miércoles, diciembre 22, 2010

Musgo




Los libros se van extendiendo como musgo, van conquistando cada vez más espacio del cuarto como un ejército silencioso que toma posiciones, descansa, se rearma, y vuelve al ataque, tomando ahora la enésima balda, la postura más inestable, más tarde la mesilla de noche, formando luego una columna en una esquina olvidada, ganándole la posición a las litronas vacías y a la ropa sucia, columnas, hileras, montones de libros: tratados de ciencia, joven novela española, los ensayos de Montaigne orgullosos y entrados en carnes contrastando con la delgadez de los poetas que escribieron poco y murieron jóvenes pero perduraron mucho, como Jaime Gil de Biedma, como Arthur Rimbaud, que por las noches susurra y revolotea su aliento de absenta por el cuarto. Algunos de estos libros invasores los he leído, otros solo los he hojeado, con otros aún no he tenido la oportunidad; sé que muchos, tal vez la mayoría, jamás los leeré, pero ahí están, los sábados de madrugada observo sus lomos mientras duermen y me hablan de otros tiempos, cuándo llegaron a mis manos y a través de qué persona o qué editorial o qué carambola del destino. Pago cada mes no sé cuantos euros de alquiler por no sé cuántos metros cúbicos de vivienda (seguro que demasiados) rellenos de papel impreso que encierra la voz de gente que está en otro sitio o que ya se está pudriendo bajo tierra. Pienso, mientras asustado observo su proliferación desde debajo de la manta, que algún día tendré que dejar este cuarto y esta casa porque ellos seguirán avanzando despiadados, sin ningún miramiento, hasta echarme fuera con sus letras. Yo, como quien pone un pisito a su amante en la Gran Vía, les seguiré pagando el alquiler desde lejos, tal vez desde debajo de un puente, envuelto en periódicos, leyendo, antes de dormir, la publicidad del Media Markt.

lunes, diciembre 13, 2010

El zen y el arte de la seguridad privada



Pues ahora nos toca esto: este Madrid plomizo y despeinado, cruzado de gente despistada ante la lluvia: ¿qué coño es este agua que cae del cielo?, parecen preguntarse. Esta mañana, paseando por un barrio semiperiférico (Acacias) el panorama no podía ser más desasosegante, aquel tiempo turbio diluido entre la tristeza propia de los bloques de viviendas de ladrillo visto y toldos verde oscuro estilo Levante Español (por ejemplo Alicante, cuna de serial killers). Por ahí vi a mucha gente sola, sobre todo vieja, mirando a no sé dónde a través de la fina lluvia. ¿Quiénes son estas personas que vagan solitarias por las calles solitarias? ¿Serán fantasmas del más allá que cumplen su condena infernal paseando por estos sitios tan lúgubres, habitados por adolescentes con anorak que salen del instituto y destartalados parques de extrarradio de grava y metal? Yo creo que sí: ya dije alguna vez que en Madrid hay varios puntos de contacto entre el más allá y el más acá: las cafeterías de El Corte Inglés. En ellas se reúnen a merendar las ancianas que están a punto de morir y las que acaban de morir recientemente y aun no están integradas en el Infierno, para cotillear un poco. Una vez, incluso, vi a mi difunto padre en la de Callao tomándose un gin tonic. La pregunta es si las tortitas con nata que sirven son terrenales o supraterrenales, supongo que será cuestión de gusto.

¿Y los guardias de seguridad?, me pregunté en el Opencor de Acacias. ¿Son espíritus o carne mortal y hueso? Un curro difícil este, gente humilde y sencilla que tiene que conocer de primera mano el Mal, el Sistema, pasar al otro lado, denunciar a sus compañeros de clase (social, digo, no de escuela) ante las empresas multinacionales. Para ser segurata, como para ser guarda de sala en un museo, más vale ser un maestro Zen y controlar la meditación trascendental, si no, no me lo explico. ¿Cómo aguantan ocho horas de pie sin hacer nada? ¿Ponen la mente en blanco? Estoy seguro de que muchos han elaborado en silencio complejos sistemas filosóficos que algún día la humanidad conocerá sobrecogida. ¡Eh, se mira el cuadro desde detrás de la línea!

Por eso los seguratas siempre se extralimitan en sus tareas: recogen las bandejas sucias que deja la gente en el Burger King, recomiendan libros en la librería de El Corte Inglés, guían a compradores despistados en el Carrefour. ¡Ese aburrimiento es una tortura guantanamera! Hay uno que deberían conocer en Lacasaencendida. Trabaja guardando las exposiciones de arte contemporáneo enfundado en su uniforme marrón, siempre solo en insoportables salas donde hay luces estroboscópicas, extraños ruidos a volumen rompetímpanos y proyecciones aún más extrañas. Tiene una poca bastante de pluma. Para entretenerse recibe al personal dándoles el folleto y se ofrece para una visita guiada amateur (“si tienen alguna duda yo les explico”) que todo el mundo rechaza (“este tío está loco”), pero que todo el mundo acaba por escuchar porque el tío se entromete. Y lo hace de puta madre, el tio: yo he comprendido muchas cosas de las que se exponen gracias a él (se poner cara de entender lo que se expone o se inaugura o se presenta aunque no lo entienda, es fundamental en mi curro). Mi madre incluso le preguntó si había estudiado Historia del Arte o algo. “No”, dijo él visiblemente emocionado, “pero me gusta mucho”.

jueves, diciembre 09, 2010

San John Lennon y las tetas gordas



Yo soy de los que opinan que el gusto de los varones heterosexuales por ciertos atributos de las mujeres es un grado de su primitividad: los grandes senos (lo que científicamente se denominan tetorras) y las caderas anchas, son preferidos por gran parte de la población masculina sin duda por la ventaja reproductiva que suponen: más espacio para albergar a la cría, más espacio para las mamas, más eficacia a la hora de multiplicarse. Le decía a mí madre que como a mí me gustan las hembras más chupaítas(decía mi amigo Isra que yo tenía preferencia por las anoréxicas, con cara de yonki y el pelo cortado hachazos. Con esto último se refería al peinado Inditex), soy un hombre más evolucionado porque primo otros valores civilizatorios que la mera reproducción de la especie. Me sitúo lejos de la jungla y las tetorras, y cerca de la civilización y la cultura, el progreso, el bienestar, la justicia, eso que diferencia, o debería diferenciar, al hombre de la bestia. Por eso también me sitúo lejos del liberalismo selvático (verbigracia: Esperanza Aguirre), donde todo vale y se espera que, abracadabra, todo encaje como debiera, y cerca de la ilustrada izquierda que es a Espe, en esto de lo político, lo mismo que yo a los admiradores de la chica de la contraportada del As. Mi madre me dijo: sí, es que hay mucho primate suelto.

Después colgué y me fijé que en el informativo de la tele estaban recordando el aniversario de la muerte San John Lennon. Salía Yoko Ono, algunos amigos del finado, pero, sobre todo, el cirujano que lo atendió cuando ingresó cadáver en el hospital, fulminado por cinco tiros a bocajarro en la puerta de su casa. Este señor canoso y de estupenda dicción, pese a ser estadounidense, explicó que, como no le quedaba otra, le abrió el pecho a Lennon y le masajeo el corazón directamente con la mano, a ver si así había manera de resucitarle.

No conocía esta técnica médica, pero desde de ahora es mi técnica médica poética favorita. Lo del desfibrilador ya me llamaba la atención, devolver la vida con un gran chispazo en el pecho, de hecho lo incluí en algún verso, pero esto de meter la mano en el tórax y acariciar el corazón me recuerda a un poema de Luis Rosales en La casa encendida (el libro, no el centro cultural madrileño) que era algo como, y cito de memoria: “esa mano que entra en tu pecho y te cambia de sitio el corazón”. Maravilloso Luis Rosales, maravilloso John Lennon, maravilloso ese cirujano con dicción inglesa. Por cierto, ¿cómo será matar a un mito?

lunes, diciembre 06, 2010

No recuerdo ni un solo día de sol
durante la década de los ochenta.

Nadie puede hacerlo: nunca lució
el sol aquella década.

Los ochenta son los charcos sucios
de mi calle, los coches viejos,
la pana gris en bares aún amarillentos,
el mundo en sepia, las nubes
siempre.

Una jaula de edificios y aceras,
de gente fea con ropa fea
con grandes sueños que iban muriendo.

Los ochenta: mi padre borracho
desplomándose con gran estruendo
sobre el asfalto húmedo.

lunes, noviembre 29, 2010

Estados alterados

Imagínate que la droga, en todas sus variantes, creciera en lo alto de los árboles de las avenidas y todo el mundo trepara, y perdiera la cabeza lamiendo los frutos psicotrópicos: el mundo sería diferente, dulce y borroso, impredecible, y la ciudadanía estaría drogada todo el tiempo, la gente se abrazaría por las calles, y hablaría insistentemente con la gente por las esquinas, haciendo grandes aspavientos, tal vez sin escuchar nada. Los transeúntes caminarían en zigzag y el ministro calvo Alfredo Pérez Rubalcaba perdería su aspecto de sabio melancólico y aparecería en nuestros televisores con los ojos enrojecidos, la mirada pedida, citando a Tierno Galván en aquellas fiestas de San Isidro en las que tocaron los Smiths: “quien no esté colocado, al loro y que se coloque”. La policía perseguiría a los sobrios por doquier, utilizaría sus sistemas más sofisticados de inteligencia –todos anfetamínicos, trabajando día y noche sin interrupción- para sacar de sus agujeros a aquellos que no se drogasen, a los putos enemigos de la Sociedad y el Estado, los sobrios enemigos de la unidad ebria de España. Y las madres reñirían a sus hijos coñazo que no tomasen pastillas, y les darían bolsitas de Mitshubisis o Tiburones Blancos los viernes por la noche (tómatelas toditas hijo, que no me entere yo) y los más macarras pasarían de sus madres y tirarían el éxtasis en las macetas de la calle: yo-paso-de-todo, yo-soy-el-más-duro, no-me-importa-morir, porque por entonces las autoridades sanitarias habrían decidido que la drogas son fuentes de vida, bienestar y salud. Señora: dróguese. Y a la vuelta de las discotecas, en las que la juventud no se drogaría, los niños buenos tendrían que simular llevar un colocón de puta madre y llegar a casa dislocados y a cuatro patas para no disgustar a la familia, que tanto invierte en la educación y, lo que es más importante, en la drogadicción de sus hijos. Las nuevas generaciones: drogadas. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado: drogados. Los MTV Awards: drogados (y muchos sobrios en las afterparties). El Sector Financiero: drogado. El hombre de la calle: drogado. La Banda Terrorista ETA: drogada. El director del Museo del Prado: drogado. Los taxistas: drogados. Fernando Sánchez Dragó: drogado. Y los camellos, menuderos y grandes narcotraficantes: benefactores de la sociedad, con despacho en el Ayuntamiento y coche oficial a la puerta, todo abollado de los accidentes que en este hipotético mundo sucederían constantemente en nuestras calles y carreteras.

martes, noviembre 23, 2010

Cosmologías varias

Un día Macarena me dijo que, algunas extrañas noches, cuando estaba sola en casa, con la persiana bajada hasta el tope, sin que quedase ni una sola rendija por la que pasara la luz amarillenta de las farolas, se sentaba en la cama tan solo iluminada por la penumbra de la lamparilla, e imaginaba que su cuarto era lo único que existía en todo el Universo, que no había nada más allá de sus cuatro paredes, ni ninguna otra persona esperando fuera. Que solo existía aquella cama de 2,10, aquella mesa con dos libros, una vela y un ordenador portátil, aquellas estanterías llenas de recuerdos de gente que no estaba en ninguna parte, porque ella era la única consciencia que habitaba el Cosmos. Lo que había fuera, me dijo Macarena, no lo imaginaba como un vacío totalmente blanco o totalmente negro, infinito en todas direcciones, sino más bien al contrario, como si todo el espacio infinito estuviera relleno de una sustancia sólida y dura, como si alguien, algún demiurgo malévolo hubiese llenado de hormigón el Universo y en el centro hubiera dejado una burbuja minúscula, menos que infinitesimal, que era su cuarto, con ella dentro, iluminado únicamente por la luz tenue de la mesilla de noche.

Entonces Macarena sentía una ansiedad irrefrenable, un peso horrible aprisionando el pecho y mucha dificultad para respirar, como si el aire fuera espeso o metálico, y empezaba a contemplar absurdamente la idea de aquello, aquella teoría salvaje, fuera cierta mientras que todo lo anterior, los recuerdos, las personas, el mundo alrededor, fuera solo un sueño que había soñado una noche (¿existían, pues, la noche y el día?) cautiva en aquel cuarto. Y que antes de ahogarse, tenía que correr a la ventana y levantar la persiana con toda su fuerza y desesperación para comprobar felizmente que no, que fuera no estaba todo lleno de hormigón de allí a los confines del espacio y la existencia, sino que se veían los pintorescos tejadillos de Malasaña, plagados de antenas de telefonía y chimeneas bajo las cuales chisporroteaba la vida.

jueves, noviembre 11, 2010

Yo estoy a favor del sol, soy partidario,
cuando el sol sube muy alto y estalla y lo pringa todo
y su miel cae lentamente por las paredes
como melaza.

Yo me como el sol, lo muerdo, lo lamo y entro dentro,
el sol tiene una puerta y yo la sobrepaso,
porque dentro del sol hay furiosas reacciones nucleares,
porque el sol, al fin y al cabo, es una esfera de gas que autogravita,
y hay millones de soles, cientos de millones en cada galaxia,
pero yo me como este, lo muerdo, lo lamo,
me deja la sal, me seca la saliva de los labios,
se me cae encima y me aprisiona, quiero a este sol,
el mio, el nuestro, el que fusila nuestra sombra en las miradas,
el que nos arde la piel en cuatro millones de terrazas.

Solo está el sol tan solitario y me solaza:
yo quiero cuarto y mitad de sol, y toda la luz
ultravioleta, quiero quemarme y ser lagarto y luz y cielo,
porque el sol lo es todo, es la energía metafísica del ser
y del no ser, el centro de todas las metáforas y de los mantras,
de los úteros, de los chicles, de los escupitajos, y tú escupes y:
ahí está de nuevo el sol como un Dios indiferente en primavera.

Me hago sol, me como el sol, lo muerdo, lo lamo, lo acaricio,
me funde y me refunde y me deja tan líquido buscando el sumidero
de las más soleadas aceras en este barrio tan sombrío.
Sal y ponte, como yo, otra vez el día de mañana.

sábado, noviembre 06, 2010

yo que tenía la voz
y el espanto

yo que tenía la luz
que emitía
cada noche
la nevera

(quién estaba abierta
¿ella o yo?
¿tenía yo luz dentro
o ella iluminaba?)

quería meter la cabeza
en el horno
como tú

¡ay Sylvia!
cuánto suicida
y qué pocas ganas
de morir

de asarse la cabeza
en un barrio
donde no llegan ambulancias
ni fotógrafos

Sylvia: cuánta poca cabeza
y qué poco fuego

pasan los años,
Sylvia,
y estamos cada vez
más lejos de todo

(de nosotros mismos
los que fuimos)

queríamos ser como tú

pero nos folla el miedo

viernes, octubre 29, 2010

¿A qué dediqué la primavera del 87?
¿Qué estaba haciendo el seis de marzo
de mil novecientos noventa y cuatro
(por la tarde)?
¿Qué hacías tú cuando ese avión
desapareció engullido por las negras
aguas del Atlántico?

Me levanto, bebo agua, me ducho con cuidado.
Bajo a la misma calle y el mismo portero
con la misma cara
me da los buenos días con las mismas dos
palabras, es decir: buenos días.

Piso el mismo asfalto que los otros días
-¿por qué los llamarán otros si son el mismo?-
y me siento en el metro rodeado de desconocidos,
como siempre, en un viaje que jamás recordaré,
como si este día a través del que viajamos
no hubiese existido nunca.

Todos nosotros, sin embargo, ellos y yo,
estamos haciendo lo mismo:

rellenar un vacío en los calendarios atrasados
del futuro.

lunes, octubre 18, 2010

Esteban se disuelve

Esteban se está disolviendo. Cuando vengo unos días a la ciudad le visito con frecuencia. Me abre la puerta, me hace pasar al salón, él solo en aquella casa tan grande. Yo miro por el ventanal, abajo pasan los coches y conversamos en bucle. Ayer, por ejemplo, le conté lo del dentista. Esteban me preguntó qué dentista era, yo le dije que Corbes, él frunció el ceño. Le di más señas y finalmente le ubicó y me contó un par de anécdotas sobre él. Era de Palencia y hacía 20 años había sido su vecino. Estaba más delgado entonces. Luego me pregunta cuánto me quedo. Hasta el martes, le digo. Entonces empieza el bucle. Me pregunta por el dentista, le digo que Corbes, frunce el ceño, al final lo recuerda. Me cuenta que fue su vecino, que es de Palencia, que ha engordado unos kilos. ¿Hasta cuando te quedas?, me dice luego.

Ayer se levantó renqueando y fue a su habitación en busca de unas fotografías. Desde el salón oí como movía cosas. Pasaron quince minutos y no volvía, así que me acerqué al cuarto. Me miró con sorpresa: se había olvidado de que yo le esperaba en el salón. Sin embargo se excusó diciendo que era una broma, que no se había olvidado. Le seguí el juego. Nunca sé si avisarle de sus despistes, si es mejor hacerle ver que se está disolviendo o hacer como si nada. Como si el mundo fuera un bucle. Tenía las fotografías en las manos. Estoy seguro de que muchas de ellas le resultan extrañas, como si pertenecieran a otra persona, porque no reconoce a nadie de los que aparecen en ellas.

Cuando las cosas tienen nombre se vuelven más reales. La demencia senil siempre ha existido, es normal que los viejos se vayan deshaciendo. Antes se decían que estaban chochos, viejos. Ahora hay una palabra terrible: alzheimer. Una palabra con un zeta, con una hache intercalada. Palabra del demonio. Tiene cierta poesía el alzheimer: igual que uno no empieza a existir realmente cuando nace, no guarda ningún recuerdo del día siguiente al nacimiento, sino que va surgiendo de forma borrosa, de una nebulosa de la que al final resulta una persona, este mal es el proceso inverso. No morirse de pronto, sino volver a adentrarse en esa nube, esa niebla, hasta llegar a la oscuridad de la muerte, a la nada primigenia. Una vida simétrica, igual al principio que al final. Un adulto que vuelve a ser un niño y muere en posición fetal.

Ayer, antes de despedirme Esteban me preguntó ¿hasta cuándo te quedas? Hasta el martes, le dije. Pensé que tal vez en nuestra próxima visita Esteban abra la puerta y no me reconozca. Que sea uno más en esas fotos que no entiende por qué guarda si no son suyas. Y como nuestra identidad es nuestra memoria, como somos memoria, entonces Esteban ya no existirá. Se habrá disuelto.

lunes, octubre 11, 2010

Supermarket

Me acuerdo mucho de aquel programa de la tele titulado Supermarket. No se si ustedes lo recuerdan: en un plató que era la réplica exacta de un supermercado (¿cuál es la diferencia entre una réplica exacta y el original?), los concursantes tenían que pasar varias pruebas a los mandos de un carrito de la compra. Ejemplos: buscar cierta colección de productos, o uno secreto escondido, o sumar en caja cierta cifra exacta de pesetas, porque entonces el mundo era joven y todavía gastábamos pesetas. Fomentaba el consumismo exacerbado, pero, in the other hand, lo presentaba Enrique Simón, que tenía una esplendorosa sonrisa llena de dientes y una voz como sintética (por cierto, ¿qué fue de Enrique Simón?).

Siempre que voy por Mercadona fantaseo con que soy un concursante de Supermarket y trato de encontrar mis objetivos con la máxima rapidez posible, eligiendo los mejores itinerarios en los pasillos, esquivando a los otros clientes, recortando en las curvas. La operación cotidiana de la compra se convierte en una misión fascinante.

Por lo demás, los supermercados me interesan mucho porque son una visión distorsionada de la realidad, es como la realidad vista a través de un caleidoscopio plastificado. En los supermercados no hay pollos, sino bandejas con muslos o pechugas o contramuslos, tampoco hay vacas, sino bandejas con filetes y bricks de leche, no hay gallinas sino cajas de huevos y no hay huertas, ni bosques, ni montes, ni naturaleza, sólo una sección de fruta y vegetales bien refrigerada. Un supermercado es una reducción demente del Cosmos. ¡Venden peces congelados!

Ahora, de niños, nunca conocemos la naturaleza de primera mano. Siempre a través del supermercado, que es la naturaleza hecha a imagen y semejanza del hombre, o, mejor, a imagen del capitalismo (¡oh!) occidental. Por eso, cuando vamos a la guardería nos enseñan los animales, y las plantas, y el sonido que hace cada uno de los bichos que pueblan la tierra, todo en videos y bonitos libros desplegables y coloreables, o en juguetes Fischer Price o peluches. La naturaleza está muy lejos, y, de no hacerlo así, las próximas generaciones pensarían que en los campos y en las granjas lo que pastan no son animales sino bandejas de poliestireno plastificadas con un precio puesto, en pesetas y en euros.

miércoles, octubre 06, 2010

Imagínate tú

Imagínate que mañana te levantas, te duchas, y durante el desayuno, cuando, aburrida, te pones a leer los ingredientes y promociones en la caja de los corn flakes, como todas las mañanas, descubres que no hay nada impreso en el cartón. Entonces miras el brick de leche y ves que tampoco hay nada escrito, y que sólo sabes que es semidesnatada por el diseño en color azul. Tampoco se lee nada en la caja de galletas. Imagínate que bajas a la calle preocupada y el mundo parece extraño, en principio no sabes muy bien por qué, pero pronto caes en la cuenta de que han desaparecido los rótulos de todos los locales, y cuesta diferenciar un bar de una cafetería o de un restaurante de lujo, o una mercería de la oficina de correos. Corres al kiosco, imagínate, y han desparecido todos los textos, no sabes cuál periódico es cuál, ni puedes identificar al líder árabe que aparece en la página tres de uno de ellos, porque no hay pie de foto, ni titular, ni texto, nada, ni siquiera reconoces a la actriz maciza que aparece en la sección de cultura y que han premiado en Cannes, ni qué columna pertenece a cada columnista, porque ni hay columna ni ese vacío vertical viene firmado. En la bibliotecas la gente erra azorada entre pasillos de libros vacíos e intercambiables. En los hospitales los médicos escriben recetas en blanco, en las farmacias los farmacéuticos no encuentran los medicamentos sin probarlos con antelación. La gente muere por falta de fármacos o intoxicada por dosis equivocadas. Los escritores, desesperados, se arrojan desde sus altas torres de marfil. Las cosas del mundo, ya sin nombre, se van mezclando unas con otras formando una masa informe en la que todas se confunden. ¿Qué avión es el nuestro? ¿Cómo ver la versión original subtitulada? Imagínate ahora que vas corriendo al muro detrás del instituto (ahora desierto, ya sin textos) después de tantos años y descubres, que aparte del corazón, la flecha, escritos con rotulador a trazo grueso, no quedan nuestros nombres ni nada de lo poco que quedaba de lo nuestro.

viernes, octubre 01, 2010

De viaje

Viajé a hacer un reportaje a una capital de provincia. Durante el viaje de ida en autobús, fui ojeando mis anotaciones y algo de documentación para realizar el trabajo. Cuando llegué hacía una mañana esplendorosa. Le pregunté a una transeúnte como llegar al monasterio y me explicó que debía cruzar la calle y tomar un autobús de línea, el número 7. Seguí sus instrucciones y me coloqué junto con otras personas que esperaban, entre ellas dos chicas japonesas algo despistadas que parecían venir a hacer turismo. Como el autobús no acababa de llegar y habían pasado ya 15 minutos, opté por tomar un taxi. En unos minutos llegué al monasterio, donde me identifiqué como periodista. No tardó en bajar la jefa de prensa y una guía, con las que me había citado el día anterior desde la redacción. Me dieron una exhaustiva vuelta por el lugar y me explicaron todo tipo de detalles y anécdotas, para ser algo tan rematadamente aburrido como un monasterio de clausura, se podía sacar algo de interés. Luego tomé un taxi de vuelta al centro. Había calculado mal el tiempo y ahora tenía demasiadas horas vacías por delante antes de que saliera el autobús de vuelta, así que me dispuse a recorrer la ciudad. Fui a la catedral, curiosee por las tiendas de casco viejo, pensé que era una ciudad agradable aunque algo desangelada, sobre todo al mediodía, como todas las capitales de provincia. Cuando llegó el hambre decidí darme un homenaje y entré en una pizzería cara que tenía muy buena pinta. La decoración era muy cuidada y había cierta penumbra acogedora. Pedí una lasagna que estaba deliciosa y una copa de vino tinto. Después de comer me encendí un cigarro y me puse a leer el periódico, donde el caso Gürtel seguía copando la portada.

Luego fui al baño. Y en el baño lloré. Lloré desconsoladamente, como una explosión detrás de los ojos, lloré convulsamente, agarrándome el vientre, tapándome la cara con las manos, sollozando, lloré apoyando todo el peso de mi cuerpo contra la puerta, tapándome la boca para que no me oyera nadie, lloré en cuclillas con la frente apoyada en los antebrazos, no había forma de parar aquel llanto como vómito, aquel llanto que nacía en lo más profundo de mi estómago, aquel llanto como una presa que quiebra, y cae el agua y anega todo lo que encuentra en su camino, ese era mi llanto, un llanto de alimaña, de bestia herida, de trinchera. Lloré hasta quedar exhausto, hasta que toda la electricidad dejó mi cuerpo, mi cuerpo frágil y deshecho, y me quedé inerte. Me recompuse. Me lavé la cara. Me froté los ojos frente al espejo. Dejé de llorar y salí. Salí del baño.

Después pagué la comida y me dediqué a pasear. Estuve leyendo en un parque. La lugareñas me parecieron muy hermosas, con una belleza felina y ojos almendrados de aire italiano, de peli neorrealista, perdidas en medio de Castilla. Estuve en una librería y busqué una novela de Charles Baxter que no tenían. El librero me ofreció encargarla pero le expliqué que estaba de paso y que me marchaba en un rato. Fui caminando a la estación que estaba en el extrarradio. En el bar de enfrente, un bar cutre de capital de provincias, me tomé una caña y me reí en silencio de las chorradas que decían los parroquianos. Hice pis. Por fin llegó la hora irse. Tomé el bus y durante el viaje de vuelta fui admirando como el cielo castellano se iba volviendo naranja y violáceo y era sobrecogedora esa belleza.

martes, septiembre 21, 2010

Chinobirriza tu mundo

Un día, Isaac del Valle Mogarra, en pie en una céntrica plaza de Madrid y aferrado firmemente a una lata de Mahou Clásica, dijo: han convertido a esta ciudad en un gigantesco bar. Alrededor un enjambre de chinos con bolsas de plástico revolteaban de grupo en grupo una y otra y otra vez vendiendo cerveza.

Los chinobirras vendiendo su chinobirras a un mísero euro; cuando las tiendas de alimentación ya te niegan el suministro, cuando los bares tienen precios desorbitados: hay están ellos. En Malasaña, en Chueca, en las esquinas de Gran Vía. Y los hindúes haciendo lo propio en el sur del Centro, en Lavapiés y en La Latina. Como dijo el clarividente Del Valle Mogarra, Madrid es un gigantesco bar cuando anochece, porque no hay nada que más le guste a los madrileños que salir a la calle y beber. Por eso hay celebraciones de campeonatos mundiales, y días del orgullo gay, y fiestas en cada barrio, y noches en blanco, incluso manifestaciones cualquier día por cualquier cosa. En la calle estamos mejor. Y eso lo ha sabido ver la hacendosa civilización amarilla.

Siempre imagino a un ejecutivo chino, enjuto y trajeado, en despacho en lo alto de un rascacielos de Shangai, con una acongojantes vistas a través del ventanal, la ciudad, el legendario río Yangtsé, los millones de luces de neón en el distrito de Pundong, todo arrodillado a sus pies. Y en su pared, un plano del centro de Madrid en el que coloca chinchetas: “quiero a un chinobirra aquí, en Alonso Martínez, y otro aquí, en la esquina de Fuencarral y Velarde, y otro aquí, al lado de esta puta de Valverde”. Él lo maneja todo.

Porque además de bar, Madrid es un gigantesco prostíbulo, con meretrices enseñando las carnes por el más puro centro, donde todo el mundo está también están ellas (¿por qué no? ¿habríamos de esconderlas? ¿acaso cambia la realidad porque se la oculte?), como sólo ocurre en ciudades grandes y viciosas, salvajes y extremas, sucias, como Madrid.

Por lo demás el centro de Madrid es como casi todo lo que puedas imaginar. Yo cuando venía con mamá de niño a resolver asuntos relacionados con la danza siempre asocié Madrid a este arte. Cuando vine a vivir lo asocié primero con el flamenco, luego con el techno. También lo asocié con las casas okupas y los movimientos revolucionarios. Lo asocié con la física y la literatura. Lo asocié con el periodismo y la moda y cocktails. Lo asocié con todo esto en diferentes momentos, porque todo está aquí, y según como se mire, junto y revuelto, a presión, las tiendas de cómics, los jugadores de rol, los siniestros, las tascas de copla, los extranjeros, el sadomaso, los africanos, los musicales, la comida hindú, todo lo que puedas imaginar está aquí, regado por la burbujeante mercancía de los chinobirras. Salud.

lunes, septiembre 13, 2010

La cultura sí da de comer

Lo que da de comer a la cultura española no son las subvenciones, ni las becas, ni las ayudas a la creación o similares. Lo que da de comer, en el sentido más estricto, a intelectuales y artistas patrios, poetastros, letraheridos, performers, videoartistas y demás fauna, son los canapés que se sirven en presentaciones, inauguraciones, estrenos, conferencias, ruedas de prensa y todo tipo de eventos culturales. Porque, ya se sabe, el arte difícilmente da de comer, y en una ciudad como, por ejemplo, Madrid, donde se reúne gran parte del colectivo, con un poco de fría planificación y sana picardía puede uno desayunar, comer y cenar a diario a expensas de las instituciones promotoras de la cultura.

Un servidor, primero por motivos familiares, más tarde por amistades o afición, finalmente incluso por trabajo, siempre ha asistido habitualmente, desde niño, a este tipo de saraos. Cocktails, vinos españoles, refrigerios hay muchos, tantos como eventos, así uno se puede encontrar desde la austeridad de una copa de crianza y una triste rodaja de embutido, o ni siquiera eso, hasta grandes fastos con delicatesen de todo tipo, cienes y cienes de bebidas, o sushi y tempura, qué últimamente se estila mucho cuando se quiere quedar guay.

El público también es variado. Por lo general está mal visto que los más pudientes (los más ricos) o más poderosos (directores de museo, ministros de cultura, comisarios) coman o beban demasiado, suelen ser comedidos que ya tienen para comer en casa. Además pronto les viene un coche a recoger y trasladar a su correspondiente urbanización. Los que se quedan tomando posiciones estratégicas para asaltar las bandejas itinerantes son los canaperos: artistas, amigos de artistas, curiosos, interesaos, gente que pasaba por allí, estudiantes y ancianas. Las peores, como suele pasar, son las ancianas: recuerdo la inauguración de la expo de Juan Gris en el Reina Sofía cuando aquel grupo de jubiladas se apostó con cierta violencia, a codazo limpio, cerca de la puerta por la que salía el (exquisito) jamón y vació sistemáticamente todas las bandejas en sus bolsos. He de resañar que los mejores pincheos suelen ofrecerse en el centro cultural La Casa Encendida de Madrid. Los malos abundan por todo tipo de pequeñas librerías y galerías de arte.

Ahora la ultima moda es que la bebida que se ofrece sea un gin-tonic pijo que el barman tarda en preparar unos siete minutos. Con su cáscara de naranja o de limón impregnando los bordes del vaso, su angostura, su pepino, su tónica vertida sobre la parte convexa de una cuchara, todo su ceremonial cutre que ahora hace flipar a lo más granado, a la par que paleto, de la cultura capitalina. El problema con esto es que se forman una colas de la leche y para pedir una bebida tiene uno que esperar del orden de 40 minutos, eso sí, rodeado de interesantísimas obras de artes. Obviamente, no apetece tomarse una segunda. Que vuelvan las copas de toda la vida, tres piedras de hielo, alcohol, refresco, o simplemente, la cerveza, que yo a lo que voy a las exposiciones, como todos, es a beber y a tratar de olvidar todo esto.

martes, septiembre 07, 2010

Mi amiga mutante

Tengo una amiga que es mutante: donde todos los demás tenemos los sobacos, ella tiene las axilas. Y eso no es todo, mi amiga vive en un mundo diferente y paralelo, en el que los ciegos no son ciegos, sino invidentes, y las cosas no decrecen, sino que crecen negativamente, y las parejas no rompen, sino que consideran que deben ver a otras personas durante algún tiempo.

En el sitio donde vive mi amiga –me lo ha contado en muchas cartas, que ella llama comunicaciones postales- no hay pobres ni hay ricos, sino que hay humildes y hay pudientes -qué maravilla- y no hay despidos masivos ni quiebras, sino expedientes de regulación de empleo y suspensiones de pagos. Últimamente ya ni siquiera hay suspensiones de pago, sino, abracadabra, concursos de acreedores. Mi amiga que vive al otro lado está muy guapa aunque tiene sus añitos porque en vez de arrugas tiene líneas de expresión facial (cuando sea vieja no será vieja, será uno de nuestros mayores). Tal cosa le permite, en vez de ser un buen zorrón, que es de lo que la tacharíamos aquí, ser solo un poco ligerita de cascos. En vez de follarse a cojos, mancos, tuertos y todo tipo de lisiados, mi amiga mantiene relaciones sexuales con discapacitados. Es su perversión, digo, su parafilia. Y en los lupanares, lo que hay son meretrices. ¿No es excelente?

Yo creo que me voy a ir a vivir a donde vive mi amiga, porque allí la gente no tiene resacas, sino migrañas, y nunca muere de cáncer o cosas chungas, postrada en una cama, enchufada a una máquina, atravesada de tubos; sino que fallece después de una dura batalla contra una grave enfermedad. Y si algo hay más auténtico allí, eso es la felicidad.

lunes, agosto 30, 2010

Cittá di merda

Nápoles es sucio, ruidoso, cutre y caótico, como mi chabolo, como los escenarios que venían apareciendo en mis sueños hace tiempo, como la vida misma muchas veces. “Es como en los años 40” dicen algunos, “es como La Habana” (en el peor sentido de la palabra), dicen otros, “es la primera ciudad de África”, dicen los de más allá. Algunos italianos dicen “no contéis en España cómo es Nápoles”: se avergüenzan.

El barrio chungo aquí, muy pintoresco, se llama barrio español, un intrincado laberinto de callejuelas atravesadas de tendales de ropa húmeda por el que se matan los camorristi que fue construido en su momento para albergar a las tropas ibéricas, pues esta ciudad fue española durante dos siglos. “Más nos valía ser españoles”, dicen algunos napolitanos, porque, al parecer, cuando se fundó la República Italiana, Garibaldi y todo aquello, aquí empezó el declive. Las fachadas están llenas de desconchados y pintadas políticas: de los comunistas, de los camorristas, del movimiento de insurgencia civil que lucha contra las desigualdades entre el norte y el sur de Italia. Por el empedrado irregular y lleno de socavones de las calles se caen las viejas, y eso que aquí las viejas son muy duras. Un señor con tres dientes pincha y vende discos piratas de Renato Carosone, de canción napolitana, de tarantela, y las caóticas pizzas (aquí se invento la pizza, chavales) se desmoronan cuando la agarras de un extremo.

Es como una peli del neorrealismo italiano (por cierto, antes el neorrealismo imitaba a la realidad y ahora es la realidad la que imita al neorrealismo). La napolitanas (y no me refiero a las napolitanas de crema o chocolate, o a la pizza napolitana) son todas iguales y tienen el pelo rizado, la mirada felina y la piel bien requemada por el sol. Los napolitanos son vivarachos y llevan la camisa abierta hasta la barriga. Hay un viejo aire heroico en esta ciudad, en los edificios que fueron magníficos y ahora son ruinosos y decadentes. Huele a sal, huele a mar, gritan y venden pescados por las calles. Y la birra se llama birra, pero de verdad.

No sé, creo que me gustaría vivir aquí.

miércoles, agosto 18, 2010

El Corte Inglés y el espaciotiempo

Como todos los Cortes Ingleses son idénticos estar en uno de ellos es como estar en cualquiera de los demás. A veces da la impresión de que, como en aquel cuento de Millás sobre armarios, están todos interconectados, de tal forma que uno puede entrar por el de Granada (Carrera de la Virgen 20), por ejemplo, y salir por el de A Coruña (Ramón y Cajal 57). Incluso puede uno viajar a Portugal, donde la empresa ya tiene montados algunos de sus centros. Por lo demás, son útiles para combatir la morriña: yo hace tiempo que no la siento, pero cuando me vine a Madrid a veces apaciguaba mi nostalgia bajando a la calle y caminando hasta el Corte Inglés de Callao, o al de Argüelles, incluso al de Méndez Álvaro y allí, caminando entre el stand de Chanel y una mesa llena de best sellers (de mierda), sentía que estaba otra vez en el centro comercial Salesas, uno de los primeros de este calibre que se construyeron en España, en el que paseaba de niño con la TiaVicen o hacía la compra con mamá.

By the way, hace dos meses hice una cosa que pensé que nunca iba a hacer: cumplir 30 años. Parecía que el tiempo no iba a pasar, pero la principal característica del tiempo es, precisamente, que siempre, todo el rato, pasa. ¿Se acaba aquí la juventud o aguanta hasta los 35? El otro día un compañero me dijo que la juventud es un estado mental, pero a mí me sonó a wishful thinking, a discurso de autocomplacencia y autoconvencimiento. Sobre todo cuando la TiaVicen, octogenaria, dijo el otro día: “queremos llegar a viejos, no queremos morirnos y luego esta vida es una mierda”. O algo parecido, porque ella no dice mierda. A ver cómo le explicas lo de la actitud mental.

Cuando cumplí 20 años, pensé, absurdamente, que todo lo que merecía la pena había pasado, que los años interesantes habían quedado a mis espaldas y que todo lo había ya visto o hecho, y si no era todo, lo que quedada no tenía importancia. Se demostró falso, claro está, a mi la veintena me lleno de un gozo y una satisfacción inéditos. Ahora que cumplo 30 vuelvo a tener sentimientos crepusculares, vuelvo a pensar en mundos que se acaban, puertas que se cierran y cowboys perdiéndose en el horizonte, a la puesta de sol. Sé que vuelven a ser absurdos, pero así son los sentimientos, irracionales. Así que cuando me pongo tonto corro a refugiarme en un Corte Inglés, en el de Callao, en el de Argüelles, incluso en el de Méndez Álvaro, a ver si me da la impresión de que estoy en ese mismo Corte Inglés, pero con 10 años menos. Pero, claro está, no funciona.

viernes, agosto 13, 2010

Horizonte de petróleo

En una pequeña cala de piedras gijonesa había tres adolescentes bien lozanos, un chico y dos chicas, echados, al sopor de la tarde Cantábrica, sobre una única toalla blanca. Dos de ellos, el chico y la morena, eran pareja, así que pasaban bastante rato comiéndose la boca, besándose como sólo se besa cuando confluyen el verano de la vida (esa juventud crepitante) y el verano astronómico (es decir, agosto). Durante esos ratos, bastante largos, en los que las lenguas de ambos se entrelazaban de cualquier manera posible, la tercera en discordia, la rubia, miraba al horizonte, la línea recta que separa el oscuro azul del mar del suave azul del cielo, o jugaba con las pequeñas piedras que formaban la playa. Parecía tranquila y sosegada y en ningún momento observaba a la pareja, como si allí no hubiera nadie invocando un soplido del fuego del infierno.

A pocos metros dos viejos pellejos contemplaban la escena(al igual que yo, apoyado en la barandilla del Paseo Marítimo)desde unas grandes rocas contra las que, un poco más allá, rompía el mar violentamente, haciéndose todo espuma. Sin ningún disimulo se habían sentado como espectadores, con sus carnes blandas y requemadas y sus pelos canosos, encarando a los tres jóvenes, a unos pocos metros pero, en realidad, mucho más lejos: desde el gélido invierno de la vida.

Al fondo un gran barco petrolero hacía equilibrios sobre el horizonte, parecía de mentira. Yo estaba a favor de eso.

jueves, agosto 05, 2010

La lloca del Rinconín

En el Paseo Marítimo de Gijón, cuando la ciudad acaba y el paseo continúa por una zona de fincas, playas de piedras, chalets y restaurantes bautizada como El Rinconín, hay una estatua llamada Monumento a la madre del emigrante, de Ramón Muriedas. De niño iba con mi madre a menudo a visitar aquella estatua que se recorta contra la brisa salada del Cantábrico. Mi madre siempre me explicaba, con lágrimas en los ojos, cómo le emocionaba la visión de aquella madre de emigrante que alza su mano contra el viento, contra el horizonte a través del cuál su hijo ha partido en busca de un futuro mejor. “Hay que ser madre para entender esa pérdida”, decía mamá limpiándose las lágrimas. Ayer volví, muchos años después, a visitar la estatua y, cómo no, mamá se puso automáticamente a llorar al contemplarla. Se trata de una mujer con el pelo alborotado por la brisa, vestida con una túnica andrajosa, de complexión famélica, que, como digo, alza su mano débilmente contra el horizonte, una mano derrotada, que a la vez que llama, trata de agarrar y se ve desvalida, rendida, a punto de caer de nuevo en el vacío, tal vez ese vacío que deja su hijo emigrante. Pero sobre todo, esa mirada...

Las gentes de Gijón, en buena muestra de su sensibilidad, apodaron hace años a esa estatua como La Lloca del Rinconín, es decir, la Loca del Rinconín, por su aspecto alucinado. No es de extrañar que posteriormente llamaran a aquel otro monumento de Chillida, titulado El Elogio del Horizonte, que, en el otro extremo de la ciudad también enfrenta el viento, como el Váter de King Kong.