miércoles, mayo 21, 2008

¿Quién es ese hombre?

Es ese poder de barrio. Esa humildad aún cuando sabes que un edificio con tres escaleras y pasillos forrados de madera y apliques y cuadros feos de caza, depende de ti.

Me enigma ese señor que se sienta abajo, en la portería. Le veo por las mañana cuando salgo y le digo hola y él me dice –alegremente- buenos días. Y yo me siento un poco mal por haber dicho solo hola y no buenos días, porque, de alguna manera, me parece que buenos días es un poco mejor que hola, porque en el hola solo hay un saludo, pero en el buenos días también hay, además del saludo, un buen deseo, para ti y para todo el día. Anyway, como salgo medio dormido, preocupado por colocar mis pelos locos en su correcto lugar delante del espejo grande del portal, nunca me acuerdo de decirle buenos días, y le digo siempre hola. En el camino al metro me remuerde la conciencia.

Debería hacerme su amigo, pienso a veces, pero siempre está muy ocupado. Al alba limpia todos los espacios comunes y al atardecer llena esos ominosos cubos de basura, unos negros, para materia orgánica, y otros, amarillos, para envases. Y cuando no hace eso esta activando ese fantabuloso mecanismo robótico que sube y baja sillas de ruedas por las escaleras, con señores sentados encima. O ocupado atendiendo, siempre con una sonrisa, a las cientos de miles de Señoras que viven en esta Comunidad y que siempre se quejan, como todas las Señoras, por algo. Y que le tratan de usted. Un día me dijeron que quitase mi cenicero del alféizar –bonita palabra, por cierto- de mi ventana por miedo a que se cayese al patio y provocase un inopinado incendio. Por si se incendiaban las baldosas, vamos. Pero no me lo dijeron a mí, sino a mi compi de piso que me lo transmitió amablemente, de tal manera que no tuve ocasión de entablar conversación con el portero. Dicen, aún así, que es un buen tipo y que presta la herramienta.


Richard Feynman, premio Nobel de Física por sus avances en la electrodinámica cuántica –los muy útiles Diagramas de Feynman de los que nunca hablaré aquí, o sí, o tal vez- cuenta en sus cachondas memorias cómo admiraba a los trabajadores de a pie, los mecánicos, los carpinteros, los albañiles, esa gente con trabajos manuales y laboriosos que parecen no contribuir al progreso intelectual de la humanidad pero que permiten que la vida, tal y como la conocemos, tenga lugar. A mí me pasa con mi portero, me da la impresión, ya digo, de que si él faltase, se desataría el caos en el sitio donde vivimos. Habría inundaciones, terremotos y huracanes, referéndums, primarias y periodistas del corazón. Las señoras comenzarían a tirarse por los balcones para quedar artísticamente estampadas contra la acera y los coches chocarían frontalmente en la calzada, frente al portal. Todo el barrio se lanzaría a la huelga salvaje, los tanques a la calle, subiría el nivel del mar. La Tierra se saldría de su órbita y el universo perecería engullido por un agujero negro supermasivo. Menos mal que él siempre está ahí.

Cuando vuelvo, ya tarde, el portero lee la prensa gratuita en su pequeño mostrador, después de un duro día de trabajo. A veces he fantaseado traerle El País de El País, que es de donde vengo, para que no lea siempre la Gaceta de Arganzuela o el diario Latino y para que no sea un portero malinformado o desinformado o mediatizado o lo que sea, que cualquier cosa la puede pasar a un portero cuando lee prensa gratuita -que se han visto casos muy raros. Pero, como siempre, nunca lo hago. Ay de mí.

miércoles, mayo 14, 2008

Un sueño manchego

Se veía el puente de Brooklyn. Su estructura iluminada en mitad de la noche neoyorkina. Detrás, el skyline: todos esos edificios legendarios perlados de luces, el Chrysler, el Empire State Building e incluso la Torres Gemelas que aún no habían caído. Era hermoso. Un hermoso póster que había colgado en la caseta de Rodrigo, donde pasábamos las tardes huyendo del calor que asfixiaba La Mancha aquel verano. Al lado del póster, por el ventanuco, se veía el terreno árido, amarillento y un árbol desnudo, seco y solitario sobre el que el sol caía a plomo. Nos tirábamos, a eso de las cuatro, en el sofá destartalado que allí había, con el torso desnudo cubierto de sudor y dormitábamos contemplando Nueva York. En silencio. Por si el sopor no fuera poco, aquel día Rodrigo empezó a liarse un porro. Yo saqué una botella de agua bien fría de la nevera de playa que teníamos en la caseta y volví al sofá. Tendríamos que viajar a Nueva York, dije tras dar un trago a la botella. Rodrigo, sentado a mi lado, casi tumbado, asintió levemente concentrado en el canuto. Luego buscó una boquilla dentro del paquete de tabaco. Ver todo aquello, continué. ¿Sabes?, en la zona central de Manhattan las calles forman cuadriculas perfectas y están numeradas en orden. Además hay grandes avenidas que recorren la isla de norte a sur. La quinta avenida ¿te suena?, la de las películas, esa divide la isla entre este y oeste. Es casi imposible perderse. Rodrigo se incorporó para encender el porro. Dio una buena calada. No empieces otra vez con lo de Nueva York, dijo, voy a acabar quitando ese puto póster de ahí. Callé un rato mientras el humo comenzaba a flotar frente a mis narices. Pero eso no es lo mejor –hablé de nuevo- lo mejor es que hay una calle, Broadway, que, entre todo ese orden, recorre la isla en diagonal, cortando todas las calles y avenidas ortogonales. Se dice ortogonal ¿no? Qué locura. Tal vez por eso sea la calle de los teatros y los musicales. Mira tío, dijo Rodrigo, ni tú ni yo vamos a ir nunca a Nueva York, al menos por el momento. Con tu trabajo en el taller y yo trabajando en el campo no creo que podamos pagarnos un viaje. El padre de Rodrigo había muerto hace poco y ahora él se ocupaba enteramente de los terrenos familiares, de los que malvivía cultivando ajos y berenjenas. Quizás tú vayas algún día, dijo, eres mecánico y coches averiados hay en todas partes. Pero yo estoy atado a mis tierras, tengo que alimentar a mi madre y a mi hermana. Mi vida va torcida, como la calle rara esa de la que hablas. Rodrigo me pasó el porro, sus manos estaban curtidas y su piel enrojecida por el sol. Me repantigué en el sofá, con el porro entre los labios. Qué se yo, dije, tal vez las cosas cambien algún día para bien. Rodrigo necesitaba ánimos. Lo de su padre había ocurrido hacía tan solo un mes. A su muerte la familia ya estaba en la ruina. No pudieron ni costearle un entierro digno. El dueño de la funeraria, un hijodeputa, no quiso ceder, pedía demasiado dinero. Al menos le dio la oportunidad de hacérselo él mismo. Tuvo que cavar la tumba de su padre con sus propias manos. Yo le ayudé. Estuvimos horas dándole a la pala. Acabamos exhaustos. Cuando le quise devolver el porro a Rodrigo, ya se había quedado dormido. La cabeza se le había caído hacia un lado. Dejé el porro en el cenicero. Miré el árbol seco encuadrado en la ventana. Parecía que la luz lo iba a aplastar. Miré después las luces que adornaban el puente de Brooklyn. El Skyline detrás. Iremos algún día, pensé. En esa tierra crecen las oportunidades en vez de las hortalizas. Entonces todavía creíamos en esas cosas.

viernes, mayo 09, 2008

Algunas certezas

Me hicieron, al principio, buscar la verdad en las iglesias. Hallé la luz lóbrega de los confesionarios. Las manos húmedas de los párrocos y sus sonrisas perversas. El olor a humedad, a madera rancia. Solo había allí oscuridad y silencio.

Me ocupé durante un tiempo de los números. Inmerso en álgebras extrañas y geometrías curvas aprendí más cómos que por qués. Había muchas leyes y principios, teoremas, postulados, que decían cómo son las cosas cuando son. Cuando miré debajo de ellos, cuando ya más me deslumbraban, encontré amontonados más enigmas.

La palabras, me dije, serían la clave. Retorcí las palabras a mi antojo. Permití que brillaran un instante y luego deje que se apagaran. Las lancé sobre el mundo como redes, pero todo se escapaba. La palabras resultaron esquivas y embusteras. Parecía que servían para mucho y no servían para nada, engañaban a la mente con supuestos problemas filosóficos donde solo había enredos del lenguaje.

Finalmente comprendí que no había nada que buscar para entenderlo todo. Solo mirar con un ojo que está detrás de los dos ojos. Una anciana se derrumba tras chocar con un bordillo. Una hoja que cae en el otoño. Una esquina de las bragas que se esconde entre las nalgas. La silueta de un pájaro que se pierde en el crepúsculo. La sonrisa atontada de un amigo. Esas fueron mis certezas.

lunes, mayo 05, 2008

De viaje

No me sirven los viajes rápidos y cómodos, con reparto de caramelos y regalo a fin de trayecto: el viaje ha de ser duro, largo, doloroso, por eso es preciso viajar en autobús de línea y no en tren de alta velocidad o avión, hay que sufrir las estrecheces, el dolor de espalda, el tedioso paso del paisaje más allá de la ventana, las horribles películas que proyectan. De nada sirve tomar el AVE y llegar a Sevilla en dos horas, o en tres a Barcelona, eso es como no haber salido de casa, no significan nada los viajes rápidos, las tardes de museos, las visitas a los rincones más típicos de la ciudad visitada. Todo viaje exterior es también un viaje interior, una catarsis, un nuevo nacimiento, por eso hay que viajar como quien es alumbrado en el parto, como quien es arrancado dolorosamente de un lugar y es arrojado a otro. Para que sirva, para que el viaje sea viaje, tiene que ser un trauma que se sublima, una heroica hazaña, una Odisea con parada en cada estación de servicio, en cada bar de carretera, comiendo bocadillos de tortilla, oyendo los cantos de sirena ardiendo bajo el sol vertical del verano, muy poco a poco, a bordo de un coche viejo y caliente. Para lo demás es preferible viajar sin salir de la cama, oculto bajo la sábana, en la penumbra amarilla, o hacer viajes astrales en los baños de los bares.

lunes, abril 28, 2008

Consufión

Es extraño. El tropecé otro día un bordillo contra de la acera y me la contra el suelo cabeza golpeé. Entonces desde ha se trastocado dentro algo de mi. Como si neuronales conexiones mis hubieran se redispuesto otra de manera. Lo todo diferente veo según lógica una nueva. Embargo sin, más veo claro lo todo .

lunes, abril 21, 2008

El Amor

Te recuerdo en aquella terraza nocturna en Malasaña, cuando me di cuenta, como un destello que llegaba, que lo único que me importaba en el mundo eras tú. Bella y destructora, cuando nos echamos a andar de la mano, volviendo a casa, le dimos una buena paliza –era tan fácil- a aquel sin techo que pedía algo para la pensión, pero que mentía. Amé tus puños de leche, tan infantiles, golpeando sus mejillas roñosas sin mostrar ninguna piedad, pero amé más tus botas cuando su cabeza retumbaba contra el portal, en aquella calle vacía y de piedra, iluminada por farolas amarillas que tendían una luz tan propicia para que nos quisiéramos los dos. Era una de las primeras cosas que hacíamos juntos, tal vez la primera, y era hermoso compartir contigo la sangre que fluía y manchaba nuestros cuerpos, la excitación morbosa de actuar sobre el mundo a tu lado, la precisa coreografía de golpes que, sin haberlo nunca planeado, parecía acompasar cada patada, cada insulto, cada flema que iba a parar a su rostro, como si tú y yo, amor mío, lo hubiésemos calculado de antemano o como si hubiésemos sido, de algun modo, predestinados. Y aquel tipo que tosía y que gemía tan borracho y tan barbudo y derrotado a nuestros pies, y que era la parte sucia del mundo que pretendíamos olvidar, porque lo nuestro era la luz total que nos cegaba. Después en casa, mirándonos a los ojos, tan cómplices y cercanos, fundidos en un abrazo como uno solo, nos divertía la idea de poder haberle matado. Lo hicimos después muchas veces más, en muchos callejones perdidos, con gente diferente, pero ya nunca fue lo mismo. Aquello era el Amor, la vez primera, y desde entonces siempre nos preguntábamos dónde se había escondido y por qué había durado tan poco.

Al sin techo tampoco lo volvimos a ver ninguna noche, nunca más, en ninguna calle de nuestro barrio. Y eso era lo más raro.

martes, abril 15, 2008

Y estas ruinas de qué son
cuándo vino el viento a derrumbar la piedra,
el hueso, la molécula, a quebrar lo que se erguía;
qué viento era y quién era entonces el que ahora se dobla,
humillado, en esta cama, en este páramo
con olor a suavizante.
Parecía todo orgullo e insolencia
y un día, de pronto, aparece el descalabro
y no sabemos qué decir o si callarnos resignados.
De quién son estas ruinas de carne y temblor que yacen,
por qué extraño designio dejó de funcionar lo que era sano,
en qué exacto momento, después de cuantas décadas
comienza el declive, la resaca, el hoy no me levanto,
este desorden biológico que cada tarde te doblega
y, saltando el foso, derriba la torre y la membrana de la célula.
Fallan las vísceras pero también falló el aceite hirviendo
y el cerebro, y falta el ánimo para dejar la fortaleza ya sin fuerzas,
ahora que ante noches celebrantes solo hay indiferencia
y no el fervor que tantas veces
nos llevaba a ir sembrado, poco a poco,
este desastre.

jueves, abril 10, 2008

El odio

Lo más importante si decides hacerlo es alimentar el odio. Tienes que recordar una y otra vez, con la minuciosidad del relojero, en cinemascope y technicolor, todas aquellas noches que llegó tarde y borracho, todas las veces que te humilló cuando no tenías razón y erraste, todos los reproches que continuamente, como avispas, conseguía colar dentro de tu cráneo. También todas la veces que, tras prometerte algo con firmeza, acababa olvidándolo o dejándolo pasar o, simplemente, haciendo justo lo contrario. Las mentiras. Esto es lo más importante, es preciso mantener el rencor vivo como una hoguera entre el estómago y el vientre, como una bestia voraz, a ser posible a esa hora de la tarde en la que el sol se cae y la luz es tan propicia para el odio.

Recuerda, por ejemplo, las cantidades ingentes de Mahou Clásica que ingería en botella de litro o las Mahou 5 estrellas que prefería tomar en lata de medio o de 33 centilitros, hasta perder el sentido. La ropa sucia arremolinada en las esquinas de la habitación. La desidia que reinaba siempre, el silencio, la ansiedad que se impregnaba como tinta en el ambiente. Todos los días que, sin ninguna excusa, faltaba a su puesto de trabajo.

Después tienes que hacerte con un arma. Se recomienda una 9 milímetros, ligera y fácil de manejar, elegante. Es posible conseguirla por Internet o tal vez en el mercado negro, sin trámites ni permisos ni ningún tipo de molesto papeleo. Una vez conseguida debes practicar, familiarizarte con su manejo, cargar y descargar el cartucho, quitar y poner el seguro, apuntar certeramente. No estaría de más pasar algunas tardes en algún lugar apartado, en el campo, lejos de ojos y oídos inconvenientes, disparando contra latas vacías o melones. Nada puede fallar, hay que evitar que la situación se te vaya de las manos, cualquier imprevisto o torpeza puede avocarte al más absoluto desastre.

Conviene hacer un seguimiento férreo: controlar sus entradas y salidas a su nuevo piso de Atocha, las horas exactas en las que sale o desaparece en la oscuridad de su portal, saber si va a por el periódico al kiosko, o a la panadería, o a la tienda de los chinos a por algo de beber. Sus turnos de trabajo y sus hábitos de ocio. Tratar de conocer, si es que esto es posible, a qué dedica las horas muertas y fatales de los domingos, los bares que frecuenta en el fin de semana y también dónde toma un par de cañas al salir del trabajo con sus compañeros.

Te hizo mucho daño, no lo olvides, debes recordar siempre esto, repetírtelo como un mantra, como una oración o un poema que se reproduzca como un bucle en tu cabeza. Convencerte hasta lo más profundo de que vas a hacerlo, de que has decidido que eso se acabe de esa manera y no de otra, de que no queda otra solución, pues el destino ha querido que así sea y tú eres solo un instrumento del destino que va a obrar la justicia que el mundo espera. Como si fueras el ejecutor de una ley natural inevitable.

Entonces llega el día en que todo esta ya listo. Has dado de comer tanto a tu odio -cada hora, cada minuto, durante tanto tiempo- que ha crecido sucio y monstruoso y sientes que no cabe dentro de tu cuerpo y se irradia alrededor, como un pequeño fuego que se ha extendido en un incendio. Has conseguido un arma, quién sabe de qué manera, no es tan difícil, y te has habituado a su uso como un experto: manejas la pistola con rapidez y eficacia, la conoces como si fuera un apéndice negro y metálico, y consigues poner la bala justo en el lugar en que deseas. Por lo demás, conoces perfectamente la vida de tu víctima, todos sus movimientos, su horarios, sus hábitos y aficiones, te dices, a veces, que incluso podrías leer sus pensamientos, saber qué siente y por qué en cada momento.

Y cuando decides a llevar a cabo tu plan, ahora que ya estás preparado, un anochecer de bochorno y tedio, te encuentras sentado en la cama de tu cuarto, los pies desnudos en el suelo y toda la ropa sucia formando ovillos por las esquinas. La mesa repleta de litronas y latas de cerveza, la conciencia carcomiéndote por dentro, maldiciendo tu inconstancia y tu irresponsabilidad, reprochándote a ti mismo todos los errores que cometes. Y tus manos, tus manos frías y seguras, introduciendo metódicamente - tal y como habías planeado al milímetro tantos y tantos días de fiebre - el cañón del arma en tu garganta, hasta el fondo, el dedo preparado, apoyado sobre el gatillo dispuesto a realizar el mínimo movimiento que termine. Porque esto es una decisión irrevocable del destino y tu eres solamente un ejecutor que va acabar con todo esto. Acabar con la condena de soportarte a ti mismo.

viernes, abril 04, 2008

El problema del subterráneo

Y no solo los diferentes niveles del metro horadan la tierra bajo nuestros pies, también algunos tramos de las vías de los trenes, de los cercanías, también la red de alcantarillado, también las tuberías para el agua, el alumbrado, los cables de fibra de vidrio, las redes de comunicaciones, los pasos subterráneos para peatones que cruzan calles y autopistas, los faraónicos túneles de la M-30 soterrada y, seguramente, muchas cosas más que desconocemos, que no somos ni siquiera capaces de imaginar, que los de arriba nos ocultan, tal vez complejos industriales nucleares o enormes instalaciones extraterrestres. A veces da la impresión de que hay más espacio vacío ahí debajo que tierra, de que ya ni el suelo es compacto y fiable, y hay gente que tiene miedo, sobre todo las mujeres mayores, las ancianas que siempre desconfían del progreso, yo las he oído, tienen miedo, mucho miedo de esta ciudad agujereada, de que un mal día todo se derrumbe y Madrid amanezca hundido en pozo colosal con todos nosotros dentro.

lunes, marzo 31, 2008

El problema de la vivienda

Como vivo dentro de un buzón de correos, miro el mundo a través de la ranura por la que se introducen las cartas. Mi buzón está en la plaza de Callao, en una esquina, es cilíndrico y amarillo, muy bonito. Dice: Correos. Desde dentro observo a la gente pasar ajetreada, de un lado a otro, constantemente: es una plaza céntrica y bulliciosa. Adentro, en cambio, me siento tranquilo. No me gusta salir mucho, solo de vez en cuando, si me falta el tabaco, por ejemplo. Entonces abro la portezuela y voy rápidamente, sin entretenerme, hasta el estanco que hay justo al lado, en una caseta en la acera. Cuando fumo la gente se extraña de ver salir humo por la ranura, pero en las grandes ciudades siempre ocurren cosas raras, así que después de dudar un poco la gente echa su correspondencia y trata de olvidar el suceso, como se olvidan todas las cosas inexplicables. Las cartas, yo las corrijo. Es a lo que me dedico, principalmente. Después de tanto años aquí domino el género epistolar. Aunque ahora, con el email, lo que más se envía son documentos o fotocopias de documentos o impresos o cartas oficiales. Hay poco correo personal, pero ese es el que yo corrijo. Las cartas de amor –que suelen ser patéticas-, las postales que van al extranjero, las largas misivas que se cruzan los viejos amigos... De alguna manera esta es mi contribución a la sociedad, que me ha dado tanto. A eso de las cinco de la tarde viene el cartero, Paco o Ramiro, depende. Los dos son majos. Golpean la portezuela con los nudillos y yo abro, buenas tardes, dicen, cómo va. Les digo que bien, que como siempre y les entrego las cartas ordenadas y corregidas. Ellos lo agradecen, y espero que también lo agradezcan el remitente y el receptor. Después descanso hasta el día siguiente. Y así es mi vida. No existen problemas con la vivienda, es una mentira propagada por cuatro vagos iluminados. Lo que hay, en cambio, son personas torpes y sin recursos.

miércoles, marzo 26, 2008

El problema de la inducción

Cuando Alberto Villanueva elevó la pelota dispuesto a realizar el saque, la pelota se quedó suspendida en el aire, en lo más alto de su trayectoria. A dos metros diez, la esfera amarillo chillón recortada contra el cielo blanco. Hacía frío. Al otro lado de la red, Garrido gritó hostia, soltó su raqueta y echó a correr hacia Alberto, hasta que, viendo la cara que ponía Alberto, se volvió y vio la raqueta que había arrojado suspendida en el aire a medio metro del suelo. Se acercó de nuevo a recogerla y comprobó horrorizado que ahora era su propio cuerpo el que se elevaba a cada paso, como si hubiese una escalera invisible imbricada en el aire, y ahora, en el camino hacia la raqueta antigravitatoria, se había elevado ya más de un metro, más de dos, y la raqueta permanecía allá abajo, a tan solo medio metro del suelo, ya inalcanzable. Alberto reaccionó de la misma manera y corrió hacia la parte de la cancha donde Garrido se había elevado, elevándose él también a cada paso, de la misma manera. Me miraron entonces desde allá arriba, cada vez más altos, entre alucinados y desesperados, esto es imposible, dijeron, imposible. Yo, detrás de la verja verde de retícula diagonal típica de las pistas de tenis, casi no podía contener la risa. No hay nada imposible, les dije. El problema es que esperáis del futuro lo mismo que os ofreció el pasado, pero cualquier día las cosas pueden cambiar. Mañana puede, por ejemplo, no salir el Sol.

(Os pasa como a aquel pavo inductivista del que habló Bertrand Russel: pensaba –si es que los pavos piensan- que le iban a alimentar todos los días hasta la Eternidad, ya que cada día le daban de comer. Hasta que llegó el Día de Acción de Gracias y en vez de cebarle, le cortaron el cuello. Según este argumento el conocimiento solo se puede falsar, nunca verificar.)

Pero creo que esto último ya no lo escucharon, estaban demasiado lejos, demasiado alto. Se perdían allá arriba, ya casi invisibles, como un globo de helio extraviado en la inmensidad del cielo.

viernes, marzo 21, 2008

BCN 1



1. Una mañana, al poco de llegar, explotó un primer piso entero en La Verdana, a pocas manzanas de donde nos hospedábamos. Al parecer una mujer enajenada se inmoló ante una mínima subida de alquiler que le había impuesto la propietaria del inmueble, que era su propia hermana. En la deflagración se llevó la vida de dos jóvenes que vivían en el piso adyacente con sus padres. Pensé esa mañana que esa mujer extrema bien podría haberse tratado de la vecina de Nacho, que amablemente nos cedió su casa para pernoctar, y que esos cuerpos carbonizados bien podrían haber sido los nuestros. Hubiera sido una extraña suerte, llegar de vacaciones y morir absurdamente, como cuando, a altas horas de la noche y tras haber tropezado un par de veces, lanzas el dardo y consigues, a pesar del alcohol y para asombro de todos, clavar el proyectil, aun temblando, en el centro de la diana.



2. Barcelona es una de esas ciudades con un mar al que, en cierta medida, le da la espalda. Muchas otras, como Bilbao, La Coruña o Gijón, hacen del paseo marítimo, la playa, el centro y eje principal de la ciudad; en cambio, Barcelona, como Lisboa, parece tener un centro urbano ajeno a las olas y a la sal, tal vez porque lo que está en el centro de la urbe no es la playa sino el puerto. Aún así los edificios barceloneses tienen ese aspecto ajado de brisa, como sucio, que solo presentan las ciudades costeras y que les confiere un aspecto decadente y hermoso. En Barcelona la arquitectura y el urbanismo son cosas de lo más importante - tanto que al lado de mi casa había un formidable puente de Calatrava construido únicamente para salvar unas tímidas vías del cercanías-, así que disfruté de largos paseos admirando los amplios espacios del Paseo de Gracia y Plaza Cataluña, el laberinto de piedra del Barrio Gótico, el ambiente portuario de La Barceloneta, La Ramblas, Gaudí y el modernismo, y todas las estructuras tan arquitectónicamente arquitectónicas que encontré por doquier. También de El Raval, claro está, del que me habían hablado como un alter ego barcelonés de mi querido Lavapiés. Me sorprendió, aún así, encontrar pocas coincidencias entre ambos barrios, exceptuando la presencia extranjera (comimos en un hindú cutre y maravilloso): el urbanismo del Raval se aleja mucho de ser el pueblecito que semeja Lavapiés, los locales cool comienzan a poblar su geografía y las calles de la prostitución, varias, sucias, sin apenas luz y con unas trabajadoras bastante siniestras, hacen que las calles Montera o Ballesta de Madrid parezcan Disneylandia. Ahora para limpiar la zona los que mandan han construido dos centros de arte moderno que visité con deleite: el Macba y el CCCB, -si quieren desgranar las siglas, googleenlas-. Es como si dando una inyección de cultura contemporánea fueran a espantar a los demonios del Raval, a purgar la zona de miserias e indeseables. Felizmente no lo consiguen -porque yo entre el arte y la vida, elijo la vida- así que delante de tan vanguardistas centros se puede ver jugar a niños de todos los colores, esperar a las lumis, pasar el rato a los inmigrantes desempleados agarrados a sus litronas o admirar las cabriolas de los skaters que allí matan la tarde entre porro y hostiazo. Como dijo Guy Debord: el arte que no promete la felicidad merece ser destruido.



--------------

En la imagen Txe Peligro en el puerto de BCN. Photo by Esther after an Author's idea.

martes, marzo 11, 2008

Fragmento

Es una imagen en blanco y negro de un joven vestido con uniforme de soldado cogiendo por los brazos a una chica rubia de rostro angelical con el pelo recogido en un moño. Ella tiene los ojos húmedos y están uno enfrente del otro, muy cerca.
- Billie Joe –dice ella- por favor ten cuidado, ten mucho cuidado.
- No te preocupes Ann –dice él-, voy a defender a nuestro país y luego volveré para formar una familia junto a ti.
Él la besa y después ambos se funden en un abrazo. El plano también se funde en negro y aparece, junto con una música entre alegre y populachera, la imagen del joven soldado sentado en lo que parece ser una trinchera, escribiendo en un papel roñoso. Tiene algunas magulladuras en la cara y el uniforme no está tan reluciente como en la escena anterior.
- Ey, Billie Joe, - dice un soldado corpulento y bonachón- deja de escribir de una vez y ven con nosotros a beber un trago.
- No, gracias chicos, -dice Billie Joe- me uniré a vosotros en un rato.
- Ese soldado parece estar muy enamorado –dice otro más delgado en medio de una carcajada-, venga dejémosle con sus cartas de amor y vamos a por esas botellas –el resto también ríe.

Ellos se van a por esas botellas, yo dejo el vaso de ginebra y estiro el brazo para coger el mando a distancia que está sobre la mesa. Cambio de canal. Ahora Chuck Norris y una mujer de melena platino vestida de profesora de aeróbic me explican los beneficios del Abdominazer. Con solo diez minutos de ejercicio al día puedo conseguir un vientre plano y definido como el de los modelos sonrientes que aparecen ahora posando al borde de una piscina soleada.
- Es increíble -dice Chuck Norris.
- Y eso no es todo, Chuck –dice la profesora de gimnasia- lo realmente increíble es que si llaman ahora recibirán como regalo, completamente gratis, un video con los mejores ejercicios para mejorar nuestro abdomen. Y además este par de mancuernas para conseguir unos bíceps tonificados. Apago el televisor y me quedo sentado en la penumbra del salón. Me sirvo otro vaso de ginebra y enciendo un cigarrillo. Tras expulsar el humo de la primera calada, que se dispersa lentamente atravesado por la luz de la lámpara, pienso: lo increíble es que esto haya pasado. Lo realmente increíble es que te hayas ido y yo esté aquí tragando telebasura. Y que el Abdominazer pueda guardarse cómodamente debajo de la cama sin ocupar nada de espacio.

viernes, marzo 07, 2008

Txe y yo (homenaje a Borges y a mi)

Al otro, a Txe, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Madrid y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar a un homeless en un portal o una puta del Este. De Txe tengo noticias por email y veo su nombre en una carta del banco o en una revista poética que nadie lee. Le gustan las primaveras que nacen a destiempo, los libros raros (como todos), la música electrónica, el efecto de la cerveza en laborables, la filosofía de wittgenstein y dormir horas de más. El otro comparte esas preferencias pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor; sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil, yo vivo, yo me dejo vivir para que Txe pueda tramar su literatura, y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertos versos válidos, pero esos versos no me pueden salvar quizás porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme definitivamente, y solo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Txe, no en mi (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus textos que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Txe ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe este post.

lunes, marzo 03, 2008

Grace

Esta tarde he pasado, de casualidad, por delante de Caballero de Gracia número 33, metro Iglesia. Es un edificio normal, con un portal normal en el que entra y sale gente normal. Un edificio como cualquier otro. Pero ahí, en ese segundo piso que ahora tiene las persianas bajadas, vivieron durante algún tiempo Alejandra y Virginia. Es curiosa la indiferencia de las ciudades al paso de las personas: nacemos, vivimos en su seno, nos cambiamos de una casa a otra o de una ciudad a otra y, al final, nos morimos. Pero ahí quedan alzados el cemento y el metal, el cristal y el hormigón, impasibles, mudos y orgullosos, durante siglos; y siempre hay alguien que viene y ocupa el espacio que alguien deja, pone sus muebles, su ropa, sus posters, sus desgracias y triunfos en las paredes vacías, en una rueda frenética y eterna. Pero mientras vivimos también existe la memoria, así que este edificio no es un edificio normal cuando yo lo miro, porque este barrio tan frío y ajeno fue para mí, en aquel tiempo cuando nada importaba y todo brillaba y se compartía, otra parte de mi hogar que sentía como propia. Y me gustaba recorrer estas calles –que eran mías- algunas noches de camino a las frecuentes cenas que Alejandra y Virginia celebraban y donde estábamos todos comiendo tortilla y pasta preparados para salir a la aventura electrónica de cada noche, o volver errático a mi cama de las fiestas afterhours que llenaban aquel pequeño piso oscuro, los domingos más soleados del verano de la vida, de decenas de náufragos de la noche, camellos, carteristas, exsoldados y presidiarias, para la desesperación del vecindario y nuestro gozo y alborozo psicotrópico. Alejandra y Virginia vivieron en otros lugares después y compartieron piso conmigo en Delicias pero ya se han vuelto, después de un puñado de años, a la Sevilla de la que un buen día salieron. Dicen al otro lado del teléfono que ahora viven en una casita de tres pisos, grande y luminosa, con una gran claraboya, que debo ir algún día a conocer. Aquí quedamos algunos –pocos- que aún las recuerdan, haciendo que todavía permanezca algo de ellas en esta ciudad loca, brutal, tan fascinante, y permitiendo que su estancia aquí no haya sido en vano, al menos por el momento. Como ésta tarde, cuando, por casualidad, pasé frente Caballero de Gracia número 33, y las imaginé asomadas al balcón, disfrazadas y borrachas, como si el tiempo no existiera o solo fuera una ilusión. Todavía queda el hueco.

Después volví a casa caminado por aquellas calles tan extrañas y el centro de la Castellana. Eran las ocho menos cuarto y empezaba a oscurecer.

lunes, febrero 25, 2008

Bonsais

Y de pronto te das cuenta de que habías sido carcomido por la poesía, y que los pliegues de tu cerebro se habían llenado de la mugre de los versos, de su música y su ritmo. Así que hagamos el esfuerzo, qué coño, y volvamos a la vida –tan prosaica-, volvamos a tomar tierra y volvamos a tocar el suelo con las palmas de las manos, como un perro, un sabueso.

Ayer estuve viendo bonsáis, los bonsáis que Felipe González donó al Jardín Botánico, bajo una lluvia que no era lluvia sino la mansa suspensión de miles de millones de partículas de agua en el aire gris que tuvimos este domingo. Las explicaciones del experto amigo R. nos revelaron todos los misterios de estos arbolitos que, de otra manera, no hubieran suscitado tanto interés en mí. Y es que es fascinante, sí, es fascinante, cómo la mano humana encuentra árboles que no tuvieron las condiciones satisfactorias para desarrollarse correctamente, o que son arrancados de su lugar cuando aún son jóvenes para trasplantarlos a esas diminutas macetas donde se les guía con alambres o se les hace extender sus raíces alrededor de rocas, o se moldea su madera con un taladro, hasta que el árbol, la naturaleza, parece comprender su nuevo destino y empieza a crías hojas también diminutas y flores diminutas y aunque la corteza siga envejeciendo hasta darle la imagen de un árbol centenario, apenas supera el metro de altura. Este es un trabajo delicado y concienzudo, como casi todos los que emergen de la cultura milenaria del Japón, como los jardines zen, el ikebana, los haikus o los pequeños pies de las geishas después de años de vendajes. La cultura japonesa es la cultura del trazo mínimo, de lo sutil, de la mente en blanco, del gesto furtivo, en definitiva, del silencio. Porque lo que rodea a un bonsái es el silencio que genera su pequeñez, el no haber crecido, de igual manera que el silencio rodeaba a González cuando, atento a sus cientos de bonsáis, se acabó enterando por la prensa del caso de los GAL y otros corruptelas. Ahora creo –me han dicho- que el expresidente se dedica a la bisutería.

Oigamos ésta noche, pues, el ruido atronador alrededor de El Debate. Que disfruten, si pueden.

martes, febrero 19, 2008

Ahora papá es pasto de las flores o vive
hecho cenizas entre las aguas del océano,
quién sabe.

Un día después de cuatro meses
hallaron su cadáver olvidado
en su pequeño apartamento de soltero.
Imagínate: el mismo alcohol que le dio muerte
lo había conservado incorrupto,
empapado en ginebra blanca,
la piel acartonada, el cuerpo rígido
e inmóvil tendido sobre la cama,
muerto él y viva su imagen,
en una triste ironía.

Aún no sé en qué se ha convertido,
-han pasado quince años-
ni dónde yace lo que aún resta,
-si es que yace y si es que resta-.
Nadie avisó de la muerte y el traslado
a la otra punta del país, donde la costa
se acaba.

A veces pienso en papá viejo y borracho
abriéndose paso bajo la tierra,
escarbando con las uñas sucias,
o jugando feliz entre la espuma y las olas,
volviendo una y otra vez a la playa
igual que vuelve a mi memoria.

miércoles, febrero 13, 2008

Poema sin titulo (como siempre) para leer en voz alta a oscuras (como nunca)

La luz era tu piel y tu condena,
el nítido reflejo de la luz sobre tu vientre
hacía el mundo y la miseria,
la luz, siempre la luz, te oscurecía.

La luz te hacía fuerte en la mañana
y débil como un pájaro en la noche,
volvían los fotones a mi ojos
después de golpear en tus fronteras.

La luz quería dibujar lo indefinido,
hacer visible lo invisible,
vencer al miedo en el pasillo,
la luz, siempre la luz, se equivocaba.

Apaga de una vez
el foco, la bombilla,
que vuelva la serena oscuridad
que no quiero ver más

la luz, su claridad.

jueves, febrero 07, 2008

Soluciones capilares

Aunque tengan cosas en común no son lo mismo. Las peluqueras modernas del centro son esas que te encuentras en los clubs electrónicos más exclusivos, drogándose con gracia en noches infinitas, que te pinchan la música más trendy y te pasan una litrona, y que hacen con tu pelo lo que les da la gana. Tienen estilo y lo saben. Por lo general, cuando ya es demasiado tarde, te das cuenta de que han satisfecho su ultima fantasía ultramoderna sobre tu cuero cabelludo. En cambio las peluqueras de barrio son definitivamente complacientes: cada movimiento estratégico sobre tu peinado es consultado previamente, cómo lo quieres por delante, cómo lo quieres por detrás, cómo lo quieres por allí, cómo lo quieres por allá. Están totalmente al servicio del cliente y si la cosa sale mal es que la mala idea era tuya. Su gusto estético se ha formado en polígonos industriales y discotecas periféricas, así que las pobres nunca aciertan en el lugar de su anatomía donde tienen que ponerse el piercing o no se dan cuenta de que ya están mayorcitas para tatuarse una sabandija sobre el abdomen. Por lo general su modernidad, siempre a remolque de lo que sus compañeras fashion del centro dictan, no llega a convencer a casi nadie. A mi las peluqueras del centro me parecen muy respetables e influyentes, pero las de barrio me producen una ternura y una extraña excitación morbosa que las del centro están lejos de hacer florecer en mí.

Después de un día entero de dudas y zozobra decidí, la otra tarde y aprovechando las horas libres en El País, ir a una pelu de mi barrio, situada en el Paseo de las Delicias, donde en otra ocasión me había cortado el pelo muy mal –fatal- un ser de tamaño monstruoso del que no sabría determinar el sexo, la raza, la edad o la profesión, porque peluquero/a no debía de ser. En esta ocasión, afortunadamente, me atendió una autentica peluquera de barrio rechoncha y, por tanto, alegre y dicharachera. Antes de que procedieran a deshacerse de esas guarrísimas greñas que habían poblado mi cráneo en los últimos tiempos, tuve que esperar un rato, que ocupé con la lectura de un libro sobre Heiddegger y en observar el local. Aunque Heiddegger resulta incomprensible para mi intelecto positivista –dice cosas sin sentido como “el mundo mundea y la nada nadea” – y no me gusta en absoluto, disfruto leyendo los tratados más sesudos posibles en sitios como peluquerías de barrio, estadios de fútbol (bueno, esto nunca lo he hecho), o ascensores del Corte Inglés. Se me presenta entonces la dicotomía entre la alta cultura y la vida popular: toda esa gente que me rodea todos los días y que imagino –quién sabe- ignorante de todo lo referido a la metafísica, la literatura o la ciencia. Es un acto de snobismo privado, ya lo sé, pero no deja de ser fascinante que existan tantas personas que en su vida no hayan oído hablar de las cosas que a mi me preocupan y que para ellos son totalmente ajenas. Demuestra esto, sin duda, que las pajas mentales que ocupan tanto tiempo en nuestras inquietas mentes, son completamente accesorias e irrelevantes para la vida, donde lo único realmente importante es ganarse el sustento, comer, dormir, divertirse un poco y hacer caca regularmente. El transeúnte distraído, la señora en la cola del mercado, la peluquera de barrio, jamás se han preguntado nada sobre la naturaleza del lenguaje o la estructura del espacio tiempo y, por lo demás, parecen más aptos para la supervivencia que el que suscribe estas líneas. Como digo, además de desentrañar las tonterías de Heiddegger, también eché un vistazo a la peluquería: es uno de estos lugares decorados de tal manera que más bien parecen una nave espacial que un negocio de estética: hay muy poca estética en las luces azules fluorescentes o los tonos metalizados, más bien parece uno encontrarse en los baños de una discoteca de pueblo donde la moda de los ochenta hizo estragos, además de la heroína. En cualquier momento parece que van a aparecer unos robots de serie B o Tino Casal bajando, siempre tan glamouroso, las escaleras que dividen el local. Otra escena bizarra fue la mujer entrada en años que, como en un trío de cine porno, recibía la atención de dos trabajadoras: una, vieja y cubana, le lavaba el pelo mientras que la otra, rubia de bote y nacional, le hacía la manicura. Cuando la de la manicura tuvo que ausentarse un momento y subió las escaleras por las que definitivamente no bajaba Tino Casal, la clienta mantuvo la mano en alto pero lánguida y muerta, como hubiera hecho Marlene Dietrich si hubiera frecuentado este tipo de sitios. Aquella mano suspendida en el aire, los dedos finos y largos, las uñas afiladas, las venas sobresalientes, propias de la edad, me produjo un extraño sentimiento de terror cotidiano pero también cierta satisfacción al tener la oportunidad, como un paparazzi en un día de suerte, de contemplar tal escena. Finalmente, tras todas estas tribulaciones posmodernas, llegó mi turno. La señora cubana me lavó el pelo con champú normal y sin crema, y la peluquera de barrio, oronda y asertiva, se puso a mi completa disposición. Le di instrucciones detalladas cual mariscal de campo y ella siguió punto por punto mis indicaciones, hasta el extremo de hacer preguntas decididamente absurdas para una profesional del ramo. El corte, todo hay que decirlo, ha resultado ser bueno, no en vano ejercí de maestro de obras. Tengo algunas dudas sobre cierta sobreabundancia de pelo en los laterales de mi cabeza, pero en términos generales me quedé satisfecho con su trabajo. Lo hizo mejor que muchas modernísimas peluqueras del centro lo han hecho a veces y por una tercera parte del dinero que les di a aquellas para sus fiestas y sus trapos de Fuencarral, así que desde aquí te doy las gracias peluquera de barrio, allá donde estés –en el taller mecánico de tu novio, viendo supermodelo 2008, tatuándote una nalga, o ciega de keta en la rave de tu pueblo-. Estar en las afueras también es estar adentro.

domingo, febrero 03, 2008

Mi corazón es pájaro y metáfora y mi pobre corazón
babea a popa y mi pobre corazón se va a la mierda
cuando late contra el mundo y él no cede. Ya no hay
casi lugar para el sístole y diástole y mi laico corazón
-tan metafórico-, tiene plumas empapadas y grandes alas
de cadenas. La asfixia de mi rojo corazón
-duro y mecánico-, aumenta a la inversa del espacio
que pierde a cada rato mi inútil corazón
-tan desplumado-, cansado de volar,
muerto en la jaula.

martes, enero 29, 2008

Palabra de empresario

Me gustan los niños porque sus pequeños cuerpos pueden introducirse en estrechos y oscuros túneles dentro de las minas –sus dulces naricitas tiznadas de carbón- para realizar diversas y útiles tareas. Pero también por sus dedos finos que les permiten reparar complejas y peligrosas maquinarias industriales allí donde la mano de una adulto no puede acceder, sus dedos valen mucho y poco al mismo tiempo. Los niños son fácilmente manejables y pueden trabajar hasta dieciocho horas cada día sin apenas descanso, sin protesta, sin derechos laborales. Adoro la infancia, me subyuga la candidez de aquellos cuya inocencia no ha sido aún mancillada, la pueril debilidad. Me gustan los niños. Sobretodo con patatas.

martes, enero 22, 2008


Como el toro y el estoque, la tripa atravesada
por el hierro, la sangre y el acero,
esto duele, cuando viene la razón y se va el miedo,
la pura realidad es más terrible, la llegada de la luz
que en vez de hacerte ver te ciega y arde
el ácido con furia y esto duele, saber la conveniencia
de ignorar lo que uno ignora y que ya no hay vuelta atrás,
regreso al útero imposible de la madre,
cerradas ya las piernas, pasados ya los años
y aún parece que fue ayer cuando naciste, cómo duele,
saber que iba a doler pasar los días, perder toda inocencia
poco a poco, hostia a hostia en tu rostro inmaculado,
la mirada se hace cuervo y el crepúsculo te invade,
dolió ver un gato muerto, dolió lo que dijeron,
dolió que eso doliese y aún me duele comprobar
que esto me duele y que el único refugio
es la trinchera, la mirada indiferente,
el ojo inconmovible y la rodilla hundida en tierra
rezando por creer que esto no duele.

----------------

En la imagen el Autor se ilustra y se cultiva.

jueves, enero 17, 2008

Panóptico

Todo el día te sentiste observado, como si miles de ojos te traspasaran como agujas de vudú. Y no eran los compañeros de barra al tomarte la última caña después del trabajo, ni la estudiante, ni el jubilado, ni el conductor del autobús en el que volviste a casa. Caminando por la calle, volviendo de la parada, buscaste los ojos que te seguían; te diste la vuelta pero no viste a nadie, buscaste en las ventanas pero nadie te miraba, nadie desde los coches ni escondido en los portales; pero cada vez eran más, eran miles de ojos los que te observaban. Al fin llegaste a casa, a salvo, y te dejaste caer al sofá. Encendiste la tele. En la pantalla había un hombre sentado en el sofá que miraba una tele en cuya pantalla se veía otro hombre sentado en el sofá mirando otra tele, en cuya pantalla otro hombre, sentado en el sofá, miraba la tele...

miércoles, enero 09, 2008

Cuántas veces puede enamorarse un hombre de una bala,
tomar voluntario la soga, dejar la silla, dos pies colgando,
un pie descalzo como un corazón desnudo
que todavía palpita ajeno a una muerte nueva,
voluntaria, elegida, cuántas veces vuelven a doler
un aroma, una voz, unos ojos conocidos que regresan
en los que duerme, al fondo, inquieto el recuerdo
tan vivo como una fiera que de nuevo sale de la jaula
precaria y oxidada del olvido, da un zarpazo, abre un pecho,
brotan lirios, cuántas veces puede un hombre elegir el veneno,
plantar la cruz, medir el nicho, cavar la tumba para el pecho,
morder su corazón enfermo, saber que duele y que no duele al mismo tiempo,
tropezar dos veces con la nostalgia pétrea, caer de bruces, chocar la mejilla
contra el suelo, entre lirios, frío, sucio y duro como un recuerdo que vuelve
y te enamoras de él como una bala
que ya te voló la cabeza en otra vida
y a la que aún amas.

-----------------------
Publicado en Revista Hesperya nº5

sábado, enero 05, 2008

Da fuckin' kiosko

A veces creo que vivo rodeado de gente estúpida. Es tan desesperante. Pero esto no es el tema de hoy, sino este:

Esa es la kioskera de la esquina. Cuando de niño me llevaban muy temprano al colegio, mientras la ciudad parecía aún adormilada y la luz todavía era escasa, al pasar frente al kiosko la veía colocando afanosamente los periódicos sobre el mostrador de su pequeño cubículo, abrigada con una bufanda, bajo la luz tenue de una bombilla. Eran los años ochenta y la kioskera tenía el pelo negro y cardado, los periódicos eran más grandes que ahora y ella, que siempre fue una mujer pequeña, más bien parecía estar levantando una trinchera de papel con la que protegerse del mundo y que, con el transcurso de las horas, iría menguando tras la visita de cada cliente fiel. Cuando volvía del colegio ella seguía allí, en su hueco de un metro cuadrado, rodeada de papel aunque ya más visible. Por la tarde me quedaba mirando los cromos que tenía expuestos, colgados en la puerta de cristal, imaginando que dentro de aquellos precisos sobres estaban los cromos que me faltaban para mis colecciones que, por lo demás, nunca conseguía terminar. Los años pasaron y ya nadie me acompañaba al colegio, ahora, antes de ir a coger el autobús, fumaba al lado o en frente del kiosko, cada mañana, temeroso de que me sorprendiese cualquier vecino con un cigarro en la mano, observando como el humo del tabaco se mezclaba con el vaho del amanecer sin que uno pudiera discernir cual era el origen de cada bocanada. Durante los primeros años de universidad ya no madrugaba tanto, ahora caminaba por la ciudad a mediodía, algo totalmente novedoso cuando uno lleva tantos años pasando la jornada completa en el colegio, ahora podía ver las calles de otra manera totalmente inédita, el bullicio de la una de la tarde, la gente tomando un vino después del trabajo, los que iban a comer el menú del día antes de reanudar la labor, el tráfico, y todo iluminado por la luz que venía de la posición más alta del sol y que daba a todo un aspecto diferente. Ella seguía allí, la kioskera, en la penumbra, despachando revistas y periódicos y acompañada, a esas horas, por un anciano deficiente mental –una especie de tonto del pueblo del centro de Oviedo- que se sentaba allí dentro en un taburete y pasaba unas horas con ella charlando sobre Dios sabe qué. Luego yo me mudé a Madrid a acabar la carrera, entre otras muchas cosas –demasiadas-. Al principio regresaba a menudo, cada mes, tenía más que hacer en Oviedo que en Madrid, llegué a la capital totalmente solo, con un pan bajo un brazo. A cada vuelta seguía viendo a la kioskera, enmarcada en revistas y fascículos, con la radio puesta, mirando aburrida a la gente que pasaba por la acera a través de los pocos huecos que las publicaciones dejaban libre en el cristal. Cuando mi vida se fue aposentando en Madrid y, paralelamente, casi todos mis amigos mudándose siguiendo mi camino, dejé de volver tan a menudo. Solo en las vacaciones. Como hago ahora, que ya he terminado muchas de las cosas que había iniciado y me dispongo a comenzar muchas otras. La kioskera sigue ahí, es esa que ya tiene que teñirse las canas -ya no cardadas- y que ha descubierto que las cremas antiarrugas no son la panacea que algunos dicen. Pienso en la cantidad de cosas que he pasado en más de veinte años. Todo lo que he visto. Todos las mudanzas, los cambios de ocupación, incluso de amigos. Y pienso en el horror de pasar veinte años en un metro cuadrado, menos que una celda, parapetada detrás de una montaña de papel, mirando el mundo cambiar día a día en las portadas de los periódicos. Cerrando al anochecer, volviendo bien de mañana. Nada más.

jueves, enero 03, 2008

No tengo nada que decir. No tengo nada que decir. No tengo nada que decir. Tal vez este año se acabe Todo. Tal vez sea el Fin del Mundo. Tal vez se me acaben las cosas que decir. Bueno, puedo decir Feliz Año y todo eso, que todavía no lo he dicho y ya estamos a día 3. Por lo demás no tengo nada más que decir. Podría escribir sobre un tío que no tiene nada sobre lo que escribir. Así empecé yo, hace algunos años. Pensé que era una genialidad pero luego vi ese mismo tema en diferentes libros e incluso en películas. Los famosos Bartlebys y todo eso, los ágrafos trágicos. Además, escribir sobre alguien que no tiene nada que escribir no suele llevar a nada. Al menos a nada bueno. Y al final siempre se te ocurre algo, con lo cual la cosa se desvirtúa. Esto mismo es un claro ejemplo. Lo prodigioso del asunto es que la gente no empieza a escribir porque tenga muchas cosas que expresar. La gente empieza a escribir porque quiere escribir. El tema es secundario, el tema se busca después. Eso es lo de menos. Lo primero es el impulso suicida de asomarse a la página en blanco y luego, cuando uno ya cae fatalmente en el vacío literario preguntarse, al modo leninista: ¿Qué hacer? También están los que se montan un blog porque les ha dejado la novia. Esos, por ejemplo, si que tienen mucho que decir pero, por lo demás, no suelen durar mucho. Yo, últimamente, estoy en un momento de abulia intelectual. Serán las Navidades que me han extenuado. Nada me dice nada, todo me aburre. Hace meses que no escucho música, la prensa musical me es indiferente. Y tengo, cómo decirlo, un sentimiento constante apocalíptico o crepuscular de que todo ha pasado ya.

sábado, diciembre 22, 2007

Nosotros salimos

Salimos como quien ofrece un servicio público. Con la abnegación del funcionario, la hormiguita o el travesti. Salimos siempre y salimos mucho, pero sobretodo, salimos bien. En eso consiste básicamente volver a Oviedo por Navidad, estas son unas fechas entrañables aquí porque toda la juventud emigrada vuelve al nido y se encuentra por los bares. Solemos empezar en la Calleja tomando cerveza para acabar después del Flamin’ dando tumbos en cualquier otro lugar oscuro y sudoroso. Ayer lo pase bien, al principio sonreí algo forzado en el concierto pero al final me derramé por el Oviedo antiguo y en cada bar, en cada esquina, detrás de cada birra había un viejo o nuevo amigo y lo de siempre,ya-ves-cuanto-tiempo-aquí-por-navidad-a-ver-si-nos-llamamos.Estaba contento anoche, celebraba mi reciente admisión in extremis en el selecto Máster de Periodismo de El Pais -ya ven, un astrofísico-, aunque si no me hubiesen cogido hubiera celebrado cualquier otra cosa, porque en la vida hay que estar siempre celebrando y de la muerte, que no es poca, ya hablaremos otra noche. Ya muy tarde me encontré solo, perdido y azorado, y decidí irme a dormir describiendo extrañas trayectorias y arabescos, que ya iba a amanecer. Y hoy Resaca, el pan nuestro de cada día. La Resaca hay que afrontarla con el estoicismo del que se sabe perro viejo, metidito en la cama con un libro de poemas, esquivando los ordenes de mi madre y sus recados intempestivos. Esta noche volveremos a la carga: la sempiterna cena de compañeros del colegio, esos viejos amigos que casi nunca ves pero de los que siempre tienes noticias. Tengo ganas de saber cómo les va, escuchar de sus matrimonios y sus hipotecas y sus hijos, decir alguna extravagancia, recordar los viejos tiempos. Luego, cuando los más tibios se retiren, los demás saldremos, científicamente, como estrictos profesionales, tomando el barrio viejo con oficio de guerrilla, hasta que el cuerpo aguante o se quiebre el cielo. Si no dedicase tanto tiempo a esto tendría una novela o hubiera quemado tres iglesias o fundado un sindicato o estudiado dos carreras o levantado un imperio financiero o trabajado en McDonalds o trabajado en cualquier otra cosa, pero ya ven, yo por lo pronto prefiero esperar a que oscurezca, a que abran los bares, ponerme la chupa y volver a salir.

miércoles, diciembre 19, 2007

Estrené mi sexo
con mi almohada.

La abrazaba con mis piernas
y su cuerpo se amoldaba a mis deseos.

Era blanda, menuda y amable,
olía a suavizante.

Nunca la valoré lo suficiente
mientras estuvimos juntos,
imaginaba que ella era otras mujeres
-compañeras del colegio,
modelos de revista,
la que fuera-,
le era infiel de esta manera.

Comprendí mucho después
que ella era mejor que muchas otras,
aun careciendo de la piel y del aliento,
aun estando rellena de plumas.

Ella fue mi maestra.
Después de hacerlo
apoyaba en ella la cabeza.

viernes, diciembre 14, 2007

Evento

Presentación de la primera novela de Sergio C. Fanjul. Año 2050. Sobre la mesa el voluminoso libro de 1500 páginas. El escaso público está expectante. El editor comprueba el micrófono e inicia el discurso. Habla de las maravillas de la opera prima de tan veterano y underground escritor. Se lamenta de que haya tardado tantos años en regalarnos esta obra sublime que con tanto cariño han editado. Es, sin duda, una soberbia descripción de los últimos años de la historia de este planeta, en la que se recrea fielmente el ambiente tras la Tercera Guerra Mundial y los efectos del Calentamiento Global, con especial cuidado en las pequeña tragedias cotidianas que rodearon a estos hechos vertebradores de la Historia Contemporánea, la historia, con minúsculas, de tantos actores anónimos. Por fin da paso al autor. Aplausos. Sergio C. Fanjul, calvo, orondo y luciendo una luenga barba canosa, toma la palabra. Bueno, (el autor se acaricia lentamente la desértica frente cerrando los ojos, como quien rebusca una profunda reflexión o pone un huevo. Se crea cierta expectación entre los asistentes), bueno (continúa), lo cierto es que a mi estos actos literarios –y convendrán en esto conmigo- siempre me han parecido algo absurdos. Nos traen aquí para que hablemos, como si tuviésemos algo que decir, cuando ya lo hemos echado todo en el libro (levanta con esfuerzo el tocho de 1500 páginas y lo agita como puede). Supongo que es porque los escritores siempre quisimos estrellas del rock pero tuvimos que conformarnos con esto, y esto es lo más parecido a un escenario que pisaremos. Al menos eso me pasa a mí. Yo de joven quería ser una rockstar, y bien sabe Dios que lo intenté, pero ya ven, aquí me tienen y no colgado en los posters de miles de paredes de miles de cuartos de miles de adolescentes. (El autor tose sonoramente y bebe un sorbo de agua). Perdonen. Con la música no tuve éxito en mis bandas juveniles y luego ya no tiene importancia que tengas una esponjonsa melena rubia que menear o rudos complementos de cuero porque eso nadie lo ve, a no ser que salgas en la anecdótica foto de la solapa –si es que hay foto- donde todos los escritores aparecemos sobándonos la cara o fumando, como si fuéramos muy listos. Ellos son jóvenes atormentados y lozanos, hermosos, miren a Jim Morrison o Kurt Cobain, mientras que los escritores somos ancianos pesados vestidos de traje. Aunque bien es cierto que mueren pronto. Eso, miren ustedes, también se lo envidio, que esto de ser viejo la verdad es que me parece una puta mierda (el autor vuelve toser con violencia y recoge su esputo en un pañuelo blanco arrugado). Los rockeros lo tienen más fácil, por muy feos que sean les cuelgas una guitarra y a todas las fans se les caen las bragas. Yo no veo ningún sujetador cruzar el cielo por aquí. No veo a gente saltando, bailando, gritando de excitación, están ustedes aburridos (da una palmada y un espectador de la segunda fila se despierta sobresaltado y se recompone en la silla). Para ligar lo tenemos difícil, tenemos que depurar mucho el estilo, adjetivar bien, controlar la prosodia, las subordinadas. Y cuando consigues ligar, entonces vienen el chasco (sonoro puñetazo en la mesa que hace vibrar al micrófono, aunque difícilmente al libro), ellas piensan que les vas a hablar en verso, que se te van a ocurrir piropos marcianos todo el rato, rebuscadas dedicatorias para los libros que les obligas a leer, todo eso. Y claro, se decepcionan al comprobar que hablamos como todo hijo de vecino. Miren, señores, nosotros escribimos cuando escribimos, en cuartuchos oscuros, en noches de insomnio, borrachos, sin ningún glamour. Si destrozamos una habitación de hotel nos vamos a la ruina para pagar los desperfectos. Y eso que nunca vamos a hoteles, solo a pensiones cuyos cuartos ya están destrozados de antemano. Las putas no vienen a nosotros, tenemos que buscarlas por los callejones y al final son siempre tan feas como baratas. Y la última vez que esnifé cocaína que no fuera tiza machacada todavía no se había inundado Benidorm tras el Cambio Climático. Así que piensen ustedes lo que quieran. Si les interesa el libro, léanlo, yo, en verdad, no se lo recomiendo. Y ahora si tienen alguna pregunta, no pienso respondérsela. Buenas tardes. Se hace el silencio. El editor, visiblemente avergonzado, da las gracias en nombre del Autor y la Editorial. Alguien inicia un tímido aplauso, un par de personas lo siguen, pero la cosa no va a más y el conato se extingue rápidamente.

lunes, diciembre 10, 2007

La palabra calla, duerme pero sigue atenta, solfeo entonces
sobre tu cuerpo, silencio roto, pistones en tu pecho
y cuerdas tensas en tu clavícula y tu cuello,
contrapunto de tu aliento con mi aliento,
armonía de muelles, sábanas revueltas,
sudor y teclas que muerden labios,
la lengua experta, explora, conoce, húmeda, calla,
fusas, semifusas, clave de sol en tu caderas.
La palabra duerme, enmudece, nunca despierta,
solfeo entonces sobre tu cuerpo, acordes que arranco
a la pálida piel, el oído escucha, la boca inútil
sino es para eso, para qué la palabra,
para qué los conceptos:
la música discordante y átona del sexo
retumba entre nuestros cuerpos.

miércoles, diciembre 05, 2007

La ciencia es mentira
y tu cuerpo la geometría curva
en la que sucede el mundo.

Con lengua exploradora
avanzo palmo a palmo,
sondeo, palpo, mido, trato
de entender el mensaje
cifrado de tus pecas,
el significado oculto
que duerme entre tus piernas.

Me voy por la tangente,
adoro más que a Dios
las cavidades cóncavas
de tus clavículas.

viernes, noviembre 30, 2007

SuperLudwig

La otra noche coincidió que vi en la tele, en el concurso de las supermodelos, cómo les hacían a todas un cambio radical de look capilar. Entraban al peluquero con una venda en los ojos y luego descubrían, muy sorprendidas e invariablemente chillando –porque las supermodelos novatas expresan todos sus estados de ánimo con el mismo chillido histérico, más propio de una hiena en celo que de una personita- su nuevo aspecto. Una de ellas, la que más gracia me hizo, se quedó notablemente perpleja y visiblemente indignada: pero yo no quería tener el pelo corto, dijo, yo, luchando por tenerlo largo tantos años y ahora me lo cortan, dijo, y este color..., dijo, y la presentadora: ¿no querías ser una rubia de bote, verdad? ¿Es eso? Ten en cuenta que hay muy pocas rubias naturales. Y entonces ella lloró. Se rompió la presa precaria que contenía sus lágrimas y la chica lloró. Desconsoladamente, como un niño abandonado, como la madre de un desaparecido. No crean, anyway, que yo veo la tele habitualmente, reitero que lo vi por casualidad, porque la gente como yo solo ve en la tele los debates, los documentales y las noticias, y eso si hay suerte ¿Me creen? ¿Eh? ¿Me creen? El caso es que mientras ocurría esta coincidencia cósmica que me hacía presenciar atónito tan bizarro espectáculo, tenía entre mis manos el Tratactus Logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein. Wittgenstein me fascina por varias razones: por su excéntrica biografía, por su estricta filosofía, por ese carácter mítico que hizo que todos los que le conocieron le creyeran el mayor genio de la historia de la filosofía desde el mismísimo Platón; pero sobretodo por esa mirada perdida y lunática que muestra en todas las fotos, como si estuviésemos ante la imagen de un hombre que se hubiera extraviado para siempre en los tortuosos caminos del pensamiento más abstracto y con la mayor vehemencia posible, un psicópata al fin y al cabo, un psicópata de la filosofía analítica que ya estaba más en otro mundo que en este donde vivimos los demás mortales viendo la tele. El Tratactus es una obra que muy pocos comprenden. Yo, claro está, tampoco lo hago, pero a veces paso largos ratos –cuando echan Supermodelo, por ejemplo- hechizado por esas sentencias numeradas cual teoremas y corolarios en las que con un lenguaje parco, preciso y a la vez enrevesado, trata –y consigue, según él- de resolver todos los problemas de la filosofía. A veces encuentro algo de luz en un pasaje, entiendo algo aquí o allá, algo que hace sentido entre la oscuridad de sus sentencias, y entonces siento el vértigo de aproximarme al pensamiento de este hombre arrebatado y genial. El libro, dicen, trata sobre la naturaleza del lenguaje y el autor se topa con la dificultad de analizar el lenguaje con el propio lenguaje y sin poder salirse de él, problema que me recuerda al de entender la mente mediante la propia mente, o al teorema de Gödel del que hablaré más prolijamente otro día o tal vez no. En el texto construye su teoría palmo a palmo, y al final descubre que su razonamiento no sirve: el que haya entendido deberá quedarse con la luz al final del camino y olvidar el propio camino -todo el libro, su único libro en vida-, como alguien que ha subido por una escalera al conocimiento y después se ve instado a tirar la escalera y quedarse allá arriba ya para siempre. Y esto es hermoso y raro y quisiera poder hacerlo, tirar la escalera, quedarme cegado por la luz, allá arriba, conociendo. En la ultima frase declara que ha dicho todo lo que se podía decir del mundo, en esas pocas páginas se contiene todo. Lo demás, que también existe, es inexpresable – se trata del misticismo, la metafísica, lo que no abrazan nuestras tristes palabras- y la frase final reza: de lo que no se puede hablar, mejor callar. Pensé entonces de nuevo en la aprendiza de supermodelo a la que la habían cortado el pelo tan corto después de tantos años de barbecho, en ese horrible tinte de furcia rubia de bote, y me la imagine al final de la escalera de Wittgenstein, haciendo todo el camino y tirando después la escalera, sin marcha atrás ya, pues el pelo no se puede estirar, no se puede sacar del cráneo más de lo que hay –excepto en ciertas muñecas y juguetes de Play Doh- y ese tinte la acompañaría ya quién sabe por cuánto tiempo y sentí pena y horror y dije, aún cuando no había nadie allí, en la penumbra amarilla del salón, para escucharme, dije con voz baja y herida: joder, pobre chavala.

lunes, noviembre 26, 2007


tú querías ser Arthur Rimbaud.
poner color a las vocales.
recibir la bala de Verlaine. arañar con tus dulces zarpas
las almas de la burguesía. y huir con toda la gloria.
a los diecinueve años. con la carne aún blanca
y blanda. y la sensibilidad extenuada.
cagándote en Dios, ciego de absenta y láudano.

tú querías ser Guy Debord.
derrumbar la sociedad como objetivo. destruir
el Espectáculo y hacer de la vida cotidiana una revuelta.
buscar, debajo de cada adoquín, una playa. al final
sentir el hierro negro, frío y pesado contra tu paladar,
apretar entonces el gatillo. a los sesenta y tantos.
arruinado por el alcohol, ya casi muerto.

tú querías ser Johnny Rotten.
Dios Salve a la Reina. en los escenarios
de toda Inglaterra, manifestaciones puritanas
a las puertas de los bares.
me importa un cojón: Sid y Nancy consumidos con la droga
y ningún futuro para nadie. los dientes verdes
y un lugar de honor en la historia del (punk) rock.

querías agarrar la Tierra con los dedos.
hacerla retumbar contra los Cielos.


------------------
En la imagen el Autor - ¿o debería de decir curita?- somnoliento.

jueves, noviembre 22, 2007

Premio!

Pues sí, la semana pasada me concedieron el tercer premio del I Certamen de Relato Corto de Renfe. La ceremonia se celebró en un tren de cercanías vacío en el que los tres ganadores leímos nuestras obrillas y recibimos un dinerito y un diploma de la mano del ínclito Javier Reverte. La cosa tuvo su gracia pues el trayecto cubierto por nuestro extraordinario convoy literario fue Atocha-Príncipe Pío, viaje que dura unos diez minutos si se hace en línea recta, pero que duró casi una hora dada la vuelta completa a la ciudad –por el norte- que dimos. Le comenté jocosamente este hecho a un jerifalte de Renfe en el vino español que se ofreció después, en una disco del centro comercial de Príncipe Pío, cómo siendo de Renfe no se habían dado cuenta que el camino más corto era otro, el barbudo señor no pilló mi ironía y se ofendió un poco, aunque más tarde me regaló un billete para volver a casa (¡). También me regalaron, at least, dos entradas para el Tren de Cervantes, que te lleva a Alcalá de henares de visita turísticas y gastronómica y que va lleno de simpáticos actores vestidos de época. Lo mejor del asunto es que colgarán los relatos en los trenes de cercanías para que los viajeros aburridos se entretengan.

Aquí va el microrrelato que envié y, de oferta, otro que no envié pero que me gusta más.

Delicias-Méndez Álvaro. Duración del viaje dos minutos treinta. En la ventana fábricas abandonadas, naves industriales, bloques de edificios en ladrillo visto, chimeneas. Rachid, 34, obrero de la construcción, se sienta, cansado después del trabajo. Deja su mochila en el suelo, cerca de su pierna. Matilde, 41, secretaria, mira asustada la mochila. Ramón, 67, jubilado, mira alternativamente a Rachid y a esa mochila. Nuria, 24, estudiante de Económicas, desea llegar cuanto antes a la próxima parada. Llegada a Méndez Álvaro. Rachid coge la mochila, se va a casa, le queda otro trasbordo. Matilde, Ramón, Nuria, se sienten un poco tontos.

------------------------------------------


Cruza el tren la ciudad que se deshace lentamente. Él tiene 32 y ella no pasa de los 20. Él ve por la ventana: polígonos, bloques, fábricas abandonadas, ella va a fumar al baño. A la vuelta él y ella se cruzan la mirada. Ella va sentada enfrente, él también, según se mire. Ella juega con su móvil, él la mira de reojo, levanta ella la mirada, él, interceptado, abre el periódico. El tren se para. Ella se baja. Él ve como se aleja. Ella no se da la vuelta. El tren se va, como otras veces.

Salud.

Una foto del Autor leyendo el relato junto al Sr. Reverte aquí, en un diario digital.

lunes, noviembre 19, 2007

Enemigo

Apenas levantan un metro cincuenta del suelo y, sin embargo, ellas son el Enemigo. Los domingos por la tarde pisan fuerte la escalera de la iglesia aferrandose a su bolso mientras rebuscan algo de limosna para los mendigos de la puerta. Son altivas a pesar del cuerpo de botijo, lucen pelo corto y teñido de colores a veces imposibles. Tienen la certeza de estar en lo correcto en todo lo que dicen y en todo lo que piensan, si es que piensan y no solo repiten. A su espalda queda el párroco recogiéndose en la sacristía, orgulloso de todo lo que poco antes sermoneó desde los púlpitos

ayudad a los más desfavorecidos.
amad al prójimo.
echad pasta en el cepillo (y en la máquina automática de velas).


Ellas a su vez adoctrinan a sus nietos con palabras de la Biblia

ofreced la otra mejilla.
lo valioso es dar cuando no tienes, no cuando te sobra.
es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de lo Cielos.

Y los niños, antes de dormir, escuchan atentos y asombrados las vivencias del judío galileo. Y a veces, los más listos, plantean el dilema que ninguna abuela se atreve a resolver: pero abuela, Jesús era un jipi, ¿verdad?, con ese pelo largo y predicando el comunismo.

Los domingos por la tarde van del templo a la confitería como un grupo de gallinas. Toman chocolate y el pastel más caro, tratando de disimular que tienen una pensión de mierda, dando a entender que jamás entrarán en el Reino de los Cielos (al menos no antes que el camello por el ojo de la aguja). Y allí cotorrean sobre Elena, la hija de Paquita, que parece una putilla, sobre Jorge que yo creo que se droga, y los nuevos inquilinos del cuarto que son -seguro- terroristas. Sobre tanto marica que se casa y sobre la desmembración de España. Cada cuatro años dan su voto a la derecha que ya está bien de tanto moro que llega a nuestras tierras.

Ayuda a los desfavorecidos, ama al prójimo como a tí mismo: mentiras al igual que democracia y socialismo. Las viejas que salen de misa, ellas son el Enemigo, que si ahora apareciera Jesucristo les faltaría tiempo para escupir en su camino.

lunes, noviembre 12, 2007

Que era mar y mano al mismo tiempo y me mecía,
más arriba, más abajo, donde no podía tocarme,
donde el dolor, donde la herida que se abre cómo un pétalo
que huele a miel pero es veneno.
Que era muerte y Dios y cielo al mismo tiempo
línea de horizonte e infinito,
huracán y suave brisa,
y yo era escoria, desecho, despojo, desperdicio,
residuo de un hombre suplicante de rodillas,
títere vencido, pelele, marioneta.
Pero a veces me hacía creer que yo era bueno,
que había algo en mí que era valioso,
para luego mostrarme la verdad obscena:
que ella era sucesivamente el mundo
y yo era cada vez menos,
nada más que mugre entre sus dedos.

martes, noviembre 06, 2007

Memoria

Diciembre del 39. Fausto es fusilado. Los cargos: rojo, sedicioso, revolucionario, leal a la República. Al igual que otros miles de personas. En consejos de guerra ilegítimos donde las sentencias ya estaban dictadas de antemano. Franco Franco Franco. En la fachada de los ayuntamientos. El águila, el yugo, las flechas. Un colosal mausoleo para los caídos por Dios y por España. Y una gran cruz de madera. El Cielo estaba de su parte. A Fausto, en cambio, le fusilaron de madrugada. Junto a otros 16 hombres. Contra el muro del cementerio. No hubo Dios que los salvase. Ni misericordia alguna. Aurora, su hija, pudo saber donde se hallaba su cuerpo enterrado. En una fosa común. En una cuneta. En un país cuyas cunetas esconden miles de cuerpos. La vergüenza oculta al borde de las carreteras comarcales. Envuelta en el silencio. Uno de los hombres que cavó la fosa de Fausto, amigo de la familia, le dijo a Aurora dónde yacían sus restos. Cual era el lugar exacto. Al reabrir la fosa se encontraron los cuerpos de todos los hombres. Incluso niños. Sus esqueletos en todo tipo de posturas. Habían sido arrojados sin cuidado. Como escombro. Lo más difícil fue identificar a qué cuerpo correspondía cada hueso. Quién era el dueño de cada costilla. De cada vértebra. Antes de ser fusilado su mujer le preguntó a Fausto cómo le reconocerían. Pues le iban a enterrar en una fosa común. Fausto dijo que se ataría un cordel en el tobillo. Cuando el tiempo eliminase la carne pútrida y el hueso quedase desnudo, aún estaría allí el cordel que le identificaría. Así fue. Un cordel alrededor de un fémur fue la pista que dio con los restos óseos de Fausto. Cuando a Aurora, octogenaria, le fue entregado el cráneo de su padre, ella beso su dentadura. Dijo sentir un gran sosiego. La paz que por fin la embargaba. Abrazando el esqueleto de su padre. Setenta años después.

miércoles, octubre 31, 2007

Mudanza. Último día.

Perfecto material de la nostalgia,
guardar la casa en las cajas,
moverme a otro sitio,
tirar a la basura las cosas que olvidasteis,
recordar lo que queda dormido
entre estas cuatro paredes
que pintamos en rojo
cuando llegamos aquí.

Mañana otros vivirán en este sitio,
el tiempo cubrirá todas las cosas
como una fina capa de ceniza,
se disolverán en la memoria las palabras
que dijimos tantas noches,
las fiestas aberrantes,
lo mal que a veces lo pasamos,
todo aquello.

Todavía queda mucho por hacer,
arreglar una persiana,
fregar muy bien los suelos,
devolver cuatro juegos de llaves
que vosotros usasteis
cuando llamabais a esto hogar,
y ahora queda vacío.

Tal vez algún día encuentren
una foto nuestra extraviada bajo un mueble
y se pregunten quien era aquella gente
con la mirada colmada de futuro.

Lo mismo nos preguntaremos entonces
cuando el paso de los años
nos haya hecho irreconocibles
incluso ante nosotros mismos,
y nada de este piso parezca ya
pertenecer a nuestras vidas,
tan familiar y tan lejano,
tan extraño, al fin y al cabo.

viernes, octubre 26, 2007

Yo viví con un bakala

Decía llamarse Ángel aunque de angélico resultó no tener nada. Lo que más me sorprendió el día de su primera visita, además de su gran estatura y extrema delgadez, su labio colgante y su mirada estúpida, fue la soltura con la que se sentó en nuestra sala de estar a fumarse mis Luckys y a explicarnos, con una minuciosidad que rayaba en lo exasperante, su cometido como informático en ING Direct. Después de comentarnos cada uno de los impresos que rellenaba, de las conexiones que realizaba con otras secciones de la empresa, su horario de cada día, étc, pareció quejarse de tener taponada una fosa nasal. Qué te pasa en la nariz, le preguntamos, nada, nada, una movida, respondió misteriosamente. Enseguida me imaginé el trasiego de sustancias ilegales al que debía someter a su órgano olfativo o esnifante. Él no se hizo de rogar y explicó, sin que nadie insistiera en la demanda de explicación, que hace unos meses en el parking de la tristemente célebre (por su bakalao) discoteca Radikal, un tipo que se cruzaba en su camino había murmurado algo a sus dos jóvenes acompañantes. Cuando Ángel les preguntó que había dicho aquel tipo, las presuntas Juanis respondieron: ¡nos ha llamado putas! Cuando Ángel se volvió heroicamente, ciego de ira (y otras cosas) y ávido de venganza, deseoso de restituir el honor de las ofendidas doncellas, el murmurador, que se encontraba a su espalda le propinó un crochet a la nariz que le produjo la fisura craneal que ahora le atormentaba. No pude hacer nada, se lamentó Ángel, y eso que soy cinturón negro de taekwondo. Lo peor es que no podré cumplir por el momento mi sueño. ¿Qué sueño?, repusimos. Entrar en el Cuerpo. En el Cuerpo de la Guardia Civil.

A semejante pájaro le escogimos como compañero de piso, para ocupar la habitación que quedaba libre. Rocío y yo nos negamos de plano, pero Ale nos acabó convenciendo (cosa que, si estás leyendo esto, Ale, nunca te perdonaremos) de que no era tan mal tipo, de que al menos era fiestero y de que, sobretodo, necesitábamos el dinero del alquiler urgentemente. En la bizarra convivencia con Ángel pudimos ver sus chándales rosas, sus continuas pérdidas de trabajo como informático para acabar descargando fruta en Mercamadrid durante la noche, esas ojeras después de currar de madrugada que le asemejaban al mismísimo Batman, los robos de ordenadores portátiles a las empresas en la que tuvieron la mala idea de contratarle y hasta la sustracción de teléfonos móviles a compañeros de curro que no le caían en gracia. Su tatuaje de un idiograma japonés en todo el cuello cambiaba de significado cada día y la que en principio presentó como su novia, resultó ser la novia de un amigo a la que se cepillaba. También sufrimos su etapa de DJ de poca monta, los temazos de bakalao con cantadita que se marcaba durante las horas de plácida sobremesa, y sus continuos retrasos en el pago de facturas y alquileres. Aún así Ángel vivía la tragedia de desear ser un hombre fiable, un hombre de verdad, cuando no era más que un tirado. Por eso le gustaba hablar con propiedad, como si fuera un hombre culto, aunque leer, como decía él, lo que es leer, no leía mucho. En ocasiones, cuando llamaba a las empresas buscando trabajo soltaba expresiones como: “aún no barajo esa franja de horarios” o “me considero efectivo y polivalente”. Nada más lejos de la realidad. La mañana que fui a su cuarto a cobrarle el último mes de alquiler había desaparecido con las pocas cosas que almacenaba en una esquina de su sucia caverna. Se había fugado en mitad de la noche, en nuestras narices, dejando tan solo unos asquerosos zapatos que se solía poner cuando quería ser elegante, cosa que nunca consiguió, y mucho menos en su huida.

Que te vaya bien, neng, o al menos un poco mejor. Pero no mucho.

martes, octubre 23, 2007

Otoño revisited

Este otoño, este otoño pútrido y mecánico,
me siento colilla, escupitajo, calamar,
absurda figurita de Lladró.
Y vendréis hablando del romanticismo del otoño,
enfundarse un abrigo rojo, la bufanda, la boina
puesta de lado y caminar por el Retiro
arrastrando la hojarasca ocre a cada paso.
Y yo me levanto y digo No:
que se quiebre el cielo y pase la luz,
que brote un tímida primavera en cada cuerpo.
Que extiendan terrazas en mi pecho.

viernes, octubre 19, 2007

Nucleosíntesis

Todos los elementos de la tabla periódica que hoy en día conocemos y que conforman el mundo fueron formados de dos maneras: primero el hidrógeno y el helio –aunque también algo de litio, boro y magnesio-, los átomos más simples y fundamentales –con número atómico más bajo-, fueron creados, según el modelo aceptado de la Teoría del Big Bang, durante las primeras etapas de vida del Universo, en la llamada Nucleosíntesis Primordial. Posteriormente y después de la condensación de la materia en estrellas, las grandes temperaturas alcanzadas en el núcleo de éstas en virtud a las fuertes compresiones gravitatorias propiciaron las reacciones nucleares de fusión necesarias para la formación de elementos más masivos. Finalmente, en procesos más violentos y energéticos como la explosión de las supernovas, se formaron los elementos pesados. Se trata de la Nucleosíntesis Estelar. Todos estos elementos pasaron a formar parte de la composición de nuevas generaciones de estrellas y de todos los demás objetos del Universo, incluidos nuestros propios cuerpos.

Sus átomos, señora, fueron creados en el interior de una estrella.

jueves, octubre 11, 2007

El tiempo y tal

La otra tarde, en la presentación de la antología Tic-Tac, Relatos y poemas contra el tiempo (Atlantis, 2007), el amigo y vecino Guillermo Aguirre y otros jóvenes autores participantes charlaron animadamente sobre el tiempo sin llegar a ninguna conclusión, como es lógico, pero haciéndonos pasar un buen rato. Yo recordé las palabras de Leibniz o de Kierkegaard (no lo tengo claro ahora): el tiempo: si no me lo preguntas se lo que es, si me lo preguntas, lo ignoro. Volví a pensar a raíz de aquello en el tiempo cíclico y el tiempo lineal, y recordé el encargo más extraño que nunca he escrito: la presentación de una ponencia en un congreso de cirugía maxilofacial que me encargó un cirujano. Quería que escribiera sobre la importancia del conocimiento de la historia de la ciencia para consolidar el progreso o algo así, yo, en cambio, le solté un bizarrísimo texto donde se mencionaba a dioses hindúes, presocráticos, consideraciones relativistas einstenianas e incluso a los ideólogos de la Revolución Francesa. El tema que se destilaba de tal maremagnum era la contraposición entre concepciones lineales y circulares del tiempo. El tipo se quedó algo perplejo y en principió descartó utilizarlo, finalmente, según informaciones que se han filtrado, lo leyó palabra por palabra, colando así mi creación en un lugar donde jamás imaginé que tendría cabida.

Que la repetición, la circularidad es lo que hace patente la naturaleza del tiempo es claro. Así gira la tierra cada año alrededor del Sol y cada día rota en torno a su eje, así pasan y vuelven las estaciones, las vueltas ciclistas, los gobiernos socialistas, las guerras y mis periódicas visitas a Asturias. Oviedo otoñea muy bien, con su parquecito ocre, su cielo plomizo y la flema asturiana, y mamá me comunica a la llegada que tiene una sorpresa: ha comprado dos lubricantes. ¿Dos lubricantes?, repongo asustado, sí, dos lubricantes, confirma mamá, ¿lubricantes del coche o lubricantes vaginales?, pregunto yo, lubricantes, hijo, como las langostas; entonces mamá cae en la cuenta que los bichejos que guarda en la cocina son en realidad bogavantes, y después se ríe, vaya lapsus. Nos acercamos a verlos, mamá los saca de la nevera y los pone sobre la vitrocerámica. Ojalá estén muertos, dice, pero no están muertos, todavía hacen agónicos movimientos sobre la encimera. Nos quedamos los dos un buen rato observando las patas de los bogavantes, moviéndose muy lentas, la espuma que uno de ellos escupe, y yo me pregunto cómo dos animales tan feos, cómo dos pequeños monstruos con enormes pinzas atadas pueden conmoverme de tal manera y producirme tal ternura, cómo es que siento tanta angustia al imaginar a los lubricantes finalmente sumergidos en agua hirviendo. Mamá, sin apartar la mirada de los mariscos dice, no sé qué será peor si agonizar de esta manera o morir en un momento escaldados en la olla. Y todavía nos quedamos un buen rato más mirando, en silencio, fascinados por la vida que se acaba lentamente, hipnotizados ante la muerte que acontece ahí delante, en la cocina.

sábado, octubre 06, 2007

He aquí la mano trémula del insomne,
la que trata de abarcar la vida, romper el muro, saltar la valla,
cavar el túnel que escapa horadando la tierra y sale a la luz
si es que esa luz existe. He aquí al hombre asustado,
su verbo indeciso, la voluntad endeble, el inútil timonel
de un barco a la deriva que es un hombre, que encalla
en cada playa atraído, ebrio, por los cantos de sirena.
Y por favor que haya esa luz, que exista y sea cálida,
que ilumine al menos el final del camino,
la meta extraña, el muro, la llegada
después del hambre y la sed,
el puerto donde atracamos para olvidar el sudor,
que nos digan cuando vamos a llegar,
si es que llegamos algún día
y es tal y como creíamos.

lunes, octubre 01, 2007

Bestiario

Decía que había escrito una manada de libros sobre animales: algunos trataban sobre perros y gatos, animales, por otra parte, de lo más cotidiano, pero decía también -y cuando decía esto se reclinaba orgulloso sobre la silla entrelazando sus dedos detrás de la nuca- que había publicado extensos tomos sobre animales de lo más exótico, habitantes de regiones lejanas desconocidas para nosotros, como el oso polar, el ñandú o el ornitorrinco, uno de sus preferidos. Incluso, decía, había escrito sesudos tratados sobre animales míticos e inexistentes, como el catoblepas, con cuerpo de búfalo y cabeza de cerdo, o el basilisco, que fulminaba a cualquier osado que le mantuviese la mirada. Viajaba en un barco velero en busca de nuevos animales en regiones ignotas o en el interior de mentes bárbaras, y se consideraba, en su soberbia, un discípulo aventajado de Charles Darwin, al que le había copiado, sin duda, una larga y enmarañada barba blanca. Un día anunció su marcha: viajaría de nuevo en su barquito, cual Darwin a bordo del Beagle, en pos de las pocas criaturas que aún le faltaban en su biblioteca de bestias. Fuimos todos a despedirle al puerto, con una mezcla de pena y alivio, y le ayudamos a cargar sus cientos de obras en la bodega de la nave. Le deseamos suerte y el barco desapareció, tras un rato, en la línea del horizonte.

Del naufragio nos enteramos a los pocos días. El hecho de que los libros salieran a flote formando en la superficie del océano una gran mancha blanca de pasta de papel ayudó a la localización del barco y en las labores de rescate. Desgraciadamente nadie halló su cuerpo ni su luenga barba. El arca se había hundido y él, como un Noé a la inversa, se había perdido para no volver en las profundidades azules, tal vez atraído por los peces abisales.

miércoles, septiembre 26, 2007

Cicatriz



estaba tan furioso y ni siquiera recuerdo el motivo recuerdo en cambio el cristal rompiéndose alrededor de mi mano el ruido del cristal haciéndose pedazos y cayendo al suelo el dedo abierto las gotas de sangre espesa y roja sobre el parquet su cara de espanto corrí a la habitación sujetándome la mano dejando un reguero de sangre a mi paso el corte era profundo en el dedo meñique tanto que se me veía el hueso llamé a Marta nervioso le conté lo del cristal de la puerta le conté que me embargó la ira y solo pude golpear la puerta sin pensar le conté que me estaba viendo un hueso por primera vez una falange que era verdad que había huesos ahí dentro vertebrando los cuerpos mamá estaba fuera del cuarto me hablaba me ofrecía ayuda pero yo tenía mi orgullo atravesado en la garganta le decía que se fuese que no quería saber nada Marta me dijo desde el otro lado del teléfono que cediese que me dejase llevar al médico finalmente salí mamá se puso el abrigo me abrazó me miró el dedo mamá ya solo se preocupaba por mi corte había olvidado todo lo demás la discusión el motivo de la discusión había limpiado mi sangre del suelo con un paño de cocina me llevó al ambulatorio a dos calles de casa era de madrugada estaba vacío era un día laborable reinaba el silencio allí un médico calvo gordo simpático adormilado me cosió sabiamente la herida tras atender a un gitano borracho que tenía hepatitis o eso decía

aún se adivinan los puntos sobre mi dedo tres siglos después

aunque sane la herida queda siempre la cicatriz




---------------------

el montaje fotográfico con el autor perplejo por cuadruplicado es cortesía de la ínclita Esther a.k.a. La Nini.

sábado, septiembre 22, 2007

Me pones punk, punk, punk,
cuando te miro y tú miras al techo o al cielo,
me pones punk y me lo juego a suertes,
si sale cara tomo tu cara
y sello tus labios con mis labios,
si sale cruz hacemos un juego:
yo me tumbo en la cruz,
tú me clavas los clavos.

No hay nada que aprecie
más en ti que el desprecio,
ese muro aviva el deseo.


---------------------------
Esta semana Txe Peligro en DULCE ARSÉNICO:
http://dulcearsenico.blogspot.com

Y además, Txe Peligro galardonado con el prestigioso tercer premio "María Giralt de Relato Corto"

Weah!

miércoles, septiembre 19, 2007

Y cuando duerme se oxida su cuerpo, pero no solo eso,
también la cama, la sábana, el suelo, las paredes, la ventana,
la luz, la esperanza, el espinazo de la noche, la mañana.
Y al fin despierta y su mirada neonata extrae de nuevo la belleza
de allí donde se posa, y va mirando el mundo somnolienta
y el mundo se descubre ante ella, paso a paso, parte a parte,
trozo a trozo deja el sueño, cobra entidad de nuevo todo,
el cielo se despliega, la tierra se hace sólida y caliente,
se disuelve la herrumbre allí donde ella mira.

Ya es de día,
todo suena y todo vibra.


-------------------------------
esta semana Txe Peligro en DULCE ARSÉNICO: http://www.dulcearsenico.blogspot.com

lunes, septiembre 17, 2007

Falta el aliento cuando se vive a la carrera,
entre el atentado y la fiesta, desde la guerra
a las páginas del libro donde algún día dormirán
estos poemas, falta el aliento y no basta el latido
de un pulmón para suplir de aire a esta hoguera.
Cre-pi-to, me consumo, y he aquí una brutal
metáfora de esta opresión: un yunque sobre el pecho,
y más abajo, las chispas que desprenden dos cuchillos
que se cruzan en mi vientre demandando ansiolíticos.
Lexatin, Orfidal, la paz química se impone suavemente
en el sistema nervioso desbocado, se doman los caballos
en la entraña de la mente que tantas veces
se convierte en ese cuerpo al que le falta el aliento,
que vive a la carrera, y se queda exhausto,
sin resuello.


---------------------
esta semana Txe Peligro en DULCE ARSÉNICO: http://www.dulcearsenico.blogspot.com

miércoles, septiembre 12, 2007

Ale ya no vive aquí


Ojalá nunca nos viéramos movidos a la poética de la pérdida, pero todo ojalá implica precisamente su opuesto, así es que Ale nos deja, se va. Ale, gran amiga desde hace cuatro años, compañera de piso desde hace dos, se muda a Sevilla en busca de una vida mejor. Los motivos: un sueldo mastodóntico, un trabajo mejor y, a qué negarlo, una triste situación en todos los ámbitos durante sus últimos meses en la capital. Quiero a Ale como a una hermana que nunca tuve, mi amor por ella es calmado y físico, visceral y telúrico, como el que uno siente por una parte de su propio cuerpo. Así que su marcha me hace sentir como si me arrancaran una pierna, un brazo o cualquier órgano vital, el hígado, por ejemplo, o un puñado de tierra del pecho. No quiero caer en el lirismo fácil de la nostalgia desbocada, pero su marcha me ha hecho recordar estos cuatro años de ese grupo explosivo y hedonista que se formó allá por el 2003 y que se ha ido disolviendo poco a poco. Fuimos gente anónima y perdida en la ciudad que se encontró en nocturnas casualidades cósmicas y formó un comando, unido por sus tendencias estéticas, sus adicciones y aficiones, una familia de descastados. Acabamos conviviendo en las mismas casas, en los mismos barrios. Pero somos ya muy pocos de aquellos, aunque hayan ido llegando más. Los que quedamos de aquella camada, de aquella generación ya casi extinta, albergamos el sentimiento de supervivientes o de náufragos. Un sabor de fin de fiesta al fondo de la boca.

Suerte.

viernes, septiembre 07, 2007

Algunas reflexiones sobre la sociedad de mercado o El capitalismo me robó la virginidad

1. Los creativos publicitarios de Burger King parecen tener en muy poca estima la capacidad intelectual de las clases trabajadoras; así, en las puertas de algunos establecimientos se puede ver un anuncio de reclutamiento donde se pretende enmascarar, bajo un simpático juego de palabras, una ironía lacerante. El cartel de marras muestra el logo de la empresa, una foto al más puro estilo United Colors of Benneton en la que posan alegres un grupo multirracial de trabajadores, cada uno con su gorrita, y debajo de esto el devastador lema: “Buscamos a gente que quiera comerse el mundo”.

2. Los Lazy Beggars son unos mendigos que ustedes conocerán si se mueven por Madrid en invierno, en Caños de Meca en verano, además de otra miríada de lugares del mundo. Son esa estrambótica pareja que inventaron eso de poner varios tupperwares en el suelo cada uno con una leyenda: “para comida”, “para birra”, “para cocaína”, “para resaca”. “Al menos somos sinceros”, es su leiv motiv. Los Lazy Beggars son el primer grupo de pedigüeños que han adoptado técnicas de publicidad y marketing, aunque algo toscas, y, de hecho, disponen de una página web donde explican sus motivos, sus biografías y sus movimientos por el ancho mundo, además de una extensa galería de fotos donde posan con alguno de sus benefactores anónimos. Según se puede leer en el sitio web la máxima de su precaria filosofía es “ofrecemos más que los otros, cambiamos limosna por provocar una sonrisa”. Juzguen ustedes.

3. De niño pasaba algunos sábados con mi tía, cuando mi madre salía. La ruta era la siguiente: misa, corteinglés, macdonalds. Después de soportar el tedio que le supone a un niño la eucaristía mi tía me daba un largo paseo por todas las secciones del centro comercial. Primero yo la acompañaba mientras ella veía todas las cosas que le interesaban y luego ella me recompensaba con un juguete de la última planta. Así me pagaba por el tedioso tiempo en la iglesia y en la sección de ropa de mujer madura y relojes lujosos. Por si no fuera suficiente, luego, para extasiarme, me convidaba a un Happy Meal en el fast food del payaso siniestro, con lo cual yo me sentía doblemente recompensado. Era feliz, créanme.

4 . Pero todavía queda la esperanza, puede haber aún un revulsivo que trastoque las cosas para siempre y las ponga del revés. No sé si ustedes se han fijado, pero antes, en los lugares donde se despacha en varios puntos, véase cines, restaurantes de comida rápida, oficinas de correo, los clientes solían formar una cola delante de cada uno se esos puntos, de modo que, en virtud de la Ley de Murphy, uno siempre se ponía en la cola que avanzaba más lento. Pero ahora, tras algunos años, la gente ha decidido espontáneamente formar una única cola que se distribuye entre todas las taquillas o cajas, avanzando más rápido e igual para todos. Es un proceso de autoorganización similar a los que ocurren en la base de la biología y que se ha llevado a cabo durante un tiempo propio de los procesos evolutivos o geológicos. Un detalle que le hace a uno creer de nuevo, al menos por un momento, en el ser humano y albergar una pizca de esperanza en una sociedad autogestionada e igualitaria. Que así sea. Salud.

miércoles, septiembre 05, 2007

Momentos de la vida del artista

Que ya es hora de hablar de uno mismo.

A veces ocurre: uno sale de unos líos para meterse en otros, ya ven, mi agosto en Oviedo fue caótico y bombástico, y durante las últimas jornadas casi desfallezco inmerso como estaba en una vorágine de nocturnidad, estudio y todo tipo de angustias y ansiedades. En mi primera jornada de vuelta Madrid tuve el examen de Atmósferas Estelares, la asignatura más pétrea de la especialidad de Astrofísica. Creo que nunca había sufrido tanto con la preparación de un examen pero finalmente me sorprendí a mí mismo haciendo la prueba mucho mejor de lo que esperaba; todavía está por ver si la profesora, una de las más duras corrigiendo y con la que ya tuve muchos tormentos en otras ocasiones, piensa la mismo. Después del examen, y por motivos personales de los que prefiero no hablar, volví a chapotear en viejos fangos que ya deberían estar resecos y olvidados pero que inopinadamente han vuelto a escena. Una de las cosas que más me desespera es la imposibilidad de la comunicación entre las personas y no tanto porque el lenguaje sea defectuoso, que lo es, sino por las pocas ganas que tenemos unos y otros de entender nada de lo que ocurre y por la forma en la que vivimos instalados en la subjetividad, que al final es la única realidad que existe últimamente. Al final tuvo solución, no teman.

Ahora lo que me queda este mes es acabar la carrera en cuatro incómodos pasos, los cuatro exámenes que trufan mi futuro hasta finales de septiembre, cuando llega el abismo. Vuelvo a sentarme en bibliotecas repletas de estudiantes y compruebo desesperado que ellos son cada vez más jóvenes y yo cada vez menos, y rezo secretamente para que ésta sea ya la última convocatoria de mi vida, que ya me vale. Cuando coges años compruebas, algo horrorizado, que los hechos más nimios son agudos cinceles que perfilan la estima hacia uno mismo; y se ve uno azorado y ansioso por los acontecimientos futuros, por las puertas que habrán de cerrarse para que la existencia transcurra por caminos unívocos y rectilíneos hasta configurarse esa rutina ignominiosa que debe de ser lo que llaman vida adulta. Propongo una vida múltiple y expansiva. Y que no llegue el otoño, que da miedo.

domingo, septiembre 02, 2007

Tres amigos

Yo penetraba su vagina y tú le introducías al mismo tiempo tu miembro erecto por el culo; allí, dentro de ella, y a través del trozo de carne que separa el coño del recto, sentía el roce de tu verga, como dos espadachines cruzando sus espadas. Ella gemía, gritaba, farfullaba obscenidades y parecía poseída por todos los demonios del vicio sodomita, hasta que llegaba Juan y la dejaba muda en un instante con lo suyo. Era hermoso aquel silencio y era hermoso aquel amor.