Crees conocer una ciudad pero no conoces nada. Se puede comprobar en Google Earth: la superficie accesible al humilde ciudadano es un porcentaje mínimo: sólo están la calles. Pero luego, entre el laberinto de las calles, están los edificios y no sabemos qué contienen, quién vive ahí y por qué, cuanto pagan de alquiler, cuánto duermen, con qué sueñan, a quién, al despertar, desean: quiénes son. Y hay corralas con la ropa tendida y las voces de ventana a ventana se trenzan en las prendas húmedas, y los patios de luces sin luces, y los pasos de cebra sin cebras, y las canchas de los colegios, y los jardines internos de los monasterios donde salen a pastar las monjas. ¿Quiénes son las monjas?
Las piscinas de los complejos residenciales y esos espacios indeterminados de la periferia que no tienen nombre ni dueño, en los que se amontonan los hierros oxidados contra las malas hierbas y los violadores contra sus víctimas. Y los espacios ocupados por antenas e instalaciones eléctricas, y parabólicas y chimeneas y tuberías. Espacios anónimos de la ciudad a los que no tenemos acceso. Sólo conocemos, además, un tiempo de la ciudad, éste en el que vivimos. Pero en esa casa donde vives (o donde crees que vives) han vivido generaciones y generaciones de personas diminutas como tú que han paseado en los mismos bulevares, entre los mismos álamos, en días como hoy en los que muerde el invierno, y después se han muerto. Crees conocer una ciudad pero no conoces nada.
Crees conocer a una persona y sólo conoces su piel, sus manos, sus costumbres. Conoces su dirección postal y su número de móvil, su contacto en el Facebook y su marca de tabaco. Sabes lo que hace en días laborables y algo mejor lo que hace en los festivos. Conoces algo de su historia contada por su boca o por algún álbum de fotos amarillo, pero nunca estuviste ahí para saberlo. Sabes lo que dice que piensa pero no lo que piensa a oscuras, por la noche, cuando todo está en silencio y no llega el sueño. Oyes las palabras que te dice, pero no las que se dice a si misma en su cabeza. Crees conocer a una persona, pero no conoces nada.
Crees conocerte a ti mismo pero sólo conoces la piel del pensamiento. Y ¿quién de todas esas voces que resuenan muy adentro de tu cráneo eres tú? El cerebro es un intrincado laberinto del que van saliendo cosas al azar. Y ni siquiera puedes recordar todo lo que has visto o has vivido, y también están los sueños, qué misterio, que a saber de dónde salen y qué significado tienen, si es que al final tienen alguno y no es la propia descoordinación de la memoria. O las veces que perdemos el control y sale la bestia. O tantas noches sin ni siquiera ser tú mismo, ebrio de oscuridad y algunas lucecitas.
Crees conocerte a ti mismo y no conoces nada.
miércoles, enero 27, 2010
jueves, enero 14, 2010
Acróbata y nocturna
Caótica y perfecta,
acróbata y nocturna:
amo a esta ciudad enferma.
Lamo su áspero asfalto,
a cuatro patas,
y palpo la grietas de su cielo herido.
Esta ciudad se sobrepasa a si misma
y se desborda.
La amo como un perro.
Esta ciudad no es solo la suma
de las cosas que contiene
(las personas, los mendigos,
los agujeros negros del techno,
una colección completa de delirios)
Es la suma de todo eso y algo más:
esta ciudad es una bestia horrenda
que me engulle al atardecer
y que devuelve
-delicada-
mi cuerpo desvalido
al alba.
Oigo su respiración ronca,
sus latidos,
se levanta furiosa sobre dos patas,
vibra mi miedo,
clava sus garras.
Caótica y perfecta,
acróbata y nocturna
amo a esta ciudad invertebrada.
Madrid:
quiero follármela.
acróbata y nocturna:
amo a esta ciudad enferma.
Lamo su áspero asfalto,
a cuatro patas,
y palpo la grietas de su cielo herido.
Esta ciudad se sobrepasa a si misma
y se desborda.
La amo como un perro.
Esta ciudad no es solo la suma
de las cosas que contiene
(las personas, los mendigos,
los agujeros negros del techno,
una colección completa de delirios)
Es la suma de todo eso y algo más:
esta ciudad es una bestia horrenda
que me engulle al atardecer
y que devuelve
-delicada-
mi cuerpo desvalido
al alba.
Oigo su respiración ronca,
sus latidos,
se levanta furiosa sobre dos patas,
vibra mi miedo,
clava sus garras.
Caótica y perfecta,
acróbata y nocturna
amo a esta ciudad invertebrada.
Madrid:
quiero follármela.
viernes, enero 08, 2010
Su cuerpo era un tren de mercancías, su cuerpo
era un hongo nuclear, su cuerpo era las nubes, las tardes
de domingo, el olor a gasolina, la ansiedad.
Su cuerpo
era una gota de rocío en un ortiga, su cuerpo era un yunque
y un martillo, su cuerpo era una pista de despegue,
su cuerpo era otro cielo, un vertedero, el filo de una espada,
un pétalo cayendo en espiral hacia un abismo. Su cuerpo
era un supermercado de descuento, su cuerpo era un narcótico,
una constelación de pecas al azar, su cuerpo era la barra de un bar
de última hora mordiendo la mañana, los planetas
giraban alrededor, y toda la galaxia,
y todo el Universo, su cuerpo
era el eje del Cosmos conocido, y la energía oscura,
su cuerpo suplía la ausencia de un mal Dios.
No se si me he explicado: su cuerpo lo era Todo.
Mi cuerpo,
sin su cuerpo,
ya no es Nada.
era un hongo nuclear, su cuerpo era las nubes, las tardes
de domingo, el olor a gasolina, la ansiedad.
Su cuerpo
era una gota de rocío en un ortiga, su cuerpo era un yunque
y un martillo, su cuerpo era una pista de despegue,
su cuerpo era otro cielo, un vertedero, el filo de una espada,
un pétalo cayendo en espiral hacia un abismo. Su cuerpo
era un supermercado de descuento, su cuerpo era un narcótico,
una constelación de pecas al azar, su cuerpo era la barra de un bar
de última hora mordiendo la mañana, los planetas
giraban alrededor, y toda la galaxia,
y todo el Universo, su cuerpo
era el eje del Cosmos conocido, y la energía oscura,
su cuerpo suplía la ausencia de un mal Dios.
No se si me he explicado: su cuerpo lo era Todo.
Mi cuerpo,
sin su cuerpo,
ya no es Nada.
miércoles, diciembre 23, 2009
Dar la vuelta al mundo muchas veces,
vencer el miedo, quebrar el cielo en vuelo supersónico,
cruzar las nubes sin maletas y ver la Tierra desde arriba,
huyendo hacia a otro sitio. Dar la vuelta al mundo
muchas veces, surcar a nado los océanos, en las algas
enredarte y olvidar en el refugio de la jungla
cualquier sórdido secreto. Dar la vuelta
al mundo muchas veces en busca de algo nuevo
que traiga algo de brillo, que espante la niebla
que te envuelve, que borre el tatuaje trágico del tiempo.
Pasar por sitios aún más desiertos, cerrar las puertas a tu paso,
irse dando cuenta poco a poco de
–huir-
la banalidad de tu propósito.
Dar la vuelta al mundo muchas veces,
en míseros trenes, en blancos veleros cortando las olas
que impiden el paso, buscando el calor en el polo,
hallando el frío en el trópico. Dar la vuelta al mundo
muchas veces y no encontrar nada,
y volver con las manos vacías y la triste certeza
de que estaba en tu casa lo que buscabas.
Dar la vuelta al mundo muchas veces y comprobar,
a la vuelta, en la casa vacía, en la cama vacía,
en la almohada revuelta, en posos de café
aún calientes,
al fin,
que te has marchado.
vencer el miedo, quebrar el cielo en vuelo supersónico,
cruzar las nubes sin maletas y ver la Tierra desde arriba,
huyendo hacia a otro sitio. Dar la vuelta al mundo
muchas veces, surcar a nado los océanos, en las algas
enredarte y olvidar en el refugio de la jungla
cualquier sórdido secreto. Dar la vuelta
al mundo muchas veces en busca de algo nuevo
que traiga algo de brillo, que espante la niebla
que te envuelve, que borre el tatuaje trágico del tiempo.
Pasar por sitios aún más desiertos, cerrar las puertas a tu paso,
irse dando cuenta poco a poco de
–huir-
la banalidad de tu propósito.
Dar la vuelta al mundo muchas veces,
en míseros trenes, en blancos veleros cortando las olas
que impiden el paso, buscando el calor en el polo,
hallando el frío en el trópico. Dar la vuelta al mundo
muchas veces y no encontrar nada,
y volver con las manos vacías y la triste certeza
de que estaba en tu casa lo que buscabas.
Dar la vuelta al mundo muchas veces y comprobar,
a la vuelta, en la casa vacía, en la cama vacía,
en la almohada revuelta, en posos de café
aún calientes,
al fin,
que te has marchado.
jueves, diciembre 17, 2009
Feliz Navidad
Hola buenos días tengan ustedes… que tengan ustedes muy buenos días… sólo quería robarles un poquito de su valioso tiempo… ahora que se dirigen a sus puestos de trabajo, espero no ser molestia de ningún tipo…. soy un joven politoxicómano y enfermo de sida desde hace cuatro años y medio… las circunstancias de la vida me arrojaron a la Droga… en los años 80 nos vendían la Heroína como una panacea… una aventura… sólo somos unos enfermos sociales… me gustaría trabajar y ganarme la vida de manera digna pero… pero la sociedad no nos acepta… no quisiera molestarles señores y señoras con mis problemas… querría sólamente pedirles una ayuda para comer esta mañana… para un café y un bocadillo y para alimentar a mi hija y a mi mujer, también enferma… hace frío... estamos viviendo en la calle... no es para Droga, si alguno de ustedes tuviera a bien ofrecerme un puesto de trabajo me encantaría ganarme la vida dignamente… la sociedad no nos acepta, no tengo paro ni ninguna otra ayuda así que me veo obligado a pedir en el metro tristemente… pero peor es robar… si alguno de ustedes, señores y señoras, quisiera comprarme algo de comida, para mi y para mi mujer y mi pequeña niña de tres años, se lo agradecería enormemente… muchas gracias por su atención, señores y señoras, que tengan buen viaje... y muy buen día y una buena jornada laboral en sus puestos de trabajo… muchas gracias...gracias… feliz navidad.
jueves, diciembre 10, 2009
Puercoespín
Andrés me está contando que igual cogen el bar entre dos, que él no quiere todas las responsabilidades, yo me pregunto dónde estarás ahora, qué estarás haciendo y con quién, ¿otra caña?, yo sí, que sean dos, ah, y una de gambas, imagino tu cuerpo desnudo entre las sucias manos de otro, pongamos calvo y fornido, con algún tatuaje y barba de dos días, alguien que apareció en alguno de los últimos bares de la noche y te acogió inocentemente en su casa, tal y como yo hice una vez. Lo fundamental, dice Andrés, es hacerse con una clientela fiel, que venga cada noche, que se sienta identificada emocionalmente con el garito, claro, y tu espalda combada entre sus brazos, y tú gimiendo a cuatro patas, recuerdo cuando fuimos la última vez a la playa, tú jugabas con el hijo de Inés y Pablo, y yo apenas te hice caso aquel verano, me da cierta tristeza cada vez que pienso en ello, y dónde estás ahora, mientras Andrés me sigue hablando y gesticula con las manos y dice ‘responsabilidad’ y dice ‘miedo’; me imagino un televisor con la imagen partida en dos, y muerdo una gamba, y doy un trago, y me imagino que yo estoy a un lado de la imagen, en la barra, con Andrés que ahora me habla de una novela ‘deliciosa’, pensando en ti, y tú estás en la otra mitad de la pantalla, pero dónde, con quién, haciendo qué; una novela, dice Andrés, que no puedo dejar de leer, yo se la recomiendo a todo el mundo, pues habrá que leerla, acierto a decir para evitar que la conversación decaiga, para que Andrés siga hablando un rato más, mientras yo me digo: debería dejar de beber, o debería beber más, o tal vez debería irme a mi casa y meterme a oscuras en la cama, abrazar el sueño del Orfidal hasta mañana, pero ¿dónde estarás cuando amanezca ? tal vez no supe ver las cosas buenas. Un golpe del vaso vacío de Andrés sobre la barra me saca de la ensoñación, ¿qué, nos vamos a ir de copas?, sí, supongo, claro, digo, perdámonos en los callejones de la noche, tal vez debería asumir la situación, no, ya pago yo, pero es que hay un erizo detrás de mi esternón cada vez que te veo cogida a otro en mi cabeza, ciega, marchándote a su casa, desconectando el móvil, son trece euros diez, quédate la vuelta, pero es que hay un puercoespín girando dentro de mi vientre y no se cómo coño, vámonos, dice Andrés, lo tengo que matar.
lunes, diciembre 07, 2009
Otra maldita crónica de un viaje a Asturias
Todo empezó como empieza siempre: una resaca de colores, carreras por el metro para llegar a tiempo, coger el autobús in extremis cuando ya se está yendo, tratar de conciliar el sueño en posturas incómodas, el dolor en el cuello, mientras el tedioso paisaje de Castilla la Vieja pasa al otro lado de la ventana y una tipeja sentada al lado dice chorradas durante horas a través de su teléfono móvil. Al llegar a Oviedo, la heroica ciudad dormía la siesta, que diría Clarín, y yo tenía mucho sueño.
La tarde del viernes fui a la tertulia de los poetas a ver si me ayudaban para el reportaje. Allí Javier Almuzara contó una anécdota: al parecer anda dando talleres literarios para niños en torno a los diez años y uno de los educativos ejercicios que les propone consiste en construir un diccionario. Estas son algunas de las definiciones que han ideado:
- Abuelita: señora mayor que me da lo quiero cuando mis padres no me lo dan.
- Juguete: cosa que me compra mi padre para no tener que jugar conmigo.
Y la mejor:
- Tiempo: reloj que no existe pero que se nota.
Aaayyyy, diablillos… Los niños de hoy tienen un toque entre irónico y despiadado que me asusta.
Al día siguiente, sábado, viajé a un pueblecito de la costa a recabar información para el otro de los reportajes que tengo entre manos. Allí conocí a un tipo, el anciano P., que me hizo de guía. Vive en un lujoso chalet, de esa arquitectura que en los 60’s era moderna y que ha envejecido un poco mal, como de mansión de malo de James Bond, encaramado en el monte, y desde el que hay unas vistas increíbles (el Cantábrico, las montaña metiéndose a saco en el mar, la niebla). El chalet, sin embargo, no es suyo, sino de su cuñado, un anciano empresario que tiene la casa llena (y cuando digo llena es que no quedan huecos libres en las paredes) de fotos de sus viajes por todo el orbe terrestre, simbología franquista a tutti y decoración de lo más rancia, en un claro desaprovechamiento de aquel espacio y aquellas vistas maravillosas. P., en cambio, es un viejo intelectual de izquierdas, periodista, que vivió más de una década en el París de Sastre, Foucault, el estructuralismo y el 68 (que le cogió fuera), que estudió mil carreras desarrollando los más variopintos oficios, y llegó a altos cargos en la agencia France Press y Efe.
Después de la visita al pueblo, P. habló un par de horas (comiendo un pote asturiano casero delicioso), con mucho tino, templanza y criterio, sobre aquellos tiempos frenéticos, sobre poesía, sobre inmigración. Lo que une a estos dos personajes casi antitéticos, el empresario facha y el romántico periodista afrancesado, es la hermana de P. y mujer del empresario, que murió hace seis años después de cuatro en coma, tras sufrir un ictus. Su viudo ha construido un parque en la ladera de la montaña, de su propiedad, en honor a su amada desaparecida, con estatuas de la susodicha, poemas en su memoria escritos por varias personas, retratos de todos los reyes asturianos y, como en la plaza de España de Sevilla, un lugar dedicado a cada comunidad autónoma del Estado (¿). Puro kistch.
Para más inri había allí una pareja cincuentona que se acerca cada fin de semana al pueblo para cuidar de los dos ancianos y prepararles la comida hasta el próximo viernes. Me enteré, mientras visitaba el pueblo con el marido, que llevaba 20 años sufriendo depresión crónica y crisis de ansiedad aunque no se le notaba nada. “Estoy bien porque voy hasta arriba de antidepresivos y ansiolíticos”, me dijo muy sonriente. Al parecer, fue uno de los primeros casos de acoso laboral en España (lo que ahora se llama mobbing), y está prejubilado por esa depresión que todavía colea.
Todo aquello me pareció flipante, no sólo el caso de este hombre, sino el ambiente general de aquella casa, aquellas cuatro personas con extrañas relaciones en un espacio que parece que duerme todavía soñando con otro tiempo. Habría que escribir una novela. Y luego hacer la peli, algo en plan documental como El Desencanto, de Jaime Chavarri.
Y por la noche, cómo no, salir por Oviedo. De mis correría en Vetusta ya he escrito bastante (aquí, por ejemplo, y aquí). La cosa fue más o menos como siempre, o mejor, porque siempre es mejor recorrer los bares de Oviedo y quedar con unos y con otros, y encontrarse con el resto, en esa vorágine neblinosa que es la noche ovetense. El amanecer me cogió refugiado en el pesebre del belén a tamaño real que coloca el ayuntamiento en la plaza de la Catedral, en sintonía con lo que fue el resto de la noche.
Fue una visita relámpago: ayer me volví, y todo acabó como acaba siempre: una resaca de colores, el sueño incómodo del viaje de vuelta ante el tedioso paisaje castellano, y una tipeja al lado que, por suerte, no habló por teléfono en todo el viaje. Al vislumbrar el skyline de Madrid refulgiendo en el horizonte, el Palacio Real, las torres KIO, los edificios de Plaza de España, me invadió una extraña emoción, recordando de golpe, todo a la vez, los años que he pasado en esta salvaje ciudad, una de las dos que amo. Porque sí se puede amar a dos ciudades a la vez, y no estar loco.
La tarde del viernes fui a la tertulia de los poetas a ver si me ayudaban para el reportaje. Allí Javier Almuzara contó una anécdota: al parecer anda dando talleres literarios para niños en torno a los diez años y uno de los educativos ejercicios que les propone consiste en construir un diccionario. Estas son algunas de las definiciones que han ideado:
- Abuelita: señora mayor que me da lo quiero cuando mis padres no me lo dan.
- Juguete: cosa que me compra mi padre para no tener que jugar conmigo.
Y la mejor:
- Tiempo: reloj que no existe pero que se nota.
Aaayyyy, diablillos… Los niños de hoy tienen un toque entre irónico y despiadado que me asusta.
Al día siguiente, sábado, viajé a un pueblecito de la costa a recabar información para el otro de los reportajes que tengo entre manos. Allí conocí a un tipo, el anciano P., que me hizo de guía. Vive en un lujoso chalet, de esa arquitectura que en los 60’s era moderna y que ha envejecido un poco mal, como de mansión de malo de James Bond, encaramado en el monte, y desde el que hay unas vistas increíbles (el Cantábrico, las montaña metiéndose a saco en el mar, la niebla). El chalet, sin embargo, no es suyo, sino de su cuñado, un anciano empresario que tiene la casa llena (y cuando digo llena es que no quedan huecos libres en las paredes) de fotos de sus viajes por todo el orbe terrestre, simbología franquista a tutti y decoración de lo más rancia, en un claro desaprovechamiento de aquel espacio y aquellas vistas maravillosas. P., en cambio, es un viejo intelectual de izquierdas, periodista, que vivió más de una década en el París de Sastre, Foucault, el estructuralismo y el 68 (que le cogió fuera), que estudió mil carreras desarrollando los más variopintos oficios, y llegó a altos cargos en la agencia France Press y Efe.
Después de la visita al pueblo, P. habló un par de horas (comiendo un pote asturiano casero delicioso), con mucho tino, templanza y criterio, sobre aquellos tiempos frenéticos, sobre poesía, sobre inmigración. Lo que une a estos dos personajes casi antitéticos, el empresario facha y el romántico periodista afrancesado, es la hermana de P. y mujer del empresario, que murió hace seis años después de cuatro en coma, tras sufrir un ictus. Su viudo ha construido un parque en la ladera de la montaña, de su propiedad, en honor a su amada desaparecida, con estatuas de la susodicha, poemas en su memoria escritos por varias personas, retratos de todos los reyes asturianos y, como en la plaza de España de Sevilla, un lugar dedicado a cada comunidad autónoma del Estado (¿). Puro kistch.
Para más inri había allí una pareja cincuentona que se acerca cada fin de semana al pueblo para cuidar de los dos ancianos y prepararles la comida hasta el próximo viernes. Me enteré, mientras visitaba el pueblo con el marido, que llevaba 20 años sufriendo depresión crónica y crisis de ansiedad aunque no se le notaba nada. “Estoy bien porque voy hasta arriba de antidepresivos y ansiolíticos”, me dijo muy sonriente. Al parecer, fue uno de los primeros casos de acoso laboral en España (lo que ahora se llama mobbing), y está prejubilado por esa depresión que todavía colea.
Todo aquello me pareció flipante, no sólo el caso de este hombre, sino el ambiente general de aquella casa, aquellas cuatro personas con extrañas relaciones en un espacio que parece que duerme todavía soñando con otro tiempo. Habría que escribir una novela. Y luego hacer la peli, algo en plan documental como El Desencanto, de Jaime Chavarri.
Y por la noche, cómo no, salir por Oviedo. De mis correría en Vetusta ya he escrito bastante (aquí, por ejemplo, y aquí). La cosa fue más o menos como siempre, o mejor, porque siempre es mejor recorrer los bares de Oviedo y quedar con unos y con otros, y encontrarse con el resto, en esa vorágine neblinosa que es la noche ovetense. El amanecer me cogió refugiado en el pesebre del belén a tamaño real que coloca el ayuntamiento en la plaza de la Catedral, en sintonía con lo que fue el resto de la noche.
Fue una visita relámpago: ayer me volví, y todo acabó como acaba siempre: una resaca de colores, el sueño incómodo del viaje de vuelta ante el tedioso paisaje castellano, y una tipeja al lado que, por suerte, no habló por teléfono en todo el viaje. Al vislumbrar el skyline de Madrid refulgiendo en el horizonte, el Palacio Real, las torres KIO, los edificios de Plaza de España, me invadió una extraña emoción, recordando de golpe, todo a la vez, los años que he pasado en esta salvaje ciudad, una de las dos que amo. Porque sí se puede amar a dos ciudades a la vez, y no estar loco.
martes, diciembre 01, 2009
Apisonadora
El día primero de cada mes uno es tragado por la boca de metro y al fondo, donde deberían de estar sus cuerdas vocales y su campanilla (las de la boca del metro, me refiero) pero hay, en cambio, una máquina expendedora, se compra uno el abono mensual que le permitirá tomar todo tipo de transporte público durante los siguientes 30 días. Y en el abono, ese todopoderoso y pequeño cartón, uno lee, en tres cifras y dos letras, las exactas coordenadas temporales: DIC 09. ¿No se siente usted como arrollado por una apisonadora?
Recuerdo mi primer abono transporte, decía: OCT 01. Eran aquellos días extraños de recién llegado a la ciudad y fantaseaba con que alguna vez aquel cartoncito dijera, 03 o 04, y no conseguía imaginar como sería llevar aquí tanto tiempo. No sólo dijo esas cifras, el abono, si no que llegó a decir 07 y 08 y hasta este DIC 09 al que nos asomamos con vértigo. El último mes de la década.
El tiempo te arrolla y uno no puede más que sentir esta impotencia y este miedo. El devenir es como ese momento cuando el avión va a despegar y a uno no le gusta volar, y sabe que la máquina tremenda va a rugir como una bestia horrenda y va a alzar el vuelo traqueteándose y uno no va a poder hacer nada para evitarlo. Simplemente va a ocurrir y ya está. Como esperar con el culo al aire la inyección del practicante cuando se es niño. Como observar la salida del vello púbico, el crecimiento de la barba, la caída del pelo, la deficiente metabolización de las grasas, la decadencia inexorable de los cuerpos. Sin que uno pueda hacer nada.
Al menos el metro es un lugar donde el tiempo parece que no pasa. Su luz es igual a primera hora de la madrugada que a última de la noche, como si ahí los relojes, los calendarios, todo estuviese abolido, excepto la fecha de los periódicos gratuitos y el reflejo que te devuelve, en el vagón, entre las cabezas de otros dos viajeros, el cristal de enfrente. Y viéndose uno cambiar muy poco a poco, cada día, en ese cristal, observa horrorizado en su mano el abono transporte, sus tres cifras y dos letras, y se pregunta cuáles serán el último día de la vida.
Recuerdo mi primer abono transporte, decía: OCT 01. Eran aquellos días extraños de recién llegado a la ciudad y fantaseaba con que alguna vez aquel cartoncito dijera, 03 o 04, y no conseguía imaginar como sería llevar aquí tanto tiempo. No sólo dijo esas cifras, el abono, si no que llegó a decir 07 y 08 y hasta este DIC 09 al que nos asomamos con vértigo. El último mes de la década.
El tiempo te arrolla y uno no puede más que sentir esta impotencia y este miedo. El devenir es como ese momento cuando el avión va a despegar y a uno no le gusta volar, y sabe que la máquina tremenda va a rugir como una bestia horrenda y va a alzar el vuelo traqueteándose y uno no va a poder hacer nada para evitarlo. Simplemente va a ocurrir y ya está. Como esperar con el culo al aire la inyección del practicante cuando se es niño. Como observar la salida del vello púbico, el crecimiento de la barba, la caída del pelo, la deficiente metabolización de las grasas, la decadencia inexorable de los cuerpos. Sin que uno pueda hacer nada.
Al menos el metro es un lugar donde el tiempo parece que no pasa. Su luz es igual a primera hora de la madrugada que a última de la noche, como si ahí los relojes, los calendarios, todo estuviese abolido, excepto la fecha de los periódicos gratuitos y el reflejo que te devuelve, en el vagón, entre las cabezas de otros dos viajeros, el cristal de enfrente. Y viéndose uno cambiar muy poco a poco, cada día, en ese cristal, observa horrorizado en su mano el abono transporte, sus tres cifras y dos letras, y se pregunta cuáles serán el último día de la vida.
domingo, noviembre 22, 2009
Pantera en el cielo
Como ella era guapérrima y siempre servía con un vestido que la dejaba desnuda desde cuello a la cintura -toda la espalda-, cada vez que se daba la vuelta para coger una botella de ron Brugal, de Jack Daniels, de ginebra Hendrikcs, de lo que fuera, todo el público masculino, y parte del femenino, se volvía a admirar su espinazo, las pecas que lo rodeaban, sus hombros poligonales, la leve insinuación de sus costillas y del comienzo de sus breves, tímidos, pero perfectos pechos (osea, unas tetas pequeñas muy bien puestas). Era un saco de huesos. Me gustaba.
Yo me hice parroquiano de aquel bar, me apoyaba en la barra a diario, pedía cañas dobles, leía el periódico, y después un gin tonic. Sorprendentemente, ella me caía bien. Mientras vertía el líquido en mi copa hablábamos de cualquier cosa absurda, ella no me miraba, estaba pendiente del bar, del público, de los otros: el trabajo.
Un día, en una servilleta, dibujé las pecas de su espalda. La toqué con el dedo índice en el hombro, para llamar su atención. Se volvió. Frunció el ceño. Eran muchos los que trataban de tocarla -ella, ahí expuesta como un trozo de carne suministrando alcohol-, de decirle cualquier cosa, de tratar de llevársela a la cama, como yo. Le dije: las pecas de tu espalda tienen la misma disposición que una constelación que sólo se ve en el hemisferio sur. Entonces, de pronto, sonrió, y su cuerpo descompuesto se apoyó en la barra. ¿Qué constelación? La de la pantera, dije. Cogió el papel, muy halagada y se lo guardo en el bolsillo de la falda.
Hace años que compartimos la cama y la vida. Ella es el sol que lo ilumina todo y en torno al que todo gravita. Ella es lo que sustenta el Universo. La quiero como un perro. Sin embargo, todo (el Universo) corre un grave peligro, y eso me inquieta todo el rato. El mundo se puede acabar en cualquier puto momento.
Por supuesto, ella (que no es muy leída, la pobre) nunca buscó una pantera en el cielo del hemisferio sur, en ningún tratado de astronomía.
Por supuesto, yo me inventé todo aquello, y no hay pantera, ni constelación en el hemisferio sur, ni nada parecido.
Tengo miedo, como siempre, cada vez que se acerca a la estantería.
Yo me hice parroquiano de aquel bar, me apoyaba en la barra a diario, pedía cañas dobles, leía el periódico, y después un gin tonic. Sorprendentemente, ella me caía bien. Mientras vertía el líquido en mi copa hablábamos de cualquier cosa absurda, ella no me miraba, estaba pendiente del bar, del público, de los otros: el trabajo.
Un día, en una servilleta, dibujé las pecas de su espalda. La toqué con el dedo índice en el hombro, para llamar su atención. Se volvió. Frunció el ceño. Eran muchos los que trataban de tocarla -ella, ahí expuesta como un trozo de carne suministrando alcohol-, de decirle cualquier cosa, de tratar de llevársela a la cama, como yo. Le dije: las pecas de tu espalda tienen la misma disposición que una constelación que sólo se ve en el hemisferio sur. Entonces, de pronto, sonrió, y su cuerpo descompuesto se apoyó en la barra. ¿Qué constelación? La de la pantera, dije. Cogió el papel, muy halagada y se lo guardo en el bolsillo de la falda.
Hace años que compartimos la cama y la vida. Ella es el sol que lo ilumina todo y en torno al que todo gravita. Ella es lo que sustenta el Universo. La quiero como un perro. Sin embargo, todo (el Universo) corre un grave peligro, y eso me inquieta todo el rato. El mundo se puede acabar en cualquier puto momento.
Por supuesto, ella (que no es muy leída, la pobre) nunca buscó una pantera en el cielo del hemisferio sur, en ningún tratado de astronomía.
Por supuesto, yo me inventé todo aquello, y no hay pantera, ni constelación en el hemisferio sur, ni nada parecido.
Tengo miedo, como siempre, cada vez que se acerca a la estantería.
viernes, noviembre 13, 2009
Los dos minutos del Odio
Otra vez andan por ahí esos tipos de los abrazos gratis, le dije a W en aquella terraza del centro, y ahora con la llegada de la Navidad y de los buenos sentimientos seguro que proliferan como el musgo, como las enfermedades de transmisión sexual, como la sarna. A mí me hacen gracia, dijo W. con su habitual candor, el mundo es un sitio tan hostil que está bien que alguien vaya de buen rollo dando abrazos al prójimo, es un gesto de buena voluntad. Y se terminó lo que quedaba de su caña. Pues a mi me parece, apostillé, un gesto de buenrrollismo absurdo. Si la gente da abrazos sin motivo aparente el valor de un abrazo se devalúa: es un gesto que pasa a no significar nada. Yo quiero que me abracen cuando realmente significa algo: cuando me quieren, cuando necesito ánimo, cuando rebosa la alegría. No abrazar a un mindundi que no he visto en mi puta vida, que se aburre tanto como para salir a rondar por la calle Preciados con un cartel colgando. Mejor daban hostias gratis, un buen bofetón (como ya expliqué una vez en este sitio), que al menos para dar una hostia basta con sentir ese poso de resentimiento y odio tan humano que cualquiera siente por un desconocido. A mí lo que me parece obsceno, replicó W. mientras pedía otra caña, es lo del Facebook. De pronto todo el mundo se quiere, se echa de menos, todo el mundo está deseando verse siempre y tomar unas cañas, y lo escriben ahí a la vista del público: me resulta postizo, populista, excesivo, y bastante cursi. Bueno, basta con mirar el número de amigos que tenemos en nuestros perfiles, tú tienes un montón ¿Los conoces a todos? ¿Eh? En cambio nadie se escribe mensajes de odio. Eso equilibraría la balanza y daría una imagen más fiel de lo que es el mundo. Porque, aunque cada vez más Facebook es el mundo, la realidad todavía no se transvasado completamente a la web (aunque lo hará, sin duda). Imagínate ahora que un extraterrestre del planeta Chitón llegara a la Tierra y se diera un garbeo por Facebook: pensaría que este es un planeta movido por los buenos sentimientos y el amor, como en los anuncios de Don Algodón. Y yo creo, bueno, es evidente, que es justamente lo contrario. No, si en todo eso estoy de acuerdo, le dije.
Nos quedamos en silencio, mirando a los transeúntes. Se levantó una suave brisa que hizo volar unas hojas secas, algunos papeles. Los peatones aceleraron el paso, los transeúntes se colocaban la bufanda. W. se subió la cremallera de la cazadora y resopló. A unos metros, una señora tropezó y se cayó aparatosamente al suelo. Nadie se acercó a echarle una mano. No muy lejos una pareja de policía recriminaba a un hombre disfrazado de Winnie The Pooh (algo siniestro) que vendiese globos a los niños. Miré al cielo terrible y plomizo. Sentí frío. Observé a Winnie The Pooh volviendo cabizbajo a casa tras ser amonestado por los polis. Y pensé que tal vez las cosas estaban cambiando.
Nos quedamos en silencio, mirando a los transeúntes. Se levantó una suave brisa que hizo volar unas hojas secas, algunos papeles. Los peatones aceleraron el paso, los transeúntes se colocaban la bufanda. W. se subió la cremallera de la cazadora y resopló. A unos metros, una señora tropezó y se cayó aparatosamente al suelo. Nadie se acercó a echarle una mano. No muy lejos una pareja de policía recriminaba a un hombre disfrazado de Winnie The Pooh (algo siniestro) que vendiese globos a los niños. Miré al cielo terrible y plomizo. Sentí frío. Observé a Winnie The Pooh volviendo cabizbajo a casa tras ser amonestado por los polis. Y pensé que tal vez las cosas estaban cambiando.
miércoles, noviembre 04, 2009
Unas pecas de Nada en la espalda
Y de pronto tratas de recordar, viendo las fotos, qué coño hiciste aquel mes -tan sólo han pasado dos años-, porque también ha sonado casualmente una canción evocadora de aquel tiempo (la capacidad evocadora de la música es sorprendente, pero más aún es la del olfato, esos olores que creías olvidados y que cualquier día inopinado, al entrar en una habitación desconocida o al dar dos besos a alguien que no es aquel alguien pero que huele exactamente igual que aquel, te trae de pronto y en barrena un tiempo pretérito, mejor o peor, pero completo y con todas sus aristas y sus pliegues, como un fogonazo de otra realidad que pasó antes), porque te has puesto a intentar recordar que estaba ocurriendo hace dos años y has buscado un calendario perpetuo en Internet, y has buscado noviembre 2007, y te ha mostrado una treintena de días de los que apenas tienes un par de recuerdos (que te refugiaste aquel mes en casa de G, que E cambió de pelo y no venía porque estábamos en obras, que meábamos en cubos porque el baño estaba siendo reformado, que te aburrías desocupado todo el día), pero qué pasó en cada uno de esos días, quisieras saber, en qué tarde paseaste esperando la entrega de algún premio, por dónde y bajo qué cielo, qué decían las portadas de periódico, qué libros dormían en la mesa, que sentías, por qué el mundo se iba oscureciendo. El tiempo está vacío: a nuestras espaldas solo hay una gran nada salpicada de momentos puntuales, como pecas en la espalda. Cuando usted va en metro, cuando ve la tele, cuando se masturba antes de acostarse, cuando bebe, usted no está haciendo nada memorable, usted no está viviendo. Constrúyase una vida extraordinaria. Desde aquí lo recomiendo.
lunes, noviembre 02, 2009
Los peces muertos siguen la corriente del río
Almorzando con mi amiga X. comenzamos a hablar sobre cuál era la cosa más mala que habíamos hecho en la vida, ya ves tú qué cosas. La conversación iba más bien orientada al trato a las mascotas –aunque a mí ya se me estaban ocurriendo a borbotones las putadas más horrendas que he hecho a las personas- así que primero X. relató, mientras desbarataba su espléndida brocheta de cazón en adobo sobre el plato, cómo una vez había arrojado uno de sus pececitos naranjas por el fregadero. Los animales como los pececitos de pecera o las tortugas, me explicó, no causan tanta ternura o empatía a su dueño como otros, léase perros y gatos, mamíferos en general, así que ni corta ni perezosa lo arrojó por el desagüe porque ya no le hacía mucha gracia. Luego fantaseamos un rato con la posibilidad de que el pececito de marras hubiese sobrevivido, que hubiese caído por un intrincado laberinto de tuberías, cual Aquapark, hasta llegar a un mar. A un mar de mierda de alcantarilla, todo sea dicho.
A los postres seguimos hablando de estas pequeñas grandes maldades. X. recordó otra ocasión (la dulce X., pensé, yo no imaginaba que esta chica tenía está fortísima necesidad de matar) en que quiso deshacerse de otro de sus pececillos. Ahora, en vez de arrojarlo burdamente desagüe abajo, fue más cerebral, más fría, más calculadora: optó por dejarle en la pecera, sin alimentarle, sin limpiar el agua, indefinidamente. Cada día pasaba por delante del recipiente simulando no enterarse del asunto, mientras el pez agonizaba hambriento, tal vez mirándola pasar indiferente al otro lado del cristal, y el agua de la pecera se volvía de un tono parduzco conferido por los excrementos del bicho. Imaginé a la X. niña, en toda su perversa inocencia, convenciéndose de que nada pasaba, día tras día y noche tras noche, negándose a sí misma lo evidente, hasta que una tarde, como estaba planeado, descubrió con falsa sorpresa que el pez yacía inerte, boca arriba, en el agua ponzoñosa.
“Me resultaba más fácil desentenderme que participar activamente en el fin de los peces”, dijo X. una vez habíamos terminado de comer, y aquello me pareció una sentencia fuerte y profunda. Tantas veces ocurre que es preferible mirar hacia otro lado dejando que la cruel naturaleza de las cosas siga su curso antes que enfrentar la adversidad… Tal vez sea lo que haya que hacer, porque al final no pasa nada, nada pasa, nada importa demasiado en esta vida, y los pececitos naranjas se venden en cada domingo en cada mercadillo de barrio, dentro de bolsas de plástico transparente, y, además, los ríos, como suele decirse, están llenos de ellos.
Hay que ser más cruel.
A los postres seguimos hablando de estas pequeñas grandes maldades. X. recordó otra ocasión (la dulce X., pensé, yo no imaginaba que esta chica tenía está fortísima necesidad de matar) en que quiso deshacerse de otro de sus pececillos. Ahora, en vez de arrojarlo burdamente desagüe abajo, fue más cerebral, más fría, más calculadora: optó por dejarle en la pecera, sin alimentarle, sin limpiar el agua, indefinidamente. Cada día pasaba por delante del recipiente simulando no enterarse del asunto, mientras el pez agonizaba hambriento, tal vez mirándola pasar indiferente al otro lado del cristal, y el agua de la pecera se volvía de un tono parduzco conferido por los excrementos del bicho. Imaginé a la X. niña, en toda su perversa inocencia, convenciéndose de que nada pasaba, día tras día y noche tras noche, negándose a sí misma lo evidente, hasta que una tarde, como estaba planeado, descubrió con falsa sorpresa que el pez yacía inerte, boca arriba, en el agua ponzoñosa.
“Me resultaba más fácil desentenderme que participar activamente en el fin de los peces”, dijo X. una vez habíamos terminado de comer, y aquello me pareció una sentencia fuerte y profunda. Tantas veces ocurre que es preferible mirar hacia otro lado dejando que la cruel naturaleza de las cosas siga su curso antes que enfrentar la adversidad… Tal vez sea lo que haya que hacer, porque al final no pasa nada, nada pasa, nada importa demasiado en esta vida, y los pececitos naranjas se venden en cada domingo en cada mercadillo de barrio, dentro de bolsas de plástico transparente, y, además, los ríos, como suele decirse, están llenos de ellos.
Hay que ser más cruel.
miércoles, octubre 28, 2009
No hay futuro
El futuro no forma parte del tiempo, como dice Rafael Chirbes, pero tampoco lo hace el pasado: miramos al futuro con los ojos de la imaginación, es un muro lleno de pequeñas puertas cerradas, como contra las que un montón de chinos desesperados corrían en Humor Amarillo, y detrás de cada una de esas puertas está una vida diferente que imaginamos, y que casi nunca se concreta; o tal vez la muerte, que vendría a ser uno de esos chinos cachas, monstruosos y vociferantes que atrapaban a los sorprendidos concursantes y los arrojaban sin piedad a un apestoso estanque.
El pasado, en cambio, es sólo una puerta, una puerta cerrada a cal y canto tras la que se esconde todo lo que nos ha ido ocurriendo, territorio exclusivo de la memoria. Sin embargo, también el pasado está sujeto al cambio y la modificación, y también la imaginación con sus húmedos tentáculos manipula el recuerdo de cuanto nos ha ocurrido, de modo que si me repito muchas veces una mentira, una versión falsa de un hecho, acabo recordándolo como me digo que sucedió y no como sucedió en realidad, si es que podemos aplicar esa palabra, realidad, a alguna cosa ¿real?
Hace un tiempo yo tenía una fuerte intuición respecto a la naturaleza del tiempo, una extraña teoría, en virtud de la cual todo estaba sucediendo simultáneamente (aunque esto suene a contradicción en los términos) y nuestra conciencia sólo iba pasando por los diferentes sucesos como un abalorio que se escurre por el hilo del collar. Así, yo estaba naciendo al mismo tiempo que estaba muriendo, o que me comía un helado a los 5 años en la parada del autobús de línea, del mismo modo que en el espacio yo puedo estar aquí escribiendo esto, mientras usted está allá donde esté haciendo cualquier otra cosa, todo a la vez. Por entonces, cuando era tan joven como para pensar y preocuparme por estas cosas, tenía una novia por la que sentía unos estrambóticos celos, pues, al tiempo que estaba conmigo, por ejemplo, viendo una peli en aquel sofá verde una tarde aburrida de domingo, yo sentía que estaba también con un novio pasado o uno futuro, crujiendo sudorosa bajo las sábanas, o comiendo un helado en la parada del bus, o viendo una peli en aquel sofá verde, una tarde aburrida de domingo, simplemente intercambiados él y yo, y una fecha en el calendario.
En fin, como dijo San Agustín : el tiempo, si no me preguntas lo que es, lo sé, si me lo preguntas, lo ignoro. Buenas tardes.
El pasado, en cambio, es sólo una puerta, una puerta cerrada a cal y canto tras la que se esconde todo lo que nos ha ido ocurriendo, territorio exclusivo de la memoria. Sin embargo, también el pasado está sujeto al cambio y la modificación, y también la imaginación con sus húmedos tentáculos manipula el recuerdo de cuanto nos ha ocurrido, de modo que si me repito muchas veces una mentira, una versión falsa de un hecho, acabo recordándolo como me digo que sucedió y no como sucedió en realidad, si es que podemos aplicar esa palabra, realidad, a alguna cosa ¿real?
Hace un tiempo yo tenía una fuerte intuición respecto a la naturaleza del tiempo, una extraña teoría, en virtud de la cual todo estaba sucediendo simultáneamente (aunque esto suene a contradicción en los términos) y nuestra conciencia sólo iba pasando por los diferentes sucesos como un abalorio que se escurre por el hilo del collar. Así, yo estaba naciendo al mismo tiempo que estaba muriendo, o que me comía un helado a los 5 años en la parada del autobús de línea, del mismo modo que en el espacio yo puedo estar aquí escribiendo esto, mientras usted está allá donde esté haciendo cualquier otra cosa, todo a la vez. Por entonces, cuando era tan joven como para pensar y preocuparme por estas cosas, tenía una novia por la que sentía unos estrambóticos celos, pues, al tiempo que estaba conmigo, por ejemplo, viendo una peli en aquel sofá verde una tarde aburrida de domingo, yo sentía que estaba también con un novio pasado o uno futuro, crujiendo sudorosa bajo las sábanas, o comiendo un helado en la parada del bus, o viendo una peli en aquel sofá verde, una tarde aburrida de domingo, simplemente intercambiados él y yo, y una fecha en el calendario.
En fin, como dijo San Agustín : el tiempo, si no me preguntas lo que es, lo sé, si me lo preguntas, lo ignoro. Buenas tardes.
martes, octubre 20, 2009
Canciones que molan: 'Get me away from here i'm dying' de Belle and Sebastian
Belle and Sebastian: ¿son alegres y dulces o son melancólicos? Nadie sabe decirlo a ciencia cierta (en buena medida porque esto no es ninguna ciencia), por un lado su música siempre suena soleada aunque también está siempre traspasada por cierta nostalgia. Get me away from here I’m dying es una de las grandes canciones de B&S, esa que le gusta a todo el mundo, que todo el mundo recuerda, esa que conocen los que sólo conocen una canción de la banda.
A mi me recuerda a aquellos viajes que hacíamos a principios de siglo a Tapia de Casariego, un pueblecito pesquero en el occidente asturiano, casi ya en Galicia, donde el amigo A. tiene una pequeña casita de pescadores, asomada a un acantilado (parecía que el continuo retumbar de las olas violentas del Cantábrico, allá abajo, iban a arrancar el peñasco y a llevarnos a la deriva hasta despertar confundidos frente a las costas de Irlanda), una pequeña casita donde nos hacinábamos para pasar un findesemana de esos de la media juventud, con mucho alcohol y mucha charla, de la que ya no hay (cuando nos hicimos más viejos dejamos de charlar tanto, porque perdimos nuestras convicciones y ahora casi nadie discute nada porque nadie defiende nada porque nadie entiende por qué él mismo ha de poseer la verdad y no el otro: somos posmodernos). Ahora hablamos de sueldos, puestos de trabajo, hipotecas, de esas inmundicias.
Así que recuerdo el coche en la serpenteante carretera rodeada de vegetación frondosa y verde oscuro, Txavi iba delante pinchando, yo detrás, no sé quién conducía, fuera llovía de forma lenta y triste, como a veces llueve en Asturias, parecía que ni siquiera el cielo quería llover, o lloverse a sí mismo, y Txavi puso el If you’re feeling Sinister de B&S, el disco de portada roja donde se encuentra esta canción, y nosotros la tatareamos alegres (ese ooooooooh con el que empieza), como si aquella canción, aquella melodía perfecta, fuese una hoguera que encendiésemos dentro del coche para calentarnos, (I could kill you sure / but I could only make you cry with these words). Luego Txavi se puso a clasificar los tipos de arreglos posibles en la música pop, y después definimos a la música electrónica más comercial que se hacían entonces (Daft Punk, Moby, Chemical Brothers) como música cojonuda, apelativo que todavía recordamos con hilaridad (You're so naive!) . Al llegar a Tapia hicimos lo de siempre, fue por aquellos tiempos cuando empecé a sufrir el ardor estomacal que me hizo abandonar la ginebra y que, aún así, me acompaña hasta hoy mismo que escribo estas líneas. Una acidez diametralmente opuesta a los Belle and Sebastián, claro está.
I always cry at endings…
A mi me recuerda a aquellos viajes que hacíamos a principios de siglo a Tapia de Casariego, un pueblecito pesquero en el occidente asturiano, casi ya en Galicia, donde el amigo A. tiene una pequeña casita de pescadores, asomada a un acantilado (parecía que el continuo retumbar de las olas violentas del Cantábrico, allá abajo, iban a arrancar el peñasco y a llevarnos a la deriva hasta despertar confundidos frente a las costas de Irlanda), una pequeña casita donde nos hacinábamos para pasar un findesemana de esos de la media juventud, con mucho alcohol y mucha charla, de la que ya no hay (cuando nos hicimos más viejos dejamos de charlar tanto, porque perdimos nuestras convicciones y ahora casi nadie discute nada porque nadie defiende nada porque nadie entiende por qué él mismo ha de poseer la verdad y no el otro: somos posmodernos). Ahora hablamos de sueldos, puestos de trabajo, hipotecas, de esas inmundicias.
Así que recuerdo el coche en la serpenteante carretera rodeada de vegetación frondosa y verde oscuro, Txavi iba delante pinchando, yo detrás, no sé quién conducía, fuera llovía de forma lenta y triste, como a veces llueve en Asturias, parecía que ni siquiera el cielo quería llover, o lloverse a sí mismo, y Txavi puso el If you’re feeling Sinister de B&S, el disco de portada roja donde se encuentra esta canción, y nosotros la tatareamos alegres (ese ooooooooh con el que empieza), como si aquella canción, aquella melodía perfecta, fuese una hoguera que encendiésemos dentro del coche para calentarnos, (I could kill you sure / but I could only make you cry with these words). Luego Txavi se puso a clasificar los tipos de arreglos posibles en la música pop, y después definimos a la música electrónica más comercial que se hacían entonces (Daft Punk, Moby, Chemical Brothers) como música cojonuda, apelativo que todavía recordamos con hilaridad (You're so naive!) . Al llegar a Tapia hicimos lo de siempre, fue por aquellos tiempos cuando empecé a sufrir el ardor estomacal que me hizo abandonar la ginebra y que, aún así, me acompaña hasta hoy mismo que escribo estas líneas. Una acidez diametralmente opuesta a los Belle and Sebastián, claro está.
I always cry at endings…
jueves, octubre 15, 2009
Cadena causal abajo
Una noche entré en el Flamin’ y, mientras me abría paso entre los cuerpos, las luces, las sombras, la música, me topé con una tipa que me señalaba mientras decía: “me gustas mucho”. Eran los primeros meses de 2004 y yo lo acababa de dejar con mi novia, así que frecuenté una temporadita a A., que así se llamaba aquella chica plantada señalándome en medio de la pista del Flamin’ y que tenía entonces la edad que yo tengo ahora. Salimos por ahí, nos reímos, me llevó en su coche, me visitó en Madrid alguna vez. Luego ya no nos vimos más.
Tiempo después A. se vino a vivir a la capital –como todo el mundo- y, después de dar algunos bandazos, la acabé alojando en la casa en la que entonces vivía con otros compañeros. La llegada de A. supuso también la llegada de muchos de sus amigos, modernos y delirantes, con los que empezamos a montar fiestas excesivas entre aquellas cuatro paredes que ya son casi territorio mítico. En una de aquellas fiestas, por ejemplo, apareció Mr. E, que es mi actual compañero de piso, con el que me mudé cuando aquella casa se desmanteló. Sigo viendo en noches de fiesta a mucha de aquella gente que A. traía a la casa en 2005. Sin embargo a A. hace tiempo que no la veo.
Pero aún hay más: una de aquellas mañanas, a principios de 2006, apareció B., con un vestido negro y aparatoso que se parecía un poco a un tutú, y después de hacer el canelo algunas horas, acabó durmiendo conmigo. Durante los tres años siguientes, hasta que rompimos hace unos meses, compartí con ella la cama y la vida.
Todo lo que ha pasado en estos tres años, las cosas buenas y las malas, los viajes, las llamadas telefónicas, las celebraciones, sobre todo la aparición de B. aquella mañana con una especie de tutú negro, son consecuencia de una casualidad cósmica, consecuencia casi directa de que, una noche, durante los primeros meses de 2004, decidimos ir al Flamin’, en Oviedo, a cierta hora, no un rato antes o uno después, sino en ese preciso momento, y me abrí paso entre la gente por el centro de la pista, no por la izquierda o la derecha, sino por el justo medio, y allí, precisamente, estaba A. -supongo que por otro juego de casualidades- que me señaló, me dijo “me gustas mucho”, y, que, años después, me trajo unos amigos, una casa, un amor.
Tiempo después A. se vino a vivir a la capital –como todo el mundo- y, después de dar algunos bandazos, la acabé alojando en la casa en la que entonces vivía con otros compañeros. La llegada de A. supuso también la llegada de muchos de sus amigos, modernos y delirantes, con los que empezamos a montar fiestas excesivas entre aquellas cuatro paredes que ya son casi territorio mítico. En una de aquellas fiestas, por ejemplo, apareció Mr. E, que es mi actual compañero de piso, con el que me mudé cuando aquella casa se desmanteló. Sigo viendo en noches de fiesta a mucha de aquella gente que A. traía a la casa en 2005. Sin embargo a A. hace tiempo que no la veo.
Pero aún hay más: una de aquellas mañanas, a principios de 2006, apareció B., con un vestido negro y aparatoso que se parecía un poco a un tutú, y después de hacer el canelo algunas horas, acabó durmiendo conmigo. Durante los tres años siguientes, hasta que rompimos hace unos meses, compartí con ella la cama y la vida.
Todo lo que ha pasado en estos tres años, las cosas buenas y las malas, los viajes, las llamadas telefónicas, las celebraciones, sobre todo la aparición de B. aquella mañana con una especie de tutú negro, son consecuencia de una casualidad cósmica, consecuencia casi directa de que, una noche, durante los primeros meses de 2004, decidimos ir al Flamin’, en Oviedo, a cierta hora, no un rato antes o uno después, sino en ese preciso momento, y me abrí paso entre la gente por el centro de la pista, no por la izquierda o la derecha, sino por el justo medio, y allí, precisamente, estaba A. -supongo que por otro juego de casualidades- que me señaló, me dijo “me gustas mucho”, y, que, años después, me trajo unos amigos, una casa, un amor.
miércoles, octubre 14, 2009
Violáceo
Me gustaría hablar hoy, por ejemplo, de Gustav Metzger, el hombre que creó el arte autodestructivo, aquel que inventó la huelga del arte (estuvo tres años de brazos cruzados sin crear como forma de protesta), aquel al que una limpiadora de la Tate le tiró una obra a la basura pensando que era un desecho. Me gustaría hablar también de la aparición de Nocilla Lab, la tercera parte de la trilogía de Agustín Fernández Mallo, que estoy deseando leer, o me gustaría hablar de la inauguración de café teatro Arenal que anoche me destrozó el estómago a base de vino blanco y similares. Pero como no puedo hablar de otra cosa, ni pensar en otra cosa, hablaré del otoño. Ya ha quedado patente en este sitio muchas veces que el otoño es una estación que no me parece de recibo. El mundo se muere lentamente y lo peor es que al final, cuando por fin acaba, llega el sórdido invierno. Hay gente enferma, perversa polimorfa, a la que le gusta, como las anchoas (el otoño es la estación más anchoa). Sin embargo, en esta ciudad vivimos en un tiempo detenido en el que todos los días muestran el mismo cielo azul herido, ese cielo de Madrid que tanto ama todo el mundo, sus atardeceres violáceos. Da lo mismo: el otoño, más que una estación es un estado del alma, de manera que hay gente que siempre vive en otoño, igual que hay gente que siempre vive en primavera. Por lo general, el común de los mortales vamos viviendo alternativamente en todas estaciones, y sólo coinciden eventualmente con la que ordena el calendario, orgulloso y horrendo, colgado en la pared. Los calendarios son también objetos muy anchoa, y aún así hay gente que los tiene en sus cocinas. Lo que vengo a decir, coño, es que cuando el tiempo atmosférico no se corresponde con el estado de ánimo es como una traición del Universo.
Como pueden comprobar hoy es un miércoles muy miércoles, el padre de todos los miércoles, y eso es todo en lo que puedo pensar.
Como pueden comprobar hoy es un miércoles muy miércoles, el padre de todos los miércoles, y eso es todo en lo que puedo pensar.
viernes, octubre 09, 2009
Los miércoles NO son los nuevos jueves
Pues ahora resulta que, en Madrid, se ha puesto de moda salir los miércoles. Como la cosa siga así vamos a tener que salir todos los días de la semana y nuestras vidas, mecánicas y celestes, se convertirán en una espiral de destrucción o, mejor, en un sueño. Lo celebro.
La cosa empezó a oírse poco antes del verano por un garito que se llama, inexplicablemente, Aguacate; pero lo que ahora se ha puesto verdaderamente caliente es el Zombie Club. Yo pensaba que, al fin y al cabo, no era tan extraño que la gente guardase enormes colas para entrar en los clubs un miércoles noche de agosto, por ejemplo, cuando muchos tienen vacaciones, y juzgaba, esperanzado, que con la rentrée laboral las cosas volverían a su cauce y la juventud madrileña se quedaría en su casa viendo Muchachada Nui como Dios manda y no perdiendo tiempo y salud en agujeros. Pero no. El Zombie se llena cada miércoles hasta las trancas.
Supongo que no tenemos freno y que lo que mola es el placer morboso de estar bailando un miércoles de madrugada, ahora que ya todo el mundo está curado de espanto con eso de salir los jueves, que es como para estudiantes universitarios y monaguillos, y sólo escandaliza ya a las monjas de las Descalzas. Porque, además, los miércoles NO son los nuevos jueves. El fenómeno no se reduce a adelantar un día el comienzo del fin de semana: los miércoles hay una nueva escena, un nuevo espíritu, un nuevo rollo que se ha creado alrededor del Zombie: la gente se maquea y sale con auténtica vocación de pasárselo bien. Los artífices del garito, capitaneados por un tal Edgar, se lo montan bastante guay: han recuperado una estética algo macarra y noventera, tatuada y viril, y pinchan como les da la puta gana, bailando y a lo bruto: ni siquiera se trata de electrónica, sino de temazo tras temazo de lo que sea: desde Guns and Roses hasta los Pixies (la otra noche el dj celebró mi camiseta de Black Flag desde la cabina), pero ecualizado a lo burro, con parones, subidas, bajadas, en fin, con el único objetivo de pasarselo teta. Bien.
Dice el bloguero analista de los azares y vericuetos de la noche madrileña Popy Blasco (al que recomiendo) que estamos ante el resurgir de la cultura de club, que lo cierto es que andaba algo anquilosada – si es que andaba. Bueno, yo no sé si será para tanto pero lo cierto es que es un soplo de aire fresco, siempre y cuando podamos hablar de aire fresco cuando hablamos de antros cerrados, llenos de humo y alcohol, estados alterados, música a tope y desbarre general. ¿Será que, tras el ominoso regreso de los ochenta, vuelven los noventa? Lo veremos. Nos vemos.
La cosa empezó a oírse poco antes del verano por un garito que se llama, inexplicablemente, Aguacate; pero lo que ahora se ha puesto verdaderamente caliente es el Zombie Club. Yo pensaba que, al fin y al cabo, no era tan extraño que la gente guardase enormes colas para entrar en los clubs un miércoles noche de agosto, por ejemplo, cuando muchos tienen vacaciones, y juzgaba, esperanzado, que con la rentrée laboral las cosas volverían a su cauce y la juventud madrileña se quedaría en su casa viendo Muchachada Nui como Dios manda y no perdiendo tiempo y salud en agujeros. Pero no. El Zombie se llena cada miércoles hasta las trancas.
Supongo que no tenemos freno y que lo que mola es el placer morboso de estar bailando un miércoles de madrugada, ahora que ya todo el mundo está curado de espanto con eso de salir los jueves, que es como para estudiantes universitarios y monaguillos, y sólo escandaliza ya a las monjas de las Descalzas. Porque, además, los miércoles NO son los nuevos jueves. El fenómeno no se reduce a adelantar un día el comienzo del fin de semana: los miércoles hay una nueva escena, un nuevo espíritu, un nuevo rollo que se ha creado alrededor del Zombie: la gente se maquea y sale con auténtica vocación de pasárselo bien. Los artífices del garito, capitaneados por un tal Edgar, se lo montan bastante guay: han recuperado una estética algo macarra y noventera, tatuada y viril, y pinchan como les da la puta gana, bailando y a lo bruto: ni siquiera se trata de electrónica, sino de temazo tras temazo de lo que sea: desde Guns and Roses hasta los Pixies (la otra noche el dj celebró mi camiseta de Black Flag desde la cabina), pero ecualizado a lo burro, con parones, subidas, bajadas, en fin, con el único objetivo de pasarselo teta. Bien.
Dice el bloguero analista de los azares y vericuetos de la noche madrileña Popy Blasco (al que recomiendo) que estamos ante el resurgir de la cultura de club, que lo cierto es que andaba algo anquilosada – si es que andaba. Bueno, yo no sé si será para tanto pero lo cierto es que es un soplo de aire fresco, siempre y cuando podamos hablar de aire fresco cuando hablamos de antros cerrados, llenos de humo y alcohol, estados alterados, música a tope y desbarre general. ¿Será que, tras el ominoso regreso de los ochenta, vuelven los noventa? Lo veremos. Nos vemos.
martes, octubre 06, 2009
Canciones que molan: 'Wicked game' de Chris Isaak
Una vez tuve una novia que tenía el mal gusto de pasarme los cd’s que le grababa su exnovio y que, incluso, estaban rotulados con su propia caligrafía -a aquel tipo le gustaba hacer letras muy curradas, con diferentes diseños, se veía que tenía tiempo libre-. Lo cierto es que no había malos discos en aquella pequeña colección: así, a bote pronto, recuerdo el Black Light de Calexico que todavía es uno de mis favoritos. También estaba el Forever Blue de Chris Isaak y dentro de él la canción Wicked game, que es la que nos ocupa aquí y ahora.
Chris Isaak es ese tipo que, en principio, debería de caerle mal a todo el mundo: surfista guaperas californiano, vestido a veces como un trasunto de Elvis, con ese tupé impertérritoy perfecto. Y siempre tan triste, cantando con voz profunda baladas de desamor. ¿Por qué estabas siempre tan triste, Chris, tú que lo podías tener todo?
Aunque, prejuicios aparte, lo cierto es que no lo hacía mal: hay que reconocer que sabía componer canciones que te escarbaban en el alma. Wicked game, es un tema bastante minimalista (aprovecho para recomendar a The xx, reciente banda de veinteañeros que han firmado el disco del año y que han sido múltiples veces comparados con Isaak): hay mucho espacio vacío dentro de la canción, igual que, según Dalí, había mucho espacio vacío dentro de las Meninas de Velázquez. Apenas un bajo, unos tímidos acordes, el punteo principal y la voz de Isaak que empieza dolida con unos versos abrumadores: World was on fire / no one can save me but you. Un comienzo de una melancolía pesada y espesa que duele mucho.
Recuerdo que cuando llegué a Madrid visité, algo alucinado, una exposición en el Reina Sofía de la video artista Pipilotti Rist. Hace tanto tiempo de eso que el museo por entonces ni siquiera había sido ampliado por Jean Nouvel. El caso es que en una pequeña sala oscura Pipilotti proyectaba un video sobre una esquina, de forma que la imagen iba evolucionando simétricamente a un lado y otro de la separación entre los dos muros que convergían. Pipilotti siempre cuida mucho la música, y la que allí sonaba era precisamente Wicked game, pero sustituyendo la voz de Isaak por el de una mujer chillando. This world is only gonna break your heart. Presenciando aquello sufrí una especie de experiencia mística, cosa que por entonces me pasaba a menudo. Ya no tanto.
Creo que era noviembre del año 2001, un otoño que fue especialmente gris. Yo estaba muy triste entonces. También lo estoy ahora.
Por cierto, el final del tema no es menos desolador: Nobody loves no one, dice esta vez Isaak con voz aguda antes de apagarse y dejarnos tan mal cuerpo.
Chris Isaak es ese tipo que, en principio, debería de caerle mal a todo el mundo: surfista guaperas californiano, vestido a veces como un trasunto de Elvis, con ese tupé impertérritoy perfecto. Y siempre tan triste, cantando con voz profunda baladas de desamor. ¿Por qué estabas siempre tan triste, Chris, tú que lo podías tener todo?
Aunque, prejuicios aparte, lo cierto es que no lo hacía mal: hay que reconocer que sabía componer canciones que te escarbaban en el alma. Wicked game, es un tema bastante minimalista (aprovecho para recomendar a The xx, reciente banda de veinteañeros que han firmado el disco del año y que han sido múltiples veces comparados con Isaak): hay mucho espacio vacío dentro de la canción, igual que, según Dalí, había mucho espacio vacío dentro de las Meninas de Velázquez. Apenas un bajo, unos tímidos acordes, el punteo principal y la voz de Isaak que empieza dolida con unos versos abrumadores: World was on fire / no one can save me but you. Un comienzo de una melancolía pesada y espesa que duele mucho.
Recuerdo que cuando llegué a Madrid visité, algo alucinado, una exposición en el Reina Sofía de la video artista Pipilotti Rist. Hace tanto tiempo de eso que el museo por entonces ni siquiera había sido ampliado por Jean Nouvel. El caso es que en una pequeña sala oscura Pipilotti proyectaba un video sobre una esquina, de forma que la imagen iba evolucionando simétricamente a un lado y otro de la separación entre los dos muros que convergían. Pipilotti siempre cuida mucho la música, y la que allí sonaba era precisamente Wicked game, pero sustituyendo la voz de Isaak por el de una mujer chillando. This world is only gonna break your heart. Presenciando aquello sufrí una especie de experiencia mística, cosa que por entonces me pasaba a menudo. Ya no tanto.
Creo que era noviembre del año 2001, un otoño que fue especialmente gris. Yo estaba muy triste entonces. También lo estoy ahora.
Por cierto, el final del tema no es menos desolador: Nobody loves no one, dice esta vez Isaak con voz aguda antes de apagarse y dejarnos tan mal cuerpo.
viernes, octubre 02, 2009
¿Algún Wittgenstein en la sala?
Imaginen que escribo algo. Imagen que escribo, por ejemplo, casa. Esto es, cuatros símbolos en negro dispuestos sucesivamente, en este caso, sobre fondo blanco. Ninguno de esos cuatro símbolos (que, vamos a decirlo ya, se llaman letras) tiene forma similar a una casa. Ni siquiera el conjunto de los cuatro símbolos (que, adelantamos desde ahora, se llama palabra), recuerda vagamente a una casa. Sin embargo, cuando usted lee esa palabra, como por arte de magia, se hace la imagen mental de una casa. Casas hay muchas, eso es cierto, desde la inocente casa que un niño garabatea con los plastidecor hasta las trazadas elegantemente por Le Corbusier, pero, en cualquier caso usted verá una casa, en toda su casidad. Somos animales simbólicos. Más lo primero que lo segundo, claro.
Pero volvamos al principio. Imaginen que escribo “algo”. Es decir: “algo”. Cuatro letras que forman una palabra. ¿Y qué ven ustedes en su cabeza? Yo no voy a decir lo que veo, si es que veo algo (coño, qué lío), pero seguro que daba la cosa para algún estudio psicológico.
En cualquier caso: ¿hay algún Wittgenstein en la sala?
Pero volvamos al principio. Imaginen que escribo “algo”. Es decir: “algo”. Cuatro letras que forman una palabra. ¿Y qué ven ustedes en su cabeza? Yo no voy a decir lo que veo, si es que veo algo (coño, qué lío), pero seguro que daba la cosa para algún estudio psicológico.
En cualquier caso: ¿hay algún Wittgenstein en la sala?
lunes, septiembre 21, 2009
El sol traidor de Filipinas
Era un sol traidor, el filipino. Si no estabas atento te quemaba en un instante, tan rápido que no te dabas cuenta. Los días que trabajamos en Puerto Galera los pasamos en catamaranes alquilados, sacando fotos a los chavales en el mar cristalino o atracando en exóticas playas en las que no era posible el acceso a pie. La jungla, como dije, se metía a saco en las calas, una maraña impenetrable y verde oscuro. La vida, en general, es salvaje y excesiva en Filipinas: cada mañana –amanecía y amanecíamos a eso de las 5 a.m.- lo primero que se oía fuera de la habitación era el sonido de las hojas de palma con la que los empleados del hotel barrían los pasillos: no sólo la arena que la brisa nocturna había ido depositando, si no también la legión de hormigas y orgullosos escarabajos que campan a sus anchas a poco que desaparece la presencia humana, aunque sólo sea por unas horas.
Ver aquel sol en el cenit, como digo, me impresionó bastante: estaba en el puto centro del cielo, tal y como me habían enseñado en las clases de Astronomía Observacional de la Facultad. Entendí que durante el verano boreal en las latitudes levemente al norte del Ecuador, es decir, tropicales, el sol llegaba hasta ese punto mágico. Entendí que al menos aquellas horas de rebanarme los sesos, hace unos años, habían servido para algo. Y me quemé como nunca me había quemado –yo soy de piel morena, casi filipino- y durante unos días me costó moverme sin que toda mi piel se quejase.
Todavía andaba algo enrojecido cuando nos tocó irnos. En uno de esos simpáticos jeeps, heredados del ejército yankee y coloridamente tuneados al gusto popular, los tipos de la Fundación nos acercaron a un puerto, siguiendo de nuevo estrechas carreteras entre la vegetación tropical. A pesar de ser la estación de los monzones habíamos tenido días perfectos para nuestros propósitos, sin embargo –y gracias a Dios fue sólo ese día- a la hora de irnos comenzó a caer esa lluvia pesada, lenta, vaga, melancólica que cae por allí en esa época. Es más un lento mar con agujeros –que diría Cortázar-, que una lluvia en toda regla.
Bajo este manto de agua cogimos una barcaza a motor, hacinados con parte de la población local y una montaña de mochilas, que también viajaban a Manila. Allí, con toda aquella gente extraña, viendo una isla y otra y otra pasar de largo envueltas en la bruma al otro lado de las ventanas cruzadas por hilos de agua, desenfundé mi iPod y pinché una de las canciones más bakalas de esa sesión tan bestia de Vitalic. La barcaza daba tumbos arriba y abajo, los pasajeros trataban de protegerse con chubasqueros y capuchas, y pensé, con aquel bombo, aquellos graves, aquel tiempo turbulento, que aquello debía de parecerse mucho al fin del mundo. Al Apocalipsis.
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El Autor reseñado en Babelia, El País, aquí.
Ver aquel sol en el cenit, como digo, me impresionó bastante: estaba en el puto centro del cielo, tal y como me habían enseñado en las clases de Astronomía Observacional de la Facultad. Entendí que durante el verano boreal en las latitudes levemente al norte del Ecuador, es decir, tropicales, el sol llegaba hasta ese punto mágico. Entendí que al menos aquellas horas de rebanarme los sesos, hace unos años, habían servido para algo. Y me quemé como nunca me había quemado –yo soy de piel morena, casi filipino- y durante unos días me costó moverme sin que toda mi piel se quejase.
Todavía andaba algo enrojecido cuando nos tocó irnos. En uno de esos simpáticos jeeps, heredados del ejército yankee y coloridamente tuneados al gusto popular, los tipos de la Fundación nos acercaron a un puerto, siguiendo de nuevo estrechas carreteras entre la vegetación tropical. A pesar de ser la estación de los monzones habíamos tenido días perfectos para nuestros propósitos, sin embargo –y gracias a Dios fue sólo ese día- a la hora de irnos comenzó a caer esa lluvia pesada, lenta, vaga, melancólica que cae por allí en esa época. Es más un lento mar con agujeros –que diría Cortázar-, que una lluvia en toda regla.
Bajo este manto de agua cogimos una barcaza a motor, hacinados con parte de la población local y una montaña de mochilas, que también viajaban a Manila. Allí, con toda aquella gente extraña, viendo una isla y otra y otra pasar de largo envueltas en la bruma al otro lado de las ventanas cruzadas por hilos de agua, desenfundé mi iPod y pinché una de las canciones más bakalas de esa sesión tan bestia de Vitalic. La barcaza daba tumbos arriba y abajo, los pasajeros trataban de protegerse con chubasqueros y capuchas, y pensé, con aquel bombo, aquellos graves, aquel tiempo turbulento, que aquello debía de parecerse mucho al fin del mundo. Al Apocalipsis.
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El Autor reseñado en Babelia, El País, aquí.
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