miércoles, abril 13, 2011

Las simpáticas cabritillas y la bohemia



Abajo están los Fraguels. Siempre.

Nos mudamos a la Plaza de San Miguel, aledaña a la Plaza Mayor, hace casi un mes. Para quien no conozca el centro de Madrid (¿acaso existe algo fuera del centro de Madrid?), diré que en la Plaza de San Miguel, donde ahora, hace casi un mes, vivimos, está el Mercado de San Miguel. El Mercado de San Miguel, con su arquitectura modernista, era antes un mercado de abastos tradicional, donde uno podía comprar vegetales, carne o pescado a buen precio, en un ambiente castizo y popular, algo destartalado. Ahora, en el Mercado de San Miguel se puede comprar vegetales, carne o pescado, pero por un precio centuplicado. Lo que más se vende, sin embargo, son ostras y champán. Porque ahora, el Mercado de San Miguel, es un mercado delicatessen y no un mercado de abastos tradicional, y en vez de señoras con carritos estampados a cuadros y señores enjutos acodados a la barra del bar con un mondadientes asomando entre los labios, hay turistas, y pijos, y turistas pijos. Cuando bajo cada mañana les veo el culo, están en el mercado bebiendo vino y comiendo jamón caro, en un eterno aperitivo ajeno al discurrir del tiempo. Al anochecer toman ostras y champán como si el mundo fuese una fiesta. Este fenómeno urbanístico es lo que se llama gentrificación, pero de eso ya hablaremos, queridos amigos, otro día.

Los pijos, los turistas, los turistas pijos, no son los Fraguel. Los Fraguel son una banda de homeless borrachos que se pasan el día bebiendo cerveza y bricks de vino barato en los aledaños del Mercado de San Miguel, tratando de sacarle algo a los distinguidos clientes. Luego se lo beben todo y lo mean alrededor de mi portal, que siempre huele a pis con solera. Están siempre ahí, de cháchara, con bolsas de viaje, arrugas negras, chupas de cuero, muletas. Obviamente, me siento más cerca ideológicamente de los Fraguels que de los gentrificadores, aunque aún no hemos trabado verdadera amistad más allá del "no, no tengo suelto".

El otro día me tocó cubrir para mi periódico una cosa que se llama La Ruta de Max Estrella. Para quien no lo sepa, se trata de un recorrido nocturno por los lugares en los que se desarrolla Luces de Bohemia, de Don Ramón María del Valle Inclán. En cada parada, un personaje de la cultura, escritor, poeta, dramaturgo, fotógrafo, actor, o lo que sea, se sube a una precaria escalerilla y da un breve discurso sobre la importancia de la bohemia, de la vida marginal, de la poesía, del anarquismo de Mateo Morral, que desde un balcón de la cercana calle Mayor atentó contra Alfonso XIII el día de su boda lanzándole un ramo con una bomba dentro. El caso es que una de las paradas es la Plaza de San Miguel, y allí paramos. El catedrático de turno se subió a la escalerilla empezó a hablar, rodeado de unas 300 personas expectantes. Entonces, uno de los Fraguels, uno con muletas que no falla nunca, se levantó de su mugriento portal y gritó “¡Maricón!”, “¡Maricón, vete con San Judas Tadeo!”. Así todo el rato. Mucha gente del público se ofendió y le mandó callar. No se daban cuenta de que ese Fraguel, todos los Fraguels, son los verdaderos bohemios de hoy en día, el Max Estrella de la obra de Valle que veníamos a homenajear. Qué bonita es la bohemia vista desde la butaca de un teatro, qué poco nos gusta cuando se mea en nuestros portales. Yo, por supuesto, estaba mucho más cerca ideológicamente de aquel Fraguel que del catedrático que arengaba a las masas desde su improvisado púlpito.

Y luego están las simpáticas cabritillas. El centro de Madrid es un zoo humano y una de las piezas más notorias son las cabritillas psicodélicas que están en Plaza Mayor. ¿A quién se le habrá ocurrido tales personajes? Con su simpleza e ingenuidad se ganan el corazón de los viandantes que les dan monedas solo por abrir y cerrar la boca frenéticamente, acompañando la gracia con movimientos espasmódicos. Descubrí, para mi sorpresa, que dentro de estos entrañables seres del mundo de la fantasía, se esconden unas gitanas muy pequeñas y muy feas, muy arrugadas y despeinadas, que parecen estar siempre de muy mala hostia. Dan un poco de miedo. Quién lo iba a decir, ese salto del exterior fantabuloso a la sucia y triste realidad de esas tipejas. Yo, por supuesto, estoy más cerca ideológicamente de la simpática cabritilla que de la horrenda mujer que lleva dentro. Pues así, con todo.

miércoles, marzo 30, 2011

Hay un hombre en España que lo hace todo


Ha venido la casera con el Señor Enrique. El Señor Enrique es un peruano de 52 años que se sube a una silla y te arregla la lámpara, y se sube a otra y te arregla los estores, y se sube a otra y arregla las puertas de los pequeños armarios, y cuando se baja arregla la cisterna y cuando se agacha arregla los zócalos e intercepta alguna hermosa pelusa como un diente de león grisáceo. El Señor Enrique arregla lo que sea allí donde le pongas. Si le pones en medio de la calzada, empieza a dirigir el tráfico. Si le pones en un parque, recoge las hojas secas y arranca las malas hierbas. Si le pones frente al horno, te prepara un soufflé.

Le senté conmigo en el sofá y el Señor Enrique me preguntó por mis problemas.
- No tengo trabajo, ni dinero, ni esperanza – le dije.
El Señor Enrique me prestó 50 euros, hizo un par de llamadas y me consiguió un buen puesto como abogado de una empresa de import-export, y eso que nunca he estudiado Derecho. Luego, el Señor Enrique, me dio un abrazo. Fue como si me abrazara un árbol.

Me dice la casera que conoce hace tiempo al Señor Enrique. Me lo dice muy bajito, al oído, mientras el Señor Enrique riega las plantas de la terraza, porque nadie debe saber la verdad sobre el Señor Enrique. En realidad, me dice la casera, el Señor Enrique, bajo esa apariencia inofensiva y servicial, es quien mantiene a flote a la humanidad en contra de su propia tendencia a autodestruirse.

Cuando hay crisis aérea, lleva al Señor Enrique al aeropuerto y el Señor Enrique toma los mandos, él solo, de la torre de control. Cuando un petrolero naufraga, el Señor Enrique, en bañador, corre a tapar las fisuras por las que se escapa el crudo. El Señor Enrique, los jueves por la tarde, realiza operaciones secretas contra las redes mundiales de la Camorra. Los viernes, de 11 a 12, se va al Banco de España a ver cómo va el asunto de las Cajas de Ahorro. Últimamente anda muy ocupado orquestando el ataque a Gadafi, porque el Señor Enrique no quiere que haya víctimas civiles, ni que se encone el conflicto, ni que sea un nuevo Irak, por eso Obama dice lo que dice, porque se lo ha dicho el Señor Enrique (aunque Obama siempre negará tal extremo). El otro día en Bengassi, mientras, como incógnito, inspeccionaba la situación libia sobre el terreno, el Señor Enrique le desatascó la bañera a una señora y le puso unas baldas en casa a uno de los sublevados. Y luego se fue a Japón, por eso el Señor Enrique ahora luce un extraño brillo verdoso. Ojalá el Señor Enrique tuviera más tiempo o más manos o algún hermano para acabar con la crisis, para cambiar el mundo, me dice la casera cuando el Señor Enrique entra de la terraza con una maceta entre las manos.

- Lo que tienen los pisos de alquiler, señora, es que se van los chiquitos y no arreglan nada - dice el Señor Enrique sonriente mientras se lava las manos en el fregadero.

La casera y yo nos miramos con complicidad, porque entendemos sus metáforas.

sábado, marzo 26, 2011

Sí a la birra



Los que vivimos cerca de la Puerta del Sol, además de ser los más guapos de España, tenemos la oportunidad de comprobar casi diariamente las bondades de la Democracia (¡viva!) en ese manifestódromo que es la plaza. Colectivos de todo pelaje toman la calle para hacer oír, con desigual fortuna, sus reivindicaciones: los sindicatos, los partidarios de la memoria histórica, los guineanos opositores de Obiang, el personal sanitario de los hospitales públicos, en fin, de todo, además de los predicadores protestantes ultraconservadores (y conversadores), los chaperos y las guapas carteristas.

Ayer vinieron los pro vida, qué maravilla, para darle el SÍ a la vida. A mí todo esto me parece muy raro, decir SÍ a la vida es como decir SÍ al sol, o al amanecer, o al viento. Es algo que está ahí sobre lo que no habría que pronunciarse así, en general. Sí a la fotosíntesis. Sí a la glucólisis anaeróbica. Viva la vida y arriba el amor. En fin, vale, yo también digo SÍ a la vida.

Lo que estos señores quieren decir, hablando en plata, es que están en contra del aborto, la eutanasia y demás cosas del Demonio. Pero resulta perverso su SÍ a la vida, porque así, en este planteamiento ladino, da la impresión de que quién no está de acuerdo con ellos (por ejemplo, este su humilde blog) dice NO a la vida, y SÍ a la muerte, osea que es un psicópata peligroso. Y no es el caso. El aborto y la eutanasia son cosas bastante trágicas para todos los que se ven envueltos en ellos, así que, ojito pro vidas, y cuidado con este asunto.

Los pro vida, gente sana, dijeron que en España se había instalado la Cultura de la Muerte (también otros nos asustan con la muerte de la cultura, por cierto). Luego subieron a una niña discapacitada mental (el lozano presentador dijo que tenía síndrome de Down, pero se columpió, de lo buen rollero que era), que respondía al nombre de Angelines, para darle las gracias a su madre por tenerla. “Gracias mamá por tenerme”. Qué manipulación más entrañable, lágrimas, abrazos, suspiros. Y luego una exaltada se acercó y le dijo “viva la madre que te parió”. Risas, orgullo, picardía. Luego un niño también quiso hablar (la cosa empezaba a parecerse a un sainete) y dijo que “viva la vida con salud y alegría”. Ovación. La cosa terminó con el lozano presentador levantando el puño en plan Operación Triunfo después de la lectura de un tendencioso manifiesto. Y, hala, todos a casa que hay que darle el potito a los críos.

Pero bueno, lo que yo quería decir es SÍ a la Birra. Esto sí es una causa a reivindicar. Empieza el buen tiempo y, como todos los años, la temporada de Fresh Bankin’ (bueno, también lo practicamos temblorosos en el frío invernal, pero da igual). Este año, con el Advenimiento de la Ley del Tabaco (por cierto ¿cómo es que había pro vidas fumando? ¿no mata el tabaco? ¿SÍ o NO al tabaco, pro vidas?) esperamos que nuestro libérrimo movimiento ciudadano llegué a más sectores de la población. Arriba una imagen de una de las primeras sesiones, en una zona de Lavapiés que parece Nápoles. Parece también un Caravaggio con ese claroscuro tenebrista. Noten las posturas de los personajes: eso es VIDA.

miércoles, marzo 23, 2011

Mi puta vida (feat. Esther Minia)


Me dejé la grabadora dos horas abierta por error después de una entrevista-comilona, de esas en las que luego la gente ve lo que comisteis en la última página de un periódico y siente envidia, sana o cochina, ad libitum. Lo que se produjo es un prodigio, un hallazgo.

Se oyen mis pasos, mis toses, mi conversación con el chino (un litro de cerveza, por favor, glasias), mi puta vida. Es extraño: la mayor parte de la existencia transcurre en silencio. No te das cuenta porque estas pensando, hablando contigo mismo. Ese run run de la mente que nunca calla (Nota: apuntate a meditacion trascendental). Pero fuera de tu piel, de tus fronteras, de tu cráneo y tus lascivias: nada. El ruido de la cerveza cayendo melancólica en el vaso, los suspiros o gruñidos que tú mismo das sin darte cuenta, al sentarte, al levantarte (te haces viejo), cuando un email de trabajo recibido no te hace fuckin’ gracia (no te compran tu texto esos cabrones). De pronto, el sonido del teléfono: las conversaciones telefónicas (solo se te oye a ti) en la que discutes con La Nini que esta de morros porque ha tenido un pésimo dia. La tele, de lejos.

Es como esas pelis de Jaime Rosales, real minimalistas. El mechero.

Nunca fui consciente de cuanto suspiro o cuanto gruño: debo de ser muy sabio. El ruido de las teclas escribiendo un mail.

Elvira Lindo por qué no.

Mi madre cuando yo era niño y tenía voz de pito.

Sí, eso, a ver si quedamos y tomamos unas cañas. (Somos tan jodidamente apañoles).

La mayor parte de tu vida transcurre en un silencio del que no eres consciente.

Cacho perro.

Puagh!

(en la imagen el Autor en 2008 en BCN escuchando el silencio circundante, by Esther Minia)

lunes, marzo 21, 2011

Princesas con metralletas



La Jessy, la Paqui, la Andrea y sus secuaces son hijas del proletariado industrial periférico a las grandes ciudades. Se expresan con suma dificultad, presentan problemas evidentes de sintaxis, vocabulario y pronunciación y hasta sus voces, salvo honrosas excepciones, son desagradables. La Jessy, la Paqui, la Andrea y sus secuaces son versiones devaluadas de lo que desean ser: son menos guapas de lo que les gustaría, su pretendida modernidad vistiendo resulta hortera, por supuesto no tienen ni una diezmilésima parte del dinero que les gustaría gastar. Una de ellas, cantante, quiere triunfar con sus propias canciones (no canta mal) pero languidece en una orquesta de pueblo recorriendo las fiestas patronales de los desiertos españoles. Otra quisiera presentar programas televisivos en prime time en los canales de mayor audiencia, sin embargo, echa las horas en una call tv, esos programas de madrugada donde una choni de estas trata de que los espectadores aburridos llamen para participar en algún concurso sospechoso y absurdo. Sus vidas son un sucedáneo de lo que deberían ser (por lo demás, esto nos pasa a casi todos). La Jessy, la Paqui, la Andrea y sus secuaces son Princesas de Barrio en el programa de La Sexta. Por lo pronto, eso las hace bastante felices.

Princesas de Barrio es un programa es bastante cruel. Estas chicas se creen que son estrellas cuando las convierten en el hazmerreír de aquellos que las miran. El programa reivindica y, de alguna manera, justifica y trata de dignificar (sin mucho éxito) la figura de la choni poligonera. Estas chavalas, poniéndonos marxistas, son víctimas de la injusticia y de las desigualdades de clase (¿eso existe?), y en La Sexta esto lo celebran con algarabía: el bajo acceso a la cultura, la falta de metas y de oportunidades a largo plazo, en resumen: la pobreza. Y ser pobres, lo pongamos como lo pongamos, no mola nada. Pero bueno: con este programa podemos contribuir a la paz social ya que ser un choni no es tan malo. Que nadie se queje: ya está aquí el sueño americano.

A continuación y en el mismo canal, emiten ¿Quién vive ahí?, un espacio (nunca mejor dicho) donde los ricos, en el otro extremo del espectro social, muestran unas casas que casi dan vergüenza de lo suntuosas y cojonudas que son cuando la mayoría vivimos en pequeñas, aunque decentes, madrigueras. Se ve en este programa que los ricos tampoco son tan malos: nos muestran alegres sus dormitorios y a sus nutridas proles, que corretean al borde de la piscina. Francesc, no corras por ahí que te vas a hacer daño. Al final siempre dicen, alejándose en un descapotable, que volvamos cuando queramos, que estamos en nuestras casas… En fin… Entonces: ¿La Sexta no eran un canal de izquierdas o algo así?

Yo cogería a las chonis, les calzaría una boina negra, un mono verde oliva y un AK-47, en plan Patty Hearst (en la imagen. Por cierto, entrevisté a su hija una vez para el EPS, una especie de Paris Hilton más propia de La Sexta) y haría un programa sobre sexys guerrilleras urbanas atracando los bancos de los centros comerciales. Ka-boom!

lunes, marzo 14, 2011

Una pequeña guerra tropical



Uno mete la casa en las cajas: los libros, la ropa, los discos, resulta tedioso y estresante, resulta extraño abandonar el lugar donde has vivido mucho tiempo y dejar que lo ocupe otro (la ciudad, en su orgullo arquitectónico de hormigón y de metal, permanece indiferente a quien la habita, los edificios prostituyen sus espacios internos al mejor postor para que cuelgue sus posters, coloque su cama, sus muebles y su absurda vida, sin acordarse nunca de quien los ocupó antes), pero lo más extraño son esos objetos que no encajan en ninguna de las etiquetas anteriores y que se quedan huérfanos, perdidos, entre las cajas ya selladas. Una calavera tallada en lava que me traje del Vesubio, un cochecito que me regalaron en Filipinas, un esbozo de poema escrito en una servilleta en el año 2007 (¡oh, qué literario!), el cinturón de leopardo que ya no me pongo, los parches que iba, un día ya lejano, a coser en mi chupa, las cariocas que me entretenían los veranos en la playa de Los Caños de Meca. ¿Qué hacer con esos retales del pasado que se obstinan en acompañarnos? Son nuestros pero ya no son nuestros porque uno ya no es el mismo que era entonces. Uno dice, bah, me los llevo, luego dice no, no, mejor los abandono, los tiro a la basura, yo qué sé, en cada mudanza uno se va deshaciendo de recuerdos, de cacharros inútiles cuya única utilidad, al final, es molestar en las estanterías y coger polvo, que no tienen lugar establecido. Al final, uno no es solo su cuerpo y su mente y sus temores, sino que también son parte de uno los objetos que posee, los extremos de la campana de Gauss que somos todos y que a veces cuesta recortar. Nos aferramos a ellos como quien se aferra a uno de sus miembros. Angustia.

Al final he tirado algunas cosas. Las he metido en grandes bolsas de basura (supongo que, de pronto, mis cosas se habían transformado en basura), las he dejado en la calle al lado de los contenedores de reciclaje, en mitad de la noche. Cuando he vuelto del Opencor he visto mis cosas, algo de mi ropa vieja, tiradas por el suelo: alguien se había interesado, había abierto las bolsas, había curioseado y lo había dejado todo esparcido por la acera. Me resultó extraño ver mis cosas ahí, en la calle, porque siempre son las cosas de otros, otros de los que yo trato de imaginar la vida a raíz de su basura. Esta vez eran mis cosas y traté de imaginar mi vida inspirándome en aquellas prendas y salió un vida diferente que no era la mía. Por supuesto, me ofendió mucho que quien rebuscó no juzgase ninguna de mis antiguas pertenecias más íntimas de interés.

Una mudanza, pues, no es solo un cambio de cuarto o de casa, es un cambio más profundo, como un viaje; uno no regresa igual de una mudanza de la misma manera que uno no regresa igual de una guerra. Una mudanza, al fin y al cabo, es una pequeña guerra, de esas que ocurren en el Tercer Mundo y nadie oye, contra su propia memoria y su tendencia a preservarse de algún modo. Y la vida está hecha de cacharros que, al final, es lo que queda cuando mueres.

miércoles, marzo 09, 2011

Toda la verdad sobre la vida sexual de Txe Peligro



Bueno, mi vida sexual funciona más o menos así: estoy yo, ¿no?, y entonces empiezo a sentir un no sé qué que qué se yo en las entretelas más intimas que me suliveya, y entonces me quito la ropa y me quedo con la piel crepitante al aire y aquello se me pone de aquella manera y entonces…, entonces…

¡Han picado! Este post no va de mi vida sexual sino de… ¡la lectura! ¡lo contrario del sexo! (¡Oh! Abucheos y pitidos en el gallinero, decepción, pataleo, tristeza generalizada, decepción).

Para hacer la mudanza al pisazín (el pisazo piquiñín) he embalado los libros y han resultado unas 15 cajas llenas de letra impresa y un volumen mucho mayor del que ocupaban en las estanterías. Y eso que dicen que el saber no ocupa lugar. Por lo demás he tratado de deshacerme de unos 100 libros y, como le pasaba a Augusto Monterroso, no he sido capaz: en principio los amigos estaban encantados por venirse a buscar libros de gratelo (sí tio, nos pasamos el viernes fijo), pero pasa el tiempo y aquí no viene ni Dios. Seguro que si regalase las pelusas mutantes que tengo por los zócalos vendría más gente. Tíos, que es gratis, joder.

Y es que los libros están muy mal vistos, y la lectura en general. Hay gente a la que no le gusta leer. Así, en general, no le gusta leer. Esto me fascina, porque digo yo: todo el mundo tiene aficiones ¿no? Los perros, la música barroca, los coches, el sexo raro, los suelos de porcelana, la jardinería, la Guerra Civil. Pues bien, de todas estas cosas hay libros, porque los libros son una especie de resumen pret a porter del espaciotiempo. Entonces, si te gustan estas cosas, ¿por qué no lees sobre ellas? Infórmate joder. A mi no es que me guste leer, leer cuesta esfuerzo y cansa los ojos, lo que me gusta es lo que viene dentro de ciertos libros, tanto que me aguanto y sufro y me los leo. Y me sale a cuenta, oigan.

Imaginénse que pudiesen hacer una llamada telefónica a un tío que vivió hace 2.500 años. ¿Qué locura estoy diciendo, no? Hablar con Platón, por ejemplo. Esta tecnología no existe, pero existe otra que lo permite: el libro! Hay libros que se conservan de gente que vivió hace tropecientos mil años y que dicen lo que ellos vivían y pensaban. Y hay libros de ciencia ficción que explican como dentro de mil años escaparemos de la Tierra hacia un exoplaneta habitable en Alfa Centauro para escapar de la hinchazón del Sol convirtiéndose en una gigante roja. Leer es como vivir muchas vidas en muchos tiempos diferentes (lagrimilla, mecheros, emoción).

Lo mejor de los libros, sin embargo, es que decoran, son muy bonitos en las estanterías y te hacen parecer más listo, aunque menos simpático. Y además te permiten hablar de muchas cosas intempestivas y decir muchas veces en una conversación: “Yo una vez leí que…”, “hay un libro que dice que…” ¿Si no de qué hablas? Los treintañeros ya solo hablamos de hipotecas, ofertas de trabajo, guarderías, ventajas fiscales y cosas así, y los que no son treintañeros, del tiempo. Porque no se lee.

Pero bueno, decía el otro día Eduardo Mendicutti en la tele que no todo el mundo tiene que ser lector, que unos leen y otros non, como los pimientos de Padrón. Que no hay que leer porque sea sano como comer yogures con bífidus o verduritas frescas. A veces hay que usar el recurso del sexo, como se hizo más arriba: tetas, morbo, confesiones. Así que si usted quiere dejar de leer este post puede hacerlo… ¡Ya!



(Qué alivio que ya se acabó ¿no? En la imagen el Autor a punto de experimentar un orgasmo literario. Foto by Oscar Carriquí, photographer,genio y figura).

sábado, marzo 05, 2011



Tiene que haber una vida mejor,
pero no está aquí.

Destartalados parques de extrarradio
donde el metal muerde la grava,
y los niños buenos muerden polvo.

Medio día gris y se abren los barrotes del colegio:
salen los anoraks chillones de las chicas malas
bajo una lluvia muy fina que no es del todo lluvia.

Una vez hicisteis ruido
ahora seguís la vida a la mitad de vuestros padres,
ya no hay cielo que romper con vuestros pueriles
puños blancos.

Otra vez tuvisteis miedo,
pero ya ni siquiera eso,
ahora tenéis ladrillo visto
y toldos verdes de botella.

Nada es del todo lo que es en esta periferia,
todo está sin acabar, mal dibujado,
todo está a medio hacer o duerme en ruinas.

Esclerosis en las venas de la vida,
mientras las bolsas de plástico juegan con viento
al ralentí, baila el silencio.

El extrarradio no es un lugar físico
sino un estado del alma
cuando el alma ya no existe
como todo el mundo sabe
entre la grava.



(Sara Herranz lo ha dicho mucho mejor con su dibujin de arriba. Gracias)

martes, marzo 01, 2011

Litrona = Vejiga



El cuerpo por dentro: una vez, en mi casa de Delicias (siempre echamos de menos su luz y sus gentes) se nos estropeó el baño. Meábamos en la bañera y hacíamos de cuerpo (es decir, caca) en algún bar de abajo, sobre todo el Jamaica, limpiérrima franquicia donde una vez Ale, que se estaba cagando, se encontró a una vieja subiéndose el abrigo de visón para defecar en la postura del esquiador. Se asustó mucho: esa mezcla de la rancia burguesía y la mierda. Todo encajaba: era una imagen reveladora y potente.

A lo que iba: cuando habíamos bebido muchas litronas (y eso pasaba y pasa a menudo) nos entraba el picor urinario y, antes de volver a mancillar la bañera, meábamos en las litronas vacías, como quien devuelve a la Madre Tierra lo que la Madre Tierra le ha dado (en Asturias esta es una explicación mitológica de por qué el culo de la sidra se arroja al suelo). Lo dicho: meábamos allí dentro, dentro de la botella de Mahou clásica, arrejuntando la boca de la uretra a la boca de la botella. Era una experiencia curiosa: el cristal se iba calentando, en virtud de las leyes de la Termodinámica, y uno absorbía ese calor de su propio cuerpo con sus propias manos. La litrona se iba llenando y parecía, en cierto momento, que uno la iba a desbordar con su agüita amarilla. Nunca ocurría: una especie de control fisiológico externo y parasimpático hacía que la meada acabara justo en el momento cuando la capacidad de la botella estaba al límite. Nosotros, allí, siempre al límite, la juventud. La botella, al borde.

Luego viví en casa de Guillermo Aguirre un mes en el que me acogió como el buen amigo que es (a veces) y también allí meé y cagué en bolsas y botellas del Mercadona, porque el laureado escritor estaba en obras en casa, sin baño y sin cocina, con muchos obreros del mundo picando sus suelos y paredes. Pero no les quiero aburrir con historias escatológicas, la movida de todo esto es: en sus vejigas cabe una litrona y pico de cerveza. La vejiga en los gráficos de clase de biología (bachillerato o ¿COU?) es una vesícula pequeña, asquerosa y triste relegada al olvido y al amoniaco desactualizado. Pero, ahí, en tú dentro más adentro, cabe una litrona: lo hemos comprobado: es Ciencia.

Nuestro cuerpo es un extraño animal dentro de nosotros mismos. Yo a veces pienso en mi hígado y en mi páncreas (os quiero aunque no os lo diga), y pienso que nunca han visto la luz del sol, aburridos en mi oscuridad interna, eclipsados por mi músculo y mi piel, pero trabajando cada fuckin’ segundo de mi azarosa existencia, y que sigan. Que siempre han estado dentro, que siendo tan nuestros no los conocemos en persona, que no los hemos tocado ni visto, y que así es difícil de querer a una persona. O a una víscera.

(la rubia de arriba sale en google images cuando pones "mujer vejiga". ¿Se llamará así? ¿Vejiga Jones?)

miércoles, febrero 23, 2011

Amigo, soy la DROGA



Amigo, soy la DROGA:

He venido destruyendo la vida de muchos jóvenes ignorantes. Me he introducido en los bailes y en las fiestas. Al principio te hago vivir fuera de este mundo lleno de problemas. Pero al trascurrir el tiempo comienzo a hacerte falta.

He venido destruyendo el mundo entero. No me importa que seas blanco o negro, pobre o rico. Después que me pruebas, eres mío para siempre. ¿Recuerdas cuándo comenzaste? Estabas triste, te sentías solo. Yo te ofrecí felicidad y ahora te tengo, mío eres. Hago contigo lo que yo quiera. Te levanto por la mañana pensando en mí, aunque no quieras. Soy tu amo. Tú eres mi esclavo te hago; caminar como un muñeco.

Mía es tu voluntad. Destruyo tu vida física y moral y



Esto lo hallé pegado en una farola de La Latina un domingo lluvioso cuando el Rastro terminaba, antes de una buena bronca absurda. Cuánta razón tiene este mensaje que un bendito anónimo colgó en el espacio público para advertirnos sobre nuestra mala amiga la Droga. Pero, sobre todo, qué extraña poesía destila el texto. Palabras sombrías, a veces mal coordinadas, tono apocalíptico, discurso zigzagueante, lleno de meandros, la utilización de un punto y coma, y ese sobrecogedor final abierto: Destruyo tu vida física y moral y…

¿y qué, joder?

viernes, febrero 18, 2011

¿Hay vida inteligente al fondo de la pista? (featuring Cristóbal Fortúnez)



La juventud actual es la menos moderna en casi 100 años. La más banal y la más conservadora, más preocupada por cambiar de peinado y de modelito que de cambiar de realidad, si es que tal cosa existe. Uno ya no es lo que hace, ni siquiera lo que tiene: uno ahora es lo que parece, posando para una foto del Facebook con su nuevo total look, consecuencia nefasta de la democratización de los gadgets cuando se cruzan con las redes sociales. Me lo decía el otro día una joven escritora y factótum del underground capitalino a la que entrevisté: antes la gente hacía cosas, uno era músico o artista (o ambas cosas, pardiez!). Ahora para ser un It Boy o una It Girl, basta con cultivar la propia imagen, hacerse buenas fotos vestido/a de cierta manera y colgarlas donde sea preciso. Ya lo dijo nuestro amigo Guy Debord (en una extraña paráfrasis de nuestro otro amigo Carlos Marx) en La Sociedad de Espectáculo, y cito de memoria: “el Capital se acumula hasta tal punto que se convierte en imagen”. "Los jóvenes de todo el mundo han sido autorizados a elegir entre el amor y una unidad recogida de basuras. En todo el mundo han elegido la unidad recogida de basuras”, dijo también Debord, hace demasiados años. Y sigue teniendo razón.

Desde las vanguardias artísticas de principios de siglo, o incluso antes (ver Rastros de Carmín, en Anagrama, de nuestro amigo de más allá Marcus Greil), eso que se ha dado en llamar movimientos o subculturas juveniles han tenido algo de subversivo y/o contestatario. He aquí unos ejemplos evidentes: el izquierdismo surrealista o el dadaísta en la primera mitad del XX en centroeuropa. El cínico rechazo del sueño americano de la Generación Beat. La marginalidad (e incluso delincuencia) de los rockers cincuenteros, las formas de vida comunitarias propuestas por los hippies, la negación total del mundo propia del punk. La efervescencia sexual/revolucionaria de los Mayos del 68 (que fueron varios, no solo París). Incluso los 90, con su ya bastante asimilado grunge, por entonces tenía su componente de rechazo social, de oposición frontal al mundo tal y como se (re)presentaba.

Cuando yo tenía 15 años (ya ha llovido) en según qué ámbitos estaba mal visto comer en un McDonalds o lucir Nike. Eso se interpretaba como una concesión al Poder, una rendición, era casi obsceno, era bajar la cabeza, cerrar los ojos ante la injusticia, participar, incluso, de ella. Las multinacionales eran el Mal: ahora marcan tendencias. Entonces lo verdaederamente cool era el citado Guy Debord, el do it yourself, el patinete y oler un poco mal. El último estertor de esta serie histórica de acontecimientos fue el movimiento antiglobalización que persiguió a los poderosos por doquier rompiendo mobiliario urbano y demás bienes públicos y privados para denunciar ciertas políticas globales y globalizantes (en el peor sentido del término) que habían permanecido en cierta penumbra, lejos de la crítica pública, y que entonces descubrimos ¡oh! asombrados. Después de la caída de las Torres, ya no pasó nada más.

Con la extraña disolución y mezcla entre el indie y el mainstream (que nunca parecieron inmiscibles, la verdad, ver Rebelarse vende, en Taurus, de ese par de clarividentes colegas, Joseph Heath y Andrew Potter), ha brotado una generación narcisista cegada por la moda, centrada en su ombligo, vacía de cualquier contenido. Ignorante de su propia situación, bailando en el centro del alegre incendio circundante. ¿Qué más da, joder? Ya ni siquiera sabemos qué es lo que ha pasado en la última década sin nombre (¿los naughties?), qué juventud ha salido de ahí, qué propone ni en qué dirección avanza, más allá de la dirección al baño del club de moda, a recomponerse el tupé Kortajarena y a meterse una buena raya de speed o, en el mejor de los casos, farlopa. Al grito de “los miércoles son los nuevos jueves”, la juventud toma la noche por asalto, pero ya no quiere estar fuera de eso que llaman Sistema, si no dentro, bien dentro, cuanto más dentro mejor, calentita y despreocupada por todo lo que acontece fuera, comprando todo lo que el Sistema vende para ser el más rápido en la muy fashion carrera hacia el Abismo.

Dicen que las crisis provocan la reacción, la creatividad, el cambio. No hace falta irse a Túnez o a Egipto para ver movimientos. En Londres, Grecia, París o Roma, aquí al lado, en lo que algunos llaman Primer Mundo, la juventud (y no tan juventud) ha salido a la calle a defender sus derechos laborales o educativos y a protestar, a romper otra vez las cosas. Aquí, que tenemos más de un 40% de paro juvenil, nos preocupa más Cibeles o Arco que la revolución egipcia (que, atención, también se orquestó en Facebook, ya ven, sirve para otras cosas) y nadie ha movido aún un dedo, ni siquiera ante la oportunidad perdida de hacer una huelga general como ¿Dios? manda (“es que era ya tarde”, “es que los sindicatos tal y cual”)… Como decía el ilustre poeta Luis García Montero, la única huelga que sale mal es la que no se hace.

Nosotros, claro está, ese día estábamos de fiesta. Claro está también: luciendo nuestros mejores modelones, carne de after, bien pasados.

(La ilustración es una amable cesión del amiguete Cristóbal Fortúnez para este post. Fortúnez parte la pana en su exitoso blog Fauna Mongola de Madrid. Pasen y vean. No quiere decir esto que el artista suscriba punto por punto todo lo que se dice más arriba, claro está. Gracias)

miércoles, febrero 09, 2011

Los más turbados



Lo demás, Google, Facebook, los tweets que sueltas borracho de madrugada, la botella de vino a un lado del laptop, los mails que le mandas a tu prima, eso es solo la punta del iceberg, la parte más minúscula; por debajo de la superficie del mar de la información duerme lo que importa, la Pornografía, eso es Internet: miles de millones de hombres ordeñándose a sí mismos, ciegos, con pelos en las manos, miles de millones de puños en alto que gritan, ascienden y luego bajan, cinco contra el calvo, la manola, la manuela, la manoletina, miles de millones de turbados, muy turbados, más turbados, turbadísimos ante las sexy blonde fucked hard y las tight teen latina hammered outdoor, los bukkakes y los gangbang, esa delicia; piénsalo: cuántos orgasmos simultáneos se producen todo el rato en las dos caras del planeta, un gemido global hedonista ajeno a todo lo sociopolítico y lo económico, a lo sociológico y lo antropológico, a lo semiótico y a lo hermenéutico (ya paro), a lo que contamos en los periódicos y en la Historia (¿por qué no una Historia Universal de las Pajas?), en el corazón de la revuelta egipcia y en un apacible suburb de Kentucky, un gemido globalizado y planetario, cuasicósmico, litros y litros de semilla, de vida en potencia derramados por los ciberdiscípulos de Onán que derramó primero en la polvorienta tierra de Judá violando la ley divina; de la ley de leyes a la red de redes, próstatas del mundo, uníos, y dejad paso a esto que va contra la moral y, ¡aaah!, contra la pantalla.

Pero después, ese vacío.


(Dibujín cibererótico realizado por Sara Herranz para la ocasión)

domingo, febrero 06, 2011

Insurrecto reloaded



Pasaremos a la clandestinidad. Nos ocultaremos en las alcantarillas, en los cobertizos, en las casas abandonadas. En los resquicios del sistema. Nos echaremos al monte.

Seremos como las sombras, nos moveremos rápido y en silencio. Jamás nos atráparéis. Cuando halléis nuestros escondrijos nosotros ya estaremos lejos, una nota manuscrita diciendo adiós será lo único que dejaremos a nuestras espaldas.

Estaremos organizados. Crearemos redes. Tendremos mensajeros y lenguajes cifrados. Formaremos comandos. Nos armaremos.

Extenderemos planos amarillentos bajo luces mortecinas. Nuestros cuarteles serán oscuros. Llevaremos barbas, boinas puestas de lado y pipas en la boca. Señalaremos con grandes rotuladores rojos nuestros objetivos sobre el mapa.

Oiréis hablar de nosotros, pero no podréis vernos. Estaremos por todas partes, camuflados. Podríamos ser cualquiera. El hombre que se sienta al lado en el metro. La camarera que os sirve una caña. Vuestros propios hijos. Tendréis miedo.

Algunos caerán, los sabemos. Será duro, también lo sabemos. Pero resisitiremos hasta la confrontación final. Ese día, un día lejano y tormentoso, nos revelaremos. Saldremos de nuestros agujeros y más vale que Dios os coja confesados pues no mostraremos piedad. Llenaremos de humo vuestras escuelas y universidades. Llenaremos de humo vuestros museos y ministerios. Vuestros edificios oficiales. Llenaremos de humo los transportes públicos y los centros de ocio. Todo lo llenaremos de humo, todo, hasta los ataúdes donde descansan vuestros muertos.

Moriréis tosiendo y tumorados.

Y fumaremos, por fin, donde nos dé la gana.



(Este texto se publicó en este su humilde blog el 20 de Enero de 2006, con motivo de la primera Ley Antitabaco. Desgraciadamente vuelve a estar de plena actualidad. En la imagen en Subcomandante Marcos. Su pipa favorita no escupía plomo sino humo. Enternecedor. ¿Dónde estará ahora?)

viernes, febrero 04, 2011

Vigalondo y la crisis

A mí me mola mucho Nacho Vigalondo. Me gustan sus cortos, su peli, y sus speechs. Lo conocí una vez en persona y me cayó muy bien. Incluso me dio ideas para un reportaje bastante chulo que publiqué en El País. (Ahí se puede leer). Un tío majo. El otro día en Twiter metió la pata con sus bromas sobre el Holocausto. Mucha gente defiende sus bromas. Yo no. Yo le defiendo a él porque todos podemos meter la pata. ¿Quién no lo ha hecho? ¿Quién no ha mandado un sms a deshoras a quien no debía o puesto un estado en Facebook que hubo de borrar por purita vergüenza? Yo sí. Pero sus bromas a mi no me hicieron gracia, sobre todo porque no fue una, si no toda una retahíla algo sangrante.

Los que defienden sus bromas, en realidad, no le defienden a él. Le defienden a él equivocado, que no es lo mismo. Hay que estar con los amigos, pero hay que ser críticos con ellos cuando nuestros amigos la cagan.

Un fantasma recorre Europa (y el mundo). Es el fantasma de esa moral laxa que permite chistes de estos, que todos hacemos en el bar, claro está (y peores), pero que quizás no se debieran hacer en un medio como twiter si eres una persona tan mediática. Sobre todo por tu propio interés. La autocensura razonable, como la mentira piadosa, son pilares básicos para la existencia del mundo tal y como lo conocemos. Son, de hecho, parte importante de su arquitectura oculta. Seguro que él se arrepiente y mucho.

Cuando Aznar borracho dice que se puede beber al volante o Sánchez Dragó habla de zorritas japonesas menores que se trajina ponemos el grito en el cielo. Qué indecencia, joder. Si Vigalondo hace chistes como los que hizo (y vaya por delante que yo me declaro abiertamente antisionista (que no antisemita)) o el Vogue París saca esas fotos de niñas de 7 años fuera de tono, estamos super a favor. Que, por favor, no queremos parecer mojigatos. ¿Cómo se llama esto? Espera… ¿Doble moral? Sí, así se llama.

La crisis, como oí el otro día no sé donde, no es económica. Es una crisis de valores. Es una crisis moral. Ser un moralista (todos los grandes escritores lo han sido de alguna manera) no es tendencia. El Todo Vale porque Dios Ha Muerto, propio de la posmodernidad y no de la modernidad (y esto es un aviso para navegantes, ya lo dije días atrás), trajo de aquellos barros en Wall Street, estos lodos globales.

Cada vez se dan más casos. Me declaro moderno (en el sentido aquel de Lyotard y las metanarraciones) y moralista. Seré poco trendy, pero aquí me planto.

miércoles, febrero 02, 2011

Burbujas y seres despreciables


Nosotros sabemos del plomo,
emboscados bajo la curva que se cae,
hijos de crecimiento negativo,
nuestra dieta a base de ladrillos.

Nosotros recogemos los restos de la fiesta,
refugiados de la que está cayendo
en 30 precarios metros cuadrados
de existencia.

Observamos el panorama alucinados:
explosiones de burbujas que derriban a gigantes,
cifras astronómicas descienden del cosmos al rescate,
seres despreciables.

¡Oh! El Capital en movimiento es poesía.

Mientras fuera Europa arde,
nosotros bajamos la cabeza como esclavos,
y observamos las ruinas por el suelo
en estricto silencio.

Qué ruinas tan bonitas,
mejor conservar lo que tenemos,
(perdonen la pobreza).

Está lloviendo tanto
que se va a disolver el cielo.
Nosotros veremos lo que está detrás del cielo,
es decir:
el dinero.



(Ilustración realizada ad hoc por Sara Herranz. Olé. Título tomado del nombre de una extinta banda de pop filosófico asturiana. Ele!)

domingo, enero 30, 2011

Las aluncinantes metamorfosis del lenguaje



Año 2040. Conversación entre mi hijo y mi nieto. La cosa iría así:

- Papá, papá, ¿y por qué se llaman móviles?
- Porque cuando se inventaron, tú aún no habías nacido, los llamaron teléfonos móviles. Porque se podían mover. Era casi milagroso. El mundo cambió.
- ¿Teléfono? ¿Qué es un teléfono?
- Pues teléfono viene del griego tele, a distancia, y fono, sonido. Vamos, que transmite el sonido a distancia, que puedes hablar con cualquiera desde cualquier parte del planeta (exceptuando ciertos túneles y montañas).
- ¿Y eso que tiene que ver con el móvil?
- Ya. Es que al principio sólo servían para hablar. No tenían la opción de Internet, ni de teletransporte cuántico, ni de condensación de fluzo. Ni siquiera modificaban la estructura del ADN. Los llamaron móviles porque, además, antes estaban fijos, enchufados a la pared, en las casas y los oficinas. Ya ves tú qué incordio.
- Pues vaya mierda.
- Oye, ¡que te voy a limpiar la boca con jabón!
- Umpf… Oye, papá, ¿y qué es el griego?
- Griego es dar por culo.
- ¿Qué?
- Anda, olvídalo, calla y cómete las ciber-acelgas.



-----
(En la imagen el Teléfono Chatter de Fischer-Price, creado en 1961. Su producción cesó en 1986. Hoy no cumpliría las nomativas de seguridad. Pero también tenía su corazoncito.)

lunes, enero 24, 2011

Comprar es de patriotas



Cuando veo a una joven pareja haciendo la compra en un supermercado del centro me parece muy bonito. Tienen veintimuchos o treinta y pocos, visten moderno pero sin estridencias, unas Converse, un gorrito, unos auriculares grandes de estilo retro. Seguramente tienen carrera, profesiones liberales, aunque también seguramente son mileuristas y no pueden ir a tantos conciertos como les gustaría. ¿Compramos apio para un caldo? Vete a por el arroz basmati. ¿Qué prefieres té con canela o roiboos? Si compran en un mercado de abastos tradicional la estampa es aún más hermosa, si lo hacen en un Mercadona (ese supermercado que Dios debería destruir con una lluvia de azufre por rivalizar con su perfección) se me pone la piel de gallina y difícilmente aguanto las ganas de llorar, cual Stendhal ante el sobrecogedor despilfarro fiorentino. Y si uno de los dos es asiático mola todavía más. Como Goethe en Fausto (y cito de memoria): ¡oh, instante, permanece, eres tan hermoso!

En un centro comercial de periferia una pareja cincuentona se arrastra por los pasillos por enésima vez para conseguir víveres y llevarlos al bloque. Él, con un crío vociferante encaramado a la espalda, empuja cansadamente un carro lleno de garrafas de aceite (pedazo de oferta) y papel higiénico tamaño familiar (una familia, al fin y al cabo, son muchos culos expulsando mierda). Ella trata de domar a los otros dos churumbeles, tironeando uno de cada mano, mientras se acercan a la sección de charcutería. Grotesque suburbial, chándal de táctel, mal rollo.

Sin embargo, una vez más, podría tratarse de la misma pareja en tiempos distintos, sobre todo si él o ella son asiáticos. El paso del tiempo (no sé, ¿20 años?) y la rutina del modo producción capitalista, unida a la apacible vida en la urbanización, hacen mella. Aaaaah, el devenir de las cosas, la estructura económica, la reproducción de la especie, la oxidación, no sólo de la célula, sino de la vida en sí misma y as we know it.

Átense a la pata de la cama a ver si así no pasa el tiempo.

--------------------------------------
Anexo: Hecho diferenciales molones del Mercadona (sin orden de preferencia)

arroz negro congelado / guacamole fresco / las cremas Deliplus que curan la soriasis / el brownie con salsa de vainilla / el atún barato porque lo roban en las aguas saharauis / el humus / las pizzas congeladas a 2 euros / el pincho moruno y la brocheta de pollo ready to go / la coca de chocolate (es un pastel y no una droga (¿cuándo harán drogas de sabores?))

(en la imagen Iker Casillas y Sara Carbonero haciendo la compra como una pareja normal, según dice literalmente el blog del club de fans de la periodista deportiva. Están buenísimos, pero, sobre todo, son patriotas.)

viernes, enero 21, 2011

Niñas que están bien buenas



La cosa debió ser como sigue:

-Vogue: Tom Ford, Tom Ford, ¿qué hacemos para el próximo número? Así, algo guay…

-Tom Ford: Umpf, no sé, no sé, me pillas muy liao…

-Vogue: Venga va, Tom Ford, piensa un poco. Algo como transgresor, pour épater le bourgeois (es Vogue París)

- Tom Ford: Mmmm, a ver, a ver… ¿Y si cogemos a unas niñas de siete años y las vestimos así como modelos adultas, un poco un plan zorrón, con maquillaje y tacones, en poses cachondonas?

- ¡Ostras Pedrín! ¡Genial! ¡Becaria: busca a niñas de 7 años!

Et violá!, entonces Vogue París, en el número en el que el citado Ford ejercía de redactor jefe invitado, publicó esas fotos que habréis visto de las niñas de marras, que ni siquiera llegan a lolitas (la Lolita primigenia, urdida para Nabokov, tenía once) para su especial de regalos. La polémica está servida (¿quién se habrá inventado esta expresión?). Unos dicen que incita a la pedofilia, otros que ya vale de corrección política y puritanismo, que no es para tanto.

Los fans de la incorrección política me aburren casi tanto como los de la corrección política. Habría que sobrepasar ya estas categorías y empezar a pensar con la cabeza. Lo cierto es que no es para tanto, nadie se va a morir por la publicación de estas fotos y, como decía alguien en Facebook, seguro que a los pedófilos, por definición, no les hace mucha gracia ver a esas niñas vestidas de adultas cuando podrían verlas con sus virginales braguitas blancas y uniformes escolares. Otra cosa es el buen gusto.

A mí me parece, por una parte, una boutade para llamar la atención del personal de forma efectiva y un tanto pueril, nunca mejor dicho. Cosa que han conseguido. Por la otra, me parece algo grotesco, como todas esas cosas que son lo que no son y no son lo que son. Como esas ancianas que se visten como si tuvieran 15 años o los miembros de la banda pijopunk Pignoise que van con sus crestas a tocar a mítines del PP. Oigan, cada cosa en su sitio.

Por lo demás, el Todo Vale porque Dios Ha Muerto está muy bien visto ahora en la mentalidad (post)moderna, sobre todo en los editoriales de moda. Escandalizarse por cosas como esta o mantener un discurso de izquierdas o estar contra los toros parece rancio y poco cool, como de los noventa, como de señora que sale de misa. Después de la caída de las Torres todo eso se acabó.

Pero no se olviden que ese Todo Vale, ese arrinconamiento de la ética más elemental porque todo ya da lo mismo, fue lo que nos trajo, de mano de los de sobra conocidos especuladores financieros, de aquellos polvos, estos lodos.

Así que ahora no se quejen desde la cola del paro.

martes, enero 18, 2011



La gusta
el hálito del hielo,
su fría quietud imaginada.


Lleva 10 años en la cama
y es hermosa

Le gusta
el pálido reflejo,
la caída de la luz como un murmullo.

Después del primer aliento tras el coma,
a través de los barrotes de la lluvia,
se apaga el corazón.





Este es el primero de una serie de poemas ilustrados por la inefable Sara Herranz. Más cosas suyas aquí. Gracias.

jueves, enero 13, 2011

No me resigno

no me resigno a la esperanza tirada en la cuneta
con un tiro en la nuca, no me resigno al mordisco
de animales con piel de ausencia, no me resigno
a la casa que se cae sobre nosotros,

quien se resigna es un títere de la muerte,
un enemigo de sí mismo, un escarabajo
aplastado en el asfalto.

el mundo arde, la ciudad se derrumba alrededor
con gran estrépito y un huracán que viene del futuro
nos empuja hacia detrás, pero yo
quiero ser mercurio o mariposa
y no me resigno, no quiero resignarme, no puedo
resignarme a la mugre trepando las paredes,
a los caprichos de mi cuerpo, a las hogueras de billetes,
a las grietas.
no me resigno a no tocarte.

mientras quede un hálito de bala,
mientras quede el pulso del último latido,
mientras quede un diente para una dentellada,
no me resigno.

no me resigno al mundo en llamas.

martes, enero 11, 2011

La muerte y la doncella



La muerte, que es muy puta y está loca, se presentó ayer a mediodía cuando íbamos mi madre y yo a comer un menú del día y nos encontramos a un anciano fulminado en el suelo de la céntrica plaza de la Escandalera, en Oviedo. La muerte llegó como un calambre y me supo a agua sucia y a metal. Vino una ambulancia y unos policías, el juez no acababa de llegar, el viejo fue poniéndose rígido y morado a la vista de los morbosos transeúntes hasta que le colocaron encima un plástico blanco. Cómo debe ser salir un lunes a comprar el pan a mediodía y palmarla así, de pronto, con la comida caliente en la mesa y el año casi sin usar.

De vuelta del almuerzo mi madre me preguntó que cómo me encontraba con 30 años. Yo le dije que bueno, que las cosas son cada vez menos nuevas y excitantes y le va faltando a uno la ilusión, que cada vez hay más incertidumbres y responsabilidades, sin olvidar la coyuntura socioeconómica que mi generación le ha tocado vivir en un momento tan delicado y decisivo de la vida, pero que bah, que bien. Ella me dijo que me imaginase cómo se encontraba ella que tiene un buen montón de años más, pero que no me preocupase, que la vida no es lineal sino curva y zigzagueante y que, por ejemplo, hace 10 años, cuando yo me fui a Madrid ella conoció un hermoso renacimiento, liberada de mi, con nuevas amistades, aficiones e ilusiones renovadas. Sí, dije yo, mu bien.

Hoy, en la misma plaza de la Escandalera, en mi paseo de por la tarde, vi a una mujer y a su hija, la primera cogida del brazo de la otra. La hija tenía unos 30 años, era guapa, fuerte, muy alta, pelo muy negro, parecía que tenía carácter. La madre era igual de alta y conservaba el resto de belleza que conserva una mujer que ha sido bella y, aunque tenía el pelo ya canoso, parecía conservar, también, una sólida energía de la que había heredado su hija. Ver a una madre y una hija que se parecen mucho, y que conservan esa complicidad solo posible entre una madre y una hija, siempre me ha turbado, pues, más que dos mujeres diferentes, parecen la misma mujer en dos momentos diferentes de su vida. O que una de ellas ha viajado en el tiempo para visitar a su yo pasado o futuro.

La muerte anda rondando. Yo casi muero un par de veces durante las ya pasadas navidades: en Nochevieja me caí subiendo unas escaleras y un par de días después un camión indolente casi nos saca de la autopista a toda hostia. El año 2010 será famoso por toda la gente conocida que la ha espichado. Todo se va muriendo todo el rato, tengan cuidado. Cada vez que alguien se muere se acaba un universo.

Mañana vuelvo a Madrid, antes de que me pase algo malo. Es curioso, las lisérgicas y desastradas calles de la capital se presentan, de pronto, mucho más seguras que las de esta apacible ciudad de provincias que permanece durmiendo la siesta.

(El dibujín de la muerte y la doncella es del amiguete Edward Munch, supongo que basado en el cuarteto de cuerda homónimo de Schubert)

jueves, enero 06, 2011

La ley antitabaco explicada a los niños (una aproximación sentimental)




Era una cafetería blanca, diáfana, espaciosa, la cafetería de un hotel, el hotel Don Sancho. La gente hablaba a un volumen moderado y a través de los grandes ventanales entraba la luz en tromba desde el Paseo de las Delicias, filtrado por las hojas de las acacias, sobre todo cuando llegaba la primavera. Yo vivía enfrente y me gustaba ir a leer la prensa y desayunar con Esther, con Guillermo, con Isaac, con Ale, con Virginia. Tomábamos grandes tazones de café y charlábamos y fumábamos mientras hojeábamos los periódicos. Algunas tardes también iba solo, a fumar y a leer más prensa, tenían muchos periódicos. Era una época en la que me cuesta encontrar un mal recuerdo.

Un día entró en vigor la anterior ley del tabaco. La cafetería del Don Sancho se convirtió en un espacio sin humos. Nos apenó. Por supuesto, dejamos de ir. A veces, al pasar por delante, miraba dentro y extrañaba aquella luminosa tranquilidad, la variedad de prensa, la bollería, sobre todo nuestras reuniones matinales. Empezamos a ir La Pepa o cualquier otro sitio más desagradable, donde también éramos razonablemente felices con nuestro café y nuestro cigarro. Nunca se nos ocurrió ir a fumar al espacio libre de humos: no queríamos coartar la libertad de los no fumadores. Cada uno tenía su sitio: ellos su bar blanco y bonito, nosotros nuestra taberna, a la que ellos tampoco venían. Bien: convivían diferentes opciones, todo era posible en estricta libertad.

Por algún motivo que no alcanzo todavía a comprender la nueva ley del tabaco, que entró en vigor el día 2, viene a acabar con una libertad. Mientras antes había hueco para todos, ahora solo lo hay para unos. Algunos no fumadores se alegran: “así ya no volveré a tener la ropa oliendo a tabaco”, en su dictatorial manera de celebrar su dictatorial victoria. "Así no me atufarán con humo", "así no se me enrojecerán los ojos", todo victorias personales ante una pérdida de la sociedad. Curioso egoísmo, más aún cuando nadie les obligaba a ir a sitios de fumadores igual que yo no voy a bares de pachanga o a misa de ocho. Y no quiero que monten un garito rockero en mi parroquia porque no me guste la misa: cada uno en su sitio, yo en mi bar, los fieles con su párroco. Todos contentos. Respeto. Ahora nos marginan a la calle mientras ellos ocupan el espacio que era de todos. Los odiamos a través de la ventana con sus perfumadas ropas, eso sí, algo aburridos en sus nuevos dominios, como un niño caprichoso cansado de su regalo de reyes.

miércoles, enero 05, 2011

Scoop regional! El agua del grifo ovetense y las bizarras ondas omega



¿Qué dirían ustedes que contiene el vaso de la imagen? ¿Un delicioso ibuprofeno disuelto que viene al rescate de la más acongojante resaca navideña? ¿Un alka setzer quizá? ¿Leche diluida en agua? ¿Cal viva? Pues cuatro veces no: lo que contiene ese vaso, propiedad de mi madre, en cuya casa pasé unos días por las fiestas, es el agua que sale del grifo en la muy noble y muy leal ciudad de Oviedo.

Mi madre dice que siempre ha salido así pero yo en ningún caso recuerdo haber bebido en mi infancia o adolescencia ese brebaje putrefacto. Al cabo de un rato, esa solución blanquecina (¿será semen?) se disuelve, es cierto, el agua recupera su transparencia y no da tanto asco beber (dice mamá que es la “presión”). También es cierto que depende de la posición de la palanca del grifo o, simplemente, de la hora del día, el nivel de toxicidad del preciado líquido varía.

Yo tengo una teoría revolucionaria sobre este particular: esas partículas micrométricas que flotan en el seno del fluido son una sustancia que se aloja en las sinapsis de las conexiones neuronales, en el cortex cerebral, y que vibran excitadas por ciertas frecuencias de radiación electromagnética que, por ahora, denominaré rayos omega.

El ínclito alcalde de la ciudad, Gabino de Lorenzo (PP), tiene una máquina emisora de ondas omega colocada en lo más alto del Ayuntamiento (que además se encuentra en una elevación). Mediante la emisión de estas ondas maneja las mentes de los ovetenses, asturianos y quizás incluso españoles a su antojo y voluntad. Eso explicaría que lleve tropecientas legislaturas siendo el alcalde más votado de España. Que alguien se tomara en serio su candidatura a capital cultural europea cuando la única cultura que existe aquí es la más rancia zarzuela y la ópera. Que consiguiera desbaratar la llegada de Francisco Álvarez-Cascos a la candidatura del PP asturiano (este hombre que pretende que con haber dejado pasar algunos años olvidásemos su pésima gestión como vicepresidente, ministro de Fomento y omnímodo secretario general de su partido y al que, a la sazón, simbolizaban con un dobermann negro y rabioso). O la vez que trajo a Mickey Rourke a ¿boxear? O también cuando él mismo, el propio alcalde, actuó caracterizado como Don Hilarión en una de sus adoradas zarzuelas, La Verbena de la Paloma, sin ser fruto del escarnio público mayoritario.

En fin, cosas que pasan cuando la ciencia de la manipulación electromagnética-psicológica meets los ayuntamientos de capital de provincias.

He dicho.

miércoles, diciembre 22, 2010

Musgo




Los libros se van extendiendo como musgo, van conquistando cada vez más espacio del cuarto como un ejército silencioso que toma posiciones, descansa, se rearma, y vuelve al ataque, tomando ahora la enésima balda, la postura más inestable, más tarde la mesilla de noche, formando luego una columna en una esquina olvidada, ganándole la posición a las litronas vacías y a la ropa sucia, columnas, hileras, montones de libros: tratados de ciencia, joven novela española, los ensayos de Montaigne orgullosos y entrados en carnes contrastando con la delgadez de los poetas que escribieron poco y murieron jóvenes pero perduraron mucho, como Jaime Gil de Biedma, como Arthur Rimbaud, que por las noches susurra y revolotea su aliento de absenta por el cuarto. Algunos de estos libros invasores los he leído, otros solo los he hojeado, con otros aún no he tenido la oportunidad; sé que muchos, tal vez la mayoría, jamás los leeré, pero ahí están, los sábados de madrugada observo sus lomos mientras duermen y me hablan de otros tiempos, cuándo llegaron a mis manos y a través de qué persona o qué editorial o qué carambola del destino. Pago cada mes no sé cuantos euros de alquiler por no sé cuántos metros cúbicos de vivienda (seguro que demasiados) rellenos de papel impreso que encierra la voz de gente que está en otro sitio o que ya se está pudriendo bajo tierra. Pienso, mientras asustado observo su proliferación desde debajo de la manta, que algún día tendré que dejar este cuarto y esta casa porque ellos seguirán avanzando despiadados, sin ningún miramiento, hasta echarme fuera con sus letras. Yo, como quien pone un pisito a su amante en la Gran Vía, les seguiré pagando el alquiler desde lejos, tal vez desde debajo de un puente, envuelto en periódicos, leyendo, antes de dormir, la publicidad del Media Markt.

lunes, diciembre 13, 2010

El zen y el arte de la seguridad privada



Pues ahora nos toca esto: este Madrid plomizo y despeinado, cruzado de gente despistada ante la lluvia: ¿qué coño es este agua que cae del cielo?, parecen preguntarse. Esta mañana, paseando por un barrio semiperiférico (Acacias) el panorama no podía ser más desasosegante, aquel tiempo turbio diluido entre la tristeza propia de los bloques de viviendas de ladrillo visto y toldos verde oscuro estilo Levante Español (por ejemplo Alicante, cuna de serial killers). Por ahí vi a mucha gente sola, sobre todo vieja, mirando a no sé dónde a través de la fina lluvia. ¿Quiénes son estas personas que vagan solitarias por las calles solitarias? ¿Serán fantasmas del más allá que cumplen su condena infernal paseando por estos sitios tan lúgubres, habitados por adolescentes con anorak que salen del instituto y destartalados parques de extrarradio de grava y metal? Yo creo que sí: ya dije alguna vez que en Madrid hay varios puntos de contacto entre el más allá y el más acá: las cafeterías de El Corte Inglés. En ellas se reúnen a merendar las ancianas que están a punto de morir y las que acaban de morir recientemente y aun no están integradas en el Infierno, para cotillear un poco. Una vez, incluso, vi a mi difunto padre en la de Callao tomándose un gin tonic. La pregunta es si las tortitas con nata que sirven son terrenales o supraterrenales, supongo que será cuestión de gusto.

¿Y los guardias de seguridad?, me pregunté en el Opencor de Acacias. ¿Son espíritus o carne mortal y hueso? Un curro difícil este, gente humilde y sencilla que tiene que conocer de primera mano el Mal, el Sistema, pasar al otro lado, denunciar a sus compañeros de clase (social, digo, no de escuela) ante las empresas multinacionales. Para ser segurata, como para ser guarda de sala en un museo, más vale ser un maestro Zen y controlar la meditación trascendental, si no, no me lo explico. ¿Cómo aguantan ocho horas de pie sin hacer nada? ¿Ponen la mente en blanco? Estoy seguro de que muchos han elaborado en silencio complejos sistemas filosóficos que algún día la humanidad conocerá sobrecogida. ¡Eh, se mira el cuadro desde detrás de la línea!

Por eso los seguratas siempre se extralimitan en sus tareas: recogen las bandejas sucias que deja la gente en el Burger King, recomiendan libros en la librería de El Corte Inglés, guían a compradores despistados en el Carrefour. ¡Ese aburrimiento es una tortura guantanamera! Hay uno que deberían conocer en Lacasaencendida. Trabaja guardando las exposiciones de arte contemporáneo enfundado en su uniforme marrón, siempre solo en insoportables salas donde hay luces estroboscópicas, extraños ruidos a volumen rompetímpanos y proyecciones aún más extrañas. Tiene una poca bastante de pluma. Para entretenerse recibe al personal dándoles el folleto y se ofrece para una visita guiada amateur (“si tienen alguna duda yo les explico”) que todo el mundo rechaza (“este tío está loco”), pero que todo el mundo acaba por escuchar porque el tío se entromete. Y lo hace de puta madre, el tio: yo he comprendido muchas cosas de las que se exponen gracias a él (se poner cara de entender lo que se expone o se inaugura o se presenta aunque no lo entienda, es fundamental en mi curro). Mi madre incluso le preguntó si había estudiado Historia del Arte o algo. “No”, dijo él visiblemente emocionado, “pero me gusta mucho”.

jueves, diciembre 09, 2010

San John Lennon y las tetas gordas



Yo soy de los que opinan que el gusto de los varones heterosexuales por ciertos atributos de las mujeres es un grado de su primitividad: los grandes senos (lo que científicamente se denominan tetorras) y las caderas anchas, son preferidos por gran parte de la población masculina sin duda por la ventaja reproductiva que suponen: más espacio para albergar a la cría, más espacio para las mamas, más eficacia a la hora de multiplicarse. Le decía a mí madre que como a mí me gustan las hembras más chupaítas(decía mi amigo Isra que yo tenía preferencia por las anoréxicas, con cara de yonki y el pelo cortado hachazos. Con esto último se refería al peinado Inditex), soy un hombre más evolucionado porque primo otros valores civilizatorios que la mera reproducción de la especie. Me sitúo lejos de la jungla y las tetorras, y cerca de la civilización y la cultura, el progreso, el bienestar, la justicia, eso que diferencia, o debería diferenciar, al hombre de la bestia. Por eso también me sitúo lejos del liberalismo selvático (verbigracia: Esperanza Aguirre), donde todo vale y se espera que, abracadabra, todo encaje como debiera, y cerca de la ilustrada izquierda que es a Espe, en esto de lo político, lo mismo que yo a los admiradores de la chica de la contraportada del As. Mi madre me dijo: sí, es que hay mucho primate suelto.

Después colgué y me fijé que en el informativo de la tele estaban recordando el aniversario de la muerte San John Lennon. Salía Yoko Ono, algunos amigos del finado, pero, sobre todo, el cirujano que lo atendió cuando ingresó cadáver en el hospital, fulminado por cinco tiros a bocajarro en la puerta de su casa. Este señor canoso y de estupenda dicción, pese a ser estadounidense, explicó que, como no le quedaba otra, le abrió el pecho a Lennon y le masajeo el corazón directamente con la mano, a ver si así había manera de resucitarle.

No conocía esta técnica médica, pero desde de ahora es mi técnica médica poética favorita. Lo del desfibrilador ya me llamaba la atención, devolver la vida con un gran chispazo en el pecho, de hecho lo incluí en algún verso, pero esto de meter la mano en el tórax y acariciar el corazón me recuerda a un poema de Luis Rosales en La casa encendida (el libro, no el centro cultural madrileño) que era algo como, y cito de memoria: “esa mano que entra en tu pecho y te cambia de sitio el corazón”. Maravilloso Luis Rosales, maravilloso John Lennon, maravilloso ese cirujano con dicción inglesa. Por cierto, ¿cómo será matar a un mito?

lunes, diciembre 06, 2010

No recuerdo ni un solo día de sol
durante la década de los ochenta.

Nadie puede hacerlo: nunca lució
el sol aquella década.

Los ochenta son los charcos sucios
de mi calle, los coches viejos,
la pana gris en bares aún amarillentos,
el mundo en sepia, las nubes
siempre.

Una jaula de edificios y aceras,
de gente fea con ropa fea
con grandes sueños que iban muriendo.

Los ochenta: mi padre borracho
desplomándose con gran estruendo
sobre el asfalto húmedo.

lunes, noviembre 29, 2010

Estados alterados

Imagínate que la droga, en todas sus variantes, creciera en lo alto de los árboles de las avenidas y todo el mundo trepara, y perdiera la cabeza lamiendo los frutos psicotrópicos: el mundo sería diferente, dulce y borroso, impredecible, y la ciudadanía estaría drogada todo el tiempo, la gente se abrazaría por las calles, y hablaría insistentemente con la gente por las esquinas, haciendo grandes aspavientos, tal vez sin escuchar nada. Los transeúntes caminarían en zigzag y el ministro calvo Alfredo Pérez Rubalcaba perdería su aspecto de sabio melancólico y aparecería en nuestros televisores con los ojos enrojecidos, la mirada pedida, citando a Tierno Galván en aquellas fiestas de San Isidro en las que tocaron los Smiths: “quien no esté colocado, al loro y que se coloque”. La policía perseguiría a los sobrios por doquier, utilizaría sus sistemas más sofisticados de inteligencia –todos anfetamínicos, trabajando día y noche sin interrupción- para sacar de sus agujeros a aquellos que no se drogasen, a los putos enemigos de la Sociedad y el Estado, los sobrios enemigos de la unidad ebria de España. Y las madres reñirían a sus hijos coñazo que no tomasen pastillas, y les darían bolsitas de Mitshubisis o Tiburones Blancos los viernes por la noche (tómatelas toditas hijo, que no me entere yo) y los más macarras pasarían de sus madres y tirarían el éxtasis en las macetas de la calle: yo-paso-de-todo, yo-soy-el-más-duro, no-me-importa-morir, porque por entonces las autoridades sanitarias habrían decidido que la drogas son fuentes de vida, bienestar y salud. Señora: dróguese. Y a la vuelta de las discotecas, en las que la juventud no se drogaría, los niños buenos tendrían que simular llevar un colocón de puta madre y llegar a casa dislocados y a cuatro patas para no disgustar a la familia, que tanto invierte en la educación y, lo que es más importante, en la drogadicción de sus hijos. Las nuevas generaciones: drogadas. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado: drogados. Los MTV Awards: drogados (y muchos sobrios en las afterparties). El Sector Financiero: drogado. El hombre de la calle: drogado. La Banda Terrorista ETA: drogada. El director del Museo del Prado: drogado. Los taxistas: drogados. Fernando Sánchez Dragó: drogado. Y los camellos, menuderos y grandes narcotraficantes: benefactores de la sociedad, con despacho en el Ayuntamiento y coche oficial a la puerta, todo abollado de los accidentes que en este hipotético mundo sucederían constantemente en nuestras calles y carreteras.

martes, noviembre 23, 2010

Cosmologías varias

Un día Macarena me dijo que, algunas extrañas noches, cuando estaba sola en casa, con la persiana bajada hasta el tope, sin que quedase ni una sola rendija por la que pasara la luz amarillenta de las farolas, se sentaba en la cama tan solo iluminada por la penumbra de la lamparilla, e imaginaba que su cuarto era lo único que existía en todo el Universo, que no había nada más allá de sus cuatro paredes, ni ninguna otra persona esperando fuera. Que solo existía aquella cama de 2,10, aquella mesa con dos libros, una vela y un ordenador portátil, aquellas estanterías llenas de recuerdos de gente que no estaba en ninguna parte, porque ella era la única consciencia que habitaba el Cosmos. Lo que había fuera, me dijo Macarena, no lo imaginaba como un vacío totalmente blanco o totalmente negro, infinito en todas direcciones, sino más bien al contrario, como si todo el espacio infinito estuviera relleno de una sustancia sólida y dura, como si alguien, algún demiurgo malévolo hubiese llenado de hormigón el Universo y en el centro hubiera dejado una burbuja minúscula, menos que infinitesimal, que era su cuarto, con ella dentro, iluminado únicamente por la luz tenue de la mesilla de noche.

Entonces Macarena sentía una ansiedad irrefrenable, un peso horrible aprisionando el pecho y mucha dificultad para respirar, como si el aire fuera espeso o metálico, y empezaba a contemplar absurdamente la idea de aquello, aquella teoría salvaje, fuera cierta mientras que todo lo anterior, los recuerdos, las personas, el mundo alrededor, fuera solo un sueño que había soñado una noche (¿existían, pues, la noche y el día?) cautiva en aquel cuarto. Y que antes de ahogarse, tenía que correr a la ventana y levantar la persiana con toda su fuerza y desesperación para comprobar felizmente que no, que fuera no estaba todo lleno de hormigón de allí a los confines del espacio y la existencia, sino que se veían los pintorescos tejadillos de Malasaña, plagados de antenas de telefonía y chimeneas bajo las cuales chisporroteaba la vida.

jueves, noviembre 11, 2010

Yo estoy a favor del sol, soy partidario,
cuando el sol sube muy alto y estalla y lo pringa todo
y su miel cae lentamente por las paredes
como melaza.

Yo me como el sol, lo muerdo, lo lamo y entro dentro,
el sol tiene una puerta y yo la sobrepaso,
porque dentro del sol hay furiosas reacciones nucleares,
porque el sol, al fin y al cabo, es una esfera de gas que autogravita,
y hay millones de soles, cientos de millones en cada galaxia,
pero yo me como este, lo muerdo, lo lamo,
me deja la sal, me seca la saliva de los labios,
se me cae encima y me aprisiona, quiero a este sol,
el mio, el nuestro, el que fusila nuestra sombra en las miradas,
el que nos arde la piel en cuatro millones de terrazas.

Solo está el sol tan solitario y me solaza:
yo quiero cuarto y mitad de sol, y toda la luz
ultravioleta, quiero quemarme y ser lagarto y luz y cielo,
porque el sol lo es todo, es la energía metafísica del ser
y del no ser, el centro de todas las metáforas y de los mantras,
de los úteros, de los chicles, de los escupitajos, y tú escupes y:
ahí está de nuevo el sol como un Dios indiferente en primavera.

Me hago sol, me como el sol, lo muerdo, lo lamo, lo acaricio,
me funde y me refunde y me deja tan líquido buscando el sumidero
de las más soleadas aceras en este barrio tan sombrío.
Sal y ponte, como yo, otra vez el día de mañana.

sábado, noviembre 06, 2010

yo que tenía la voz
y el espanto

yo que tenía la luz
que emitía
cada noche
la nevera

(quién estaba abierta
¿ella o yo?
¿tenía yo luz dentro
o ella iluminaba?)

quería meter la cabeza
en el horno
como tú

¡ay Sylvia!
cuánto suicida
y qué pocas ganas
de morir

de asarse la cabeza
en un barrio
donde no llegan ambulancias
ni fotógrafos

Sylvia: cuánta poca cabeza
y qué poco fuego

pasan los años,
Sylvia,
y estamos cada vez
más lejos de todo

(de nosotros mismos
los que fuimos)

queríamos ser como tú

pero nos folla el miedo

viernes, octubre 29, 2010

¿A qué dediqué la primavera del 87?
¿Qué estaba haciendo el seis de marzo
de mil novecientos noventa y cuatro
(por la tarde)?
¿Qué hacías tú cuando ese avión
desapareció engullido por las negras
aguas del Atlántico?

Me levanto, bebo agua, me ducho con cuidado.
Bajo a la misma calle y el mismo portero
con la misma cara
me da los buenos días con las mismas dos
palabras, es decir: buenos días.

Piso el mismo asfalto que los otros días
-¿por qué los llamarán otros si son el mismo?-
y me siento en el metro rodeado de desconocidos,
como siempre, en un viaje que jamás recordaré,
como si este día a través del que viajamos
no hubiese existido nunca.

Todos nosotros, sin embargo, ellos y yo,
estamos haciendo lo mismo:

rellenar un vacío en los calendarios atrasados
del futuro.

lunes, octubre 18, 2010

Esteban se disuelve

Esteban se está disolviendo. Cuando vengo unos días a la ciudad le visito con frecuencia. Me abre la puerta, me hace pasar al salón, él solo en aquella casa tan grande. Yo miro por el ventanal, abajo pasan los coches y conversamos en bucle. Ayer, por ejemplo, le conté lo del dentista. Esteban me preguntó qué dentista era, yo le dije que Corbes, él frunció el ceño. Le di más señas y finalmente le ubicó y me contó un par de anécdotas sobre él. Era de Palencia y hacía 20 años había sido su vecino. Estaba más delgado entonces. Luego me pregunta cuánto me quedo. Hasta el martes, le digo. Entonces empieza el bucle. Me pregunta por el dentista, le digo que Corbes, frunce el ceño, al final lo recuerda. Me cuenta que fue su vecino, que es de Palencia, que ha engordado unos kilos. ¿Hasta cuando te quedas?, me dice luego.

Ayer se levantó renqueando y fue a su habitación en busca de unas fotografías. Desde el salón oí como movía cosas. Pasaron quince minutos y no volvía, así que me acerqué al cuarto. Me miró con sorpresa: se había olvidado de que yo le esperaba en el salón. Sin embargo se excusó diciendo que era una broma, que no se había olvidado. Le seguí el juego. Nunca sé si avisarle de sus despistes, si es mejor hacerle ver que se está disolviendo o hacer como si nada. Como si el mundo fuera un bucle. Tenía las fotografías en las manos. Estoy seguro de que muchas de ellas le resultan extrañas, como si pertenecieran a otra persona, porque no reconoce a nadie de los que aparecen en ellas.

Cuando las cosas tienen nombre se vuelven más reales. La demencia senil siempre ha existido, es normal que los viejos se vayan deshaciendo. Antes se decían que estaban chochos, viejos. Ahora hay una palabra terrible: alzheimer. Una palabra con un zeta, con una hache intercalada. Palabra del demonio. Tiene cierta poesía el alzheimer: igual que uno no empieza a existir realmente cuando nace, no guarda ningún recuerdo del día siguiente al nacimiento, sino que va surgiendo de forma borrosa, de una nebulosa de la que al final resulta una persona, este mal es el proceso inverso. No morirse de pronto, sino volver a adentrarse en esa nube, esa niebla, hasta llegar a la oscuridad de la muerte, a la nada primigenia. Una vida simétrica, igual al principio que al final. Un adulto que vuelve a ser un niño y muere en posición fetal.

Ayer, antes de despedirme Esteban me preguntó ¿hasta cuándo te quedas? Hasta el martes, le dije. Pensé que tal vez en nuestra próxima visita Esteban abra la puerta y no me reconozca. Que sea uno más en esas fotos que no entiende por qué guarda si no son suyas. Y como nuestra identidad es nuestra memoria, como somos memoria, entonces Esteban ya no existirá. Se habrá disuelto.

lunes, octubre 11, 2010

Supermarket

Me acuerdo mucho de aquel programa de la tele titulado Supermarket. No se si ustedes lo recuerdan: en un plató que era la réplica exacta de un supermercado (¿cuál es la diferencia entre una réplica exacta y el original?), los concursantes tenían que pasar varias pruebas a los mandos de un carrito de la compra. Ejemplos: buscar cierta colección de productos, o uno secreto escondido, o sumar en caja cierta cifra exacta de pesetas, porque entonces el mundo era joven y todavía gastábamos pesetas. Fomentaba el consumismo exacerbado, pero, in the other hand, lo presentaba Enrique Simón, que tenía una esplendorosa sonrisa llena de dientes y una voz como sintética (por cierto, ¿qué fue de Enrique Simón?).

Siempre que voy por Mercadona fantaseo con que soy un concursante de Supermarket y trato de encontrar mis objetivos con la máxima rapidez posible, eligiendo los mejores itinerarios en los pasillos, esquivando a los otros clientes, recortando en las curvas. La operación cotidiana de la compra se convierte en una misión fascinante.

Por lo demás, los supermercados me interesan mucho porque son una visión distorsionada de la realidad, es como la realidad vista a través de un caleidoscopio plastificado. En los supermercados no hay pollos, sino bandejas con muslos o pechugas o contramuslos, tampoco hay vacas, sino bandejas con filetes y bricks de leche, no hay gallinas sino cajas de huevos y no hay huertas, ni bosques, ni montes, ni naturaleza, sólo una sección de fruta y vegetales bien refrigerada. Un supermercado es una reducción demente del Cosmos. ¡Venden peces congelados!

Ahora, de niños, nunca conocemos la naturaleza de primera mano. Siempre a través del supermercado, que es la naturaleza hecha a imagen y semejanza del hombre, o, mejor, a imagen del capitalismo (¡oh!) occidental. Por eso, cuando vamos a la guardería nos enseñan los animales, y las plantas, y el sonido que hace cada uno de los bichos que pueblan la tierra, todo en videos y bonitos libros desplegables y coloreables, o en juguetes Fischer Price o peluches. La naturaleza está muy lejos, y, de no hacerlo así, las próximas generaciones pensarían que en los campos y en las granjas lo que pastan no son animales sino bandejas de poliestireno plastificadas con un precio puesto, en pesetas y en euros.

miércoles, octubre 06, 2010

Imagínate tú

Imagínate que mañana te levantas, te duchas, y durante el desayuno, cuando, aburrida, te pones a leer los ingredientes y promociones en la caja de los corn flakes, como todas las mañanas, descubres que no hay nada impreso en el cartón. Entonces miras el brick de leche y ves que tampoco hay nada escrito, y que sólo sabes que es semidesnatada por el diseño en color azul. Tampoco se lee nada en la caja de galletas. Imagínate que bajas a la calle preocupada y el mundo parece extraño, en principio no sabes muy bien por qué, pero pronto caes en la cuenta de que han desaparecido los rótulos de todos los locales, y cuesta diferenciar un bar de una cafetería o de un restaurante de lujo, o una mercería de la oficina de correos. Corres al kiosco, imagínate, y han desparecido todos los textos, no sabes cuál periódico es cuál, ni puedes identificar al líder árabe que aparece en la página tres de uno de ellos, porque no hay pie de foto, ni titular, ni texto, nada, ni siquiera reconoces a la actriz maciza que aparece en la sección de cultura y que han premiado en Cannes, ni qué columna pertenece a cada columnista, porque ni hay columna ni ese vacío vertical viene firmado. En la bibliotecas la gente erra azorada entre pasillos de libros vacíos e intercambiables. En los hospitales los médicos escriben recetas en blanco, en las farmacias los farmacéuticos no encuentran los medicamentos sin probarlos con antelación. La gente muere por falta de fármacos o intoxicada por dosis equivocadas. Los escritores, desesperados, se arrojan desde sus altas torres de marfil. Las cosas del mundo, ya sin nombre, se van mezclando unas con otras formando una masa informe en la que todas se confunden. ¿Qué avión es el nuestro? ¿Cómo ver la versión original subtitulada? Imagínate ahora que vas corriendo al muro detrás del instituto (ahora desierto, ya sin textos) después de tantos años y descubres, que aparte del corazón, la flecha, escritos con rotulador a trazo grueso, no quedan nuestros nombres ni nada de lo poco que quedaba de lo nuestro.

viernes, octubre 01, 2010

De viaje

Viajé a hacer un reportaje a una capital de provincia. Durante el viaje de ida en autobús, fui ojeando mis anotaciones y algo de documentación para realizar el trabajo. Cuando llegué hacía una mañana esplendorosa. Le pregunté a una transeúnte como llegar al monasterio y me explicó que debía cruzar la calle y tomar un autobús de línea, el número 7. Seguí sus instrucciones y me coloqué junto con otras personas que esperaban, entre ellas dos chicas japonesas algo despistadas que parecían venir a hacer turismo. Como el autobús no acababa de llegar y habían pasado ya 15 minutos, opté por tomar un taxi. En unos minutos llegué al monasterio, donde me identifiqué como periodista. No tardó en bajar la jefa de prensa y una guía, con las que me había citado el día anterior desde la redacción. Me dieron una exhaustiva vuelta por el lugar y me explicaron todo tipo de detalles y anécdotas, para ser algo tan rematadamente aburrido como un monasterio de clausura, se podía sacar algo de interés. Luego tomé un taxi de vuelta al centro. Había calculado mal el tiempo y ahora tenía demasiadas horas vacías por delante antes de que saliera el autobús de vuelta, así que me dispuse a recorrer la ciudad. Fui a la catedral, curiosee por las tiendas de casco viejo, pensé que era una ciudad agradable aunque algo desangelada, sobre todo al mediodía, como todas las capitales de provincia. Cuando llegó el hambre decidí darme un homenaje y entré en una pizzería cara que tenía muy buena pinta. La decoración era muy cuidada y había cierta penumbra acogedora. Pedí una lasagna que estaba deliciosa y una copa de vino tinto. Después de comer me encendí un cigarro y me puse a leer el periódico, donde el caso Gürtel seguía copando la portada.

Luego fui al baño. Y en el baño lloré. Lloré desconsoladamente, como una explosión detrás de los ojos, lloré convulsamente, agarrándome el vientre, tapándome la cara con las manos, sollozando, lloré apoyando todo el peso de mi cuerpo contra la puerta, tapándome la boca para que no me oyera nadie, lloré en cuclillas con la frente apoyada en los antebrazos, no había forma de parar aquel llanto como vómito, aquel llanto que nacía en lo más profundo de mi estómago, aquel llanto como una presa que quiebra, y cae el agua y anega todo lo que encuentra en su camino, ese era mi llanto, un llanto de alimaña, de bestia herida, de trinchera. Lloré hasta quedar exhausto, hasta que toda la electricidad dejó mi cuerpo, mi cuerpo frágil y deshecho, y me quedé inerte. Me recompuse. Me lavé la cara. Me froté los ojos frente al espejo. Dejé de llorar y salí. Salí del baño.

Después pagué la comida y me dediqué a pasear. Estuve leyendo en un parque. La lugareñas me parecieron muy hermosas, con una belleza felina y ojos almendrados de aire italiano, de peli neorrealista, perdidas en medio de Castilla. Estuve en una librería y busqué una novela de Charles Baxter que no tenían. El librero me ofreció encargarla pero le expliqué que estaba de paso y que me marchaba en un rato. Fui caminando a la estación que estaba en el extrarradio. En el bar de enfrente, un bar cutre de capital de provincias, me tomé una caña y me reí en silencio de las chorradas que decían los parroquianos. Hice pis. Por fin llegó la hora irse. Tomé el bus y durante el viaje de vuelta fui admirando como el cielo castellano se iba volviendo naranja y violáceo y era sobrecogedora esa belleza.