domingo, enero 30, 2011

Las aluncinantes metamorfosis del lenguaje



Año 2040. Conversación entre mi hijo y mi nieto. La cosa iría así:

- Papá, papá, ¿y por qué se llaman móviles?
- Porque cuando se inventaron, tú aún no habías nacido, los llamaron teléfonos móviles. Porque se podían mover. Era casi milagroso. El mundo cambió.
- ¿Teléfono? ¿Qué es un teléfono?
- Pues teléfono viene del griego tele, a distancia, y fono, sonido. Vamos, que transmite el sonido a distancia, que puedes hablar con cualquiera desde cualquier parte del planeta (exceptuando ciertos túneles y montañas).
- ¿Y eso que tiene que ver con el móvil?
- Ya. Es que al principio sólo servían para hablar. No tenían la opción de Internet, ni de teletransporte cuántico, ni de condensación de fluzo. Ni siquiera modificaban la estructura del ADN. Los llamaron móviles porque, además, antes estaban fijos, enchufados a la pared, en las casas y los oficinas. Ya ves tú qué incordio.
- Pues vaya mierda.
- Oye, ¡que te voy a limpiar la boca con jabón!
- Umpf… Oye, papá, ¿y qué es el griego?
- Griego es dar por culo.
- ¿Qué?
- Anda, olvídalo, calla y cómete las ciber-acelgas.



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(En la imagen el Teléfono Chatter de Fischer-Price, creado en 1961. Su producción cesó en 1986. Hoy no cumpliría las nomativas de seguridad. Pero también tenía su corazoncito.)

lunes, enero 24, 2011

Comprar es de patriotas



Cuando veo a una joven pareja haciendo la compra en un supermercado del centro me parece muy bonito. Tienen veintimuchos o treinta y pocos, visten moderno pero sin estridencias, unas Converse, un gorrito, unos auriculares grandes de estilo retro. Seguramente tienen carrera, profesiones liberales, aunque también seguramente son mileuristas y no pueden ir a tantos conciertos como les gustaría. ¿Compramos apio para un caldo? Vete a por el arroz basmati. ¿Qué prefieres té con canela o roiboos? Si compran en un mercado de abastos tradicional la estampa es aún más hermosa, si lo hacen en un Mercadona (ese supermercado que Dios debería destruir con una lluvia de azufre por rivalizar con su perfección) se me pone la piel de gallina y difícilmente aguanto las ganas de llorar, cual Stendhal ante el sobrecogedor despilfarro fiorentino. Y si uno de los dos es asiático mola todavía más. Como Goethe en Fausto (y cito de memoria): ¡oh, instante, permanece, eres tan hermoso!

En un centro comercial de periferia una pareja cincuentona se arrastra por los pasillos por enésima vez para conseguir víveres y llevarlos al bloque. Él, con un crío vociferante encaramado a la espalda, empuja cansadamente un carro lleno de garrafas de aceite (pedazo de oferta) y papel higiénico tamaño familiar (una familia, al fin y al cabo, son muchos culos expulsando mierda). Ella trata de domar a los otros dos churumbeles, tironeando uno de cada mano, mientras se acercan a la sección de charcutería. Grotesque suburbial, chándal de táctel, mal rollo.

Sin embargo, una vez más, podría tratarse de la misma pareja en tiempos distintos, sobre todo si él o ella son asiáticos. El paso del tiempo (no sé, ¿20 años?) y la rutina del modo producción capitalista, unida a la apacible vida en la urbanización, hacen mella. Aaaaah, el devenir de las cosas, la estructura económica, la reproducción de la especie, la oxidación, no sólo de la célula, sino de la vida en sí misma y as we know it.

Átense a la pata de la cama a ver si así no pasa el tiempo.

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Anexo: Hecho diferenciales molones del Mercadona (sin orden de preferencia)

arroz negro congelado / guacamole fresco / las cremas Deliplus que curan la soriasis / el brownie con salsa de vainilla / el atún barato porque lo roban en las aguas saharauis / el humus / las pizzas congeladas a 2 euros / el pincho moruno y la brocheta de pollo ready to go / la coca de chocolate (es un pastel y no una droga (¿cuándo harán drogas de sabores?))

(en la imagen Iker Casillas y Sara Carbonero haciendo la compra como una pareja normal, según dice literalmente el blog del club de fans de la periodista deportiva. Están buenísimos, pero, sobre todo, son patriotas.)

viernes, enero 21, 2011

Niñas que están bien buenas



La cosa debió ser como sigue:

-Vogue: Tom Ford, Tom Ford, ¿qué hacemos para el próximo número? Así, algo guay…

-Tom Ford: Umpf, no sé, no sé, me pillas muy liao…

-Vogue: Venga va, Tom Ford, piensa un poco. Algo como transgresor, pour épater le bourgeois (es Vogue París)

- Tom Ford: Mmmm, a ver, a ver… ¿Y si cogemos a unas niñas de siete años y las vestimos así como modelos adultas, un poco un plan zorrón, con maquillaje y tacones, en poses cachondonas?

- ¡Ostras Pedrín! ¡Genial! ¡Becaria: busca a niñas de 7 años!

Et violá!, entonces Vogue París, en el número en el que el citado Ford ejercía de redactor jefe invitado, publicó esas fotos que habréis visto de las niñas de marras, que ni siquiera llegan a lolitas (la Lolita primigenia, urdida para Nabokov, tenía once) para su especial de regalos. La polémica está servida (¿quién se habrá inventado esta expresión?). Unos dicen que incita a la pedofilia, otros que ya vale de corrección política y puritanismo, que no es para tanto.

Los fans de la incorrección política me aburren casi tanto como los de la corrección política. Habría que sobrepasar ya estas categorías y empezar a pensar con la cabeza. Lo cierto es que no es para tanto, nadie se va a morir por la publicación de estas fotos y, como decía alguien en Facebook, seguro que a los pedófilos, por definición, no les hace mucha gracia ver a esas niñas vestidas de adultas cuando podrían verlas con sus virginales braguitas blancas y uniformes escolares. Otra cosa es el buen gusto.

A mí me parece, por una parte, una boutade para llamar la atención del personal de forma efectiva y un tanto pueril, nunca mejor dicho. Cosa que han conseguido. Por la otra, me parece algo grotesco, como todas esas cosas que son lo que no son y no son lo que son. Como esas ancianas que se visten como si tuvieran 15 años o los miembros de la banda pijopunk Pignoise que van con sus crestas a tocar a mítines del PP. Oigan, cada cosa en su sitio.

Por lo demás, el Todo Vale porque Dios Ha Muerto está muy bien visto ahora en la mentalidad (post)moderna, sobre todo en los editoriales de moda. Escandalizarse por cosas como esta o mantener un discurso de izquierdas o estar contra los toros parece rancio y poco cool, como de los noventa, como de señora que sale de misa. Después de la caída de las Torres todo eso se acabó.

Pero no se olviden que ese Todo Vale, ese arrinconamiento de la ética más elemental porque todo ya da lo mismo, fue lo que nos trajo, de mano de los de sobra conocidos especuladores financieros, de aquellos polvos, estos lodos.

Así que ahora no se quejen desde la cola del paro.

martes, enero 18, 2011



La gusta
el hálito del hielo,
su fría quietud imaginada.


Lleva 10 años en la cama
y es hermosa

Le gusta
el pálido reflejo,
la caída de la luz como un murmullo.

Después del primer aliento tras el coma,
a través de los barrotes de la lluvia,
se apaga el corazón.





Este es el primero de una serie de poemas ilustrados por la inefable Sara Herranz. Más cosas suyas aquí. Gracias.

jueves, enero 13, 2011

No me resigno

no me resigno a la esperanza tirada en la cuneta
con un tiro en la nuca, no me resigno al mordisco
de animales con piel de ausencia, no me resigno
a la casa que se cae sobre nosotros,

quien se resigna es un títere de la muerte,
un enemigo de sí mismo, un escarabajo
aplastado en el asfalto.

el mundo arde, la ciudad se derrumba alrededor
con gran estrépito y un huracán que viene del futuro
nos empuja hacia detrás, pero yo
quiero ser mercurio o mariposa
y no me resigno, no quiero resignarme, no puedo
resignarme a la mugre trepando las paredes,
a los caprichos de mi cuerpo, a las hogueras de billetes,
a las grietas.
no me resigno a no tocarte.

mientras quede un hálito de bala,
mientras quede el pulso del último latido,
mientras quede un diente para una dentellada,
no me resigno.

no me resigno al mundo en llamas.

martes, enero 11, 2011

La muerte y la doncella



La muerte, que es muy puta y está loca, se presentó ayer a mediodía cuando íbamos mi madre y yo a comer un menú del día y nos encontramos a un anciano fulminado en el suelo de la céntrica plaza de la Escandalera, en Oviedo. La muerte llegó como un calambre y me supo a agua sucia y a metal. Vino una ambulancia y unos policías, el juez no acababa de llegar, el viejo fue poniéndose rígido y morado a la vista de los morbosos transeúntes hasta que le colocaron encima un plástico blanco. Cómo debe ser salir un lunes a comprar el pan a mediodía y palmarla así, de pronto, con la comida caliente en la mesa y el año casi sin usar.

De vuelta del almuerzo mi madre me preguntó que cómo me encontraba con 30 años. Yo le dije que bueno, que las cosas son cada vez menos nuevas y excitantes y le va faltando a uno la ilusión, que cada vez hay más incertidumbres y responsabilidades, sin olvidar la coyuntura socioeconómica que mi generación le ha tocado vivir en un momento tan delicado y decisivo de la vida, pero que bah, que bien. Ella me dijo que me imaginase cómo se encontraba ella que tiene un buen montón de años más, pero que no me preocupase, que la vida no es lineal sino curva y zigzagueante y que, por ejemplo, hace 10 años, cuando yo me fui a Madrid ella conoció un hermoso renacimiento, liberada de mi, con nuevas amistades, aficiones e ilusiones renovadas. Sí, dije yo, mu bien.

Hoy, en la misma plaza de la Escandalera, en mi paseo de por la tarde, vi a una mujer y a su hija, la primera cogida del brazo de la otra. La hija tenía unos 30 años, era guapa, fuerte, muy alta, pelo muy negro, parecía que tenía carácter. La madre era igual de alta y conservaba el resto de belleza que conserva una mujer que ha sido bella y, aunque tenía el pelo ya canoso, parecía conservar, también, una sólida energía de la que había heredado su hija. Ver a una madre y una hija que se parecen mucho, y que conservan esa complicidad solo posible entre una madre y una hija, siempre me ha turbado, pues, más que dos mujeres diferentes, parecen la misma mujer en dos momentos diferentes de su vida. O que una de ellas ha viajado en el tiempo para visitar a su yo pasado o futuro.

La muerte anda rondando. Yo casi muero un par de veces durante las ya pasadas navidades: en Nochevieja me caí subiendo unas escaleras y un par de días después un camión indolente casi nos saca de la autopista a toda hostia. El año 2010 será famoso por toda la gente conocida que la ha espichado. Todo se va muriendo todo el rato, tengan cuidado. Cada vez que alguien se muere se acaba un universo.

Mañana vuelvo a Madrid, antes de que me pase algo malo. Es curioso, las lisérgicas y desastradas calles de la capital se presentan, de pronto, mucho más seguras que las de esta apacible ciudad de provincias que permanece durmiendo la siesta.

(El dibujín de la muerte y la doncella es del amiguete Edward Munch, supongo que basado en el cuarteto de cuerda homónimo de Schubert)

jueves, enero 06, 2011

La ley antitabaco explicada a los niños (una aproximación sentimental)




Era una cafetería blanca, diáfana, espaciosa, la cafetería de un hotel, el hotel Don Sancho. La gente hablaba a un volumen moderado y a través de los grandes ventanales entraba la luz en tromba desde el Paseo de las Delicias, filtrado por las hojas de las acacias, sobre todo cuando llegaba la primavera. Yo vivía enfrente y me gustaba ir a leer la prensa y desayunar con Esther, con Guillermo, con Isaac, con Ale, con Virginia. Tomábamos grandes tazones de café y charlábamos y fumábamos mientras hojeábamos los periódicos. Algunas tardes también iba solo, a fumar y a leer más prensa, tenían muchos periódicos. Era una época en la que me cuesta encontrar un mal recuerdo.

Un día entró en vigor la anterior ley del tabaco. La cafetería del Don Sancho se convirtió en un espacio sin humos. Nos apenó. Por supuesto, dejamos de ir. A veces, al pasar por delante, miraba dentro y extrañaba aquella luminosa tranquilidad, la variedad de prensa, la bollería, sobre todo nuestras reuniones matinales. Empezamos a ir La Pepa o cualquier otro sitio más desagradable, donde también éramos razonablemente felices con nuestro café y nuestro cigarro. Nunca se nos ocurrió ir a fumar al espacio libre de humos: no queríamos coartar la libertad de los no fumadores. Cada uno tenía su sitio: ellos su bar blanco y bonito, nosotros nuestra taberna, a la que ellos tampoco venían. Bien: convivían diferentes opciones, todo era posible en estricta libertad.

Por algún motivo que no alcanzo todavía a comprender la nueva ley del tabaco, que entró en vigor el día 2, viene a acabar con una libertad. Mientras antes había hueco para todos, ahora solo lo hay para unos. Algunos no fumadores se alegran: “así ya no volveré a tener la ropa oliendo a tabaco”, en su dictatorial manera de celebrar su dictatorial victoria. "Así no me atufarán con humo", "así no se me enrojecerán los ojos", todo victorias personales ante una pérdida de la sociedad. Curioso egoísmo, más aún cuando nadie les obligaba a ir a sitios de fumadores igual que yo no voy a bares de pachanga o a misa de ocho. Y no quiero que monten un garito rockero en mi parroquia porque no me guste la misa: cada uno en su sitio, yo en mi bar, los fieles con su párroco. Todos contentos. Respeto. Ahora nos marginan a la calle mientras ellos ocupan el espacio que era de todos. Los odiamos a través de la ventana con sus perfumadas ropas, eso sí, algo aburridos en sus nuevos dominios, como un niño caprichoso cansado de su regalo de reyes.

miércoles, enero 05, 2011

Scoop regional! El agua del grifo ovetense y las bizarras ondas omega



¿Qué dirían ustedes que contiene el vaso de la imagen? ¿Un delicioso ibuprofeno disuelto que viene al rescate de la más acongojante resaca navideña? ¿Un alka setzer quizá? ¿Leche diluida en agua? ¿Cal viva? Pues cuatro veces no: lo que contiene ese vaso, propiedad de mi madre, en cuya casa pasé unos días por las fiestas, es el agua que sale del grifo en la muy noble y muy leal ciudad de Oviedo.

Mi madre dice que siempre ha salido así pero yo en ningún caso recuerdo haber bebido en mi infancia o adolescencia ese brebaje putrefacto. Al cabo de un rato, esa solución blanquecina (¿será semen?) se disuelve, es cierto, el agua recupera su transparencia y no da tanto asco beber (dice mamá que es la “presión”). También es cierto que depende de la posición de la palanca del grifo o, simplemente, de la hora del día, el nivel de toxicidad del preciado líquido varía.

Yo tengo una teoría revolucionaria sobre este particular: esas partículas micrométricas que flotan en el seno del fluido son una sustancia que se aloja en las sinapsis de las conexiones neuronales, en el cortex cerebral, y que vibran excitadas por ciertas frecuencias de radiación electromagnética que, por ahora, denominaré rayos omega.

El ínclito alcalde de la ciudad, Gabino de Lorenzo (PP), tiene una máquina emisora de ondas omega colocada en lo más alto del Ayuntamiento (que además se encuentra en una elevación). Mediante la emisión de estas ondas maneja las mentes de los ovetenses, asturianos y quizás incluso españoles a su antojo y voluntad. Eso explicaría que lleve tropecientas legislaturas siendo el alcalde más votado de España. Que alguien se tomara en serio su candidatura a capital cultural europea cuando la única cultura que existe aquí es la más rancia zarzuela y la ópera. Que consiguiera desbaratar la llegada de Francisco Álvarez-Cascos a la candidatura del PP asturiano (este hombre que pretende que con haber dejado pasar algunos años olvidásemos su pésima gestión como vicepresidente, ministro de Fomento y omnímodo secretario general de su partido y al que, a la sazón, simbolizaban con un dobermann negro y rabioso). O la vez que trajo a Mickey Rourke a ¿boxear? O también cuando él mismo, el propio alcalde, actuó caracterizado como Don Hilarión en una de sus adoradas zarzuelas, La Verbena de la Paloma, sin ser fruto del escarnio público mayoritario.

En fin, cosas que pasan cuando la ciencia de la manipulación electromagnética-psicológica meets los ayuntamientos de capital de provincias.

He dicho.

miércoles, diciembre 22, 2010

Musgo




Los libros se van extendiendo como musgo, van conquistando cada vez más espacio del cuarto como un ejército silencioso que toma posiciones, descansa, se rearma, y vuelve al ataque, tomando ahora la enésima balda, la postura más inestable, más tarde la mesilla de noche, formando luego una columna en una esquina olvidada, ganándole la posición a las litronas vacías y a la ropa sucia, columnas, hileras, montones de libros: tratados de ciencia, joven novela española, los ensayos de Montaigne orgullosos y entrados en carnes contrastando con la delgadez de los poetas que escribieron poco y murieron jóvenes pero perduraron mucho, como Jaime Gil de Biedma, como Arthur Rimbaud, que por las noches susurra y revolotea su aliento de absenta por el cuarto. Algunos de estos libros invasores los he leído, otros solo los he hojeado, con otros aún no he tenido la oportunidad; sé que muchos, tal vez la mayoría, jamás los leeré, pero ahí están, los sábados de madrugada observo sus lomos mientras duermen y me hablan de otros tiempos, cuándo llegaron a mis manos y a través de qué persona o qué editorial o qué carambola del destino. Pago cada mes no sé cuantos euros de alquiler por no sé cuántos metros cúbicos de vivienda (seguro que demasiados) rellenos de papel impreso que encierra la voz de gente que está en otro sitio o que ya se está pudriendo bajo tierra. Pienso, mientras asustado observo su proliferación desde debajo de la manta, que algún día tendré que dejar este cuarto y esta casa porque ellos seguirán avanzando despiadados, sin ningún miramiento, hasta echarme fuera con sus letras. Yo, como quien pone un pisito a su amante en la Gran Vía, les seguiré pagando el alquiler desde lejos, tal vez desde debajo de un puente, envuelto en periódicos, leyendo, antes de dormir, la publicidad del Media Markt.

lunes, diciembre 13, 2010

El zen y el arte de la seguridad privada



Pues ahora nos toca esto: este Madrid plomizo y despeinado, cruzado de gente despistada ante la lluvia: ¿qué coño es este agua que cae del cielo?, parecen preguntarse. Esta mañana, paseando por un barrio semiperiférico (Acacias) el panorama no podía ser más desasosegante, aquel tiempo turbio diluido entre la tristeza propia de los bloques de viviendas de ladrillo visto y toldos verde oscuro estilo Levante Español (por ejemplo Alicante, cuna de serial killers). Por ahí vi a mucha gente sola, sobre todo vieja, mirando a no sé dónde a través de la fina lluvia. ¿Quiénes son estas personas que vagan solitarias por las calles solitarias? ¿Serán fantasmas del más allá que cumplen su condena infernal paseando por estos sitios tan lúgubres, habitados por adolescentes con anorak que salen del instituto y destartalados parques de extrarradio de grava y metal? Yo creo que sí: ya dije alguna vez que en Madrid hay varios puntos de contacto entre el más allá y el más acá: las cafeterías de El Corte Inglés. En ellas se reúnen a merendar las ancianas que están a punto de morir y las que acaban de morir recientemente y aun no están integradas en el Infierno, para cotillear un poco. Una vez, incluso, vi a mi difunto padre en la de Callao tomándose un gin tonic. La pregunta es si las tortitas con nata que sirven son terrenales o supraterrenales, supongo que será cuestión de gusto.

¿Y los guardias de seguridad?, me pregunté en el Opencor de Acacias. ¿Son espíritus o carne mortal y hueso? Un curro difícil este, gente humilde y sencilla que tiene que conocer de primera mano el Mal, el Sistema, pasar al otro lado, denunciar a sus compañeros de clase (social, digo, no de escuela) ante las empresas multinacionales. Para ser segurata, como para ser guarda de sala en un museo, más vale ser un maestro Zen y controlar la meditación trascendental, si no, no me lo explico. ¿Cómo aguantan ocho horas de pie sin hacer nada? ¿Ponen la mente en blanco? Estoy seguro de que muchos han elaborado en silencio complejos sistemas filosóficos que algún día la humanidad conocerá sobrecogida. ¡Eh, se mira el cuadro desde detrás de la línea!

Por eso los seguratas siempre se extralimitan en sus tareas: recogen las bandejas sucias que deja la gente en el Burger King, recomiendan libros en la librería de El Corte Inglés, guían a compradores despistados en el Carrefour. ¡Ese aburrimiento es una tortura guantanamera! Hay uno que deberían conocer en Lacasaencendida. Trabaja guardando las exposiciones de arte contemporáneo enfundado en su uniforme marrón, siempre solo en insoportables salas donde hay luces estroboscópicas, extraños ruidos a volumen rompetímpanos y proyecciones aún más extrañas. Tiene una poca bastante de pluma. Para entretenerse recibe al personal dándoles el folleto y se ofrece para una visita guiada amateur (“si tienen alguna duda yo les explico”) que todo el mundo rechaza (“este tío está loco”), pero que todo el mundo acaba por escuchar porque el tío se entromete. Y lo hace de puta madre, el tio: yo he comprendido muchas cosas de las que se exponen gracias a él (se poner cara de entender lo que se expone o se inaugura o se presenta aunque no lo entienda, es fundamental en mi curro). Mi madre incluso le preguntó si había estudiado Historia del Arte o algo. “No”, dijo él visiblemente emocionado, “pero me gusta mucho”.

jueves, diciembre 09, 2010

San John Lennon y las tetas gordas



Yo soy de los que opinan que el gusto de los varones heterosexuales por ciertos atributos de las mujeres es un grado de su primitividad: los grandes senos (lo que científicamente se denominan tetorras) y las caderas anchas, son preferidos por gran parte de la población masculina sin duda por la ventaja reproductiva que suponen: más espacio para albergar a la cría, más espacio para las mamas, más eficacia a la hora de multiplicarse. Le decía a mí madre que como a mí me gustan las hembras más chupaítas(decía mi amigo Isra que yo tenía preferencia por las anoréxicas, con cara de yonki y el pelo cortado hachazos. Con esto último se refería al peinado Inditex), soy un hombre más evolucionado porque primo otros valores civilizatorios que la mera reproducción de la especie. Me sitúo lejos de la jungla y las tetorras, y cerca de la civilización y la cultura, el progreso, el bienestar, la justicia, eso que diferencia, o debería diferenciar, al hombre de la bestia. Por eso también me sitúo lejos del liberalismo selvático (verbigracia: Esperanza Aguirre), donde todo vale y se espera que, abracadabra, todo encaje como debiera, y cerca de la ilustrada izquierda que es a Espe, en esto de lo político, lo mismo que yo a los admiradores de la chica de la contraportada del As. Mi madre me dijo: sí, es que hay mucho primate suelto.

Después colgué y me fijé que en el informativo de la tele estaban recordando el aniversario de la muerte San John Lennon. Salía Yoko Ono, algunos amigos del finado, pero, sobre todo, el cirujano que lo atendió cuando ingresó cadáver en el hospital, fulminado por cinco tiros a bocajarro en la puerta de su casa. Este señor canoso y de estupenda dicción, pese a ser estadounidense, explicó que, como no le quedaba otra, le abrió el pecho a Lennon y le masajeo el corazón directamente con la mano, a ver si así había manera de resucitarle.

No conocía esta técnica médica, pero desde de ahora es mi técnica médica poética favorita. Lo del desfibrilador ya me llamaba la atención, devolver la vida con un gran chispazo en el pecho, de hecho lo incluí en algún verso, pero esto de meter la mano en el tórax y acariciar el corazón me recuerda a un poema de Luis Rosales en La casa encendida (el libro, no el centro cultural madrileño) que era algo como, y cito de memoria: “esa mano que entra en tu pecho y te cambia de sitio el corazón”. Maravilloso Luis Rosales, maravilloso John Lennon, maravilloso ese cirujano con dicción inglesa. Por cierto, ¿cómo será matar a un mito?

lunes, diciembre 06, 2010

No recuerdo ni un solo día de sol
durante la década de los ochenta.

Nadie puede hacerlo: nunca lució
el sol aquella década.

Los ochenta son los charcos sucios
de mi calle, los coches viejos,
la pana gris en bares aún amarillentos,
el mundo en sepia, las nubes
siempre.

Una jaula de edificios y aceras,
de gente fea con ropa fea
con grandes sueños que iban muriendo.

Los ochenta: mi padre borracho
desplomándose con gran estruendo
sobre el asfalto húmedo.

lunes, noviembre 29, 2010

Estados alterados

Imagínate que la droga, en todas sus variantes, creciera en lo alto de los árboles de las avenidas y todo el mundo trepara, y perdiera la cabeza lamiendo los frutos psicotrópicos: el mundo sería diferente, dulce y borroso, impredecible, y la ciudadanía estaría drogada todo el tiempo, la gente se abrazaría por las calles, y hablaría insistentemente con la gente por las esquinas, haciendo grandes aspavientos, tal vez sin escuchar nada. Los transeúntes caminarían en zigzag y el ministro calvo Alfredo Pérez Rubalcaba perdería su aspecto de sabio melancólico y aparecería en nuestros televisores con los ojos enrojecidos, la mirada pedida, citando a Tierno Galván en aquellas fiestas de San Isidro en las que tocaron los Smiths: “quien no esté colocado, al loro y que se coloque”. La policía perseguiría a los sobrios por doquier, utilizaría sus sistemas más sofisticados de inteligencia –todos anfetamínicos, trabajando día y noche sin interrupción- para sacar de sus agujeros a aquellos que no se drogasen, a los putos enemigos de la Sociedad y el Estado, los sobrios enemigos de la unidad ebria de España. Y las madres reñirían a sus hijos coñazo que no tomasen pastillas, y les darían bolsitas de Mitshubisis o Tiburones Blancos los viernes por la noche (tómatelas toditas hijo, que no me entere yo) y los más macarras pasarían de sus madres y tirarían el éxtasis en las macetas de la calle: yo-paso-de-todo, yo-soy-el-más-duro, no-me-importa-morir, porque por entonces las autoridades sanitarias habrían decidido que la drogas son fuentes de vida, bienestar y salud. Señora: dróguese. Y a la vuelta de las discotecas, en las que la juventud no se drogaría, los niños buenos tendrían que simular llevar un colocón de puta madre y llegar a casa dislocados y a cuatro patas para no disgustar a la familia, que tanto invierte en la educación y, lo que es más importante, en la drogadicción de sus hijos. Las nuevas generaciones: drogadas. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado: drogados. Los MTV Awards: drogados (y muchos sobrios en las afterparties). El Sector Financiero: drogado. El hombre de la calle: drogado. La Banda Terrorista ETA: drogada. El director del Museo del Prado: drogado. Los taxistas: drogados. Fernando Sánchez Dragó: drogado. Y los camellos, menuderos y grandes narcotraficantes: benefactores de la sociedad, con despacho en el Ayuntamiento y coche oficial a la puerta, todo abollado de los accidentes que en este hipotético mundo sucederían constantemente en nuestras calles y carreteras.

martes, noviembre 23, 2010

Cosmologías varias

Un día Macarena me dijo que, algunas extrañas noches, cuando estaba sola en casa, con la persiana bajada hasta el tope, sin que quedase ni una sola rendija por la que pasara la luz amarillenta de las farolas, se sentaba en la cama tan solo iluminada por la penumbra de la lamparilla, e imaginaba que su cuarto era lo único que existía en todo el Universo, que no había nada más allá de sus cuatro paredes, ni ninguna otra persona esperando fuera. Que solo existía aquella cama de 2,10, aquella mesa con dos libros, una vela y un ordenador portátil, aquellas estanterías llenas de recuerdos de gente que no estaba en ninguna parte, porque ella era la única consciencia que habitaba el Cosmos. Lo que había fuera, me dijo Macarena, no lo imaginaba como un vacío totalmente blanco o totalmente negro, infinito en todas direcciones, sino más bien al contrario, como si todo el espacio infinito estuviera relleno de una sustancia sólida y dura, como si alguien, algún demiurgo malévolo hubiese llenado de hormigón el Universo y en el centro hubiera dejado una burbuja minúscula, menos que infinitesimal, que era su cuarto, con ella dentro, iluminado únicamente por la luz tenue de la mesilla de noche.

Entonces Macarena sentía una ansiedad irrefrenable, un peso horrible aprisionando el pecho y mucha dificultad para respirar, como si el aire fuera espeso o metálico, y empezaba a contemplar absurdamente la idea de aquello, aquella teoría salvaje, fuera cierta mientras que todo lo anterior, los recuerdos, las personas, el mundo alrededor, fuera solo un sueño que había soñado una noche (¿existían, pues, la noche y el día?) cautiva en aquel cuarto. Y que antes de ahogarse, tenía que correr a la ventana y levantar la persiana con toda su fuerza y desesperación para comprobar felizmente que no, que fuera no estaba todo lleno de hormigón de allí a los confines del espacio y la existencia, sino que se veían los pintorescos tejadillos de Malasaña, plagados de antenas de telefonía y chimeneas bajo las cuales chisporroteaba la vida.

jueves, noviembre 11, 2010

Yo estoy a favor del sol, soy partidario,
cuando el sol sube muy alto y estalla y lo pringa todo
y su miel cae lentamente por las paredes
como melaza.

Yo me como el sol, lo muerdo, lo lamo y entro dentro,
el sol tiene una puerta y yo la sobrepaso,
porque dentro del sol hay furiosas reacciones nucleares,
porque el sol, al fin y al cabo, es una esfera de gas que autogravita,
y hay millones de soles, cientos de millones en cada galaxia,
pero yo me como este, lo muerdo, lo lamo,
me deja la sal, me seca la saliva de los labios,
se me cae encima y me aprisiona, quiero a este sol,
el mio, el nuestro, el que fusila nuestra sombra en las miradas,
el que nos arde la piel en cuatro millones de terrazas.

Solo está el sol tan solitario y me solaza:
yo quiero cuarto y mitad de sol, y toda la luz
ultravioleta, quiero quemarme y ser lagarto y luz y cielo,
porque el sol lo es todo, es la energía metafísica del ser
y del no ser, el centro de todas las metáforas y de los mantras,
de los úteros, de los chicles, de los escupitajos, y tú escupes y:
ahí está de nuevo el sol como un Dios indiferente en primavera.

Me hago sol, me como el sol, lo muerdo, lo lamo, lo acaricio,
me funde y me refunde y me deja tan líquido buscando el sumidero
de las más soleadas aceras en este barrio tan sombrío.
Sal y ponte, como yo, otra vez el día de mañana.

sábado, noviembre 06, 2010

yo que tenía la voz
y el espanto

yo que tenía la luz
que emitía
cada noche
la nevera

(quién estaba abierta
¿ella o yo?
¿tenía yo luz dentro
o ella iluminaba?)

quería meter la cabeza
en el horno
como tú

¡ay Sylvia!
cuánto suicida
y qué pocas ganas
de morir

de asarse la cabeza
en un barrio
donde no llegan ambulancias
ni fotógrafos

Sylvia: cuánta poca cabeza
y qué poco fuego

pasan los años,
Sylvia,
y estamos cada vez
más lejos de todo

(de nosotros mismos
los que fuimos)

queríamos ser como tú

pero nos folla el miedo

viernes, octubre 29, 2010

¿A qué dediqué la primavera del 87?
¿Qué estaba haciendo el seis de marzo
de mil novecientos noventa y cuatro
(por la tarde)?
¿Qué hacías tú cuando ese avión
desapareció engullido por las negras
aguas del Atlántico?

Me levanto, bebo agua, me ducho con cuidado.
Bajo a la misma calle y el mismo portero
con la misma cara
me da los buenos días con las mismas dos
palabras, es decir: buenos días.

Piso el mismo asfalto que los otros días
-¿por qué los llamarán otros si son el mismo?-
y me siento en el metro rodeado de desconocidos,
como siempre, en un viaje que jamás recordaré,
como si este día a través del que viajamos
no hubiese existido nunca.

Todos nosotros, sin embargo, ellos y yo,
estamos haciendo lo mismo:

rellenar un vacío en los calendarios atrasados
del futuro.

lunes, octubre 18, 2010

Esteban se disuelve

Esteban se está disolviendo. Cuando vengo unos días a la ciudad le visito con frecuencia. Me abre la puerta, me hace pasar al salón, él solo en aquella casa tan grande. Yo miro por el ventanal, abajo pasan los coches y conversamos en bucle. Ayer, por ejemplo, le conté lo del dentista. Esteban me preguntó qué dentista era, yo le dije que Corbes, él frunció el ceño. Le di más señas y finalmente le ubicó y me contó un par de anécdotas sobre él. Era de Palencia y hacía 20 años había sido su vecino. Estaba más delgado entonces. Luego me pregunta cuánto me quedo. Hasta el martes, le digo. Entonces empieza el bucle. Me pregunta por el dentista, le digo que Corbes, frunce el ceño, al final lo recuerda. Me cuenta que fue su vecino, que es de Palencia, que ha engordado unos kilos. ¿Hasta cuando te quedas?, me dice luego.

Ayer se levantó renqueando y fue a su habitación en busca de unas fotografías. Desde el salón oí como movía cosas. Pasaron quince minutos y no volvía, así que me acerqué al cuarto. Me miró con sorpresa: se había olvidado de que yo le esperaba en el salón. Sin embargo se excusó diciendo que era una broma, que no se había olvidado. Le seguí el juego. Nunca sé si avisarle de sus despistes, si es mejor hacerle ver que se está disolviendo o hacer como si nada. Como si el mundo fuera un bucle. Tenía las fotografías en las manos. Estoy seguro de que muchas de ellas le resultan extrañas, como si pertenecieran a otra persona, porque no reconoce a nadie de los que aparecen en ellas.

Cuando las cosas tienen nombre se vuelven más reales. La demencia senil siempre ha existido, es normal que los viejos se vayan deshaciendo. Antes se decían que estaban chochos, viejos. Ahora hay una palabra terrible: alzheimer. Una palabra con un zeta, con una hache intercalada. Palabra del demonio. Tiene cierta poesía el alzheimer: igual que uno no empieza a existir realmente cuando nace, no guarda ningún recuerdo del día siguiente al nacimiento, sino que va surgiendo de forma borrosa, de una nebulosa de la que al final resulta una persona, este mal es el proceso inverso. No morirse de pronto, sino volver a adentrarse en esa nube, esa niebla, hasta llegar a la oscuridad de la muerte, a la nada primigenia. Una vida simétrica, igual al principio que al final. Un adulto que vuelve a ser un niño y muere en posición fetal.

Ayer, antes de despedirme Esteban me preguntó ¿hasta cuándo te quedas? Hasta el martes, le dije. Pensé que tal vez en nuestra próxima visita Esteban abra la puerta y no me reconozca. Que sea uno más en esas fotos que no entiende por qué guarda si no son suyas. Y como nuestra identidad es nuestra memoria, como somos memoria, entonces Esteban ya no existirá. Se habrá disuelto.

lunes, octubre 11, 2010

Supermarket

Me acuerdo mucho de aquel programa de la tele titulado Supermarket. No se si ustedes lo recuerdan: en un plató que era la réplica exacta de un supermercado (¿cuál es la diferencia entre una réplica exacta y el original?), los concursantes tenían que pasar varias pruebas a los mandos de un carrito de la compra. Ejemplos: buscar cierta colección de productos, o uno secreto escondido, o sumar en caja cierta cifra exacta de pesetas, porque entonces el mundo era joven y todavía gastábamos pesetas. Fomentaba el consumismo exacerbado, pero, in the other hand, lo presentaba Enrique Simón, que tenía una esplendorosa sonrisa llena de dientes y una voz como sintética (por cierto, ¿qué fue de Enrique Simón?).

Siempre que voy por Mercadona fantaseo con que soy un concursante de Supermarket y trato de encontrar mis objetivos con la máxima rapidez posible, eligiendo los mejores itinerarios en los pasillos, esquivando a los otros clientes, recortando en las curvas. La operación cotidiana de la compra se convierte en una misión fascinante.

Por lo demás, los supermercados me interesan mucho porque son una visión distorsionada de la realidad, es como la realidad vista a través de un caleidoscopio plastificado. En los supermercados no hay pollos, sino bandejas con muslos o pechugas o contramuslos, tampoco hay vacas, sino bandejas con filetes y bricks de leche, no hay gallinas sino cajas de huevos y no hay huertas, ni bosques, ni montes, ni naturaleza, sólo una sección de fruta y vegetales bien refrigerada. Un supermercado es una reducción demente del Cosmos. ¡Venden peces congelados!

Ahora, de niños, nunca conocemos la naturaleza de primera mano. Siempre a través del supermercado, que es la naturaleza hecha a imagen y semejanza del hombre, o, mejor, a imagen del capitalismo (¡oh!) occidental. Por eso, cuando vamos a la guardería nos enseñan los animales, y las plantas, y el sonido que hace cada uno de los bichos que pueblan la tierra, todo en videos y bonitos libros desplegables y coloreables, o en juguetes Fischer Price o peluches. La naturaleza está muy lejos, y, de no hacerlo así, las próximas generaciones pensarían que en los campos y en las granjas lo que pastan no son animales sino bandejas de poliestireno plastificadas con un precio puesto, en pesetas y en euros.

miércoles, octubre 06, 2010

Imagínate tú

Imagínate que mañana te levantas, te duchas, y durante el desayuno, cuando, aburrida, te pones a leer los ingredientes y promociones en la caja de los corn flakes, como todas las mañanas, descubres que no hay nada impreso en el cartón. Entonces miras el brick de leche y ves que tampoco hay nada escrito, y que sólo sabes que es semidesnatada por el diseño en color azul. Tampoco se lee nada en la caja de galletas. Imagínate que bajas a la calle preocupada y el mundo parece extraño, en principio no sabes muy bien por qué, pero pronto caes en la cuenta de que han desaparecido los rótulos de todos los locales, y cuesta diferenciar un bar de una cafetería o de un restaurante de lujo, o una mercería de la oficina de correos. Corres al kiosco, imagínate, y han desparecido todos los textos, no sabes cuál periódico es cuál, ni puedes identificar al líder árabe que aparece en la página tres de uno de ellos, porque no hay pie de foto, ni titular, ni texto, nada, ni siquiera reconoces a la actriz maciza que aparece en la sección de cultura y que han premiado en Cannes, ni qué columna pertenece a cada columnista, porque ni hay columna ni ese vacío vertical viene firmado. En la bibliotecas la gente erra azorada entre pasillos de libros vacíos e intercambiables. En los hospitales los médicos escriben recetas en blanco, en las farmacias los farmacéuticos no encuentran los medicamentos sin probarlos con antelación. La gente muere por falta de fármacos o intoxicada por dosis equivocadas. Los escritores, desesperados, se arrojan desde sus altas torres de marfil. Las cosas del mundo, ya sin nombre, se van mezclando unas con otras formando una masa informe en la que todas se confunden. ¿Qué avión es el nuestro? ¿Cómo ver la versión original subtitulada? Imagínate ahora que vas corriendo al muro detrás del instituto (ahora desierto, ya sin textos) después de tantos años y descubres, que aparte del corazón, la flecha, escritos con rotulador a trazo grueso, no quedan nuestros nombres ni nada de lo poco que quedaba de lo nuestro.