lunes, enero 29, 2007

De putas

Lo que parece impepinable es que el drama de la prostitución no es tal, se me ocurrió la otra tarde, y que tal vez no sea tan terrible dedicarse a tan honrada tarea. Paseando por el expositor de carne que es la calle Montera uno no puede dejar de sentir lástima por esas jovencitas de atuendo extravagante que buscan un partenaire a cambio de una miseria o, peor aún, adentrarse en los sórdidos vericuetos de la calle Ballesta y comprobar ahí siguen esas señoras de edad avanzada cuya forma de sustento es practicarte una fellatio por veinte eurillos de nada. Pero a lo que voy es a que no me resulta tan terrible ser una prostituta de lujo y amasar una fortuna echando un par de polvos por semana –al menos es mejor que fregar escaleras y otros tropecientos curros que ahora mismo se me vienen a la cabeza, con jornadas laborales de ocho horas o más, sin incluir, claro está, los desplazamientos o las jornadas partidas que te parten la vida por la mitad-, de lo cual infiero que el drama no radica en la práctica de la prostitución en sí misma, sino en las condiciones en las que se realiza. Estas condiciones, para las putas que nos acechan por las calles del centro son del todo terribles, obligadas a emigrar de algún país empobrecido del Este o más abajo del Sáhara para acabar pasando las horas susurrando ternezas o lascivias a los transeúntes y teniendo que bregar con todo tipo de piojosos y desdentados que requieren de sus servicios. Es, por tanto, la pobreza y la marginación lo que diferencia la alegre vida de nuestra meretriz de lujo (“conocida t.v., demostrable”) de las lúgubres existencias de las putas callejeras, un problema político, a fin de cuentas.

Respecto a la supuesta inmoralidad de tales tareas lo que resulta evidente es que se trata de un condicionamiento de nuestra cultura impregnada y traspasada por el judeocristianismo aún vigente. En otros ámbitos culturales en ocasiones la prostitución es o fue considerada como una ocupación de prestigio (no en vano se trata del oficio-más-antiguo-del-mundo, del que se dice que fue practicado por la mismísima María Magdalena). Esta inversión de valores en el judeocristianismo fue provocada por Pablo de Tarso, que ustedes conocerán mejor como San Pablo, quién fue, a la sazón, el creador de esta desviación del cristianismo primitivo –del todo más respetable- en la que se convirtió la religión desde la Edad Media hasta nuestros días. Saulo –que era su verdadero nombre- era un neurótico histérico impotente, dicen los más freudianos, que se cayó del caballo cuado iba camino de Damasco ante una visión del propio Cristo que le hizo pasar de la persecución de los cristianos a ser su cabeza visible en una fascinante metamorfosis. Este hombre siniestro odiaba su cuerpo y decidió convertir a la doctrina en algo perverso y castrador. Por supuesto fue Pablo quien satanizó todo lo referente al sexo e introdujo en el corpus del cristianismo aquello que ensalza el sufrimiento y la martirización, cosas tan admiradas hoy en día por los católicos más extremos, leáse opusdeistas o legionarios de cristo, aunque solo sea de boquita. Es, pues, en este marco donde debemos colocar a la presunta inmoralidad de la prostitución.

Por lo demás imagino pocos trabajos que presten un servicio social de tal calibre, que extiendan el bienestar a los más necesitados –o a los más viciosos- y que, en fin, propaguen la felicidad y el disfrute como lo hacen las putas. Más que malas mujeres, pervertidas, inmorales, se me presentan como santas; los que realmente me parecen seres despreciables son aquellos que desde su poltrona o desde su púlpito hacen leña del árbol caído vituperando a las putas y, sobretodo, la asociación de comerciantes de la calle Montera, cuya única preocupación parece ser que el ayuntamiento eche a estas trabajadoras del ñiqui-ñiqui de su calle. Recuerden, fueron precisamente ellos quienes crearon a Floro, un simpático condón antropomorfo de un metro ochenta de altura que amenizaba todas sus manifestaciones y actos públicos: no son trigo limpio. A mí no se me ocurre en virtud a qué derecho –tal vez el derecho divino- se puede prohibir a una joven que esté tomando el fresco en la calle apoyada en un arbolito. Lo que si se debería hacer es regular la prostitución como el trabajo que es, como creo que se hace en Holanda, lo que implicaría su inclusión en la seguridad social, el control sanitario de las trabajadoras, y todos los más derechos conquistados por los trabajadores en los estados del bienestar.

Hala, que disfruten.

viernes, enero 26, 2007

Acerca de una discusión con mamá en torno a la incomunicabilidad del mundo y el sinsentido de los enunciados metafísicos, de compras en un Mercadona


he comprado mortadela. he comprado mortadela, pan y queso. he comprado mortadela, pan y queso y una botella de cava. y después me he puesto triste. quizás todos ustedes deberían haber leído a Ludwig Wittgenstein. quizás todos ustedes deberían haber leído a Ludwig Wittgenstein –su mirada melancólica- y no haberlo comprendido en absoluto.

martes, enero 23, 2007

Entomología


Coleccioné durante algún tiempo, ya lo saben, palabras que significan mariposa y comprobé, maravillado, que todas son palabras hermosas pues se refieren a un hermoso bichejo. Empecé por las más obvias: papillon, mariposa, escapitina, butterfly y más tarde mis amigos comenzaron a regarlármelas en las barras de los bares –tximela, farfalla, borboleta- o a mandármelas en emails desde la India: titili.

Pero me cansé de retener a estas palabras clavadas con un alfiler en un corcho y un buen día abrí la ventana y las vi alejarse revoloteando y no volvieron. Ahora colecciono palabras, otras, que se refieren a la falta de las cosas, a las cosas que no hay: olvido, ausencia, vacío, nada. La mejor de todas, sin duda, la joya de la corona que guardo celosamente en una pequeña caja de caudales es una palabra que casi no es palabra o que es eso y mucho más, una palabra que se rompe con decirla y que se niega a sí misma la existencia. La palabra más extraña y terrorista, que parece estar hecha de cristal.

¿A qué suenan las cosas que no suenan?

Ahí lo tienen.

Silencio.

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En la imagen las plantas de los pies del Autor como alas de mariposa sobre fondo de bigote mexicano.

viernes, enero 19, 2007

las palabras nunca fueron suficiente y he aquí un pájaro negro que despliega sus alas en mi pecho.
palpo tu abdomen tenso y convulso por el llanto y comprendo que el lenguaje es zafio y es inútil, un juguete roto en nuestras bocas.

si encontrara el verbo necesario para encender una luz en tu cabeza. si existiera.
que lo más tonto es perder algo por el puro miedo de perderlo.

te diría. que entres por la puerta que se abre y que disfrutes. que la vida está aquí, en tu regazo, y no en las crueles fantasías que te cuentas.

y que dejes de llorar, cojones.

lunes, enero 15, 2007

Qué fácil recordarlo, era un mañana limpia y la vida parecía tener sentido. Un sol soberbio y orgulloso imponía su dominio y yo desayunaba café con leche y pastas. La planta en la ventana era verde como nunca y la palabra miedo carecía de sentido por un día. Decidí leer la prensa y encender un cigarrillo, había guerras en las letras y hambrunas en otros continentes, pero todo parecía muy lejano y no importaba. Leí, en cambio, un artículo sobre casas de montaña y valles verdes en el norte que quería visitar. Elegí, después, mi disco favorito del estante y lo puse en el stereo, la suave melodía invadió toda la casa mientras yo, asomado al balconcillo, observaba a los niños del vecino jugar con una lata. Qué sencillo. Levanté la aguja del vinilo para atender a una llamada telefónica que irrumpió desde la nada. Y entonces una voz siniestra y oxidada, procedente de otro mundo, me dijo que habías muerto.

Qué fácil recordalo. No creas, si me oyes, que no duele.

miércoles, enero 10, 2007

poemas esta tarde de amor endecasílabo y después fumarme un piti en la ventana. echar muy lento el humo por la boca y pensar en guarrerías imposibles. que trepe la noche sibilina hasta mi pecho y que vengas feliz como una adolescente drogada. no tenemos que hacer nada que no quieras, no seas tonta, y al final ya verás que es mentira lo que dicen. que todas esas cosas tan bonitas que te cuento susurrando en el oído no duelen en el fondo, muy al fondo, si te dejas porque quieres.

viernes, enero 05, 2007

Pescuezo

Has de tener cuidado cuando te pones un jersey de cuello alto porque lo más probable es que sobrevaloren tu cultura y tu inteligencia y eso puede acarrearte problemas y malos tragos. Yo tenía un amigo muy tonto muy tonto que una vez se puso un jersey de cuello alto y esa misma noche le preguntaron en la barra de un bar su opinión sobre la metafísica de Heiddegger y él, como era muy tonto muy tonto y jamás había oído el nombre de ese señor, no supo que responder y el color cada vez más rojo de sus mejillas fue diana de todas la miradas y de todas las burlas que volaron como dardos envenenados por el humeante aire de aquel local. Yo con eso no tengo problema porque soy culto desde hace unos cinco años, cuando me leí un libro muy gordo muy gordo titulado La Cultura. Todo lo que hay que saber; un libro insólito tanto en sus propósitos como en su forma ya que en él se hace un repaso por la cultura occidental en todas sus vertientes (literatura, ciencia, filosofía...) e incluso te da unas útiles directrices, en la segunda parte, para aparentar ser entendido en algo sin serlo y que consiste básicamente en cambiar de tema de la forma más descarada y hablar cínicamente de lo que tú domines. Así que si alguien te habla de la gravedad cuántica y tú en realidad en lo que tienes el culo pelao es en psicoanálisis freudiano pues le respondes con todo eso del yo, el ello y el superyó. Ya ven, como está el patio.

Por estas fechas de frío polar, y con las espaldas bien cubiertas con la cultura que me proporcionó aquella obra monumental, me pongo algunas tardes jerseys de cuello de cisne pues soy muy susceptible de enfermar de la garganta. La gente me dice entonces cosas la mar de extrañas: que si parezco un existencialista, que si un actor francés, que si un sesentero de Mayo del 98, que si fan de Brigitte Bardot, que si un pintor nihilista, siempre, curiosamente, cosas relaccionadas con Francia aunque no me consta que la prenda que nos ocupa tenga nada que ver en concreto con nuestro país vecino. Me recuerda vagamente a aquello de la Escuela de la Gestalt que ustedes estudiaron en filosofía de COU y que seguramente también venía reseñado en el sacrosanto libro gordo de la cultura, y que consistía en aquel cubo que a veces veías de una forma y luego de otra, o aquellos dibujos en los que no sabías si había peces o conejos. En fin, que en la percepción colectiva si te pones un jersey de cuello alto puedes pasar fantasmagóricamente –violá- por todos los estereotipos culturales franceses sin ningún esfuerzo, cosa que haría las delicias de muchos francófilos, a los que recomiendo fervientemente el uso de tan elegante prenda. El pensamiento debe residir en las amígdalas porque a los listos, ya ven, se nos inflaman.

martes, enero 02, 2007

Esquizo

Mi abuelo era ganadero y tenía una fábrica de embutidos así que, detrás de la casa donde vivía mi familia en un pueblo de la cuenca minera, entre ríos y montañas, había una pequeña nave industrial donde los cuerpos despellejados de las reses colgaban de grandes ganchos de metal negro sujetos al techo. A pesar de la agresividad intrínseca a tal actividad dicen que mi abuelo era un hombre dulce, cariñoso y sonriente, cosa que yo atribuyo a que podía comer solomillo muy tierno a diario redodeado de sus ochos hijos -mis ochos tíos- alrededor de una gran mesa de madera oscura. Pero esto no es lo que importa ahora, lo realmente importante es que con cierta fortuna que reunió pudo construir un edificio de ocho plantas en lo que entonces eran las afueras de Oviedo y es ahora el puro centro. Los ochos pisos se repartieron entre los ocho hermanos y, aunque la mayoría fueron vendidos o alquilados, aún a día de hoy hay tres facciones de mi familia que resisten en el inmueble: mi mamá en el cuarto y dos de mis tíos -entre ellos la inefable TiaVicen- en el sexto. Así que cuando estoy en casa de mamá y quiero visitarles solo tengo que subir dos pisos y en estas fechas tan señaladas celebramos todos juntos en uno de los pisos los banquetes y las celebraciones. En estos días el ascensor y las escaleras que median entre el cuarto y el sexto son fuertemente transitadas por miembros de la familia de toda edad y condición que suben y bajan centollos, corderos, regalos y buenos sentimientos.

Fue el año pasado en Nochebuena cuando, subiendo por las escaleras una bandeja repleta de langostinos, la alegría ante la inminente ingestión de marisco se vió reemplazada por un pútrido hedor que procedía del quinto piso, el que media entre unos y otros dominios familiares. En el descansillo de la escalera y sobre el alféizar de la ventana que da al patio de luces encontré todo tipo de dulces y de pequeños juguetes de baratija, un arco iris de gominolas y caramelos, cochecitos y pequeños muñecos, pero también fajas, bragas amarillentas y sujetadores talla grande, lencería, toda ella, de mujer madura. Me sorprendió el exótico contraste entre la imagen entre edénica y circense de aquellos objetos infatiles y coloridos regados por todas partes y la ropa interior y el olor ignominioso que parecía colarse por debajo de la puerta cerrada del quinto derecha. En ese piso había vivido desde que el mundo existía una extraña pareja compuesta por una anciana mujer y su sobrina cuarentona. Recuerdo que durante mi infancia fueron mujeres normales y decentes, anodinas, pero la anciana, un día, pareció empezar a marchitarse víctima de una severa depresión justo cuando florecía mi adolescencia, como si de alguna manera su vigor y vitalidad fueran traspasadas de una a otro través del patio, las tuberías o los tendales de la ropa. Aquella mujer acabó viviendo en un silencio perpetuo tras una mueca de indefinible terror cada vez que me la cruzaba en el portal, moviéndose muy lentamente como si desease que la muerte la alcanzase pronto. Su sobrina, en cambio, era una mujer alegre y conversadora que siempre te ofrecía la mejor de sus sonrisas y un poco de charla intranscendente, y ella permaneció en el edificio incluso después de que su tía fuera trasladada a otro lugar que desconozco a seguir, supongo, asustada del mundo y con la boca bien cerrada. Aquella Nochebuena de hace un año después de presenciar aquella escena en el descansillo subí los escalones de tres en tres hasta llegar al sexto piso, donde ibamos a cenar, y conté con verbo exaltado lo ocurrido. Tras algunas investigaciones por parte de la familia se descubrió que aquella sobrina de apariencia tan normal había enloquecido de repente y, en un ataque de esquizofrenia, había colocado todo de aquella manera –los dulces, las bragas, el confetti- y había, incluso, untado con su orín y sus heces las paredes interiores de su piso dando origen así a aquel hedor que se escapaba por debajo de la puerta. Hablamos largo y tendido sobre esto durante la cena y cada uno pareció revelar opiniones o saberes entre susurros que nunca los demás habían conocido, y se tensaron los oídos y se abrieron bien los ojos, y muchas historias se vertieron sobre aquella mesa en torno a la tía depresiva y la sobrina loca y así, gracias a estos dos personajes y a los rumores que las rodeaban, evitamos felizmente volver a caer en el sempiterno tema de la política que corroía nuestras cenas familiares como años antes había dividido a este país en dos mitades, y nos quisimos mucho más, y logramos evitar los traumas y rencillas familiares, y por fin, pasamos unas entrañables y felices navidades teniendo buenas digestiones y, en fin, como Dios manda.

Algún día la ternera moverá el mundo.

viernes, diciembre 29, 2006

Cachito

"Cachito, cachito, cachito mío; pedazo de cielo que Dios me dio"

Estaría bien descuartizarte y comprobar que la belleza más perfecta habita solitaria en el interior de las personas y no en su profanada superficie; y que no existe nada más hermoso que una pareja de riñones en su jugo o la masculina solidez de un hígado cirrótico. Ven, no tengas miedo, toma mi mano que yo ya tomo con la otra un cuchillo de cocina: te partiré finamente en mil trocitos como tú te merecías y no habrá después pesabumbre ni tristeza pues nadie se marchita por un montón desordenado de fragmentos de otro cuerpo. Nadie llora, amor, al sumergir un hueso en un puchero y no hay luto ni dolor en el rostro curtido del charcutero.

jueves, diciembre 28, 2006

Centollo!

Que ya lo sabemos, que vale que la Navidad ha perdido su significación tradicional y ha girado hacia un consumismo exacerbado, esquizofrénico y monomaníaco, y tanto hemos avanzado en la secularización de estas fechas tan señaladas que hasta la crítica más radical (los que señalaban a estas fechas pero con desprecio y afectación) ha sido absorbida por el propio sistema navideño despojándola de todo sentido como, por otra parte, suele ocurrir con todo tipo de críticas contra el orden de cosas establecido. A día de hoy y a este lado de la galaxia lo más común es decir que odias la navidad, que la navidad es puro consumismo o que te pone triste, y la crítica puede venir tanto de un lado -las bases católicas ofendidas por la usurpación de la tradición a manos de El Corte Inglés y Sidra El Gaitero-, como de los sectores más progresistas que, tal como están las cosas, tendrían doble objetivo a derribar: la significación religiosa y el delirio comercial. Un servidor se encuentra en una tercera postura aún más común y es aquella que adopta el amante de los langostinos y que no puede dejar de amar la conmemoración del nacimiento de Cristo por el grado de identificación que ha llegado a tener esta efeméride con lo que viene a ser el simpático marisco al que le chupas la cabeza. Hay gente que se desespera por la hipocresía de estas épocas, que ya podía todo el año estar la gente tan preocupada por el bien del prójimo, la paz en países desconocidos que -dicen- que existen en África y el amor universal. A mi lo de dar la lata con los niños que se mueren de hambre y con cosas de ese tipo precisamente ahora me parece de un mal gusto mecánicocuántico, precisamente esos que pregonan el compromiso continuo -y no solo a fin de año- con la realidad del mundo, son los que solo se acuerdan de dar el coñazo ahora que estamos ocupados en el Holocausto del Centollo. Desde mi posición, digamos, cetárea, opino que en realidad los que piensan así no caen en la cuenta que, a estas alturas de la civilización, ya nadie se preocupa por la paz o por el amor al prójimo, más bien por el amor a poseer más cosas que el prójimo. Yo en cambio, hedonista irredento, me lamento de que solo en éstas èpocas del año la gente cubra su mesa de mariscos cuando deberían hacerlo a diario, y eso me parece la mayor hipocresía de estos quince días. Luego ya el asunto del cordero me da igual. Que lo disfruten y cuídense del ácido úrico.

martes, diciembre 26, 2006

?

Para ver como cambian las cosas basta con dejarse asombrar por las fotos viejas sentado en una esquina de la cama, o descubrir que han abierto una hamburguesería de plástico en el sitio donde solíamos quedar, o tocar con las yemas de los dedos los rostros de los amigos y que después te inviten a una copa. A veces mueren niños devastados por la leucemia o carcomidos por alguna enfermedad extraña de la que solo se conocen dos o tres casos en el país y sus padres en un intento inútil y desesperado - patético- por conservar su esencia mantienen la habitación del pequeño cadáver dispuesta tal y como estaba durante su corta existencia y cerrada a cal y canto. El hijo ya no está ahí, entre los peluches y el papel coloreado de las paredes, sino pudriéndose en un ataud pequeño y blanco, que es como se debe enterrar a los niños. La habitación, en cambio, permanece como una burbuja estática en la estructura del espaciotiempo y el aire dentro es cada vez más denso y pastoso pues el tiempo allí no pasa, como en el borde de un agujero negro.

Que la memoria es mentira y es mentira que viví mil años enredado como un títere en los finos hilos de la noche y que sucumbí una mañana de hielo al embrujo mágico de las palabras. Que los recuerdos no son algo resuelto y acabado sino que permanecen en constante revisión y que he llegado a recordar mentiras cien veces repetidas y hechos que nunca tuvieron lugar. Que la reminiscencia tiene la calidad de la fantasía o de la ficción y que tal vez todo aquello nunca ocurrió. Y que a veces sobreviene el olvido y hemos de enterrar a las caras y a las cosas y a los nombres de las cosas en cementerios sin nombre dentro de ataudes pequeños y blancos, que es como se debe de enterrar a los recuerdos. O quitarnos la vida arrojándonos a las espinas de un rosal.

sábado, diciembre 23, 2006

Que no estaba muerto, joder, que estaba de parranda.

Seis años de trayectos Asturias-Madrid y viceversa en autobús dan para mucho, y puedo asegurar que yo no sería el mismo si no fuera por las personas que han viajado conmigo y que me han servido como modelo en tantos viajes. Modelos a no seguir, claro, como Pascual Duarte. El viaje de ayer fue, aún así, bastante notable teniendo en cuenta la extrema densidad de personas que había en el autocar y su delirio prenavideño. La que más me incomodó, sin duda, fue esa vieja que viajaba detrás de mí gritando periódicamente como una hiena histérica a un interlocutor telefónico que debía de ser su hijo tonto o su marido. Las señoras mayores van por ahí avasallando como si el mundo se acabara mañana: tratan de saltarse todas las colas, te sacan los ojos con el paraguas en los días de lluvia y comen pasteles compulsivamente los domigos después de salir de misa. Son precisamente los párrocos los que les dan su fuerza y su coartada moral todos los fines de semana desde los púlpitos y luego ellas se pasean toda la semana con el mismo gesto altivo que debía de lucir Napoleón subido a una colina antes de ser derrotado en Waterloo. Yo, en cambio, ayer me sentía un poco Pessoa, un poco Sábato y un poco Naranjito, por aquello de que tengo mucho jugo y me sentía especialmente ácido, y también porque somos casi casi de la misma quinta, qué coño. Aparte de la vieja chillona había dos chavales pijos un poco más jóvenes que un servidor que amenizaron el viaje con sus charlas sobre tetas mientras trataban de organizar un botellón telefónicamente. Ahora los hijos de la burguesía se dejan el pelo largo como Jose María Aznar, por aquello de que las greñas no son solo patrimonio del progrerío y la roja y gualda es para todos los españoles. Odio a la Derecha no solo por sus ideas, sino también por los argumentos que utilizan para defenderlas, por su discurso zafio y por su idiosincracia estética. Mariano Rajoy es transexual y sus segundos de abordo, Acebes y Zaplana, parecen dos mafiosos de película o dos Legionarios de Cristo, que es lo que en realidad son, es decir, ultraderechistas peligrosos. A la Derecha hay que calumniarla incluso con las mayores mentiras -aunque ni siquiera es necesario y yo solo he dicho una: adivinen-. Lo que realmente mola son las ministras socialistas que siempre tienen sus mejores ideas cuando departen informalmente con los periodistas. El otro día una dijo que el movimiento okupa era un movimiento cultural y una forma alternativa de vida, así que infiero que en su juventud visitó los squats holandeses y londinenses y buscó la playa bajo los adoquines o, en versión más cañí, corrió delante de los grises. La otra dijo que deberían prohibir la muerte del toro en las corridas y no puedo estar más de acuerdo con ambas cosas, lamentablemente sus compañeros de partido pronto desmintieron que éstas fueran declaraciones institucionales. He de decir además que yo, como soy muy guerracivilista, estoy a favor de la memoria histórica y de abrir otra vez la brechas del pasado y abrir las tumbas y las fosas comunes de los arcenes de todas las carreteras regionales de España y de que haya guerras fraticidas, que queda todo como más dramático y luego da para producir novelas y películas durante un par de siglos, con todos los beneficios que eso le reporta a nuestra cultura. Ah, y no trato de ser irónico. En serio.

El asco que me produjeron la señora y los pijos fue compensado por un un hombre madurito e interesante que leía a Houllebecq en el asiento de delante y, sobretodo, por el conductor que, aunque llegó una hora tarde por el atasco tenía tal labia cuando hablaba por el micrófono que, tras su última intevención ya en las puertas de Oviedo, recibió una increíble ovación de parte de todos los viajeros. Fue un momento tan emocionante y exaltado que estuve a punto de llorar de alegría, pues hacía tiempo que no vivía nada tan hermoso. Cuando llegué a casa mi madre se había olvidado de dejarme la llaves debajo del felpudo -ya ven, con esas andamos- así que me refugié en casa de la TiaVicen, que aprovechó para amonestarme un poquito, lo habitual, y que me dejó ducharme el cuerpo humano. Después fui de cena con los amigos-de-toda-la-vida y continuamos comprobando como nos hacemos mayores. La noche acabó, como es norma, en los bares más modernos de la ciudad, donde bebimos como macacos y constatamos de nuevo que, aunque ya no vivamos aquí, seguimos siendo algunas de las personalidades más populares y atrayentes de la noche carbayona.

jueves, diciembre 14, 2006

Objetos perdidos

Butch Dillinger abre los ojos después de seis horas de sueño. Ella ya se ha levantado, tal vez unos minutos antes, y corretea alegre por la casa: abre las ventanas y entra el aire fresco, enciende la computadora y un cigarrillo. Butch abandona la cama y la busca para darle un beso y los buenos días. "Hace soool" dice ella mostrando una enorme sonrisa. Butch le mira los dientes y también sonríe, después preparan dos tazas de café en la cocina inundada de luz y las toman en silencio. Ella está en bragas, distraída, él observa sus piernas, su vientre, sus pechos. Tiene la piel dorada. Le gusta, le encanta. Cuando ambos terminan con el café, Butch posa su mano sobre el muslo de ella y suena un ligero chasquido: "hazme el amor", le dice separando muy poco los labios, susurrando en su oído; y de pronto en su cabeza ya está ella saltándole encima como una pantera y las llamas surgiendo entre sus cuerpos; él la muerde en cada recoveco, ella le quita la ropa desesperada, y ya son una maraña caliente de carne, aliento y sudor; todo esto en su cabeza, claro.

"No" responde ella (fuera de la imaginación de Butch) mientras busca con la mirada alguna otra cosa que la distraiga; como no hay nada alrededor, se levanta y abandona la estancia. Butch la observa alejarse por el pasillo con leve paso de gata y deja caer su peso muerto sobre el sofá. "El amor es una enfermedad degenerativa" le grita su cerebro provocándole una molesta agitación. "Cállate" dice Butch mientras, al mismo tiempo, intenta apaciguar a su polla que se ha declarado en rebeldía. Sí, es una rebelión, una dura batalla contra todo su cuerpo. Después de sofocar la revuelta con mano firme se levanta para buscar en los cajones, entre la ropa interior y las viejas fotos, la pasión que se les perdió. Debería andar por ahí, olvidada y amarillenta; tal vez ella la había escondido o confundido con basura y echado al cubo.

martes, diciembre 12, 2006

Zevilla. Puente. Ozú.

Lo primero que sorprende al incauto viajero que emprende viaje hacia tierras andaluzas es el precio del billete de ida y vuelta, tan solo 30 euros, cuando en los viajes a tierras norteñas puede llegar hasta los 50. Todo cobra sentido cuando uno se encuentra montado en un Socibus de color rosa que parece descuajaringarse en cada bache y que tiene una parada a mitad de trayecto en un lugar perdido llamado Guarromán, sobre el que evitaré hacer chistes fáciles. El puente de diciembre estaba construido sobre dos pilares inexistentes, o al menos metafísicos, a saber: uno, la posibilidad de que una mujer se quede encinta –del hijo de Dios (!)- sin haber practicado el acto sexual y otro, la sacrosanta Constitución Española. Y sobre este puente flotante en el vacío nos escapamos en tropel a Sevilla ocho madrileños de adopción que formamos un comando, pues, aunque no amamos ni a la Virgen ni a las Leyes, sí que amamos el disloque, el easy living y las manifestaciones culturales, festivas y gastronómicas de cada rincón de la piel de toro. En el autobús nos comimos dieciocho bocatas.

Sevilla tiene un color especial, como las paredes naranjas del diáfano salón de Rafita, excompañero de piso y amigo que acogió en su hogar al grueso del grupo. Los otros se hospedaron en las dos casas de Virginia, amiga y excompañera de piso, a la que pillamos en mitad de un traslado de un pequeño piso moderno y luminoso a una casita con dos plantas y jardín, en la que el último día celebramos una de esas fiestas matinales que tan bien se nos dan, acompañados de nativos de dudosa procedencia, que acabó en doble desastre, primero con la vecina que rozó el delirio con sus quejas a un impertérrito Guillermo que aguantó el chaparrón por todos nosotros, en plan Jesucristo, y más tarde con el anterior inquilino de la casa –y también amigo- que volvió por sorpresa y encontró a una pareja desnuda en el salón (a la que le arrebató la manta que les tapaba) y toda la basura que se produce en este tipo de reuniones cubriéndolo todo, y que llegó finalmente, en un ataque de ira, a intentar agredir a la nueva inquilina, Virginia, que tras éstos incidentes decidió llamar a la casera –madre del exinquilino a la sazón- y renunciar a ocupar la casa, que, por otra parte, era estupenda. Una lástima.

Pero dejemos los detalles sórdidos y vayamos a lo que importa: el sano compañerismo que desplegamos por las serpenteantes calles de Sevilla, que recorrimos incansables como hacendosas hormigas, el trazado laberíntico de la ciudad, los callejones tortuosos de la zona vieja –algunos tan estrechos como el pasillo de mi casa, otros ciegos, sin salida, otros con un bakala al fondo- que alivian del calor en verano y son herencia de la época árabe y judía -aunque hoy en día están plagados de imágenes cristianas por doquier-, la religiosidad de los sevillanos, el mercadillo de chatarra cercano a la Alameda y el yonqui esquizofrénico tratando de vender un traje de novia, el desvarío estético de los señoritos sevillanos de clase alta acudiendo a una boda, las toneladas de tapas y vinos que degustamos en numerosas tascas y terrazas –con mención especial a esa Bola Picante traída del mundo de la fantasía-, y los múltiples lugares de los-que-hay-que-ver que visitamos como buenos turistas: la giralda, la torre del oro, el parque de Maria Luisa, y la Plaza de España, donde cada uno se fotografió delante de los azulejos que allí hay representando a cada región española. También nos dedicamos, como digo, al ocio nocturno y a nuestras peculiares eucaristías, y el viernes nos embarcamos en la ardua empresa de ir a ver pinchar a James Holden –el niño prodigio de la electrónica de hoy en día- a una discoteca periférica de la ciudad, todo un viaje psiconaútico y danzístico que desembocó en la fiesta matutina antes mencionada y que nos llenó a todos y cada uno de nosotros de gozo y zozobra sensual.

La vuelta, que se alargó más de lo esperado por el atasco de la Operación Retorno, pero que pasé agradablemente leyendo los suplementos dominicales de los periódicos, nos sorprendió con la profunda pena por la muerte de Lauren Postigo, que siempre me había caído bien por su melena leonina y su evidente bondad, pero sobretodo por la boda zulú que celebró hace unos años y que me produjo una mezcla de hilaridad y admiración –aquel tanga- y la alegría por la muerte del general Pinochet – a pesar que se escaqueó de ser juzgado un fascista cadáver siempre le alegra a uno la jornada-, que daba mucho miedo sobre todo cuando llevaba gafas de sol y bigote y que con la ayuda de la CIA y el secretario Kissinger –responsable de todos los desastres latinoamericanos y todavía activo en la sombra- masacró a miles de chilenos y acabó con el que fue, probablemente, el proyecto socialista más prometedor de entre todos los que se ensayaron en aquel castigado continente. Ya saben, socialismo o barbarie.

Salud.

martes, diciembre 05, 2006

No me eche de menos

No me eche de menos, aquí el tiempo va pasando en las ventanas. ¿Sabe? coloqué un molinillo en el balcón. Es bonito, como una flor alegre y excesiva. Cada pétalo es de un color chillón. Se lo compré un domingo a una gitana vieja en el mercadillo. Pero es mejor que una flor, no tengo que regarlo ni darle ningún cuidado. Pasan los meses y sigue teniendo el mismo aspecto, no se marchita ni nada. Me hace compañía y no tengo sacarlo a pasear como a un perro. Es tan indiferente como un gato, y además no araña el sofá. Es también mejor que la tele, no idiotiza: lo miro y me hace pensar. En los días de viento gira veloz y toda la acuarela se funde en blanco; salgo al balcón y miro la calle, al lado de mi molinillo, el viento también revuelve mi pelo. Abajo la gente pasa, por las noches son pandillas que caminan erráticas dando gritos alegres, cantando, con botellas en la mano que alzan al cielo, celebrando. Pero yo me quedo en casa por las noches: enciendo las lámparas pequeñas y el salón se inunda de penumbra amarilla. Al menos los que pasan por la calle deben ver eso: las ventanas, la penumbra amarilla y el molinillo girando en la barandilla del balcón, chirriando levemente -creo que soy yo el único lo oye, tengo que ponerle aceite un día de estos, para que no chirríe. De vez en cuando Antonio pasa por aquí. Suena el timbre y yo me asomo al balcón, a ver quien llama. Él me saluda desde abajo con una bolsa de plástico en la mano. Trae vino y bebemos toda la noche. Me cuenta como le va con Laura. Me dicen que discuten, que no puede ser.
- No te preocupes. Ya pasará - le digo yo.
Él dice que no, que no las tiene todas contigo. Está preocupado. También me dice que yo debería salir más, que no puedo estar aquí todo el tiempo.
- No será para tanto - le digo fingiendo una sonrisa y rellenando su vaso de vino.
- Pues deberías comprarte un animal de compañía o algo -dice él.
- ¿Para qué? Tendría que darle muchos cuidados. Mira, tengo un molinillo -y señalo al balcón- No tengo ni que pasearle. Solo ponerle un poco de grasa.

Además no es cierto que no salga nunca. Voy al mercado a comprar carne y verduras. Me cae bien la gente del mercado, siempre están contentos y hablan mucho. He aprendido nuevas recetas. Cocinar no es tan difícil, el mecanismo es siempre el mismo. Me salen cosas ricas, lo único que no me gusta es que se invierte demasiado tiempo en preparar algo que luego me como en un momento. Tengo tiempo, de todas formas, eso me sobra. Y es que yo como muy rápido, siempre me lo dice mi hermana. Cuando hablamos por teléfono prometo invitarla a cenar alguno de los nuevos platos que he aprendido a cocinar. Pero luego nunca me acuerdo. Está bien mi hermana, acaba de sacar unas oposiciones para profesora de secundaria. No sé si podrá con los chavales, a esas edades son tan rebeldes y ella tiene tan poco carácter que se la van a comer. Además dice que ahora quiere tener un niño, le ha dado fuerte. Ya lo estoy viendo: empezará a trabajar y enseguida tendrá que pedir la baja por maternidad. Tal vez yo debería tener hijos, al menos para dejar constancia de mi paso por aquí, ya me estoy haciendo mayor. No me lo imagino, los niños son tan ruidosos y esta casa parece sumergida en un silencio perfecto (excepto por el chirrido del molinillo, tengo que engrasarlo). De todas maneras no tengo con quien criarlos, así que da igual. A ver si la veo un día de estos, a mi hermana. Podríamos ir a pasear por el parque. Yo a veces lo hago cuando en días soleados, pero también si está nublado y feo. Me siento en un banco y leo durante unas horas. Cuando el sol se hunde me acerco al mirador y ahí está la ciudad oscurecida y el cielo morado y luego naranja y las nubes teñidas de estos colores. Y mientras el sol se esconde lentamente yo busco formas en las nubes, aunque es mentira que sea fácil encontrarlas. Yo hace tiempo que no veo una cara o un dragón en una nube. No sé, quizá sea el cambio climático, hace que ocurran cosas raras en el cielo. O tal vez que mis ojos ya no están para estas cosas, tengo los ojos viejos y la inocencia rota. Cuando ya está todo oscuro y las farolas encendidas vuelvo a casa y me siento en el sofá después de comer algo y me miro las manos y canturreo algo. El cristal de la ventana me devuelve el reflejo de mi cara y pruebo a sonreír. Lo único que cambia en mi gesto es la boca, los ojos se quedan lo mismo, la mirada permanece igual, solo sonríe mi boca. Quisiera sonreír de otra manera. Me gustaría ser honesto con mi sonrisa. Sonrío como quien sale en una foto.

Algunas noches, ¿sabe?, las paso pensando en usted. Pienso: ¿qué tal le irá? ¿donde estará ahora? Pero no se preocupe, no me eche de menos, como ve todo va bien por aquí. Tal vez un día me asome al balcón y la vea caminando por mi calle. Si usted algún día pasa por aquí y decide mirar hacia arriba y no me encuentra asomado al menos podrá ver el molinillo que tengo ahí colocado, es bonito como una flor alegre y excesiva, puede que ya lo haya engrasado, estoy seguro de que le gustará. Tal vez en ese momento yo también lo esté mirando desde dentro, oculto en la luz amarilla, sentado en el sofá, así que no se preocupe, no me eche de menos, como ve todo va bien por aquí.

viernes, diciembre 01, 2006

Miedo


Escruto estos días polisémicos con mano temblorosa, inocente como un ciervo herido, como un niño, y no encuentro la estructura, la cadencia: no hay sentido.

Constato cada día minucioso en el espejo cada marca, cada línea esculpida por el tiempo en la fría superficie, y hay un hombre, como todos esos hombres que caminan por las calles encorvados con paraguas -ya no un niño-, que me observa con dos ojos que son cuervos escondidos en la cueva y no comprende.

Miradme ahora, tan patético: tratando vanamente de ocultar este miedo a los relojes. Tendiendo esta cortina con las manos que algún día serán huesos.


martes, noviembre 28, 2006

A ella le gusta la gasolina

Tal vez sea el silencio y la sombra, no sé, el leve murmullo del mundo que se pudre ahí fuera según entra el otoño, las pisadas ligeras de mi gato yendo y viniendo por el pasillo, inquieto, el viento en la ventana, empujando la persiana cadenciosamente hacia delante y atrás, en fin: los tenues latidos de mi corazón, el vacío rodeando mi cama y la luz pobre de la última lámpara que esta noche permanece encendida como una hoguera perdida a lo lejos cuyo calor no me alcanza, simplemente, tal vez, la ausencia de tus manos, por qué demonios no están aquí tus manos tomando mis zarpas rotas y heridas, cuáles son los demonios que se han conjurado para dejarme muda, gélida y enferma.

Si viniera ahora tendría miedo, si viniera ahora tu mano desde la lejanía –esta noche es un páramo sin horizonte- y la yema de tu dedo tentase mi hombro y mi nuca, si notase tu aliento naranja meciendo mi cuello me asustaría. Cómo se ha escapado el tiempo: mi piel se ha vuelto gris y está fría, una fina capa de escarcha recubre mi cuerpo. Si acudieras a mi alcoba esta noche me encontrarías acurrucada y temerosa, mi cuerpo enterrado bajo la manta intentando reunir algún resto del calor que te llevaste, zozobrante, como un animal escondido en la madriguera, mi cuerpo es un animal que espera. El miedo acechando en los bordes de mi lecho, también el sueño…

El sonido del tren quebró el cielo y hoy la ciudad ha amanecido furiosa, violenta, despeinada por el viento; un sol recién nacido cegado por las nubes. Desde la ventana de veo a un hombre gris que dobla aquella esquina. Hay también un periódico que vuela entre los cubos de basura, y hojas secas, y un niño con chubasquero de la mano de su madre, y otro niño que hace pucheros porque no quiere ir a la escuela, y coches que pasan muy rápido, rugen y pitan. Hay también una estación y un tren –vacío- que se va. El café frío entre mis manos te devuelve a mi cabeza, y me doy cuenta de que no viniste anoche, de que no vienes nunca, de que nunca regresaste.

Te esperaba anoche asaltando mi ventana, embozado en lo oscuro y supurando combustible, esperaba tus pasos acercándose a mi cama y tu cuerpo oliendo a gasolina. Todo el día he pasado asomada, sin dejar ni un solo instante de vigilar la calle que conduce hasta mi puerta y tiritando. Que te vengas, digo, que vuelvas y derritas el hielo de mi entraña, no queda otro remedio. Ven, hombre del Este, vestido de naranja y con una bombona en cada hombro, se acabo el butano hace tres días y desde entonces lo único que arde en esta casa es mi entrepierna.

sábado, noviembre 25, 2006

Manifiesto Malayo

A mi la Operación Malaya siempre me ha fascinado, desde que un buen día salió de la brillante cabecita de algún juez estrella o de un guionista venezolano. Y mola, aparte de por ese nombre tan exótico - tan de libro de viajes por Indochina, tan de prostíbulo tailandés, tan de las aventuras del capitán Richard Burton-, porque es una síntesis hegeliana en toda regla, esto es, la última fase del proceso dialéctico en el que un concepto y su contrario se funden en uno solo y se superan a sí mismos, en el caso que nos ocupa el corazón y la política, facetas de esta vida moderna que siempre andaron a la gresca y se posicionaron, de alguna manera, como polos opuestos: la política para la gente seria y lo rosa para las marujas, los debates políticos en la tele muy temprano o muy tarde (pues el resto del día los hombres comprometidos los pasan trabajando en sus oficinas) y los del corazón durante el resto de la jornada, cuando las amas de casa hacen las camas y limpian ventanas. Así que, como digo, llegó la Operación Malaya e hizo un revoltijo con temas tan fundamentales para la actualidad como la política municipal marbellí, la corrupción, la especulación inmobiliaria, el deterioro medioambiental de las costas malagueñas y los líos de faldas de la Pantoja; todo ello trufado de personajes de lujo: la propia Isabel -que reina en solitario desde la desaparición de la muy llorada Rocío-, Julián Muñoz y sus aventuras sanito-carcelarias, la rubia del PSOE, el fantasma de Gil siempre presente y volviendo del más allá cabalgando a un espectral Imperioso y hasta la ex de Julián que últimamente se ha revelado como una cocainómana de pret-a-porter. Y todo esto viene que ni pintado para estos tiempos tan posmodernos, tan de mestizaje y de todo vale y Dios a muerto, porque, digo yo, si la gente mezcla un inmaculado flequillo sesentero a lo peli de Nouvelle Vague, con la bambas all star de los Ramones, una blusa floreada toda jipi y esos pantalones de pitillo que ahora causan furor cuando hace un par de años, cuando solo los llevaba nuestro vecino el jevi, eran objeto de mofa e hilaridad, si se hace eso y se crea la ópera chill out, el tango trip hop, el flamenco fusión, el electrochotis y el hard pasodoble, si todo es ahora un sindiós de neo's, y post's y trans's y todo eso, ¿por qué los columnistas de los periódicos, los analistas políticos enfundados en sus trajes gris marengo y en esos pelos engominados que de seguro no les dejan pensar, se llevan las manos a la cabeza escandalizados por esta banalización de la política y desubstanciación de los grandes temas?

¿Acaso no se han leído La Sociedad del Espectáculo? ¿No enseñan ya este libro en las escuelas?

Lo cierto es que, como todos los grupos de poder, lo único que tratan es de mantener su posición ayudados, sobretodo, por un abstruso lenguaje alejado del pueblo (las marujas) y presentando su actividad a las masas como una disciplina más gris que sus trajes y más rígida que sus peinados, así los poderosos camparan a sus anchas, como siempre ha sido y será. Lo mismo ocurrió cuando los famosos dejaron de ser famosos por sus actividades artísticas o profesionales para dejar paso al nuevo famoso postmoderno, que apareció con gran estruendo y sonido de fanfarrias como el superhombre nietszchiano o el nuevo hombre soviético: el famoso profesional que es célebre gracias a su frikismo o simplemente a su voluntad y patetismo, véase el fenómeno del tamarismo, de gran interés desde el punto de vista de la teoría de la cultura y la sociología modernas. La democratización de la fama, señores. Fue entonces cuando los famosos de toda la vida, viendo peligrar sus plácidas poltronas, comenzaron una intensa labor de zapa y llegaron a convencer a gran parte de la sociedad y a mucha gente de buen corazón con la absurda idea judeocristiana de que la fama se gana con sudor y con trabajo, cuando todos sabemos que en el pueblo de nuestros abuelos el más famoso no era el más virtuoso sino la más puta o el más borracho o, mismamente, el tonto del pueblo.

Acerquemos, pues, el estrellato a la plebe, demos la vuelta a los focos y enfoquemos al gallinero, repartamos la gloria a cada uno según sus necesidades, que ya estamos hartos de esa prensa rosa del Hola y de las televisiones serias - Anne Igartiburu, Rosa Villacastín- donde solo se ocupan de aristócratas enseñando sus yates y monarquías europeas y viejas glorias musicales de paseo por el campo con sus niños y sus perros y de viejas burguesas enjoyadas que luchan contra el cáncer y de Pitita Ridruejo. Necesitamos un star system periférico y proleta -como dice Bigas Luna en Yo soy la Juani-, nuevas Belenes Estéban, más reality shows y más hijos del pueblo como Bisbal o Busta; y que el corazón sea como el Aquí hay tomate o no sea, que fabule y tergiverse, que mienta y destruya, y que ironice de esa forma incomparable, que sea el azote de los que viven del cuento. Va por vosotros. Salud.

martes, noviembre 21, 2006

me (di) vierto

Que me toques los cojones, eso sí, pero que sea con caricia dilatada y no con ímpetu ni urgencia, que tu mano sea pluma y se pose tu lengua húmeda en mi escroto, que dibuje ochos, infinitos, mariposas, y que escale tu lengua dura y rosa el espinazo de mi polla, que no se pierda, que llegue a la cabeza, que la lama, que la mezca, detente tres mil años en la superficie morada y esponjosa, ¿no ves que es una fresa?, ¿no ves que es una fruta que te metes en la boca?

que exista ahora tu mano, de repente, proveniente de lo oscuro y me agarre firme por la base de mi verga, y que entre yo en tu boca y emitas un sonido imperceptible, un gemido, una sorpresa, tus labios son ahora un anillo que me pongo en la entrepierna, más arriba, más abajo, bailando al compás con los dedos de tu mano en un dulce traqueteo que me vuelve delirante, y que sigas un buen rato, que me mires mientras tanto, y compruebes que consiento a ese dedo tan travieso que se mete por mi culo

y que sienta que algo viene, se aproxima sigiloso, en silencio lo primero, ahora fuerte, más potente, algo raro que procede de la nada, de la entraña catacumba y que sienta que ya emerge, que está cálido, que es caliente y que sienta que me vierto, que es extraño, y que dejo mi simiente en tu boca y en tus manos.

jueves, noviembre 16, 2006

Destruye

Siempre fantaseando con que me destruyas, me destroces, con que acabes conmigo para siempre y de una vez por todas; yo inmerso en una mediatarde suave de sol sobando una siesta amarilla como mil domingos fundidos y entonces unos fuertes golpes en la puerta, parece que la van a tirar abajo -Dios mío-; abro la puerta asustado, adormecido y legañoso y me encuentro con todos tus ejércitos, hombres de gesto severo que me empujan con violencia y entran en avalancha, dando gritos por el pasillo, avanzando con la espalda pegada a las paredes y las piernas flexionadas, apuntando con sus armas en todas direcciones; lo ponen todo patas arriba, vacían los cajones sobre el parquet, y mis discos, nuestras fotos, mis papeles tirados por el suelo, revisan todos mis libros, incluso los que aún no he leído, cabrones, el interior de la olla express y los bricks de leche vacíos y me tiran en el suelo, me esposan las manos a la espalda y un oficial de mandíbulas de acero pone su bota grande, negra y manchada de barro reseco sobre mi cabeza y mi cabecita allí apresada, ridícula, mi cara de tonto entre la suela y el suelo pensando únicamente en ti y en que me destruyas, me destroces, que acabes conmigo de una vez por todas, por las mañanas, por las tardes y por las noches, domingos y festivos, que no me permitas hacer nada de lo que me gusta: arroja a la basura mis paquetes de tabaco barato, prohíbeme salir con mis amigos a tomar un vino tinto, apágame la tele después de la comida y enciérrame en tu cuarto dulce de persianas bajadas hasta que pierda la noción del tiempo y del espacio y todos los kilos que me sobran, yaciendo encadenado a la pata de tu cama, viéndote aparecer cada noche o lo que sea, con un traje de vinilo negro que te llega hasta el cuello, la cremallera plateada desde tu ombligo subiendo entre tus pechos, y tu látigo de siete colas, ven a mi vera y abofetéame fuerte, hazme acupuntura con tus tacones de aguja, arráncame los labios a mordiscos, ábreme el pecho con las manos desnudas y las uñas pintadas de rojo, y escupe dentro que para eso está mi pecho, que sin ti mi corazón no es más que una pieza sangrienta en la vitrina del charcutero, atrezzo de peli gore, ven, tú, destrúyeme, destrózame, acaba conmigo para siempre y de una vez por todas, tú, sí, tú, tus ojos, tu pelo, tu olor, te quiero, mi amor.