la mía ella movía rápidamente sus ojos huidizos para enfocar hierática al frente, tratando de disimular su lascivia menopáusica, hasta que de nuevo me sumía en la lectura para después de un rato levantar instintivamente la cabeza y encontrar otra vez a la mujer observándome y disimulando. Me pregunté qué pensarían sus hijos, probablemente de mi edad, de aquello y me pregunté también si dado el caso me llamarían Txe o simplemente papá, e iríamos juntos de copas, e imagine vívidamente su cuerpo pálido y enjuto, y su ropa ocre y anodina tirada por el suelo y sus gafas y sus joyas esperando sobre la mesita de noche. Y sentí desagrado y repulsión por aquella mujer que nada leía en un vagón tan literario y que solo simulaba mirar al frente distraída, pero después, perdido entre las líneas de mi libro, experimenté cierta pena y nostalgia adelantada, pues seguramente a esas alturas se echan de menos el ángulo de erección y la algarabía de la juventud desenfrenada.

miércoles, octubre 04, 2006

Otoño, Madrid

Temo a este otoño como los cazadores temen a los osos cavernarios, como temen los niños listos los rostros de las muñecas de porcelana, como temen las beatas enlutadas los poderes luciferinos, como quien teme a la enfermedad y a la muerte. El otoño viene cortando cabezas y estoy muy asustado.

Yo amaba las flores y las danzas del estío.

No es que me entristezcan las grietas grises del asfalto ni los paseos encorvados de los ancianos de este barrio. No es que vea a los niños jugando delante de mi portal con balones y bicicletas ajenos a esta tragedia y piense, ilusos, no siempre es así. No es que Perséfone regrese a su rapto infernal y a su paso el mundo muera y languidezca de nuevo y las hojas se caigan y los cielos se nublen de plomo. No es solo que quejarme en Octubre me parezca estéticamente perfecto y que tu garganta supure pus y tu cuerpo aterciopelado tiemble lejos en la sierra y tengas frío. Es todo esto junto, revuelto, y mucho más.

jueves, septiembre 28, 2006

Y entonces la habitación se tornó en caverna y el silencio ocupó el espacio como una gelatina blanda y espesa, y era difícil para las cosas moverse, y se difuminaban las formas, y la vida y todas las cosas que ella contiene parecían tontas, inútiles y sin sentido y no lograban abrirse paso. La garganta seca.

Tú desnuda y tu cuerpo crepitando como los tambores de una tribu de indígenas con piel de ébano perdida en las selvas del África central tocando rituales de muerte. Imagino tu cuerpo pintado con pintura roja adornado con collares y colmillos de animales salvajes y conchas recogidas en la orilla de las playas de agua cristalina donde sopla un viento de sal. Imagino a una pantera morado oscuro agazapada en la espesura preparada para dar un salto y las garras esperando a desgarrar la carne y recibir la sangre. E imagino unos dioses paganos iracundos condenándonos con su dedo acusador y sus dientes amarillos y el hedor y su furia desatada mostrándonos un infierno de humo y sudor.

El atardecer nos cubre como la piel de un oso y se prepara una batalla. Las palabras se alejan como aves migratorias tomando la ruta errónea. Los soldados se arrastran por pasadizos subterráneos con el pecho desnudo.

Y después, el desprecio.

martes, septiembre 26, 2006

El sol

Y la madre de mi amigo cada vez se muere más deprisa. A veces la muerte llega en días soleados como éste. Y mi amigo se asoma por la puerta de mi habitación con los ojos húmedos y dice que se va. Y me pide algo de dinero para el autobús. Yo le doy un puñado de billetes que rebusco en mi cartera. Con esto servirá, dice. Gracias. Y su voz suena temblorosa. Cruzará media España en autobús. Viendo como el sol se hunde cada vez más en el oeste. Ocho horas para pensar. Una parada en un área de servicio. Tres peajes. Las metástasis pueden ser más rápidas que las autopistas. Y mientras la mente se mantiene lúcida el desastre va creciendo dentro de ti. Célula a célula. Segundo a segundo. Invadiéndolo todo. En silencio. La vida es una carrera hacia un abismo. Algunos corren mucho más rápido. Y a veces las velas se apagan de repente. Una ráfaga de viento. La verdad es que hoy hace un día estupendo y todo parece florecer. Las hojas verdes de los árboles mecidas por el viento. Susurrando. El aire cálido. El suave bullicio en las calles. Las terrazas. Pero yo solo deseo beber cerveza y fumar toda la tarde. Tendido en la cama. Bajar la persiana hasta la mitad. Penumbra. Fregar los platos, tal vez. Hasta que anochezca. Y el mundo ya no parezca un lugar tan hipócrita. Ni tan tristemente irónico.

jueves, septiembre 21, 2006

Acoso

Había una chica en el colegio que se llamaba Lucía Villa Torres. Tenía los ojos verdes y grandes. Verde esmeralda. Tenía el pelo negro azabache. Tenía la nariz un poco aguileña. Pero no tenía amigos. Lucía era la hija de una de las cocineras. Aquellas mujeres de aspecto proletario que trabajaban en la gran cocina industrial del colegio. El menú era bastante irregular. Las lentejas estaban buenas. Y la tortilla de patata. Había un plato de pasta con nata que los alumnos habíamos apodado como Puta Mierda Blanca. Y aún así nos encantaba. Luego había otros platos asquerosos. Todos ellos eran preparados por aquellas mujeres maduras vestidas de rosa en las ollas gigantescas de la cocina. Que tenía los techos altísimos. Y en cuyo suelo de baldosas amarillentas era fácil resbalar. Porque estaba siempre húmedo.

Recuerdo a Lucía de niña corriendo detrás de nosotros. Lucía tiene la peste. Si te toca Lucía te pega la peste. Corríamos en desbandada como si aquello fuera un encierro y ella fuera la bestia. Era extraño ver como Lucía conservaba la sonrisa cuando nos perseguía. Portando la peste que alguien le había diagnosticado.

Lucía era una pringada. Cuando yo ingresé en el colegio, a los cinco años, Lucía ya llevaba dos años allí. Y ya era una pringada. Así, tan joven. No sé quién decidió aquello. O si Lucía había nacido ya con esa condición. El caso es que la realidad era esa.

Recuerdo a Lucía cuando teníamos diez años. Acurrucada sola debajo de un árbol durante los recreos. Ensartando pequeñas margaritas en un palo. Como si fuera un pincho moruno de flores. Recuerdo a Lucía jugando sola con los bichos que cazaba. Las arañas. Los bichos bola. Sentada al borde de la calzada. A los trece. Recuerdo a Lucía paseando sola por el colegio a media mañana. Y ya éramos adolescentes. Y la veíamos pasar sentados en los bancos. Recuerdo a Lucía quedándose sola en la clase durante los ratos libres. Sentada en su pupitre. Garabateando en papelitos. En la penumbra. Murmurando. En el silencio.

Algunas veces me tocó sentarme al lado de Lucía durante algunas clases. Lucía parecía una chica normal. Tenía un estuche de tela cilíndrico repleto de rotuladores de colores. Y fluorescentes. Cuando escribía –con la zurda- se mordía suavemente la lengua con el lado izquierdo de la mandíbula. A veces se volvía hacia mí y me dirigía la palabra. Y era sonriente. Y tenía algo en los ojos que parecía esperanza. Verde esmeralda. Y yo siempre la trataba cordialmente. Porque no veía motivo para todo aquello. Y nunca llegué a entender cual era el problema con Lucía.

Los profesores tampoco lo entendían. Durante los quince años que fue marginada sistemáticamente por, no solo un pequeño grupo de personas, sino por toda una clase, por todo un curso, por todo un colegio con cientos de alumnos, ellos trataron de encontrar soluciones. Le hacían irse de clase con cualquier excusa. Lucía vete a por los bocadillos. Lucía vete a por folios a secretaría. Y cuando Lucía se iba los profesores nos preguntaban qué ocurría. Cual era el problema con Lucía. Esta escena se repitió demasiadas veces durante toda nuestra vida escolar. Una vez un profesor nos hizo escribir a cada uno en un papel nuestra opinión al respecto. Luego se leyeron uno a uno. La mayoría escribió que no sabía lo que pasaba. Algunos pusieron que Lucía era una marginada. Que Lucía no hacía nada por tener amigos. Que Lucía era un bicho raro. Entonces ya teníamos diecisiete años. Y todo era mentira. Y Lucía lloraba cuando la ponían al corriente de aquellas reuniones.

Algunos dicen: los niños son así. Los niños son crueles. Es normal. En mis tiempos también pasaba. No. Lo que hicimos con Lucía fue un crimen. Algunos fueron criminales activos. Otros solo colaboramos con nuestra complicidad muda. Para que se haga el mal solo hace falta la indiferencia de la gente de bien, dicen. Lucía fue ignoraba por el mundo durante quince años ante nuestros ojos. Ocho horas al día inmersa en la más absoluta soledad. Hablando entre dientes. Contándose historias en las que todo iba mejor. Después de esto, cuando el colegio acabo y la vida continuó su curso Lucía Villa Torres fue vista regularmente por la ciudad. Con botas altas. Con minifalda. Y mucho maquillaje en la cara. Montada en las motos de tipos de aspecto peligroso. Parecía una mujer dura. Daba la impresión de que había olvidado todo aquello. Pero estoy seguro de que aún dolía la enorme herida que le habíamos inflingido. Y ya no había remedio. Pues la niñez había pasado por entre nuestros dedos. Como el viento del otoño.

martes, septiembre 19, 2006

Pasen y crean

Veo los solemnes actos conmemorativos de los atentados del 11S por televisión y pienso que hay infinitas violencias en este mundo, pero sobre todo dos violencias. Una es su violencia injusta y salvaje; incrustar dos aviones comerciales contra las torres más representativas de nuestro Imperio, o hacerse estallar en una discoteca de Tel Aviv repleta de gente, personas como nosotros, con los mismos peinados y las mismas ropas, con los mismos gustos y los mismos ídolos, con la piel del color de nuestra piel. La otra es nuestra violencia redentora, preventiva e inmaculada –porque Dios está de nuestra parte y en él confiamos-, bombardear países en la otra esquina del mundo cuyos nombres no conocíamos anteriormente y que la CNN nos presenta como lugares áridos y agrestes poblados por hombres barbudos y coléricos portando kalashnikovs de frío acero negro clamando venganza por sus muertos, que suelen llevar en lo alto de sus brazos por las calles. Sus muertos no tienen nombre ni cara, se contabilizan por numero: x muertos hoy en Irak, x muertos en los bombardeos al Líbano. En cambio nuestros muertos de piel clara tienen nombre y tienen rostro: el otro día, en los actos conmemorativos, se enunciaron todos sus nombres, varios miles y se pueden consultar en los monumentos a los caídos.

Cada vez que veo a alguien declarar en televisión que el Islam es una religión de paz no puedo hacer menos que reír o indignarme. Todas las religiones están hechas para la guerra, Jesucristo dijo venir con la espada y no con la palabra, la misma espada que Mahoma deseaba utilizar para extender sus doctrinas. Hay cientos de suras en el Corán que predican la guerra santa. El problema de las religiones del Libro es que las escrituras siempre se pueden interpretar como uno desee haciendo la correcta selección de citas. Son libros tan polivalentes que a veces llego a creer que fueron realmente dictados por una voz divina. Cualquier cosa puede ser justificada en virud a estos textos, cualquier creencia, por absurda que sea, puede ser respaldada por la Biblia, el Corán o el Talmud, pues son textos mil veces contradictorios y si aquí dice haz el amor, allí dice haz la guerra, y si aquí dice practica el Talión, allí dice pon la otra mejilla.

La religión sirve, fundamentalmente, para mortificar al cuerpo, confundir a la mente, castrar al espíritu y anular a la persona. Ahora las religiones, al menos aquí donde vivimos, son algo anecdótico –aunque nuestra cultura está profundamente traspasada por el judeocristianismo y aun siendo ateos no podamos huir de ciertas concepciones o costumbres que han ido calando hondo en el inconsciente colectivo durante siglos-, pero hubo un tiempo en que suponían un código de conducta total que impregnaba completamente la vida de los hombres: desde la vestimenta hasta la alimentación, la vida sexual o familiar, cualquier acto o pensamiento, a veces los textos sagrados indicaban incluso con qué mano debía el fiel limpiarse el culo.

Pero a lo que iba: la religión católica es la religión propia del mundo dominado pues donde hay ira ella predica templanza, y son bienaventurados los pobres y los que sufren, y los últimos serán los primeros y habrá justicia algún día, el día del Juicio Final, y Dios pondrá a cada cual en su lugar y en el Reino de los Cielos se cambiarán las tornas y todo cobrará sentido. El cristianismo es un proyecto para la muerte, para la vida después de la muerte, es decir, es un proyecto para la nada, una mentira. Pero resulta muy fácil dominar a las masas católicas pues les hemos hecho creer que algún día llegará la justicia. Lo mismo ocurre con las leyes kármicas de las filosofías orientales: el sufrimiento aquí y ahora es una deuda que tenemos de vidas anteriores y que hemos de pagar para seguir progresando en la rueda de reencarnaciones. Estas dos filosofías de resignación y mansedumbre fueron las que permitieron a Occidente, es decir, Estados Unidos, explotar sistemáticamente América Latina, Oriente y el resto del mundo sin problemas, excepto, claro está, los países islámicos que para nada entienden de bajar la cabeza y aceptar la dominación sino todo lo contrario, lo que a todas luces parece una postura mucho más digna, aún con todas sus infinitas miserias.

Por lo demás, yo no me declaro ateo sino más bien antiteo, es decir, no es que no crea en Dios, ni no que estoy en contra de la idea de Dios.

martes, septiembre 12, 2006

Aterrizaje

Y te quitas toda la ropa. Y te duermes tendida sobre la sábana verde. Yo me siento en la silla y al otro lado de la ventana se ve la noche. Poblada de luces de edificios lejanos. Y grúas. Y finas chimeneas. Y algunas estrellas. Que me hacen sentir el vértigo de las distancias intergalácticas. Y del vacío. Mientras todo lo demás es silencio. Así que fumo. Y el humo se dispersa lento -muy lento- por la estancia, atravesado por la luz amarilla de la lámpara vieja. Está aquí el aire en calma. Y tu cuerpo se hincha y se deshincha al ritmo suave de tu respiración. Y emites sonidos imperceptibles mientras tratas de lidiar en sueños con un exceso de alcohol. Y pienso, ¿sabes?, no tenemos por qué odiarnos. Y después pienso, no debemos tener miedo. El miedo nos paraliza y no nos deja ver. Nos nubla la vista y pronto la niebla alrededor nos hace creer que estamos solos y en peligro. Pero ahí está la superficie de tu espalda indicando el camino. Como una pista de aterrizaje iluminada. Y tus hombros poligonales. Y tus piernas que no se acaban. Cuando te desnudas el mundo toma la forma y el tamaño de tu cuerpo. Y ya no hay nada más. Y nada importa. Ni el vacío, ni el silencio, ni las distancias intergalácticas. Y me levanto de la silla y corro hacia ti. Como quien corre a refugiarse al calor de la lumbre de un hogar perdido en la tormenta.

jueves, septiembre 07, 2006

Música, por favor

Cómo definir esa sensación que me embarga cuando veo a esos triunfitos que sacan un disco de folk acompañados de una austera guitarra acústica y declaran que han grabado su trabajo más personal, que se han apartado del circo mediático y que han sabido digerir una experiencia televisiva de masas; o las camisetas estampadas y ceñidas que le ponían a Bisbal o a Busta cuando eran aún unos cachorros de la academia; esa horrible sensación que me provocan los famosos del corazón cuando recitan las virtudes de Alejandro Sanz, sin duda lo más de la música española, un verdadero genio, me encanta el Corazón Partío –y lo tatarean-; o el libro de sonetos de Sabina, o la gente que piensa que mola que te mole Sabina porque es un maldito y tiene unas letras preciosas y dice la palabra cocaína –¡oh!- y hasta se la metía –la droga, no la palabra-, pero ahora ya no porque ya no sale de noche y está reformado y blande un cigarro de plástico y visita a Sánchez Dragó; o los Estopa que son tan campechanos y que trabajaban en una fábrica en Cornellá y escuchaban jevi -vamos que son como tú y como yo, gente normal, aunque yo nunca he trabajado en una fábrica en Cornellá ni he escuchado jevi-; o el guitarrista de Amaral dejando bien clarito que Amaral son los dos, son el grupo, no solo ella sino él también, que es un gran compositor –pero ella está más buena-; o las caras que pone el cantante del Canto del Loco como si fuera un demente –que siempre queda muy punk y ellos quieren pasar por punks cañeros y escriben letras de contenido social como Zapatillas, que habla de la injusticia que supone que no te dejen entrar en la disco por tu calzado- y que le copió a aquellos Green Day de mediados de los noventa; o esos que se llaman Pignoise y que también van de punks pero son del barrio de Salamanca o algo así y jugaban en el Real Madrid y en el Rayo hasta que se lesionaron y se hicieron punk rockers –unas lesiones aciagas para la historia de la música, con lo bien que le daban patadas al esférico- y que ni siquiera se hacen bien las crestas; o los chicos de Pereza que aseguran ser muy roqueros pero luego se van de gira con los Hombres G y gente similar; o Andrés Calamaro declarando que cuando las Fuerzas de Seguridad del Estado interceptan un barco lleno de farlopa es una tragedia –tampoco seré yo el que lo niegue-, en fin, ese asquito que me produce el que la gente crea que Paulina Rubio sabe cantar cuando oyendo su voz se nota a la legua que es más propia de un rudo marinero tatuado o de un estibador que de la damisela supersexy que pretende ser,

Ups, al final se me olvidó hablar de música.

Vaya.

sábado, septiembre 02, 2006

De vuelta


Y regreso a Madrid después de casi dos meses inmerso en la desidia natural que sufro en Oviedo y todo sigue igual en casa, tal vez todo un poco más desordenado, y veo a Isaac que lleva todo el verano de rodríguez machaca, repartido entre dos curros y encerrado en casa como un Robinson Crusoe cañí y recibo la visita de Txavi que anda de tour por la piel de toro, y me llena de satisfacción ver un relato mío publicado en la revista Fábula ilustrado con unas fotos que no se de dónde han salido, y por fin me concentro en estudiar –ando ahora entre transistores y amplis y filtros y chips- y coincide todo esto con la última ola de calor del verano así que mantenemos las puertas del balcón abiertas y es como estar en la calle o en una terraza y ahí enfrente sigue el barrio de las Delicias y todos esos árboles que pronto amarillearan y después se quedarán desnudos, y casi sin darnos cuenta habrá llegado el invierno sórdido y cruel y tendremos que encender esa estufa de butano que da tanto miedo pero que calienta que es un primor. Pero por el momento disfrutemos del aquí y ahora, hic et nunc, carpe diem y todos esos latinajos, y olvidémonos de la estufa, pues no disfrutar porque vamos a sufrir es como suicidarse porque vamos a morir. Vamos, digo yo.


En la imagen el Autor sobre fondo rojo, divertido y orgulloso, de vuelta en su domicilio madrileño.

miércoles, agosto 30, 2006

Un truco

¿Cuándo sabes que tu hermana tiene la regla?

Cuando la polla de tu padre sabe a sangre.

domingo, agosto 27, 2006

Así

- Voy a un entierro, que ha muerto Pipi.
- ¿Pipi? ¿El de El Tizón?
- Sí, ese. Ha muerto. Me ha llamado Delia ahora para decirmelo, así que me voy al funeral, ahí, en San Juan.
- Bueno.
- ¿Y de qué habrá muerto?
- Pues supongo que de un infarto o algo así. Todo el día en los bares...
- Claro, todo el día bebiendo, bebiendo y bebiendo...
- Sí.
- Ay, no somos nada. Todavía estuvo la otra tarde ahí contándome chistes.
- Ya.
- Bueno, ¿qué quieres para comer? ¿Patatas fritas, huevos y carne?
- Vale.
- Pues tienes que ir pelando las patatas.

miércoles, agosto 23, 2006

Hermana

Recuerdo que era verano y la hierba era verde a la orilla del lago, y recuerdo tu cuerpo adentrándose en el agua hasta las rodillas y después deteniéndose un instante -estaba fría el agua-, agachándose para derramar un poco de agua sobre el vientre y tras la nuca, para tomar la temperatura, decidiéndose finalmente a zambullirse de cabeza, las manos juntas por delante y todo tu cuerpo sumergiéndose como un cuchillo caliente en la mantequilla, lo último los pies hundiéndose juntos y estirados, lo último que podía verse a este lado, y después de unos segundos tu cabecita de nuevo rompiendo la superficie plateada y emergiendo unos metros más allá y tus dos manos apartándote el pelo mojado de la cara y juntándolo detrás la cabeza a modo de coleta, quitándote el agua de los ojos. Recuerdo que no había ni una sola nube y recuerdo que nadabas de un lado para otro y nos saludabas a cada rato desde allí, haciendo señas con la mano, venid, el agua está riquísima, venid a nadar, pero nosotros -nuestros primos y yo- permanecíamos callados e inmóviles pues cuando tú nadabas ya no se hablaba de fútbol o de coches o de rifles o de caza, simplemente se miraba, con las bocas quietas y poco abiertas, arrancando nerviosamente algunas briznas de hierba con la mano, tratando de contener secretamente la revuelta que ocurría en la entrepierna. Lo mejor, recuerdo, era cuando ya te cansabas de nadar y decidías salir del agua, entonces caminabas con cuidado, titubeante, para no hacerte daño en los pies con las piedras de la orilla y tu cuerpo floreciente -¿cuantos? ¿doce? ¿trece años?- reaparecía poco a poco, paso a paso, cubierto de una fina pátina de agua que reflejaba la luz del sol haciendo más evidentes las superficies curvas de tu vientre y tus caderas o las cavidades cóncavas detrás de tus clavículas o tus pequeños pechos desnudos y había magia en aquello, hasta que llegaba mamá dando voces y nos sacaba del ensueño y se acababa el espectáculo en el que estábamos inmersos, como hechizados, pues a ella no le parecía nada bien que fueses mostrando así tus recién recibidos encantos, tus pezones duros por el frío, bañándote casi desnuda a tu edad -¿cuantos? ¿trece? ¿quince años?, al fin y al cabo su pequeña hija-, delante de mí y de todos nuestros primos sobretodo, porque mamá, desde luego, no era tonta, y sabía lo que había y lo que discurría por dentro de nuestras cabecitas.

jueves, agosto 17, 2006

Lo porno

Al final lo hicimos por nuestra cuenta, a nuestra manera, sin la ayuda de nadie, aunque mamá fuese progre, comprensiva y open-minded, y supiera pronunciar la equis en la palabra sexo -no como los curas que decían seso sin caer en la cuenta que eso era otra cosa, porque tal vez careciesen de tal cosa o la tuviesen pero no supìeran utilizarla-, y nos regalase la primera caja de preservativos -mamá- por si nos daba verguenza pedirselos al farmaceútico, y quisiera hablar de eso, de esa cosa extraña y ajena; aún así preferíamos conocer las cosas por libre, a nuestro ritmo, intercambiando informaciones secretas con nuestros iguales, aquellos descubrimientos que se propagaban de boca en boca por las esquinas más oscuras del colegio; y sobretodo la pornografía, nuestra gran maestra, recuerdo las primeras películas porno a las que accedimos, aquella en la que unos vaqueros enseñaban a montar a unas jóvenes en un rancho perdido en medio del oeste -y al final eran ellas las montadas- o aquella de un lechero que repartía cada mañana botellas de leche por las casas de un apacible vecindario y en cada chalet abría la puerta una mujer rubia que acababa de despedir a su marido que se iba al trabajo y no dudaba en arrodillarse ante el lechero y practicarle una felación allí mismo y en aquel preciso momento, en el porche de casa, ante la continúa sorpresa del repartidor que seguía asombrado aún cuando le ocurría lo mismo en todas las puertas y todos los días. Aprendimos de la mano de santas mujeres como Tracy Lords, Jenna Jameson -inolvidable Jenna-, Asia Carrera o Silvia Saint, mujeres vilipendiadas como guarras o como putas o inmorales, meros objetos de carne, cuando la realidad es que hicieron una labor social con nosotros que la sociedad -nuestra sociedad- desatendió, pues por entonces no había programas de buen rollo como ahora, ni era algo cool hablar de sexo en la tele, solo estaba la Dr. Ochoa que tenía un peinado de monja conversa y un traje de chaqueta que muy poca confianza o complicidad inspiraba, y aquel programa tan serio que ninguno de nosotros entendíamos, pues ya intuíamos por entonces que el sexo era una cosa que tenía más que ver con grandes pollas de plástico coloreado, condones de sabor tropical y pastillas afrodisíacas que con hombres trajeados debatiendo en aquel plató de color marrón mierda que tantos quebraderos de cabeza le trajo a Alianza Popular y a los obispos. Recuerdo la primera penetración anal que ví en un video de apenas veinte segundos, aquella hermosa mujer de cuerpo terso colocada a cuatro patas mientras un hombre con un poco de panza se la metía por el culo en una especie de puente de madera o algo parecido rodeado de un césped verde y perfecto, y la expresión inidentificable -¿qué era, era placer o era dolor o eran ambas cosas ala vez?¿qué significaban aquellos gemidos confusos?- en el rostro de aquella mujer de melena rizosa y avellana, y descubrir que había otras formas de sexualidad menos evidentes pero igual de interesantes, y la silueta de ambos, aquella perversa figura, recortada contra un cielo azul donde no había ni una sola nube que estropeara el lirismo de la escena y entonces me pregunté cómo lo hacían antaño cuando no había fotografía, ni cine, ni video y por tanto no había pornografía -tal vez solo en los versos picantes de algunos juglares y trobadores-, cómo hacían para aprender cosas nuevas, nuevas posturas, otros juegos, en la antiguedad clásica o en la Edad Media, tal vez solo practicaban el misionero o follaban a cuatro patas en los establos imitando a los caballos o a los cerdos o a los perros o a cualquier otro cuadrúpedo que hubiese en sus sucias granjas o en sus establos pues ellos no habían tenido tan buenas maestras, ni tan perversas, ni tan lascivas, ni tan hermosas y sacrificadas como nosotros, gracias.

miércoles, agosto 16, 2006

Procusto el estirador

Estaría bien que ustedes conocieran la historia de Procusto, aquel posadero del Ática obsesionado por la uniformidad en cuya posada, a la afueras de Eleusis, había una cama -el lecho de Procusto- en la que tendía a sus huéspedes o mejor, a sus vícitmas, y en la que les cortaba las extremidades si no cabían en la cama o les estiraba, con unos mecanismos diseñados a tal efecto, si eran más pequeños que las dimensiones del artefacto. La cama estaba encantada de tal forma que nunca nadie cabía exactamente, por arte de magia.

Y no es que haya locos o enanos o miopes, solo barras demasiado altas y carteles demasiado lejanos o escritos con letras demasiado pequeñas. O ideas -o voces susurrantes en el oido-demasiado geniales para ser entendidas y valoradas por el común de los mortales.

Finalmente se hizo justicia y Procusto recibió su merecido cuando el héroe Teseo, que venció al Minotauro en el laberinto de Dédalo, le tendió sobre su cama y le ajustó a su medida cercenándole los pies y la cabeza. Y por fin en los caminos del Ática se toleró la diferencia.

jueves, agosto 10, 2006

Queremos tanto a Julio

Encontré anoche mi primer volumen de relatos de Cortázar, que compré hace ya más de ocho años en aquella pequeña librería universitaria que hacía esquina enfrente de la Facultad y que estaba liquidando todo su material a bajo precio pues por entonces ya todos fotocopiábamos los libros de texto o los consultábamos gratuitamente en la biblioteca; y entre todo aquello que se vendía había algunos libros de la colección de bolsillo de Alianza -la antigua que tenía las tapas color sepia y que en aquel tiempo estaban cambiando por una nueva con un diseño distinto, más moderno, con las tapas en color- y entre aquellos libros hallé el tercer tomo de los cuentos completos, titulado Pasajes, que no dudé en llevarme por solo setecientas cincuenta pesetas de las de entonces -todavía se lee en la primera página, escrito a lápiz y con trazo distraído, 750-; recuerdo cómo me llenaba de satisfacción observar la cara de Julio impresa en la portada en blanco y negro, sus grandes dedos sujetando un purito encendido que acababa en sus labios, los ojos separados y las cejas juntas, su eterna barba, ese hermoso rostro compuesto por rasgos feos, el enorme cronopio, y cómo mientras esperaba a Marta Espeso sentado en la puerta de la facultad -su abrigo de piel con pelo, su pelo largo y rubio asomando bajo un gorro de lana verde- leí el primer relato del libro -también el primero que el escritor público: "Casa Tomada"- forzando la vista, iluminado únicamente por la luz una farola que lo teñía todo de naraja -pues, aunque era temprano también era invierno y anochecía pronto y hacía frío-, y cómo me sorprendió aquel relato y no pude dejar de preguntarme durante días quién había tomado aquella casa del cuento y por qué los ocupantes originarios no habían hecho nada por remediarlo y simplemente se habían ido y tirado la llave a una alcantarilla para que ningún pobre diablo pudiera entrar a robar.

martes, agosto 08, 2006

Desidia

Digamos crisis, bajón, desidia, podría decirse sequía creativa, mente en blanco, aburrimiento, yo qué se, todo eso, apatía, el caso es que el carrusel me ha vuelto ha dejar posado suavemente -como una pluma que se le cae a un pájaro- en este estado, habitual por estas fechas, que bautizo como de actividad difusa y que suele invadirme -o inundarme, más bien- en las temporadas vacacionales que paso en Oviedo en casa con mamá. Llega suavemente, casi sin avisar y se instala en mi como un tumor oculto, consiste fundamentalmente en un no parar de hacer nada, un absurdo frenesí, pasarse el día de la cama al ordenador y del baño a la cocina: leer el correo, comer un poco de queso, fumar un cigarro y escribir un párrafo, sentirme triste unos minutos y echarme de nuevo en la cama, leer solo unas páginas, cambiar el disco, tratar de estudiar, no poder hacerlo, decir hola a mamá, dar un paseo, volver a casa, llamar a un amigo, echarme en la cama, finalmente no hacer nada de lo que debía. Cosas bien sencillas. Lavar la ropa. Aprenderme unas fórmulas. Visitar a mi tía. Cosas que no hago. De esto te das cuenta cuando, como ahora, te cubre la noche.

El motivo de mi indisciplina congénita es la ausencia de figura paterna. Mi padre murió hace unos 12 años, aún así ni siquiera en mi primera infancia ejerció como tal. Odio a esa gente que vilipendia a Freud a la primera de cambio porque todo lo basa en el sexo o por decir que todos queremos matar a nuestro padre y follarnos a nuestra madre, vaya guarro, o porque de niño lo violaba su padre o porque era impotente y cocainómano. Miren, dejénme de zarandajas, que a veces parece que aún vivimos en laViena de principios de siglo. El complejo de Edipo es algo más que el deseo que fornicar con mamá -deseo algo absurdo, por otra parte-, sino un proceso que todos pasamos con mayor o menor gloria -de ahí sus neurosis-, y que se basa en la contraposición entre el amor de madre -incondicional, incluso cuando eres un asesino en serie- y el amor paternal que el padre solo da cuando el hijo cumple con las expectativas. Esta especie de chantaje emocional se hace necesario para que la persona acepte las normas que le impone la sociedad y que son transmitidas por el progenitor. El niño sale de la esfera materna -del útero- donde todo es cuidado, consentimiento y mimo, y por medio del padre entra en el medio social, donde hay que doblegarse, olvidar los placeres y joderse con lo que haya. Es el principio de placer contra el principio de realidad. Este paso de un lado al otro, esta salida del cálido vientre de mamá, esta horrible travesía, es lo que se representa en la Biblia y en otros mitos religiosos como la caída de un paraíso donde los hombres eran felices -y comían perdices- a un mundo cruel y hostil donde hemos de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente y nadie viene a calmarnos cuando lloramos. El mundo que tenemos. Una de las enseñanzas paternas es, por tanto, la disciplina. Y es, precisamente, una de las cosas que a mi me faltan. Los que critican a Herr Doktor por las terrazas sin ni siquiera haber abierto uno de sus libros sufren tal indigencia mental que apenas pueden comprender una pueril metáfora. Por lo demás yo soy un hombre de ideas fantásticas, tan fabulosas que raramente las llevo a cabo. La última postura vital que he tomado -hace apenas dos días- es la abstemia en días laborables, que llevaba unos cuantos meses sin perdonar un solo día y comienzo a temer por mí hígado y él por mí. Aunque una clara es un refresco. Y unas cuantas también.

jueves, agosto 03, 2006

Dilema

Dicen que dos viejos amigos pasaron una larga temporada sin verse. Por casualidad, sin motivo aparente. Simplemente porque la vida a veces nos tira hacia lados distintos. Dicen que en ese tiempo ambos amigos se acostaron, en diferentes momentos, con la misma chica.

Dicen que ocurrió en Salamanca. Y dicen que ella era una joven estudiante de piel nívea, hermoso rostro y lacia melena castaña. Famosa por su belleza. Pero dicen también que lo que más asombraba de ella era su forma de caminar, una forma no vista antes: aquella cadencia, aquel bamboleo de las caderas, aquella forma de colocar un pie delante del otro. Unos andares que no eran de este mundo.

Dicen que un día los dos viejos amigos se reencontraron para ponerse al día, para contarse todo lo que les había sucedido durante aquel tiempo en el que no podían haberse visto. La sorpresa fue grande cuando descubrieron la coincidencia. Cuando descubrieron que ambos habían explorado el mismo cuerpo y las misma cama con solo unos días de diferencia. Entonces se tendió entre ellos una mirada de complicidad. Porque ambos, llegados al catre de la joven, recién salidos de los vericuetos de la noche y con la cabeza aún dando tóxicas vueltas se encontraron con la misma sorpresa al arrebatarle a la joven -entre jadeos y mordiscos- los pantalones vaqueros que tan sinuosa silueta le hacían: dentro de aquellos pantalones faltaba una parte del cuerpo de la chica: una pierna, de la ingle para abajo, es decir, de la ingle al infinito, que había sido diestramente sustituida por una prótesis de plástico casi perfecta. Llegados a este punto la coja recién descubierta les hizo, con toda naturalidad, la misma pregunta a ambos:

- ¿Prefieres que me la quite o que me la deje puesta?

Uno de ellos juzgó novedoso el probar el sexo con una minusválida hasta las últimas consecuencias y le pidió a la joven que se quitara la pierna ortopédica, cosa a la que accedió gustosamente. Y en verdad fue excitante -y también más cómodo para la cópula, digamos, de más fácil acceso- aquella nueva forma de hacerlo. El otro, en cambio, optó por no continuar, afectado por el shock, pensando -absurdamente- que aquello era un abuso, y dejando a la pobre joven fría, insatisfecha, decepcionada y un poquito más lisiada.

miércoles, agosto 02, 2006

Posesión

Ocurre a veces. Después de haber poseído un cuerpo un puñado de veces -si es que eso es posible, poseer algo, y menos aún que un cuerpo posea a otro cuerpo cuando difícilmente poseemos el nuestro -nuestro propio cuerpo-, que tose, que estornuda, que pasa frío, se resfría y enferma, que suda, se excita y se pone erecto, que entristece y que se tumora y finalmente muere y con él morimos nosotros sin tener control sobre nada de lo que acontece-, ocurre que entendemos equivocadamente que nos pertenece -ese cuerpo ajeno- para siempre y en exclusiva, cuando nada pertenece a nadie -la posesión es una forma errónea de entendimiento pues las cosas más bien fluyen y cambian y son incontrolables, inabarcables entre nuestros tristes y mínimos brazos que apenas sirven para agarrar el aire, pues el primero que puso cerco a una tierra y dijo: esta tierra es mía, fue el fundador de una sociedad injusta y asesina- y nuestra imaginación retorcida nos retuerce con imágenes de ese cuerpo supuestamente poseído cubierto por otro cuerpo, compartiendo un calor que no es el nuestro, otra voz que acaricia su oido y no es nuestra voz, no la que sale de nuestras bocas sino otra, otra boca desconocida que se pierde en su cuello desde la oreja hasta la clavícula, y otras manos que lo tocan minuciosamente en toda su geografía y que no son las nuestras, si es que nosotros tenemos manos o bocas o almas, si es que podemos tenerlas.

martes, julio 18, 2006

Lipstick

Trazo con mi dedo una curva suave sobre tu espalda desnuda, me incorporo y la observo orgulloso creyendo ver el dibujo recién dibujado, como si mi dedo estuviera impregnado en tinta o fuera un lápiz de labios, qué bonito, un lipstick, aunque yo lo que dibujé fue un corazón y no un labio, y además rojo, sí, un corazón carmesí sobre tu espalda morena; al contemplarlo me divierte pensar que dentro de un rato dejarás la cama, te pondrás ese vestido verde que te muestra desnuda de la nuca a la cintura y saldrás a pasear alegre y en tacones por las calles del centro, donde todos te mirarán dándose la vuelta tras un fugaz encuentro con tu cuerpo lindo, todos seguiran tu estela con la mirada, todos te desearán, pero solo yo sabré el dibujo, solo yo veré el corazón bien rojo tatuado en tu espalda o que, tal vez, llevo yo tatuado en la mirada, quién sabe, yo y nadie más que yo, ni siquiera tú, pues duermes boca abajo entre mis piernas ajena a todo este enredo y respirando lento, mientras continúo mirándote e intuyendo cosas que pinto en la pizarra de tu espalda con mi dedo o mi lipstick, sentando a horcajadas sobre tu culo como quien cabalga un pequeño corcel.

sábado, julio 15, 2006

Amnesia

Parece que no recuerdan. Arbeit mach frei. Inscrito en letras de acero. En las puertas de Auschwitz. El trabajo os hará libres. Parece que no recuerdan. Las estrellas de David. Pintadas con pintura roja. Juden Raus. En las lunas de sus comercios. Judíos fuera. Ni el gueto de Cracovia. Las familias separadas. Largas colas de gente asustada en las plazas. Todos firmes. De pronto. Habían sido sacados de sus casas. De sus camas. En mitad de la noche. Parecen no recordar el hacinamiento. En los trenes. Cruzando páramos nevados. Camino de Dachau. O Mauthausen. O Bergen-Belsen. Tenían que orinarse encima. Y hacía frío. Parecen haber olvidado el humo. Saliendo de la fina chimenea. De la incineradora. Permanentemente. A veces no daba a basto. Y los cuerpos esqueléticos. Cadáveres. Apilados en las arcenes de la carreteras. La cámara de gas. La Solución Final. Las Joy Division. Mujeres mantenidas con vida. Para ser violadas a capricho. Los trabajos forzados. Acompañados de alegre música de orquesta. Parecen haber olvidado. Todo lo que contaban sus abuelos. Que sobrevivieron. Horrorizados ya para siempre. Cómo se tapaban el rostro con las manos. Cada vez que recordaban. La esclavitud. La tortura. La muerte.

Liberad Palestina.

viernes, julio 14, 2006

Si el toreo es arte el canibalismo es gastronomía

A finales de los años noventa tengo el pelo morado, un pañuelo palestino y formo parte de diversas asociaciones extremoizquierdistas. Anarquistas, antiglobalización, todo eso. En la que participo más activamente es un grupo de Liberación Animal. No comemos carne. Crucificamos peluches delante de peleterías como forma de protesta. Los niños sienten curiosidad por el montaje. Los padres los alejan de nosotros como si fuesemos Satán. Boicoteamos restaurantes de comida rápida. Ofrecemos, en la puerta, tortilla de patata, queso cabrales y sidra. Nuestra acción estrella es, sin embargo, la protesta contra las corridas de toros.

El grupo es dirigido -o algo así- por un catedrático de Neuropsicología que se disfraza de toro en cada concentración. Y porta un cartel que dice: atrevete a torearme. Cuando hacemos reuniones se le quedan las migas de los bollos colgando de las barbas. Un par de años después fallece: el corazón.
Un día viene a visitarnos una mujer defensora de los gatos. Ha localizado a un anciano que maltrata a estos animales. Quiere que vayamos, con cadenas, una noche, a visitarle. Que le demos una buena lección. Pensaba que érais anarcos, dice la mujer ante nuestra negativa.
Otra mujer, cuarentona, miembro del grupo, fantasea constantemente con una amenaza de bomba contra la Plaza de Toros: se trata de colocar un artefacto, falso, en el baño del segundo piso y luego avisar por teléfono, desde una cabina, de su colocación. Desalojarían la plaza. Parece sencillo.
Algunos de los miembros del colectivo son apaleados en actos por la defensa de los animales. Un compañero recibe una brutal paliza de manos de la cuadrilla de un torero. Hay un juicio.

La gente sale de las corridas de toros con la violencia en los ojos. Somos pocos y la policía, en vez de defender a la gente de bien, nos tiene que defender a nosotros de los paraguazos y bolsazos que tratan de propinarnos las ancianas burguesas que asisten a la corrida. Cuando los toreros salen les gritamos asesinos. En una ocasión, Francisco Ribera Ordoñez me hace un corte de manga. Me siento orgulloso durante días. Hacemos panfletos con citas de Schopenhauer o Unamuno a favor de la causa animalista. El público que sale de la plaza nos grita. Que nos busquemos un trabajo. Que somos terroristas. Que dónde estábamos el día que mataron a Miguel Ángel Blanco. Toda esa basura.

Cada vez que hablo con alguien sobre los toros tengo que oir la misma mierda.

Que el toreo es una tradición. Como la ablación o el linchamiento. Por ejemplo.
Que el toreo es arte. Bonita palabra que no se refiere a nada en concreto. Mi culo es arte. También.
Que el toreo permite que el toro de lidia sobreviva como especie. Y que los toros viven con todos los lujos hasta que llega la lidia. Me da igual el toro de lidia como especie, señora, lo que me importa es que la especie humana disfrute de la brutalidad. Brutalidad, voy a repetirlo. De ensañarse hasta la muerte con un animal acorralado. Asustado. Drogado. Debilitado. Con varios arpones colgando del lomo. Herido insistentemente por un hombre a caballo. Y probablemente con un alambre quebrado dentro del pene. Todo ello acompañado de alegres pasodobles. Y que lleven a sus hijos a ver ese espectáculo. Y lo muestren por la tele. A las ocho de la tarde. Que tengan la poca verguenza de pretender que ese animal derrotado sea el símbolo de este pais vergonzoso.

Me aburro y no se si me explico.

Lo que quiero decir es que no entiendo como podéis ser tan crueles e inhumanos como para disfrutar así con la tortura de un animal.

miércoles, julio 12, 2006

mar el poder del mar

El mar seguía ahí. Anoche. En Gijón.

De noche el cielo y el mar forman un único manto. Azul, oscuro. Excepto en el borde. Donde ya se puede ver la espuma de las olas que rompen. Y los reflejos de las farolas amarillas del Muro.Y las parejas que follan creyéndose ocultas. Con los genitales llenos de arena. Huele a algas y a sal. El Cantábrico es un mar violento y malcarado. Escarva las playas en la roca de los acantilados. A mordiscos. Sin piedad. Es, también, el más hermoso.

Dicen que el mar produce sosiego en quien lo contempla. No es así. Es, en cambio, una fuente de zozobra e inquietud. Si pensáis en ese algo desconocido que os roza el tobillo un día de resaca. Que se enreda. Si pensáis en los marineros naufragados que no regresan nunca. Y en los rostros de los hijos esperando hallar cualquier mañana los cadáveres varados en las playas. Cuando en realidad están amarrados por las algas al fondo marino. Pálidos e hinchados. Si pensáis en la condiciones extremas de presión, temperatura y oscuridad de las profundidades abisales. Y en esos peces esperpénticos con grandes dientes y ojos y linterna incorporada. Y en Moby Dick y el calamar gigante que atacó al Nautilus. Y en los inmigrantes que se ahogan tratando de llegar a nuestras costas. Y son condenados a la muerte. Por los opulentos. Si pensáis en que el sístole y diástole de las olas continuará siempre. Cada momento de vuestras vidas. Cada minuto. Cada segundo. Sin descanso. Y aún cuando muráis. Y hasta que la estrella se hinche y engulla la órbita terrestre. Y todo el planeta sea destruido.

El miedo más puro que existe. Zambullirse en el agua desde una embarcación lejos de la costa. Sumergirse un metro tras otro. Sentir como se enfría cada vez más el agua alrededor. Y no encontrar el fondo. Y entonces tratar de salir de nuevo a flote. Moviendo desesperadamente las extremidades. Y por fin la superficie. Y saber que bajo vuestros pies pedaleantes. Hay decenas de metros. De profundidad. De oscuridad. Y misterio.

lunes, julio 10, 2006

Foto

Aquí el Autor. La noche de un sábado. O la mañana de un domingo. Que es casi lo mismo. Una noche de verano, en cualquier caso. Perdido en la Gran Vía. Con un autobus detrás. Y un coche que casi ni se ve.

Eso es todo. Una imagen vale más que bla bla bla...

viernes, julio 07, 2006

Fragmento

Nadie habla nunca, nadie, aunque la gente mueva los labios y la lengua y las cuerdas vocales y emitan sonidos nunca nadie dice nada. Nada de lo que importa. Lo importante no se dice, se susurra, lo importante son los susurros, que atraviesan la vida como los gusanos atraviesan la tierra y los cadáveres y como los hilos atraviesan la ropa, de un lado a otro, casi imperceptibles, no lo que se dice en voz alta o se grita y llega a oídos de todos, lo importante son los susurros porque son lo más parecido al pensamiento, que no se dice ni se oye y solo lo escucha uno mismo, si es que lo escucha; así se susurran las cosas más graves, se susurra la confesión de un crimen bajo una luz cegadora en los bajos de una comisaría y se declara el amor susurrando una boca cálida a un oído sobre la misma almohada, a oscuras. En susurros se conspira y se hacen sucios negocios, los susurros de las putas acarician los oídos de los transeúntes en los callejones. Con susurros se entrega al sueño a los niños y en susurros invierten los moribundos su último aliento, su despedida. En susurros viajan las verdades mientras que las mentiras se gritan. Por favor, bajen la voz. O mejor, no digan nada.

miércoles, julio 05, 2006

La piel

El éxito en la práctica de la magia depende de una elección adecuada del momento, el lugar y el deseo. Es tan fácil como desear lo posible en el momento y lugar adecuado. Se acaba ya la tarde y Marco cierra los ojos bajo un cielo naranja y morado. Desea, tras la oscuridad de sus párpados, que el Sol se ponga, aprieta los dientes y cierra fuerte los puños. Y el sol se pone, abracadabra, víctima del sortilegio. Es la primera vez que Marco admira un crepúsculo y piensa que el Sol, tan rojo, hundiéndose en el Atlántico, debe de ser una fruta o un vegetal. La playa está orientada al oeste y, sumergiendo los dedos de los pies en la arena, Marco dice: “míralo, tan anaranjado y rojo, solo puede ser un tomate, una naranja o un pomelo”. La marea sube y las olas le lamen las piernas.
- ¿Qué es el sol -pregunta Marco-, y por qué cuando muere se pone tan rojo?
- El sol es una estrella, como los puntos blancos que ahora comienzan a aparecer -le responde Sara señalando al cielo oscurecido-. Se pone rojo porque la atmósfera difunde en diferentes ángulos las diferentes longitudes de onda de la luz, el rojo difunde totalmente y solo queda el azul. Es por esto que el cielo es azul.
- ¿Y qué son las estrellas? - pregunta Marco insaciable apoyando la cabeza sobre las manos.
- Las estrellas son esferas de gas autogravitantes; albergan furiosas reacciones termonucleares en su interior que las iluminan.
- Yo creo que las estrellas son pomelos - y después silencio.
En momentos como este Marco ama y odia secretamente a Sara. Allí, tendido en la playa, a su lado, tiene la convicción de que lo único alrededor de lo que él giraría eternamente era el fino cuerpo de Sara sobre la arena húmeda. El amor es algo así como uno de esos peluches que hablan al apretarles el vientre o las cajitas musicales que liberan, al abrirlas, una melodía melancólica y el baile de una bailarina de nácar: cosas dulces y amables en apariencia pero animadas interiormente por un mecanismo cruel, frío e implacable.

domingo, julio 02, 2006

Working class heroes

Oigo a los obreros trabajando encima de mi casa. Primero llegan unos muy delicados, hacen pliqui-pliqui con pequeños martillos y colocan azulejos con sus finas manos pálidas, beben de botellas de agua cristalina. Después vienen otros diferentes, otros que imagino como hombres gigantescos de piel curtida portando enormes mazas, las dejan caer con todo su peso sobre el suelo: poooom, pooooom, poooooom. Hay veces que descansan, fuman tabaco negro, maldicen y escupen en el suelo. Me gustaría que bajasen algún día hasta aquí y me abrazasen fuerte, que casi me asfixiasen entre sus brazos, oler su olor a cuero y a sudor y los cosquilleos de sus mostachos rozando mi cuello. Venid y dadme vuestra fuerza de trabajo, acariciadme con vuestros gruesos dedos peludos, dadme un poco de vuestra solidaridad sindical, un poquito, aunque sea, de vuestro amor proletario, gigantes de Turquía pagados con el sucio oro moscovita. Hombres sin camisa de cabellos revueltos, venid a mí, que tengo los huesos curvos de tanto abrazar a una sombra.

miércoles, junio 28, 2006

Biblioteca

El silencio es tan silencio que hasta puede oirse el calor derritiéndose lentamente como melaza por las paredes de la biblioteca -a veces alguien tose, somos pocos desperdigados en mesas enormes, a veces alguien se levanta para consultar un volumen de pie al lado de la estantería y luego regresa a su puesto- y se escuchan las gotas de sudor resbalando por las sienes hasta caer finalmente sobre las hojas de papel plagadas de fórmulas garabateadas y de absurdos dibujos que trazamos cuando nos distraemos por un instante y dejamos que la mente alce el vuelo, más como una mosca que como un águila imperial, revoloteando en espirales y deseando salir por la ventana, que por estas fechas siempre está abierta, para volver a donde está la vida realmente, no aquí entre libros, ceños fruncidos y pies que martillean el suelo, sino ahí fuera, tumbada en las plazas, inundada de sol amarillo, en las gotas de agua que escapan de las fuentes y se posan sobre la hierba, en los dientes que descubren las sonrisas, en los hombros desnudos de las niñas, en el asfalto caliente, entre los coches, donde hay ruido, asomada a los balcones, pero no aquí, no está aquí la vida, no a este lado.

Mañana acabo.

lunes, junio 26, 2006

Que vengan mis amigos con la boca llena de flores y me digan que soy un muchacho excelente y que cumpla muchos más, que llenen mi buzón de cartas primaverales y que me llame gente cuyo rostro es ya borroso pero recuerde este día y yo aún su voz. Que pongan langostinos en la plancha. Y corten jamón. Y descorchen botellas. O vino de brick. Y los langostinos se tornen colorados. En mi aniversario.

Hoy hace exactamente veintiséis años que asomé la cabeza entre las piernas abiertas de mamá. Allá al norte, en Asturias. A las once de la mañana. Bajo el signo del cangrejo. Ha girado el planeta veintiséis veces alrededor de la estrella y yo lo he visto.

Mi madre guarda en algún lugar la pulserita que me colocaron en el hospital después de nacer para identificarme. Mi primer complemento y a la vez mi primer documento de identidad. Es muy pequeña, la pulsera, aunque mis muñecas siguen siendo finas a día de hoy. Dice mamá que la primera vez que me vio, cuando después del parto me pusieron entre sus brazos y era un bichejo nuevo, blando y rosado, le dio un ataque de risa. Porque nací con bigote.

Un día cualquiera de 1984 yo estoy en el descansillo de la casa de mamá vestido de azul y pego un moco denso y verde oscuro en la puerta metálica del ascensor. Ese es mi primer recuerdo consciente. Desde entonces todo ha ido sucediendo, tal y como atestiguan las fotos que la otra noche se proyectaron en la despedida de soltera de una amiga del cole. Que ya se casa.

Ya sé que todo esto es un poco inconexo. Qué quieren, la vida es así. Inconexa, sobre todo cuando transcurre en la memoria.

Y no sé si cumplir años me hace gracia. Pero felicítenme, de todas formas.

viernes, junio 23, 2006

Filosofía

Lo que más me impresionó de la muerte de mi tío César. Las sábanas revueltas. El silencio en su habitación. Le habían sacado en mitad de la noche de aquella cama. A la hora a la que se reparten los periódicos y los panaderos amasan el pan. Y riegan las calles los barrenderos. A esa hora. Aún oscuro. Frío. Húmedo. Y silencioso. Sacaron el cadáver de mi tío. No hubo tiempo de ordenar la estancia. Ni de recoger sus zapatos de piel negra y meterlos en el armario. Uno en cada esquina. Ni de hacer la cama. Y luego las palabras de mi madre. Cuando yo volvía del cole con ganas de comerme una magdalena. Empapada en colacao. Vamos a visitar a la tía Vicen. Sin motivo aparente. Un miércoles que estaba nublado y amenazaba llover. Como siempre. Y luego toda la familia reunida en el salón de la tía Vicen. Y las sábanas revueltas. Gente que no veía desde hacía mil años. O dos mil. Gente que me besaba las mejillas con cariño fingido. Mucha gente. Este niño siempre fue tan callado. Y tan formal. Les veía en bodas, bautizos y comuniones. Me explica mamá que tengo que quererlos. Porque son mi familia. Por eso. Son los que me apoyarán cuando esté viejo. Y triste. Y solo. Quien estará a mi lado. Quien poblará mi casa el día que me muera. Ellos o sus hijos. Verán mis sábanas revueltas. Mis zapatos perdidos. O no. Aquella gente en aquel salón lleno de fotos de bodas. De bautizos. De comuniones. Fotos de gente sonriente, que veo cada mil años. O dos mil. Y la tía Vicen apareciendo una hora después y forzando una sonrisa como la que muestras cuando te hacen una foto. No como la que pones tras la muerte de tu marido. Y has estado un rato antes agarrando la mano de un cadáver entubado con el que una vez te casaste. Vestida de rojo. Que trataba de decir adiós. O algo parecido. Y que no volverá a agonizar en el sofá delante de la tele. Viendo telebasura. Y yo leyendo una revista de baloncesto americano hundido en uno de aquellos sillones marrones. Donde una vez mi tío me enseñó tres dedos de una de sus manos peludas. Y después me explicó lo que significaba la palabra Filosofía. Y no entendía nada. Pero me hacía gracia. Y lo recuerdo. Cuando el cáncer ya le había mordido la mayor parte del pulmón. Y tenía el pelo ya blanco y los huesos asomando. Y me daba cien pesetas por visitarle, rebuscadas en un monedero de cuero negro. Y respiraba suave. Como un peluche. Y cada vez hablaba más flojo.

lunes, junio 19, 2006

Conocer gente

Cada noche sus sonrisas corrían a mis labios, aquellos años locos, y luego sus cuerpos se perdían en los laberintos de mi cama irónicamente matrimonial, yo vagaba perdido y confuso entre pieles húmedas, voces tontas y nuevas babas, coños jamón de york y rostros constreñidos de placer, como un marinero rudo y tatuado visitando mujeres exóticas en vez de playas, cada noche tenía su pesca, su botín o su tesoro enterrado escondido en un cofre, y las risas y las promesas que volaban por los aires las iba borrando el amanecer que se filtraba; siempre exigía que leyeran en voz alta uno o dos de mis poemas antes de enredarnos -aún cuando les bailaban las letras y no podían o no entendían- y pensaba que era cruel y megalómano verter mis palabras en sus bocas y oírme hablar en sus blancas voces y eso me gustaba y lo hacía todo más porno. Y la mañana, después de un sueño corto o inexistente, traía la eterna pregunta, cómo te llamas, quién eres tú y, sobretodo, quién yo; se iban y solo dejaban un vaso de café templado bebido con mucha prisa, el estruendo de la puerta cerrándose de un golpe a su espalda, un recuerdo neblinoso y drogotonto y un nuevo número de teléfono apuntado en un papel antes de irse que yo arrojaba invariablemente a la basura desde que aprendí que nunca volvía a llamar o a ser llamado y que los nombres abandonaban con el tiempo a los cuerpos y a las caras. Quedaba eso, el vaso vacío en la mesa de la cocina y mi cuerpo extendido sobre la cama aún caliente, las sábanas revueltas, algún pelo, el aliento a noche pasada y la palabra soledad revoloteando por mi habitación caótica como una mosca: soledad, qué palabra tan grande para un silencio tan perfecto; me acompañaba, la soledad, como a un explorador en busca de un gran amor recién perdido, tratando de reconstruir las ruinas del pasado y pensando que eso, el amor, era un objeto que, cada noche, alguna mujer introducía en mi cama, pero estaba, como siempre, equivocado.

viernes, junio 16, 2006

Panfleto

Es curioso, fíjense en los comentarios del anterior post: a nadie parece gustarle Mariano Rajoy ni ninguno de sus secuaces, al menos como político (como objeto sexual parece tener más éxito). Lo cierto es que he conocido a pocas personas afines al PP en mi vida y me pregunto: ¿cómo pudo gobernar tantos años con mayoría absoluta?, ¿cómo puede ser el segundo partido del Estado?, es decir, ¿dónde se esconden sus seguidores?. Cuando hablo de esta inquietud por ahí - por las barras de los bares o las terrazas- me dicen que claro, que yo no conozco a peperos porque no me muevo en ese círculo, porque ellos son viejunos y yo joven, fresco y dinámico, porque no voy a lugares ni vivo en barrios donde abunde esta especie. No suelo frecuentar iglesias, ni sedes del Opus Dei, ni pistas de pádel. Ya, ok, pero ¿aquí en el blog? Aquí la gente circula sin conocerse y yo no sé quién lee o postea, no selecciono mis amistades cibernéticas y aún así todos parecen gente de bien que maldice al PP. ¿Es bloguear una actitud izquierdista o qué? El otro día leí que uno de cada cuatro españoles es un psicópata. Y me pregunté lo mismo: si hay uno de cada cuatro, ¿por qué yo no conozco a ninguno? ¿O será que los conozco y no me doy cuenta? ¿O serán los votantes del PP los mismos que los psicópatas? En esto último estoy casi seguro.

He estado pensando además en ese discursito ubicuo en la tele últimamente que dice que la violencia es inadmisible siempre y en todas su formas, que hay que respetarlo todo, que si la tolerancia y bla bla bla... Bueno, la cosa es algo como así, el Pensamiento Único ese piensa y dice por su Boca Única: tolerancia, respeto, la violencia es el mal, buen rollo y solidaridad, así, todo muy sentencioso como un libro de Autoayuda que queda muy bien y la gente se lo cree (si lo dice un libro...). Es, a todas luces, un discurso descafeinado prueba de cierta indigencia mental pero muy útil a la hora de mantener cierta paz social y una democracia light como ésta, tan light que quizás no merezca ni ese nombre, vamos, etimológicamente.
Lo que yo digo es: si respetamos todo qué sentido tiene merecer respeto, qué valor. El respeto siempre ha habido que ganárselo, y ahí radica su gracia, además hay cientos de miles de cosas que no son respetables. Respecto a lo de la violencia supongo que los que dicen que no es admisible bajo ninguna forma tampoco creen que deba utilizarse para perseguir a asesinos o violadores, o digamos sin ser tan demagogos, que sólo se considera legítimo el monopolio de la violencia por parte del Estado. Será eso... Anyway todo es cuestión de grado, yo no estaría de acuerdo con que linchasen y colgasen a Rajoy del palo mayor pero de esto a tirarle unos huevos hay un buen trecho... Esta costumbre de arrojar huevos y tomates y vociferar un poco es más vieja que la prostitución y muy sana y natural, se queda uno como la seda, oiga. Además son alimentos sin colesterol, y gente como los gerifaltes del PP que apoyaron sin pestañear varios genocidios deberían ser blanco de estas legumbres y hortalizas más a menudo. Y que conste que a mi lo del conflicto catalán me es ajeno, pero me hace risa.

miércoles, junio 14, 2006

Un Demócrata

Ay qué pena Mariano, qué pena que tengas que huir así, zarandeado por una multitud, abucheado por gente mala en un idioma bárbaro, metido a trompicones en tu coche blindado por un guardaespaldas gigante que te coloca la mano sobre la cabeza como si fueras un vulgar delincuente. Pero no estés triste Mariano: ellos no son demócratas; son solo esos jóvenes radicales y folloneros que quieren destruirlo todo. Nosotros, en cambio, te queremos Mariano, yo te quiero: amo tu boca de fresa rodeada de pelo salvaje, amo tus labios gordos siempre brillantes y húmedos, amo tu dicción de niño sabiondo y tu cara de hombre asustado cuando subes a la palestra en el parlamento, amo las partículas de saliva que escupes al hemiciclo cuando te excitas. Tú no has tenido reparo en hacer cualquier cosa, hasta la más peregrina, por la unidad de España -que nos la quieren romper Mariano. Sólo tú sabes que no fueron los islamistas sino La Eta, y no has dudado en insultar, en recoger firmas a través de niñas pijas, en echar obispos a la calle, en reclutar ancianos o niños por toda la piel de toro y darles un bocata para que se paseen con pancartas por las calles de Madrid por el bien de todos. Tú y esos atractivos hombres con pinta de gángster que te rodean lo dáis todo por nosotros, para que vivamos en un mundo mejor, uno, grande y libre, un mundo con menos maricas, moros y rojos y más ancianas que salgan de misa, cada domingo, tranquilas, a tomarse un chocolate caliente con bollos sin nada malo que temer.

sábado, junio 10, 2006

Cosmología

Mientras me lavo los pies en la bañera –ha llovido y yo iba en chanclas porque al salir de casa hacía sol, pero luego llegó una tormenta de verano y se me han manchado los pies de barro y arena- y veo el agua negra caer y arremolinarse en torno al sumidero, pienso en que al principio toda la materia del universo estaba contenida en un punto adimensional, un punto matemático de volumen cero, y que cuando éste punto estalló comenzó el espacio y el tiempo, así que no tiene sentido preguntarse qué había antes, como suele hacer la gente, pues el tiempo nació en ese justo instante y no tiene sentido pensar en un “antes”. Luego me seco los pies, me miro en el espejo y el espejo me devuelve la imagen de mis ojeras, últimamente no duermo mucho, observo entonces la superficie del lavabo, cóncava como el espaciotiempo curvado por la presencia de una estrella masiva; según la relatividad general de Einstein, que parece a todas luces la correcta, no existen las fuerzas de gravedad entre los cuerpos, si no que los cuerpos deforman el espaciotiempo y las cosas –los planetas, los cometas, la luz- simplemente siguen las líneas rectas de ese mundo torcido, las geodésicas, dándonos a nosotros la falsa sensación, que solo vemos las tres dimensiones espaciales, que opera una extraña fuerza; si la masa es muy grande se hace un agujero en la realidad, como el sumidero del lavabo, y todo cae, hasta la luz, es un agujero negro. Me cepillo durante unos minutos y camino por la casa, no soporto estar quiero en el baño dándole a la dentadura, echo un vistazo al salón y a la cocina y hay algunas migas en el suelo; la materia se formó cuando la temperatura fue lo suficientemente baja como para que las partículas se recombinasen formando átomos, antes solo había una sopa calentísima de todos los objetos microscópicos que forman ese zoo que son las partículas elementales. Cuando se formaron los átomos, el universo pasó a ser transparente a la luz y se formaron las galaxias y las estrellas que explotan como supernovas produciendo los átomos pesados, de oxígeno, de hierro, de carbono, que más tarde forman las migas de pan que hay en el suelo de mi cocina, así todo lo que vemos proviene de una estrella que estalló, somos polvo de estrellas al fin y al cabo. Después de aclararme la boca me tumbo un rato en la cama y pienso en cómo acabará todo esto, si el universo se contraerá de nuevo volviendo al punto original en un Big Bang inverso –el Big Crunch- o por el contrario se expanderá eternamente enfriándose hasta ser un cadáver, y de pronto me siento muy muy pequeño y caigo en la cuenta de que aunque sepa cientos de ecuaciones abstrusas, datos, desarrollos, razonamientos, en realidad no comprendo nada, es incomprensible, y estoy muy muy cansado, tuve examen de Cosmología esta mañana –sábado-, y volví con la cabeza como las fallas de Valencia, necesito descansar.

PD: Me salió muy bien

lunes, junio 05, 2006

Después

Es bien sabido que no es lo mismo ser un drogadicto que estar bien drogadito y a veces en domingos soleados se deja caer por casa algún amiguete en el segundo de los casos anteriormente descritos afirmando no haber pegado ojo desde que cayó el Muro de Berlín y Fukuyama profetizaba el fin de la historia o incluso antes, desde el siglo XVI, cuando reinaba Felipe II, el Rey Prudente, y el sol no se ponía sobre nuestros dominios. A día de hoy, tal como están las cosas, el sol no se pone sobre nuestras drogas y la juventud hace como el astro rey: sale y se pone, sale y se pone, sale y se pone…, así que el amiguete, que se encuentra en estas circunstancias tan de hoy en día, revolotea por la casa luciendo unas ojeras impecables y un carrusel de estados de ánimo: cae en la cama desfallecido, no puedo más, para luego resurgir de un salto y mover el esqueleto eufórico al ritmo de algún temazo revientapistas que le pincho condescendientemente, luego se siente triste, vaya bajona, por qué no llamamos a alguien, tengo sueño, vamos a tomar cañas, la liado parda, tienes algo por ahí; y se ríe y se calla, qué amigos somos, te acuerdas cuando nos conocimos, y se rompe la presa cerebral que contiene todas esas anécdotas del pasado reciente, así hasta que finalmente lo hallo dormido acurrucado en cualquier esquina con un enternecedor aspecto de gatito lindo que se niega a despertar ante mis zarandeos. Mientras, el Ministerio de Sanidad desinforma en puestos callejeros donde se reparten panfletos en los que se dice que las drogas de diseño no son de diseño y que no la toma gente cool y moderna, no la toman los diseñadores ni los artistas ni la gente guapa: no debes tomar drogas, ciudadano adolescente, porque la gente que las toma son personas vacías, incultas, de clase baja, feas y, al parecer, malolientes y con pezuñas, brillante argumento, y yo digo: démos un fuerte aplauso a las políticas antidroga de la administración, olé, chapeau, seguid negando la evidencia cómo siempre negáis las realidades sociales –tanto tiempo cerrasteis los ojos ante el conflicto de las provincias vascongadas pensando neciamente que era un problema de delicuencia cuando en realidad se trata de un trauma social enquistado-, y seguid mintiendo en vuestra propaganda sobre los motivos, las causa y la consecuencias de esa cosa que llamáis Droga y que produce dobledosis. Dentro de unas horas sonará el despertador y empujará a mi amigo por un resbaladizo y depresivo tobogán que le llevará de nuevo al jueves, otra vez al carnaval y a la pirotecnia porque aquí ante tanto hastío y tanta mediocridad llegamos al fin de semana como animales salvajes huidos del zoo.

miércoles, mayo 31, 2006

Viento

Miente y putea la primavera como una mujer hermosa y que se calle el viento por favor, que se calle, el viento taladrando mi persiana, golpeando caóticamente la ventana, el viento aullando ahogado entre las ramas de los árboles de ahí fuera, el viento toda la noche y mi cuerpo desnudo y sudoroso sobre mi colchón caliente como un desierto, la sábana húmeda enredada otra vez entre mis piernas, que se calle el viento, que se calle y me deje dormir, toda la noche dando vueltas, no existe la postura perfecta, el pelo enmarañado y los sueños retorcidos, incubando unas profundas ojeras moradas y siniestras que me acompañan durante el día fieles como un estigma.

lunes, mayo 29, 2006

La fe y la ciencia

Le había visto caminando solo por los pasillos de la facultad, vistiendo negro y alzacuellos, por momentos sospeché que pertenecía a alguna tribu siniestra o gótica, pero con aquella cara no podía ser. La otra tarde entró en el laboratorio de electrónica mostrando el rostro sonriente que tantas veces había visto sentado al fondo de las aulas y que dice algo así como os amo a vosotros como a mi mismo. Se acercó a mí y resultó que nos había tocado hacer las prácticas juntos, seríamos un equipo, diseñaríamos circuitos y jugaríamos con miles de cable y chips; al estrechar su mano confirmé que en realidad era cura: la misma mano sacerdotal que solía estrechar en mi infancia unida al cuerpo de diferentes curas y siempre igual: blanda, rechoncha y húmeda. Se trataba, en efecto, de un joven seminarista. Me llamo J., me dijo. J. santifica las fiestas, honra a su padre y a su madre, cree en Dios sobre todas las cosas y no mata ni roba, y esto me tranquiliza.

La infancia de todos está llena de curas y de Iglesias porque es cuando somos jóvenes y nuestro cráneo y cerebro están aún blandos cuando tratan de alistarnos para su causa utilizando como arma las canciones de catequesis y las parábolas del galileo melenudo, que ellos, muchas veces, predican pero no practican: hoy en día ser católico es una postura similar a ser del Betis. Simplemente eso, una postura.

Así que resulta que tenemos a este joven sacerdote –tiene los ojos claros, verdes en el centro y azul en la periferia de la pupila- que quiere ser científico y que parece un buen tipo. Eso sí es una postura difícil –como el pino puente- y eso me gusta.

Solo espero que en medio de cualquier sesión de laboratorio se nos aparezca el Espíritu Santo convertido en blanca paloma y nos apruebe, a mí aunque sea de bulto, como uno de esos ladrones que crucificaron a la vera de Jesucristo.

jueves, mayo 25, 2006

Homenaje

No creas que a mi no me da tristeza que las cosas no sean como ambos queremos, que la vida sea un puzzle de piezas melladas que nunca encajan, un rompecabezas diabólico e irresoluble que solo de vez en cuando –en una coincidencia cósmica, cuando los planetas se alinean y todas las monedas que tiramos al aire caen de canto- nos da una alegría efímera. Te dije mil veces que para nada hacían falta planes o poner nombres a las cosas, que las cosas mejores no son las firmadas y estipuladas sino las que ocurren de hecho, las que ya están ahí, y los mejores nombres –arte, amor, poesía- son los que no se refieren a nada; pero no quisiste entender y te negaste a embarcar en un barco perdido a la deriva, empujado suave por la brisa.

Al principio dijiste que querías ser algún día protagonista de estas líneas. Ahora, al final, ya lo eres, me escribes un poema pueril y encantador sobre las vistas que hay desde mi ventana y cada vez que entro en mi cuarto echo en falta - de pronto- tu cuerpo loco y hermoso sobre la cama nueva que compartíamos, sintiendo sobre mi espalda el peso del cariño que me diste y no supe encajar, como una piedra.

miércoles, mayo 17, 2006

Papiroflexia

Nunca salieron esas palabras de tu boca. Nunca moldearon tus labios ni tu lengua el aire para decir aquello. Nunca me avisaste con las manos ni con el rostro, los ojos, las mejillas, el ceño fruncido. No hubo ni una sola señal, ni una. Se trató al final de una servilleta arrugada y manchada de café manuscrita con tu nerviosa caligrafía que dejaste sobre la mesa de noche en la que se podía leer algo así como un adiós y en la que además estaba impresa la frase “gracias por su visita” en letras de molde verdes y que yo hábilmente transformé haciendo papiroflexia, ya saben, doblando los bordes del papel de la manera adecuada para que las letras que tienen que coincidir coincidan, en un rencoroso y dolido “gracias puta”.

domingo, mayo 14, 2006

Un buen día

Las palabras nunca son suficiente, nunca bastan, y la literatura funciona como El Precio Justo: gana quien más se aproxima y es difícil dar en el clavo. Por ejemplo yo podría contarles que hoy sólo se ve una nube perdida en un cielo diáfano y que el sol calienta mi cuerpo serrano en la terracita del salón, hoy la primavera está siendo -por fin- consecuente consigo misma y dan ganas de vivir en este día amarillo y azul. Pero ustedes verán que es la típica historia de buen rollito, de me levanté contento, de es domingo, anoche no salí y huele a cafe recién hecho y a pan tostado, ya ven, esa mierda, y lo más probable es que no consiga transmitirles ni una pizca de mi satisfación matutina.

Así que mejor les digo que hace un día de puta madre, llevo gafas de sol y hay un vaso de birra fría en mi mano. Bien.

miércoles, mayo 10, 2006

Digo

Y precisamente es en su inutilidad donde radica su belleza: se trataba sin ninguna duda de encomendar mi existencia a saberes absurdos y hábitos tóxicos, analizar la radiación obtenida por un telescopio de rayos x orbitando alrededor de la tierra procedente de galaxias que chocan a años luz de distancia y que para nada nos afectan, hilvanar historias contadas mil veces de mil bocas a mil oídos cambiado solo las palabras o las intenciones, perderme en noches laberínticas de luces y humo creyendo que en el límite estaba la respuesta esperando dormida; recuerdo de adolescente imaginando vivir en una casa como ésta, con grietas en los muros –siempre el temor a desplomarse en cualquier momento-, música independiente y una pared pintada de rojo y la subversión que significó robar el primer libro de mi muy robada biblioteca y que luego ni siquiera me gustó, el deseo de contar con una interminable lista de amantes y una nutrida colección de discos indispensables según las mejores revistas, poner mi cama a ras de suelo, ser golpeado por un policía mientras cortaba el Paseo del Prado en una protesta idealista y no comer carne, entender, en fin, la vida como una sucia novela o una sucesión de fotogramas y luego contarlo –yo fui hijo único-, tener la cabeza llena de pajaritos punks.

Crecer es rezar un rosario de desencantos y nunca uno imagina cuantas veces puede llegar a perder la inocencia y cuanta aún le queda escondida donde no la puede ver –parece el único bien inagotable. La madurez es un mito inventado por la juventud para justificar cierto respeto por sus mayores o para diferenciarse del otro arguyendo una mayor evolución La intensidad es exclusiva de los primeros momentos y luego decae exponencialmente cuando todo se torna repetición y hastío, hasta lo más excitante hasta lo más más. Tal vez el error fuera albergar unas ambiciones demasiado vertiginosas: a los veintiocho dicen que desaparecen las ganas de salir –aunque está de sobra comprobado que esto es falso-, las mujeres fantasean con tener un hijo –o lo tienen- y el otro día Keith Richards volvió a amenazar con palmarla mientras Johnny Rotten participa en reality shows allá, en Inglaterra.

martes, mayo 09, 2006

Promoción


¿No trata, acaso, la primavera de eso, de florecer, de hormonar, de humedades?

Pues fíjense, caminábamos Isaac y yo envueltos en un fresco día amarillo sol y él iba armado con su nueva cámara, una de esas que ya no se ven tanto, de las de pensar, de las que tienen un objetivo y unas palanquitas que manipular antes de cada foto. Buscaba motivos que fotografiar: el capó de ese coche, las hojas de aquel árbol, voy a robarle retratos a ciudadanos que no conozco, cuando, viendo lo que se acercaba ahí delante le dije: Isaac, sácame una afoto con aquellas.

Y eran tres primaverales nínfulas vestidas de rojo con esposas colgando del pantalón, gafas oscuras y gorra policial, tres deidades menores de la telefonía movil -Vodafone decían- salidas de algún paraíso de la promoción comercial callejera. Y ahí ven, en la imagen, cómo se lo monta el Autor en compañía de las susodichas. No nos vendieron nada.

sábado, mayo 06, 2006

Un mundo fantástico

Creánme, existe un mundo mejor que éste. Yo se que ustedes viven en un mundo fabricado con lunes y charcos, con nubes negras que amenazan ahí enfrente, un mundo de hombres viejos y sudorosos que escupen flemas verdes y viscosas sobre las aceras, un mundo de bajos salarios, gente que dice adiós y primaveras que mienten –siempre miente la primavera-, y ustedes se retuercen entre bullzoders, atascos, ruidos y anchoas, sobretodo latas de anchoas. Pero existe un mundo mejor que éste en otra parte y no se roza con el nuestro, aunque a veces, solo a veces, en momentos especiales, se abre una brecha en el espacio-tiempo y a través de ella se cuelan en nuestra realidad algunas de las cosas fantásticas que lo habitan. Se lo explicaré.

Imaginen por un momento un par de finos filetes de ternera, imaginen que no son ustedes vegetarianos y que tienen un par de tiernos filetes de ternera. Imaginen ahora unas lonchas de queso manchego y jamón serrano. Si son ustedes afortunados puede que incluso haya berenjena, pimiento rojo o espárragos. Imaginen que introducen todo esto entre los filetes de ternera, que empanan el conjunto y que lo fríen en aceite de oliva caliente hasta dejarlo doradito. Si hacen todo esto estarán en posesión de lo que se llama un cachopo. Y el cachopo es una de las cosas más fantásticas y maravillosas que su triste vida echa de tos y preocupaciones les podrá ofrecer. Creánme

viernes, mayo 05, 2006

Abracadabra

Siempre con la vana esperanza de cambiar el mundo mediante las palabras, de que si supiese poner una detrás de otra las palabras adecuadas, las que mejor sonasen, las más bonitas, en definitiva, las necesarias, la realidad sería de otra manera. Pero las palabras, como todo, se unen y separan y no queda nada, al final todo sigue su curso natural, la tierra rota en el espacio vacío y las palabras permanecen girando en el vacío de la mente y estos dos espacios apenas se tocan.

Quisiera poseer un pesado grimorio de magia negra, posarlo sobre la mesa, soplar el polvo de las cubiertas que nublaría la estancia; buscar después en las páginas amarillentas el sortilegio adecuado. Pronunciar solemnemente algo así como un poema y dos o tres abracadabras y ver como todo se llena de chispas y centellas y como todas las cosas de la vida van en-ca-jan-do-per-fec-ta-men-te.

Pero esto no se puede.

domingo, abril 30, 2006

Cambio



Ayer Guillermo dió cuerda a un viejo reloj oxidado que alguien debió dejar olvidado hace años en el pasillo y desde entonces un tic tac monótono y amenazante vertebra la casa.
Después nos sentamos en el salón a observar los muebles de Ikea recién montados.

- Vivimos en la era de la velocidad -dijo Guillermo blandiendo un cigarro en la mano.- Por la mañana viene un camión, se lleva unos muebles y a un par de amigos. Por la tarde viene otro camión conducido por un colombiano y un tipo de Groenlandia, dejan unos muebles, los montas y ya tienes casa otra vez.

Esa mañana Edgar y Virginia -en la foto- nos dejaron para irse a vivir a Sevilla. La resuelta andaluza y el mago del humor catalán empezarán una nueva vida a orillas del Guadalquivir. Se llevaron un montón de muebles que les pertenecían -la mesa grande, la lámpara chula, el microondas- pero supongo que el hueco que dejan no se podrá llenar con muebles desmontables de diseño sueco.
A Virginia la conocí junto con Ale hace unos tres años en un after hours que ya no existe. Edgar apareció unos meses después en otro agujero aún menos recomendable. Desde septiembre vivimos los cuatro juntos en el ya famoso Barrio de las Delicias, en esta casa que transformamos completamente con nuestras manos desnudas y que ahora parece un garito.

La verdad es que en los últimos doce meses mi vida a cambiado lo indecible. Hace un año por estas fechas, la pasada primavera, yo vivía en aquella lujosa casa de Ópera con Andy y Yoli. Luego vino la mudanza y también la mudanza de tantos amigos asturianos a Madrid, arreglar el piso, tener un par de fracasos sentimentosexuales, conocer a esa tribu de hardnighters que revienta los fines de semana capitalinos, la muerte de un conocido en accidente de tráfico, un montón de relatos, la vida de barrio en Delicias, en fin, el mundo patas arriba.

Edgar y Virginia me dejan los recuerdos, la amistad y un poco de pena. También un colchón grande que Edgar consiguió en la película donde trabajaba. Ahora fantaseo cada noche con los divinos culos de Leonor Watling y Victoria Abril posados sobre mi cama repleta de insomnio y ansiedades cinematográficas.

Hasta pronto amigos.

miércoles, abril 26, 2006

Reminiscencia

Otra vez esa sensación, empieza a hacer calor, la luz del sol calienta mi rostro como un puré caliente y blando derritiéndose sobre mi piel, como aquellos veranos en Caños de Meca cientos de años atrás, bajando acalorados las escaleras serpenteantes donde siempre estábamos a punto de matarnos y en las que una vez encontramos un camaleón de ojos saltones que te hizo mucha gracia y al final, abajo, la playa, todas aquellas noches de flamenco, la arena entre los dedos de los pies, el cajón, la guitarra y la flauta travesera (yo amaba su sonido sinuoso) y el firmamento dándonos cobijo limpio y oscuro –todas la estrellas, todas- y perfectamente redondo porque todo era así entonces, esférico y perfecto, hasta la Tierra y el Cielo, hasta eso; recuerdo tu cuerpo fibroso perlado de sal mientras te comías una gamba gorda y hermosa y una gota de mar caía en tu ombligo desnudo, plof, y se oían las olas y yo te decía tu piel es dorada como el pollo frito y tú te reías mostrándome todos tus pequeños dientes que parecían perlas o pastillas de éxtasis; a veces noté un fino velo de ceniza cubriendo tu mirada y no me preocupó lo suficiente, eso lo recuerdo ahora pero el recuerdo tiene la calidad del sueño o la ficción o la fantasía y ya no sé si realmente ocurrió o simplemente lo imaginé porque éramos solos los dos y el resto del mundo no existía y la gente eran actores y al atardecer corríamos bajo la sombra trenzada por miles de ramas trenzadas en nuestro campamento en El Camaleón y cuando venía la noche nos trenzábamos nosotros -las manos, los brazos, las piernas- y dormíamos.

¿Lo recuerdas? A la vuelta me dijiste que me habías dejado de querer y las fotos ni siquiera habían salido.

Otra vez esa sensación.

martes, abril 25, 2006

Bailad malditos

- ¿Por qué será que mola tanto bailar? No sé, tal vez todo lo que existe es movimiento, desde la vibración loca de las partículas subatómicas hasta las ondas densidad en las galaxias espiral y así todo el universo vibra en una absurda danza cósmica al ritmo del Tao y de la diosa Shiva bailarina que con una mano crea y la otra destruye, sensual y terrible a la vez; explota el cosmos y se expande al infinito para contraerse después como un gigantesco corazón, y baila el mar con los delfines y lamen las olas las playas sin descanso, y danzan los planetas en perfecta armonía en torno a una estrella inimaginable y giran las moscas y los derviches, y todo nace y muere y yo siento morir hilvanada en la línea de bajo, títere de un Dj bajado de los cielos o quizás venido de los infiernos, quién sabe, en el medio de la pista mi cuerpo flota y gira y reluce en éxtasis místico y siento las gotas de sudor tibio surcando mi frente y mis sienes y la realidad se cubre de aceite y todo resbala suavemente, es una batalla de brazos y piernas y ojos perdidos, deseo levantar el vuelo como un cohete espacial y traspasar la atmósfera, salir del Sistema Solar y de la Vía Láctea y alcanzar el centro del Universo y la Nada que lo circunda a la velocidad de la luz y mi cuerpo que crezca, se expanda –subidón, subidón, subidón- y que lo cubra todo, que yo y el mundo seamos uno, por fin explotar en cientos de millones de pedazos brillantes como supernovas y unirme en comunión cósmica con Dios y la Eternidad, descansar al fin.
Y tú ¿qué crees?

- Que estas drogada.

viernes, abril 21, 2006

Una foto


Pues es primavera y ahí fuera hace sol y la gente está más guapa y a nadie le apetece escribir ni leer ni pensar en cosas profundas y ni siquiera en chorradas, así que ahí les pongo una fotico del Autor para animar un poquito el blog y que fue tomada hace un año, la primavera pasada -cómo ha cambiado todo en un año-, por Andy un guiri con el que vivía entonces -el segundo al que enseñé español y el onceavo extranjero con el que compartí piso- y que ahora está en Perú o en Argentina en uno de esos viajes de iniciación y autoconocimiento que lo hijos de la pérfida Albión suelen darse cuando ven que se les acaba la juventud. Luego vuelven y se casan y lo cuentan a sus hijos y después a sus nietos.

Andy siempre estaba tomando fotos, consciente de su efímero paso por Madrid, así que conservo amplia documentación fotográfica de aquella época en la que paseábamos durante horas casi a diario: a Andy le fascinaba esta ciudad, sus calles, su cielo y sus mujeres. "La vida es buena aquí" decía siempre cuando volvíamos a casa al atardecer y nos tomábamos una caña en algún bar cerca de Plaza de España. "Sí", le decía yo, "sobretodo en primavera".

En la instantánea aparezco en el parquecito donde está el Templo de Debod, él siempre fantaseaba conque esta foto ilustrase la solapa de mi primer libro; bien, esto no es lo mismo pero se le parece.

Un beso.