sábado, julio 03, 2010

Es tu manera de saltar de enredarte en los jirones
los pies descalzos apenas pisando sobre el humo la niebla
lo indefinido con ese salto tuyo que es casi vuelo
con ese vuelo tuyo que es casi aire
con ese aire mío que se vuela en remolino
esa manera de caminar aún sin rodillas ese aleteo tuyo
sin el asfalto que al final es medicina esa
manera de tocar lo que no tocas o que se toca tú
a ti misma, ¿cómo voy yo a poner suelo
a los andares tuyos? ¿qué hormigón
qué triste ingeniero proyectará un destino
para las palmas voladoras de tus pies?
hay un camino tuyo que bien podría ser mi lomo
mi vientre mi forma de pensar cómo caminas
las palabras pisa rotundamente estas palabras
que más que aun para ti
son rotundamente mías

me estás pisando por dentro

viernes, junio 25, 2010

Yo estoy dentro de la cama,
y dentro de mí hay un cerebro y dentro del cerebro
un laberinto blando, y dentro del laberinto estás tú,
perdida, chocando con las paredes, huyendo
del minotauro con un temblor de brisa,
de pequeño animal que tiembla.
Dentro de ese animal hay un vacío y dentro del vacío
está la piedra y dentro de la piedra hay una isla
y dentro un bosque por el que corres a oscuras,
entre ramas, zarzas, flores y encuentras la casa,
-porque dentro del bosque hay una casa- y dentro de la casa
hay una cama, y dentro estás tú misma, dormida,
convulsa, anestesiada y dentro de tu pecho hay un corazón,
y dentro del corazón hay un latido y un latido y un latido,
y entre dos latidos estoy yo, arrullado dulcemente entre las sábanas.

sábado, junio 19, 2010

Ensalada

A mí lo que me gusta es crear nuevos espacios donde desarrollar dinámicas heterodoxas enfocadas a la deconstrucción de la siempre problemática (y a veces traumática) naturaleza del significado, y su relación programática con otros paradigmas interculturales y/o científico técnicos. Sin dejar de lado, claro está, las múltiples implicaciones místicas que han aportado, para qué negarlo, un caldo de cultivo muy propicio para la proliferación de nuevas interpretaciones ontológicas de la delimitación del arte, la filosofía y la gastronomía, tal y como se entienden contemporáneamente en Occidente. Por ello, ante el momento de angustia existencial propio del hombre posmoderno y, no olvidemos esto, el cruce de caminos histórico que el nuevo escenario pornopoético presenta, animo a cualquiera que lea esto a tomar parte en una estructura rizomático-social que por fin, y a falta de iniciativas en ese sentido por parte de nuestros gobernantes, investigadores y actores sindicales, de una vez por todas, consiga delimitar la sustancia de los bollullos.

¡Adelante, compañeros!

martes, junio 15, 2010

Ricky Martin en el país de los soviets

Esto sí que es un bonito sainete: resulta que el presidente venezolano Hugo Chávez dijo el otro día en su kilométrico programa televisivo Aló presidente que el cantante Ricky Martin era partidario suyo y que desde allí, desde su púlpito televisivo, le mandaba un saludo. Al parecer, días antes, en una cuenta de Twitter que supuestamente pertenece a Ricky, se declaraba“castrista y chavista”, “socialista” como su colega el cantante de Calle 13, René Pérez. Que ya estaba harto, decía, de estar en closets porque ya no le importaba lo que dijera la gente sobre él (recordemos que hace algunos meses había salido del armario y reconocido públicamente -a buenas horas- su homosexualidad).

En fin, que, “aunque no suelen desmentir las informaciones falsas que se difunden por la red”, esta vez, supongo que por el tamaño del agravio, desde su página web oficial se apresuraron a refutar las palabras Chávez - y del supuesto Twitter del cantante puertorriqueño. Dicen que Ricky Martin jamás se pronuncia sobre ningún tema de índole política, que respeta todos los credos y bla, bla, bla…

Lo que no sabemos a ciencia cierta es si Martin vive en una burbuja de cristal y eso de la política le suena a chino, si en realidad es un agente marxista leninista encubierto (un trasunto de Carlos el Chacal pero con mejor movimiento de caderas) que pretende destruir el capitalismo desde bien adentro (no olvidemos que va a interpretar a Che en una peli), si no quiere mojarse para no dejar de succionar ni un solo dólar de sus probables fans izquierdosos o si, simplemente, es tonto. Con lo del perro, la niña, la mantequilla e Isabel Gemio nos había generado menos dudas.

miércoles, junio 09, 2010

21 /12 /2012

Bueno, bueno, pues parece que esto se acaba. Seguro que ustedes ya habrán oído hablar del asunto: el 21 de Diciembre de 2012, solsticio de invierno, se acaba el mundo tal y como lo conocemos: a tomar por culo, con perdón. No quiere esto decir que el planeta Tierra (o el Universo, ya puestos) vayan a desaparecer, sino que habrá cambios importantes, cataclismos (algunos dicen que para bien, para llegar a una nueva etapa de la conciencia, una era dorada) que harán que nada sea como era antes, es decir, como es ahora. Tal vez todo le vaya mejor al planeta a partir de esa fecha, pero, eso sí, una parte de la humanidad pagará para ello.

¿Cómo sabemos esto? Pues lo sabemos de buena tinta, o mejor que tinta, tallado en piedra: ese día finaliza el ciclo largo del calendario maya, que se inició 26.000 años antes, un ciclo que se relaciona con la precesión de los equinoccios, esto es, el movimiento en círculo del eje de rotación terrestre contra el fondo de cielo y que se toma precisamente ese tiempo en dar una vuelta (digamos, para entendernos, que la posición aparente de la estrella polar describe un círculo en el cielo cada 26.000 años por efecto del movimiento de peonza moribunda de la Tierra). Esto es lo que previeron los mayas hace varios siglos, claro.

Pero no nos hagamos la picha un lío, el caso es que en 2012 coinciden otros fenómenos astronómicos: la Tierra y el sol estarán alineados con el centro de la galaxia (cosa que calculo no tendrá ninguna influencia en el planeta), pero la actividad solar, ojito con esto, estará en un máximo. Cada 11 años el sol alcanza uno de estos máximos en su actividad magnética y esto se nota en el número de manchas solares, que pueden tomarse como un índice de esta actividad. El campo magnético se retuerce sobre si mismo y revienta, cambiando la polaridad de la estrella. El polo norte magnético pasa a ser sur y viceversa, emitiendo una onda de choque electromagnética. El viento solar, además, formado por partículas cargadas, protones y electrones -causantes de las hermosas auroras boreales-, azotará la Tierra con más virulencia de la habitual y fastidiará, probablemente, los tropecientos satélites que orbitan como un enjambre de abejas metálicas alrededor del planeta azul.

Ya se lo pueden imaginar, es algo parecido al tan cacareado a finales del siglo pasado Efecto 2.000, que iba a fastidiar, por un error de los más absurdos, toda nuestra tecnología, hasta las tostadoras. Lo que ahora encaramos es la desaparición de toda la estructura de telecomunicaciones con las fatales consecuencias que esto puede traer para la economía mundial, y más con la que está cayendo. Algunos paranoicos temen además desastres naturales a gran escala como los que se vienen produciendo últimamente, maremotos, volcanes, huracanes, el puto apocalipsis.

Total, que así las cosas, ya hay grupos de supervivientes del 2012 cavando búnkeres por doquier -en los alrededores de Madrid, por ejemplo-, y reuniendo víveres y provisiones para la verdadera Crisis que se avecina. Únanse a ellos o mueran, así de simple.

O hagan como yo y esperen al día siguiente para comentarlo, daiquiri en mano, en este, su humilde blog.

sábado, mayo 29, 2010

Televisión digital fascista

Era cierto. Un día cualquiera encendimos el televisor y había ocurrido: un ominoso letrero nos informaba de que la emisión tal y como la conocíamos había acabado y que necesitábamos un aparato de tdt para seguir disfrutando de la tele. Nosotros habíamos esperado el Apagón Analógico y el Advenimiento de la Tdt como se espera a la muerte a diario: haciendo oídos sordos, mirando para otro lado, actuando como si nunca fuera a suceder hasta que, claro, un día, ¡zas!, ya esta aquí.

Enseguida nos hicimos con el nuevo gadget llenos de esperanza: la tdt abría un campo inexplorado a gente como nosotros, que no disfrutaba de canales de pago y todavía vivía constreñida en el estrecho marco de las televisiones gratuitas y en abierto: las públicas, la autonómica y las privadas de toda la vida, seis canales o así. Ahora, de pronto, nos asomábamos al mundo (o el mundo se asomaba a nosotros) por tropecientos canales diferentes de nombres exóticos que aún no identificábamos y que nos hacían sentirnos, un poco, como paletos digitales.

Sin embargo, ¡oh desastre!, no tardamos en descubrir, en nuestra eterna perspicacia, que en aquella excitante maraña de siglas las novedades se encontraban principalmente en canales deportivos, canales para aprender inglés, muchos canales de teletienda, pero sobretodo, ¡oh, horror de los horrores!, multitud de canales carpetovetónicos, celtibéricos y ultramontanos.

Aún ignoro por qué, aunque me lo puedo imaginar, pero la parrilla de la tdt viene escandalosamente trufada de estos canales, léase Libertad Digital, Veo 7, Popular Tv, o (válgame Dios) Intereconomía. Si nos escandalizaba el discurso de Telemadrid, resulta que estos (manque televisión pública), eran unos pardillos comparados con el descaro de estos nuevos canales. Canales de bajo presupuesto en el que les basta un escenario cutre y tres o cuatro tertulianos ultraderechistas y algún sparring apocado y con poca verborrea de signo contrario para montarse un show de 24 horas de propaganda extrema, ladridos y dislates.

Comentando el otro día la jugada con un reputado politólogo, me decía que aunque parezca pintoresco, esto acaba calando entre la población. Decía también que el problema era que los radicales de derechas de la actualidad habían sido extremo izquierdistas en su juventud (léase Federico que retransmite su programa de radio de LD, flipa, y era rogelio), y conocían la importancia del agit prop, la utilización de los medios y, en fin, las ideas al respecto de Antonio Gramsci, que ahora usaban en su beneficio. Y que era algo, ese ataque total y extremista, que en EEUU tampoco les había ido mal, incluso en medio de los desastres de la Administración Bush. Ahí tienen ustedes al Tea Party, facción extremoderechista y peligrosa de amable nombre.

En fin, la cosa puede resumirse en que se emite hasta un canal llamado María Visión, supongo que trasunto televisivo de Radio María, con los contenidos que ustedes pueden imaginar. O en aquel reportaje de Intereconomía, por llamarlo de alguna manera, en el que se arremetía contra el uso del condón en África porque el continente no gozaba de un clima fresco y seco para conservarlos y, además, la manicura de los africanos "dejaba mucho que desear", motivo por el que esos usuarios corrían el riesgo de rasgar los preservativos con las uñas antes de utilizarlos. Un ejemplo de periodismo de calidad al más puro estilo digital terrestre.

viernes, mayo 14, 2010

Envuelto en llamas

Por mucho que vuele aún me parece insólito volar. Esa máquina terrible y orgullosa que brinca contra el cielo arrastrando toneladas de metal, combustible, equipaje, electrónica, azafatas y carne humana, ese rugido implacable de la bestia oculta en los motores. Ya lo dije una vez: hay teorías científicas que lo explican, la Mecánica de los Fluidos, que tanto me costó aprobar aquella vez, la Ley de Bernouilli, el efecto Venturi, toda esa mierda, pero al final, nadie sabe, creo yo, por qué vuelan.

Tomar un avión tiene algo de ritual, de misticismo, también de campo de concentración: sacar la tarjeta de embarque, empujar el carrito, luchar contra el Imserso, tomarse un café, quitarse el cinturón y el DNI en el detector de metales, ponerse el cinturón, esta vez de seguridad, no fumar. Es un rito colectivo, religioso, moderno e industrial.

A mí no me gusta volar, me da miedo, un miedo que, aparte de estadísticas tranquilizadoras, domo cada vez que por motivos de trabajo o de placer, tengo que meterme en un avión. Porque el valiente no es el que no teme, sino el que enfrenta sus temores. Cuando el vuelo es plácido viajo regular, cuando es malo, sufro. Siempre vuelo inquieto, pero vuelo.

A pesar de esto, siento una fascinante fascinación por los aviones: no puedo dejar de mirarlos despegar con la cara pegada al ventanal, no puedo dejar ventanilla cuando vuelo. Es tan extraño estar a 10 kilómetros del suelo... Hay gente que viaja sin mirar lo que se ve, ese paisaje extraordinario, el mundo desde arriba, no les entiendo. Allá arriba, como ayer, no importaba nada, ni siquiera el tijeretazo de ZP, todo se sumía en un silencio extraño ante la extrañeza de que el mundo es mundo, de que sea como es, de que existan mantas de nubes, y planetas, y rayos de sol saliendo del horizonte a ultima hora, el rayo verde. Anoche, volviendo de hacer el reportaje, vi en la oscuridad de medianoche Avilés, Gijón y Oviedo todos juntos e iluminados, la línea de la costa hecha de luz, comprobando que los mapas son verdad, que son como nos cuentan, y eso solo se comprueba desde arriba, muy arriba.

Y si el avión, como siempre temo, se cae, qué forma tan hermosa de morir, cayendo desde el cielo, envuelto en llamas.

viernes, mayo 07, 2010

Con vistas al cielo

El edificio de El Corte Inglés de la plaza de Callao era durante la Guerra Civil un hotel donde se hospedaban los corresponsales extranjeros, entre ellos Ernest Hemingway, según contaba el otro día en Telemadrid un señor mayor que parecía saber lo que decía. (También informó a los telespectadores del cochambroso canal que en los bajos del edificio de enfrente, el Palacio de la Prensa, se compuso el tristemente célebre himno fascista Cara al Sol). Desde la terraza del edificio de El Corte Inglés, que ahora es la cafetería de los grandes almacenes, se domina una impresionante vista de Madrid: la Gran Vía que se tiende hasta la Plaza España, el Palacio y el Teatro Real, el mar de tejaditos madrileños, con sus antenas, sus buhardillas, sus azoteas, sus espacios absurdos, y la Casa de Campo, con su parque de atracciones y todo. Al fondo, las ciudades satélite que asoman en el horizonte y la sierra.
Lo sorprendente de la frontera Oeste de la capital es que se corta de repente, se acaba la ciudad y empieza la enorme extensión verde de la Casa de Campo que, por cierto, en ocho años de estancia aún no he visitado. No hay barrios periféricos, ni esas zonas disueltas que uno no sabe bien como calificar, si como polígono industrial, ciudad, autopista o erial. (Inciso: la semana pasada, en la entrega de los Premios Cajamadrid de Narrativa y Ensayo, en La Casaencendida, una de las jurado mencionó que alguien que no recuerdo había intentado en varias ocasiones salir de la ciudad a pie y no lo había conseguido, pues siempre que parecía que se aproximaba al borde surgía otra excrecencia de la urbe o una circunvalación que le cortaba el paso).

Lo bueno de la terraza de Callao, iba diciendo, a parte de que los corresponsales de antaño podían seguir la guerra en directo, puesto que se divisaba el frente, es que ahora cualquier mortal puede disfrutar libremente de las vistas mientras se toma algo en la cafetería. Al periodista Pablo León y a un servidor nos dio hace una buena temporada por intentar recuperar la sana costumbre de la merienda, que parece olvidada por las jóvenes e insensatas generaciones de españoles. Uno de esos días subimos a la terraza en pos de unas tortitas y recordé que, en una ocasión, hace ya unos años, me surgió una idea para un relato en ese escenario privilegiado.

La historia era como sigue: el narrador del relato, que en este caso concreto coincidía con el autor, que soy yo, subía las nueve plantas de El Corte Inglés hasta llegar a la cafetería. Allí me encontraba a mi padre, sentado en la zona de fumadores, agarrado a un Winston y a un gin-tonic, precisamente las cosas que le mataron hace ya quince años. Es curioso que mi papá se tomaba la ginebra con Schweppes, la tónica que se anuncia en la celebérrimas luces de neón multicolor que coronan el edificio Capitol, que se ve justo enfrente del ventanal. En primer momento, yo pensaba -en el relato- que su muerte había sido fingida y que en realidad nunca había muerto, pero papá, allí sentado, tan campante, tenía el mismo aspecto que antes de su muerte, como si no hubiera pasado el tiempo. Finalmente me confesaba que estaba muerto, pero que las cafeterías de El Corte Inglés era un punto de conexión entre el más allá y el más acá, por eso las ancianas siempre van allí a merendar, después del cine o la misa de ocho, para, ante su cercana muerte, ir haciendo contactos y un hueco en la intensa vida social del Cielo y, más aún, del Infierno. Además, claro está, de por la calidad de su servicio, sus productos, y por la garantía de calidad, eterna, que ofrece El Corte Inglés desde hace más de medio siglo a sus clientes.

Aquel día Pablo León y yo llegamos tarde y nos echaron amablemente, cosa que molestó a León, que casi inicia una disputa con el maitre. Una vez apaciguado, bajamos de nuevo a la calle y disfrutamos de un chocolate con churros en la chocolatería Valor, alegremente, sentados al aire libre. Por cierto, hace tiempo que no merendamos.

domingo, mayo 02, 2010

Fresh bankin'

De un tiempo a esta parte, Isaac del Valle Mogarra y un servidor venimos haciendo, o tratando de hacer, una revisitación (o refundación, que ahora se dice tanto) de un concepto tan tradicionalmente español como estar en la calle pasando el rato mirando a los que pasan. Todo empezó hace unos meses, cuando, hartos de no encontrar nuestro hueco en nuestras citas semanales (en día laborable) en ningún bar de Malasaña o ninguna de sus plazas más notables, adoptamos un banco en un triángulo urbano, cruce de tres calles, que el Ayuntamiento planea bautizar como plaza de Antonio Vega (tal vez por la proximidad del Penta, el horroroso bar que hizo célebre el artista), plan que no acaba de llevar a cabo quizás porque nadie se cree que eso sea una plaza. El sitio nos pareció ideal: un chino enfrente donde comprar las latas de cerveza, una sidrería abarrotada en la que colarse fácilmente a orinar, un pizzería en porciones para llenar el buche en caso de necesidad, máxima densidad de jóvenes transeúntes, muchos de ellos conocidos, y casi nula presencia policial.

Ustedes se preguntarán qué tiene de novedoso sentarse a pasar la tarde en un banco, tal y como hacen cientos de parados, inmigrantes, domingueros, adolescentes, ancianas y todo tipo de vecinos. Nosotros tampoco lo sabemos aún, pero por lo pronto lo hemos bautizado como fresh bankin', el mismo slogan que utiliza la entidad financiera ING Direct en sus anaranjados anuncios televisivos, cosa que los situacionistas franceses hubieran calificado, en aquellos salvajes años 60, como un detournement, una desviación de las imágenes y discursos capitalistas para nuestro propio provecho. Por nuestra parte, Del Valle Mogarra y un servidor, que esperamos llegar a ser tan célebres como los heavies de Gran Vía, nos preguntamos qué sentido tiene ocupar una terraza abarrotada pagando cuatro o cinco veces más por nuestras consumiciones cuando podemos estar literalmente de cara al mundo (las mesas de las terrazas siempre reúnen a grupos cerrados, en círculo, dando la espalda a lo que acontece fuera) y en fuerte contacto con eso que hemos dado en llamar la vida cotidiana de la gran ciudad. Vengan a visitarnos, ahora que empieza el verano nos trasladaremos en ocasiones a un banco entre dos cubos de basura sito al comienzo de la populosa calle Argumosa, Lavapiés. El proyecto, a todas luces, se presenta lleno de prodigiosas posibilidades.

lunes, abril 26, 2010

Jacques Derrida y la tortilla española

Ah, por fin, en mi última visita Asturias tuve la fortuna de probar la celebérrima tortilla deconstruida. Si ustedes no han pasado los últimos años en Marte recordarán el revuelo que se formó hace unos años en torno a este plato tan posmoderno que se convirtió en icono de la cocina de autor, tanto que se le otorgó la autoría al ubicuo y sacrosanto Ferrán Adriá (que acabó desmitiendo tal extremo, aunque alabando, eso sí, a tan distinguido plato). La cosa, si no se lo imaginan, consiste en un recipiente estrecho, una copa de helado o algo semejante, una base de huevo batido crudo, líquido, en el que flotan cuadraditos de patata y cebolla frita (porque, sí, la tortilla española lleva cebolla). Para consumirlo, el comensal tiene que tratar de reunir con la cuchara los tres ingredientes y llevárselos a la boca, donde se conjugarán en una explosión de sabor tortillil. La verdad es que me gustó mucho.

Anyway, hay una confusión en torno al término deconstrucción (he de decir que en el lugar en que tomé la tortilla la habían bautizado, con mucha más tino, como desestructurada -también he sabido de un pote asturiano desestructurado que sirven en El Corral del Indianu, el restaurante de Jose Antonio Campoviejo, sito en Arriondas), que los incautos suelen tomar como contrario de construcción y sinónimo de desmontaje, por ejemplo.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas: la deconstrucción, tal y como la conocemos, es un método de análisis de texto popularizado por el filósofo posestructuralista francés Jacques Derrida, conocido por la oscuridad de su prosa y ciertas pajas mentales, muy propias de su época (los 60-70-...) y su país, allende los pirineos. Como la deconstrucción es una cosa bastante abstrusa y sesuda (de la que mejor hablamos otros día) y se aplica a textos, no tiene sentido hablar de una tortilla deconstruida, aunque quién sabe, tal vez a Derrida le pareciera una idea sugerente considerar una tortilla española como algo semejante a un sistema simbólico y tratar de estudiar las variaciones históricas y acumulaciones metafóricas de un vulgar pincho. O incluso de un café con leche. Grandes posibilidades se abrirían entonces al pensamiento.

Hablando de esto, señalaba el otro día Pepe Monteserín en su columna de La Nueva España, un caso inverso. Mientras que Woody Allen en su film Deconstructing Harry sí se refería a la deconstrucción de Derrida, aquí, siempre tan avispados, la tradujimos como Desmontando a Harry. Justo lo que teníamos que haber hecho con la tortilla. Ñam.

viernes, abril 16, 2010

Bonduelle

Hoy se montó un mendigo en el vagón de metro, pero no era un mendigo al uso, era alto y guapo y trataba de vestir limpio y conjuntado, con cierta coquetería, se notaba que la suciedad que llevaba encima no era fruto de la desidia propia del vagabundeo sino de la mera imposibilidad de lavarse. Tenía cierto aire a Julio Cortázar, que no era guapo pero que sí era guapo. A mí Cortázar me recuerda a ciertos hombres pez que salen en los terroríficos relatos de H.P. Lovecraft, con los ojos tan separados, y a una terrorífica exnovia mía de la que no voy a hablar ahora, sin embargo, Cortázar era guapo por lo que escribía, por su encantador acento francés, su voz grave, su erres arrastradas, sus problemas de dicción, por ser un cronopio de casi dos metros, por eso lo queremos tanto. Es curioso cómo vemos guapa a gente que no lo es físicamente, simplemente por que los admiramos, o los queremos o, simplemente, después de mucho tiempo, nos acostumbramos a sus rostros. Como digo este mendigo se daba un aire a Cortázar, era igual de alto y tenía una melena repeinada y grasienta que se colocaba a cada poco mientras esperaba a que los viajeros (clientes se dice ahora) tomaran asiento. Contó, después de pedirnos que disculpásemos las molestias y desearnos un buen viaje, que acababa de salir de prisión y que no tenía dónde caerse muerto, pidió algún dinero para comer algo, alquilar una habitación en una pensión y darse una ducha –se notaba que estaba deseando darse una ducha, porque, como dije, se lo veía coqueto y pulcro-, dijo también que si alguien llevaba algo de comida encima –cosa harto improbable a mi parecer- también lo aceptaría. Por alguna razón me cayó en gracia este expresidiario y, cosa rara en mí, sobre todo con la que está cayendo, le di un euro íntegro, fui el único que le di dinero. Contra todo pronóstico, una señora que viajaba sentada sacó de su bolso una pequeña lata de maíz Bonduelle y se la dio al expresidiario, que la aceptó agradecido. Me pregunto por qué lo meterían en la trena. Algo haría...

miércoles, abril 14, 2010

Un matadero

Como de la tragedia, no somos conscientes de las dimensiones de las cosas. Giramos en una esquina del Universo y pocas veces miramos al cielo alucinados y pensamos más allá, las distancias son, de todas formas, insondables, no se agobien (o agóbiense, dice Kant que lo sublime viene cuando la imaginación no alcanza la magnitud de las cosas). Pero no hay que irse tan lejos: caminamos por la ciudad mirando el culo de quien tenemos delante, las zapatillas del que cruza, los titulares en los televisores, pero una ciudad es mucho más que el laberinto de calles al que nos han constreñido (ni siquiera somos conscientes de que vivimos encerrados en líneas urbanas que se cruzan, que sólo nos dan opción a ir hacia delante o hacia detrás, salvo que tomemos la libérrima decisión de cruzar la calle, ¡oh, libre albedrío!).

La ciudad es una bestia compleja, nos parece muy normal encender la luz y que se haga la luz, abrir el grifo y que salga el agua, como pequeños dioses orgullosos, pura magia. Para que eso ocurra, para que se haga patente el sortilegio, hay cientos de miles de metros de cable y tubería, centrales eléctricas, pantanos, grises funcionarios en la sombra, montañas de papeles burocráticos, cientos de interruptores en los que jamás pensamos. La ciudad también está llena de gente: vemos edificios sólidos e inertes, pero dentro, en cada uno de ellos, como colmenas, moran minúsculas vidas, en minúsculos salones, con sofas desvencijados, pósters, manteles de encaje, Playstations, figuras de Lladró de gondoleros, galanes y prostitutas. A mí, cuando camino y anochece, me gusta mirar las ventanas de las casas en las que se adivina luz: pocas veces se ve algo interesante, techos, mamposterías de escayola, la parte alta de ciertas estanterías, sombras, alguna cabeza que se cruza y se asoma a la ventana, y te devuelve, desafiante, la mirada. Entonces: sí, hay gente ahí.

Y la comida, ya lo dice el Lorca de Poeta en Nueva York, en unos versos casi periodísticos: “Todos los días se matan en NY cuatro millones de patos, / cinco millones de cerdos, / dos mil palomas para el gusto de los agonizantes”. No somos conscientes del volumen de animales que comemos, ni sabemos de dónde vienen, debe haber en algún sitio enormes naves industriales llenas de bichos hacinados -aterrorizados por el olor de la muerte- listos para nuestro consumo. De niños nos enseñaron lo que era la gallina, la vaca, el cerdo en bonitos libros de colores, sin embargo, llegamos a adultos viendo hermosos filetes de añojo, lonchas de lomo adobado rojo infierno, o pollos rotando eternamente al calor de las rosticerías. No tendríamos lo huevos a matarlos con las manos, pero para eso ya existen matarifes (¿alguien conoce a un matarife?). Por lo demás, los mataderos que había dentro de la urbe, su arquitectura modernista, los convertimos en exclusivos centros de arte avant garde donde programar macroeventos de música electrónica avanzada en los que, eso sí, disfrutamos como animales.

Se me viene a la cabeza que tal vez el matadero es ahora la ciudad entera y nosotros aquellos agonizantes lorquianos, ya lo dijo Dámaso Alonso en los primeros versos de los Hijos de la Ira: “Madrid es una ciudad con un millón de cadáveres / (según las últimas estadísticas)”. Nota: ahora somos más de seis, incluso en primavera.

martes, abril 06, 2010

Asco

Como ustedes sabrán, en los suplementos culturales de los periódicos, en las revistas literarias, se prima reseñar lo bueno antes que lo malo. A falta de espacio, siempre es mejor recomendar algo aprovechable para el lector, que elegir algo para destruirlo en público, en plan circo romano. Con la excepción, claro está, de los grandes autores: si Muñoz Molina o Millás presentan su nueva novela y resulta ser una basura, es de ley airearlo a los cuatro vientos, que se vaya el tufo.

Por la demás, y tal vez base de leer tanto suplemento literario, yo soy más de ensalzar lo bueno que de criticar lo malo. Cuando era un adolescente combativo (como todos, supongo) me paseaba por ahí blandiendo un dedo acusador, señalando todo aquello que no molaba, que era retrógrado o comercial, que era una mierda. Sin embargo ahora me molestan las personas que, no siendo ya adolescentes ni mucho menos, siguen ejerciendo la crítica desaforada y adolescente por doquier. Da la impresión de que estar a la contra es la única forma que tienen de reafirmar su individualidad: yo contra el mundo. Y con esto no quiero decir que haya que aceptarlo todo o comulgar con ruedas de molino, ni mucho menos, pero un poquito de por favor, que la vida también está para disfrutarla.

Uno de los ámbitos en los que más me molesta esta actitud sombría es en el de la comida. Hay gente que va a un restaurante y en cuanto se sienta ya se está quejando de todo: del servicio, de la limpieza, de la calidad de la comida, de las esperas… A veces hay que reconocer que hay sitios donde se da mal de comer, pero yo prefiero ahorrarme las críticas hasta el final de la comida, hasta la digestión, cuando ya lo he probado todo y puedo formarme un juicio, digamos, panorámico. Sin embargo este tipo de gente ejerce la crítica en tiempo real, y va describiendo minuciosamente como cada plato, cada ingrediente, cada gesto del camarero les va incomodando. Al final la cosa te acaba dando asco. Aunque no sé si la comida o la compañía.

lunes, marzo 29, 2010

Videoclip

Nos gusta la música porque nos gustaría que la vida fuese un videoclip. Yo siempre me relato el futuro como si así fuera: me imagino cogiendo un coche en verano y viajando al sur, sacando la mano por la ventana y dejando que sea mecida por el viento, parando en polvorientas gasolineras y áreas de servicio, colocándome una botella de horchata congelada en los cojones, sudando, con gafas de sol y buena música de fondo. El pasado también me lo imagino así, claro (porque el pasado también se imagina). A veces uno se pone una canción, se enciende un piti y se queda inmóvil en la silla, con los ojos bien abiertos, casi sin parpadear, moviendo apenas el brazo para llevar, a cada rato, el cigarro a los labios, después al cenicero rebosante. El poder evocador de la música no tiene parangón, tan sólo es comparable con el de algunos olores, así que en ese momento uno no está mirando a ninguna parte, ni siquiera al aire que tiene delante, sino que está recordando todo lo que la música le trae a la cabeza, pero no en una narración continua como una novela, si en no imágenes entremezcladas, cortadas y editadas como en un videoclip, porque así se presentan los recuerdos, sobretodo cuando son arrancados del centro del cerebro por canciones, y porque además lo recuerdos son ficción, como los videoclips. También cuando uno se pone los auriculares y sale a caminar, entonces uno está en un video, yo soy de los que de pronto me sorprendo en el reflejo de los escaparates dando brincos con el subidón de turno, o cabeceando violentamente en el vagón metro al ritmo de un riff de guitarra descerebrado, no puedo evitar bailar cuando camino, ni ir canturreando, por eso me miran raro, porque quiero, como todos, que mi vida sea un videoclip.

jueves, marzo 25, 2010

Maldad

A mi ya hay pocas cosas que me emocionen, sin embargo, el otro día, ante mi sorpresa, algo consiguió tocarme dentro. Y no era una canción ni un poema, era la aprobación de la reforma sanitaria de Obama, mire usté. Al día siguiente, leyendo la crónica de Antonio Caño en El País -ni siquiera lo había visto por la tele, con el poder emotivo que a veces tienen las imágenes- se me humedecieron los ojillos cuando Obama explicaba cómo, desafiando los intereses ajenos, las empresas, los lobbys, habían conseguido llevar hacia delante aquel difícil asunto, y sacar a 32 millones de ciudadanos de la indigencia sanitaria. Sé que la reforma no es la hostia vista desde aquí, pero es un salto de gigante para los prósperos y tan paradójicos Estados Unidos. Recordé tantas charlas de taberna, tantos panfletos, tanta indignación e impotencia, tanta peli de Michael Moore denunciando los abusos de esas fantasmales y malvadas corporaciones. Y he aquí que aparece Barack Hussein Obama, el Negro, y les vence la partida, al menos en parte. Un hombre que no se preocupó por el precio político de su proyecto, de arruinar su carrera, de perder las elecciones: sólo de arreglar lo que había venido a arreglar. Como decía David Trueba, el presidente que antes de cada discurso para explicar la reforma se quitaba la chaqueta y se remangaba la camisa, como el obrero que va a bregar duramente con su tarea.
Obama juega en campo más grande que el de la política: juega en el campo de la sentimentalidad y la poesía, por eso es algo más que un político y puede emocionarte como sólo una canción o un poema lo haría. Por eso hacen camisetas.

Por lo demás a mi me da asco la gente que se queja de la Seguridad Social española. Que se retrasan las horas de visita, que hay mucha gente, que mi médico no me hace caso. Me dan asco por insolidarios (piensan que sólo viven ellos en este país) y por ignorantes (tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo). Cállense señoras. Y respecto a la actitud de los conservadores, que dijeron que la aprobación de la reforma era el mayor retroceso desde la Ley de Derechos Civiles (que otorgó igualdad a los negros), sólo me cabe pensar que su único móvil es la maldad. La más cruel y aberrante maldad.

viernes, marzo 12, 2010

Magma

Como la roca madre de la Tierra, dijo él,
como el magma que se retuerce por debajo,
así será siempre nuestro amor,
encima de los demás estratos
pasarán las civilizaciones,
las catástrofes, las tormentas, los pétalos
de las flores irán cayendo año a año,
y los terremotos sacudirán el mundo,
y explotarán lejanas supernovas
en galaxias rotando a miles de años luz;
nacerán niños con mi nombre, morirán
mujeres bajo el tuyo y nadie sabrá nada.

Habrá incluso quien crea en otras cosas
que llamarán ingenuamente amor e incluso Dios.

Llegará el día en que no quede ni una sola huella
de nosotros, ni nada que mantenga
un solo recuerdo de lo nuestro,
ni una foto amarillenta, ni un poema como este,
ni un cerebro.
Pero incluso, dijo él, cuando todos los imperios hayan caído,
y no quede un rastro de vida en la superficie del planeta,
ahí seguirá dormido nuestro amor,
como el magma que gira y que bulle en el núcleo,
como la roca más dura, más tenaz, más madre,
más terrible
de la Tierra.

Por eso,
dijo ella,
para que siempre duerma,
no quiero verte más.

miércoles, marzo 10, 2010

Espía

Salgo a la calle al atardecer y me encamino hacia los lugares en los que he vivido antes. Lo hago a veces, cuando me asaltan inesperados ataques de melancolía o de nostalgia (otras veces no son tan inesperados, pues coinciden con resacas, problemas o tardes de domingo amarillentas), con la vana esperanza de encontrar algo, no sé muy bien el qué: el tiempo cambia los lugares, las personas y las cosas, y los sitios donde uno ha sido feliz o infeliz pierden su significado íntimo cuando ya no está allí quién compartió con nosotros esos momentos. Aunque si ese alguien retornase y viniera a ese mismo lugar de nuevo tampoco sería lo mismo. El tiempo cambia los lugares y las personas, pero aún más la combinación de ambos, que hace los cambios aún más evidentes. Triste ejercicio de la nostalgia, esta vuelta a comprobar que ya no queda nada, como si uno no lo supiera de antemano, como detenerse a escudriñar bien un cadáver.

Cuando vuelvo a Oviedo es evidente: ya no queda casi nadie de la gente que antes estaba, los comercios han cambiado, muchos de nuestros bares ya no tienen los mismos dueños -no son nuestros- y ya no se conoce a nadie por la calle. La ciudad se ha convertido en un escenario de cartón piedra en el que todos los actores han huido, y sólo quedan ya recuerdos por doquier en cada esquina. Y no es que aquellos tiempos fueran mejores o peores, la nostalgia no distingue de eso, siempre se duele del tiempo pasado, fuera bueno o fuera malo, eso, después mucho tiempo, da lo mismo. Es el miedo al tiempo que pasa, a su mero discurrir, el amor al tiempo vivido, y no tiene ningún remedio, si no que cada vez se agrava.

En Madrid camino hasta la casa de Ópera, o hasta la de Atocha. Pienso: debería subir a mi antigua casa, debería llamar al timbre y esperar a que alguien se asome, debería decirle a ese alguien, fuera quien fuera: déjame mirar mi antiguo cuarto ¿Quién vive ahí? ¿Cómo se llama? ¿Sabe todo lo que en otros tiempos pasó aquí? En la casa de Delicias incluso alcanzo a ver el salón a través del balconcillo, todos estos años he ido constatando los cambios en la pintura, en los trastos almacenados en el propio balcón, en la ropa que tienden los intrusos. A veces veo la sombra de uno pasar contra la pared del fondo, que ahora es blanca. ¿Quién será? ¿Qué hace ahí? ¿Fui yo cómo el alguna vez? ¿Me espía, como un exnovio celoso, algún viejo inquilino a través de las ventanas de mi casa?

jueves, marzo 04, 2010

así
como el polvo del ala
de la mariposa
o la polilla
la pestaña
la mejilla leve
esa piel

así
me hilvano en el humo
que se disuelve
me voy con él

como la tinta que se acaba
en un vaso de agua
y ya no es

así quiero acabarme
disuelto después de todo
disuelto
-hoy es domingo-
disuelto
así

disuelto en ti

martes, febrero 23, 2010

viaje al fin de la noche

Buscando un nuevo firmamento, abriremos un hueco en el suelo -ven, dame la mano -, huiremos de este mundo amarillento y cavaremos. Cavaremos con las manos y los dientes, con furia y sin relojes, con tierra en las uñas y en la boca. Cavaremos desnudos y silvestres buscando el centro del planeta, arderemos en el fuego del infierno -adiós al Diablo con la mano- y seguiremos. Sin dias y sin noches, cavaremos, cavaremos, escapando, todo estará oscuro -no has de tener miedo-, la única luz del mundo será de nuestros cuerpos: el sudor, el temblor, el aliento: cuando anochezca -aquí siempre es de noche- susurrarás canciones muy pequeñas en mi oido, me meceré en ellas -yo el pentagrama, tú la melodía- estaremos solos y trenzados como las raíces de un árbol milenario. Al final olvidaremos el propósito del viaje, o haré que lo olvidemos: las estrellas en el cielo al otro lado del planeta ya no importarán, nos quedaremos para siempre, en el medio, sin buscar una salida, huidos ya de todo, un temblor, un latido, el tacto de una espalda entre las piedras -quitate el pelo de la boca-, nuestros cuerpos juntos nuestros pies desnudos, la respiración caliente y cavernosa -me dan miedo las cuevas-, el cansancio que devasta, nos quedaremos mudos, en silencio, inmóviles, semillas - a ver si algo germina- en el seno de la tierra, -me quedo aquí contigo-, repito, para siempre.

jueves, febrero 11, 2010

Qué vida tan freelance (economía aplicada)

Siempre al hilo de la más rabiosa actualidad, mi economía se fue al garete al mismo tiempo que el derrumbe de la griega. ¿Se puede ser más contemporáneo? Deberían incluirme entre los países cerdos, ya saben los P.I.G.S. (Portugal, Irlanda (¿o era Italia?), Grecia y Spain). Aaaah, eran tan bonitos y relajantes los comienzos de la vida freelance, tan buen rolleros: libertad de horarios, asistencia a todos los saraos y canapeos del mundillo, resaca amarga, sí, pero amarga entre las calientes sábanas, pose intelectual… Pero, cómo diría Gil de Biedma, la triste realidad asoma, y el freelance se queda al descubierto y le entra ese síndrome de ansiedad tan común en el gremio. Hay que pensar más, y pensar a largo plazo y saber que todo forma parte de un ciclo largo en el que piensas hoy, escribes mañana, y cobras la semana que viene, todo esto en meses, claro, no en días (era una enriquecedora metáfora).

Temiendo que “esos países que no hacen los deberes” jodan la recuperación de la economía continental, los países de la zona euro se han puesto manos a la obra: primero reprimenda a Grecia y luego a pensar cómo ayudar, como un buen padre severo. Por supuesto, Merkel y Sarkozy no van a venir a rescatarme, ando enfadado con ellos, pero tal vez mamá y la TiaVicen, mutatis mutandis, me den una reprimenda e idéen un plan de rescate. Una ayuda, como la de Francia y Alemania, “que no será gratis”.

Qué vida tan freelance.