miércoles, mayo 21, 2008

¿Quién es ese hombre?

Es ese poder de barrio. Esa humildad aún cuando sabes que un edificio con tres escaleras y pasillos forrados de madera y apliques y cuadros feos de caza, depende de ti.

Me enigma ese señor que se sienta abajo, en la portería. Le veo por las mañana cuando salgo y le digo hola y él me dice –alegremente- buenos días. Y yo me siento un poco mal por haber dicho solo hola y no buenos días, porque, de alguna manera, me parece que buenos días es un poco mejor que hola, porque en el hola solo hay un saludo, pero en el buenos días también hay, además del saludo, un buen deseo, para ti y para todo el día. Anyway, como salgo medio dormido, preocupado por colocar mis pelos locos en su correcto lugar delante del espejo grande del portal, nunca me acuerdo de decirle buenos días, y le digo siempre hola. En el camino al metro me remuerde la conciencia.

Debería hacerme su amigo, pienso a veces, pero siempre está muy ocupado. Al alba limpia todos los espacios comunes y al atardecer llena esos ominosos cubos de basura, unos negros, para materia orgánica, y otros, amarillos, para envases. Y cuando no hace eso esta activando ese fantabuloso mecanismo robótico que sube y baja sillas de ruedas por las escaleras, con señores sentados encima. O ocupado atendiendo, siempre con una sonrisa, a las cientos de miles de Señoras que viven en esta Comunidad y que siempre se quejan, como todas las Señoras, por algo. Y que le tratan de usted. Un día me dijeron que quitase mi cenicero del alféizar –bonita palabra, por cierto- de mi ventana por miedo a que se cayese al patio y provocase un inopinado incendio. Por si se incendiaban las baldosas, vamos. Pero no me lo dijeron a mí, sino a mi compi de piso que me lo transmitió amablemente, de tal manera que no tuve ocasión de entablar conversación con el portero. Dicen, aún así, que es un buen tipo y que presta la herramienta.


Richard Feynman, premio Nobel de Física por sus avances en la electrodinámica cuántica –los muy útiles Diagramas de Feynman de los que nunca hablaré aquí, o sí, o tal vez- cuenta en sus cachondas memorias cómo admiraba a los trabajadores de a pie, los mecánicos, los carpinteros, los albañiles, esa gente con trabajos manuales y laboriosos que parecen no contribuir al progreso intelectual de la humanidad pero que permiten que la vida, tal y como la conocemos, tenga lugar. A mí me pasa con mi portero, me da la impresión, ya digo, de que si él faltase, se desataría el caos en el sitio donde vivimos. Habría inundaciones, terremotos y huracanes, referéndums, primarias y periodistas del corazón. Las señoras comenzarían a tirarse por los balcones para quedar artísticamente estampadas contra la acera y los coches chocarían frontalmente en la calzada, frente al portal. Todo el barrio se lanzaría a la huelga salvaje, los tanques a la calle, subiría el nivel del mar. La Tierra se saldría de su órbita y el universo perecería engullido por un agujero negro supermasivo. Menos mal que él siempre está ahí.

Cuando vuelvo, ya tarde, el portero lee la prensa gratuita en su pequeño mostrador, después de un duro día de trabajo. A veces he fantaseado traerle El País de El País, que es de donde vengo, para que no lea siempre la Gaceta de Arganzuela o el diario Latino y para que no sea un portero malinformado o desinformado o mediatizado o lo que sea, que cualquier cosa la puede pasar a un portero cuando lee prensa gratuita -que se han visto casos muy raros. Pero, como siempre, nunca lo hago. Ay de mí.

miércoles, mayo 14, 2008

Un sueño manchego

Se veía el puente de Brooklyn. Su estructura iluminada en mitad de la noche neoyorkina. Detrás, el skyline: todos esos edificios legendarios perlados de luces, el Chrysler, el Empire State Building e incluso la Torres Gemelas que aún no habían caído. Era hermoso. Un hermoso póster que había colgado en la caseta de Rodrigo, donde pasábamos las tardes huyendo del calor que asfixiaba La Mancha aquel verano. Al lado del póster, por el ventanuco, se veía el terreno árido, amarillento y un árbol desnudo, seco y solitario sobre el que el sol caía a plomo. Nos tirábamos, a eso de las cuatro, en el sofá destartalado que allí había, con el torso desnudo cubierto de sudor y dormitábamos contemplando Nueva York. En silencio. Por si el sopor no fuera poco, aquel día Rodrigo empezó a liarse un porro. Yo saqué una botella de agua bien fría de la nevera de playa que teníamos en la caseta y volví al sofá. Tendríamos que viajar a Nueva York, dije tras dar un trago a la botella. Rodrigo, sentado a mi lado, casi tumbado, asintió levemente concentrado en el canuto. Luego buscó una boquilla dentro del paquete de tabaco. Ver todo aquello, continué. ¿Sabes?, en la zona central de Manhattan las calles forman cuadriculas perfectas y están numeradas en orden. Además hay grandes avenidas que recorren la isla de norte a sur. La quinta avenida ¿te suena?, la de las películas, esa divide la isla entre este y oeste. Es casi imposible perderse. Rodrigo se incorporó para encender el porro. Dio una buena calada. No empieces otra vez con lo de Nueva York, dijo, voy a acabar quitando ese puto póster de ahí. Callé un rato mientras el humo comenzaba a flotar frente a mis narices. Pero eso no es lo mejor –hablé de nuevo- lo mejor es que hay una calle, Broadway, que, entre todo ese orden, recorre la isla en diagonal, cortando todas las calles y avenidas ortogonales. Se dice ortogonal ¿no? Qué locura. Tal vez por eso sea la calle de los teatros y los musicales. Mira tío, dijo Rodrigo, ni tú ni yo vamos a ir nunca a Nueva York, al menos por el momento. Con tu trabajo en el taller y yo trabajando en el campo no creo que podamos pagarnos un viaje. El padre de Rodrigo había muerto hace poco y ahora él se ocupaba enteramente de los terrenos familiares, de los que malvivía cultivando ajos y berenjenas. Quizás tú vayas algún día, dijo, eres mecánico y coches averiados hay en todas partes. Pero yo estoy atado a mis tierras, tengo que alimentar a mi madre y a mi hermana. Mi vida va torcida, como la calle rara esa de la que hablas. Rodrigo me pasó el porro, sus manos estaban curtidas y su piel enrojecida por el sol. Me repantigué en el sofá, con el porro entre los labios. Qué se yo, dije, tal vez las cosas cambien algún día para bien. Rodrigo necesitaba ánimos. Lo de su padre había ocurrido hacía tan solo un mes. A su muerte la familia ya estaba en la ruina. No pudieron ni costearle un entierro digno. El dueño de la funeraria, un hijodeputa, no quiso ceder, pedía demasiado dinero. Al menos le dio la oportunidad de hacérselo él mismo. Tuvo que cavar la tumba de su padre con sus propias manos. Yo le ayudé. Estuvimos horas dándole a la pala. Acabamos exhaustos. Cuando le quise devolver el porro a Rodrigo, ya se había quedado dormido. La cabeza se le había caído hacia un lado. Dejé el porro en el cenicero. Miré el árbol seco encuadrado en la ventana. Parecía que la luz lo iba a aplastar. Miré después las luces que adornaban el puente de Brooklyn. El Skyline detrás. Iremos algún día, pensé. En esa tierra crecen las oportunidades en vez de las hortalizas. Entonces todavía creíamos en esas cosas.

viernes, mayo 09, 2008

Algunas certezas

Me hicieron, al principio, buscar la verdad en las iglesias. Hallé la luz lóbrega de los confesionarios. Las manos húmedas de los párrocos y sus sonrisas perversas. El olor a humedad, a madera rancia. Solo había allí oscuridad y silencio.

Me ocupé durante un tiempo de los números. Inmerso en álgebras extrañas y geometrías curvas aprendí más cómos que por qués. Había muchas leyes y principios, teoremas, postulados, que decían cómo son las cosas cuando son. Cuando miré debajo de ellos, cuando ya más me deslumbraban, encontré amontonados más enigmas.

La palabras, me dije, serían la clave. Retorcí las palabras a mi antojo. Permití que brillaran un instante y luego deje que se apagaran. Las lancé sobre el mundo como redes, pero todo se escapaba. La palabras resultaron esquivas y embusteras. Parecía que servían para mucho y no servían para nada, engañaban a la mente con supuestos problemas filosóficos donde solo había enredos del lenguaje.

Finalmente comprendí que no había nada que buscar para entenderlo todo. Solo mirar con un ojo que está detrás de los dos ojos. Una anciana se derrumba tras chocar con un bordillo. Una hoja que cae en el otoño. Una esquina de las bragas que se esconde entre las nalgas. La silueta de un pájaro que se pierde en el crepúsculo. La sonrisa atontada de un amigo. Esas fueron mis certezas.

lunes, mayo 05, 2008

De viaje

No me sirven los viajes rápidos y cómodos, con reparto de caramelos y regalo a fin de trayecto: el viaje ha de ser duro, largo, doloroso, por eso es preciso viajar en autobús de línea y no en tren de alta velocidad o avión, hay que sufrir las estrecheces, el dolor de espalda, el tedioso paso del paisaje más allá de la ventana, las horribles películas que proyectan. De nada sirve tomar el AVE y llegar a Sevilla en dos horas, o en tres a Barcelona, eso es como no haber salido de casa, no significan nada los viajes rápidos, las tardes de museos, las visitas a los rincones más típicos de la ciudad visitada. Todo viaje exterior es también un viaje interior, una catarsis, un nuevo nacimiento, por eso hay que viajar como quien es alumbrado en el parto, como quien es arrancado dolorosamente de un lugar y es arrojado a otro. Para que sirva, para que el viaje sea viaje, tiene que ser un trauma que se sublima, una heroica hazaña, una Odisea con parada en cada estación de servicio, en cada bar de carretera, comiendo bocadillos de tortilla, oyendo los cantos de sirena ardiendo bajo el sol vertical del verano, muy poco a poco, a bordo de un coche viejo y caliente. Para lo demás es preferible viajar sin salir de la cama, oculto bajo la sábana, en la penumbra amarilla, o hacer viajes astrales en los baños de los bares.

lunes, abril 28, 2008

Consufión

Es extraño. El tropecé otro día un bordillo contra de la acera y me la contra el suelo cabeza golpeé. Entonces desde ha se trastocado dentro algo de mi. Como si neuronales conexiones mis hubieran se redispuesto otra de manera. Lo todo diferente veo según lógica una nueva. Embargo sin, más veo claro lo todo .

lunes, abril 21, 2008

El Amor

Te recuerdo en aquella terraza nocturna en Malasaña, cuando me di cuenta, como un destello que llegaba, que lo único que me importaba en el mundo eras tú. Bella y destructora, cuando nos echamos a andar de la mano, volviendo a casa, le dimos una buena paliza –era tan fácil- a aquel sin techo que pedía algo para la pensión, pero que mentía. Amé tus puños de leche, tan infantiles, golpeando sus mejillas roñosas sin mostrar ninguna piedad, pero amé más tus botas cuando su cabeza retumbaba contra el portal, en aquella calle vacía y de piedra, iluminada por farolas amarillas que tendían una luz tan propicia para que nos quisiéramos los dos. Era una de las primeras cosas que hacíamos juntos, tal vez la primera, y era hermoso compartir contigo la sangre que fluía y manchaba nuestros cuerpos, la excitación morbosa de actuar sobre el mundo a tu lado, la precisa coreografía de golpes que, sin haberlo nunca planeado, parecía acompasar cada patada, cada insulto, cada flema que iba a parar a su rostro, como si tú y yo, amor mío, lo hubiésemos calculado de antemano o como si hubiésemos sido, de algun modo, predestinados. Y aquel tipo que tosía y que gemía tan borracho y tan barbudo y derrotado a nuestros pies, y que era la parte sucia del mundo que pretendíamos olvidar, porque lo nuestro era la luz total que nos cegaba. Después en casa, mirándonos a los ojos, tan cómplices y cercanos, fundidos en un abrazo como uno solo, nos divertía la idea de poder haberle matado. Lo hicimos después muchas veces más, en muchos callejones perdidos, con gente diferente, pero ya nunca fue lo mismo. Aquello era el Amor, la vez primera, y desde entonces siempre nos preguntábamos dónde se había escondido y por qué había durado tan poco.

Al sin techo tampoco lo volvimos a ver ninguna noche, nunca más, en ninguna calle de nuestro barrio. Y eso era lo más raro.

martes, abril 15, 2008

Y estas ruinas de qué son
cuándo vino el viento a derrumbar la piedra,
el hueso, la molécula, a quebrar lo que se erguía;
qué viento era y quién era entonces el que ahora se dobla,
humillado, en esta cama, en este páramo
con olor a suavizante.
Parecía todo orgullo e insolencia
y un día, de pronto, aparece el descalabro
y no sabemos qué decir o si callarnos resignados.
De quién son estas ruinas de carne y temblor que yacen,
por qué extraño designio dejó de funcionar lo que era sano,
en qué exacto momento, después de cuantas décadas
comienza el declive, la resaca, el hoy no me levanto,
este desorden biológico que cada tarde te doblega
y, saltando el foso, derriba la torre y la membrana de la célula.
Fallan las vísceras pero también falló el aceite hirviendo
y el cerebro, y falta el ánimo para dejar la fortaleza ya sin fuerzas,
ahora que ante noches celebrantes solo hay indiferencia
y no el fervor que tantas veces
nos llevaba a ir sembrado, poco a poco,
este desastre.

jueves, abril 10, 2008

El odio

Lo más importante si decides hacerlo es alimentar el odio. Tienes que recordar una y otra vez, con la minuciosidad del relojero, en cinemascope y technicolor, todas aquellas noches que llegó tarde y borracho, todas las veces que te humilló cuando no tenías razón y erraste, todos los reproches que continuamente, como avispas, conseguía colar dentro de tu cráneo. También todas la veces que, tras prometerte algo con firmeza, acababa olvidándolo o dejándolo pasar o, simplemente, haciendo justo lo contrario. Las mentiras. Esto es lo más importante, es preciso mantener el rencor vivo como una hoguera entre el estómago y el vientre, como una bestia voraz, a ser posible a esa hora de la tarde en la que el sol se cae y la luz es tan propicia para el odio.

Recuerda, por ejemplo, las cantidades ingentes de Mahou Clásica que ingería en botella de litro o las Mahou 5 estrellas que prefería tomar en lata de medio o de 33 centilitros, hasta perder el sentido. La ropa sucia arremolinada en las esquinas de la habitación. La desidia que reinaba siempre, el silencio, la ansiedad que se impregnaba como tinta en el ambiente. Todos los días que, sin ninguna excusa, faltaba a su puesto de trabajo.

Después tienes que hacerte con un arma. Se recomienda una 9 milímetros, ligera y fácil de manejar, elegante. Es posible conseguirla por Internet o tal vez en el mercado negro, sin trámites ni permisos ni ningún tipo de molesto papeleo. Una vez conseguida debes practicar, familiarizarte con su manejo, cargar y descargar el cartucho, quitar y poner el seguro, apuntar certeramente. No estaría de más pasar algunas tardes en algún lugar apartado, en el campo, lejos de ojos y oídos inconvenientes, disparando contra latas vacías o melones. Nada puede fallar, hay que evitar que la situación se te vaya de las manos, cualquier imprevisto o torpeza puede avocarte al más absoluto desastre.

Conviene hacer un seguimiento férreo: controlar sus entradas y salidas a su nuevo piso de Atocha, las horas exactas en las que sale o desaparece en la oscuridad de su portal, saber si va a por el periódico al kiosko, o a la panadería, o a la tienda de los chinos a por algo de beber. Sus turnos de trabajo y sus hábitos de ocio. Tratar de conocer, si es que esto es posible, a qué dedica las horas muertas y fatales de los domingos, los bares que frecuenta en el fin de semana y también dónde toma un par de cañas al salir del trabajo con sus compañeros.

Te hizo mucho daño, no lo olvides, debes recordar siempre esto, repetírtelo como un mantra, como una oración o un poema que se reproduzca como un bucle en tu cabeza. Convencerte hasta lo más profundo de que vas a hacerlo, de que has decidido que eso se acabe de esa manera y no de otra, de que no queda otra solución, pues el destino ha querido que así sea y tú eres solo un instrumento del destino que va a obrar la justicia que el mundo espera. Como si fueras el ejecutor de una ley natural inevitable.

Entonces llega el día en que todo esta ya listo. Has dado de comer tanto a tu odio -cada hora, cada minuto, durante tanto tiempo- que ha crecido sucio y monstruoso y sientes que no cabe dentro de tu cuerpo y se irradia alrededor, como un pequeño fuego que se ha extendido en un incendio. Has conseguido un arma, quién sabe de qué manera, no es tan difícil, y te has habituado a su uso como un experto: manejas la pistola con rapidez y eficacia, la conoces como si fuera un apéndice negro y metálico, y consigues poner la bala justo en el lugar en que deseas. Por lo demás, conoces perfectamente la vida de tu víctima, todos sus movimientos, su horarios, sus hábitos y aficiones, te dices, a veces, que incluso podrías leer sus pensamientos, saber qué siente y por qué en cada momento.

Y cuando decides a llevar a cabo tu plan, ahora que ya estás preparado, un anochecer de bochorno y tedio, te encuentras sentado en la cama de tu cuarto, los pies desnudos en el suelo y toda la ropa sucia formando ovillos por las esquinas. La mesa repleta de litronas y latas de cerveza, la conciencia carcomiéndote por dentro, maldiciendo tu inconstancia y tu irresponsabilidad, reprochándote a ti mismo todos los errores que cometes. Y tus manos, tus manos frías y seguras, introduciendo metódicamente - tal y como habías planeado al milímetro tantos y tantos días de fiebre - el cañón del arma en tu garganta, hasta el fondo, el dedo preparado, apoyado sobre el gatillo dispuesto a realizar el mínimo movimiento que termine. Porque esto es una decisión irrevocable del destino y tu eres solamente un ejecutor que va acabar con todo esto. Acabar con la condena de soportarte a ti mismo.

viernes, abril 04, 2008

El problema del subterráneo

Y no solo los diferentes niveles del metro horadan la tierra bajo nuestros pies, también algunos tramos de las vías de los trenes, de los cercanías, también la red de alcantarillado, también las tuberías para el agua, el alumbrado, los cables de fibra de vidrio, las redes de comunicaciones, los pasos subterráneos para peatones que cruzan calles y autopistas, los faraónicos túneles de la M-30 soterrada y, seguramente, muchas cosas más que desconocemos, que no somos ni siquiera capaces de imaginar, que los de arriba nos ocultan, tal vez complejos industriales nucleares o enormes instalaciones extraterrestres. A veces da la impresión de que hay más espacio vacío ahí debajo que tierra, de que ya ni el suelo es compacto y fiable, y hay gente que tiene miedo, sobre todo las mujeres mayores, las ancianas que siempre desconfían del progreso, yo las he oído, tienen miedo, mucho miedo de esta ciudad agujereada, de que un mal día todo se derrumbe y Madrid amanezca hundido en pozo colosal con todos nosotros dentro.

lunes, marzo 31, 2008

El problema de la vivienda

Como vivo dentro de un buzón de correos, miro el mundo a través de la ranura por la que se introducen las cartas. Mi buzón está en la plaza de Callao, en una esquina, es cilíndrico y amarillo, muy bonito. Dice: Correos. Desde dentro observo a la gente pasar ajetreada, de un lado a otro, constantemente: es una plaza céntrica y bulliciosa. Adentro, en cambio, me siento tranquilo. No me gusta salir mucho, solo de vez en cuando, si me falta el tabaco, por ejemplo. Entonces abro la portezuela y voy rápidamente, sin entretenerme, hasta el estanco que hay justo al lado, en una caseta en la acera. Cuando fumo la gente se extraña de ver salir humo por la ranura, pero en las grandes ciudades siempre ocurren cosas raras, así que después de dudar un poco la gente echa su correspondencia y trata de olvidar el suceso, como se olvidan todas las cosas inexplicables. Las cartas, yo las corrijo. Es a lo que me dedico, principalmente. Después de tanto años aquí domino el género epistolar. Aunque ahora, con el email, lo que más se envía son documentos o fotocopias de documentos o impresos o cartas oficiales. Hay poco correo personal, pero ese es el que yo corrijo. Las cartas de amor –que suelen ser patéticas-, las postales que van al extranjero, las largas misivas que se cruzan los viejos amigos... De alguna manera esta es mi contribución a la sociedad, que me ha dado tanto. A eso de las cinco de la tarde viene el cartero, Paco o Ramiro, depende. Los dos son majos. Golpean la portezuela con los nudillos y yo abro, buenas tardes, dicen, cómo va. Les digo que bien, que como siempre y les entrego las cartas ordenadas y corregidas. Ellos lo agradecen, y espero que también lo agradezcan el remitente y el receptor. Después descanso hasta el día siguiente. Y así es mi vida. No existen problemas con la vivienda, es una mentira propagada por cuatro vagos iluminados. Lo que hay, en cambio, son personas torpes y sin recursos.

miércoles, marzo 26, 2008

El problema de la inducción

Cuando Alberto Villanueva elevó la pelota dispuesto a realizar el saque, la pelota se quedó suspendida en el aire, en lo más alto de su trayectoria. A dos metros diez, la esfera amarillo chillón recortada contra el cielo blanco. Hacía frío. Al otro lado de la red, Garrido gritó hostia, soltó su raqueta y echó a correr hacia Alberto, hasta que, viendo la cara que ponía Alberto, se volvió y vio la raqueta que había arrojado suspendida en el aire a medio metro del suelo. Se acercó de nuevo a recogerla y comprobó horrorizado que ahora era su propio cuerpo el que se elevaba a cada paso, como si hubiese una escalera invisible imbricada en el aire, y ahora, en el camino hacia la raqueta antigravitatoria, se había elevado ya más de un metro, más de dos, y la raqueta permanecía allá abajo, a tan solo medio metro del suelo, ya inalcanzable. Alberto reaccionó de la misma manera y corrió hacia la parte de la cancha donde Garrido se había elevado, elevándose él también a cada paso, de la misma manera. Me miraron entonces desde allá arriba, cada vez más altos, entre alucinados y desesperados, esto es imposible, dijeron, imposible. Yo, detrás de la verja verde de retícula diagonal típica de las pistas de tenis, casi no podía contener la risa. No hay nada imposible, les dije. El problema es que esperáis del futuro lo mismo que os ofreció el pasado, pero cualquier día las cosas pueden cambiar. Mañana puede, por ejemplo, no salir el Sol.

(Os pasa como a aquel pavo inductivista del que habló Bertrand Russel: pensaba –si es que los pavos piensan- que le iban a alimentar todos los días hasta la Eternidad, ya que cada día le daban de comer. Hasta que llegó el Día de Acción de Gracias y en vez de cebarle, le cortaron el cuello. Según este argumento el conocimiento solo se puede falsar, nunca verificar.)

Pero creo que esto último ya no lo escucharon, estaban demasiado lejos, demasiado alto. Se perdían allá arriba, ya casi invisibles, como un globo de helio extraviado en la inmensidad del cielo.

viernes, marzo 21, 2008

BCN 1



1. Una mañana, al poco de llegar, explotó un primer piso entero en La Verdana, a pocas manzanas de donde nos hospedábamos. Al parecer una mujer enajenada se inmoló ante una mínima subida de alquiler que le había impuesto la propietaria del inmueble, que era su propia hermana. En la deflagración se llevó la vida de dos jóvenes que vivían en el piso adyacente con sus padres. Pensé esa mañana que esa mujer extrema bien podría haberse tratado de la vecina de Nacho, que amablemente nos cedió su casa para pernoctar, y que esos cuerpos carbonizados bien podrían haber sido los nuestros. Hubiera sido una extraña suerte, llegar de vacaciones y morir absurdamente, como cuando, a altas horas de la noche y tras haber tropezado un par de veces, lanzas el dardo y consigues, a pesar del alcohol y para asombro de todos, clavar el proyectil, aun temblando, en el centro de la diana.



2. Barcelona es una de esas ciudades con un mar al que, en cierta medida, le da la espalda. Muchas otras, como Bilbao, La Coruña o Gijón, hacen del paseo marítimo, la playa, el centro y eje principal de la ciudad; en cambio, Barcelona, como Lisboa, parece tener un centro urbano ajeno a las olas y a la sal, tal vez porque lo que está en el centro de la urbe no es la playa sino el puerto. Aún así los edificios barceloneses tienen ese aspecto ajado de brisa, como sucio, que solo presentan las ciudades costeras y que les confiere un aspecto decadente y hermoso. En Barcelona la arquitectura y el urbanismo son cosas de lo más importante - tanto que al lado de mi casa había un formidable puente de Calatrava construido únicamente para salvar unas tímidas vías del cercanías-, así que disfruté de largos paseos admirando los amplios espacios del Paseo de Gracia y Plaza Cataluña, el laberinto de piedra del Barrio Gótico, el ambiente portuario de La Barceloneta, La Ramblas, Gaudí y el modernismo, y todas las estructuras tan arquitectónicamente arquitectónicas que encontré por doquier. También de El Raval, claro está, del que me habían hablado como un alter ego barcelonés de mi querido Lavapiés. Me sorprendió, aún así, encontrar pocas coincidencias entre ambos barrios, exceptuando la presencia extranjera (comimos en un hindú cutre y maravilloso): el urbanismo del Raval se aleja mucho de ser el pueblecito que semeja Lavapiés, los locales cool comienzan a poblar su geografía y las calles de la prostitución, varias, sucias, sin apenas luz y con unas trabajadoras bastante siniestras, hacen que las calles Montera o Ballesta de Madrid parezcan Disneylandia. Ahora para limpiar la zona los que mandan han construido dos centros de arte moderno que visité con deleite: el Macba y el CCCB, -si quieren desgranar las siglas, googleenlas-. Es como si dando una inyección de cultura contemporánea fueran a espantar a los demonios del Raval, a purgar la zona de miserias e indeseables. Felizmente no lo consiguen -porque yo entre el arte y la vida, elijo la vida- así que delante de tan vanguardistas centros se puede ver jugar a niños de todos los colores, esperar a las lumis, pasar el rato a los inmigrantes desempleados agarrados a sus litronas o admirar las cabriolas de los skaters que allí matan la tarde entre porro y hostiazo. Como dijo Guy Debord: el arte que no promete la felicidad merece ser destruido.



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En la imagen Txe Peligro en el puerto de BCN. Photo by Esther after an Author's idea.

martes, marzo 11, 2008

Fragmento

Es una imagen en blanco y negro de un joven vestido con uniforme de soldado cogiendo por los brazos a una chica rubia de rostro angelical con el pelo recogido en un moño. Ella tiene los ojos húmedos y están uno enfrente del otro, muy cerca.
- Billie Joe –dice ella- por favor ten cuidado, ten mucho cuidado.
- No te preocupes Ann –dice él-, voy a defender a nuestro país y luego volveré para formar una familia junto a ti.
Él la besa y después ambos se funden en un abrazo. El plano también se funde en negro y aparece, junto con una música entre alegre y populachera, la imagen del joven soldado sentado en lo que parece ser una trinchera, escribiendo en un papel roñoso. Tiene algunas magulladuras en la cara y el uniforme no está tan reluciente como en la escena anterior.
- Ey, Billie Joe, - dice un soldado corpulento y bonachón- deja de escribir de una vez y ven con nosotros a beber un trago.
- No, gracias chicos, -dice Billie Joe- me uniré a vosotros en un rato.
- Ese soldado parece estar muy enamorado –dice otro más delgado en medio de una carcajada-, venga dejémosle con sus cartas de amor y vamos a por esas botellas –el resto también ríe.

Ellos se van a por esas botellas, yo dejo el vaso de ginebra y estiro el brazo para coger el mando a distancia que está sobre la mesa. Cambio de canal. Ahora Chuck Norris y una mujer de melena platino vestida de profesora de aeróbic me explican los beneficios del Abdominazer. Con solo diez minutos de ejercicio al día puedo conseguir un vientre plano y definido como el de los modelos sonrientes que aparecen ahora posando al borde de una piscina soleada.
- Es increíble -dice Chuck Norris.
- Y eso no es todo, Chuck –dice la profesora de gimnasia- lo realmente increíble es que si llaman ahora recibirán como regalo, completamente gratis, un video con los mejores ejercicios para mejorar nuestro abdomen. Y además este par de mancuernas para conseguir unos bíceps tonificados. Apago el televisor y me quedo sentado en la penumbra del salón. Me sirvo otro vaso de ginebra y enciendo un cigarrillo. Tras expulsar el humo de la primera calada, que se dispersa lentamente atravesado por la luz de la lámpara, pienso: lo increíble es que esto haya pasado. Lo realmente increíble es que te hayas ido y yo esté aquí tragando telebasura. Y que el Abdominazer pueda guardarse cómodamente debajo de la cama sin ocupar nada de espacio.

viernes, marzo 07, 2008

Txe y yo (homenaje a Borges y a mi)

Al otro, a Txe, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Madrid y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar a un homeless en un portal o una puta del Este. De Txe tengo noticias por email y veo su nombre en una carta del banco o en una revista poética que nadie lee. Le gustan las primaveras que nacen a destiempo, los libros raros (como todos), la música electrónica, el efecto de la cerveza en laborables, la filosofía de wittgenstein y dormir horas de más. El otro comparte esas preferencias pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor; sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil, yo vivo, yo me dejo vivir para que Txe pueda tramar su literatura, y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertos versos válidos, pero esos versos no me pueden salvar quizás porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme definitivamente, y solo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Txe, no en mi (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus textos que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Txe ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe este post.

lunes, marzo 03, 2008

Grace

Esta tarde he pasado, de casualidad, por delante de Caballero de Gracia número 33, metro Iglesia. Es un edificio normal, con un portal normal en el que entra y sale gente normal. Un edificio como cualquier otro. Pero ahí, en ese segundo piso que ahora tiene las persianas bajadas, vivieron durante algún tiempo Alejandra y Virginia. Es curiosa la indiferencia de las ciudades al paso de las personas: nacemos, vivimos en su seno, nos cambiamos de una casa a otra o de una ciudad a otra y, al final, nos morimos. Pero ahí quedan alzados el cemento y el metal, el cristal y el hormigón, impasibles, mudos y orgullosos, durante siglos; y siempre hay alguien que viene y ocupa el espacio que alguien deja, pone sus muebles, su ropa, sus posters, sus desgracias y triunfos en las paredes vacías, en una rueda frenética y eterna. Pero mientras vivimos también existe la memoria, así que este edificio no es un edificio normal cuando yo lo miro, porque este barrio tan frío y ajeno fue para mí, en aquel tiempo cuando nada importaba y todo brillaba y se compartía, otra parte de mi hogar que sentía como propia. Y me gustaba recorrer estas calles –que eran mías- algunas noches de camino a las frecuentes cenas que Alejandra y Virginia celebraban y donde estábamos todos comiendo tortilla y pasta preparados para salir a la aventura electrónica de cada noche, o volver errático a mi cama de las fiestas afterhours que llenaban aquel pequeño piso oscuro, los domingos más soleados del verano de la vida, de decenas de náufragos de la noche, camellos, carteristas, exsoldados y presidiarias, para la desesperación del vecindario y nuestro gozo y alborozo psicotrópico. Alejandra y Virginia vivieron en otros lugares después y compartieron piso conmigo en Delicias pero ya se han vuelto, después de un puñado de años, a la Sevilla de la que un buen día salieron. Dicen al otro lado del teléfono que ahora viven en una casita de tres pisos, grande y luminosa, con una gran claraboya, que debo ir algún día a conocer. Aquí quedamos algunos –pocos- que aún las recuerdan, haciendo que todavía permanezca algo de ellas en esta ciudad loca, brutal, tan fascinante, y permitiendo que su estancia aquí no haya sido en vano, al menos por el momento. Como ésta tarde, cuando, por casualidad, pasé frente Caballero de Gracia número 33, y las imaginé asomadas al balcón, disfrazadas y borrachas, como si el tiempo no existiera o solo fuera una ilusión. Todavía queda el hueco.

Después volví a casa caminado por aquellas calles tan extrañas y el centro de la Castellana. Eran las ocho menos cuarto y empezaba a oscurecer.

lunes, febrero 25, 2008

Bonsais

Y de pronto te das cuenta de que habías sido carcomido por la poesía, y que los pliegues de tu cerebro se habían llenado de la mugre de los versos, de su música y su ritmo. Así que hagamos el esfuerzo, qué coño, y volvamos a la vida –tan prosaica-, volvamos a tomar tierra y volvamos a tocar el suelo con las palmas de las manos, como un perro, un sabueso.

Ayer estuve viendo bonsáis, los bonsáis que Felipe González donó al Jardín Botánico, bajo una lluvia que no era lluvia sino la mansa suspensión de miles de millones de partículas de agua en el aire gris que tuvimos este domingo. Las explicaciones del experto amigo R. nos revelaron todos los misterios de estos arbolitos que, de otra manera, no hubieran suscitado tanto interés en mí. Y es que es fascinante, sí, es fascinante, cómo la mano humana encuentra árboles que no tuvieron las condiciones satisfactorias para desarrollarse correctamente, o que son arrancados de su lugar cuando aún son jóvenes para trasplantarlos a esas diminutas macetas donde se les guía con alambres o se les hace extender sus raíces alrededor de rocas, o se moldea su madera con un taladro, hasta que el árbol, la naturaleza, parece comprender su nuevo destino y empieza a crías hojas también diminutas y flores diminutas y aunque la corteza siga envejeciendo hasta darle la imagen de un árbol centenario, apenas supera el metro de altura. Este es un trabajo delicado y concienzudo, como casi todos los que emergen de la cultura milenaria del Japón, como los jardines zen, el ikebana, los haikus o los pequeños pies de las geishas después de años de vendajes. La cultura japonesa es la cultura del trazo mínimo, de lo sutil, de la mente en blanco, del gesto furtivo, en definitiva, del silencio. Porque lo que rodea a un bonsái es el silencio que genera su pequeñez, el no haber crecido, de igual manera que el silencio rodeaba a González cuando, atento a sus cientos de bonsáis, se acabó enterando por la prensa del caso de los GAL y otros corruptelas. Ahora creo –me han dicho- que el expresidente se dedica a la bisutería.

Oigamos ésta noche, pues, el ruido atronador alrededor de El Debate. Que disfruten, si pueden.

martes, febrero 19, 2008

Ahora papá es pasto de las flores o vive
hecho cenizas entre las aguas del océano,
quién sabe.

Un día después de cuatro meses
hallaron su cadáver olvidado
en su pequeño apartamento de soltero.
Imagínate: el mismo alcohol que le dio muerte
lo había conservado incorrupto,
empapado en ginebra blanca,
la piel acartonada, el cuerpo rígido
e inmóvil tendido sobre la cama,
muerto él y viva su imagen,
en una triste ironía.

Aún no sé en qué se ha convertido,
-han pasado quince años-
ni dónde yace lo que aún resta,
-si es que yace y si es que resta-.
Nadie avisó de la muerte y el traslado
a la otra punta del país, donde la costa
se acaba.

A veces pienso en papá viejo y borracho
abriéndose paso bajo la tierra,
escarbando con las uñas sucias,
o jugando feliz entre la espuma y las olas,
volviendo una y otra vez a la playa
igual que vuelve a mi memoria.

miércoles, febrero 13, 2008

Poema sin titulo (como siempre) para leer en voz alta a oscuras (como nunca)

La luz era tu piel y tu condena,
el nítido reflejo de la luz sobre tu vientre
hacía el mundo y la miseria,
la luz, siempre la luz, te oscurecía.

La luz te hacía fuerte en la mañana
y débil como un pájaro en la noche,
volvían los fotones a mi ojos
después de golpear en tus fronteras.

La luz quería dibujar lo indefinido,
hacer visible lo invisible,
vencer al miedo en el pasillo,
la luz, siempre la luz, se equivocaba.

Apaga de una vez
el foco, la bombilla,
que vuelva la serena oscuridad
que no quiero ver más

la luz, su claridad.

jueves, febrero 07, 2008

Soluciones capilares

Aunque tengan cosas en común no son lo mismo. Las peluqueras modernas del centro son esas que te encuentras en los clubs electrónicos más exclusivos, drogándose con gracia en noches infinitas, que te pinchan la música más trendy y te pasan una litrona, y que hacen con tu pelo lo que les da la gana. Tienen estilo y lo saben. Por lo general, cuando ya es demasiado tarde, te das cuenta de que han satisfecho su ultima fantasía ultramoderna sobre tu cuero cabelludo. En cambio las peluqueras de barrio son definitivamente complacientes: cada movimiento estratégico sobre tu peinado es consultado previamente, cómo lo quieres por delante, cómo lo quieres por detrás, cómo lo quieres por allí, cómo lo quieres por allá. Están totalmente al servicio del cliente y si la cosa sale mal es que la mala idea era tuya. Su gusto estético se ha formado en polígonos industriales y discotecas periféricas, así que las pobres nunca aciertan en el lugar de su anatomía donde tienen que ponerse el piercing o no se dan cuenta de que ya están mayorcitas para tatuarse una sabandija sobre el abdomen. Por lo general su modernidad, siempre a remolque de lo que sus compañeras fashion del centro dictan, no llega a convencer a casi nadie. A mi las peluqueras del centro me parecen muy respetables e influyentes, pero las de barrio me producen una ternura y una extraña excitación morbosa que las del centro están lejos de hacer florecer en mí.

Después de un día entero de dudas y zozobra decidí, la otra tarde y aprovechando las horas libres en El País, ir a una pelu de mi barrio, situada en el Paseo de las Delicias, donde en otra ocasión me había cortado el pelo muy mal –fatal- un ser de tamaño monstruoso del que no sabría determinar el sexo, la raza, la edad o la profesión, porque peluquero/a no debía de ser. En esta ocasión, afortunadamente, me atendió una autentica peluquera de barrio rechoncha y, por tanto, alegre y dicharachera. Antes de que procedieran a deshacerse de esas guarrísimas greñas que habían poblado mi cráneo en los últimos tiempos, tuve que esperar un rato, que ocupé con la lectura de un libro sobre Heiddegger y en observar el local. Aunque Heiddegger resulta incomprensible para mi intelecto positivista –dice cosas sin sentido como “el mundo mundea y la nada nadea” – y no me gusta en absoluto, disfruto leyendo los tratados más sesudos posibles en sitios como peluquerías de barrio, estadios de fútbol (bueno, esto nunca lo he hecho), o ascensores del Corte Inglés. Se me presenta entonces la dicotomía entre la alta cultura y la vida popular: toda esa gente que me rodea todos los días y que imagino –quién sabe- ignorante de todo lo referido a la metafísica, la literatura o la ciencia. Es un acto de snobismo privado, ya lo sé, pero no deja de ser fascinante que existan tantas personas que en su vida no hayan oído hablar de las cosas que a mi me preocupan y que para ellos son totalmente ajenas. Demuestra esto, sin duda, que las pajas mentales que ocupan tanto tiempo en nuestras inquietas mentes, son completamente accesorias e irrelevantes para la vida, donde lo único realmente importante es ganarse el sustento, comer, dormir, divertirse un poco y hacer caca regularmente. El transeúnte distraído, la señora en la cola del mercado, la peluquera de barrio, jamás se han preguntado nada sobre la naturaleza del lenguaje o la estructura del espacio tiempo y, por lo demás, parecen más aptos para la supervivencia que el que suscribe estas líneas. Como digo, además de desentrañar las tonterías de Heiddegger, también eché un vistazo a la peluquería: es uno de estos lugares decorados de tal manera que más bien parecen una nave espacial que un negocio de estética: hay muy poca estética en las luces azules fluorescentes o los tonos metalizados, más bien parece uno encontrarse en los baños de una discoteca de pueblo donde la moda de los ochenta hizo estragos, además de la heroína. En cualquier momento parece que van a aparecer unos robots de serie B o Tino Casal bajando, siempre tan glamouroso, las escaleras que dividen el local. Otra escena bizarra fue la mujer entrada en años que, como en un trío de cine porno, recibía la atención de dos trabajadoras: una, vieja y cubana, le lavaba el pelo mientras que la otra, rubia de bote y nacional, le hacía la manicura. Cuando la de la manicura tuvo que ausentarse un momento y subió las escaleras por las que definitivamente no bajaba Tino Casal, la clienta mantuvo la mano en alto pero lánguida y muerta, como hubiera hecho Marlene Dietrich si hubiera frecuentado este tipo de sitios. Aquella mano suspendida en el aire, los dedos finos y largos, las uñas afiladas, las venas sobresalientes, propias de la edad, me produjo un extraño sentimiento de terror cotidiano pero también cierta satisfacción al tener la oportunidad, como un paparazzi en un día de suerte, de contemplar tal escena. Finalmente, tras todas estas tribulaciones posmodernas, llegó mi turno. La señora cubana me lavó el pelo con champú normal y sin crema, y la peluquera de barrio, oronda y asertiva, se puso a mi completa disposición. Le di instrucciones detalladas cual mariscal de campo y ella siguió punto por punto mis indicaciones, hasta el extremo de hacer preguntas decididamente absurdas para una profesional del ramo. El corte, todo hay que decirlo, ha resultado ser bueno, no en vano ejercí de maestro de obras. Tengo algunas dudas sobre cierta sobreabundancia de pelo en los laterales de mi cabeza, pero en términos generales me quedé satisfecho con su trabajo. Lo hizo mejor que muchas modernísimas peluqueras del centro lo han hecho a veces y por una tercera parte del dinero que les di a aquellas para sus fiestas y sus trapos de Fuencarral, así que desde aquí te doy las gracias peluquera de barrio, allá donde estés –en el taller mecánico de tu novio, viendo supermodelo 2008, tatuándote una nalga, o ciega de keta en la rave de tu pueblo-. Estar en las afueras también es estar adentro.

domingo, febrero 03, 2008

Mi corazón es pájaro y metáfora y mi pobre corazón
babea a popa y mi pobre corazón se va a la mierda
cuando late contra el mundo y él no cede. Ya no hay
casi lugar para el sístole y diástole y mi laico corazón
-tan metafórico-, tiene plumas empapadas y grandes alas
de cadenas. La asfixia de mi rojo corazón
-duro y mecánico-, aumenta a la inversa del espacio
que pierde a cada rato mi inútil corazón
-tan desplumado-, cansado de volar,
muerto en la jaula.