jueves, julio 19, 2007

Tamagotchi

En aquella época nos comprábamos antes una guitarra eléctrica que unos technics. Tratábamos de emular a los Pixies y no a James Holden. El grunge hizo mucho daño a nuestra higiene postural. Todo el día encorvados, sujetando los pantalones que se nos caigan. Pero más daño nos hizo la práctica del skate. Nuestros cuerpos adolescentes enteramente magullados. Lo peor, sin duda, era el tamagotchi. De tamago, huevo y chi, afecto, en japonés. El huevo del afecto. Se llamaba Pablito, el tuyo, decías. Recuerdo tu cuerpo desnudo perlado de sal en una playa de Cádiz. Cuando aún no habían construido todos esos hoteles en la costa. Buscabas tu tamagotchi en el capazo a cada rato para darle de comer. Le quitabas la arena. Recuerdo también el viaje en autobús hasta el Pop Festival, en Badalona. Te pasaste todo el trayecto preocupándote de que Pablito fuera bien dormido. No hacías otra cosa, no prestabas atención a mis palabras. Recuerdo, sobretodo, la tarde de domingo en la que nos desvirgamos. Sobre la cama de tus padres. Y cómo después de hacerlo te pusiste histérica porque Pablito había desaparecido. Finalmente lo hallaste perdido entre las sábanas húmedas. Estos son solo algunos ejemplos. Siempre sospeché que querías más a ese puto aparato que a mí.


Tal vez te llame un día de estos para preguntártelo. Debe estar ya muy crecido. Ese Pablito.


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Este texto y el anterior fueron compuestos para el proyecto Canciones en Braille de la cibercompañera eme. Lo podéis ver en su blog Polaroid Mondo

domingo, julio 15, 2007

Yogur

Decían que había que echarle un chorrito de aceite de oliva para que no dañara el estómago. ¿Te acuerdas? Le pediste a tu madre que dejara yogures durante su ausencia. Se puso contenta de que comieras algo sano. Luego, a la noche, cuando ya se habían ido, nos invitaste a todas al chalet. Tenías un poster del Dirty en la habitación. Alguien dijo que lo pincharas. Encendimos velas, también. A mediados de los noventa lo que deseábamos era acabar las noches yaciendo inconscientes en una esquina. Con el pelo grasiento y los vaqueros rotos. Pero nunca lo conseguíamos. Por eso aquel nuevo intento. Primero pulverizamos concienzudamente todo el hashís. Lo hicimos repartiéndonos la piedra en trozos pequeños, uno para cada una. Estábamos excitadas. Parecía un ritual. De vez en cuando alguien saltaba al ritmo de la música. Seguíamos el ritmo con la cabeza. Nuestros labios pronunciaban la letra sin emitir sonido alguno. Luego lo mezclamos todo. Espolvoreamos el hashís en los yogures. Echamos un poco de aceite. Lo removimos bien con cucharillas. Al cabo de un rato salimos a caminar por la urbanización. Estaba oscuro. Caminábamos en silencio, en fila de a dos. Alguien le dió una patada a una lata. Rebeca dijo, de pronto, que la urbanización parecía una maqueta. Era sorprendente, pero todas estábamos pensando lo mismo. Todo parecía plano, como hecho de cartón piedra, las casas, los coches, las farolas. Empezamos a palpar los muros, los troncos de los árboles, alucinadas, buscando las cosas que se escondían detrás. Algunas corrían y saltaban, no podíamos parar de reír. La sensación de irrealidad era brutal. Estuvimos un buen rato vagando. Luego decidimos volver. Más alcohol, más música. Entonces fue cuando notamos la falta de Al y nos pusimos a buscarla por la casa. La encontraste tirada en mi cama. Se había puesto amarilla. No paraba de revolverse y sudar. Decía que sentía vértigo, que estaba mal. Llamamos a sus padres, que vivían cerca. Nos asustamos. Recuerda a la madre de Al, cuando llegaron, cogiéndole de la muñeca, poniéndole paños húmedos en la frente y cómo ella se resistía. Y su padre caminando alrededor de mi cama llamando a un médico por teléfono, furioso. Recuerda como nos costó decirles lo que habíamos hecho. Cómo bajamos la cabeza de vergüenza. La mueca de pánico en el rostro amarillento de Al. Sus ojos perdidos. Y cómo trataba de explicar que sentía que el mundo no era real.
Que éramos pegatinas.

lunes, julio 09, 2007

Pequeñas perversiones

El primer coño que vi lo saqué de un pequeño sobre blanco que me entregó Adolfo aquella mañana antes de la clase de matemáticas. Después, los misterios del cálculo y el álgebra me parecieron nimios ante el desconcierto de aquel pedazo de cuerpo arrugado, flácido y colgante. Adolfo fue el primero que tuvo los huevos de pedir revistas porno en el kiosko de su pueblo y se convirtió en un fiel divulgador de la secreta anatomía femenina y las más oscuras prácticas del sexo. Un par de veces por semana aparecía con aquellos pequeños sobres blancos que repartía muy discretamente entre sus mejores amigos. Los sobres contenían fragmentos recortados de las páginas de las revistas que compraba, Adolfo se esmeraba para que en la porción de cada uno hubiera algo de interés por ambas caras y en eso era un maestro. A veces te tocaba una anónima teta siliconada en una cara y en el dorso una porción de mamada. Luego, en el recreo, comparábamos nerviosos, ocultos de los ojos no iniciados, lo que nos había dado a cada uno.

María ya nos parecía una macarra y aún teníamos trece años. Tenía unas espesas cejas negras y el cuello lleno de mordiscos. Nos hablaba de sus múltiples amantes: el motero que la paseaba en su Harley, el camionero que le llevaba en su camión a sitios raros. Una vez faltó a clase durante unas semanas, a su vuelta dijo que un marinero se la había llevado en barco a cruzar no se qué mares. Por alguna extraña razón que se me escapa todos aquellos hombres mitológicos tenían la insólita obsesión de hacer viajar a María en sus respectivos medios de locomoción. Yo, que no tenía ninguno de esos medios, podría haberla llevado entre mis brazos, pero era enorme y, además, fea. María también manejaba algo de material porno, principalmente una revista titulada Polvo Violento, que decía encontrarse cada mes en una papelera de su barrio.

A Gabriel le sorprendieron durante un recreo encerrado en clase cascándose una paja con la revista futbolera Don Balón. No se qué ha sido de él ni que excitación encontraba en las fotos de las plantillas de los equipos de la Liga.

Hace años, muchos años, que abandoné aquel colegio. Las noticias que ahora me llegan hablan de drogas y otras cosas. Como una adolescente de la que se difundió un video casero en el que se masturbaba mientras decía, entre sollozos, quiero ser tu puta. Era un regalo para su novio que fue interceptado y divulgado, tal vez por él mismo, en un fascinante momento de irresponsabilidad. Tanto que la niña, dicen, tuvo que dejar el colegio y, su familia, la ciudad. Pero esto son solo rumores.

La ignorancia nos hacía perversos polimorfos. Íbamos, todo hay que decirlo, a un respetable colegio de pago.

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Los nombres se ha modificado para proteger a los culpables.

El otro día recité para presentar el libro, veanlo pinchando aquí.

miércoles, julio 04, 2007

Imaginaria (fragmento)

Las cosas que aún no han ocurrido son siempre mejores que las cosas que ya han tenido lugar porque cuando todo está todavía por delante uno puede imaginárselo en cinemascope, con los mejores colores, en días soleados, y tu sonrisa es perfecta y no hay ni una sola arruga en tu falda y todo sale siempre bien. Después, cuando el presente alcanza al porvenir y se funden en una misma cosa -y luego se convierten en pasado- siempre aparece una nube inoportuna que ciega al sol o un bordillo con el que te tropiezas para caer sobre un charco o una gota de café que se precipita sin piedad sobre tu falda. Lo múltiple, las infinitas posibilidades, se convierten en lo uno, se concretan, toman cuerpo, se almacenan en la experiencia y entonces ya solo se pueden recordar, y la memoria no es la expectativa, es siempre más gris y al final se pierde en las brumas.
Por todo esto, cuando alguien se va, lo más triste no es recordar las cosas que habéis hecho juntos, sino caer en la cuenta de que no llegarán esas cosas que habíais planeado hacer -las habías visto en tu cabeza, en los mejores colores, en días primaverales, perfectas- y que nunca ocurrirán.

martes, julio 03, 2007

Madrid Grotesque

Hay un hombre sin brazos que sujeta con la boca un vaso de plástico en el que los transeúntes arrojan sus monedas. El hombre gruñe, cabecea, y suena el sonido del metal chocando contra el metal. Lleva una camiseta de tirantes y se puede apreciar cómo mueve sus muñones, parece un pájaro sin alas. Me pregunto cómo, acabada la jornada, saca las monedas del fondo del vaso. Me pregunto tambien como hace uso del dinero. Si no tiene manos.

Hay una anciana diminuta que pide limosna. Lleva en una bandeja una muestra de cajas vacías de los medicamentos que necesita. Gelocatil, cosas así. Las arrugas que surcan su rostro son tan profundas que podría esconder en ellas todos mis secretos. Y no son pocos.

Hay una mujer arrodillada en el suelo durante horas, con la frente golpeando rítmica y levemente el asfalto. Va vestida de negro y repite un lamento, una oración, algo así como mantra que nadie entiende. A nadie parece, por supuesto, importarle.

Los viandantes pasamos caminando al ritmo fuerte de nuestros auriculares, en brazos de la prisa. Los miramos sorprendidos las tres primeras veces. Luego aprendemos la pericia de esquivarlos, haciendo a veces acrobacias imposibles. Una vez superados los escollos miramos al frente y comprobamos reconfortados que el mundo sigue ahí. Todo en su sitio.

sábado, junio 30, 2007

Hostias Gratis

Han de ser flácidas y abundantes, preferentemente. Levemente coloradas. Regordetas. A ser posible, estiradas hacia el suelo por efecto de la gravedad. El sujeto que las porte ha de tener expresión estúpida. La mirada perdida, si lo encuentran. Aún así, aún no reuniendo estas condiciones ideales, debe usted perseverar en su propósito. Cualquier mejilla es susceptible de ser abofeteada, eso es claro. Para llevar a cabo la bofetada coloque su mano abierta y rígida a unos treinta centímetros del rostro del abofeteado potencial. La palma perpendicular a la superficie a golpear. Inicie bruscamente, cuando menos se lo espere el espécimen, un movimiento que describa una trayectoria circular hasta impactar contra su cara. El impacto debe ser seco y resonar. He aquí una bofetada limpia y perfecta. Después del punto cúlmen continúe el movimiento de la mano hacia el otro lado de la cara, que estará girándose hacia a un lado alrededor del eje de las vértebras cervicales. Si usted aspira a nota puede rematar la faena con un sencillo movimiento de revés. Para ello, al final del primer arco de circunferencia, retome el movimiento en sentido inverso siguiendo la misma trayectoria. Golpeará, esta vez, la cara del sujeto, que estará recuperando su posición original, con el dorso de la mano. Su impacto lo recibirá otra mejilla. Habrá golpeado usted, en una sola operación abofeteadora, ambos lados de su cara. El sujeto abofeteado girará, simétricamente, su cabeza en el sentido opuesto al anterior. Si una gota de saliva se desprende de sus labios dibujado una parábola antes de perderse en el ambiente, habrá alcanzado usted la perfección.

Salgan a la calle. No sean moñas. Hay que dar más bofetadas. A cualquiera que se cruce. Lo merecen. Salgan a la calle con un cartel que diga: Hostias Gratis.

miércoles, junio 27, 2007

Veintisiete


Ayer cumplí años. 27 no es un número hermoso. Al menos para cumplir. 27 es el número que te toca en la charcutería del supermercado, cualquier tarde, cuando van aún por el 5. Las puñaladas con que un desviado cose de sangre a su esposa. 27 son los bloques en un odioso cubo de Rubik. El número de libros del Nuevo Testamento. Tres multiplicado tres veces por si mismo: tres al cubo. Hay cosas buenas, aún así: 27 es el número de días que toma la Luna para orbitar la tierra. Las letras del alfabeto son 27. La velocidad (en millas por hora) de la eyaculación humana. Chof. 27 está cerca de 30. Qué horror. A los 27 murieron Kurt Cobain, Jimmy Hendrix, Robert Jonson, Jim Morrison, Brian Jones y Janis Joplin. Me alegro, al menos, de no ser rockero.

En fin. Allá vamos.

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Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Esta tiene palabras encima, así que valdrá 1027, o así. En la foto, y a modo de celebración, el autor, pertrechado con sus bambas mágicas, en actitud entre desfiante y temerosa, encarando al plúmbeo cielo asturiano. Que se caiga el cielo, si tiene huevos.

domingo, junio 24, 2007

Polillas

El bibliófilo empedernido entiende que no hay nada en la ancha faz de la tierra comparable a la literatura, ni siquiera la compañía amable de una mujer hermosa que pose su mano pálida en su mejilla cada noche, ni siquiera eso. Así que, en vez de coleccionar siluetas de mujer ronroneantes tendidas a su lado en la cama, bañadas en la penumbra, colecciona libros que almacena en estanterías por todas las paredes de su casa, del techo al suelo, de extremo a extremo, también en las esquinas, en el suelo, sobre las mesas.

Una tarde el bibliófilo empedernido descubre con gran disgusto polillas en su biblioteca –que viene a ser lo mismo que su casa-, insectos del orden psocópteros, según lee en la enciclopedia, que a veces invaden las bibliotecas apolillando los volúmenes encuadernados, en busca de los hongos que crecen sobre la cola.

Esa noche el bibliófilo empedernido va al bar a beber, tratando de olvidar el problema de las polillas. Allí siempre le ocurre lo mismo: es tal su atractivo, es tal la atracción que producen la indiferencia y el rechazo, que todas las mujeres tratan de trabar conversación con él y de llevárselo a la cama al final de la noche. Hoy hay una especialmente insistente, es hermosa y tiene unos grandes ojos verdeamarillos, los parroquianos del bar no le quitan los ojos de encima a sus movimientos felinos. El bibliófilo empedernido, ya desesperado, le pide por favor que le deje en paz, que ya tiene bastante con lo suyo.

Cuando cierran el bar, el bibliófilo empedernido se encuentra, en el camino de vuelta, a un simpático gatito perdido en un callejón. Le hace gracia y decide recogerlo. Al llegar a casa el gatito salta de sus brazos y antes de tocar el suelo sufre una alucinante metamorfosis que le transforma en la mujer que antes, en el bar, trató de ligar con él durante horas. Una mujer-gato. El bibliófilo empedernido le muestra a la mujer-gato el camino a la habitación, abre la cama y mientras se quita los pantalones piensa resignado, bueno, tal vez mañana se desayune a las polillas.

jueves, junio 21, 2007

Papá

A mí el padre de mi amigo Felipe nunca me cayó bien. Tenía las manos blandas y siempre húmedas. A veces, en los fines de semana nos llevaba a Felipe y a mí a una cabaña que tenía en el monte. Dábamos paseos por los bosques. Nos enseñaba secretos de la naturaleza. Nos daba nociones de primeros auxilios. Curar heridas. Poner vendas. Orientarnos siguiendo las estrellas. Sacábamos fotos a las flores con su cámara. Con su objetivo caro y potente. El padre de Felipe era cariñoso, amable y siempre sonreía. Pero no me gustaba cuando revolvía mi pelo con sus manos blandas y sudorosas. Aún así. Por las noches, después de cenar salchichas, nos reuníamos alrededor de la chimenea o de una hoguera en verano. Entonces nos hablaba de la Iglesia. Era de lo que más hablaba, de lo que siempre hablaba. Sobre todo de los mártires de la Iglesia. De Esteban, el primer mártir, que murió apedreado en las afueras de Jerusalén. O de Sebastián que fue primero asaeteado y luego azotado hasta la muerte. O de Mauricio, ejecutado por negarse a perseguir cristianos.

Felipe solía pensar en los mártires de la Iglesia. Cuando su padre le ponía a cuatro patas sobre la mesa. En aquella misma cabaña. Y se repetía que había que soportar el dolor para ser piadoso. -Como Catalina que sufrió el suplicio en una rueda de pinchos. O Simón Pedro, crucificado boca abajo.- Mientras su padre le violaba. Y el fuego proyectaba sus sombras temblorosas contra la pared de madera. Esto Felipe nunca me lo dijo. Esto Felipe se lo callaba. De esto me enteré el día de su entierro. Cuando una voz amiga me lo susurró. Y ya metían su ataúd en el nicho. Y todos nos preguntábamos por qué se había quitado la vida. Y además, de aquella forma. Tan horrible.

martes, junio 19, 2007

Un proxeneta francófilo

Me gusta imaginarla en blanco y negro, menuda y delicada, corriendo por la ribera del Sena; imaginar el repiqueteo de sus tacones de aguja mientras cruza el Pont des Arts y se vuelve para saludarme sonriente y soplando hacia arriba ese flequillo negro tan parisienne, con la manita enfundada en un guante de seda. Así me gusta imaginarla, pero ella es Manuela, más conocida como Vanessa, y lo que cruza en realidad no es el Sena a través del Pont des Arts sino la M-30 a través de una pasarela de hierro ya oxidado que colocó el ayuntamiento hace unos años; rumbo a su casa al otro lado del Manzanares después de menudear algo de caballo a los yonquis del barrio para que pasen la noche. Allí la espera su madre orgullosa al lado de una olla express humeante. Ya están las lentejas, dice al tiempo que sumerge el cucharón en el potaje marrón espeso. Chof.

Me gusta imaginarla comiendo unos crepes en la terraza de un bistró del Montmartre: el plato sobre un mantelito de cuadros rojos y blancos, dando un sorbo a cada rato a una fina copa de vino francés. Después un cigarrillo de señorita, ponerse la boina verde oscuro, la bufanda roja y callejear envueltos en el otoño charlando hasta llegar a casa. Pero esto es lo que hay: las lentejas de su madre con unos trozos de chorizo, el plato de vidrio transparente y un mantel de plástico blanco amarilleado. Después la colocaré en una esquina tras acariciar su pelo grasiento.

Menuda mierda, ¿verdad?

Aunque he de confesar, en petit committe, que yo no soy Jean Paul Belmondo en aquella película de Godard, ni sé morder ni dar vueltas a un cigarrillo Gitanes entre mis labios –que no son carnosos sino escuálidos- como Jean Paul persiguiendo a Jean Seberg. Solo soy Avelino, chuloputas del sureste de Madrid, y aprendí a escribir así de bien leyendo el Marca y las crónicas taurinas con un solysombra en la mano apoyado en las barras metálicas de las tabernas de mi barrio, inmerso en el humo y el sonido de la máquinas tragaperras; aunque siempre he soñado con conocer París y a sus putas, y perder allí la cabeza. Mi principal ocupación por el momento, y mientras permanezca aquí y no vagando a la deriva por la capital de Francia, es soltar a Manuela, digo Vanessa, cada noche para que se saque algo de dinero, la pobre, que con lo de la droga no tiene bastante, y luego darle una petite paliza para que me entregue el dinero que recauda y no se olvide de que la quiero, ma petit cherie.

viernes, junio 15, 2007

Chicago-Madrid egotrip

Mediados de los años 90. El Chicago Stadium está a rebosar. Es el séptimo partido de la final de la NBA entre los Bulls y los Suns de Phoenix. Los Bulls pierden por dos puntos y queda tan solo un segundo y medio para el final del partido. Tiempo muerto. Los jugadores se reúnen en torno a los entrenadores en los banquillos. Phil Jackson les da instrucciones a sus chicos, solo les queda una oportunidad para ganar el título. Todo el mundo sabe lo que va a pasar, todo el mundo tiene la mirada fija en Michael Jordan. Michael, con el número 23 a la espalda, masca chicle aparentando una calma tensa. Sabe que va a tener que hacerlo. Sus 198 centímetros de cuerpo ébano están cubiertos de perlas de sudor. Se reanuda el partido. John Paxson, nacido en Dayton, Ohio, saca desde la banda. Michael Jordan busca la frontal de la canasta. Prácticamente los cinco jugadores de los Suns están sobre él, tratando de impedir que reciba el saque. Finalmente Michael se hace hueco. La pelota llega a sus manos desde la banda. Los jugadores de los Suns levantan los brazos desesperados para evitar el tiro pero es inevitable: Michael está en la línea de 6,25 metros, hace un reverso; cuando encara la canasta, suspendido en el aire en un salto imposible, lanza de tres. En ese momento el tiempo se para. Se hace el silencio. Todos los Estados Unidos encogen el aliento. La mitad del planeta encoge el aliento. Lo que importa ahora es esa esfera de 30 centímetros de diámetro que sigue una trayectoria parabólica perfecta sujeta solamente a la ley de la gravedad. De pronto suena el roce de la bola con la red. Estallan los flashes. Ha entrado limpia. La red hace un movimiento de retroceso. Suena la bocina. Tres puntos: los Bulls han ganado el campeonato por tercera vez consecutiva. El estadio se derrumba. La histeria se desboca. Michael Jordan saca su enorme lengua rosa. Levanta el puño. Es el mejor.

Un tórrido viernes de principios de verano de 2007. Facultad de Filosofía de la UCM. Madrid. Txe Peligro espera sentado en un aula a que comienza su examen de Filosofía de la Física. Hace calor. Sus compañeros parecen nerviosos. Nadie sabe bien que puede caer, nadie tiene nada claro lo que ha estudiado. Los alumnos de filosofía no alcanzan a comprender las partes matemáticas del temario. Los alumnos de física no consiguen estudiar correctamente textos largos plagados de citas y referencias a autores de nombres extraños. Txe Peligro, hombre de ciencias y letras, comprueba el estado de sus bolis Bic. Correcto. Llega el profesor Rivadulla, sonriendo. La tensión se palpa. Reparte papel. Txe Peligro coge cinco hojas. La pregunta es: Límites clásicos en física y su papel en la racionalidad de las revoluciones científicas. Bingo. Txe Peligro comienza citando al Kuhn de The Structure of the scientific revolutions, 1962. Después desarrolla someramente la teoría kuhniana y amplía con algo de Feyerabend y las críticas a Popper y al neopositivismo. En el siguiente párrafo describe los casos límite de las teorías de la física moderna, relatividad y mecánica cuántica, citando la posición de varios filósofos al respecto. Es hora de ensuciarse las manos: matemáticas. A partir de la ecuación de la geodésica en Relatividad General y con las ecuaciones de Campo de Einstein reduce la teoría de Einstein a la mecánica de Newton. Deriva más de lo mismo a partir de la ecuación de Schrödinger de la mecánica cuántica y del teorema de Ehrenfest. Demuestra la invariancia de la masa en todo sistema de referencia. Etcétera. Todavía le queda tiempo y ánimo para disertar sobre la tesis de inconmensurabilidad. Las revoluciones científicas son racionales, concluye. Se levanta, con las cinco hojas repletas, no le falta ni le sobra un espacio. Han sido cinco hojas justas. Perfecto. Las entrega dobladas al profesor Rivadulla y sale de la clase con andar cadencioso, al ritmo del hip hop que suena en su cabeza. Va al baño de alumnos y saca su gran glande rosa delante del espejo. Puede escuchar los gritos de las animadoras que están subidas a los urinarios meneando el culo. Es el puto delirio. Solo le falta ser negro. Es el mejor.

miércoles, junio 13, 2007

Ataque al corazón con bombas nucleares,
con barcos destructores y armas biológicas,
ataque preventivo al corazón plagado de mentiras
y de muerte de cosas que esperaba
como espera uno lo imposible,
como espera uno la mano pálida
que venga cualquier mañana melancólica
a salvarnos, ataque a la ilusión bombardeando
las costas cenagosas de mi cuerpo,
las ciénagas perdidas donde tantas
veces nos hundimos pensando que en vez de ciénaga
era mar abierto, sin costas y sin bordes,
bombardeo fatal de la distancia,
palabras putrefactas lloviendo en las trincheras
sobre los soldados muertos,
un gesto con la mano que parece ya un siglo o dos,
una mano que saca el dedo corazón desnudo y te lo muestra,
envuelto en la inmundicia
manchado de pecados no confesos,
invasión de manos ensuciadas por la ira
y el rencor que tanta falta hizo
para romper las cosas más terribles
que ocurrían en el mundo,
para evitar estar anclados en el barro
y en la mierda
inmersos en la brea
inútiles, perdidos,
doscientos años más.

viernes, junio 08, 2007

Deslocaliza a tu vieja

Hoy esto va de la deslocalización, ya saben, ese fenómeno fascinante que tiene lugar cuando una empresa poderosa descubre que puede retirar sus fábricas de los países desarrollados y trasladarlas al otro lado del mundo, donde no hay legislaciones laborales que defiendan los derechos de los trabajadores y es posible -y muy rentable-, sacar el máximo rendimiento a sus obreros durante jornadas laborales kilométricas pagadas con calderilla. La idea, desde luego, es cojonuda, nunca se sacó tanto provecho de eso que ahora llaman el capital humano desde la abolición del esclavismo. Así, felizmente, el planeta se asemeja cada vez más a una gigantesca huerta que las minorías del norte explotan, sacando beneficios millonarios como tubérculos arrancados de las tierras del sur. Y luego aparece en tu televisor algún bocachancla, generalmente un directivo de alguna de estas empresas al que parece que la gomina le ha carcomido no ya el cerebro sino la vergüenza, aseverando compungido que es una pena (sic) que la pobre gente de esos países cobre tan poco por tanto trabajo, pero que así, continúa el bocachancla, al menos tienen algo en lo que trabajar y la oportunidad de mantener, aunque sea precariamente, a sus familias. Pero vamos a ver, hijodeputa, si os parece tan penoso que los salarios sean tan bajos, pues subidlos, o sino no exportéis esta miseria a otros países. Y eso por no hablar de la mano de obra que se queda aquí más que deslocalizada confusa, con una mano delante y otra detrás, y la única e insistente idea de llenar la autopista de neumáticos y quemarlos, una de las acciones más hermosas que puede un trabajador llevar a cabo con sus curtidas manos pero que, al parecer, no aporta tanto, en el plano nutricional, como la dieta mediterránea de toda la vida. Y luego por aquí, cómo no, abundan los cerebrocencerros que comulgan con estas ideas peregrinas de que al menos los pobrecitos pobres tienen algo en lo que ocuparse, no se sabe bien si porque no les da la lógica para más, porque la razón ha descolonizado mal sus cráneos, o porque no quieren tener remordimientos de conciencia cuando vuelven de compras de una franquicia de inditex con un nuevo modelito, así muy posmoderno, para lucir el fin de semana.

La diferencia fundamental entre los revolucionarios franceses de finales del siglo XVIII y nosotros, aparte de que no llevamos coulottes y de que la libertad no nos guía con una teta fuera y un rifle en la mano, es que no tenemos a nadie a quien cortarle la cabeza: donde antes había un rey de peluca empolvada y una nobleza de finos cuellos níveos y jugosos, ahora tenemos difusas juntas de accionistas y miles de diminutos inversores grises difuminados por todos los resquicios del mundo, de tal manera que si nos pusiésemos (o pusiéramos) a decapitar tendríamos que ocuparnos de una buena parte del censo y ya verías tú qué lío y qué guarrada. No ganaríamos para canastos de mimbre donde recoger las cabezas. La ventaja de la decapitación es, a todas luces, que durante los nanosegundos en que la conciencia permanece aún estando tu cabeza separada de tu cuerpo, se ven las cosas desde otro punto de vista. Por lo demás, lo único que parece cortarse hoy en día a guillotina por aquí son los precisos flequillos rectos de las dependientas más modernas del Zara. Así están las cosas.

sábado, junio 02, 2007

Bonito golpe de efecto
encontrar el resto de tus cosas
arremolinadas en una esquina.

Tantas veces te observé yaciendo
en la cama inmersa en sueños de alcohol
–tu cuerpo electrizado por la oníria,
la desazón de tu gesto dormido,
mi mano inútil tratando de llegar
a través del triste simulacro de tu piel-
y tantas veces se rompió el mundo
en pedacitos tras el portazo
que dabas al marcharte.

Tenías vocación de animal herido
y de indígena de la noche:
primero feroz pantera,
finalmente gata inválida,
siempre era lo mismo;
y el absurdo teatro que decidimos
un mal día interpretar
se pulverizó en el ambiente
espeso de aquel cuarto:
construimos, en cambio, un silencio
minuciosamente ensimismado.
Fue lo mejor que nunca hicimos.

Después de todo.

_________________
este poema saldrá publicado en una antología de jovenes poetas asturianos compilada por el afamado crítico J.L. García Martín durante el estío, junto con otros nueve mios, y que leeré con voz temblorosa el día 7 de julio en el Norte. El primer verso es una apropiación de mi buen amigo y mejor poeta Uh Uh Him, a cuyo fotolog podeis acceder pinchado ahí al lado. Hacedlo y deslumbraos con una mente preclara.

miércoles, mayo 30, 2007

Un beso nipón

Publicado en El Invisible Anillo nº 4


¿Saben?, a veces llama mamá y hablamos. Me cuenta como le va y le cuento como me va, por lo general nos va regular, la vida es descafeinada aunque nos empeñemos en lo contrario: hay que barrer el suelo y fregar los platos todos los días. Hablamos de las cicatrices del pecho y de las heridas que aún no se han cerrado. Cuando se acaba la conversación me dice te quiero y yo le digo que también, luego me manda un beso y yo le envío otro, imito con la boca el sonido que hace un beso y mi beso va montado en una onda electromagnética por los aires desde el centro de la península donde estoy yo a la costa del Norte donde ella lo espera.
Porque un beso es algo más que un gesto que hacemos con el cuerpo, algo más que cuatro labios que se tocan y retozan, algo más que dos labios que acarician una mejilla, o dos mejillas que se rozan a un lado y otro de una cabeza; más, sin duda, que dos labios que se posan sobre unos dedos y luego se levantan y soplan suavemente para enviar el beso a alguien que está lejos y lo espera y se despide agitando la mano o un pañuelo, más que dos lenguas lascivas que pelean o incluso que una boca en la entrepierna. Es algo más que eso, un sonido que revolotea: los labios son mariposas que expulsan a una mariposa hija, así que le envío a mi madre un beso al final de la llamada y éste alza el vuelo errático y sale de Delicias y de Madrid entero, y pasa sobre la sierra y cruza Segovia y Zamora y lo que haya después, hasta pasar la Cordillera Cantábrica, y entre la niebla que lo recibe sigue incansable hasta mi casa donde echada en la cama grande y con el teléfono al oído mi madre usa su oreja/mejilla como pista de aterrizaje para el bicho loco volador recién llegado, que vino de la capital, de mi casa, de mis labios, todo eso en menos de un segundo.

Y en ese justo instante truena en Tokio, ya saben, el batir de alas de una mariposa encima de la meseta castellana provoca una tormenta en la megápolis japonesa y allí están en un callejón Yeiko y Tetsuo y sus labios están a menos de un milímetro aun sin tocarse, las caras muy juntas, vestidos con el uniforme escolar, la chaqueta azul marino, la falda y el pantalón gris, después de tanta mirada furtiva en clase y en el comedor y de provocar tantos encuentros supuestamente accidentales: si pasas por el parque esta tarde y hace sol tal vez esté allí, a veces por las tardes me siento en un banco y leo un libro tomando el fresco –mentira, mentira-; Tetsuo acude al parque como quien no quiere la cosa y allí está Yeiko siempre hermosa, flequillo negro perfectamente cuadrado enmarcando su sonrisa franca y la falda un poquito más corta después de la escuela, se sientan a pasar la tarde y a hablar de cosas japonesas –ella no ha podido leer ni una sola página atenazada por los nervios-, algún día incluso se han rozado la mano, son jóvenes y todas estas cosas se sienten con fuerza y en el pecho, donde deben de sentirse, sus cuerpos tiemblan casi imperceptiblemente, y así decenas de tardes y decenas de noches de insomnio y de adolescentes cabecitas incapaces de conciliar el sueño sobre sábanas empapadas de sudor, hasta que llega el día de hoy: quién sabe por qué motivo o con qué estúpida excusa Yeiko y Tetsuo se han adentrado en ese callejón, tal vez siguiendo a gato pequeño que se les ha cruzado en el camino o queriendo ver algún árbol recién florecido –debe de ser primavera y los japoneses aprecian estas cosas-, así que por fin están escondidos del mundo y en el silencio solo roto por la brisa y las ramas frotándose, sus rostros casi en contacto, sus labios crepitando antes del primer beso mil veces imaginado en noches húmedas, y ya están muy cerca y los pechos casi explotando cuando de pronto truena fuerte, muy fuerte –millones de martillos cayendo a destiempo sobre un mismo yunque-, y todo se oscurece: Yeiko se asusta, abre los ojos, se encuentra los ojos recién abiertos de Tetsuo y comienza a llover como nunca y todo se llena del agua –el suelo, las mejillas, el pelo- y del sonido de un mar desparramándose sobre el asfalto, Yeiko siente el aliento caliente de Tetsuo en su rostro y se avergüenza y enrojece y dice adiós tímidamente bajando la cabeza, se da la vuelta, agarra bien la cartera contra el pecho y echa a correr a casa desesperadamente, buscando las esquinas, y allí se queda Tetsuo, taquicárdico y puteado –con el buen día que hacía minutos antes, joder-, su primer beso oriental chafado sin explicación aparente, simplemente –pero esto él no lo sabe- porque yo le mandé un beso aéreo a mi madre al final de la llamada antes de irme a dormir y la atmósfera es un sistema dinámico caótico extremadamente sensible a las condiciones iniciales, ya saben, esas teorías raras.

viernes, mayo 25, 2007

Apuntes para una experiencia Zen en la Gran Vía

Con el fin de dominar sus pasiones, durante una tarde de furiosa tormenta primaveral –el cielo negro roto por los rayos, la lluvia torrencial, el trueno apocalíptico-, camine por la Gran Vía madrileña en camiseta de manga corta. Hágalo erguido, aprovechando las aceras desiertas que le brinden el resto de transeúntes arrimados temerosos a las fachadas grises, escondidos como roedores en los portales, rezando en silencio. No se apresure, es importante vencer el miedo: camine con parsimonia, indiferente a los charcos que pueda pisar, ignorando el aire frío, la humedad, despreciando la furia de los elementos, altivo. No se alarme, notará las gotas de lluvia helada chocando contra su rostro, traspasándole el pecho, corriendo por su sien y por su nuca como balas perdidas de un dios iracundo. Ahí está usted, respirando hondo y sereno, ajeno a sus bajos instintos, poderoso, surcando la avenida como quien surca verdes colinas, praderas templadas a la orilla de un lago en primaveras distintas a ésta. No pierda la calma, no se acelere, sobretodo, camine. Alcance la pureza. Resplandezca.

martes, mayo 22, 2007

Cómo hacer daño gratuitamente en cuatro cómodos pasos

1. Localizar a una mujer fea en el andén del metro, fea pero muy fea, fea con avaricia, con granos, erupciones faciales, facciones simiescas, rasgos desproporcionados, mirada estúpida, hedor en el aliento si es posible. Es preferible que no sea descuidada en el aspecto, que vista con esmero, que quiera ser moderna, que se ponga maquillaje en demasía, que sea coqueta al fin al cabo. Que quiera ser guapa pero que sea fea cual cuerno, muy fea, feísima.

2. Acercarse, presentarse y decir estas palabras: “Eres hermosísima, eres la mujer más bella que he visto en mi vida. A tu lado el crepúsculo palidece y la primavera es un engaño. Tu belleza merece la muerte de mil hombres, el asedio de una ciudad griega durante meses, el delirio.”

3. Observar cómo se ilumina su rostro grotesco, cómo sonríe tímida y enrojece. Cómo surge la alegría y se desborda, cómo la atraganta y la hace tartamudear nerviosa alguna palabra de agradecimiento.

4. Reírse entonces con maldad y a carcajadas mucho rato, doblar el espinazo de la risa, señalarla con el dedo, llamarla pringada, reírse más, marcharse.

viernes, mayo 18, 2007

Bricks de vino barato
como ladrillos de una muralla
que construyo sobre mi frente.

Una borrasca en mi entrecejo,
un remolino.

Y llegan lentos
los pútridos dedos
de una tarde metálica
para apretar mi cuello.

Oh!

Volvió la noche y se hizo frío el frío.
Corrimos a buscar, de nuevo,
el narcótico calor de las tabernas.

Nos creímos todas las mentiras
que nos decían por la noche.

Y no queríamos aprender.
Y no aprendimos.


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he soñado
no sé
tu cuerpo lejano y el mío
tan presente
enredados en la cama
con un tercero
desconocido

me he levantado
he visto
no sé
en pie delante del espejo
del baño
esta mañana
en vez del cepillo de dientes
mi miembro erecto
rodeado por mi mano

martes, mayo 08, 2007

Caution

Peligro es una palabra que nunca pude entender, tantas veces vi mi cuerpo y mi mente asomados al abismo de la droga, mis pupilas revoloteando como mariposas y mis mandíbulas mordiendo cueros inexistentes, al borde del daño cerebral severo –aunque todo esto era mentira-, después de ¿cuántas? horas o días sin pegar ojo, mis miembros temblorosos y mi verbo siempre grácil y seductor, eso sí, mis palabras siempre por encima de las ojeras tatuadas y de la confusión reinante, en todo momento, las palabras no solo sobrevivían a aquel naufragio físico sino que se engrandecían, cada vez eran más hermosas y más llenas de significados no sospechados antes, eso era lo bueno, eso es lo bueno de la droga, preservaban el verso y la prosa y la promesa, preservaban sobretodo la broma y el susurro y los hacían mejores e infinitos, en contraste con el resto de mi cerebro empapado como una esponja en endorfinas e incapaz de gestionar el movimiento de mis párpados o mis piernas desquiciadas. Y si la vida no era esto, que le den por culo a la vida, la felicidad era real y tan tangible como tangible es el esparto, podía uno extender la mano sobre el cuerpo y palparla con la yema de los dedos; nunca fui tan feliz como con mis primeros comprimidos de éxtasis, cuando amaba a la humanidad entera y todo era hermoso y delicado, todo poético, el mundo era un pétalo que caía suavemente en la palma de la mano, y el cuerpo, lo que habitualmente nos ata a la cotidianeidad y a la muerte, casi desaparecía, era ágil, no pesaba, era fácilmente dominado -como un títere- por los hilos de la música y aquello era lo mejor que jamás me había pasado.

jueves, mayo 03, 2007

Weah!

¿Acaso no hay belleza en los flexibles cuerpos de la juventud cimbreados en el acto de lanzar algún objeto contundente a la poli? ¿Acaso no es hermosa la trayectoria parabólica de un adoquín, sujeto solamente a las leyes de la gravedad, en su camino hacia los escudos de la bofia? Las húmedas miradas, los rostros embozados, la ingenua creencia de que se puede defender un ideal cada noche, en cada esquina, parapetados detrás de un contenedor en llamas. El gran teatro del mundo representado en el barrio de los bares rockeros: el dolor, la ley, la embriaguez, la autoridad, la justicia y la injusticia, el héroe trágico y el vil mezquino, ¡oh!, es todo tan sublime que creo que me voy a tomar otra litrona.

Tiene que haber más disturbios, es necesario. Han de seguir de esta manera deleitando mis sentidos. No queda más remedio. Arte-como-crimen, crimen-como-arte.