martes, enero 29, 2008

Palabra de empresario

Me gustan los niños porque sus pequeños cuerpos pueden introducirse en estrechos y oscuros túneles dentro de las minas –sus dulces naricitas tiznadas de carbón- para realizar diversas y útiles tareas. Pero también por sus dedos finos que les permiten reparar complejas y peligrosas maquinarias industriales allí donde la mano de una adulto no puede acceder, sus dedos valen mucho y poco al mismo tiempo. Los niños son fácilmente manejables y pueden trabajar hasta dieciocho horas cada día sin apenas descanso, sin protesta, sin derechos laborales. Adoro la infancia, me subyuga la candidez de aquellos cuya inocencia no ha sido aún mancillada, la pueril debilidad. Me gustan los niños. Sobretodo con patatas.

martes, enero 22, 2008


Como el toro y el estoque, la tripa atravesada
por el hierro, la sangre y el acero,
esto duele, cuando viene la razón y se va el miedo,
la pura realidad es más terrible, la llegada de la luz
que en vez de hacerte ver te ciega y arde
el ácido con furia y esto duele, saber la conveniencia
de ignorar lo que uno ignora y que ya no hay vuelta atrás,
regreso al útero imposible de la madre,
cerradas ya las piernas, pasados ya los años
y aún parece que fue ayer cuando naciste, cómo duele,
saber que iba a doler pasar los días, perder toda inocencia
poco a poco, hostia a hostia en tu rostro inmaculado,
la mirada se hace cuervo y el crepúsculo te invade,
dolió ver un gato muerto, dolió lo que dijeron,
dolió que eso doliese y aún me duele comprobar
que esto me duele y que el único refugio
es la trinchera, la mirada indiferente,
el ojo inconmovible y la rodilla hundida en tierra
rezando por creer que esto no duele.

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En la imagen el Autor se ilustra y se cultiva.

jueves, enero 17, 2008

Panóptico

Todo el día te sentiste observado, como si miles de ojos te traspasaran como agujas de vudú. Y no eran los compañeros de barra al tomarte la última caña después del trabajo, ni la estudiante, ni el jubilado, ni el conductor del autobús en el que volviste a casa. Caminando por la calle, volviendo de la parada, buscaste los ojos que te seguían; te diste la vuelta pero no viste a nadie, buscaste en las ventanas pero nadie te miraba, nadie desde los coches ni escondido en los portales; pero cada vez eran más, eran miles de ojos los que te observaban. Al fin llegaste a casa, a salvo, y te dejaste caer al sofá. Encendiste la tele. En la pantalla había un hombre sentado en el sofá que miraba una tele en cuya pantalla se veía otro hombre sentado en el sofá mirando otra tele, en cuya pantalla otro hombre, sentado en el sofá, miraba la tele...

miércoles, enero 09, 2008

Cuántas veces puede enamorarse un hombre de una bala,
tomar voluntario la soga, dejar la silla, dos pies colgando,
un pie descalzo como un corazón desnudo
que todavía palpita ajeno a una muerte nueva,
voluntaria, elegida, cuántas veces vuelven a doler
un aroma, una voz, unos ojos conocidos que regresan
en los que duerme, al fondo, inquieto el recuerdo
tan vivo como una fiera que de nuevo sale de la jaula
precaria y oxidada del olvido, da un zarpazo, abre un pecho,
brotan lirios, cuántas veces puede un hombre elegir el veneno,
plantar la cruz, medir el nicho, cavar la tumba para el pecho,
morder su corazón enfermo, saber que duele y que no duele al mismo tiempo,
tropezar dos veces con la nostalgia pétrea, caer de bruces, chocar la mejilla
contra el suelo, entre lirios, frío, sucio y duro como un recuerdo que vuelve
y te enamoras de él como una bala
que ya te voló la cabeza en otra vida
y a la que aún amas.

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Publicado en Revista Hesperya nº5

sábado, enero 05, 2008

Da fuckin' kiosko

A veces creo que vivo rodeado de gente estúpida. Es tan desesperante. Pero esto no es el tema de hoy, sino este:

Esa es la kioskera de la esquina. Cuando de niño me llevaban muy temprano al colegio, mientras la ciudad parecía aún adormilada y la luz todavía era escasa, al pasar frente al kiosko la veía colocando afanosamente los periódicos sobre el mostrador de su pequeño cubículo, abrigada con una bufanda, bajo la luz tenue de una bombilla. Eran los años ochenta y la kioskera tenía el pelo negro y cardado, los periódicos eran más grandes que ahora y ella, que siempre fue una mujer pequeña, más bien parecía estar levantando una trinchera de papel con la que protegerse del mundo y que, con el transcurso de las horas, iría menguando tras la visita de cada cliente fiel. Cuando volvía del colegio ella seguía allí, en su hueco de un metro cuadrado, rodeada de papel aunque ya más visible. Por la tarde me quedaba mirando los cromos que tenía expuestos, colgados en la puerta de cristal, imaginando que dentro de aquellos precisos sobres estaban los cromos que me faltaban para mis colecciones que, por lo demás, nunca conseguía terminar. Los años pasaron y ya nadie me acompañaba al colegio, ahora, antes de ir a coger el autobús, fumaba al lado o en frente del kiosko, cada mañana, temeroso de que me sorprendiese cualquier vecino con un cigarro en la mano, observando como el humo del tabaco se mezclaba con el vaho del amanecer sin que uno pudiera discernir cual era el origen de cada bocanada. Durante los primeros años de universidad ya no madrugaba tanto, ahora caminaba por la ciudad a mediodía, algo totalmente novedoso cuando uno lleva tantos años pasando la jornada completa en el colegio, ahora podía ver las calles de otra manera totalmente inédita, el bullicio de la una de la tarde, la gente tomando un vino después del trabajo, los que iban a comer el menú del día antes de reanudar la labor, el tráfico, y todo iluminado por la luz que venía de la posición más alta del sol y que daba a todo un aspecto diferente. Ella seguía allí, la kioskera, en la penumbra, despachando revistas y periódicos y acompañada, a esas horas, por un anciano deficiente mental –una especie de tonto del pueblo del centro de Oviedo- que se sentaba allí dentro en un taburete y pasaba unas horas con ella charlando sobre Dios sabe qué. Luego yo me mudé a Madrid a acabar la carrera, entre otras muchas cosas –demasiadas-. Al principio regresaba a menudo, cada mes, tenía más que hacer en Oviedo que en Madrid, llegué a la capital totalmente solo, con un pan bajo un brazo. A cada vuelta seguía viendo a la kioskera, enmarcada en revistas y fascículos, con la radio puesta, mirando aburrida a la gente que pasaba por la acera a través de los pocos huecos que las publicaciones dejaban libre en el cristal. Cuando mi vida se fue aposentando en Madrid y, paralelamente, casi todos mis amigos mudándose siguiendo mi camino, dejé de volver tan a menudo. Solo en las vacaciones. Como hago ahora, que ya he terminado muchas de las cosas que había iniciado y me dispongo a comenzar muchas otras. La kioskera sigue ahí, es esa que ya tiene que teñirse las canas -ya no cardadas- y que ha descubierto que las cremas antiarrugas no son la panacea que algunos dicen. Pienso en la cantidad de cosas que he pasado en más de veinte años. Todo lo que he visto. Todos las mudanzas, los cambios de ocupación, incluso de amigos. Y pienso en el horror de pasar veinte años en un metro cuadrado, menos que una celda, parapetada detrás de una montaña de papel, mirando el mundo cambiar día a día en las portadas de los periódicos. Cerrando al anochecer, volviendo bien de mañana. Nada más.

jueves, enero 03, 2008

No tengo nada que decir. No tengo nada que decir. No tengo nada que decir. Tal vez este año se acabe Todo. Tal vez sea el Fin del Mundo. Tal vez se me acaben las cosas que decir. Bueno, puedo decir Feliz Año y todo eso, que todavía no lo he dicho y ya estamos a día 3. Por lo demás no tengo nada más que decir. Podría escribir sobre un tío que no tiene nada sobre lo que escribir. Así empecé yo, hace algunos años. Pensé que era una genialidad pero luego vi ese mismo tema en diferentes libros e incluso en películas. Los famosos Bartlebys y todo eso, los ágrafos trágicos. Además, escribir sobre alguien que no tiene nada que escribir no suele llevar a nada. Al menos a nada bueno. Y al final siempre se te ocurre algo, con lo cual la cosa se desvirtúa. Esto mismo es un claro ejemplo. Lo prodigioso del asunto es que la gente no empieza a escribir porque tenga muchas cosas que expresar. La gente empieza a escribir porque quiere escribir. El tema es secundario, el tema se busca después. Eso es lo de menos. Lo primero es el impulso suicida de asomarse a la página en blanco y luego, cuando uno ya cae fatalmente en el vacío literario preguntarse, al modo leninista: ¿Qué hacer? También están los que se montan un blog porque les ha dejado la novia. Esos, por ejemplo, si que tienen mucho que decir pero, por lo demás, no suelen durar mucho. Yo, últimamente, estoy en un momento de abulia intelectual. Serán las Navidades que me han extenuado. Nada me dice nada, todo me aburre. Hace meses que no escucho música, la prensa musical me es indiferente. Y tengo, cómo decirlo, un sentimiento constante apocalíptico o crepuscular de que todo ha pasado ya.

sábado, diciembre 22, 2007

Nosotros salimos

Salimos como quien ofrece un servicio público. Con la abnegación del funcionario, la hormiguita o el travesti. Salimos siempre y salimos mucho, pero sobretodo, salimos bien. En eso consiste básicamente volver a Oviedo por Navidad, estas son unas fechas entrañables aquí porque toda la juventud emigrada vuelve al nido y se encuentra por los bares. Solemos empezar en la Calleja tomando cerveza para acabar después del Flamin’ dando tumbos en cualquier otro lugar oscuro y sudoroso. Ayer lo pase bien, al principio sonreí algo forzado en el concierto pero al final me derramé por el Oviedo antiguo y en cada bar, en cada esquina, detrás de cada birra había un viejo o nuevo amigo y lo de siempre,ya-ves-cuanto-tiempo-aquí-por-navidad-a-ver-si-nos-llamamos.Estaba contento anoche, celebraba mi reciente admisión in extremis en el selecto Máster de Periodismo de El Pais -ya ven, un astrofísico-, aunque si no me hubiesen cogido hubiera celebrado cualquier otra cosa, porque en la vida hay que estar siempre celebrando y de la muerte, que no es poca, ya hablaremos otra noche. Ya muy tarde me encontré solo, perdido y azorado, y decidí irme a dormir describiendo extrañas trayectorias y arabescos, que ya iba a amanecer. Y hoy Resaca, el pan nuestro de cada día. La Resaca hay que afrontarla con el estoicismo del que se sabe perro viejo, metidito en la cama con un libro de poemas, esquivando los ordenes de mi madre y sus recados intempestivos. Esta noche volveremos a la carga: la sempiterna cena de compañeros del colegio, esos viejos amigos que casi nunca ves pero de los que siempre tienes noticias. Tengo ganas de saber cómo les va, escuchar de sus matrimonios y sus hipotecas y sus hijos, decir alguna extravagancia, recordar los viejos tiempos. Luego, cuando los más tibios se retiren, los demás saldremos, científicamente, como estrictos profesionales, tomando el barrio viejo con oficio de guerrilla, hasta que el cuerpo aguante o se quiebre el cielo. Si no dedicase tanto tiempo a esto tendría una novela o hubiera quemado tres iglesias o fundado un sindicato o estudiado dos carreras o levantado un imperio financiero o trabajado en McDonalds o trabajado en cualquier otra cosa, pero ya ven, yo por lo pronto prefiero esperar a que oscurezca, a que abran los bares, ponerme la chupa y volver a salir.

miércoles, diciembre 19, 2007

Estrené mi sexo
con mi almohada.

La abrazaba con mis piernas
y su cuerpo se amoldaba a mis deseos.

Era blanda, menuda y amable,
olía a suavizante.

Nunca la valoré lo suficiente
mientras estuvimos juntos,
imaginaba que ella era otras mujeres
-compañeras del colegio,
modelos de revista,
la que fuera-,
le era infiel de esta manera.

Comprendí mucho después
que ella era mejor que muchas otras,
aun careciendo de la piel y del aliento,
aun estando rellena de plumas.

Ella fue mi maestra.
Después de hacerlo
apoyaba en ella la cabeza.

viernes, diciembre 14, 2007

Evento

Presentación de la primera novela de Sergio C. Fanjul. Año 2050. Sobre la mesa el voluminoso libro de 1500 páginas. El escaso público está expectante. El editor comprueba el micrófono e inicia el discurso. Habla de las maravillas de la opera prima de tan veterano y underground escritor. Se lamenta de que haya tardado tantos años en regalarnos esta obra sublime que con tanto cariño han editado. Es, sin duda, una soberbia descripción de los últimos años de la historia de este planeta, en la que se recrea fielmente el ambiente tras la Tercera Guerra Mundial y los efectos del Calentamiento Global, con especial cuidado en las pequeña tragedias cotidianas que rodearon a estos hechos vertebradores de la Historia Contemporánea, la historia, con minúsculas, de tantos actores anónimos. Por fin da paso al autor. Aplausos. Sergio C. Fanjul, calvo, orondo y luciendo una luenga barba canosa, toma la palabra. Bueno, (el autor se acaricia lentamente la desértica frente cerrando los ojos, como quien rebusca una profunda reflexión o pone un huevo. Se crea cierta expectación entre los asistentes), bueno (continúa), lo cierto es que a mi estos actos literarios –y convendrán en esto conmigo- siempre me han parecido algo absurdos. Nos traen aquí para que hablemos, como si tuviésemos algo que decir, cuando ya lo hemos echado todo en el libro (levanta con esfuerzo el tocho de 1500 páginas y lo agita como puede). Supongo que es porque los escritores siempre quisimos estrellas del rock pero tuvimos que conformarnos con esto, y esto es lo más parecido a un escenario que pisaremos. Al menos eso me pasa a mí. Yo de joven quería ser una rockstar, y bien sabe Dios que lo intenté, pero ya ven, aquí me tienen y no colgado en los posters de miles de paredes de miles de cuartos de miles de adolescentes. (El autor tose sonoramente y bebe un sorbo de agua). Perdonen. Con la música no tuve éxito en mis bandas juveniles y luego ya no tiene importancia que tengas una esponjonsa melena rubia que menear o rudos complementos de cuero porque eso nadie lo ve, a no ser que salgas en la anecdótica foto de la solapa –si es que hay foto- donde todos los escritores aparecemos sobándonos la cara o fumando, como si fuéramos muy listos. Ellos son jóvenes atormentados y lozanos, hermosos, miren a Jim Morrison o Kurt Cobain, mientras que los escritores somos ancianos pesados vestidos de traje. Aunque bien es cierto que mueren pronto. Eso, miren ustedes, también se lo envidio, que esto de ser viejo la verdad es que me parece una puta mierda (el autor vuelve toser con violencia y recoge su esputo en un pañuelo blanco arrugado). Los rockeros lo tienen más fácil, por muy feos que sean les cuelgas una guitarra y a todas las fans se les caen las bragas. Yo no veo ningún sujetador cruzar el cielo por aquí. No veo a gente saltando, bailando, gritando de excitación, están ustedes aburridos (da una palmada y un espectador de la segunda fila se despierta sobresaltado y se recompone en la silla). Para ligar lo tenemos difícil, tenemos que depurar mucho el estilo, adjetivar bien, controlar la prosodia, las subordinadas. Y cuando consigues ligar, entonces vienen el chasco (sonoro puñetazo en la mesa que hace vibrar al micrófono, aunque difícilmente al libro), ellas piensan que les vas a hablar en verso, que se te van a ocurrir piropos marcianos todo el rato, rebuscadas dedicatorias para los libros que les obligas a leer, todo eso. Y claro, se decepcionan al comprobar que hablamos como todo hijo de vecino. Miren, señores, nosotros escribimos cuando escribimos, en cuartuchos oscuros, en noches de insomnio, borrachos, sin ningún glamour. Si destrozamos una habitación de hotel nos vamos a la ruina para pagar los desperfectos. Y eso que nunca vamos a hoteles, solo a pensiones cuyos cuartos ya están destrozados de antemano. Las putas no vienen a nosotros, tenemos que buscarlas por los callejones y al final son siempre tan feas como baratas. Y la última vez que esnifé cocaína que no fuera tiza machacada todavía no se había inundado Benidorm tras el Cambio Climático. Así que piensen ustedes lo que quieran. Si les interesa el libro, léanlo, yo, en verdad, no se lo recomiendo. Y ahora si tienen alguna pregunta, no pienso respondérsela. Buenas tardes. Se hace el silencio. El editor, visiblemente avergonzado, da las gracias en nombre del Autor y la Editorial. Alguien inicia un tímido aplauso, un par de personas lo siguen, pero la cosa no va a más y el conato se extingue rápidamente.

lunes, diciembre 10, 2007

La palabra calla, duerme pero sigue atenta, solfeo entonces
sobre tu cuerpo, silencio roto, pistones en tu pecho
y cuerdas tensas en tu clavícula y tu cuello,
contrapunto de tu aliento con mi aliento,
armonía de muelles, sábanas revueltas,
sudor y teclas que muerden labios,
la lengua experta, explora, conoce, húmeda, calla,
fusas, semifusas, clave de sol en tu caderas.
La palabra duerme, enmudece, nunca despierta,
solfeo entonces sobre tu cuerpo, acordes que arranco
a la pálida piel, el oído escucha, la boca inútil
sino es para eso, para qué la palabra,
para qué los conceptos:
la música discordante y átona del sexo
retumba entre nuestros cuerpos.

miércoles, diciembre 05, 2007

La ciencia es mentira
y tu cuerpo la geometría curva
en la que sucede el mundo.

Con lengua exploradora
avanzo palmo a palmo,
sondeo, palpo, mido, trato
de entender el mensaje
cifrado de tus pecas,
el significado oculto
que duerme entre tus piernas.

Me voy por la tangente,
adoro más que a Dios
las cavidades cóncavas
de tus clavículas.

viernes, noviembre 30, 2007

SuperLudwig

La otra noche coincidió que vi en la tele, en el concurso de las supermodelos, cómo les hacían a todas un cambio radical de look capilar. Entraban al peluquero con una venda en los ojos y luego descubrían, muy sorprendidas e invariablemente chillando –porque las supermodelos novatas expresan todos sus estados de ánimo con el mismo chillido histérico, más propio de una hiena en celo que de una personita- su nuevo aspecto. Una de ellas, la que más gracia me hizo, se quedó notablemente perpleja y visiblemente indignada: pero yo no quería tener el pelo corto, dijo, yo, luchando por tenerlo largo tantos años y ahora me lo cortan, dijo, y este color..., dijo, y la presentadora: ¿no querías ser una rubia de bote, verdad? ¿Es eso? Ten en cuenta que hay muy pocas rubias naturales. Y entonces ella lloró. Se rompió la presa precaria que contenía sus lágrimas y la chica lloró. Desconsoladamente, como un niño abandonado, como la madre de un desaparecido. No crean, anyway, que yo veo la tele habitualmente, reitero que lo vi por casualidad, porque la gente como yo solo ve en la tele los debates, los documentales y las noticias, y eso si hay suerte ¿Me creen? ¿Eh? ¿Me creen? El caso es que mientras ocurría esta coincidencia cósmica que me hacía presenciar atónito tan bizarro espectáculo, tenía entre mis manos el Tratactus Logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein. Wittgenstein me fascina por varias razones: por su excéntrica biografía, por su estricta filosofía, por ese carácter mítico que hizo que todos los que le conocieron le creyeran el mayor genio de la historia de la filosofía desde el mismísimo Platón; pero sobretodo por esa mirada perdida y lunática que muestra en todas las fotos, como si estuviésemos ante la imagen de un hombre que se hubiera extraviado para siempre en los tortuosos caminos del pensamiento más abstracto y con la mayor vehemencia posible, un psicópata al fin y al cabo, un psicópata de la filosofía analítica que ya estaba más en otro mundo que en este donde vivimos los demás mortales viendo la tele. El Tratactus es una obra que muy pocos comprenden. Yo, claro está, tampoco lo hago, pero a veces paso largos ratos –cuando echan Supermodelo, por ejemplo- hechizado por esas sentencias numeradas cual teoremas y corolarios en las que con un lenguaje parco, preciso y a la vez enrevesado, trata –y consigue, según él- de resolver todos los problemas de la filosofía. A veces encuentro algo de luz en un pasaje, entiendo algo aquí o allá, algo que hace sentido entre la oscuridad de sus sentencias, y entonces siento el vértigo de aproximarme al pensamiento de este hombre arrebatado y genial. El libro, dicen, trata sobre la naturaleza del lenguaje y el autor se topa con la dificultad de analizar el lenguaje con el propio lenguaje y sin poder salirse de él, problema que me recuerda al de entender la mente mediante la propia mente, o al teorema de Gödel del que hablaré más prolijamente otro día o tal vez no. En el texto construye su teoría palmo a palmo, y al final descubre que su razonamiento no sirve: el que haya entendido deberá quedarse con la luz al final del camino y olvidar el propio camino -todo el libro, su único libro en vida-, como alguien que ha subido por una escalera al conocimiento y después se ve instado a tirar la escalera y quedarse allá arriba ya para siempre. Y esto es hermoso y raro y quisiera poder hacerlo, tirar la escalera, quedarme cegado por la luz, allá arriba, conociendo. En la ultima frase declara que ha dicho todo lo que se podía decir del mundo, en esas pocas páginas se contiene todo. Lo demás, que también existe, es inexpresable – se trata del misticismo, la metafísica, lo que no abrazan nuestras tristes palabras- y la frase final reza: de lo que no se puede hablar, mejor callar. Pensé entonces de nuevo en la aprendiza de supermodelo a la que la habían cortado el pelo tan corto después de tantos años de barbecho, en ese horrible tinte de furcia rubia de bote, y me la imagine al final de la escalera de Wittgenstein, haciendo todo el camino y tirando después la escalera, sin marcha atrás ya, pues el pelo no se puede estirar, no se puede sacar del cráneo más de lo que hay –excepto en ciertas muñecas y juguetes de Play Doh- y ese tinte la acompañaría ya quién sabe por cuánto tiempo y sentí pena y horror y dije, aún cuando no había nadie allí, en la penumbra amarilla del salón, para escucharme, dije con voz baja y herida: joder, pobre chavala.

lunes, noviembre 26, 2007


tú querías ser Arthur Rimbaud.
poner color a las vocales.
recibir la bala de Verlaine. arañar con tus dulces zarpas
las almas de la burguesía. y huir con toda la gloria.
a los diecinueve años. con la carne aún blanca
y blanda. y la sensibilidad extenuada.
cagándote en Dios, ciego de absenta y láudano.

tú querías ser Guy Debord.
derrumbar la sociedad como objetivo. destruir
el Espectáculo y hacer de la vida cotidiana una revuelta.
buscar, debajo de cada adoquín, una playa. al final
sentir el hierro negro, frío y pesado contra tu paladar,
apretar entonces el gatillo. a los sesenta y tantos.
arruinado por el alcohol, ya casi muerto.

tú querías ser Johnny Rotten.
Dios Salve a la Reina. en los escenarios
de toda Inglaterra, manifestaciones puritanas
a las puertas de los bares.
me importa un cojón: Sid y Nancy consumidos con la droga
y ningún futuro para nadie. los dientes verdes
y un lugar de honor en la historia del (punk) rock.

querías agarrar la Tierra con los dedos.
hacerla retumbar contra los Cielos.


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En la imagen el Autor - ¿o debería de decir curita?- somnoliento.

jueves, noviembre 22, 2007

Premio!

Pues sí, la semana pasada me concedieron el tercer premio del I Certamen de Relato Corto de Renfe. La ceremonia se celebró en un tren de cercanías vacío en el que los tres ganadores leímos nuestras obrillas y recibimos un dinerito y un diploma de la mano del ínclito Javier Reverte. La cosa tuvo su gracia pues el trayecto cubierto por nuestro extraordinario convoy literario fue Atocha-Príncipe Pío, viaje que dura unos diez minutos si se hace en línea recta, pero que duró casi una hora dada la vuelta completa a la ciudad –por el norte- que dimos. Le comenté jocosamente este hecho a un jerifalte de Renfe en el vino español que se ofreció después, en una disco del centro comercial de Príncipe Pío, cómo siendo de Renfe no se habían dado cuenta que el camino más corto era otro, el barbudo señor no pilló mi ironía y se ofendió un poco, aunque más tarde me regaló un billete para volver a casa (¡). También me regalaron, at least, dos entradas para el Tren de Cervantes, que te lleva a Alcalá de henares de visita turísticas y gastronómica y que va lleno de simpáticos actores vestidos de época. Lo mejor del asunto es que colgarán los relatos en los trenes de cercanías para que los viajeros aburridos se entretengan.

Aquí va el microrrelato que envié y, de oferta, otro que no envié pero que me gusta más.

Delicias-Méndez Álvaro. Duración del viaje dos minutos treinta. En la ventana fábricas abandonadas, naves industriales, bloques de edificios en ladrillo visto, chimeneas. Rachid, 34, obrero de la construcción, se sienta, cansado después del trabajo. Deja su mochila en el suelo, cerca de su pierna. Matilde, 41, secretaria, mira asustada la mochila. Ramón, 67, jubilado, mira alternativamente a Rachid y a esa mochila. Nuria, 24, estudiante de Económicas, desea llegar cuanto antes a la próxima parada. Llegada a Méndez Álvaro. Rachid coge la mochila, se va a casa, le queda otro trasbordo. Matilde, Ramón, Nuria, se sienten un poco tontos.

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Cruza el tren la ciudad que se deshace lentamente. Él tiene 32 y ella no pasa de los 20. Él ve por la ventana: polígonos, bloques, fábricas abandonadas, ella va a fumar al baño. A la vuelta él y ella se cruzan la mirada. Ella va sentada enfrente, él también, según se mire. Ella juega con su móvil, él la mira de reojo, levanta ella la mirada, él, interceptado, abre el periódico. El tren se para. Ella se baja. Él ve como se aleja. Ella no se da la vuelta. El tren se va, como otras veces.

Salud.

Una foto del Autor leyendo el relato junto al Sr. Reverte aquí, en un diario digital.

lunes, noviembre 19, 2007

Enemigo

Apenas levantan un metro cincuenta del suelo y, sin embargo, ellas son el Enemigo. Los domingos por la tarde pisan fuerte la escalera de la iglesia aferrandose a su bolso mientras rebuscan algo de limosna para los mendigos de la puerta. Son altivas a pesar del cuerpo de botijo, lucen pelo corto y teñido de colores a veces imposibles. Tienen la certeza de estar en lo correcto en todo lo que dicen y en todo lo que piensan, si es que piensan y no solo repiten. A su espalda queda el párroco recogiéndose en la sacristía, orgulloso de todo lo que poco antes sermoneó desde los púlpitos

ayudad a los más desfavorecidos.
amad al prójimo.
echad pasta en el cepillo (y en la máquina automática de velas).


Ellas a su vez adoctrinan a sus nietos con palabras de la Biblia

ofreced la otra mejilla.
lo valioso es dar cuando no tienes, no cuando te sobra.
es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de lo Cielos.

Y los niños, antes de dormir, escuchan atentos y asombrados las vivencias del judío galileo. Y a veces, los más listos, plantean el dilema que ninguna abuela se atreve a resolver: pero abuela, Jesús era un jipi, ¿verdad?, con ese pelo largo y predicando el comunismo.

Los domingos por la tarde van del templo a la confitería como un grupo de gallinas. Toman chocolate y el pastel más caro, tratando de disimular que tienen una pensión de mierda, dando a entender que jamás entrarán en el Reino de los Cielos (al menos no antes que el camello por el ojo de la aguja). Y allí cotorrean sobre Elena, la hija de Paquita, que parece una putilla, sobre Jorge que yo creo que se droga, y los nuevos inquilinos del cuarto que son -seguro- terroristas. Sobre tanto marica que se casa y sobre la desmembración de España. Cada cuatro años dan su voto a la derecha que ya está bien de tanto moro que llega a nuestras tierras.

Ayuda a los desfavorecidos, ama al prójimo como a tí mismo: mentiras al igual que democracia y socialismo. Las viejas que salen de misa, ellas son el Enemigo, que si ahora apareciera Jesucristo les faltaría tiempo para escupir en su camino.

lunes, noviembre 12, 2007

Que era mar y mano al mismo tiempo y me mecía,
más arriba, más abajo, donde no podía tocarme,
donde el dolor, donde la herida que se abre cómo un pétalo
que huele a miel pero es veneno.
Que era muerte y Dios y cielo al mismo tiempo
línea de horizonte e infinito,
huracán y suave brisa,
y yo era escoria, desecho, despojo, desperdicio,
residuo de un hombre suplicante de rodillas,
títere vencido, pelele, marioneta.
Pero a veces me hacía creer que yo era bueno,
que había algo en mí que era valioso,
para luego mostrarme la verdad obscena:
que ella era sucesivamente el mundo
y yo era cada vez menos,
nada más que mugre entre sus dedos.

martes, noviembre 06, 2007

Memoria

Diciembre del 39. Fausto es fusilado. Los cargos: rojo, sedicioso, revolucionario, leal a la República. Al igual que otros miles de personas. En consejos de guerra ilegítimos donde las sentencias ya estaban dictadas de antemano. Franco Franco Franco. En la fachada de los ayuntamientos. El águila, el yugo, las flechas. Un colosal mausoleo para los caídos por Dios y por España. Y una gran cruz de madera. El Cielo estaba de su parte. A Fausto, en cambio, le fusilaron de madrugada. Junto a otros 16 hombres. Contra el muro del cementerio. No hubo Dios que los salvase. Ni misericordia alguna. Aurora, su hija, pudo saber donde se hallaba su cuerpo enterrado. En una fosa común. En una cuneta. En un país cuyas cunetas esconden miles de cuerpos. La vergüenza oculta al borde de las carreteras comarcales. Envuelta en el silencio. Uno de los hombres que cavó la fosa de Fausto, amigo de la familia, le dijo a Aurora dónde yacían sus restos. Cual era el lugar exacto. Al reabrir la fosa se encontraron los cuerpos de todos los hombres. Incluso niños. Sus esqueletos en todo tipo de posturas. Habían sido arrojados sin cuidado. Como escombro. Lo más difícil fue identificar a qué cuerpo correspondía cada hueso. Quién era el dueño de cada costilla. De cada vértebra. Antes de ser fusilado su mujer le preguntó a Fausto cómo le reconocerían. Pues le iban a enterrar en una fosa común. Fausto dijo que se ataría un cordel en el tobillo. Cuando el tiempo eliminase la carne pútrida y el hueso quedase desnudo, aún estaría allí el cordel que le identificaría. Así fue. Un cordel alrededor de un fémur fue la pista que dio con los restos óseos de Fausto. Cuando a Aurora, octogenaria, le fue entregado el cráneo de su padre, ella beso su dentadura. Dijo sentir un gran sosiego. La paz que por fin la embargaba. Abrazando el esqueleto de su padre. Setenta años después.

miércoles, octubre 31, 2007

Mudanza. Último día.

Perfecto material de la nostalgia,
guardar la casa en las cajas,
moverme a otro sitio,
tirar a la basura las cosas que olvidasteis,
recordar lo que queda dormido
entre estas cuatro paredes
que pintamos en rojo
cuando llegamos aquí.

Mañana otros vivirán en este sitio,
el tiempo cubrirá todas las cosas
como una fina capa de ceniza,
se disolverán en la memoria las palabras
que dijimos tantas noches,
las fiestas aberrantes,
lo mal que a veces lo pasamos,
todo aquello.

Todavía queda mucho por hacer,
arreglar una persiana,
fregar muy bien los suelos,
devolver cuatro juegos de llaves
que vosotros usasteis
cuando llamabais a esto hogar,
y ahora queda vacío.

Tal vez algún día encuentren
una foto nuestra extraviada bajo un mueble
y se pregunten quien era aquella gente
con la mirada colmada de futuro.

Lo mismo nos preguntaremos entonces
cuando el paso de los años
nos haya hecho irreconocibles
incluso ante nosotros mismos,
y nada de este piso parezca ya
pertenecer a nuestras vidas,
tan familiar y tan lejano,
tan extraño, al fin y al cabo.

viernes, octubre 26, 2007

Yo viví con un bakala

Decía llamarse Ángel aunque de angélico resultó no tener nada. Lo que más me sorprendió el día de su primera visita, además de su gran estatura y extrema delgadez, su labio colgante y su mirada estúpida, fue la soltura con la que se sentó en nuestra sala de estar a fumarse mis Luckys y a explicarnos, con una minuciosidad que rayaba en lo exasperante, su cometido como informático en ING Direct. Después de comentarnos cada uno de los impresos que rellenaba, de las conexiones que realizaba con otras secciones de la empresa, su horario de cada día, étc, pareció quejarse de tener taponada una fosa nasal. Qué te pasa en la nariz, le preguntamos, nada, nada, una movida, respondió misteriosamente. Enseguida me imaginé el trasiego de sustancias ilegales al que debía someter a su órgano olfativo o esnifante. Él no se hizo de rogar y explicó, sin que nadie insistiera en la demanda de explicación, que hace unos meses en el parking de la tristemente célebre (por su bakalao) discoteca Radikal, un tipo que se cruzaba en su camino había murmurado algo a sus dos jóvenes acompañantes. Cuando Ángel les preguntó que había dicho aquel tipo, las presuntas Juanis respondieron: ¡nos ha llamado putas! Cuando Ángel se volvió heroicamente, ciego de ira (y otras cosas) y ávido de venganza, deseoso de restituir el honor de las ofendidas doncellas, el murmurador, que se encontraba a su espalda le propinó un crochet a la nariz que le produjo la fisura craneal que ahora le atormentaba. No pude hacer nada, se lamentó Ángel, y eso que soy cinturón negro de taekwondo. Lo peor es que no podré cumplir por el momento mi sueño. ¿Qué sueño?, repusimos. Entrar en el Cuerpo. En el Cuerpo de la Guardia Civil.

A semejante pájaro le escogimos como compañero de piso, para ocupar la habitación que quedaba libre. Rocío y yo nos negamos de plano, pero Ale nos acabó convenciendo (cosa que, si estás leyendo esto, Ale, nunca te perdonaremos) de que no era tan mal tipo, de que al menos era fiestero y de que, sobretodo, necesitábamos el dinero del alquiler urgentemente. En la bizarra convivencia con Ángel pudimos ver sus chándales rosas, sus continuas pérdidas de trabajo como informático para acabar descargando fruta en Mercamadrid durante la noche, esas ojeras después de currar de madrugada que le asemejaban al mismísimo Batman, los robos de ordenadores portátiles a las empresas en la que tuvieron la mala idea de contratarle y hasta la sustracción de teléfonos móviles a compañeros de curro que no le caían en gracia. Su tatuaje de un idiograma japonés en todo el cuello cambiaba de significado cada día y la que en principio presentó como su novia, resultó ser la novia de un amigo a la que se cepillaba. También sufrimos su etapa de DJ de poca monta, los temazos de bakalao con cantadita que se marcaba durante las horas de plácida sobremesa, y sus continuos retrasos en el pago de facturas y alquileres. Aún así Ángel vivía la tragedia de desear ser un hombre fiable, un hombre de verdad, cuando no era más que un tirado. Por eso le gustaba hablar con propiedad, como si fuera un hombre culto, aunque leer, como decía él, lo que es leer, no leía mucho. En ocasiones, cuando llamaba a las empresas buscando trabajo soltaba expresiones como: “aún no barajo esa franja de horarios” o “me considero efectivo y polivalente”. Nada más lejos de la realidad. La mañana que fui a su cuarto a cobrarle el último mes de alquiler había desaparecido con las pocas cosas que almacenaba en una esquina de su sucia caverna. Se había fugado en mitad de la noche, en nuestras narices, dejando tan solo unos asquerosos zapatos que se solía poner cuando quería ser elegante, cosa que nunca consiguió, y mucho menos en su huida.

Que te vaya bien, neng, o al menos un poco mejor. Pero no mucho.

martes, octubre 23, 2007

Otoño revisited

Este otoño, este otoño pútrido y mecánico,
me siento colilla, escupitajo, calamar,
absurda figurita de Lladró.
Y vendréis hablando del romanticismo del otoño,
enfundarse un abrigo rojo, la bufanda, la boina
puesta de lado y caminar por el Retiro
arrastrando la hojarasca ocre a cada paso.
Y yo me levanto y digo No:
que se quiebre el cielo y pase la luz,
que brote un tímida primavera en cada cuerpo.
Que extiendan terrazas en mi pecho.