Yo estaba herido muy grave de poesía cuando llegué a Madrid hace más de siete años –cada vez pasa más el tiempo pero Madrid era entonces salvaje y extrema, oscura igual que ahora-, así que cada noche me fumaba un porro y me bebía una botella de vino muy barato y me encerraba en aquella pequeña habitación alargada de la calle Atocha 26 –afuera la ciudad rugía- con Alejandra Pizarnik –que fue, no se confundan, una poetisa suicida. Porque en aquella casa no había salón -estaba alquilado como cuarto-, ni tele -fue productivo aquel año-, y no había nada más que hacer. Así que allí dentro, frente al balconcillo que daba a un patio de luces -muy madrileño y muy fascinante para mi yo de entonces -, solo con Alejandra Pizarnik, sus obras completas en hermosa edición de Lumen, de tapas marrones como papel de estraza, iluminado por la tenue luz del flexo, se me caían absurdas lágrimas ante el prodigio que suponían sus versos, sus pequeños poemas como joyas de cristal, llenas del silencio que ella invocaba para ocultar, o para gritar tal vez, su desesperación.
Además, por entonces yo era muy zen, y, por unión de ambas coordenadas, digamos, espirituales, a veces me quedaba alucinando bellotas porque la Idea platónica de la Perfección se me presentaba en un huevo frito que estaba friendo –era tan hermoso y tan real-, o porque encontraba extraños significados ocultos en las cosas que reflejaban los charcos de la horrenda calle Atocha en los días húmedos y grises del otoño que pasé allí, o también por las finas ondulaciones que el paso de los coches, o de los transeúntes acelerados, provocaban en las mismas superficies de los mismos charcos, aquellos ante los cuales se pasaban el día sentadas unas señoras muy feas y muy viejas, apoyadas en la barandilla, de las que más tarde descubrí con asombro que ejercían el noble y viejo arte de las prostitución.
Todo esto me llevaba, además, a escribir pequeños textos sobre lo inmanente y lo trascendente de un pétalo que, de pronto, abandonaba la flor y caía revoloteando en espiral hasta el suelo, y tres cuartos de lo mismo para las crujientes hojas secas, y siempre encontraba momentos zen a cada paso, que también me resultaban muy poéticos. O encontraba sucesos poéticos en los calcetines, que a su vez catalogaba como indiscutibles respuestas a las principales paradojas del zen.
Hay que decir que aquellos textos no estaban mal del todo y que alguno apareció publicado en alguna revistilla de dudosa calaña, pero también hay que decir que la vida ahora, siete años y pico después –cada vez pasa más el tiempo-, es trillones de veces más prosaica, sobre todo con la que está cayendo. Las cosas me van bien -incluso con la que está cayendo-, y aquel sufrimiento, aquella incertidumbre, aquella soledad tan postadolescente, aquel oficio de recién llegado -en palabras de la Pizarnik-, son un recuerdo muy propicio para desvariar en estas líneas, pero para nada más. Entonces no había facebook, no tenía móvil, ni un periódico de referencia en el que escribir. Aún así era hermoso, porque todo se vuelve hermoso en mi memoria, hasta lo más pútrido, más sórdido, más esdrújulo. Así que no os fiéis, porque yo no me fío. El tiempo pasa cada vez más y no nos va dejando nada que tocar, sólo esta bruma, este recuerdo, este pequeño temblor ahí, en no sé dónde.
Alejandra Pizarnik, adolescente eterna, ingirió una sobredosis letal de seconal sódico en 1972 para encontrar la muerte. Tenía 36 años. Ahora vive feliz entre las lilas.
lunes, enero 26, 2009
martes, enero 20, 2009
El Corte Inglés te ama

Es un gran evento que ocurre cada mañana. El Corte Inglés de Sol abre sus puertas a las diez, pero veinte minutos antes los clientes impacientes ya se concentran ante la puerta, inquietos como feligreses en Pascua. Hace frío hoy, ellos se apoyan en la pared, caminan en circulo, exhalan vaho con el abrigo cerrado hasta el cuello y el gorro bien calado. En este día del invierno en su apogeo –ayer nevó-, a esta hora tan temprana, cuando la ciudad se quita las legañas, camiones y furgonetas se diseminan por la calle Preciados cargando y descargando las mercancías que los mercaderes de la calle más cara de España mercadearán durante el día. Dos policías municipales pasean aburridos bajo el cielo plomizo.
Se acerca la hora. La luces dentro del centro comercial se van encendiendo poco a poco, muchas zonas permanecen en penumbra. Los dependientes van de un lado a otro, se colocan en sus puestos, revisan sus peinados y uniformes detrás de los cristales, en esa zona fantástica todavía vedada para los clientes impacientes, que, puteados en el frío de la calle, miran hacia el interior fascinados y desiderantes. Los chaquetas rojas, esa suerte de guardas de seguridad con atuendo ridículo y amable, desarmados para no asustar a nadie, ni a los clientes, ni a las señoras –ni siquiera a nosotros, los ladrones-, salen a la calle con walkie talkies en las manos. Están tensos, muy ocupados, miran hacia los lados, hablan entre ellos, nerviosos como si estuviesen coordinando la invasión asesina de algún poblado palestino. Queda poco para la apertura y todo tiene que estar listo para el gran negocio de cada día. Miles de euros acabarán irremediablemente en las cajas registradoras que anidan en el corazón de la bestia albergando un gran imán.
A falta de un minuto para la apertura los clientes impacientes encaran la puerta, preparan su carteras, sus tarjetas, su efectivo. Por fin suenan las campanadas en el reloj de la Puerta del Sol. Es la hora de abrir, es la hora de comprar, es la hora de ganar. Las puertas aún permanecen cerradas unos segundos, pero todas la luces han sido ya encendidas y algún cliente impaciente se queja. Sube el volumen de los murmullos.
Por fin giran las puertas del Paraíso y el monstruo absorbe a los clientes impacientes como un sumidero. Se termina así el largo Infierno de una noche entera sin comprar. Estamos salvados. Dios no ha muerto. Espera adentro, con los brazos abiertos. La Semana Fantástica, los Ocho Días de Oro, Cortylandia –sus odiosas melodías-, volverán a bajar a la Tierra y a ser justos con los justos. Sólo tenéis que tener fe, hermanos.
Se acerca la hora. La luces dentro del centro comercial se van encendiendo poco a poco, muchas zonas permanecen en penumbra. Los dependientes van de un lado a otro, se colocan en sus puestos, revisan sus peinados y uniformes detrás de los cristales, en esa zona fantástica todavía vedada para los clientes impacientes, que, puteados en el frío de la calle, miran hacia el interior fascinados y desiderantes. Los chaquetas rojas, esa suerte de guardas de seguridad con atuendo ridículo y amable, desarmados para no asustar a nadie, ni a los clientes, ni a las señoras –ni siquiera a nosotros, los ladrones-, salen a la calle con walkie talkies en las manos. Están tensos, muy ocupados, miran hacia los lados, hablan entre ellos, nerviosos como si estuviesen coordinando la invasión asesina de algún poblado palestino. Queda poco para la apertura y todo tiene que estar listo para el gran negocio de cada día. Miles de euros acabarán irremediablemente en las cajas registradoras que anidan en el corazón de la bestia albergando un gran imán.
A falta de un minuto para la apertura los clientes impacientes encaran la puerta, preparan su carteras, sus tarjetas, su efectivo. Por fin suenan las campanadas en el reloj de la Puerta del Sol. Es la hora de abrir, es la hora de comprar, es la hora de ganar. Las puertas aún permanecen cerradas unos segundos, pero todas la luces han sido ya encendidas y algún cliente impaciente se queja. Sube el volumen de los murmullos.
Por fin giran las puertas del Paraíso y el monstruo absorbe a los clientes impacientes como un sumidero. Se termina así el largo Infierno de una noche entera sin comprar. Estamos salvados. Dios no ha muerto. Espera adentro, con los brazos abiertos. La Semana Fantástica, los Ocho Días de Oro, Cortylandia –sus odiosas melodías-, volverán a bajar a la Tierra y a ser justos con los justos. Sólo tenéis que tener fe, hermanos.
--------------------------------
En la imagen el Autor se lo piensa dos veces.
miércoles, enero 14, 2009
Esa luz
Todas las noches se ve ahí enfrente la luz amarilla y tenue de su cuarto. Como el patio es oscuro y yo también estoy a oscuras, esa luz recorta mi silueta contra la pared al lado de mi cama. Ahí estoy yo, o mi sombra, que es lo mismo, incorporándome de la cama, despeinado y sudoroso, mirando una y otra vez la luz amarilla, la única que por las noches se ve en el patio. Un patio pequeño, un segundo piso de un edificio de ocho al que apenas llega la claridad, ni siquiera de día, ni siquiera en esos días en los que el sol del verano está más alto. A veces mi sombra se levanta del lecho y yo me acerco a la ventana y me asomo, y veo, dos pisos más abajo, los cubos de basura que el portero llena cada tarde de bolsas negras y amarillas, malolientes, y también algunos trastos que nunca nadie recogerá. Observo la ropa tendida, que no es mucha, enormes bragas encarnadas, camisetas blancas de tirantes, pantalones vaqueros, zapatillas deportivas soltando su pútrido olor -que no me llega- en los alféizares de las ventanas, en mitad de ese silencio cruel de la noche en Madrid. Un silencio que no es silencio. Si te callas, si no haces ningún ruido y te estás quieto, escuchas el leve rumor de la ciudad que nunca duerme, de la bestia, casi un murmullo, un sonido sordo e indefinible que llega de más allá de este patio, de las calles céntricas e insomnes, del tráfico incesante, de los pasos, los tiroteos, los accidentes, los bares últimos de cada madrugada. Sin embargo, está esa luz amarilla, ahí enfrente, siempre, bajo el cielo naranja Blade Runner de la noche en Madrid. Si fuera un sonido, esa luz sería un grito agudo y chirriante.
Hace calor aquí, la calefacción es fuerte, y está esa luz. Me levanto, me asomo a la ventana, la observo. Imagino que él está en el cuarto, a veces detecto su movimiento cuando se interpone entre su lámpara y su ventana, la luz -esa luz- varía de intensidad de forma casi imperceptible. Noto cuando se mueve, aunque nunca sé lo que hace ni por qué. Siempre temo que, mientras yo vigilo, él asome de pronto la cabeza, que se asome como yo a la ventana y que, como yo, mire y me descubra. Sería horrible. Le imagino refugiado en las profundidades de su cuarto, levantándose a llenar otra vez su copa de vino tinto, dejando un momento la novela del XIX abierta sobre la cama, yendo a buscar al cajón otro Ducados. Cambiando el disco. Masturbándose. O simplemente yaciendo sobre el colchón, mirando al techo blanco, a la humedades, a la goteras, quién sabe, con los ojos fijos, muy abiertos, como un enfermo.
Hoy estoy inquieto. Hoy estoy nervioso, muy nervioso. Mi cuarto está más oscuro que de costumbre, y mi vientre lleno de fieras que se revuelven, siento sus garras. Pero la luz sigue ahí, imperturbable, recortándome contra la pared, haciendo que mi sombra siga mis paseos circulares. Tropezándome, descalzo, con el suelo lleno de periódicos viejos mientras mi cigarrillo es lo único que alumbra, incansable, obseso, esta habitación. Ojalá pudiera verlo mejor, ojalá pudiera ver lo que está haciendo, pero su ventana no está frente a la mía, sino que la veo lateralmente, está en una pared contigua del patio, no en la opuesta, de tal forma que no alcanzo a ver lo que pasa dentro, sólo la raya de luz lateral, que forma un ángulo de treinta grados con mis ojos. Me pregunto que estará haciendo, no oigo nada, no se oye nada, sólo, quizás, su respiración, quizás sea esa su respiración, esa que se confunde con la respiración dormida de la ciudad. Está loco, creo que está loco. Está en su pequeño cuarto, que debe tener menos de nueve metros cuadrados, lleno de luz tenue y amarilla, bebiéndose otra botella de vino, leyendo una novela del XIX, viendo cine porno. En mi cuarto todo está oscuro, choco con la esquina de la mesa, me hago daño, por qué demonios no paro de sudar. Me siento desnudo en el suelo. Está caliente.
De pronto oigo ruidos en el piso. Alguien anda por ahí, puedo escucharlo. Con mucho cuidado, tratando de no hacer ruido, me levanto y me acerco, de puntillas, lentamente, a la puerta. Arrimo la oreja, la puerta está caliente, mi oreja está húmeda, me concentro y oigo unos pasos, ahora en la cocina, ahora en el pasillo, alguien se acerca. Primero se oyen lejanos, pero luego cada vez más próximos. Alguien viene hacia aquí, cada vez se oye más cerca. Cuando llega hasta mi puerta se detiene. Le oigo al otro lado. Mi oreja está muy cerca de su pecho y puedo oír como respira - la respiración de la bestia-, sólo la puerta nos separa ahora. El silencio se instala durante unos siglos, mi pecho tiembla, mis manos tiemblan, estoy temblando. Dos golpes hacen retumbar la madera a la que se adhiere mi oreja y yo salto aterrorizado, y termino con la espalda pegada a la pared opuesta, tratando de asirme a algo que no existe, con la cara empapada en sudor, con un tambor dentro del cuerpo. No puedo. Miro por la ventana. La noche nunca fue tan silenciosa. El patio está ahora oscuro. La luz. La luz amarilla. La luz no está. La luz está apagada.
Hace calor aquí, la calefacción es fuerte, y está esa luz. Me levanto, me asomo a la ventana, la observo. Imagino que él está en el cuarto, a veces detecto su movimiento cuando se interpone entre su lámpara y su ventana, la luz -esa luz- varía de intensidad de forma casi imperceptible. Noto cuando se mueve, aunque nunca sé lo que hace ni por qué. Siempre temo que, mientras yo vigilo, él asome de pronto la cabeza, que se asome como yo a la ventana y que, como yo, mire y me descubra. Sería horrible. Le imagino refugiado en las profundidades de su cuarto, levantándose a llenar otra vez su copa de vino tinto, dejando un momento la novela del XIX abierta sobre la cama, yendo a buscar al cajón otro Ducados. Cambiando el disco. Masturbándose. O simplemente yaciendo sobre el colchón, mirando al techo blanco, a la humedades, a la goteras, quién sabe, con los ojos fijos, muy abiertos, como un enfermo.
Hoy estoy inquieto. Hoy estoy nervioso, muy nervioso. Mi cuarto está más oscuro que de costumbre, y mi vientre lleno de fieras que se revuelven, siento sus garras. Pero la luz sigue ahí, imperturbable, recortándome contra la pared, haciendo que mi sombra siga mis paseos circulares. Tropezándome, descalzo, con el suelo lleno de periódicos viejos mientras mi cigarrillo es lo único que alumbra, incansable, obseso, esta habitación. Ojalá pudiera verlo mejor, ojalá pudiera ver lo que está haciendo, pero su ventana no está frente a la mía, sino que la veo lateralmente, está en una pared contigua del patio, no en la opuesta, de tal forma que no alcanzo a ver lo que pasa dentro, sólo la raya de luz lateral, que forma un ángulo de treinta grados con mis ojos. Me pregunto que estará haciendo, no oigo nada, no se oye nada, sólo, quizás, su respiración, quizás sea esa su respiración, esa que se confunde con la respiración dormida de la ciudad. Está loco, creo que está loco. Está en su pequeño cuarto, que debe tener menos de nueve metros cuadrados, lleno de luz tenue y amarilla, bebiéndose otra botella de vino, leyendo una novela del XIX, viendo cine porno. En mi cuarto todo está oscuro, choco con la esquina de la mesa, me hago daño, por qué demonios no paro de sudar. Me siento desnudo en el suelo. Está caliente.
De pronto oigo ruidos en el piso. Alguien anda por ahí, puedo escucharlo. Con mucho cuidado, tratando de no hacer ruido, me levanto y me acerco, de puntillas, lentamente, a la puerta. Arrimo la oreja, la puerta está caliente, mi oreja está húmeda, me concentro y oigo unos pasos, ahora en la cocina, ahora en el pasillo, alguien se acerca. Primero se oyen lejanos, pero luego cada vez más próximos. Alguien viene hacia aquí, cada vez se oye más cerca. Cuando llega hasta mi puerta se detiene. Le oigo al otro lado. Mi oreja está muy cerca de su pecho y puedo oír como respira - la respiración de la bestia-, sólo la puerta nos separa ahora. El silencio se instala durante unos siglos, mi pecho tiembla, mis manos tiemblan, estoy temblando. Dos golpes hacen retumbar la madera a la que se adhiere mi oreja y yo salto aterrorizado, y termino con la espalda pegada a la pared opuesta, tratando de asirme a algo que no existe, con la cara empapada en sudor, con un tambor dentro del cuerpo. No puedo. Miro por la ventana. La noche nunca fue tan silenciosa. El patio está ahora oscuro. La luz. La luz amarilla. La luz no está. La luz está apagada.
jueves, enero 08, 2009
El facebook
El facebook es mucho mejor que el cuerpo analógico, porque el facebook nunca se cansa, ni tiene sueño, ni tiene migrañas ni mucho menos resacas. En el facebook la gente siempre es hermosa y simpática y sobre todo, lo más importante, el facebook nunca se aburre, aunque no esté haciendo nada. Porque en realidad en facebook, aunque no se haga nada, nunca hay descanso. La razón del éxito del invento tal vez sea que se adapta de maravilla a la actividad siempre difusa y cambiante que domina nuestras vidas afterpop, a esa ansiedad que trajo consigo la sociedad de la información y cuyo primer síntoma fue el ya prehistórico zapping. A día de hoy uno no puede mantener ninguna actividad más de diez minutos seguidos: se leen 10 páginas de un libro, se levanta uno a la nevera para abrir y cerrar la puerta sin tomar nada, se fuma un piti, se hace pis, se vuelve al libro 5 minutos antes de poner la tele un rato y llamar a un amigo y conectarse a Internet. Y ahí, dentro de Internet, está el facebook, que permite toda esta actividad borrosa sin levantarse del asiento. Puedes pasarte horas cotilleando fotos, mandando algún mensaje, haciéndote fan de un refrán o de una marca de cerveza, secuestrando a gente, rellenando tests absurdos, planeando asistir a eventos, en fin, no haciendo nada, pero distrayéndote para no pensar en la enfermedad, el infinito, la nada, la muerte, el fútbol, todo eso.
Yo sueño con el día en que la ciencia y la tecnología nos permitan deshacernos de nuestros cuerpos de carne y hueso tan demodé y fusionarnos con el facebook y también con el myspace y el tuenti y el hi5 y lo que venga. Que ya está bien de caminar por la calle e ir a bares y al trabajo y a misa e ir envejeciendo poco a poco. Llegará el momento en que gozemos de la inmortalidad, del nirvana cibernético, de la ataraxia más zen. Por el momento, y mientras esperamos, siempre podemos quedar con los amigos en el gris y oscuro, difícil e intrincado, mundo real y tomarnos unas cañas, alrededor de una mesa, en un bar de madera, eso sí, hablando del facebook.
Y si no lo tienes: tonto.
Yo sueño con el día en que la ciencia y la tecnología nos permitan deshacernos de nuestros cuerpos de carne y hueso tan demodé y fusionarnos con el facebook y también con el myspace y el tuenti y el hi5 y lo que venga. Que ya está bien de caminar por la calle e ir a bares y al trabajo y a misa e ir envejeciendo poco a poco. Llegará el momento en que gozemos de la inmortalidad, del nirvana cibernético, de la ataraxia más zen. Por el momento, y mientras esperamos, siempre podemos quedar con los amigos en el gris y oscuro, difícil e intrincado, mundo real y tomarnos unas cañas, alrededor de una mesa, en un bar de madera, eso sí, hablando del facebook.
Y si no lo tienes: tonto.
miércoles, diciembre 31, 2008
Feliz Año Nuevo, Palestina
Es el último día del año y el Estado (terrorista) de Israel sigue bombardeando Gaza. En la minúscula franja donde se hacinan un millón y medio de personas, han muerto ya 380 palestinos. Aunque los israelíes dicen atacar solamente objetivos militares para neutralizar a Hamás, lo cierto es que están muriendo decenas de civiles. ¿Han visto ese póker de cadáveres de niños palestinos, blanquecinos y rígidos, minúsculos, que mostraron las televisiones la otra tarde? Al Estado israelí, cegado por su mesianismo, le importa bien poco la vida de cualquier palestino, al los que sólo ve como un estorbo en su afán por ocupar la tierra que Dios (y la ONU?) le otorgó: la Biblia como manual de derecho internacional. “Si bombardeamos los edificios, es lógico que mueran civiles”, declaró un muy pragmático y casi insultante general isralí.
¿Quién es ahora David y quién Goliath? ¿Quién es ahora el exterminador y quién el exterminado? Parece que no recuerdan. ¿Quién ataca con uno de los ejércitos más poderosos del mundo y quién lanza modestos cohetes caseros, o piedras? ¿Guerra o, simplemente, terrorismo? El Estado de Israel, ante la tibieza de las críticas occidentales, debe comprender por si mismo que su destino y el de Palestina están unidos, para bien y para mal, y debe dar una solución pacífica al conflicto. Si el pueblo judío, que fue la luz intelectual de Occidente, no sabe combatir de otra manera al islamismo de Hamás más que con esta torpe violencia, está condenado a vivir instalado en el miedo a ser arrojado al mar, durmiendo con un ojo abierto y un fusil en la mano, tratando de esconder con firmes convicciones la vergüenza de haberse convertido, él también, en un pueblo genocida.
Liberad Palestina.
Feliz Año Nuevo.
¿Quién es ahora David y quién Goliath? ¿Quién es ahora el exterminador y quién el exterminado? Parece que no recuerdan. ¿Quién ataca con uno de los ejércitos más poderosos del mundo y quién lanza modestos cohetes caseros, o piedras? ¿Guerra o, simplemente, terrorismo? El Estado de Israel, ante la tibieza de las críticas occidentales, debe comprender por si mismo que su destino y el de Palestina están unidos, para bien y para mal, y debe dar una solución pacífica al conflicto. Si el pueblo judío, que fue la luz intelectual de Occidente, no sabe combatir de otra manera al islamismo de Hamás más que con esta torpe violencia, está condenado a vivir instalado en el miedo a ser arrojado al mar, durmiendo con un ojo abierto y un fusil en la mano, tratando de esconder con firmes convicciones la vergüenza de haberse convertido, él también, en un pueblo genocida.
Liberad Palestina.
Feliz Año Nuevo.
jueves, diciembre 25, 2008
La piedra la luz amarilla
A ver… Salir de bares por Oviedo es una experiencia deliciosa y fascinante porque en todos los garitos te encuentras a la misma gente, que es la entrañable gente moderna de siempre, y los grupúsculos de hardnighters se van haciendo y deshaciendo, modificándose gradualmente, birra en mano, según pasan las horas y se vacían los vasos y se nublan las mentes, hasta que acabas en el Xalabam, ese bar divertido y malvado, a la hora de ir a misa, escuchando a los Ramones y a los Pixies, y todo es neblinoso y raro y está guay. El Xalabam, la meta al final del largo e incierto sendero de la noche, asusta un poco de primeras pero es el local lo que pervierte; la gente, como digo, es la misma que horas antes estuvo en el Flamin’, La Bola, La Caja o el Movie y demás garitos en la onda, pero algo más desencajada y delirante. Allí murió hace unos años un tipo, con un navajazo en el corazón por intentar, aún sin saberlo, levantarle la puta a un expresidiario recién liberado (que pronto volvió al talego). Dicen las malas lenguas que la clientela siguió tomando copas con el cadáver en el suelo, de cuerpo presente. Crímenes aparte, es un sitio que me gusta porque me llena de un extraño placer morboso.
Por lo demás, cuando sales por aquí, y es Navidad o Semana Santa (osea, que están tus amigos) siempre paramos por los mismos cuatro sitios y nos parece que Oviedo es una ciudad rockera y canalla, que mola. Pero claro, eso es sólo una ilusión creada por nuestra estrechez de miras. En realidad hay miles de bares horribles que nunca pisamos, con mucha gente dentro, y los nuestros son meramente anecdóticos. Es, mutatis mutandis, como cuando el PP tenía mayoría absoluta. Yo me preguntaba: cómo puede suceder esta desgracia si no conozco a nadie que vote al PP (exceptuando algunos familiares). Llegué a sospechar que el partido de la derecha podrida hacia pucherazo. Pero la explicación es que en mi ámbito de amistades no se contempla está opción política. Por aquellas fechas leí que uno de cada cuatro españoles es, clínicamente, un psicópata. Me sorprendió en principio, porque no conozco a ninguno, pero luego me di cuenta de que no los conozco porque son exactamente los mismos que votan a Rajoy. Aish, ya me fui del tema. Que eso, que Oviedo la nuit.
Por lo demás, cuando sales por aquí, y es Navidad o Semana Santa (osea, que están tus amigos) siempre paramos por los mismos cuatro sitios y nos parece que Oviedo es una ciudad rockera y canalla, que mola. Pero claro, eso es sólo una ilusión creada por nuestra estrechez de miras. En realidad hay miles de bares horribles que nunca pisamos, con mucha gente dentro, y los nuestros son meramente anecdóticos. Es, mutatis mutandis, como cuando el PP tenía mayoría absoluta. Yo me preguntaba: cómo puede suceder esta desgracia si no conozco a nadie que vote al PP (exceptuando algunos familiares). Llegué a sospechar que el partido de la derecha podrida hacia pucherazo. Pero la explicación es que en mi ámbito de amistades no se contempla está opción política. Por aquellas fechas leí que uno de cada cuatro españoles es, clínicamente, un psicópata. Me sorprendió en principio, porque no conozco a ninguno, pero luego me di cuenta de que no los conozco porque son exactamente los mismos que votan a Rajoy. Aish, ya me fui del tema. Que eso, que Oviedo la nuit.
lunes, diciembre 22, 2008
Ovillo
En la Plaza de Callao se bifurca el mundo: para ir a Sol hay dos opciones: el Camino de la Izquierda, que es la calle del Carmen, y el Camino de la Derecha, que es la calle Preciados, ambas comerciales y bulliciosas, paralelas, ambas me gustan igual. A veces no se cuál de las dos coger y me tiro un rato pensando, indeciso. Finalmente me decido y enfilo la que sea, eso depende del día, del estado de ánimo, de la conjugación de los planetas. Pero ya voy pensando, entre la marabunta, haciendo slalom entre promotores de ONG y estatuas humanas, si no habría sido mejor coger la otra; quién sabe si, de haber sido mi elección inicial la contraria, me hubiera sucedido algo especial. Encontrarme un amigo –o hacerlo-, presenciar un eclipse, que se me aparezca el arcángel San Gabriel y que me haga santo –aunque esto lo dudo mucho-. Algo, no sé, que me cambie la vida o el día, todos son tan parecidos...
Como a mitad de trayecto hay una pequeña calle que las vuelve unir por un momento, se presenta de nuevo la opción de cambiar de camino, así que (qué coño) a veces – sólo algunas veces, otras no- opto por cambiar de calle y continuar por la que en principio deseché. Pero entonces ya vuelvo a atormentarme con qué hubiera sido de mí de haber seguido recto por la primera, si hubiera sido víctima de un atentado masivo, o escuchado a algún nuevo músico callejero, o encontrado un billete de 500 euros –que dicen que existen y que son morados- arrugado sobre una alcantarilla.
Al final las dos acaban igual, en Sol, donde los predicadores ultraconservadores y los chaperos transalpinos, y yo me sumerjo en el metro, espero en el andén, tratando de poner la cabeza en otra cosa, consiguiéndolo ya, atrapado en la lectura, hasta que llega el tren retumbando y vuelve la eterna duda: ¿en qué vagón entrar? ¿qué puede pasarme ahora?
(Dicen que hay infinitos universos paralelos. Cada vez que se arroja un dado, el mundo se divide en seis.)
Cada mínima decisión es un giro en el laberinto en el que usted vive. Todos esos laberintos, formando un ovillo, conforman el mundo.
Como a mitad de trayecto hay una pequeña calle que las vuelve unir por un momento, se presenta de nuevo la opción de cambiar de camino, así que (qué coño) a veces – sólo algunas veces, otras no- opto por cambiar de calle y continuar por la que en principio deseché. Pero entonces ya vuelvo a atormentarme con qué hubiera sido de mí de haber seguido recto por la primera, si hubiera sido víctima de un atentado masivo, o escuchado a algún nuevo músico callejero, o encontrado un billete de 500 euros –que dicen que existen y que son morados- arrugado sobre una alcantarilla.
Al final las dos acaban igual, en Sol, donde los predicadores ultraconservadores y los chaperos transalpinos, y yo me sumerjo en el metro, espero en el andén, tratando de poner la cabeza en otra cosa, consiguiéndolo ya, atrapado en la lectura, hasta que llega el tren retumbando y vuelve la eterna duda: ¿en qué vagón entrar? ¿qué puede pasarme ahora?
(Dicen que hay infinitos universos paralelos. Cada vez que se arroja un dado, el mundo se divide en seis.)
Cada mínima decisión es un giro en el laberinto en el que usted vive. Todos esos laberintos, formando un ovillo, conforman el mundo.
lunes, diciembre 15, 2008
Asalto
Me asaltó el otro día una postadolescente en el metro (¡oh sí!): “Shiiiiico, ¿te gusta leer, un pokillo?”, dijo mientras mascaba chicle entre aburrida y lasciva (si es que esto es posible) y me señalaba con un boli. Pensé: “Cielos, con ese acento suburbial y esas pintas soy yo quién debería preguntarte eso”, pero simplemente dije: “Sí, mucho, pero ahora tengo mucha prisa”. Se trataba, en efecto, de una promotora del Círculo de Lectores, que trataba de pescar almas entre los atribulados metronautas, por lo visto sin mucho éxito.
Me sorprende esta política del Círculo: elegir a individuos que parecen (al menos) pendientes de la alfabetización para promover la lectura. Las promociones bancarias, por ejemplo, utilizan a comerciales complemente fiables y trajeados que transmiten el savoir faire y la confianza necesarias para que uno decida abrirse una cuenta y depositar sus ahorros. Yo mismo, hace unos años, fui predicador callejero de Greenpeace y comprobé como su tropa de salvación medioambiental estaba formada por jóvenes con aspecto alternativo y/o solidario y/o comprometido con ese tipo de causas, entre los que me encontraba. Es decir, la juventud de la rasta y el piercing podía encontrar un trabajo allí a pesar a su aspecto, tras ser rechazada una y otra vez por instituciones más Antiguo Régimen, como los bancos arriba citados o el sacrosanto Corte Inglés. (Curiosamente, y aunque no viene a cuento, la Fnac tiene una política similar, de cuanto peor, mejor, así las diferentes secciones de sus centros están pobladas por dependientes de aspecto extraño y disoluto).
Pero a lo que iba; el Círculo de Lectores: qué cosa ésta. Si a uno el gusta leer un pokillo, disfrutará sobre todo, incluso más que con la lectura, con el paseo habitual por la jungla de las librerías, el manoseo, hojeo, sopesamiento, y chupado de los volúmenes. Una aventura que puede llevarte a descubrimientos alucinantes, en librerías de viejo, en saldos, en mercadillos, en librerías especializadas, comiqueras, en la Casa del Libro dónde sea. Eligiendo por ti mismo entre toda la oferta disponible, que es mucha y variada. Al menos a mi pasa. Y puedo decir que he aprendido más de Literatura y Aledaños en estas placenteras incursiones que leyendo en mi cuarto, la verdad. En el Círculo, en cambio, ofrecen una selección mensual y aséptica, inofensiva al fin y al cabo, de obras de dudosa calidad, mayormente best-sellers y novelas románticas, a lectores vagos, poco avisados o que, incluso, no son lectores, pero les gustaría. Como esos que se apuntan frecuentemente al gimnasio, llenos de buenos y saludables propósitos y, frecuentemente, acaban por dejarlo.
Aunque bueno, pensándolo mejor, la próxima vez que me tope a la postadolescente suburbial en las entrañas de la ciudad, le regalaré una suscripción para ella, a ver si arreglamos algo, al menos su dicción. Amén.
Me sorprende esta política del Círculo: elegir a individuos que parecen (al menos) pendientes de la alfabetización para promover la lectura. Las promociones bancarias, por ejemplo, utilizan a comerciales complemente fiables y trajeados que transmiten el savoir faire y la confianza necesarias para que uno decida abrirse una cuenta y depositar sus ahorros. Yo mismo, hace unos años, fui predicador callejero de Greenpeace y comprobé como su tropa de salvación medioambiental estaba formada por jóvenes con aspecto alternativo y/o solidario y/o comprometido con ese tipo de causas, entre los que me encontraba. Es decir, la juventud de la rasta y el piercing podía encontrar un trabajo allí a pesar a su aspecto, tras ser rechazada una y otra vez por instituciones más Antiguo Régimen, como los bancos arriba citados o el sacrosanto Corte Inglés. (Curiosamente, y aunque no viene a cuento, la Fnac tiene una política similar, de cuanto peor, mejor, así las diferentes secciones de sus centros están pobladas por dependientes de aspecto extraño y disoluto).
Pero a lo que iba; el Círculo de Lectores: qué cosa ésta. Si a uno el gusta leer un pokillo, disfrutará sobre todo, incluso más que con la lectura, con el paseo habitual por la jungla de las librerías, el manoseo, hojeo, sopesamiento, y chupado de los volúmenes. Una aventura que puede llevarte a descubrimientos alucinantes, en librerías de viejo, en saldos, en mercadillos, en librerías especializadas, comiqueras, en la Casa del Libro dónde sea. Eligiendo por ti mismo entre toda la oferta disponible, que es mucha y variada. Al menos a mi pasa. Y puedo decir que he aprendido más de Literatura y Aledaños en estas placenteras incursiones que leyendo en mi cuarto, la verdad. En el Círculo, en cambio, ofrecen una selección mensual y aséptica, inofensiva al fin y al cabo, de obras de dudosa calidad, mayormente best-sellers y novelas románticas, a lectores vagos, poco avisados o que, incluso, no son lectores, pero les gustaría. Como esos que se apuntan frecuentemente al gimnasio, llenos de buenos y saludables propósitos y, frecuentemente, acaban por dejarlo.
Aunque bueno, pensándolo mejor, la próxima vez que me tope a la postadolescente suburbial en las entrañas de la ciudad, le regalaré una suscripción para ella, a ver si arreglamos algo, al menos su dicción. Amén.
viernes, diciembre 05, 2008
Otra vez
Un anciano va caminando por la calle bajo un cielo vasco/plomizo y llega un joven (presuntamente) y le descerraja un tiro en la cabeza por no sé qué asuntos de una carretera en forma de Y griega. Y claro, es La Eta. Y empiezan a salir en la tela sus vecinos diciendo que era un tipo genial, que sus mayores aficiones eran jugar a las cartas e ir a misa, que era más bueno que el pan, casi un santo. Pero ¿qué pasa? ¿Qué si hubiera sido un cabrón no hubiera importado? ¿Si ese empresario hubiera sido malcarado y gruñón la gente hubiera dicho: bueno, no pasa nada?
Lo que se juzga aquí no es la calidad moral de la víctima sino la bajeza del vil asesino. Da igual a quién. Es como cuando dicen que Miguel Ángel Blanco es un héroe. ¿Por qué? Lo secuestraron y lo asesinaron. ¿Qué tiene eso de heroico? O cuando le dan el Premio Príncipe de Asturias a la Betancourt. ¿Por qué? A ella la secuestraron e intentó sobrevivir, como hacen tantos. No tuvo elección, otros decidieron por ella. Si tanto le mola eso a nuestros próceres, pues que le hubieran dado el Premio a la narcoguerrilla de las FARC, no te jode.
En fin, por otro lado, y como decían por ahí, La Eta no sólo mata a sus víctimas, sino también a ciertos movimientos sociales, vecinales y ecologistas que, teniendo luchas que podrían ser legítimas, ahora se verán satanizados por estar en la larga sombra de Eta. Y es que “no entienden que el sujeto de las luchas populares es el pueblo, y no la vanguardia revolucionaria”, Javier Ortiz dixit.
Todo el proceso de atentado-condena-tralará me recuerda a aquel relato de Kafka en el que unos monjes celebran un ritual que siempre es abortado por unos tigres que saltan sobre el altar y tiran los cirios y los cálices y lo dejan todo perdido. Tan persistentes son en la jodienda que al final, los monjes, desesperados ante la imposibilidad de llevar la cosa a término, incluyen en el propio rito el numerito del asalto felino. Y tan contentos.
Lo que se juzga aquí no es la calidad moral de la víctima sino la bajeza del vil asesino. Da igual a quién. Es como cuando dicen que Miguel Ángel Blanco es un héroe. ¿Por qué? Lo secuestraron y lo asesinaron. ¿Qué tiene eso de heroico? O cuando le dan el Premio Príncipe de Asturias a la Betancourt. ¿Por qué? A ella la secuestraron e intentó sobrevivir, como hacen tantos. No tuvo elección, otros decidieron por ella. Si tanto le mola eso a nuestros próceres, pues que le hubieran dado el Premio a la narcoguerrilla de las FARC, no te jode.
En fin, por otro lado, y como decían por ahí, La Eta no sólo mata a sus víctimas, sino también a ciertos movimientos sociales, vecinales y ecologistas que, teniendo luchas que podrían ser legítimas, ahora se verán satanizados por estar en la larga sombra de Eta. Y es que “no entienden que el sujeto de las luchas populares es el pueblo, y no la vanguardia revolucionaria”, Javier Ortiz dixit.
Todo el proceso de atentado-condena-tralará me recuerda a aquel relato de Kafka en el que unos monjes celebran un ritual que siempre es abortado por unos tigres que saltan sobre el altar y tiran los cirios y los cálices y lo dejan todo perdido. Tan persistentes son en la jodienda que al final, los monjes, desesperados ante la imposibilidad de llevar la cosa a término, incluyen en el propio rito el numerito del asalto felino. Y tan contentos.
domingo, noviembre 30, 2008
Periodismo (con perdón)
Ya se está muriendo el año y pienso, al borde del siguiente, lo fructífero que ha sido mi inicio en el oficio del periodismo (“el mejor oficio del mundo”, “mejor que trabajar”, y todos esos clichés manoseados). Ya ven, recién licenciado en Astrofísica me cambié de tercio como un traidor y me enrolé, después de duras pruebas y ciertas dificultades, en el selecto y recoleto máster de El País. Han pasado tela de cosas: las interminables elecciones norteamericanas con su final inaudito, el mastodóntico accidente de Barajas, las elecciones españolas, y la ubicua crisis, que, por cierto, me pilló trabajando en prácticas en el diario económico Cinco Días, este verano, y gracias a la cual aprendí muchísimo de economía y también de periodismo. Pero también todas esas minúsculas historias del periodismo local, que es el que hemos practicado durante todo el año para hacer callo.
El máster es una gran idea (publireportaje), se trabaja como en una redacción de verdad, hicimos periódicos, programas de radio, revistas, todo en tiempo real y con las mayores exigencias (fin del publireportaje). Alejados de toda teoría, de Macluhan y compañía, de la Facultad, praxis pura que me llevó a ir de los palacios hasta el fango. He comido en fastuosos banquetes con empresarios, me he adormecido con el profesoral y cálido verbo de Solbes en el congreso, he entrevistado a todo tipo de personajes (esta misma mañana al director de Le Monde.fr). Sindicalistas, políticos, intelectuales, envueltos en mucho mucho cocktail, mucha mucha gala, muchos hoteles cinco estrellas, lujo a raudales. Pero también bajé a las chabolas de la Cañada Real, donde me dejé las Adidas perdidas de barro y jeringuillas, conocí a los inmigrantes perseguidos, los albergues de los sin techo donde se le ofrece calefacción y zumo de piña, las protestas vecinales, las riadas, y la horrible privatización de la sanidad madrileña. Los muertos. Así, después de tanta rueda de prensa, de ser enviado especial, de tanto patear, hablar con gente y recibir bufonazos, llego a la conclusión de que no hay tanta diferencia entre unos y otros, de que todos son de carne y de hueso, de que los que salen por la tv existen, se pueden tocar y que los que no salen tanto también existen, y es preciso recordarlo, y también acercarse y tocarlos.
El máster es una gran idea (publireportaje), se trabaja como en una redacción de verdad, hicimos periódicos, programas de radio, revistas, todo en tiempo real y con las mayores exigencias (fin del publireportaje). Alejados de toda teoría, de Macluhan y compañía, de la Facultad, praxis pura que me llevó a ir de los palacios hasta el fango. He comido en fastuosos banquetes con empresarios, me he adormecido con el profesoral y cálido verbo de Solbes en el congreso, he entrevistado a todo tipo de personajes (esta misma mañana al director de Le Monde.fr). Sindicalistas, políticos, intelectuales, envueltos en mucho mucho cocktail, mucha mucha gala, muchos hoteles cinco estrellas, lujo a raudales. Pero también bajé a las chabolas de la Cañada Real, donde me dejé las Adidas perdidas de barro y jeringuillas, conocí a los inmigrantes perseguidos, los albergues de los sin techo donde se le ofrece calefacción y zumo de piña, las protestas vecinales, las riadas, y la horrible privatización de la sanidad madrileña. Los muertos. Así, después de tanta rueda de prensa, de ser enviado especial, de tanto patear, hablar con gente y recibir bufonazos, llego a la conclusión de que no hay tanta diferencia entre unos y otros, de que todos son de carne y de hueso, de que los que salen por la tv existen, se pueden tocar y que los que no salen tanto también existen, y es preciso recordarlo, y también acercarse y tocarlos.
lunes, noviembre 24, 2008
Ellos
Como la primera vez que sonó el timbre yo estaba dormido no supe distinguir si el timbre había sonado en el Sueño o en la Realidad (que también es sueño, etcétera), así que me di la vuelta sobre mí mismo, me tapé bien con la manta y traté de seguir durmiendo. Pero pronto sonó otra vez, y no sólo eso, sino que también sonaron unos fuertes golpes en la puerta que me despertaron definitivamente y excluyeron la posibilidad de que el timbre fuese una creación onírica. Me levanté asustado y me puse unos pantalones de chándal que estaban tirados junto a la cama. Todo estaba oscuro así que caminé con cuidado de no tropezar con las cosas que solía dejar por el suelo, tratando de alcanzar la manilla de la puerta. Cuando, después de palpar la pared y la puerta, alcancé la manilla, salí al pasillo caminando muy despacio, primero un pie y luego el otro, de puntillas, no quería que los crujidos del viejo parquet me delataran. Avancé así, tentando las paredes, guiándome por la cómoda del pasillo, por el espejo donde no se adivinaba ni mi silueta y luego por el marco del póster de aquella peli de Jim Jarmusch, hasta que llegué a la esquina. Ahí ya se veía la leve claridad anaranjada que salía del salón. No sabía qué hora era, así que me asomé con cuidado a la sala, comprobé que por el balcón se veían las farolas anaranjadas de la calle, esa luz tan Blade Runner que ya tienen las ciudades. No amanecía, así que debía ser la mitad de la madrugada, las cuatro o las cinco, pues me había acostado tarde y todo estaba inmerso en un silencio casi sólido que sólo rompía mi respiración algo agitada. En ese momento volvieron a tocar el timbre y volvieron a golpear la puerta con fuerza, sonaba como una hecatombe. Me dio un respingo, suspiré, se me puso la piel de gallina. Casi paralizado continué hasta el hall. Allí el parquet era aún más viejo, crujía más, así que me desplacé casi a cuatro patas, como una alimaña, intentando no tropezar con el tendedero de la ropa, que, de haberse caído, hubiera montando un follón que les hubiera indicado a ellos –si es que eran ellos los que llamaban- que yo estaba allí, a pocos metros, al otro lado de la puerta de entrada, tirado por el suelo. Por debajo de la puerta no se veía la raya de luz amarilla del descansillo, así que supuse que, si los que llamaban eran ellos, si eran ellos los que estaban allí, debían de estar a oscuras. Casi arrastrándome alcancé la puerta y le pegué la oreja, conteniendo la respiración, temblando. Se oyeron los susurros.
- Llama otra vez ¿no?
- Espera, déjame escuchar.
En efecto, eran ellos, reconocí sus voces mascullando, al fin venían a por mí. Pude oír cómo tocaban la puerta, cómo uno de ellos se movía impaciente, su fuerte respiración.
- ¿Qué coño hacemos aquí? ¿A qué coño hemos venido? Llama otra vez. Llama otra vez.
- ............
- Llama otra vez, coño.
- Que te calles, joder.
Después de los susurros volvió el silencio. No sabía que estaba pasando al otro lado, no sabía que estaban haciendo ahí fuera, a tan sólo unos centímetros. Me tapaba la mano con la boca, acurrucado en el suelo contra la puerta.
- Vamos a tirar la puerta abajo de una puta vez, cojones.
Pasaron unos segundos eternos, sentía el latido de mi corazón, el sudor frío.
- No. Volveremos otro día. Volveremos y le cogeremos.
Oí entonces sus pasos dándose la vuelta y bajando la escalera lentamente, a oscuras.Fui entonces, ya erguido, pero aún con cuidado, al salón, sin encender las luces, no quería dar ninguna noticia de que estaba en la casa. Me acerqué al balcón, abrí la puerta sin hacer ruido y entró el frío polar que habían anunciado en los informativos y que finalmente había entrado a la península por la zona noreste. Desde el balcón les vería alejarse si, al salir del portal, giraban hacia la izquierda y se alejaban hacia el sur. Esperé agazapado, muerto de frío, tratando de abrigarme con mis propios brazos, pero no aparecieron. Habrán girado hacia el norte, pensé. Volví adentro, cerré la puerta del balcón y me dirigí a mi cuarto. Me encerré aliviado en la habitación y otra vez, en la más absoluta oscuridad, me metí en la cama. Coloqué bien la manta, me acurruqué, me tapé hasta la nariz, como poniéndome a salvo, pero cuando me giré para encarar la pared, para estar más cómodo, entonces, de pronto, como el peor augurio, pude sentir allí aquella respiración, aquel calor, aquel mínimo movimiento, la presencia que me acompañaba dentro de la cama, bajo la manta, a pocos centímetros, aquel cuerpo horrendo y cercano que tal vez me estaba mirando, a punto de tocarme, y que yo ni siquiera podía ver.
- Llama otra vez ¿no?
- Espera, déjame escuchar.
En efecto, eran ellos, reconocí sus voces mascullando, al fin venían a por mí. Pude oír cómo tocaban la puerta, cómo uno de ellos se movía impaciente, su fuerte respiración.
- ¿Qué coño hacemos aquí? ¿A qué coño hemos venido? Llama otra vez. Llama otra vez.
- ............
- Llama otra vez, coño.
- Que te calles, joder.
Después de los susurros volvió el silencio. No sabía que estaba pasando al otro lado, no sabía que estaban haciendo ahí fuera, a tan sólo unos centímetros. Me tapaba la mano con la boca, acurrucado en el suelo contra la puerta.
- Vamos a tirar la puerta abajo de una puta vez, cojones.
Pasaron unos segundos eternos, sentía el latido de mi corazón, el sudor frío.
- No. Volveremos otro día. Volveremos y le cogeremos.
Oí entonces sus pasos dándose la vuelta y bajando la escalera lentamente, a oscuras.Fui entonces, ya erguido, pero aún con cuidado, al salón, sin encender las luces, no quería dar ninguna noticia de que estaba en la casa. Me acerqué al balcón, abrí la puerta sin hacer ruido y entró el frío polar que habían anunciado en los informativos y que finalmente había entrado a la península por la zona noreste. Desde el balcón les vería alejarse si, al salir del portal, giraban hacia la izquierda y se alejaban hacia el sur. Esperé agazapado, muerto de frío, tratando de abrigarme con mis propios brazos, pero no aparecieron. Habrán girado hacia el norte, pensé. Volví adentro, cerré la puerta del balcón y me dirigí a mi cuarto. Me encerré aliviado en la habitación y otra vez, en la más absoluta oscuridad, me metí en la cama. Coloqué bien la manta, me acurruqué, me tapé hasta la nariz, como poniéndome a salvo, pero cuando me giré para encarar la pared, para estar más cómodo, entonces, de pronto, como el peor augurio, pude sentir allí aquella respiración, aquel calor, aquel mínimo movimiento, la presencia que me acompañaba dentro de la cama, bajo la manta, a pocos centímetros, aquel cuerpo horrendo y cercano que tal vez me estaba mirando, a punto de tocarme, y que yo ni siquiera podía ver.
viernes, noviembre 14, 2008
Aquel maravilloso y horrible año
Recuerdo mi reflejo en uno de los grandes espejos de la discoteca Whillpoorwill, Oviedo, un lugar bonito al fin y al cabo, luz baja y rojiza, madera, sofás de cuero y parquet, muy elegante. Fuera lucía el sol –aunque solía estar nublado en aquel barrio pijo de Asturias-, salíamos de casa a eso de las cuatro de la tarde para volver antes de la diez, mamá esperaba, aunque allí dentro, en Whillpoorwill, podría ser cualquier hora, no había tiempo. Yo tenía 15 años, camiseta blanca de Green Day y otra negra debajo de mangas largas que asomaban, todo muy mid-90’s. Siempre me quedaba inmóvil ante el espejo, fascinado por mi imagen fumando mis primeros cigarrillos Lucky Strike. Alrededor las parejas se enrollaban tirados por los sofás, cuerpos jóvenes –aún no sabía cuán jóvenes, haciendo puzzles con vaqueros-, ellas a horcajadas sobre ellos, cabalgándoles, o ellos empotrándolas contra las columnas, rozándose, metiéndoles la lengua hasta la garganta, soportando gigantescas erecciones adolescentes. Recuerdo a Marga liándose con dos chavales a la vez allí delante, sonaba el Give it up, o Ecuador, Alvaro andaba por ahí, el suelo retumbaba y yo me acercaba a la barra, me hacía sitio a codazos entre la chavalería, y pedía, con la voz más grave que encontraba en mi tórax, un licor de manzana con manzana -qué inocente-, poniendo cara de estar de vuelta de todo, de ser un hombre, aunque en realidad todavía no podía con la ginebra, el whisky, el ron u otros destilados u otras drogas de todo tipo que después, salvíficamente, vendrían a redimirme. Pero la mayor hipnosis, como digo, me la producía mi imagen fumando en el espejo, mi mano acercando el cigarro a los labios, luego los labios dejando escapar suavemente el humo haciendo remolinos o empujándolo con fuerza hasta el techo como un dragón, mientras yo fruncía el ceño, levantaba una ceja y apretaba los ojos. Aquel era yo, haciendo aquella cosa prohibida que hacían los mayores. Algo había cambiado aquel año, se había oído un clic que anunciaba un cambio, me esperaban grandes emociones, seguro. Y tenía unas ganas tremendas de follar.
viernes, noviembre 07, 2008
Doble o nada!
Ha vuelto ha ocurrir. Los que sigan este, su humilde blog, recordarán cómo hace un año, viviendo el Autor en otra casa, un bakala fascinante y patético, divertido y malvado, abandonó nuestro adorable piso en mitad de la noche, con nocturnidad y alevosía, dejándonos con el culo al aire para pagar el último mes que un servidor viviría allí. Pinchen, pinchen.
Pues bien, ha vuelto a pasar. Después de aquel incidente y tras un breve paso de un mes por la casa del amigo y vecino Guillermo, me mudé a mi casa actual, de la que hablaré otro día, que ya hace un año de eso, con mi amigo Emilio. Esté verano fue duro inmobiliariamente hablando. Por aquí pasaron dos argelinas –a las que apodé las musulwomans-, un malagueño algo atontao –al que apodé Felipón- y una estadounidense algo casquivana pero de mentira –a la que apodé la seriousa. También se vino a vivir el amigo Isaac, con el que ya había yo compartido el piso de Delicias. Pero en fin, todo esto es solo para que ustedes sean conscientes del trasiego de compis –o zombies- de piso que ha habido por aquí últimamente.
Hace un mes o así llegaron Amid, otro argelino –pero francés, como Zidane-, y Leticia, una viguesa trotamundos moderna y deslenguada. Amid estaba solo de paso porque pronto quería irse a vivir con su novio, camarero del Siroco, a la sazón. Letiticia, en cambio, estaba alucinada con su cuarto, amplio, luminoso, muy zen. Lo cierto es que con Amid no coincidí mucho, solo un par de veces, teníamos horarios diferentes, parecía muy amable. Su curro en la ingeniería no era compatible con mi muy variable horario periodístico y los findes se iba a Pozuelo con su pareja. Leticia, en cambio, parecía querer integrarse. Aunque también faltaba bastante. Decía venir a Madrid para cambiar de aires, su discurso era joven, dinámico, actual, había vivido en muchos sitios y ahora quería probar la capital. Qué cosmopolita, pensamos. Al final descubrimos que la razón de su cambio era un novio enjuto y amable que trajo unas cuantas noches. Tan implicada estaba con este piso que impuso un turno de limpieza que nos hacía buena falta y que, en principio, cumplimos estrictamente.
Entonces ocurrió. Después de uno de nuestros findes locos, entramos en la habitación de Amid, alarmados por su falta durante tantos días: sólo quedaban las sábanas. Ni ropa, ni libros, ni neceser. Sólo unas sábanas que debían de ser prestadas. Se había ido sin avisar –como el bakala antes citado- y dejándonos sin cubrir el presente mes. Qué mierda, pensamos, qué cobarde. Por qué la gente que quiere irse no avisa. Por qué se fugan en mitad de la noche, como si fueran presidiarios. Leticia también dijo lo mismo. Era una vergüenza.
Esta mañana, yendo a una rueda de prensa, recibí un mensaje de mi compi Emilio: Leticia, la muy zorra, también se ha largado, vaya desmierde. Lo del desmierde me hizo gracia, porque desconozco el vocablo. Pero luego pensé en la ruindad de alguien que un día critica la fuga del argelino, y una semana después saca a escondidas sus mil maletas y cajas, seguro que en connivencia con el inocente novio, y se escapa de la casa sin decir adiós y dejándonos otra vez en bragas para pagar el mes.
Algo habrá que hagamos mal, digo yo. Pero qué coño, los que lo hacen mal son ellos. Ya ven, doble y nada.
Pues bien, ha vuelto a pasar. Después de aquel incidente y tras un breve paso de un mes por la casa del amigo y vecino Guillermo, me mudé a mi casa actual, de la que hablaré otro día, que ya hace un año de eso, con mi amigo Emilio. Esté verano fue duro inmobiliariamente hablando. Por aquí pasaron dos argelinas –a las que apodé las musulwomans-, un malagueño algo atontao –al que apodé Felipón- y una estadounidense algo casquivana pero de mentira –a la que apodé la seriousa. También se vino a vivir el amigo Isaac, con el que ya había yo compartido el piso de Delicias. Pero en fin, todo esto es solo para que ustedes sean conscientes del trasiego de compis –o zombies- de piso que ha habido por aquí últimamente.
Hace un mes o así llegaron Amid, otro argelino –pero francés, como Zidane-, y Leticia, una viguesa trotamundos moderna y deslenguada. Amid estaba solo de paso porque pronto quería irse a vivir con su novio, camarero del Siroco, a la sazón. Letiticia, en cambio, estaba alucinada con su cuarto, amplio, luminoso, muy zen. Lo cierto es que con Amid no coincidí mucho, solo un par de veces, teníamos horarios diferentes, parecía muy amable. Su curro en la ingeniería no era compatible con mi muy variable horario periodístico y los findes se iba a Pozuelo con su pareja. Leticia, en cambio, parecía querer integrarse. Aunque también faltaba bastante. Decía venir a Madrid para cambiar de aires, su discurso era joven, dinámico, actual, había vivido en muchos sitios y ahora quería probar la capital. Qué cosmopolita, pensamos. Al final descubrimos que la razón de su cambio era un novio enjuto y amable que trajo unas cuantas noches. Tan implicada estaba con este piso que impuso un turno de limpieza que nos hacía buena falta y que, en principio, cumplimos estrictamente.
Entonces ocurrió. Después de uno de nuestros findes locos, entramos en la habitación de Amid, alarmados por su falta durante tantos días: sólo quedaban las sábanas. Ni ropa, ni libros, ni neceser. Sólo unas sábanas que debían de ser prestadas. Se había ido sin avisar –como el bakala antes citado- y dejándonos sin cubrir el presente mes. Qué mierda, pensamos, qué cobarde. Por qué la gente que quiere irse no avisa. Por qué se fugan en mitad de la noche, como si fueran presidiarios. Leticia también dijo lo mismo. Era una vergüenza.
Esta mañana, yendo a una rueda de prensa, recibí un mensaje de mi compi Emilio: Leticia, la muy zorra, también se ha largado, vaya desmierde. Lo del desmierde me hizo gracia, porque desconozco el vocablo. Pero luego pensé en la ruindad de alguien que un día critica la fuga del argelino, y una semana después saca a escondidas sus mil maletas y cajas, seguro que en connivencia con el inocente novio, y se escapa de la casa sin decir adiós y dejándonos otra vez en bragas para pagar el mes.
Algo habrá que hagamos mal, digo yo. Pero qué coño, los que lo hacen mal son ellos. Ya ven, doble y nada.
sábado, noviembre 01, 2008
La Reina también piensa
Lo que hemos venido a saber esta semana es lo que ya sospechábamos: que la Reina es una maruja. Las opiniones que ha revelado (incomprensión total de la homosexualidad, antiabortismo, rechazo de la eutanasia, etc...) son propias de una señorona de provincias de misa de ocho los domingos y después confitería. Había quién pensaba que Sofía, tan griega ella, tan dulce, tan callada, tan vegetariana, podía esconder un lúcido pensamiento analítico; se podía haber llegado a creer que debajo de aquel elegante silencio, aquella delicada entereza a la hora de consolar a las víctimas de las más variadas catástrofes, se escondía una especie de fina intelectual afrancesada, qué se yo. Pero la realidad es siempre más cruel, y al final se ha comprobado lo peor: que la Reina podría encajar bien en ese estereotipo de mujer que hojea el Hola en una peluquería de extrarradio, debajo del secador, o que conversa a gritos con la vecina por la ventana, mientras tiende la ropa. Pero además no son sólo sus posturas, sino la forma ingenua y pueril que tiene de argumentarlas, lo que más le acerca a los modelos que he citado. Por lo demás, llama la atención que critique la aficción de su marido (la caza) y que, siendo la mismísima Reina de España, sea antitaurina, cosa que celebro. Seguro que algunos catetos de los que se ven por las plazas de toros preferirían la República a tal cosa.
El que esta señora diga lo que piensa a mí me parece anecdótico, lo triste es el revuelo que esto ha causado y cómo la clase política se caga por la pata pabajo cada vez que hay que hablar de la sacrosanta monarquía. La vergüenza es cómo el PSOE ha cerrado filas hipócritamente en torno a su figura. Y lo más patético es como el sonriente portavoz del PP (pensaron que con una mera sonrisa profidén ya estaba dado el paso al centro), criticase una mañana la poca neutralidad de la monarca y dos horas después, probablemente tras haber recibido una buena regañina de los de más arriba, se desdijese de forma sonrojarte para defender la línea del partido. Y lo mejor la portada del diario Público con un collage similar al que los Sex Pistols hicieron con la reina de Inglaterra para el God Save the Queen con la leyenda “¿Por qué no se calla?”. ¡Excelsior!
El que esta señora diga lo que piensa a mí me parece anecdótico, lo triste es el revuelo que esto ha causado y cómo la clase política se caga por la pata pabajo cada vez que hay que hablar de la sacrosanta monarquía. La vergüenza es cómo el PSOE ha cerrado filas hipócritamente en torno a su figura. Y lo más patético es como el sonriente portavoz del PP (pensaron que con una mera sonrisa profidén ya estaba dado el paso al centro), criticase una mañana la poca neutralidad de la monarca y dos horas después, probablemente tras haber recibido una buena regañina de los de más arriba, se desdijese de forma sonrojarte para defender la línea del partido. Y lo mejor la portada del diario Público con un collage similar al que los Sex Pistols hicieron con la reina de Inglaterra para el God Save the Queen con la leyenda “¿Por qué no se calla?”. ¡Excelsior!
martes, octubre 28, 2008
¿Y qué opina usted del viento?
El viento está muy bien. El siroco, los alisios, el gregal. Lo mejor de todo es que los vientos reciben el nombre de donde vienen, no de donde van. Cómo aquellos pájaros de Borges que volaban hacia atrás (de culo): les interesaba más su procedencia que su destino. Y que no existen, claro. Me interesan, por lo demás, sobre todo los vientos que vuelven majaras a la gente, en ciertas costas, como el Levante en Cádiz –mi segundo hogar- o la Tramontana en Cataluña. Tal vez por culpa del primero mi familia paterna está formada por contrabandistas, suicidas, alcohólicos, esquizofrénicos, navajeros, abuelas ciegas, y gente peligrosa y excéntrica, muertos en general. También me gusta el mar, el bosque y la Vía Láctea en noches muy negras. Los pajarillos. Pero todo eso es mentira, ya ven, un mito, una fantasía. Yo siempre he vivido esperando a que el semáforo se ponga en verde, cruzando la calle con cuidado, esquivando autobuses urbanos, bajando al metro, yendo a garitos chungos y al super, buscando las mejores ofertas o metido en habitaciones oscuras y llenas de humo, con gente y cosas raras. Haciendo los lunes un Crtl + Z. Sin que sirva para nada, claro está. Vivo entre hileras de edificios y avenidas, en el centro de una gran ciudad, extrema y mareante, deliciosa. ¿Por qué luego hablamos el viento? ¿Por qué la metáfora son, luego, las olas del mar?
martes, octubre 07, 2008
Vértigo o contemplación de algo que termina
Tengo vértigo me dijo cuando subimos a la última planta del centro de salud mental o sea del manicomio la acerqué al borde y ella se encendió un cigarro muy nerviosa le temblaba la mano casi no podía acertar con la llama en el extremo del tabaco hace tiempo que no nos vemos ¿sabes? yo antes te quería pero eso era antes hace mucho tiempo me dijo ahora no es que tenga miedo a las alturas no es eso cojones es que el vacío me llama dijo es que cada vez que veo todo ese espacio me dan ganas de tirarme estoy muy mal ¿sabes? me dijo estoy muy loca cada vez que subo aquí fantaseo con estamparme contra el puto asfalto y fantaseo con cuál será la imagen de mi bonito cuerpo abierto y roto mis vísceras rojas esparcidas contra el suelo como una puta muñeca rota ¿sabes? me dijo y yo pensé que en verdad era bonito su cuerpo y que en verdad era una muñeca y yo también fumaba y el humo no temía de mezclarse con el aire frío del crepúsculo haciendo remolinos ella se tapaba la cara con las manos estoy fatal dijo estoy muy mal y empezaba a incomodarme y abajo estaba el aparcamiento los coches de colores ford fiesta negro peugeot 205 blanco y sucio un audi metalizado ¿sabes? dijo mi padre hacía cosas malas tú también me hiciste daño pero menos o el mismo pero diferente ¿sabes? yo siempre leo todos esos libros de Freud dijo cuando me dejan porque a veces no me dejan hacer nada de lo que quiero aquí es todo muy blanco dijo y ¿sabes? y ella seguía diciendo y yo empezaba a marearme y se ponía el sol tiñendo el cielo de morado y naranja infierno y ella no paraba de cogerme del brazo con fuerza casi me hacía daño me clavaba los dedos las uñas era una puta loca pensé ¿sabes? yo ya no sabía quién decía cada cosa si era ella o era yo y veía la punta de mi zapatilla en el borde del precipicio siete plantas de psiquiátrico un edificio nuevo de metal y hormigón pagado por la Comunidad me sentía tan libre y tan liviano el aire fresco mordiendo mi cuello solo faltaba un paso pensé ¿sabes? estaría bien tirarse destruirse contra el suelo ver lo que luego dirían los demás saber qué sacarían los periódicos de pronto parecía tan atractivo el mundo tiraba de mi y la eternidad sólo estaba un paso más allá de las puntas de mis adidas ¿sabes? necesito mis pastillas dijo necesito bajar y tomar mis putas pastillas enredando su pelo entre los dedos como una niña pequeña como una loca me vuelvo dijo ¿sabes? y yo dije a tomar por culo y me balancee suavemente hacia atrás y hacia delante y me tiré más bien me deje caer me dejé atrapar por la atracción del planeta mi cuerpo ingrávido y celeste incapaz de controlar los movimientos de las extremidades como un pelele absurdo en el aire cayendo a 9,81 metros por segundos cada segundo la aceleración de la gravedad el cuerpo hacia la Tierra hasta estamparse contra el suelo perder la respiración verla alejarse ahí arriba asomada la melena colgando mi corazón detenido y no ver mi vida cruzando delante de mis ojos ni a Dios todo era mentira y de repente y así como si nada chof y todo negro.
lunes, septiembre 29, 2008
El patetismo
¿Os acordáis del verano?
Ahora todo eso ya pasó, ahora cerramos las ventanas, arrastramos las hojas secas en nuestros paseos por los bulevares, nos ponemos así, y archivamos un verano más en la caja de zapatos llena de arena y de sal. Pero recordad la playa un momento, por favor, y a los bañistas, lo orgullosos que parecían cuando se erguían de la toalla y se sacudían el bañador, e iniciaban la carrera atlética, evitando el calor; recordad la gota de sudor arrancada por el viento de sus sienes, su pelo revuelto y aquel gesto decidido: eran héroes.
Parecía que se iban a comer el mar entero, que no había agua suficiente, que iban a embestir al océano, a nadar hasta el final, hasta llegar al borde del mundo donde una cascada gigantesca derrama el mar en el cosmos. Parecía incluso que iban a llegar mucho más allá, que iban a seguir nadando a través del universo, jadeantes y enérgicos, cruzando galaxias enteras, sobrepasando los cuásares más lejanos, sorteando agujeros negros, hasta al final llegar a los confines, donde se encuentra la nada, blanca y silenciosa, e incluso a entrar en ella, a desintegrarse en una explosión cósmica, a vibrar, por fin, en la frecuencia de Dios, eternamente.
Pero luego llega la decepción: esa frenada en la orilla, mojar primero un pie y comprobar que está muy fría, saltar tímidamente al ritmo de las olas, temiendo sumergir los genitales, mojándose la nuca y la tripa, ya excesiva, para no cortar la digestión. Y después de adentrarse lentamente durante unos diez minutos, sentir el miedo, reunir al fin el coraje para zambullirse y tiritar y sentirse congelados, pero aún así darse la vuelta y sonreír a la suegra que saca la tortilla del tupper y desenvuelve los filetes empanados del papel albal, al cuñado tratando inútilmente de clavar la sombrilla contra el viento, a ese par de mocosos desnudos rebozados en arena y esa mujer que de pronto no es la mujer que una vez amaron y a la que ya apenas pueden soportar; entonces gritar en voz aguda, mintiendo contra el mundo, venid, venid, familia, venid que está muy buena.
Ahora todo eso ya pasó, ahora cerramos las ventanas, arrastramos las hojas secas en nuestros paseos por los bulevares, nos ponemos así, y archivamos un verano más en la caja de zapatos llena de arena y de sal. Pero recordad la playa un momento, por favor, y a los bañistas, lo orgullosos que parecían cuando se erguían de la toalla y se sacudían el bañador, e iniciaban la carrera atlética, evitando el calor; recordad la gota de sudor arrancada por el viento de sus sienes, su pelo revuelto y aquel gesto decidido: eran héroes.
Parecía que se iban a comer el mar entero, que no había agua suficiente, que iban a embestir al océano, a nadar hasta el final, hasta llegar al borde del mundo donde una cascada gigantesca derrama el mar en el cosmos. Parecía incluso que iban a llegar mucho más allá, que iban a seguir nadando a través del universo, jadeantes y enérgicos, cruzando galaxias enteras, sobrepasando los cuásares más lejanos, sorteando agujeros negros, hasta al final llegar a los confines, donde se encuentra la nada, blanca y silenciosa, e incluso a entrar en ella, a desintegrarse en una explosión cósmica, a vibrar, por fin, en la frecuencia de Dios, eternamente.
Pero luego llega la decepción: esa frenada en la orilla, mojar primero un pie y comprobar que está muy fría, saltar tímidamente al ritmo de las olas, temiendo sumergir los genitales, mojándose la nuca y la tripa, ya excesiva, para no cortar la digestión. Y después de adentrarse lentamente durante unos diez minutos, sentir el miedo, reunir al fin el coraje para zambullirse y tiritar y sentirse congelados, pero aún así darse la vuelta y sonreír a la suegra que saca la tortilla del tupper y desenvuelve los filetes empanados del papel albal, al cuñado tratando inútilmente de clavar la sombrilla contra el viento, a ese par de mocosos desnudos rebozados en arena y esa mujer que de pronto no es la mujer que una vez amaron y a la que ya apenas pueden soportar; entonces gritar en voz aguda, mintiendo contra el mundo, venid, venid, familia, venid que está muy buena.
domingo, septiembre 21, 2008
Pescadilla
Yo era un hombre normal con una vida normal y un trabajo normal, más normal aún que contable o conductor de autobús. Tenía una mujer completamente estándar ni joven ni vieja, ni guapa ni fea, a veces simpática y a veces odiosa, dependiendo del día. Vivíamos juntos, con nuestros dos hijos, una niña y un niño -con notas en torno 6,5, excepto en matemáticas-, en un piso de Chamberí (no en un chalet con perro, no con piscina y vecinos amables, no éramos felices, éramos tan solo normales). Todos los días eran iguales y las semanas se sucedían sin novedad o mutación, los domingos leía El País y el suplemento, María hacía paella, lo niños jugaban a la Play. Las malas rachas pasaban pronto y las buenas brillaban tan fugazmente que apenas llegábamos a verlas.
De pronto me desperté de aquella pesadilla, azorado y sudoroso entre las sábanas revueltas. A mí alrededor el mundo estaba borroso y la identidad de las personas que estaban en aquel cuarto, que ya no era un cuarto sino una pradera, cambiaba constantemente. Y hasta mi cuerpo cambiaba sobre mi cama, que ya no era una cama sino un barco que subía en busca de las fuentes del Nilo, donde me esperaba mi madre, que en realidad era la tuya o Lucía Lapiedra y así hasta el infinito. Qué bueno era volver a estar despierto.
De pronto me desperté de aquella pesadilla, azorado y sudoroso entre las sábanas revueltas. A mí alrededor el mundo estaba borroso y la identidad de las personas que estaban en aquel cuarto, que ya no era un cuarto sino una pradera, cambiaba constantemente. Y hasta mi cuerpo cambiaba sobre mi cama, que ya no era una cama sino un barco que subía en busca de las fuentes del Nilo, donde me esperaba mi madre, que en realidad era la tuya o Lucía Lapiedra y así hasta el infinito. Qué bueno era volver a estar despierto.
viernes, septiembre 12, 2008
Saritísima
Si ustedes leen los papeles, y espero que así sea, o al menos ven los informativos de la tele, y eso seguro que sí, a la hora del almuerzo, antes de la siesta, se habrán enterado del furor que está causando la señora Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia por el partido republicano, en nuestros odioqueridos Estados Unidos.
Resulta que esta mujer viene de un sitio aún más incomprensible para el europeo medio que los USA de toda la vida, la lejana y gélida Alaska, así que, como contaba un analista de la campaña yankee de RNE, si es que escuchan la radio, la Palin sabe asistir un parto, cazar renos con un rifle, cortar leña y desguazar un venado con sus propias manos para alimentar a sus hijos. Alaska es un estado duro, una frontera de la civilización y allí esas cosas están a la orden del día. Al parecer, eso explica su autenticidad a ojos de aquella sociedad extrema y la pleitesía que le rinden, de pronto, tantos estadounidenses de a pie. De sus orígenes norteños viene su rectitud moral, su oposición al aborto y a cualquier tipo de desliz sexual, su lucha contra la homosexualidad, su intento de censura de ciertos libros en las librerías del remoto pueblo que gobernaba, su apuesta por el creacionismo como ¿teoría? mejor que la evolución de Darwin, y también su bizarra, pero tristemente compartida por tantos, opinión de que “la guerra de Irak es una misión directa de Dios”. El personaje se las trae, tanto es así que al otro lado del charco ya han comercializado tres diferentes modelos de muñeca –congresista, sexy y heroína- a imagen y semejanza de la Palin, mientras que su marca de gafas se ha agotado y en las peluquerías de todos los states las mujeres demandan enfervorecidas su mismo corte de pelo. Ella es tu vecina, la americana media con problemas, con su hijo retrasado, su otro hijo soldado en Irak, y su hija preñada a los 17 –qué disgusto- que ni siquiera aborta. Solo la Palin quiere ser vicepresidenta.
Esto me recuerda el ensayito que se publicó hace unos meses por la Complu, No pienses en un elefante. Un libro pequeño y brillante del lingüista progre George Lakoff, en el que explica que la gente no actúa como el homo economicus de toda la vida que solo busca su propio interés y sobre el que se fundamenta la teoría económica y política: hay gente que antes que votar en busca de su interés, vota por identificación con sus valores. Esto explica, en opinión de Lakoff, las victorias del partido republicano con los votos de los trabajadores más pobres: a los obreros no les importaba que las políticas de Bush les perjudicasen gravemente, solo se identificaban con el nacionalismo y la religiosidad exacerbada que vendían los neocons. Ya ven, la gente no tenía en cuenta las medidas políticas reales, lo que importa es votar a alguien como tú, alguien que piense igual, aunque reduzca tus beneficios social, tu sanidad pública, tu subsidio deedesempleo, sobre todo si eres de los más humildes, por decir algo.
La aparición de la Palin parece haber eclipsado el fulgurante carrerón de Obama y yo pienso: es que queremos la misma historia. Barack tenía su encanto: un negro café-con-leche nacido en Hawai que hablaba como Kennedy y se convirtió en un icono pop. ¿De donde había salido? No sé, pero molaba, ese desconocido enjuto y juvenil de voz grave que hacía poesía en sus discursos hasta poner los pelos como escarpias. Obama era cool, Obama iba a ganar y el mundo iba a cambiar bajo su sonrisa. Pero la sobreexposición mediática, en todas partes y a todas horas le hizo aburrido. Ahora tenemos un nuevo juguete: La fachorra encantadora Sarah Palin, que de joven fue la más guapa de su pueblo marciano, la mamá opusdeista del mundo, la mujer que sale de la nada, del hielo, el bosque, de las entrañas más guarras dela Biblia para imponer la pureza. Alguien que antes no existía y ahora coge al mundo por los cuernos: otra vez el sueño americano.
Resulta que esta mujer viene de un sitio aún más incomprensible para el europeo medio que los USA de toda la vida, la lejana y gélida Alaska, así que, como contaba un analista de la campaña yankee de RNE, si es que escuchan la radio, la Palin sabe asistir un parto, cazar renos con un rifle, cortar leña y desguazar un venado con sus propias manos para alimentar a sus hijos. Alaska es un estado duro, una frontera de la civilización y allí esas cosas están a la orden del día. Al parecer, eso explica su autenticidad a ojos de aquella sociedad extrema y la pleitesía que le rinden, de pronto, tantos estadounidenses de a pie. De sus orígenes norteños viene su rectitud moral, su oposición al aborto y a cualquier tipo de desliz sexual, su lucha contra la homosexualidad, su intento de censura de ciertos libros en las librerías del remoto pueblo que gobernaba, su apuesta por el creacionismo como ¿teoría? mejor que la evolución de Darwin, y también su bizarra, pero tristemente compartida por tantos, opinión de que “la guerra de Irak es una misión directa de Dios”. El personaje se las trae, tanto es así que al otro lado del charco ya han comercializado tres diferentes modelos de muñeca –congresista, sexy y heroína- a imagen y semejanza de la Palin, mientras que su marca de gafas se ha agotado y en las peluquerías de todos los states las mujeres demandan enfervorecidas su mismo corte de pelo. Ella es tu vecina, la americana media con problemas, con su hijo retrasado, su otro hijo soldado en Irak, y su hija preñada a los 17 –qué disgusto- que ni siquiera aborta. Solo la Palin quiere ser vicepresidenta.
Esto me recuerda el ensayito que se publicó hace unos meses por la Complu, No pienses en un elefante. Un libro pequeño y brillante del lingüista progre George Lakoff, en el que explica que la gente no actúa como el homo economicus de toda la vida que solo busca su propio interés y sobre el que se fundamenta la teoría económica y política: hay gente que antes que votar en busca de su interés, vota por identificación con sus valores. Esto explica, en opinión de Lakoff, las victorias del partido republicano con los votos de los trabajadores más pobres: a los obreros no les importaba que las políticas de Bush les perjudicasen gravemente, solo se identificaban con el nacionalismo y la religiosidad exacerbada que vendían los neocons. Ya ven, la gente no tenía en cuenta las medidas políticas reales, lo que importa es votar a alguien como tú, alguien que piense igual, aunque reduzca tus beneficios social, tu sanidad pública, tu subsidio deedesempleo, sobre todo si eres de los más humildes, por decir algo.
La aparición de la Palin parece haber eclipsado el fulgurante carrerón de Obama y yo pienso: es que queremos la misma historia. Barack tenía su encanto: un negro café-con-leche nacido en Hawai que hablaba como Kennedy y se convirtió en un icono pop. ¿De donde había salido? No sé, pero molaba, ese desconocido enjuto y juvenil de voz grave que hacía poesía en sus discursos hasta poner los pelos como escarpias. Obama era cool, Obama iba a ganar y el mundo iba a cambiar bajo su sonrisa. Pero la sobreexposición mediática, en todas partes y a todas horas le hizo aburrido. Ahora tenemos un nuevo juguete: La fachorra encantadora Sarah Palin, que de joven fue la más guapa de su pueblo marciano, la mamá opusdeista del mundo, la mujer que sale de la nada, del hielo, el bosque, de las entrañas más guarras dela Biblia para imponer la pureza. Alguien que antes no existía y ahora coge al mundo por los cuernos: otra vez el sueño americano.
jueves, septiembre 04, 2008
Alegrías del incendio
Era hermoso, cogerte de la mano y subir contigo al monte. Subir bajo el sol de algún domingo filtrado entre las hojas, jugando entre los árboles. Como cuando niños subíamos solos a recoger castañas, y era el primer resquicio de libertad que nos dejaban. Era hermoso ver que el bosque era nuestro entero, que durante toda una jornada nadie aparecía, como si el mundo estuviese vacío por un rato y sólo los dos lo recorriésemos. Era hermoso volver a pasar, volviendo a otros otoños, ante el lecho de hojas secas y amarillas sobre el que por primera vez nos acostamos, pasados ya los quince años. Siempre volvían a estar allí las hojas, como invitándonos de nuevo. Invitación que, aunque el tiempo iba pasando, nunca rechazamos. Porque era como ganarle al tiempo otro pequeño instante, hacerlo nuestro. Era hermoso constatar que te ibas haciendo una mujer a cada nuevo encuentro, cada año después de un largo estío. Las caderas ya anchas, las tímidas arrugas al borde de los ojos, el rostro cobrando significado con el poso amargo de los días, aunque tu mano, ya curtida, seguía teniendo el mismo tacto, agreste y suave. Subir, tocar la cima, ver el mismo valle verde a nuestros pies, los pueblos creciendo como musgo, y respirar el mismo aire revolviendo nuestro pelo, arreglando nuestros rostros, ya mellados por la edad.
Cuando ya la vida nos iba separando decidimos que aquel monte fuera nuestro para siempre, cerrar el libro, fijar la historia, tomar posesión de la memoria. Y eso fue lo más hermoso. Vernos por última vez, furtivos en la noche, y escabullirnos en silencio hasta la cima. Yo llevaba el bidón de gasolina y tú, borracha, llevabas el mechero. Nos costó esparcir bien el combustible, sin casi ver donde pisábamos, pasando algo de frío. Pero luego llegó el calor, cuando yo le prendí fuego a todo aquello, era un infierno. Y bajamos corriendo y tropezando, algo asustados, escapando de las llamas. E imaginábamos las portadas de la prensa al día siguiente, potentes titulares anunciando un gran incendio forestal. Enormes pérdidas económicas, terrible impacto ambiental, posibles víctimas humanas, todo eso daba igual, no nos importaba. Y desde abajo vimos arder el viejo monte. Cómo se quemaba, cómo las llamas teñían el cielo e iban consumiendo el bosque poco a poco y el humo negro iba velando a los demás lo que había sido nuestra historia. Ya para siempre nuestra, solo nuestra. Y aquello, aquel olor, tu cuerpo tembloroso pegado mi costado sollozando, como digo, aquello fue lo más hermoso.
No volvimos nunca vernos. Quemamos nuestro monte. Nuestro monte había ardido.
Cuando ya la vida nos iba separando decidimos que aquel monte fuera nuestro para siempre, cerrar el libro, fijar la historia, tomar posesión de la memoria. Y eso fue lo más hermoso. Vernos por última vez, furtivos en la noche, y escabullirnos en silencio hasta la cima. Yo llevaba el bidón de gasolina y tú, borracha, llevabas el mechero. Nos costó esparcir bien el combustible, sin casi ver donde pisábamos, pasando algo de frío. Pero luego llegó el calor, cuando yo le prendí fuego a todo aquello, era un infierno. Y bajamos corriendo y tropezando, algo asustados, escapando de las llamas. E imaginábamos las portadas de la prensa al día siguiente, potentes titulares anunciando un gran incendio forestal. Enormes pérdidas económicas, terrible impacto ambiental, posibles víctimas humanas, todo eso daba igual, no nos importaba. Y desde abajo vimos arder el viejo monte. Cómo se quemaba, cómo las llamas teñían el cielo e iban consumiendo el bosque poco a poco y el humo negro iba velando a los demás lo que había sido nuestra historia. Ya para siempre nuestra, solo nuestra. Y aquello, aquel olor, tu cuerpo tembloroso pegado mi costado sollozando, como digo, aquello fue lo más hermoso.
No volvimos nunca vernos. Quemamos nuestro monte. Nuestro monte había ardido.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
