miércoles, mayo 30, 2007

Un beso nipón

Publicado en El Invisible Anillo nº 4


¿Saben?, a veces llama mamá y hablamos. Me cuenta como le va y le cuento como me va, por lo general nos va regular, la vida es descafeinada aunque nos empeñemos en lo contrario: hay que barrer el suelo y fregar los platos todos los días. Hablamos de las cicatrices del pecho y de las heridas que aún no se han cerrado. Cuando se acaba la conversación me dice te quiero y yo le digo que también, luego me manda un beso y yo le envío otro, imito con la boca el sonido que hace un beso y mi beso va montado en una onda electromagnética por los aires desde el centro de la península donde estoy yo a la costa del Norte donde ella lo espera.
Porque un beso es algo más que un gesto que hacemos con el cuerpo, algo más que cuatro labios que se tocan y retozan, algo más que dos labios que acarician una mejilla, o dos mejillas que se rozan a un lado y otro de una cabeza; más, sin duda, que dos labios que se posan sobre unos dedos y luego se levantan y soplan suavemente para enviar el beso a alguien que está lejos y lo espera y se despide agitando la mano o un pañuelo, más que dos lenguas lascivas que pelean o incluso que una boca en la entrepierna. Es algo más que eso, un sonido que revolotea: los labios son mariposas que expulsan a una mariposa hija, así que le envío a mi madre un beso al final de la llamada y éste alza el vuelo errático y sale de Delicias y de Madrid entero, y pasa sobre la sierra y cruza Segovia y Zamora y lo que haya después, hasta pasar la Cordillera Cantábrica, y entre la niebla que lo recibe sigue incansable hasta mi casa donde echada en la cama grande y con el teléfono al oído mi madre usa su oreja/mejilla como pista de aterrizaje para el bicho loco volador recién llegado, que vino de la capital, de mi casa, de mis labios, todo eso en menos de un segundo.

Y en ese justo instante truena en Tokio, ya saben, el batir de alas de una mariposa encima de la meseta castellana provoca una tormenta en la megápolis japonesa y allí están en un callejón Yeiko y Tetsuo y sus labios están a menos de un milímetro aun sin tocarse, las caras muy juntas, vestidos con el uniforme escolar, la chaqueta azul marino, la falda y el pantalón gris, después de tanta mirada furtiva en clase y en el comedor y de provocar tantos encuentros supuestamente accidentales: si pasas por el parque esta tarde y hace sol tal vez esté allí, a veces por las tardes me siento en un banco y leo un libro tomando el fresco –mentira, mentira-; Tetsuo acude al parque como quien no quiere la cosa y allí está Yeiko siempre hermosa, flequillo negro perfectamente cuadrado enmarcando su sonrisa franca y la falda un poquito más corta después de la escuela, se sientan a pasar la tarde y a hablar de cosas japonesas –ella no ha podido leer ni una sola página atenazada por los nervios-, algún día incluso se han rozado la mano, son jóvenes y todas estas cosas se sienten con fuerza y en el pecho, donde deben de sentirse, sus cuerpos tiemblan casi imperceptiblemente, y así decenas de tardes y decenas de noches de insomnio y de adolescentes cabecitas incapaces de conciliar el sueño sobre sábanas empapadas de sudor, hasta que llega el día de hoy: quién sabe por qué motivo o con qué estúpida excusa Yeiko y Tetsuo se han adentrado en ese callejón, tal vez siguiendo a gato pequeño que se les ha cruzado en el camino o queriendo ver algún árbol recién florecido –debe de ser primavera y los japoneses aprecian estas cosas-, así que por fin están escondidos del mundo y en el silencio solo roto por la brisa y las ramas frotándose, sus rostros casi en contacto, sus labios crepitando antes del primer beso mil veces imaginado en noches húmedas, y ya están muy cerca y los pechos casi explotando cuando de pronto truena fuerte, muy fuerte –millones de martillos cayendo a destiempo sobre un mismo yunque-, y todo se oscurece: Yeiko se asusta, abre los ojos, se encuentra los ojos recién abiertos de Tetsuo y comienza a llover como nunca y todo se llena del agua –el suelo, las mejillas, el pelo- y del sonido de un mar desparramándose sobre el asfalto, Yeiko siente el aliento caliente de Tetsuo en su rostro y se avergüenza y enrojece y dice adiós tímidamente bajando la cabeza, se da la vuelta, agarra bien la cartera contra el pecho y echa a correr a casa desesperadamente, buscando las esquinas, y allí se queda Tetsuo, taquicárdico y puteado –con el buen día que hacía minutos antes, joder-, su primer beso oriental chafado sin explicación aparente, simplemente –pero esto él no lo sabe- porque yo le mandé un beso aéreo a mi madre al final de la llamada antes de irme a dormir y la atmósfera es un sistema dinámico caótico extremadamente sensible a las condiciones iniciales, ya saben, esas teorías raras.

viernes, mayo 25, 2007

Apuntes para una experiencia Zen en la Gran Vía

Con el fin de dominar sus pasiones, durante una tarde de furiosa tormenta primaveral –el cielo negro roto por los rayos, la lluvia torrencial, el trueno apocalíptico-, camine por la Gran Vía madrileña en camiseta de manga corta. Hágalo erguido, aprovechando las aceras desiertas que le brinden el resto de transeúntes arrimados temerosos a las fachadas grises, escondidos como roedores en los portales, rezando en silencio. No se apresure, es importante vencer el miedo: camine con parsimonia, indiferente a los charcos que pueda pisar, ignorando el aire frío, la humedad, despreciando la furia de los elementos, altivo. No se alarme, notará las gotas de lluvia helada chocando contra su rostro, traspasándole el pecho, corriendo por su sien y por su nuca como balas perdidas de un dios iracundo. Ahí está usted, respirando hondo y sereno, ajeno a sus bajos instintos, poderoso, surcando la avenida como quien surca verdes colinas, praderas templadas a la orilla de un lago en primaveras distintas a ésta. No pierda la calma, no se acelere, sobretodo, camine. Alcance la pureza. Resplandezca.

martes, mayo 22, 2007

Cómo hacer daño gratuitamente en cuatro cómodos pasos

1. Localizar a una mujer fea en el andén del metro, fea pero muy fea, fea con avaricia, con granos, erupciones faciales, facciones simiescas, rasgos desproporcionados, mirada estúpida, hedor en el aliento si es posible. Es preferible que no sea descuidada en el aspecto, que vista con esmero, que quiera ser moderna, que se ponga maquillaje en demasía, que sea coqueta al fin al cabo. Que quiera ser guapa pero que sea fea cual cuerno, muy fea, feísima.

2. Acercarse, presentarse y decir estas palabras: “Eres hermosísima, eres la mujer más bella que he visto en mi vida. A tu lado el crepúsculo palidece y la primavera es un engaño. Tu belleza merece la muerte de mil hombres, el asedio de una ciudad griega durante meses, el delirio.”

3. Observar cómo se ilumina su rostro grotesco, cómo sonríe tímida y enrojece. Cómo surge la alegría y se desborda, cómo la atraganta y la hace tartamudear nerviosa alguna palabra de agradecimiento.

4. Reírse entonces con maldad y a carcajadas mucho rato, doblar el espinazo de la risa, señalarla con el dedo, llamarla pringada, reírse más, marcharse.

viernes, mayo 18, 2007

Bricks de vino barato
como ladrillos de una muralla
que construyo sobre mi frente.

Una borrasca en mi entrecejo,
un remolino.

Y llegan lentos
los pútridos dedos
de una tarde metálica
para apretar mi cuello.

Oh!

Volvió la noche y se hizo frío el frío.
Corrimos a buscar, de nuevo,
el narcótico calor de las tabernas.

Nos creímos todas las mentiras
que nos decían por la noche.

Y no queríamos aprender.
Y no aprendimos.


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he soñado
no sé
tu cuerpo lejano y el mío
tan presente
enredados en la cama
con un tercero
desconocido

me he levantado
he visto
no sé
en pie delante del espejo
del baño
esta mañana
en vez del cepillo de dientes
mi miembro erecto
rodeado por mi mano

martes, mayo 08, 2007

Caution

Peligro es una palabra que nunca pude entender, tantas veces vi mi cuerpo y mi mente asomados al abismo de la droga, mis pupilas revoloteando como mariposas y mis mandíbulas mordiendo cueros inexistentes, al borde del daño cerebral severo –aunque todo esto era mentira-, después de ¿cuántas? horas o días sin pegar ojo, mis miembros temblorosos y mi verbo siempre grácil y seductor, eso sí, mis palabras siempre por encima de las ojeras tatuadas y de la confusión reinante, en todo momento, las palabras no solo sobrevivían a aquel naufragio físico sino que se engrandecían, cada vez eran más hermosas y más llenas de significados no sospechados antes, eso era lo bueno, eso es lo bueno de la droga, preservaban el verso y la prosa y la promesa, preservaban sobretodo la broma y el susurro y los hacían mejores e infinitos, en contraste con el resto de mi cerebro empapado como una esponja en endorfinas e incapaz de gestionar el movimiento de mis párpados o mis piernas desquiciadas. Y si la vida no era esto, que le den por culo a la vida, la felicidad era real y tan tangible como tangible es el esparto, podía uno extender la mano sobre el cuerpo y palparla con la yema de los dedos; nunca fui tan feliz como con mis primeros comprimidos de éxtasis, cuando amaba a la humanidad entera y todo era hermoso y delicado, todo poético, el mundo era un pétalo que caía suavemente en la palma de la mano, y el cuerpo, lo que habitualmente nos ata a la cotidianeidad y a la muerte, casi desaparecía, era ágil, no pesaba, era fácilmente dominado -como un títere- por los hilos de la música y aquello era lo mejor que jamás me había pasado.

jueves, mayo 03, 2007

Weah!

¿Acaso no hay belleza en los flexibles cuerpos de la juventud cimbreados en el acto de lanzar algún objeto contundente a la poli? ¿Acaso no es hermosa la trayectoria parabólica de un adoquín, sujeto solamente a las leyes de la gravedad, en su camino hacia los escudos de la bofia? Las húmedas miradas, los rostros embozados, la ingenua creencia de que se puede defender un ideal cada noche, en cada esquina, parapetados detrás de un contenedor en llamas. El gran teatro del mundo representado en el barrio de los bares rockeros: el dolor, la ley, la embriaguez, la autoridad, la justicia y la injusticia, el héroe trágico y el vil mezquino, ¡oh!, es todo tan sublime que creo que me voy a tomar otra litrona.

Tiene que haber más disturbios, es necesario. Han de seguir de esta manera deleitando mis sentidos. No queda más remedio. Arte-como-crimen, crimen-como-arte.

viernes, abril 27, 2007

Premio Booket

En teoría gané, pues, según me explicaron muy amablemente los editores y miembros del jurado después del fallo –nunca un fallo fue tan fallo-, conseguir llegar a finalista después de una compleja selección de entre 508 originales presentados a concurso y publicar mi relato en un libro de 40.000 ejemplares de tirada que se distribuirá gratuitamente por los cortes ingleses de toda la piel de toro ya es un premio importante. Sí, claro, asentí poniendo la mejor sonrisa que pude inventar. El premio gordo, el millón de pesetas, la gloria y la fama de las entrevistas con la prensa, el champán, las prostitutas de lujo y la cocaína -¿era así, no?-, se lo llevó un tipo que me cayó bien, un murciano, ya ven, que al parecer escribió un cuento muy moderno que aún no he leído sobre pistolas, internet y cosas de esas. Nos dieron de comer, al menos, en el Círculo de Bellas Artes, en una sala con unas vistas espectaculares a la urbe, donde comprobé una vez más, sumido como ando últimamente en eventos culturales donde despilfarran la comida y la bebida, que los presupuestos de cultura en este país se dedican casi íntegramente a alimentar y emborrachar a los artistas muertos de hambre, cosa que, por otro lado, me parece estupendo. Solo falta que nos repartan la droga. Allí sentado, con tres copas delante y cientos de cubiertos diferentes, preparando ya en mi cabeza mi discurso de ganador, recibí la noticia de que conservaba mi estatus de mero finalista. Estuve por levantarme y gritar señalando con el dedo al secretario del jurado, trampa, esto está amañado. Pero qué dices capullo, si ni siquiera has podido leer el resto de los relatos, me diría él, haciendo un gesto a los hombres de seguridad. Ya, respondería yo orgulloso y desafiante, pero está amañado, lo sé. No me quedó otro remedio que comer, callar y tomármelo con filosofía, al fin y al cabo si no me hubiera puteado no sería un verdadero creador y todo eso. El almuerzo fue correcto pero no exuberante, lo más notable el rollo de carne relleno de ciruela. Creo que me sentó un poco mal.


Y a ustedes... A ustedes les deseo mejor.

Gracias

lunes, abril 23, 2007

Poética



Lo fundamental es el lenguaje, la palabras que habitamos como habitan las ramas las ardillas o moran las lombrices los tubos digestivos, lo importante es la sintaxis contundente y la audacia en el propósito, saber subordinar, conjugar, adjetivar, yuxtaponer, tomar las palabras con las manos desnudas y retorcerlas a tu antojo hasta el absurdo, deformarlas, tratarlas con desdén o con cariño, eso depende, doblarlas hasta la fractura, forzarlas, violarlas, sacarles jugo y brillo como a una lámpara maravillosa. Hay que follarse a los cerebros, hay que utilizar el lenguaje como polla, hay que correrse en los oídos de los otros, hacer pasar los susurrantes sonidos silábicos suavemente a través del cerumen que tapona las orejas; lo fundamental y lo primero es rascar el corazón como rasca la mano sabia las cuerdas de una guitarra y después de esto ya veremos lo que hacemos con la boca y con los sesos.

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En la imagen el Autor resplandeciente en estados alterados de conciencia ¡bang!

martes, abril 17, 2007

Al final, después de tanto tiempo,
tanta guerra y desconcierto,
vuelven a aflorar las cosas buenas,
quién lo iba a decir.

Aquella vez
-¿recuerdas?-
que montamos en la noria
y yo me mareaba,
tu sonrisa franca en primavera
delante de una fuente
donde siempre ibas
a mojar las manos,
las carreras entre flores
de colores
que acababan de estallar,
todo aquello:
la noche en que tu padre
nos pilló follando
en el trastero
y cómo nos reímos
de su cara
aunque después
te escociese
un poco
el culo.

No sé,
prefería más odiarte.

miércoles, abril 11, 2007

Tiro con arco

El tiro con arco es un buen deporte para los lisiados. Antes Jonás prefería correr: practicaba el atletismo profesional en varias de sus vertientes y todo el mundo estaba de acuerdo en que era la gran promesa del atletismo patrio. Desde que perdió la pierna Jonás practica a diario el tiro con arco. Llega a las cuatro al campo de tiro con su pierna ortopédica y tira toda la tarde. Coge una flecha, la coloca en el arco, tensa la cuerda y la flecha va a clavarse temblorosa en la diana. Coge otra flecha, la coloca en el arco, tensa la cuerda, y la flecha se vuelve a clavar con fuerza en la diana, muchos metros más allá. Luego, otra flecha. Y después otra. Así hasta que anochece. A veces Jonás cree ver la cara de aquel tipo en el diana.

Una noche del verano de 2004 Jonás está entrenando para el Campeonato Mundial de Atletismo, que se celebrará semanas después. Se dice que ésta será su gran oportunidad de saltar al estrellato y acapara la atención de todos los especialistas. Jonás corre por una carretera comarcal, como todas las noches, dándoles vueltas al asunto. Nada puede fallar. Entonces, un coche con las luces largas aparece a gran velocidad tras una curva y le arrolla. Jonás vuela por los aires impactado por el coche. Los daños ocasionados en su pierda derecha son irreparables, dicen los traumatólogos. El coche era conducido por un joven bajo los efectos del alcohol que es condenado a unos años de cárcel. No los suficientes, a juicio de Jonás, que asiste al Mundial de Atletismo en silla de ruedas.

Cuando el joven sale de la cárcel Jonás ya es gran tirador –ha tenido tiempo de practicar- y, por supuesto, se ha enterado de su dirección. La misma noche en que el joven regresa a su pueblo, Jonás también está allí. Le espera emboscado en la espesura de unos matorrales enfrente de la casa. Mientras el joven espera impaciente en la puerta a que sus padres le reciban, Jonás coge una flecha, la coloca en el arco y tensa la cuerda. Diana.

miércoles, abril 04, 2007

Venga va, poemas a pares

encajar la vida en los rígidos
esquemas del lenguaje
y a la realidad en el estrecho marco
de las leyes de la ciencia
bien podría denominarse
un proyecto

si supiéramos claro está
a qué nos referimos
cuando decimos realidad
o decimos vida

me basta esta música
esta noche este humo
esta luz amarilla
en una esquina

renuncio
no persigo
las más nobles ambiciones

me basta la certeza de tus manos

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Desde el principio tu cuerpo
estuvo mecanografiado de adioses.

Nunca supe darme cuenta.

Y dijo Dios: hágase la luz
y la luz se hizo,
revelando todos los significados.

Habló la sangre
habló la carne
y habló la piel.

(una puerta que se cierra,
el rumor sordo del frigorífico,
un pájaro muerto en la terraza)


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domingo, abril 01, 2007

Mamá, ¿pillamos pastis?

Volví a Asturias y Asturias estaba sucia, húmeda y mojada como una prostituta de trincheras.

Mamá vino a recogerme a la estación con su Hyundai Coupé deportivo amarillo lima-limón, y sin dejar las maletas en casa ni tomar resuello por un momento, surcamos la autopista en pos de la inauguración de la Ciudad de Cultura de la Laboral, un mastodóntico proyecto que transforma la antigua universidad Laboral de Gijón, a unos tres kilómetros de la urbe, en un centro de lo más vanguardista, bajo la inspiración de ciertas instituciones berlinesas y centroeuropeas. Mamá me había traído un jersey negro de cuello vuelto, pues se trataba de la fiesta de inauguración para los artistas –los políticos habían ido el día anterior- y nosotros, invitados en calidad de artistas y artistas a la sazón, debíamos parecer lo que éramos. Lo más impresionante del complejo es la arquitectura: con techos de kilómetros de altura, muros blancos gigantescos, extrañas estructuras industriales de otros tiempos, también los uniformes de los que allí trabajan, una especie de monos de taller mecánico en gris metalizado, ciertamente humillantes pero muy modernos. Disfruté de lo arriesgado de lo que allí se exponía, sobretodo tratándose de una provincia, aquello superaba con creces cualquier modernidad que haya visto últimamente por las salas de la capital. Lo más sonado y concurrido fue la muestra de arte en videojuegos y algunas instalaciones, todo esto antes, claro está, del lunch, que es lo que verdaderamente vertebra cualquier acto cultural que se precie y lo que todo el mundo espera impaciente: entonces se abandona la observación meditativa de lo expuesto y comienza el divertido juego: ¿Dónde está el Jamón Ibérico? La capacidad de las personas respetables para perder los papeles en un catering es casi tan pasmosa como la de las víctimas del terrorismo o la SGAE para dar esa mezcla de asco y de pena en cualquiera de sus actividades, aún así conseguimos nuestras buenas raciones de todo –había fabes con almejas y carne guisadina en plan diminuto y posmoderno- y bailamos, mamá y yo, el sorprendente techno inteligente que el dejota fue desmigando durante la noche. Mamá es una gran fan inconsciente de James Holden y la música de Border Community, -dan ganas de bailar, dijo la otra noche- así que lo pasamos bien moviendo tímidamente el cacas y golpeando el suelo con el pie al ritmo de los temazos, lamentablemente nadie baila de verdad en estos eventos. Por lo demás conocí a decenas de intelectuales y artistas provinciales: discutí sobre Wittgenstein y el misticismo con un psiquiatra barbudo y borracho, y sobre epistemología con un catedrático de estética con pajarita. Una mujer que presumía haber acabado con decenas de especuladores inmobiliarios –no sé cómo- me recitó un rap que había compuesto a ese respecto, resultó no tener flow. Un directivo de no sé qué asociación cultural me enseñó largamente a declamar, ante mi manifiesto desinterés, para mi lectura del día 7 de julio. Hubo muchas gafas de pasta, muchos viejos ilustres, mucha gente borracha, muchas jóvenes artistas que querían ser francesas. Y aunque todas las noches comienzan de forma diferente suelen acabar –si es que acaban- de la misma manera, mi mente nublada y mi cuerpo cocido dando vueltas en la cama.

miércoles, marzo 28, 2007

oh sí nena

Ahí se van tus pasos
rigurosos
el ritmo musical
de una matemática
perfecta

ahí se van los tacones cirujanos
que me atravesaban el pecho

adiós

tu cuerpo
un instrumento de tortura
aún cuando está lejos

jueves, marzo 22, 2007

Moco

Yo a mi mujer le pego, claro, todas las noches. Le pego los mocos. Mientras ella lee uno de sus novelones a la luz amarillenta de la lamparita de noche, yo me hago el dormido y me escarbo secretamente la nariz emboscado en la penumbra, acurrucado, dándole la espalda para evitar que me descubra. Entonces, cuando después de mucha búsqueda en la profundidad de mis fosas nasales encuentro algún tesoro, algún moco importante (gordo, turgente, verde y compacto, pegajoso) me doy la vuelta torpemente, fingiendo estar adormilado, emitiendo quizás algún vago quejido como el que emite alguien que sueña y que por algún avatar de la oníria se ve impelido a cambiar de postura, y la abrazo. Es entonces cuando mi mano, ya en contacto con su cuerpo, comienza a reptar por su costado, bajo el camisón, con el dedo índice estirado portando en lo alto el moco elegido reluciente y hermoso, no falto de un cierto orgullo imperial, el moco kamikaze que se precipitará sobre su piel. Ella sigue enfrascada en algún recodo de la narración, tal vez un párrafo en el que se descubre un complot urdido entre el Papa, los dirigentes del Opus y la CIA, para ocultar a la población mundial la presencia extraterrestre en la Tierra, tal es la fascinación que le provoca que permanece ajena a todo lo que ocurre un poco más abajo, donde mi mano guerrillera avanza lenta pero imparable en pos del lugar adecuado para depositar su cargamento viscoso. Cuando por fin encuentro el sitio, entre el pecho izquierdo y el sobaco, mi dedo se abalanza como la cola de un escorpión y el moco queda allí pegado con tal mala suerte que de pronto ella sale de su absorta lectura y se hace cargo de la situación: me jala de los cabellos y, haciéndome pasar por encima de su cuerpo, me arroja fuera de la cama. Yo me doy un buen golpe y permanezco allí inmóvil, rezando porque siga leyendo y no se ensañe conmigo, pero no es así: notó primero un pie y luego el otro tomando tierra cerca de donde está mi cabeza y la oigo decir –ella es muy bruta-: me cago en todo lo que se mueve, ¿quieres dejar de una vez de pegarme tu putos mocos? Y después solo suelo recordar un caos de patadas en el hígado y en la frente mezcladas con los improperios que me sigue gritando, luego que todo se nubla y pierdo el sentido hasta la mañana siguiente, en la que me levanto dolorido y amoratado. Sí, mi mujer me pega. Todas las noches.

lunes, marzo 12, 2007

Une histoire de seduction

El primero sonó seco como si en vez de golpear un estómago hubiera golpeado un saco de arena. El cuerpo cayó arrodillado, abrazándose el vientre, para después quedar tendido boca abajo sobre las baldosas de la cocina. Álvarez decidió propinarle entonces un puntapié en la cabeza: el cuello crujió y el cuerpo se giró sobre si mismo, quedando ahora boca arriba y liberando por la oreja un pequeño reguero de sangre espesa que se extendía lentamente por el suelo.

Eran sus cejas, decían, sobretodo sus cejas como dos cuervos negros sobrevolando una mirada torva que aterrorizaba a sus oponentes sobre el cuadrilátero. Álvarez pegaba fuerte y tenía el alma sucia, así se alzó con el campeonato de boxeo durante siete años consecutivos en los que parecía que no había contrincante lo suficientemente fuerte para vencer a la bestia y que nunca lo habría.

Fue durante aquellos años cuando apareció Marian, una entre tantas mujeres de las que el Campeón disponía a su antojo. Marian se prendó de la rudeza de Álvarez, de la manera brusca en la que le hacía el amor -como si ella se opusiese resistencia-, de su forma torpe de acariciarla con las gruesas manos con las que rompía las narices de los otros aspirantes al título. Álvarez apreció de ella su inocencia, su eterna sonrisa y aquella candidez tan alejada de la eterna penumbra en la que vivía.

Ahora, viendo el cuerpo de Marian inerte sobre el suelo de la cocina, liberando aquel charco de sangre casi negra, Álvarez recordó cómo antes, tras conocerse, en las noches de insomnio él velaba su sueño y ella, iluminada por la trémula luz del amanecer que se filtraba, parecía casi muerta y era pálida y hermosa.

lunes, marzo 05, 2007

Proyecto

Me acordé de aquel momento justo cuando coloqué las flores junto a la fosa, recordé una de aquellas tardes cuando Millán estaba sumido en la tristeza espesa que le provocó la pérdida de su empleo y, en pie junto al ventanal que desde nuestro salón se abría a la calle, dijo con una botella de whisky en la mano y fijando la vista en el edificio de enfrente: tengo que saltar. Lo primero que pensé fue que se trataba de un desvarío de borracho deprimido, una locura efímera que se había cruzado por su mente nublada de alcohol y que pronto se disolvería en el olvido; todos nos asombramos cuando al día siguiente bajó al sótano a recuperar la bicicleta oxidada que había guardado allí cuando su nuevo trabajo –el que ahora acababa de perder- le había quitado todo el tiempo para dedicarse al ciclismo.

Lo cierto es que Millán comenzó a entrenar cada tarde con la bicicleta, se hacía unos cuantos kilómetros por la periferia y empezó a hacer mediciones de la distancia que había entre nuestro edificio y el que estaba justo enfrente, de siete pisos cada uno. Como parecía que esta actividad le aliviaba de su melancolía, Elena decidió ayudarle en los cálculos sacando sus viejos libros de física y estudiando de nuevo el tiro parabólico, calculando la resistencia del aire, la velocidad necesaria, el ángulo óptimo para el lanzamiento, buscando los materiales más aerodinámicos y un trampolín.

El día que decidieron por fin llevar a cabo el Proyecto, como habían dado en llamar a aquella idea absurda, nos reunimos un buen grupo de amigos en ambas azoteas. Millán se concentró durante un rato y en el segundo estipulando se lanzó a pedalear. Tomó el trampolín y describió una parábola perfecta en el aire, los demás contuvimos el aliento; de pronto la bicicleta se le escapó de las manos y fue a estrellarse en la fachada del edificio de enfrente tres pisos por debajo de donde impactó el cuerpo de Millán antes de caer a la acera ante el estupor de los transeúntes.

Después de colocar las flores y ver como se hundía el ataúd, pensé que mejor hubiera aprovechado el paro en otras cosas.

miércoles, febrero 28, 2007

Diecinueve

Dicen que la ola de frío viene de Siberia y ha dejado a su paso por Europa más de doscientos muertos. Yo sigo igual, como si nada ocurriera, paseando por los bulevares con el abrigo grande y la bufanda roja que ya no huele a ti. Hoy el cielo está gris, gris, tres veces gris, y las ramas negras y desnudas de los árboles se proyectan contra él como grietas, como si el cielo fuera a quebrarse de un momento a otro y a caer sobre nuestras cabezas. Es domingo y, sin embargo, nadie pasea por aquí, las baldosas están húmedas y sucias. Hace un frío de muerte y estoy sola.

Siempre he tenido frío, desde niña. Nunca sirvieron de nada las estufas y las mantas conmigo, el frío traspasaba mi piel y se adhería a mis huesos, como si en vez de hueso mi esqueleto estuviera forjado en metal. Una mañana encontraron escarcha sobre mis sábanas, nadie pudo explicarlo entonces, nadie quiso hablar de ello después. Más tarde apareciste tú y paseábamos por aquí, era magia: bajo tu brazo existía el calor y me enseñabas los nombres de los pájaros. A veces era primavera, había gente, voces, color y el sol encontraba un hueco por donde asomarse.

Gris, el cielo, como las paredes de tu celda, los barrotes de acero negro. Te imagino sentado al borde de tu catre, los codos sobre las rodillas, las manos en la cabeza, tu pelo escapando entre tus dedos, preguntándote cómo, por qué, si nunca quisiste hacerme daño. Quisiera que de alguna forma supieras que yo sigo caminando por los bulevares y me imaginaras con el abrigo grande y tu bufanda roja, haciendo caso omiso de la ola que vino de Siberia y de los doscientos muertos europeos, del cielo a punto de derrumbarse y del suelo mojado y sucio. Del agua congelada de las fuentes. Repitiéndome otra vez que no, que el frío aún no ha vuelto.

Fueron diecinueve hielos ardiendo sobre mi cuerpo. Puedo recordarlos todos, uno por uno, cayendo sobre mi cuerpo. En el torso, en los costados. Diecinueve clavos de hielo quemándome. Nunca debió ocurrir. Perdiste la cabeza: solías llevarme de paseo, me enseñabas el nombre de los pájaros. Pero aquel día tu rostro estaba rojo. Sentí un frío de muerte y ahora solo cicatrices.

El juez dijo que diecinueve puñaladas son ensañamiento. No lo sé, no eras tú, a veces pasan estas cosas. Recuerda: una vez le di un puntapié a Yago en el hocico cuando destrozó toda mi ropa. A veces pasan estas cosas, pierde uno la cabeza. Yago lo dejó todo perdido de sangre y se quedó gimoteando tendido en una esquina.

Pronunciaría un sortilegio que cambiara lo que ocurrió, si bastara con eso, con unas palabras secretas que transformasen la memoria. Correría entonces a las puertas de prisión y les suplicaría que te soltasen, de rodillas si hiciese falta, con la voz rasgada, con los ojos húmedos y la ropa hecha jirones. Lo haría si de esa manera esta tarde regresara tu cuerpo cálido y paseases conmigo por los bulevares, entre los árboles desnudos, dándome refugio bajo tu brazo. Si vinieras y me sacaras este frío de muerte al menos diecinueve veces, si borrases todas las marcas, si pudieras hacerlo tanto.

viernes, febrero 23, 2007


Y aquí vienen tus manos crispadas a entregarme un puñado de tierra seca. Huele entonces a humedad, a verde oscuro y tu pareces venir de un páramo donde solo sopla el viento. Solo eso.

Digamos miedo.
Digamos miedo y pensemos no importa. Que ya da igual.

Nunca fui muy bueno en los preludios y a qué sacar ahora artillerías olvidadas, para qué fruncir los rostros, para qué verter venenos. Hagamos poemarios y no alucinadas discusiones, sabemos bien que comunicarse es imposible y discutir inevitable.

Callemos entonces.

Digamos miedo.
Solo eso.
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En la imagen el Autor dándole otra vuelta al asunto.

lunes, febrero 19, 2007

Borracha y dinamitera

Decían que en la cuenca minera siempre había sido así, y que obviando el tema de la resistencia a los romanos y a los árabes, también había que tener en cuenta la revolución del 34, gestada en aquellas tierras verdegrises, y durante la cual la región se rigió durante dos semanas por las ideas socialistas y libertarias hasta ser aplastada cruelmente por un jovencísimo general Franco y sus hordas de soldados moros; y también la guerra civil posterior, influida y propiciada en gran medida por la resaca de la revolución primera, y que tuvo además uno de sus escenarios más notables en aquellos valles hermosos y tristes al tiempo donde mineros y burgueses se ensañaron en una lucha intestina y sangrienta. Después, durante los cuarenta años de paz impuesta con mano inclemente, hubo la gente escondida en los montes atacando por sorpresa aquí y allá a modo de guerrilla, y ya entrados en los años 60 todas las huelgas mineras y las luchas obreras que se desarrollaron en las puertas de aquellas minas, en los arcenes de las carreteruchas serpenteantes que se atrevían a penetrar en la cuenca y en las lindes de aquellos ríos negros de carbón que vertebraban la zona. Aquello era, sin duda y desde siempre, un polvorín. Decían que la solución había llegado finalmente no de la mano de la represión y la violencia sino de la mano del placer, que siempre resulta más convincente y efectivo: de esa forma nos somete el sistema ahora, no disgustándonos o alienándonos o marginándonos o esclavizándonos, sino ofreciéndonos todo tipo de paraísos y deseos que actúan sobre nosotros al modo de una zanahoria colgando delante del hocico de un burro. Así la droga campó a sus anchas por la cuenca entrando en todas las casas y en todas la familias, con el beneplácito del gobierno y de la guardia civil, el eterno enemigo que acechaba dentro de los cuartelillos diseminados por toda la geografía minera como modo de representación del poder, y entonces toda la juventud descontenta, prejubilada, hija de años de ignonimia y grisú, cayó en las dulces manos de la heroína, que borró de sus cabezas todo propósito de cambiar el orden de las cosas al menos en lo que se refería al exterior de los cuerpos, las mentes o las venas repetidamente atravesadas por la aguja. Por fin se había establecido el orden.

Esto es la teoría, digo, lo que pude oír de la boca de los líderes sindicales y los intelectuales, lo que muchas veces se podía ver representado en las obras de los artistas o en las letras de los cantautores progres, era éste el discurso que se articulaba en muchos de los libros que llegaban a mis manos, pero lo que a mí realmente me llegó de todo el asunto, la forma en la que todas estas interpretaciones de los hechos y especulaciones tomaron cuerpo ante mí, eran aquellas tardes en la que mi madre respondía al teléfono y se sobresaltaba ante la voz de mi tía avisándonos de que venía Manolo, que acaba de estar en su casa y que ahora se dirigía –tambaleándose probablemente- hacia la nuestra en su habitual y sutil recolecta de las limosnas de la familia. Nos faltaba el tiempo entonces para esconder el bolso de mamá y ciertas cosas de valor que había en la casa antes de que sonase el timbre y detrás de la puerta de entrada apareciese la raída cazadora de piel de mi primo Manolo, su rostro desencajado y sus ojos húmedos y enrojecidos, sobretodo eso, sus ojos húmedos y enrojecidos, sobretodo eso: sus ojos. Manolo venía de la cuenca y no venía solo, traía también al mono, la necesidad imperiosa de meterse algo, y se sentaba en nuestro salón a contarnos -como podía- que ya estaba mejor, que la rehabilitación iba bien y que saldría de ésta; lo más normal es que se hubiese fugado del centro de toxicómanos de nuevo pero nosotros preferíamos no mencionar ese punto. Luego mamá se levantaba a la cocina en busca de una bandejita con tazas de café y un azucarero y durante la ausencia de mamá los ojos de Manolo –húmedos, enrojecidos, perdidos- escaneaban minuciosamente la sala y se decepcionaban al encontrar que no había bolso, ni calderilla sobre las mesas, ni nada que mereciese la pena llevarse para cambiarlo por algo de efectivo. En aquellos instantes yo permanecía en silencio, era muy niño y muy tímido aún, y Manolo, que me inspiraba una mezcla de miedo, lástima y ternura, rellenaba el tiempo diciéndome, qué chaval, cómo te va, dedicándome algo lejanamente parecido a una sonrisa y perdiendo el mínimo tiempo posible en su examen de la sala. A veces me relató mi tía la necesidad que tuvo de coger un taxi con él –mi tía tan beata- y acompañarle a los barrios menos recomendables y más periféricos, sacar unos billetes de su bolso y entregárselos a la mano temblorosa de mi primo para que fuese a uno de esos bloques de ladrillo visto delante de los cuales habían aparcado, mientras ella esperaba pacientemente en el coche, contándole cualquier tontería al taxista o manteniendo simplemente el silencio, esperando, esperando, esperando a que volviese Manolo de nuevo, notablemente más tranquilo ahora, aliviado, también ido, tras haber mezclado la sangre de la familia con otras porquerías.

Tras una vida de leves recuperaciones y profundas recaídas recurrentes Manolo murió afectado de lo evidente; el entierro se celebró una tarde de invierno nublada y gris, que es como son en la cuenca minera siempre las tardes de invierno, en unos de esos cementerios de la zona que se agarran desesperadamente a las empinadas laderas del monte y en donde las tumbas están tan apiñadas que se hace difícil seguir los caminos que –dicen- hay entre ellas. Miradas desde lejos, desde lo más profundo del valle parece que todas las tumbas, los nichos, las cruces, las estatuas de mármol están apiladas desordenadamente las unas sobre las otras. En esos pueblos la muerte siempre anda cercana y rondando, y los cementerios, tan cercanos a las casas de los vivos, hacen que los que se fueron sigan estando presentes muy vívidamente en las existencias de los que dejaron atrás. Aquel entierro fue especialmente opresivo y daba la impresión de que el peso de aquel aire plomizo sobre el pecho dificultaba la respiración y llegaba uno a sentir la tragedia que ocultaba la tierra, los miles cadáveres que debajo de nuestros pies, en cementerios o en fosas perdidas, aún clamaban por la historia de aquel lugar, las guerras, los asesinatos, los accidentes mineros, la enfermedades que volvían negros los pulmones, la depresión permanente de las mujeres que se quedaban en casa temiendo que sus maridos e hijos no volviesen esta vez del trabajo, el alcoholismo, la heroína, la muerte.

El hijo de Manolo, un adolescente con cara de malas pulgas, se quedó, como quien no quiere la cosa, a las puertas del cementerio, fumándose un porro acompañado de unos chavales que debían formar una especie de pequeña banda liderada por él. Su pose era, según me confirmaron más tarde algunos afectados miembros de la familia, de rechazo total hacia nosotros y a todo lo que allí estaba ocurriendo, negaba la realidad entera, aquel lugar, aquellas montañas y aquel río negro, negaba a Dios y a la muerte si hacía falta. Al parecer el chaval ya había comenzado a trapichear con hashís y decía provocador que estaba orgulloso de su padre y que deseaba en el futuro ser como él. A mí me pareció un dislate comprensible dadas las circunstancias y el desamparo en el que se sumía su vida y todas las vidas de aquellas gentes que poblaban la cuenca. Y que faltaban todavía muchas generaciones por venir y sufrir en una rueda absurda y obsesiva las mismas contrariedades, como si aquel pequeño mundo hubiese sido condenado, hace ya mucho tiempo, por un dios iracundo en busca de venganza.

miércoles, febrero 14, 2007

Happy violentine

Una mujer cuadrúpeda sobre mi cama. Con una constelación de pecas sobre su hermosa espalda. No hay azar en la disposición de las estrellas en el firmamento, ni orden en la frecuencia de mis embestidas contra su cuerpo. Cuando estoy a punto, deseo derramarme sobre sus lumbares y parir así con ella una galaxia. Un trémulo reflejo del fulgor de la Vía Láctea.