miércoles, abril 19, 2006

Asiento reservado

No me venga usted a decir que somos personas desalmadas y faltas de humanidad. No me venga usted a decir, señora, que esto es una vergüenza y que alucina bellotas con sus congéneres. Simplemente veníamos Isaac y yo cansados de la facultad y charlando de Termodinámica Fuera del Equilibrio –que es un tema complejo y desquilibrado, como usted- y estaba el vagón de metro a rebosar, lleno de esa turba mestiza madrileña, cuando subió usted y esa vieja pelleja, débil, pequeña y encorvada a la que no cedimos el sitio, simplemente porque no la vimos, porque había muchos cuerpos grandes junto a su cuerpo pequeño y resultó imposible, porque Isaac me hablaba de simulaciones numéricas y soluciones a la maldita ecuación de Boltzmann que acaparaban mi atención. Y entonces tuvo usted que ponerse casi a gritar “esto es inaudito, esto no puede ser” y la pobre vieja pelleja diciendo que no había problema, que solo iba a viajar hasta la siguiente parada, pero a usted eso le daba igual: “señora, como puede ser que nadie la deje sentarse” decía usted con su pelo teñido de un caoba imposible y embutida en pantalones de chándal, así hasta que nos damos cuenta del desaguisado –cómo no hacerlo- e Isaac se levanta y le cede amablemente el asiento a la señora vieja y pelleja -que se sienta más bien resignada porque se bajaba en la siguiente- y aún así la otra, usted, la conferenciante, sigue con su perorata “esto es una falta de solidaridad y de humanidad”, y me entran una ganas enormes de levantarme y darle un soberano bofetón, vieja de mierda, váyase a salvar el mundo a una de esas guerras desconocidas de África o váyase a bucear a pulmón a la fosa de las Marianas que hay unos animales abisales que viven en las profundidades más absolutas y oscuras y crean su propia luz animal, déjenos en paz que si no cedimos antes el asiento no fue por maldad sino por puro despiste y muy bien podía usted habernos avisado amablemente –perdonad, chicos, cededle el asiento- , en vez de dar su apestoso mitin que tenía como único propósito hinchar su ego que bota y rebota dentro de su horrible pantalón de chándal Carrefour; váyase por favor a tomar por culo y déjenos en paz que si no me levanto y le doy una hostia a mano abierta es simplemente por eso, por la pura humanidad que sus necias palabras salidas del infierno me niegan. Coñe.

lunes, abril 17, 2006

Una botella de ron

Hace ya seis u ocho años, no recuerdo, que por estas fechas visitamos Tapia de Casariego -un pueblo costero asturiano minúsculo en la zona donde ya se intuye Galicia- con motivo de una prueba del Campeonato Mundial de Surf; pero no nos malinterpreten, no: a nosotros el surf nos da igual, no tenemos bonita ropa playera ni rastas ni un bronceado estupendo -mi tez es aceitunada ya de nacimiento, un poco gitana, un poco iraní-, de hecho en esta larga sucesión de visitas aún no hemos visto a nadie cabalgando las olas en la playa ni una sola tabla de surf; a nosotros lo que nos llama es lo mismo que nos mueve siempre: el bullicio, la fiesta, la congregación de multitudes en los bares del puerto cuando la noche todopoderosa -porque la noche es más noche a la orilla del Cantábrico- cubre al pueblo indefenso. Lo demás es mera excusa.

Nos hospedamos siempre en una pequeña casa marinera encaramada a lo alto de un acantilado y propiedad de A, los ventanales del salón -del suelo al techo- dan al abismo, a un mar inmenso, a un cielo también inmenso y allá abajo, a unos cincuenta metros, las olas golpean furiosas contra las rocas, y el mar se rompe violentamente, la casa tiembla y la madera cruje, es como un barco esta casa, llena de motivos navales -los nudos marineros, los salvavidas, los catalejos, los ojos de buey en la habitación del tercer piso-, solo le falta balancearse de un lado a otro mecida por las olas, o separarse algún día de la costa y emprender el viaje mar adentro hasta dejarnos sorprendidos en el medio del mar o encallados en una playa perdida de la isla de Irlanda.

Cuando empezamos a hacer este viaje, después de la adolescencia, en la primera juventud, llámenlo como quieran, nos plantábamos en la casita hasta veinte o más personas (o personitas), utilizábamos todas las superficies para dormir, casi no cabíamos -la casa tiene cinco camas y un par sofás- y algunos tenían que dormir en el suelo, nos chocábamos en el pasillo y las escaleras, había cola en el baño y no cabíamos en la cocina; éramos jóvenes y cantábamos y las escapadas de casa de mamá eran nuevas y excitantes. Ahora ya solo vamos un puñado, seis o siete, y todos tenemos lugar donde dormir. La otra noche cuando el cielo se puso negro los ventanales del salón dejaron de mostrar el mar revuelto para mostrar nuestro reflejo bajo la luz amarilla, y nos vi allí, otro año más, los supervivientes, más cansados -casi no salimos de casa-, con más barba y menos pelo, como viejos piratas, quizás igual de contentos: hubo pulpo, hubo risa, y hubo cachopo (hablaré del cachopo otro día), y tomamos cerveza y pusimos discos chachis (y mucha música mala) y tuve hipercloridia y tomé Almax de 1 gramo en forma de pastilla masticable (que es como un asqueroso Sugus con sabor a menta que me salvó de sufrir el rigor de la acidez provocada por vasos de ron y latas de fabada, ya ven que triste, latas de fabada en plena Asturias) y al final nos volvimos a Oviedo en un domingo gris y lluvioso porque siempre que nos vamos de Tapia hace un día así, de agua y plomo, qué poético y qué bonito. El año que viene más, kowabunga!!!

jueves, abril 13, 2006

Brasil

Encontré una foto de aquella bizarra fiesta de travelos donde nos conocimos una noche de diciembre, ahí entre la multitud se aprecia mi cabeza -debe ser la mía- y la de algún amigo -casi no se nos ve entre la muchedumbre- y no sentí nada de pena, ni una pizca; en cambio recordé aquellos cuatro dias que dejaste Brasil o Portugal o ambos o lo que fuera y te veniste a esta ciudad que juzgaste excesiva, múltiple y vehemente -porque así lo es al fin y al cabo-; y aquel pueril e inocente tatuaje de un payaso en la parte delantera de tu hombro y luego aquella otra clave de Sol adulta y elegante que mostrabas en la espalda y que parecía te habías tatuado ya con el criterio de cierta madurez aún bastante tierna, como la que parecías poseer por entonces - para tí el proceso de maduración había transcurrido entre tu hombro y tu espalda-, aquellos cuatro días de tu piel morena y tu sonrisa amplia sobre mi cama -me hablaste durante horas de la política de Lula y el Partido de los Trabajadores en un idioma que no era el mío pero yo te entendía- que terminaron con un beso muy largo en la puerta de un bar cutre y barato de la calle Pez -como si nos quisiéramos o nos fuéramos a querer algún día- y una firme promesa de visitarte hace unas semanas a orillas del Atlántico, a finales de febrero, y que nunca cumplí, porque ciertas promesas ya se revelan imposibles antes de que terminen de salir de la boca y ésta era una de esas, porque esto y lo otro y lo de más allá, porque la gente va y viene -y alguien vino a final del invierno y parecía querer quedarse un rato-, porque dos meses son demasiado tiempo (gira la Luna dos veces) y hoy en día todo va demasiado rápido y nos llevamos la vida a mendigar fervor: se trataba más bien de sufrir un poco, puro romanticismo, y poder echar a alguien de menos y esta vez te tocó a tí, ya ves, así de triste y así de cierto, porque tú me quisiste un poco.

miércoles, abril 12, 2006

Garganta profunda

Regreso a casa paseando por la calle Uría (la principal de Oviedo) con una bolsa del supermercado donde llevo pescado, pollo y un litro de gazpacho para sobrevivir a la Semana Santa, cosa que no hizo Jesucristo, o sí, pero al tercer día y con enchufe, o yo que sé; cuando me cruzo con una de esas conocidas del Paleolítico que ya no sabes si saludar o no porque conversábamos en otro tiempo, sí, pero sobre nada en especial y nunca hicimos nada reseñable juntos y ella por separado supongo que tampoco excepto esto: felar, chupar, lamer; aquella tarde de adolescencia cuando C. la subió a su casa para que le practicase una felación mientras H., otro amigo, lo grababa en vídeo escondido en el armario y después -dicen- se proyectó el filme en el horrible bar que frecuentábamos nosotros y nuestras espinillas ante la hilaridad y erección general -aunque yo esto no lo ví y no sé cuanta parte de verdad hay en esta historia pero da lo mismo porque al fin y al cabo es una buena historia y una mamada es una mamada aquí y en China.

¿No es conmovedor encontrarse con el pasado en tu tierra natal?


PD: Viva la República.

domingo, abril 09, 2006

Primavera, Oviedo

Paseo con mamá a media mañana de un domingo lluvioso y gris de abril: Oviedo. Calles desiertas y aceras húmedas nos conducen al mercadillo de El Fontán, en el camino mamá trata de buscar a conocidos en tumultuosos bares dominicales llenos de ovetenses domingueros, me quejo, me niego, no quiero ser más un testigo mudo de la vida social de mi madre, un títere que enseñar (mi hijo escribe, mi hijo estudia astrofísica en madrid, éste es mi hijo), en los puestos de libros de viejo compro un ejemplar por 2 euros, un pequeño libro de segunda mano negro y amarillo (editorial El Acantilado) de una joven barcelonesa que escribe como me gusta a mi, luego comemos en la pizzería de la callejuela cerca de la Catedral (La Taormina), un lugar pequeño y acogedor, yo tomo spaguetti con gambas y pizza Hawaii pero sin piña -es decir, pizza de jamón de york- y de postre me apetece la hija de la dueña, esa camarera joven de mirada tímida, cintura breve y piel de mazapan, pero la mujer me ofrece una tarta de limón que rechazo con la displicencia con la que rechazo todo tipo de segundos premios y consolaciones. Después mamá y yo cogemos una peli de Woody Allen del penoso videoclub de al lado de casa y bajo la lluvia mamá me cuenta que de niña, en el colegio, trató de escribir una novela que comenzaba así: "era una tarde de domingo ventoso y nos aburríamos como osos", pero una monja descubrió sus planes y la reprendió fuertemente, a ella le dio la risa y estábamos bajo la lluvia y la tarde fue osezna aunque lo que descubrí anoche con mis ojos de exiliado en los bares de siempre es que Oviedo está lleno de cerdas como nunca, ya lo dijo el otro: es una porqueriza.

viernes, abril 07, 2006

Felatriz?

Abrir los ojos cualquier mañana y encontrarte allá abajo lamiendo mi sexo fue algo que siempre esperé durante aquel tiempo que estuvimos los dos montados en un carrusel hace ya algunos años y que nunca me diste, pues fuiste tú quien me enseñaste que las promesas que hace la noche las disuelve la mañana; sin duda era mejor no creer las mentiras que resbalaban de tus gruesos labios de gata.

So guarra.

martes, abril 04, 2006

Funciones vitales

Y de pronto un domingo soleado por la tarde, después de un fin de semana que duró un siglo o dos, llegas a un extraño lugar con el pasillo en rojo que debe de ser tu casa acompañado de dos chicas ojerosas: una morena que al parecer es tu compañera de piso y otra de ojos azules que asegura haber tenido, no hace mucho tiempo atrás, un flequillo gigantesco y compartir ultimamente tu "cama"; y entonces decidís pedir comida china y comer, que es una actividad que os han recomendado y que consiste en introducir el alimento en ese orificio que tenéis bajo la nariz lleno de piezas de marfil, cuando acabáis con lo que trae una niña de ojos rasgados que pica a la puerta y que habla raro te das una ducha y eso ya te suena un poco más, tienes el recuerdo borroso de haberlo hecho alguna vez, en las brumas del pasado, algo que implica agua y desnudez, así que intentas repertirlo pero finalmente metes la pata como un principiante, te duchas en el inodoro en vez de en la bañera y te cepillas las piezas de marfil que tienes en el orificio de comer con la escobilla del baño en vez de con el cepillo destinado a las plaquitas, y lo dejas todo perdido de agua y jabón y pasta dentífrica y lejía; lo mejor, piensas, después de este desaguisado es probar esa otra cosa que también te han recomendado en algún bar horas antes y que debe de estar bien, "dormir" le dicen, algo así como desconectarte durante unas horas y ver películas surrealistas sin argumento en tu cabeza llamadas "sueños", así que te vas a ese artefacto diseñado a tal efecto -la "cama", por alguna razón hay una en el que parece ser tu cuarto- y tratas de dormir en compañía de los ojos azules pero ella sabe hacer otras cosas sorprendentes, enroscarse y formar un revoltijo, hasta que todo se acaba y se apaga y se hace negro y tal vez recuerdes tu nombre algún día si es que hay mañana y si es que algo existe.

miércoles, marzo 29, 2006

Videoclip

Dicen que cuando uno está cerca de la muerte su vida le pasa ante los ojos como si fuera un videoclip de reggaeton, es decir, la visión del médico que te saca de entre las piernas de tu madre -ante la mirada entre atónita y asqueada de tus futuros seres queridos- ataviado con grandes cadenas doradas y símbolos del dolar, tu madre moviendo el cucu el día de tu primera comunión encima de una mesa familiar, tu padre vestido con pantalones anchos, camiseta de los Knicks y gorra puesta de lado la primera vez que montaste en bicicleta, en fin, nalgas mulatas bamboleándose como gelatina, y dale don dale, y baila morena, perreo pa los niños, perreo pa las nenas, y tus primas semidesnudas contoneándose orgullosas de sus peinados afro aquel agosto de los ochenta en Torremolinos. Ya saben, todo eso.

Algo así me ocurrió un día a finales de otoño, creo recordar, regresando de la panadería a casa con un pan bajo el brazo -tal y como muchos vienen al mundo- por el Paseo de las Delicias -hacía sol y buen tiempo, un bonito día sin duda, algunas hojas aún aguantaban en las ramas de los árboles. Entonces me crucé con alguien, una chica, a la que por un instante, un momento, un nanosegundo creí conocer y luego despareció por el rabillo de mi ojo. Me paré en seco, giré sobre mi mismo frunciendo el ceño y la observé alejarse Paseo abajo. No era ella, aquel no era su culo, ni aquellos sus andares, ni siquiera su pelo se asemejaba al que yo conocía. Extraño. Realicé un giro inverso para seguir mi camino cuando, de pronto, plaf, me sobresaltó un estruendo tres metros delante mío, una maceta que, a juzgar por su velocidad, caía por lo menos de un quinto piso y que estalló en tres mil pedazos ahí delante, ante la mirada sorprendida de una joven en mi misma situación pero tres metros más allá, al otro lado del desastre. Ahí estaba lo que había sido una planta, lo que había sido la maceta y un montón de tierra húmeda y negra. Muchos vecinos y viandantes se pararon murmurantes a contemplar aquel desaguisado.

Es curioso, si no hubiera sido por el cruce fortuito con aquella desconocida que creí reconocer, si no me hubiera dado la vuelta un instante a comprobar que aquel culo era su culo, aquellos andares los suyos y aquella melena la melena que creí ver, probablemente la maceta se hubiera encontrado con mi cabeza tres metros más allá y las dos se hubieran fragmentado en trozos infinitesimales. Y yo hubiera muerto, eso seguro, y nadie se hubiera comido aquella barra de pan. Ya en casa, con la comida sobre la mesa y el pan partido sobre el mantel -y ya no bajo mi brazo- brindé secretamente por aquellas dos mujeres, la conocida y la desconocida, que de alguna forma me habían salvado la vida, pues los caminos del Señor son inescrutables y los hilos invisibles del azar y la realidad muchas vecen hacen nudos marineros.

martes, marzo 28, 2006

Yawn!

Bien: algunas nubecillas allá a tomar por culo casi encima de Getafe -desde aquí se ve el Cerro de los Ángeles-, el bosque de grúas de construcción que levantan un bloque de edificios en al sureste -aunque este bosque parece no florecer-, el gigantesco hospital 12 de Octubre, la voz de Jaime Peñafiel y sus monárquicos problemas que llega de la tele del salón, un café que quema, un cigarro que también. Y sol, sol iluminando primaveralmente la Mancomunidad en la que vivo, las chimeneas, los coches aparcados, esos arbolillos absurdos y ninguna vieja arrastrándose hasta la calle.

Me iré a almorzar a casa de Rory en el barrio de Salamanca y trataré de quitarme de encima esta persistente desidia que me infecta desde hace unos días. Dónde están mis ideas. Y dónde mi vida, caracoles.

jueves, marzo 23, 2006

Víctimas

Qué triste meterse antes con las víctimas que con los verdugos, al final iba a tener razón mi TíaVicen y resulta que soy un hombre atormentado y desequilibrado, si es que llego a eso, a hombre, y si es que esto significa algo, pero es que los verdugos se han quedado siempre en su sitio, sanguinarios, encapuchados, fríos, calculadores, con el hacha cogida fuerte entre ambas manos peludas, donde tenían que estar. ¿me comprenden?, mientras que las víctimas, ay las víctimas, éstas han pasado a la ofensiva, olvidando su papel en la opereta, como un actor rebelde que de pronto hace lo que le da la gana y deja a todos, público, reparto y director perplejos y desorientados.

Porque ¿es lícito que la madre de una niña violada juzgue y condene al violador de su hija? ¿está uno en condiciones de juzgar al asesino de su hermano? ¿o de quien le ha volado una extremidad? ¿No hay jueces para eso, jueces sin hija violada, con hermano y con pierna? Entonces ¿por qué este grupo denominado Asociación de Víctimas del Terrorismo se empeña en dirigir la política antiterrorista? ¿Por qué no fundan un partido político y se dejan de zarandajas?

Y entonces tres encapuchados que parecen alienígenas con boina dicen en la tele -bajo un hacha y una serpiente, bietan jarrai- que hay un alto el fuego permanente y además comprobamos asombrados que el cuerpo del medio pertenece a una mujer o a un hombre con voz de mujer -la voz que suena es definitivamente femenina, gora euskadi sozialista- y aparece ese señor con gafas que preside la Asociación de Víctimas y también aparece la hermana de Miguel Ángel Blanco opinando con la certeza de que su opinión es la autorizada, de que tienen más que decir que yo simplemente porque les han matado a un familiar, y es esto simplemente lo debería hacerles callar porque sus palabras están impregnadas de dolor y de revancha; cuando nunca les importó esto hasta que no se vieron involucrados -la camisa llena de sangre, reventadas las cabezas- y no quieren ningún tipo de negociación y dicen que esto es un chantaje y gritan que es una victoria de los terroristas porque les importa más su propio orgullo y su propia miseria que el bien común, les importa un bledo que haya más víctimas, les importa una mierda que por no acabar con esto de una vez mañana maten a tu mamá cuando esté en una confitería tomando croissant con chocolate, o que vuelen el supermercado donde compras el pan y la leche, o que generaciones de vascos vivan instalados en el miedo, o que tengamos que soportar una política que gira alrededor de un tema anacrónico y repetitivo y sangriento y pegajoso. Solo les importa su propia guerra, el diente por el diente, el ojo por el ojo, an eye for an eye makes the world blind.
Tan viles que ni siquiera su triste condición les ennoblece.

sábado, marzo 18, 2006

Reloj

El segundero pasa del segundo 44 al 45, luego vuelve, da marcha atrás hasta el 44 y sube de nuevo al 45, y luego otra vez, y otra, y otra, así todo el rato, encallado en un segundo, lo veo cada fuckin' noche antes de acostarme, cuando me siento con las piernas ya desnudas en mi catre, antes de tumbarme y dormir; ese extraño reloj instalado sobre un muelle -a veces hace movimientos locos- que mi dulce madre me obsequió hace ya mucho tiempo, no recuerdo, y que me ha acompañado por una larga sucesión de casas y cuartos en los que he vivido los últimos años -locos, como si estuvieran instalados sobre un muelle- y pienso siempre, medio adormilado, que debería arreglar eso, ese extraño reloj que no está parado ni en movimiento, sino obsesionado entre el segundo 44 y el 45 de las 4 horas y un minuto -no sé si de la madrugada o de la tarde- de un día inidentificado del finales del mes de enero, cuando contrajo su neurosis obsesiva y se quedó así, repetitivo, redundante, moviendo la aguja mínimamente como mueve la pata un animal moribundo antes del fin; y me he dicho mil veces, ahogado en pensamientos absurdos, que no sé cual será la implicación de este hecho mínimo en mi vida, si realmente algo se paró aquel día sin nombre o si todas las cosas del mundo y de la vida están conectadas por hilos secretos,y me pregunto si algún día de estos decido cambiarle la pila -y entonces la aguja pasa del 45 al 46 y luego al 47 y se pone a dar vueltas como dios manda-, volverá mi existencia a ponerse en marcha y abandonará la inmovilidad en la que parece que se ha instalado ultimamente. Tal vez solo haga falta eso para que arranque de una puta vez la primavera que no para de darnos avisos para clavárnosla después, tal vez todo el estado atmosférico del planeta dependa de que yo, una tarde aburrida baje al chino a comprar una pila barata y se la ponga a mi reloj raro para espabile y entonces haga sol ya de seguido, que ayer llovió de lo lindo y se les aguó la fiesta, nunca mejor dicho, a esa alegre muchachada madrileña que ama más al vino y a la vida que a la leyes, cosa, por otra parte, lógica y normal ya que lo aberrante y desviado sería lo contrario, una juventud virtuosa y viernes sin borrachera.

jueves, marzo 16, 2006

Perséfone

Y entonces Hades, señor de los infiernos, en vista de toda aquella voluptuosidad, raptó a Perséfone, hija de Démeter, y la recluyó en el inframundo donde la tomó por esposa y le dió a tomar aquellas pepitas de granada que no la permitirían volver a salir a la luz del sol; Démeter en represalia, no sé contra qué ni contra quién, dejó al mundo estéril y sin vida, y todas las cosas y las formas muriendo, y los campos vacíos y desnudas las ramas de los árboles, así que Zeus con la idea de acabar con aquel erial llegó a un pacto con Hades en virtud del cual Perséfone saldría seis meses a la tierra a acompañar a su madre -y entonces todo florecería- y pasaría el resto del año-el otoño, el invierno- a la vera de su esposo; es por esto que ahora que se acerca el equinoccio Perséfone ya se prepara a salir de nuevo, y todos nos echamos a las calles a recibirla con gafas de sol y en manga corta, y yo, después de tanto infierno personal, burocrático, telefónico, corporal, sentimental y gástrico escupo las pepitas de granada del inframundo, le digo adiós al Cancerbero y me pongo el cuerpo y la mente de los domingos para disfrutar de los próximos meses en el mejor lugar del mundo para hacerlo hasta que me salgan las flores por las orejas, los pajaritos cantan, las nubes se levantan.

viernes, marzo 10, 2006

Gastroenteritis

Hace unos años me resultaba fácil provocarme el vómito, solo había que introducir dos dedos exploradores en las profundidades de la garganta y, a ser posible, delante de un cubo de basura y con el estómago repleto de calimocho. Lo hacíamos para tener más espacio, para poder seguir bebiendo, para dejar de marearnos, para volver a casa y enfrentarnos a mamá- a eso de las 11 de la noche- con buen aspecto. De alguna manera era placentero.

Ayer cuando sentí una bola de fuego en el estómago (no como en la acidez, que te arden los pulmones, esto era fuego en las paredes del estómago) le dije a Ale que hacía mucho que no vomitaba -esto era cierto- y que vomitar molaba -yo lo recordaba así. Así que vomité una vez y me sentí mucho mejor, pensé: todo resuelto, vomitar está bien, es como estornudar, se sufre un poco pero luego se siente uno liberado. Tres horas después había vomitado más de diez veces y había comprobado que no es tan placentero cuando no queda nada que expulsar, cuando te duele todo el tracto digestivo, cuando te tumbas, y estás solo, y en principio bien pero según pasan los minutos vuelves a sentir la necesidad irrefrenable de echar la pota, y te ahogas, y no puedes coger aire y sientes el último resto sólido ascender como por arte de magia por tu esófago (son mágicos los movimientos peristálgicos del esófago) y lo expulsas entre gemidos patéticos y la luz de la lamparita de tu habitación te parece más fúnebre y mortecina que de costumbre, toda la noche agarrado a una bolsa de plástico del Mercadona y teniendo sueños extraños y aciagos.

No coman berberechos frescos.

martes, marzo 07, 2006

Tan cierto como que la Tierra gira alrededor de su eje es que los estados emocionales dependen de y tienen su base en la neuroquímica del cerebro y en otras químicas externas con las que uno puede salpimentarlo, venía pensando yo en ese triste viaje en metro de vuelta a casa un domingo a mediodía, siendo blanco de algunas miradas cómplices de conciudadanos que me habían reconocido como un monstruo escupido de las cavernas de la noche -esas ojeras profundas- o como un Orfeo de vuelta de los infiernos, tratando de fulminar su indisimulado interés con los rayos x de mis ojos, tratando de asustar a la criatura que me señalaba y cuchicheaba con su madre -tal vez solo mi paranoia-, tratando de ignorar a esa mujer de mediana edad que se sentaba enfrente -forro polar, pelo descuidado- a la que no sé si mojaba la entrepierna o provocaba repugnancia.

Ayer me levanté azorado, raro, nervisoso, fuera mi propio cuerpo. Si mi estado neuronal se parecía el día anterior a las fallas de valencia ayer era como un entierro en el norte de noruega, y me pasé la jornada tratando de bajar de la montaña rusa emocional en las que a veces uno se sube en los festivos y reconciliarme con una realidad que me parecía gris y absurda: sobretodo acabar con el enésimo experimento mental en el que me sumerjo y salgo escaldado. El día trascurrió a peor pues me descubrí a media tarde escuchando un viejo disco de Los Planetas y experimentando tristezas pasadas que tal vez en su día no experimenté y aún mantenía guardadas. Al llegar las nueve de la noche y tras un pizza congelada toda yonqui decidí que deseaba pasar a un estado de inconsciencia, olvidarme de todo aquello, tener sueños buenos o malos -pero sueños al fin y no realidades- y me mentí en la cama, donde me dió un ataque de acidez de esos que tanto me gustan y tras el que -lo superé con un comprimido de Omeprazol- dormí catorce horas. Hasta esta mañana. En la que todo va mejor.

La familia bien gracias.

sábado, marzo 04, 2006

Y cómo y, sobretodo, por qué negarme a mí mismo que esta noche de cielo naranja Blade Runner voy a salir y a tratar de ser automático como un replicante, con sentimientos como un replicante, así que definitivamente replicante aún sin saber si se sigue viendo Orión a estas alturas del año aunque debería de saberlo por perversión profesional -pero el cielo está naranja Blade Runner y yo no veo nada-, si he hecho planes para ello, si ya casi está todo listo y solo falta ducharse, ponerse más guapo aún y comer algo de comida basura con los vecinos y entonces coger un taxi y trasladarme a nuestro habitual y común sitio de recreo, ese templo de la electrónica macarra pero elegante, bakala pero de vanguardia, que te permite cometer las habituales faltas a la estética, a la moral y a la salud y aún así seguir conservando un halo de intelectualidad simplemente porque todos o algunos incautos nos lo creemos.

Así que después de una semana etílica y suavizante, después de la fiesta marroquí que anoche la vecina desplegó en nuestro (vuestro) salón, después de un puñado de días aferrado a una botella marrón y una siesta psicodelico-cósmica que me llenó de inquietud y de inquietudes, me dispongo valiente, fuerte y convencido a afrontar un nuevo asalto a estados libres asociados de conciencia con Estatuto o sin él, con cese de la violencia o sin él, con víctimas o sin ellas (no haremos prisioneros vivos es la consigna), que a mi ya me da igual y me lo merezco. Porque yo lo bailo.

miércoles, marzo 01, 2006

Que viene


He escuchado -muy levemente, casi dormido- las caricias de la primavera en la puerta de mi cuarto esta mañana. Finalmente, detrás de la persiana se escondía un sol diplodocus. Y todo el mundo ha dicho hoy -preparé paella de pollo para seis-: "ya es primavera". No es cierto, aún quedan veinte días, pero pronto estaremos todos en las plazas como lagartijas al sol, en las terrazas, en los parques. Y es que la vida es suave y fácil cuando uno puede poner su cuerpo al sol, parece que nada más tiene importancia.

Y ahí les dejo una primaveral foto flamenca, o mejor, flamenquita. ¡Ele!

miércoles, febrero 22, 2006

Ese momento mágico

Qué bien, conseguir escapar de la Fnac indemne con tres discos robados cuando ese segurata tarugo cejijunto me llevaba siguiendo un buen rato y salir a la calle Preciados sintiéndome James Bond o Arsenio Lupin o cualquier elegante ladrón de guante blanco, y así bajar hasta Sol en la marabunta de gente escuchando en mi cabeza la banda sonora de una peli de acción y con tan buena suerte que, una vez sumergido en el metro, me enfrento a las escaleras de la línea tres dirección Delicias y veo que allá abajo empiezan a aparecer los viajeros apresurados y que, por tanto, el tren acaba de llegar y está allá abajo esperándome, pero solo por unos instantes, así que bajo a toda prisa, saltando los escalones de tres en tres, esquivando a viejas y maleantes -que a veces vienen a ser lo mismo- y una vez abajo doblo la esquina y ahí está el vagón, sigo corriendo, derrapando, resbalando, giro sobre mi mismo ejecutando un reverso perfecto para esquivar a una señora con bolsas de El Corte Inglés y cuando ya estoy a punto de llegar a las puertas reparó en que en ese vagón no cabe ni un alfiler ni una sardina más así que rápidamente giro la vista a la derecha y resulta que la siguiente puerta deja hueco libre en su interior y sin parar de moverme tuerzo in extremis, cambio de rumbo, recorro a zancadas los últimos metros y finalmente, por fin, entro en el vagón de la misma forma que un saltador de longitud toma tierra después de recorrer unos cuantos metros ingrávido flotando en el aire, ante la mirada entre atónita y asombrada de todos los viajeros. Definitivamente soy un héroe.

Lo malo es que en ese justo momento en el que yo piso el vagón y me recompongo la ropa y el pelo las puertas deberían haberse cerrado a mis espaldas atrapándome casi y el tren emitir un furioso pitido y arrancar a toda máquina, misión cumplida. Pero lo que en realidad pasó es que esperó del orden de treinta o cuarenta segundos más inmóvil, con las puertas abiertas y todo mi peripecia, toda mi acrobacia, toda mi astucia y heroicidad se esfumó y simplemente me sentí rídículo. Así que me puse a silbar.

lunes, febrero 13, 2006

Amor vecinal y dedos rotos


Bien, me han pasado esta instantánea y la he considerado, instantáneamente, de gran interés para ustedes. En ella salen retratados Ale -cómo no- e Isaac, al que les presento en imagen por vez primera. Isaac es el novio de Ale y vive con Guillermo -que es el tipo que sale al fondo y que alguna vez han visto- en la calle de enfrente en otro de los puntos neurálgicos de la movida juvenil del barrio de las Delicias, el nuevo Soho madrileño. El pobre Isaac -ser maltratado por la vida- se fracturó el meñique en extrañas circunstancias navideñas y le colocaron la notable escayola que se muestra en la foto. Afortunadamente se la han quitado hace apenas un par de días, olía a ajo. Al pobre Isaac le ha quedado una muñeca más delgada que la otra y se pasa el día jugueteando con una pelota rosa en lo que él considera una rehabilitación. Diré en su descargo que en su convalecencia nunca se le puso por delante la escayola a la hora de intentar cocinar o hacerme los trabajos de la facultad, aunque su actividad preferida era, sin ningún lugar a dudas, estrangular cariñosamente a Ale por los bares o golpearse la cabeza con la escayola produciendo un ruido la mar de desagradable.

miércoles, febrero 08, 2006

Malasiesta

sueño con edificios muy altos sueño con un policía que introduce piedras en mi garganta sueño con una herida sangrante en el corazón que alguien me cose con lana morada sueño que nunca cicatriza sueño con gente que esconde su rostro tras las palmas de sus manos sueño con un barco gigantesco que cambia de rumbo en una noche polar. He conseguido dominar mi sueño: apoyo mis manos entrelazadas sobre el espacio vacío y salgo volando, como me enseñó un maestro. He sentido la terrible angustia de no poder despertar, de soñar que despierto y no despertar, de volver a soñarlo una y otra vez y extenderlo hasta el infinito: gritar gritar gritar y que no suene nada nada nada.

jueves, febrero 02, 2006

?


Por eso trato de ser breve. Yo sé que ustedes que me leen son gente atareada y no tienen mucho tiempo. Que el mundo está loco en estos días y gira muy deprisa. Que estamos todos muy nerviosos. Y no quisiera yo robarles nada de su vida ajetreada enredándoles en frases perniciosas.

Yo sé también que en este mundo muchos dicen que una imagen vale más que mil palabras. Que los que amamos a las letras tenemos la batalla perdida de antemano, si no la guerra. Que cuesta mucho esfuerzo concentrarse y mirar lento cada línea. Pero no pierdan la esperanza, tal vez esto sean también imágenes, imágenes que pinto en su cabeza.

Por lo demás pasé la tarde en casa enfréntandome a libros y problemas. Y ahí les pongo una foto de esta tarde, aunque valga menos que una mierda. Tres palabras y media.