martes, septiembre 25, 2012

Los hijos de los hipsters




Los modernos comienzan a reproducirse. Como muchos ya hemos entrado sin ningún pudor en la treintena nos empiezan a salir canas (de los grey foxes hablaré otro día) y, a algunos, también hijos. Pero lo cortés no quita lo caliente, y tener un churumbel con mogollón de genes tuyos a tu cargo no quiere decir que se convierta uno en lo que era antes un padre, un integrador en la moral de la tribu, ese hombre recto que te hacía aceptar la Realidad y domar el Deseo: los modernos pueden seguir llevando camisas hawaianas y enormes gafas de pasta, yendo a conciertos en el Matadero, saliendo alguna noche, aunque cada vez menos, y rebuscando libros infantiles guays para hacer que la prole mole.

No sé si esto es nuevo pero es seguramente casi nuevo, como todo. Nuestros padres, los de los que ahora tenemos treinta y tantos, fueron jóvenes en los franquistas sesentas españoles y vivieron la sacrosanta Transición. ¿Había allí modernos? Claro, pero no eran iguales que ahora. Entonces lo moderno era afiliarse al Partido Comunista de España, llevar pantalones de campana, chaqueta de pana, media melena, Felipe González, Alfonso Guerra, la revista Ajoblanco, la Confederación Nacional del Trabajo y follar todos con todos, que si no eras un carroza y no estabas en el rollo. Murió el sátrapa en su camita y llegó esa mezcla de petardeo y punk que llamaron La Movida, pero creo yo que lo alternativo, lo moderno, no se instaló definitivamente en España hasta los 90, cuando el grunge, cuando el indie, cuando se popularizó la prensa musical independiente y festivales como el Badalona Pop Festival, y más tarde el Festival Internacional de Benicassim, y los brazos de la peñuki se cubría de moratones a causa del skate. La MTV entonces ponía música. El despiporre llegó, cómo no, en la década de los naughties y al calor de la expansión económica fundada fraudulentamente sobre el abundante ladrillo español. Porque no hay verdadera modernidad sin pastufi. Fue entonces cuando España, encabezada por Madrid y, sobre todo, Barcelona, se coolizó. Llegaron las decoraciones minimalistas para tiendas guays en las que solo había un par de prendas de ropa, los enormes platos cuadrados en los que casi no había comida, la música chill out para el día, el house, y luego el electro, y luego el minimal para por las noches y las mañanas subsiguientes, cierta democratización de las drogas y mucha de los tatus, el reconocimiento del matrimonio homosexual y la invasión de la publicaciones de tendencias gratuitas. Lo alternativo ya casi había dejado de ser alternativo, porque el FIB se convirtió en un baño de masas, y todo el mundo acabó siguiendo las tendencias: lo moderno se convirtió en el signo de nuestro tiempo, en lo normal, en lo mayoritario, en el negocio. La Cibeles Fashion Week elevada a la altura de las Bellas Artes y la claudicación de cualquier contenido político y/o subversivo que pudiera haber en la modernidad.  Los indies más fariseos descubrieron que, de pronto, se habían convertido en mainstream y que el dinosaurio seguía estando allí.

Son estos individuos, los que fueron jóvenes en el cambio de siglo los que ahora comienzan a tener cachorros. ¿Cómo será ser hijo de un moderno? El otro día vi por la calle a Carlos Galán, fundador del sello musical Subterfuge, epítome del alternativismo patrio en los 90, con el que debía ser su hijo, ya bastante crecidito. Me pregunté cómo sería ser el hijo de Carlos Galán: yo en los ’90 me sentía muy especial escuchando los ruidosos discos de Subterfuge que mi madre no entendía, metiendo mi cabeza en los subterráneos de la música indie y demás. Si tu padre ya es guay y alternativo… ¿contra qué te rebelas? ¿Serán los hijos de los hipsters en el futuro, y como reacción, bakalas de extrarradio o falangistas? ¿Aborrecerán u odiarán el Sónar Kids al que les llevan los pesados de sus padres? ¿Se reirán con La Hora Chanante o les parecerá humor de viejos? ¿Querrán tatuarse al ver el destrozo que hicieron papá y mamá, ya ancianos, con sus cuerpos pellejos y arrugados cubiertos de dibujos deformes? ¿Serán apocalípticos o serán integrados?

Y luego está Ramoncín, que tiene una hija que es casi tan vieja, o tan joven, como él.

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En la imagen, un ejemplo de genética mendeliana

1 comentario:

Javier Divisa dijo...

Me quedó con esa posible carencia de rebeldía, es decir si papá es guay y alternativo, qué hace el chavalín, ¿ver como papá lo entiende todo?, yo eso no lo he vivido y mi padre no era especialmente carca, y me hace mucha gracia el apunte de Ramoncín ese señor grimoso de la nariz bonita que se llena la boca con la palabra honestidad y pegaba hostias a los fotógrafos