Era uno de los antros más sórdidos que he conocido nunca, y mira que he pisado sitios infernales. Estaba en la calle Fuencarral, al lado de un Vips: por semana era un sex shop y durante los findes era el Babylon, el rey de todos los afters. Cuando íbamos al Babylon ya estábamos en la segunda fase del delirio, el garito abría a eso de las 11 de la mañana y por entonces ya tenías que haber estado en otro after previo, aunque a veces, en nuestro afán ahorrativo, dormíamos prontito el viernes noche y madrugábamos para ir a aquel agujero. Esas cosas hacíamos entonces.
Según entrabas en el Babylon, después de pasar el control de los rudos porteros del Este, estaba la zona sex shop, cerrada a esas horas; así que te conducían a lo que era el bar en sí, un lugar parecido a un garaje lleno de colgaos salidos de las entrañas de la noche, putas, travestis, camellos, gente que daba miedo, y a veces un famoso inopinado, todo ello salpimentado con una música oscura y atronadora. Aún sí, se podía acceder a las cabinas: en ellas la gente se drogaba, follaba o invitaba a alguien a drogarse con la intención de follar allí mismo, en una carambola del destino. Lo cierto es que muchas veces las presas aceptaban de buen grado. También se podían usar las cabinas para lo que realmente servían: ver películas porno de pésimo gusto durante un minuto por el precio de un euro, creo. Podías cambiar entre varios canales y, de pronto, podía aparecerte sexo con caballos o cualquier otra variante de la perversión. Otro lugar muy frecuentado era el parking al que se accedía por una puerta trasera, donde la gente iba también a trasegar droga. Si eras cliente frecuente, había la posibilidad de que los porteros te dejasen entrar gratis, en caso contrario te cobraban unos 15 euros. Uno de aquellos findes absurdos y descerebrados de mediados de la década en el que fuimos tres veces seguidas, los gorilas nos dejaron entrar gratis la última mañana.
En aquel sitio a medio camino entre la realidad y la fantasía viví alguno de los momentos más lisérgicos de mi vida. Una mañana en que lo veía todo rojo y rosa y aquella música, aquellos graves, parecían meterte la mano dentro y removerte los intestinos. Nosotros, ellos, todos, bailábamos aquellos sonidos salidos de lo más profundo de una selva del África Central. Bailábamos como salvajes, como animales, más como alimañas que como personas, sumidos en el total desenfreno, saltando con las gafas de sol puestas y los pantalones de campana. No nos importaba el mañana, nos daba igual palmarla. Luego, cuando salíamos, el sol nos dejaba aún más ciegos, y nos quedábamos tristes por lo menos hasta el miércoles.
Hoy he pasado por delante. Allí siguen aquellas escaleras que se hundían en el averno, pero el Babylon hace tiempo que no existe. Ahora me resulta extraño, pero disfrutábamos de aquello.
lunes, abril 06, 2009
lunes, marzo 30, 2009
El amor cayó vencido
por la rutina espesa y pegajosa,
caminar cada tarde de Callao
a Embajadores, nosotros solos,
sobrevivir a las resacas aplastados
en la oscuridad del cuarto
cuando sólo quedaba lo peor.
Vuelvo a tratar con el fracaso,
a moldearlo con las manos
y a volcarlo en el do re mi
de los poemas, sin saber
muy bien dónde poner la línea
que separa realidad y poesía.
Derrama ese amor desvencijado
su ausencia sobre el resto
de las cosas de la vida,
las tardes, la cerveza,
el vuelo de los pájaros,
sobre todo los domingos,
terribles como monstruos
subterráneos que emergen
de la tierra al final de siete días.
Faltó el chispazo, el cobre,
la fuerza redentora que viniese
a torcer los hierros oxidados
de lo nuestro y colocar
todo en su sitio.
Hoy te extraño,
perdona la osadía.
por la rutina espesa y pegajosa,
caminar cada tarde de Callao
a Embajadores, nosotros solos,
sobrevivir a las resacas aplastados
en la oscuridad del cuarto
cuando sólo quedaba lo peor.
Vuelvo a tratar con el fracaso,
a moldearlo con las manos
y a volcarlo en el do re mi
de los poemas, sin saber
muy bien dónde poner la línea
que separa realidad y poesía.
Derrama ese amor desvencijado
su ausencia sobre el resto
de las cosas de la vida,
las tardes, la cerveza,
el vuelo de los pájaros,
sobre todo los domingos,
terribles como monstruos
subterráneos que emergen
de la tierra al final de siete días.
Faltó el chispazo, el cobre,
la fuerza redentora que viniese
a torcer los hierros oxidados
de lo nuestro y colocar
todo en su sitio.
Hoy te extraño,
perdona la osadía.
martes, marzo 17, 2009
War on Drugs
Son una de las mayores atracciones turísticas de la zona y desprenden un fuerte sabor tradicional: los yonquis de la Glorieta de Embajadores. Siempre están ahí: algunos solos, junto al semáforo o apoyados en la farola, con un refresco en la mano comprado en el Día de la esquina, otros conversando animadamente en pequeños grupos de dos o tres yonquis, con un poco de suerte puede que haya alguno echándose una reconfortante siesta en el umbral de la sucursal cerrada del Banco Santander, después un duro día de narcosis, completando un curioso cuadro costumbrista. Los que no andan con la mirada perdida en nosequé entelequias opiáceas parecen alegres por la partida inminente, algo inquietos, eso sí, siempre atentos al flujo continuo de coches que las luces del semáforo va seccionando periódicamente. Esperan a las kundas o narcotaxis, esos coches particulares, probablemente propiedad de otros yonquis que aún no han perdido aún todos sus bienes materiales (véase familia, dientes, casa, coche), y que todavía son solventes a la hora de conducir el auto hasta las barriadas chabolistas donde se vende droga a granel en edificios semiabandonados o alrededor de bidones ardientes en la noche. Es lo que se ha venido a llamar el drama de la droga.
Los vecinos de la zona se manifiestan periódicamente cacerola en mano y el político de turno les hace caso momentáneamente, limpiando las calles una temporadita para calmar los ánimos y olvidándose después. Claro, porque ¿acaso es ilegal estar de pie en la calle esperando a un coche? Yo comprendo a los vecinos y comprendo los percances que deben ocasionar unas personas que se han dado en la vida a una pasión tan grande, con tal intensidad y romanticismo ciego como hacen los yonquis, pero habría que buscar alguna otra solución más efectiva.
Paso a menudo por la Glorieta, queda cerca de mi cueva, y pocas veces veo a los mismos politoxis. La tropa se va renovando y recorren toda la ronda de Atocha, ya sea haciendo trapis, caminando con prisa (están siempre tan atareados los toxicómanos…) o pinchándose al refugio del cajero de CajaMadrid que linda con Lavapiés. Además, como si de estratos geológicos se tratase, se ve la solera de cada uno, desde los más veteranos, ya bastante deteriorados, hasta los lozanos y muy jóvenes, niñatos recién llegados al mundo de la droga chunga. La otra tarde vi a una joven bien niña y bien guapa, de piel láctea e inmaculada, que probablemente fuera a embarcarse en uno de sus primeros viajes -en todos los sentidos de la palabra. Quién iba a decir que a estás alturas todavía iba a caer gente en el caballo, pero ya ven, hay gente para todo y las interioridades del alma humana son inescrutables.
Una cosa está clara: no hace falta leerse el Economist de la semana pasada para apreciar que la Guerra contra la Droga ha terminado. Perdieron los pardillos que pensaron que tal cosa se podía haber ganado. He aquí otro drama.
Los vecinos de la zona se manifiestan periódicamente cacerola en mano y el político de turno les hace caso momentáneamente, limpiando las calles una temporadita para calmar los ánimos y olvidándose después. Claro, porque ¿acaso es ilegal estar de pie en la calle esperando a un coche? Yo comprendo a los vecinos y comprendo los percances que deben ocasionar unas personas que se han dado en la vida a una pasión tan grande, con tal intensidad y romanticismo ciego como hacen los yonquis, pero habría que buscar alguna otra solución más efectiva.
Paso a menudo por la Glorieta, queda cerca de mi cueva, y pocas veces veo a los mismos politoxis. La tropa se va renovando y recorren toda la ronda de Atocha, ya sea haciendo trapis, caminando con prisa (están siempre tan atareados los toxicómanos…) o pinchándose al refugio del cajero de CajaMadrid que linda con Lavapiés. Además, como si de estratos geológicos se tratase, se ve la solera de cada uno, desde los más veteranos, ya bastante deteriorados, hasta los lozanos y muy jóvenes, niñatos recién llegados al mundo de la droga chunga. La otra tarde vi a una joven bien niña y bien guapa, de piel láctea e inmaculada, que probablemente fuera a embarcarse en uno de sus primeros viajes -en todos los sentidos de la palabra. Quién iba a decir que a estás alturas todavía iba a caer gente en el caballo, pero ya ven, hay gente para todo y las interioridades del alma humana son inescrutables.
Una cosa está clara: no hace falta leerse el Economist de la semana pasada para apreciar que la Guerra contra la Droga ha terminado. Perdieron los pardillos que pensaron que tal cosa se podía haber ganado. He aquí otro drama.
sábado, marzo 14, 2009
Lo hermoso de tener un blog longevo es releer lo que escribiste hace tres o cuatro años y no reconocerte. A toro pasado siempre parece todo más hermoso, y mira que las pasábamos canutas. Pero el tiempo no es justiciero, sino todo lo contrario, y las penalidades de ayer hoy nos parecen recuerdos muy bonitos. Como si de la sacrosanta Transición o El Golpe de Estado se tratará, hoy les invitó a un alucinante viaje al 2005:
- Una vez que comí marisco.
- Cómo deje mi adicción a la albóndigas
- Mis adorables vecinos (de entonces)
- Todos tus muertos
- Los empleados bancarios me escribían
- Así era la fiesta.
Les dejo tarea. Tengan en cuenta las coordenadas espaciotemporales. Se que es sucio tirar de la hemeroteca y no inventar, pero me parece tan entrañable... Otro día nos llamamos, quedamos y revivimos otros años. Pero ya te llamo yo.
Pondría todos los que hice aquel año. Lo que hacía antes molaba más.
- Una vez que comí marisco.
- Cómo deje mi adicción a la albóndigas
- Mis adorables vecinos (de entonces)
- Todos tus muertos
- Los empleados bancarios me escribían
- Así era la fiesta.
Les dejo tarea. Tengan en cuenta las coordenadas espaciotemporales. Se que es sucio tirar de la hemeroteca y no inventar, pero me parece tan entrañable... Otro día nos llamamos, quedamos y revivimos otros años. Pero ya te llamo yo.
Pondría todos los que hice aquel año. Lo que hacía antes molaba más.
lunes, marzo 09, 2009
Econopoesía
He aquí un nuevo experimento poético nunca visto en la República de las Letras: la Econopoesía. Poemas de un hipotético libro titulado, muy originalmente, La Crisis.
1
imagina una burbuja
esférica y perfecta
de superficie húmeda
y rosada
que no para de hincharse
brillante y orgullosa
cada vez luce más grande
y se hincha y se hincha
y se hipertrofia
como un cerdo cebado
hasta que un día explota
¡bang!
(estruendo)
-silencio-
cuando se disipó el humo
y el polvo se posó sobre las ruinas
y recuperamos el aliento
lo habíamos perdido todo
y el Euríbor seguía subiendo
2
yo de mayor quiero
comprar barato y vender caro
(como todos)
tener stress un puesto de trabajo
un hijo de los tres
al que no quiera una señora
un maletín un padre anciano
podrido de dinero
agonizando
ser un hombre
de nuestro tiempo
y luego
cuando llegue la Crisis
quitarme la corbata
llorar solo en el lavabo
3
si pudieran comerse los ladrillos
otro gallo cantaría
iríamos al campo
a mitad de los desiertos
a lugares protegidos en las costas
y hallaríamos ciudades enteras
en silencio abandonadas
deliciosas
y repletas de alimento
4
el econopoema sale por igual del corazón
del poeta como de la cuenta de resultados
de su empresa.
en tiempos de expansión el econopoema
es aburrido y lánguido y revolotea moribundo
hasta caer derrengado sobre el parquet
al lado del pie de un broker
pero en tiempos de Crisis el econopoema
revive reluciente y alza vuelo y toca el sol
y se queda con su brillo y llega hasta tu oreja
que esperas decaído en la cola del INEM
y más que hacerte sonreír
te deja aún más tieso
5
como un rodillo
aplastando un tubo de pomada
así paso la Crisis por encima de la empresa
salieron despedidos los obreros
6
todas
la hipotecas
son
basura
----------
Es sólo una muestra.
Pueden leer una entrevista con el autor a propósito de su último (y primer) libro, pinchando aquí.
1
imagina una burbuja
esférica y perfecta
de superficie húmeda
y rosada
que no para de hincharse
brillante y orgullosa
cada vez luce más grande
y se hincha y se hincha
y se hipertrofia
como un cerdo cebado
hasta que un día explota
¡bang!
(estruendo)
-silencio-
cuando se disipó el humo
y el polvo se posó sobre las ruinas
y recuperamos el aliento
lo habíamos perdido todo
y el Euríbor seguía subiendo
2
yo de mayor quiero
comprar barato y vender caro
(como todos)
tener stress un puesto de trabajo
un hijo de los tres
al que no quiera una señora
un maletín un padre anciano
podrido de dinero
agonizando
ser un hombre
de nuestro tiempo
y luego
cuando llegue la Crisis
quitarme la corbata
llorar solo en el lavabo
3
si pudieran comerse los ladrillos
otro gallo cantaría
iríamos al campo
a mitad de los desiertos
a lugares protegidos en las costas
y hallaríamos ciudades enteras
en silencio abandonadas
deliciosas
y repletas de alimento
4
el econopoema sale por igual del corazón
del poeta como de la cuenta de resultados
de su empresa.
en tiempos de expansión el econopoema
es aburrido y lánguido y revolotea moribundo
hasta caer derrengado sobre el parquet
al lado del pie de un broker
pero en tiempos de Crisis el econopoema
revive reluciente y alza vuelo y toca el sol
y se queda con su brillo y llega hasta tu oreja
que esperas decaído en la cola del INEM
y más que hacerte sonreír
te deja aún más tieso
5
como un rodillo
aplastando un tubo de pomada
así paso la Crisis por encima de la empresa
salieron despedidos los obreros
6
todas
la hipotecas
son
basura
----------
Es sólo una muestra.
Pueden leer una entrevista con el autor a propósito de su último (y primer) libro, pinchando aquí.
sábado, febrero 28, 2009
Otros Demonios

Veamos: ¿se puede hacer algo sin saber lo que se está haciendo? Toma, pues claro. Yo, mismamente, no se muy bien qué es la poesía –ya estamos otra vez en las mismas ¿eh?-. Hace unos años, cuando no solía leer las cantidades ingentes de poemas que me trago ahora, tenía las ideas más claras. Relacionaba la poesía con la escritura en verso, con las melenas, con follar y con algunos nombres que si que conocía, ya saben, Gil de Biedma, Ángel Gónzalez, Lorca y así. Luego, cuando te sumerges en algo se hace cada vez más vasto e inabarcable, de la misma manera que el concepto del océano se tiene muy claro desde el interior, pero cuando te arrastra la resaca mar adentro y no tienes donde asirte te sientes perdido y abrumado –por decir algo. Así que lo de la poesía cada vez se me hace más raro y ya no se donde poner la línea que separe la poesía y el mundo.
¿A qué viene esto? se preguntarán. Bueno, hace unos meses gané el Premio Asturias Joven de poesía con mi poemario Otros Demonios y todavía, misteriosamente, no lo había publicitado. Tal vez subsconscientemente echaba paladas y paladas de modestia sobre mi recién nacida y temblorosa vanidad de poeta galardonado. El caso es que además del premio en cash, se publicó el libro en muy bonita edición de KRK.
Y un libro de poesía ¿para qué sirve? Lo cierto es que lo ignoro, también ignoro cómo se utiliza. ¿Se lee de adelante hacia atrás o de atrás hacia delante? ¿Se abre al azar y se lee el poema que toque? ¿Se le entero o por partes? ¿Se lee, en definitiva? ¿Cuánto tarda en hacer efecto? ¿Y qué tal dejarlo en el váter? Como ven todo son misterios, pero aún así se puede escribir un libro sin conocer estas respuestas, igual que estamos vivos sin saber qué coño es la propia vida, la realidad y el cosmos.
Pero no nos vayamos de la olla, que ahora viene lo más prosaico: ustedes pueden pedir mi libro y utilizarlo como bien decidan en: La casa del libro de toda España, en las librerías Fuentetaja, Visor y Paradox de Madrid y en las más importantes librerías asturianas. También pueden encargarlo en la web de la editorial y lo recibirán al dia siguiente cómodamente en su domicilio, pinchando aquí.
¿A qué viene esto? se preguntarán. Bueno, hace unos meses gané el Premio Asturias Joven de poesía con mi poemario Otros Demonios y todavía, misteriosamente, no lo había publicitado. Tal vez subsconscientemente echaba paladas y paladas de modestia sobre mi recién nacida y temblorosa vanidad de poeta galardonado. El caso es que además del premio en cash, se publicó el libro en muy bonita edición de KRK.
Y un libro de poesía ¿para qué sirve? Lo cierto es que lo ignoro, también ignoro cómo se utiliza. ¿Se lee de adelante hacia atrás o de atrás hacia delante? ¿Se abre al azar y se lee el poema que toque? ¿Se le entero o por partes? ¿Se lee, en definitiva? ¿Cuánto tarda en hacer efecto? ¿Y qué tal dejarlo en el váter? Como ven todo son misterios, pero aún así se puede escribir un libro sin conocer estas respuestas, igual que estamos vivos sin saber qué coño es la propia vida, la realidad y el cosmos.
Pero no nos vayamos de la olla, que ahora viene lo más prosaico: ustedes pueden pedir mi libro y utilizarlo como bien decidan en: La casa del libro de toda España, en las librerías Fuentetaja, Visor y Paradox de Madrid y en las más importantes librerías asturianas. También pueden encargarlo en la web de la editorial y lo recibirán al dia siguiente cómodamente en su domicilio, pinchando aquí.
Otros demonios, Sergio C. Fanjul, Ediciones KRK 2008.
Sean felices.
Sean felices.
martes, febrero 24, 2009
Unos señores opinan
Claro, hay que ir a los bares, a las tabernas, a las tascas, sobre todo si uno quiere inspirarse y coger el pulso a tus congéneres o a eso que siempre llamamos realidad o la calle. Hay que ir a un bareto cualquier tarde y pedir una cerveza y abrir un periódico o un libro que finges leer mientras estás atento a lo que allí se dice y se escucha. Esta misma tarde, mientras disfrutaba de una caña doble mal echada con olivas verdes, tuve la oportunidad de asistir como invitado incógnito a una de esas charlas entre señores muy curtidos de solysombra, de manos gruesas por el trabajo duro y con el rostro surcado por profundas arrugas negras. Esos borrachos que aún no lo están pero que, sin duda, acabarán estándolo en un rato. “Un español, si es verdaderamente español, es español nazca donde nazca”, dijo uno con barba. Los otros dos se opusieron –no podía ser de otra manera- con gritos incomprensibles, que es como suelen desarrollarse estos debates tabernarios. Respecto a la sentencia del barbudo, llámenla circunloquio, tautología o, simplemente, monstruo lógico con tres cabezas que no quiere decir nada. No entraré en el análisis de la proposición absurda y aberrante –que dejo a los lectores-, pero si diré que así son los nacionalismos: absurdos y aberrantes, girando obsesivamente siempre alrededor de conceptos tan evanescentes y etéreos como patria o nación. “Tienes que abrir tu mente”, dijo otro en un sorprendente arrebato de lucidez. Sí, habría que abrirlas con cascanueces y sacar con pinzas esos chirimbolos del pensamiento. Por lo demás, para patria, esos bares, esas barras, sobre todo, estas letras.
Luego hablaron del recientemente dimitido Sr. Bermejo, ministro de Justicia. A mí este caso me hace gracia porque se originó, aparte de la sonada huelga, en la afición del ministro a la caza. Por una vez en este país se oyeron comentarios muy feos –si exceptuamos a la muy vegetariana Doña Sofía-, incluso en su propio partido, con respecto a ese deporte rancio. Aunque el asunto de la montería fuese irrelevante, se vio por la opinión pública como algo antediluviana y aristocrático, cosa que debió alegrar a los defensores de los animales. Yo lo fui, y mucho, en mi época de fuerte militancia, aunque ahora ya no, y me alegro –no digo ya por la dimisión, sino por ese matiz anticinegético- como quien se alegra cuando toca el gordo de Navidad en el pueblo donde uno nació y en el que ya no vive. Salud.
Luego hablaron del recientemente dimitido Sr. Bermejo, ministro de Justicia. A mí este caso me hace gracia porque se originó, aparte de la sonada huelga, en la afición del ministro a la caza. Por una vez en este país se oyeron comentarios muy feos –si exceptuamos a la muy vegetariana Doña Sofía-, incluso en su propio partido, con respecto a ese deporte rancio. Aunque el asunto de la montería fuese irrelevante, se vio por la opinión pública como algo antediluviana y aristocrático, cosa que debió alegrar a los defensores de los animales. Yo lo fui, y mucho, en mi época de fuerte militancia, aunque ahora ya no, y me alegro –no digo ya por la dimisión, sino por ese matiz anticinegético- como quien se alegra cuando toca el gordo de Navidad en el pueblo donde uno nació y en el que ya no vive. Salud.
lunes, febrero 16, 2009
Usted es un ciborg
Como el mundo real, el mundo cibernético (que cada vez muerde un trozo más grande del real, si es que éste último definitivamente existe) está lleno de cadáveres. Pasa a menudo: acaba uno dando con un blog que desconocía, después de seguir uno de esos inextricables y misteriosos hilos de links que se encadenan aleatoriamente como los pensamientos de un fumado; y, después de leer algunos posts con agrado (o no), descubre sorprendido que el último fue colgado hace seis meses o un año o dos. El blog está abandonado. Entonces repara uno en un silencio en el que no había reparado antes, en el frío que llena ese blog y que ahora muerde el cuello, y se imagina esos rastrojos esféricos que ruedan en los desiertos pueblos del far west y todo es desolación. El blog sigue ahí, impertérrito, pero ¿qué ha sido de su autor?
La mayoría de blogs que se inauguran acaban abandonados al poco tiempo. La mayoría de los blogueros inician sus aventuras posteadoras para relatar un viaje a un país exótico, o para desahogarse bajo el anonimato precario que otorga un pseudónimo del mal ambiente laboral de su oficina, o sobre todo, para gritar al mundo las penas que le produce la reciente ruptura con su pareja. Estos últimos se cuentan por miles. Lo cierto es que los blogs están minusvalorados, con eso de que cualquiera tiene acceso a escribir uno y teniendo en cuenta –y en esto hay que darle la razón a los críticos- la mierda intranscendente que circula por ahí – blogs con fotos de paellas y gatitos, familias numerosas, vírgenes suicidad y góticas- muchos desconfían de este medio tan moderno y actual, tan contemporáneo, de comunicarse. Pero también es cierto que hay que echarle huevos para mantener uno, tener ideas y poco pudor, ser constante y disciplinado (bueno, esto último no mucho). Así que, como digo, son muchos los que se embarcan pero pocos los que sobreviven. La red acaba pareciendo un cementerio de ballenas.
Ahora imagínense que el bloguero ha muerto, y ahí ha quedado su legado. Es posible que los navegantes poco avisados no sepan nada del autor y mucho menos que está tieso. El blog sigue ahí, se puede seguir leyendo en él la vida o la escritura del finado, y también sigue ahí su facebook, su mail, su suscripción a la página porno. Por fin el ser humano, ya casi un ciborg, ha conseguido la trascendencia, la vida eterna, por lo siglos de los siglos, hasta que la red desaparezca. Oí hace tiempo a unos agoreros anunciando el fin de internet por culpa de no se qué colapso de no se qué servidores. Y lo peor, también leí hace tiempo de una empresa que, empeñada en acabar con esta nueva ciberinmortalidad, ofrecía sus servicios para, en caso de muerte del sujeto, clausurar su blog, su correo, su tuenti, su entrada en la wikipedia y, en fin, todo rastro digital de su paso por este mundo –me refiero al mundo real y también al virtual. Cuídense de ellos.
La mayoría de blogs que se inauguran acaban abandonados al poco tiempo. La mayoría de los blogueros inician sus aventuras posteadoras para relatar un viaje a un país exótico, o para desahogarse bajo el anonimato precario que otorga un pseudónimo del mal ambiente laboral de su oficina, o sobre todo, para gritar al mundo las penas que le produce la reciente ruptura con su pareja. Estos últimos se cuentan por miles. Lo cierto es que los blogs están minusvalorados, con eso de que cualquiera tiene acceso a escribir uno y teniendo en cuenta –y en esto hay que darle la razón a los críticos- la mierda intranscendente que circula por ahí – blogs con fotos de paellas y gatitos, familias numerosas, vírgenes suicidad y góticas- muchos desconfían de este medio tan moderno y actual, tan contemporáneo, de comunicarse. Pero también es cierto que hay que echarle huevos para mantener uno, tener ideas y poco pudor, ser constante y disciplinado (bueno, esto último no mucho). Así que, como digo, son muchos los que se embarcan pero pocos los que sobreviven. La red acaba pareciendo un cementerio de ballenas.
Ahora imagínense que el bloguero ha muerto, y ahí ha quedado su legado. Es posible que los navegantes poco avisados no sepan nada del autor y mucho menos que está tieso. El blog sigue ahí, se puede seguir leyendo en él la vida o la escritura del finado, y también sigue ahí su facebook, su mail, su suscripción a la página porno. Por fin el ser humano, ya casi un ciborg, ha conseguido la trascendencia, la vida eterna, por lo siglos de los siglos, hasta que la red desaparezca. Oí hace tiempo a unos agoreros anunciando el fin de internet por culpa de no se qué colapso de no se qué servidores. Y lo peor, también leí hace tiempo de una empresa que, empeñada en acabar con esta nueva ciberinmortalidad, ofrecía sus servicios para, en caso de muerte del sujeto, clausurar su blog, su correo, su tuenti, su entrada en la wikipedia y, en fin, todo rastro digital de su paso por este mundo –me refiero al mundo real y también al virtual. Cuídense de ellos.
martes, febrero 10, 2009
¿Qué hacer con un sobaco?
Yo nací con una flor en el culo y un pan bajo el brazo. Ahora que me he ido comiendo el pan, relleno el hueco que ha dejado bajo mi axila con un periódico, por aquello de no extrañar el pan como quien extraña un miembro fantasma, como echa de menos la pierna el cojo y la mano el manco. Así que cuando, al caminar por un andén de metro de la línea cinco, o al cruzar un paso de cebra en la Gran Vía, entre amodorrado y resuelto, me encuentro con un conocido, muchas veces, después de saludarle, juntar mis mejillas con las suyas, sonreír un rato, me dice, señalando con un gesto craneal al periódico que tímidamente asoma debajo de mi brazo: intelectual ¿eh?
Bien, que en un país se considere a alguien que lee la prensa diaria –y ya no digo la revista Claves o el Cahiers du Cinema- como un intelectual dice bien poco del nivel cultural de su población. La lectura de la prensa debería de ser, cómo decirlo, una obligación moral, por aquello de tener ciudadanos informados, votos de calidad y gobiernos decentes. Una opinión pública como Dios manda y todos esos rollos. Antes, al menos, muchos compraban el periódico por puro pudor, por pasear las mañanas soleadas de domingo, entre caña y caña, con él diario bajo el brazo, tal y como hago yo, para que le llamaran intelectual. Ahora que parece que la prensa de papel será subsidiaria de las ediciones digitales todos pueden excusarse con aquello de: yo lo leo en internet. Y, claro, para comprobar eso habría que introducirse en sus sistemas operativos, revisar sus historiales e incurrir, si no ya en una falta legal, al menos en un asunto muy feo.
Éste es el más banal de los cambios que trae la nueva prensa digital. El más importante, a mi juicio, es que los periódicos perderán su principal utilidad, que ya señaló el ahora tan recordado Julio Cortázar: la de, después de sucesivas y fantabulosas transformaciones en los bancos de los parques, acabar sirviendo de envoltorio para las acelgas. O para los ciudadanos sin techo en las noches da más frío. O para la yerba de los imitadores de Bob Marley. Pero no nos pongamos analógicos ni nostálgicos, que aún somos jóvenes –aunque cada vez menos. Una cosa está clara: el futuro será cibernético o no será. Amén.
Bien, que en un país se considere a alguien que lee la prensa diaria –y ya no digo la revista Claves o el Cahiers du Cinema- como un intelectual dice bien poco del nivel cultural de su población. La lectura de la prensa debería de ser, cómo decirlo, una obligación moral, por aquello de tener ciudadanos informados, votos de calidad y gobiernos decentes. Una opinión pública como Dios manda y todos esos rollos. Antes, al menos, muchos compraban el periódico por puro pudor, por pasear las mañanas soleadas de domingo, entre caña y caña, con él diario bajo el brazo, tal y como hago yo, para que le llamaran intelectual. Ahora que parece que la prensa de papel será subsidiaria de las ediciones digitales todos pueden excusarse con aquello de: yo lo leo en internet. Y, claro, para comprobar eso habría que introducirse en sus sistemas operativos, revisar sus historiales e incurrir, si no ya en una falta legal, al menos en un asunto muy feo.
Éste es el más banal de los cambios que trae la nueva prensa digital. El más importante, a mi juicio, es que los periódicos perderán su principal utilidad, que ya señaló el ahora tan recordado Julio Cortázar: la de, después de sucesivas y fantabulosas transformaciones en los bancos de los parques, acabar sirviendo de envoltorio para las acelgas. O para los ciudadanos sin techo en las noches da más frío. O para la yerba de los imitadores de Bob Marley. Pero no nos pongamos analógicos ni nostálgicos, que aún somos jóvenes –aunque cada vez menos. Una cosa está clara: el futuro será cibernético o no será. Amén.
martes, febrero 03, 2009
Que venga aquí el tipo que me dicta los poemas,
quién es, qué cara tiene, dónde se esconde
cuando su voz me llega de improviso y me remueve
los pliegues del cerebro y una válvula
de ese extraño músculo que hemos dado en llamar
corazón -entre otras cosas. Por qué
está ausente hoy, por qué no llama
ni se conecta al messenger, quién
-dime quién- guiará ahora las yemas de mis dedos,
los versos que se incrustan
en mis huellas dactilares como roña. Agarro la litrona
de Mahou clásica, la froto con un paño
por ver si sale él, como el genio de la lámpara,
a salvarme del silencio. Pero la botella está vacía
y maldigo y me revelo y reto a las siete musas
y me pregunto, ahora, quién me está dictando esto.
quién es, qué cara tiene, dónde se esconde
cuando su voz me llega de improviso y me remueve
los pliegues del cerebro y una válvula
de ese extraño músculo que hemos dado en llamar
corazón -entre otras cosas. Por qué
está ausente hoy, por qué no llama
ni se conecta al messenger, quién
-dime quién- guiará ahora las yemas de mis dedos,
los versos que se incrustan
en mis huellas dactilares como roña. Agarro la litrona
de Mahou clásica, la froto con un paño
por ver si sale él, como el genio de la lámpara,
a salvarme del silencio. Pero la botella está vacía
y maldigo y me revelo y reto a las siete musas
y me pregunto, ahora, quién me está dictando esto.
lunes, enero 26, 2009
Alejandra entre las lilas
Yo estaba herido muy grave de poesía cuando llegué a Madrid hace más de siete años –cada vez pasa más el tiempo pero Madrid era entonces salvaje y extrema, oscura igual que ahora-, así que cada noche me fumaba un porro y me bebía una botella de vino muy barato y me encerraba en aquella pequeña habitación alargada de la calle Atocha 26 –afuera la ciudad rugía- con Alejandra Pizarnik –que fue, no se confundan, una poetisa suicida. Porque en aquella casa no había salón -estaba alquilado como cuarto-, ni tele -fue productivo aquel año-, y no había nada más que hacer. Así que allí dentro, frente al balconcillo que daba a un patio de luces -muy madrileño y muy fascinante para mi yo de entonces -, solo con Alejandra Pizarnik, sus obras completas en hermosa edición de Lumen, de tapas marrones como papel de estraza, iluminado por la tenue luz del flexo, se me caían absurdas lágrimas ante el prodigio que suponían sus versos, sus pequeños poemas como joyas de cristal, llenas del silencio que ella invocaba para ocultar, o para gritar tal vez, su desesperación.
Además, por entonces yo era muy zen, y, por unión de ambas coordenadas, digamos, espirituales, a veces me quedaba alucinando bellotas porque la Idea platónica de la Perfección se me presentaba en un huevo frito que estaba friendo –era tan hermoso y tan real-, o porque encontraba extraños significados ocultos en las cosas que reflejaban los charcos de la horrenda calle Atocha en los días húmedos y grises del otoño que pasé allí, o también por las finas ondulaciones que el paso de los coches, o de los transeúntes acelerados, provocaban en las mismas superficies de los mismos charcos, aquellos ante los cuales se pasaban el día sentadas unas señoras muy feas y muy viejas, apoyadas en la barandilla, de las que más tarde descubrí con asombro que ejercían el noble y viejo arte de las prostitución.
Todo esto me llevaba, además, a escribir pequeños textos sobre lo inmanente y lo trascendente de un pétalo que, de pronto, abandonaba la flor y caía revoloteando en espiral hasta el suelo, y tres cuartos de lo mismo para las crujientes hojas secas, y siempre encontraba momentos zen a cada paso, que también me resultaban muy poéticos. O encontraba sucesos poéticos en los calcetines, que a su vez catalogaba como indiscutibles respuestas a las principales paradojas del zen.
Hay que decir que aquellos textos no estaban mal del todo y que alguno apareció publicado en alguna revistilla de dudosa calaña, pero también hay que decir que la vida ahora, siete años y pico después –cada vez pasa más el tiempo-, es trillones de veces más prosaica, sobre todo con la que está cayendo. Las cosas me van bien -incluso con la que está cayendo-, y aquel sufrimiento, aquella incertidumbre, aquella soledad tan postadolescente, aquel oficio de recién llegado -en palabras de la Pizarnik-, son un recuerdo muy propicio para desvariar en estas líneas, pero para nada más. Entonces no había facebook, no tenía móvil, ni un periódico de referencia en el que escribir. Aún así era hermoso, porque todo se vuelve hermoso en mi memoria, hasta lo más pútrido, más sórdido, más esdrújulo. Así que no os fiéis, porque yo no me fío. El tiempo pasa cada vez más y no nos va dejando nada que tocar, sólo esta bruma, este recuerdo, este pequeño temblor ahí, en no sé dónde.
Alejandra Pizarnik, adolescente eterna, ingirió una sobredosis letal de seconal sódico en 1972 para encontrar la muerte. Tenía 36 años. Ahora vive feliz entre las lilas.
Además, por entonces yo era muy zen, y, por unión de ambas coordenadas, digamos, espirituales, a veces me quedaba alucinando bellotas porque la Idea platónica de la Perfección se me presentaba en un huevo frito que estaba friendo –era tan hermoso y tan real-, o porque encontraba extraños significados ocultos en las cosas que reflejaban los charcos de la horrenda calle Atocha en los días húmedos y grises del otoño que pasé allí, o también por las finas ondulaciones que el paso de los coches, o de los transeúntes acelerados, provocaban en las mismas superficies de los mismos charcos, aquellos ante los cuales se pasaban el día sentadas unas señoras muy feas y muy viejas, apoyadas en la barandilla, de las que más tarde descubrí con asombro que ejercían el noble y viejo arte de las prostitución.
Todo esto me llevaba, además, a escribir pequeños textos sobre lo inmanente y lo trascendente de un pétalo que, de pronto, abandonaba la flor y caía revoloteando en espiral hasta el suelo, y tres cuartos de lo mismo para las crujientes hojas secas, y siempre encontraba momentos zen a cada paso, que también me resultaban muy poéticos. O encontraba sucesos poéticos en los calcetines, que a su vez catalogaba como indiscutibles respuestas a las principales paradojas del zen.
Hay que decir que aquellos textos no estaban mal del todo y que alguno apareció publicado en alguna revistilla de dudosa calaña, pero también hay que decir que la vida ahora, siete años y pico después –cada vez pasa más el tiempo-, es trillones de veces más prosaica, sobre todo con la que está cayendo. Las cosas me van bien -incluso con la que está cayendo-, y aquel sufrimiento, aquella incertidumbre, aquella soledad tan postadolescente, aquel oficio de recién llegado -en palabras de la Pizarnik-, son un recuerdo muy propicio para desvariar en estas líneas, pero para nada más. Entonces no había facebook, no tenía móvil, ni un periódico de referencia en el que escribir. Aún así era hermoso, porque todo se vuelve hermoso en mi memoria, hasta lo más pútrido, más sórdido, más esdrújulo. Así que no os fiéis, porque yo no me fío. El tiempo pasa cada vez más y no nos va dejando nada que tocar, sólo esta bruma, este recuerdo, este pequeño temblor ahí, en no sé dónde.
Alejandra Pizarnik, adolescente eterna, ingirió una sobredosis letal de seconal sódico en 1972 para encontrar la muerte. Tenía 36 años. Ahora vive feliz entre las lilas.
martes, enero 20, 2009
El Corte Inglés te ama

Es un gran evento que ocurre cada mañana. El Corte Inglés de Sol abre sus puertas a las diez, pero veinte minutos antes los clientes impacientes ya se concentran ante la puerta, inquietos como feligreses en Pascua. Hace frío hoy, ellos se apoyan en la pared, caminan en circulo, exhalan vaho con el abrigo cerrado hasta el cuello y el gorro bien calado. En este día del invierno en su apogeo –ayer nevó-, a esta hora tan temprana, cuando la ciudad se quita las legañas, camiones y furgonetas se diseminan por la calle Preciados cargando y descargando las mercancías que los mercaderes de la calle más cara de España mercadearán durante el día. Dos policías municipales pasean aburridos bajo el cielo plomizo.
Se acerca la hora. La luces dentro del centro comercial se van encendiendo poco a poco, muchas zonas permanecen en penumbra. Los dependientes van de un lado a otro, se colocan en sus puestos, revisan sus peinados y uniformes detrás de los cristales, en esa zona fantástica todavía vedada para los clientes impacientes, que, puteados en el frío de la calle, miran hacia el interior fascinados y desiderantes. Los chaquetas rojas, esa suerte de guardas de seguridad con atuendo ridículo y amable, desarmados para no asustar a nadie, ni a los clientes, ni a las señoras –ni siquiera a nosotros, los ladrones-, salen a la calle con walkie talkies en las manos. Están tensos, muy ocupados, miran hacia los lados, hablan entre ellos, nerviosos como si estuviesen coordinando la invasión asesina de algún poblado palestino. Queda poco para la apertura y todo tiene que estar listo para el gran negocio de cada día. Miles de euros acabarán irremediablemente en las cajas registradoras que anidan en el corazón de la bestia albergando un gran imán.
A falta de un minuto para la apertura los clientes impacientes encaran la puerta, preparan su carteras, sus tarjetas, su efectivo. Por fin suenan las campanadas en el reloj de la Puerta del Sol. Es la hora de abrir, es la hora de comprar, es la hora de ganar. Las puertas aún permanecen cerradas unos segundos, pero todas la luces han sido ya encendidas y algún cliente impaciente se queja. Sube el volumen de los murmullos.
Por fin giran las puertas del Paraíso y el monstruo absorbe a los clientes impacientes como un sumidero. Se termina así el largo Infierno de una noche entera sin comprar. Estamos salvados. Dios no ha muerto. Espera adentro, con los brazos abiertos. La Semana Fantástica, los Ocho Días de Oro, Cortylandia –sus odiosas melodías-, volverán a bajar a la Tierra y a ser justos con los justos. Sólo tenéis que tener fe, hermanos.
Se acerca la hora. La luces dentro del centro comercial se van encendiendo poco a poco, muchas zonas permanecen en penumbra. Los dependientes van de un lado a otro, se colocan en sus puestos, revisan sus peinados y uniformes detrás de los cristales, en esa zona fantástica todavía vedada para los clientes impacientes, que, puteados en el frío de la calle, miran hacia el interior fascinados y desiderantes. Los chaquetas rojas, esa suerte de guardas de seguridad con atuendo ridículo y amable, desarmados para no asustar a nadie, ni a los clientes, ni a las señoras –ni siquiera a nosotros, los ladrones-, salen a la calle con walkie talkies en las manos. Están tensos, muy ocupados, miran hacia los lados, hablan entre ellos, nerviosos como si estuviesen coordinando la invasión asesina de algún poblado palestino. Queda poco para la apertura y todo tiene que estar listo para el gran negocio de cada día. Miles de euros acabarán irremediablemente en las cajas registradoras que anidan en el corazón de la bestia albergando un gran imán.
A falta de un minuto para la apertura los clientes impacientes encaran la puerta, preparan su carteras, sus tarjetas, su efectivo. Por fin suenan las campanadas en el reloj de la Puerta del Sol. Es la hora de abrir, es la hora de comprar, es la hora de ganar. Las puertas aún permanecen cerradas unos segundos, pero todas la luces han sido ya encendidas y algún cliente impaciente se queja. Sube el volumen de los murmullos.
Por fin giran las puertas del Paraíso y el monstruo absorbe a los clientes impacientes como un sumidero. Se termina así el largo Infierno de una noche entera sin comprar. Estamos salvados. Dios no ha muerto. Espera adentro, con los brazos abiertos. La Semana Fantástica, los Ocho Días de Oro, Cortylandia –sus odiosas melodías-, volverán a bajar a la Tierra y a ser justos con los justos. Sólo tenéis que tener fe, hermanos.
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En la imagen el Autor se lo piensa dos veces.
miércoles, enero 14, 2009
Esa luz
Todas las noches se ve ahí enfrente la luz amarilla y tenue de su cuarto. Como el patio es oscuro y yo también estoy a oscuras, esa luz recorta mi silueta contra la pared al lado de mi cama. Ahí estoy yo, o mi sombra, que es lo mismo, incorporándome de la cama, despeinado y sudoroso, mirando una y otra vez la luz amarilla, la única que por las noches se ve en el patio. Un patio pequeño, un segundo piso de un edificio de ocho al que apenas llega la claridad, ni siquiera de día, ni siquiera en esos días en los que el sol del verano está más alto. A veces mi sombra se levanta del lecho y yo me acerco a la ventana y me asomo, y veo, dos pisos más abajo, los cubos de basura que el portero llena cada tarde de bolsas negras y amarillas, malolientes, y también algunos trastos que nunca nadie recogerá. Observo la ropa tendida, que no es mucha, enormes bragas encarnadas, camisetas blancas de tirantes, pantalones vaqueros, zapatillas deportivas soltando su pútrido olor -que no me llega- en los alféizares de las ventanas, en mitad de ese silencio cruel de la noche en Madrid. Un silencio que no es silencio. Si te callas, si no haces ningún ruido y te estás quieto, escuchas el leve rumor de la ciudad que nunca duerme, de la bestia, casi un murmullo, un sonido sordo e indefinible que llega de más allá de este patio, de las calles céntricas e insomnes, del tráfico incesante, de los pasos, los tiroteos, los accidentes, los bares últimos de cada madrugada. Sin embargo, está esa luz amarilla, ahí enfrente, siempre, bajo el cielo naranja Blade Runner de la noche en Madrid. Si fuera un sonido, esa luz sería un grito agudo y chirriante.
Hace calor aquí, la calefacción es fuerte, y está esa luz. Me levanto, me asomo a la ventana, la observo. Imagino que él está en el cuarto, a veces detecto su movimiento cuando se interpone entre su lámpara y su ventana, la luz -esa luz- varía de intensidad de forma casi imperceptible. Noto cuando se mueve, aunque nunca sé lo que hace ni por qué. Siempre temo que, mientras yo vigilo, él asome de pronto la cabeza, que se asome como yo a la ventana y que, como yo, mire y me descubra. Sería horrible. Le imagino refugiado en las profundidades de su cuarto, levantándose a llenar otra vez su copa de vino tinto, dejando un momento la novela del XIX abierta sobre la cama, yendo a buscar al cajón otro Ducados. Cambiando el disco. Masturbándose. O simplemente yaciendo sobre el colchón, mirando al techo blanco, a la humedades, a la goteras, quién sabe, con los ojos fijos, muy abiertos, como un enfermo.
Hoy estoy inquieto. Hoy estoy nervioso, muy nervioso. Mi cuarto está más oscuro que de costumbre, y mi vientre lleno de fieras que se revuelven, siento sus garras. Pero la luz sigue ahí, imperturbable, recortándome contra la pared, haciendo que mi sombra siga mis paseos circulares. Tropezándome, descalzo, con el suelo lleno de periódicos viejos mientras mi cigarrillo es lo único que alumbra, incansable, obseso, esta habitación. Ojalá pudiera verlo mejor, ojalá pudiera ver lo que está haciendo, pero su ventana no está frente a la mía, sino que la veo lateralmente, está en una pared contigua del patio, no en la opuesta, de tal forma que no alcanzo a ver lo que pasa dentro, sólo la raya de luz lateral, que forma un ángulo de treinta grados con mis ojos. Me pregunto que estará haciendo, no oigo nada, no se oye nada, sólo, quizás, su respiración, quizás sea esa su respiración, esa que se confunde con la respiración dormida de la ciudad. Está loco, creo que está loco. Está en su pequeño cuarto, que debe tener menos de nueve metros cuadrados, lleno de luz tenue y amarilla, bebiéndose otra botella de vino, leyendo una novela del XIX, viendo cine porno. En mi cuarto todo está oscuro, choco con la esquina de la mesa, me hago daño, por qué demonios no paro de sudar. Me siento desnudo en el suelo. Está caliente.
De pronto oigo ruidos en el piso. Alguien anda por ahí, puedo escucharlo. Con mucho cuidado, tratando de no hacer ruido, me levanto y me acerco, de puntillas, lentamente, a la puerta. Arrimo la oreja, la puerta está caliente, mi oreja está húmeda, me concentro y oigo unos pasos, ahora en la cocina, ahora en el pasillo, alguien se acerca. Primero se oyen lejanos, pero luego cada vez más próximos. Alguien viene hacia aquí, cada vez se oye más cerca. Cuando llega hasta mi puerta se detiene. Le oigo al otro lado. Mi oreja está muy cerca de su pecho y puedo oír como respira - la respiración de la bestia-, sólo la puerta nos separa ahora. El silencio se instala durante unos siglos, mi pecho tiembla, mis manos tiemblan, estoy temblando. Dos golpes hacen retumbar la madera a la que se adhiere mi oreja y yo salto aterrorizado, y termino con la espalda pegada a la pared opuesta, tratando de asirme a algo que no existe, con la cara empapada en sudor, con un tambor dentro del cuerpo. No puedo. Miro por la ventana. La noche nunca fue tan silenciosa. El patio está ahora oscuro. La luz. La luz amarilla. La luz no está. La luz está apagada.
Hace calor aquí, la calefacción es fuerte, y está esa luz. Me levanto, me asomo a la ventana, la observo. Imagino que él está en el cuarto, a veces detecto su movimiento cuando se interpone entre su lámpara y su ventana, la luz -esa luz- varía de intensidad de forma casi imperceptible. Noto cuando se mueve, aunque nunca sé lo que hace ni por qué. Siempre temo que, mientras yo vigilo, él asome de pronto la cabeza, que se asome como yo a la ventana y que, como yo, mire y me descubra. Sería horrible. Le imagino refugiado en las profundidades de su cuarto, levantándose a llenar otra vez su copa de vino tinto, dejando un momento la novela del XIX abierta sobre la cama, yendo a buscar al cajón otro Ducados. Cambiando el disco. Masturbándose. O simplemente yaciendo sobre el colchón, mirando al techo blanco, a la humedades, a la goteras, quién sabe, con los ojos fijos, muy abiertos, como un enfermo.
Hoy estoy inquieto. Hoy estoy nervioso, muy nervioso. Mi cuarto está más oscuro que de costumbre, y mi vientre lleno de fieras que se revuelven, siento sus garras. Pero la luz sigue ahí, imperturbable, recortándome contra la pared, haciendo que mi sombra siga mis paseos circulares. Tropezándome, descalzo, con el suelo lleno de periódicos viejos mientras mi cigarrillo es lo único que alumbra, incansable, obseso, esta habitación. Ojalá pudiera verlo mejor, ojalá pudiera ver lo que está haciendo, pero su ventana no está frente a la mía, sino que la veo lateralmente, está en una pared contigua del patio, no en la opuesta, de tal forma que no alcanzo a ver lo que pasa dentro, sólo la raya de luz lateral, que forma un ángulo de treinta grados con mis ojos. Me pregunto que estará haciendo, no oigo nada, no se oye nada, sólo, quizás, su respiración, quizás sea esa su respiración, esa que se confunde con la respiración dormida de la ciudad. Está loco, creo que está loco. Está en su pequeño cuarto, que debe tener menos de nueve metros cuadrados, lleno de luz tenue y amarilla, bebiéndose otra botella de vino, leyendo una novela del XIX, viendo cine porno. En mi cuarto todo está oscuro, choco con la esquina de la mesa, me hago daño, por qué demonios no paro de sudar. Me siento desnudo en el suelo. Está caliente.
De pronto oigo ruidos en el piso. Alguien anda por ahí, puedo escucharlo. Con mucho cuidado, tratando de no hacer ruido, me levanto y me acerco, de puntillas, lentamente, a la puerta. Arrimo la oreja, la puerta está caliente, mi oreja está húmeda, me concentro y oigo unos pasos, ahora en la cocina, ahora en el pasillo, alguien se acerca. Primero se oyen lejanos, pero luego cada vez más próximos. Alguien viene hacia aquí, cada vez se oye más cerca. Cuando llega hasta mi puerta se detiene. Le oigo al otro lado. Mi oreja está muy cerca de su pecho y puedo oír como respira - la respiración de la bestia-, sólo la puerta nos separa ahora. El silencio se instala durante unos siglos, mi pecho tiembla, mis manos tiemblan, estoy temblando. Dos golpes hacen retumbar la madera a la que se adhiere mi oreja y yo salto aterrorizado, y termino con la espalda pegada a la pared opuesta, tratando de asirme a algo que no existe, con la cara empapada en sudor, con un tambor dentro del cuerpo. No puedo. Miro por la ventana. La noche nunca fue tan silenciosa. El patio está ahora oscuro. La luz. La luz amarilla. La luz no está. La luz está apagada.
jueves, enero 08, 2009
El facebook
El facebook es mucho mejor que el cuerpo analógico, porque el facebook nunca se cansa, ni tiene sueño, ni tiene migrañas ni mucho menos resacas. En el facebook la gente siempre es hermosa y simpática y sobre todo, lo más importante, el facebook nunca se aburre, aunque no esté haciendo nada. Porque en realidad en facebook, aunque no se haga nada, nunca hay descanso. La razón del éxito del invento tal vez sea que se adapta de maravilla a la actividad siempre difusa y cambiante que domina nuestras vidas afterpop, a esa ansiedad que trajo consigo la sociedad de la información y cuyo primer síntoma fue el ya prehistórico zapping. A día de hoy uno no puede mantener ninguna actividad más de diez minutos seguidos: se leen 10 páginas de un libro, se levanta uno a la nevera para abrir y cerrar la puerta sin tomar nada, se fuma un piti, se hace pis, se vuelve al libro 5 minutos antes de poner la tele un rato y llamar a un amigo y conectarse a Internet. Y ahí, dentro de Internet, está el facebook, que permite toda esta actividad borrosa sin levantarse del asiento. Puedes pasarte horas cotilleando fotos, mandando algún mensaje, haciéndote fan de un refrán o de una marca de cerveza, secuestrando a gente, rellenando tests absurdos, planeando asistir a eventos, en fin, no haciendo nada, pero distrayéndote para no pensar en la enfermedad, el infinito, la nada, la muerte, el fútbol, todo eso.
Yo sueño con el día en que la ciencia y la tecnología nos permitan deshacernos de nuestros cuerpos de carne y hueso tan demodé y fusionarnos con el facebook y también con el myspace y el tuenti y el hi5 y lo que venga. Que ya está bien de caminar por la calle e ir a bares y al trabajo y a misa e ir envejeciendo poco a poco. Llegará el momento en que gozemos de la inmortalidad, del nirvana cibernético, de la ataraxia más zen. Por el momento, y mientras esperamos, siempre podemos quedar con los amigos en el gris y oscuro, difícil e intrincado, mundo real y tomarnos unas cañas, alrededor de una mesa, en un bar de madera, eso sí, hablando del facebook.
Y si no lo tienes: tonto.
Yo sueño con el día en que la ciencia y la tecnología nos permitan deshacernos de nuestros cuerpos de carne y hueso tan demodé y fusionarnos con el facebook y también con el myspace y el tuenti y el hi5 y lo que venga. Que ya está bien de caminar por la calle e ir a bares y al trabajo y a misa e ir envejeciendo poco a poco. Llegará el momento en que gozemos de la inmortalidad, del nirvana cibernético, de la ataraxia más zen. Por el momento, y mientras esperamos, siempre podemos quedar con los amigos en el gris y oscuro, difícil e intrincado, mundo real y tomarnos unas cañas, alrededor de una mesa, en un bar de madera, eso sí, hablando del facebook.
Y si no lo tienes: tonto.
miércoles, diciembre 31, 2008
Feliz Año Nuevo, Palestina
Es el último día del año y el Estado (terrorista) de Israel sigue bombardeando Gaza. En la minúscula franja donde se hacinan un millón y medio de personas, han muerto ya 380 palestinos. Aunque los israelíes dicen atacar solamente objetivos militares para neutralizar a Hamás, lo cierto es que están muriendo decenas de civiles. ¿Han visto ese póker de cadáveres de niños palestinos, blanquecinos y rígidos, minúsculos, que mostraron las televisiones la otra tarde? Al Estado israelí, cegado por su mesianismo, le importa bien poco la vida de cualquier palestino, al los que sólo ve como un estorbo en su afán por ocupar la tierra que Dios (y la ONU?) le otorgó: la Biblia como manual de derecho internacional. “Si bombardeamos los edificios, es lógico que mueran civiles”, declaró un muy pragmático y casi insultante general isralí.
¿Quién es ahora David y quién Goliath? ¿Quién es ahora el exterminador y quién el exterminado? Parece que no recuerdan. ¿Quién ataca con uno de los ejércitos más poderosos del mundo y quién lanza modestos cohetes caseros, o piedras? ¿Guerra o, simplemente, terrorismo? El Estado de Israel, ante la tibieza de las críticas occidentales, debe comprender por si mismo que su destino y el de Palestina están unidos, para bien y para mal, y debe dar una solución pacífica al conflicto. Si el pueblo judío, que fue la luz intelectual de Occidente, no sabe combatir de otra manera al islamismo de Hamás más que con esta torpe violencia, está condenado a vivir instalado en el miedo a ser arrojado al mar, durmiendo con un ojo abierto y un fusil en la mano, tratando de esconder con firmes convicciones la vergüenza de haberse convertido, él también, en un pueblo genocida.
Liberad Palestina.
Feliz Año Nuevo.
¿Quién es ahora David y quién Goliath? ¿Quién es ahora el exterminador y quién el exterminado? Parece que no recuerdan. ¿Quién ataca con uno de los ejércitos más poderosos del mundo y quién lanza modestos cohetes caseros, o piedras? ¿Guerra o, simplemente, terrorismo? El Estado de Israel, ante la tibieza de las críticas occidentales, debe comprender por si mismo que su destino y el de Palestina están unidos, para bien y para mal, y debe dar una solución pacífica al conflicto. Si el pueblo judío, que fue la luz intelectual de Occidente, no sabe combatir de otra manera al islamismo de Hamás más que con esta torpe violencia, está condenado a vivir instalado en el miedo a ser arrojado al mar, durmiendo con un ojo abierto y un fusil en la mano, tratando de esconder con firmes convicciones la vergüenza de haberse convertido, él también, en un pueblo genocida.
Liberad Palestina.
Feliz Año Nuevo.
jueves, diciembre 25, 2008
La piedra la luz amarilla
A ver… Salir de bares por Oviedo es una experiencia deliciosa y fascinante porque en todos los garitos te encuentras a la misma gente, que es la entrañable gente moderna de siempre, y los grupúsculos de hardnighters se van haciendo y deshaciendo, modificándose gradualmente, birra en mano, según pasan las horas y se vacían los vasos y se nublan las mentes, hasta que acabas en el Xalabam, ese bar divertido y malvado, a la hora de ir a misa, escuchando a los Ramones y a los Pixies, y todo es neblinoso y raro y está guay. El Xalabam, la meta al final del largo e incierto sendero de la noche, asusta un poco de primeras pero es el local lo que pervierte; la gente, como digo, es la misma que horas antes estuvo en el Flamin’, La Bola, La Caja o el Movie y demás garitos en la onda, pero algo más desencajada y delirante. Allí murió hace unos años un tipo, con un navajazo en el corazón por intentar, aún sin saberlo, levantarle la puta a un expresidiario recién liberado (que pronto volvió al talego). Dicen las malas lenguas que la clientela siguió tomando copas con el cadáver en el suelo, de cuerpo presente. Crímenes aparte, es un sitio que me gusta porque me llena de un extraño placer morboso.
Por lo demás, cuando sales por aquí, y es Navidad o Semana Santa (osea, que están tus amigos) siempre paramos por los mismos cuatro sitios y nos parece que Oviedo es una ciudad rockera y canalla, que mola. Pero claro, eso es sólo una ilusión creada por nuestra estrechez de miras. En realidad hay miles de bares horribles que nunca pisamos, con mucha gente dentro, y los nuestros son meramente anecdóticos. Es, mutatis mutandis, como cuando el PP tenía mayoría absoluta. Yo me preguntaba: cómo puede suceder esta desgracia si no conozco a nadie que vote al PP (exceptuando algunos familiares). Llegué a sospechar que el partido de la derecha podrida hacia pucherazo. Pero la explicación es que en mi ámbito de amistades no se contempla está opción política. Por aquellas fechas leí que uno de cada cuatro españoles es, clínicamente, un psicópata. Me sorprendió en principio, porque no conozco a ninguno, pero luego me di cuenta de que no los conozco porque son exactamente los mismos que votan a Rajoy. Aish, ya me fui del tema. Que eso, que Oviedo la nuit.
Por lo demás, cuando sales por aquí, y es Navidad o Semana Santa (osea, que están tus amigos) siempre paramos por los mismos cuatro sitios y nos parece que Oviedo es una ciudad rockera y canalla, que mola. Pero claro, eso es sólo una ilusión creada por nuestra estrechez de miras. En realidad hay miles de bares horribles que nunca pisamos, con mucha gente dentro, y los nuestros son meramente anecdóticos. Es, mutatis mutandis, como cuando el PP tenía mayoría absoluta. Yo me preguntaba: cómo puede suceder esta desgracia si no conozco a nadie que vote al PP (exceptuando algunos familiares). Llegué a sospechar que el partido de la derecha podrida hacia pucherazo. Pero la explicación es que en mi ámbito de amistades no se contempla está opción política. Por aquellas fechas leí que uno de cada cuatro españoles es, clínicamente, un psicópata. Me sorprendió en principio, porque no conozco a ninguno, pero luego me di cuenta de que no los conozco porque son exactamente los mismos que votan a Rajoy. Aish, ya me fui del tema. Que eso, que Oviedo la nuit.
lunes, diciembre 22, 2008
Ovillo
En la Plaza de Callao se bifurca el mundo: para ir a Sol hay dos opciones: el Camino de la Izquierda, que es la calle del Carmen, y el Camino de la Derecha, que es la calle Preciados, ambas comerciales y bulliciosas, paralelas, ambas me gustan igual. A veces no se cuál de las dos coger y me tiro un rato pensando, indeciso. Finalmente me decido y enfilo la que sea, eso depende del día, del estado de ánimo, de la conjugación de los planetas. Pero ya voy pensando, entre la marabunta, haciendo slalom entre promotores de ONG y estatuas humanas, si no habría sido mejor coger la otra; quién sabe si, de haber sido mi elección inicial la contraria, me hubiera sucedido algo especial. Encontrarme un amigo –o hacerlo-, presenciar un eclipse, que se me aparezca el arcángel San Gabriel y que me haga santo –aunque esto lo dudo mucho-. Algo, no sé, que me cambie la vida o el día, todos son tan parecidos...
Como a mitad de trayecto hay una pequeña calle que las vuelve unir por un momento, se presenta de nuevo la opción de cambiar de camino, así que (qué coño) a veces – sólo algunas veces, otras no- opto por cambiar de calle y continuar por la que en principio deseché. Pero entonces ya vuelvo a atormentarme con qué hubiera sido de mí de haber seguido recto por la primera, si hubiera sido víctima de un atentado masivo, o escuchado a algún nuevo músico callejero, o encontrado un billete de 500 euros –que dicen que existen y que son morados- arrugado sobre una alcantarilla.
Al final las dos acaban igual, en Sol, donde los predicadores ultraconservadores y los chaperos transalpinos, y yo me sumerjo en el metro, espero en el andén, tratando de poner la cabeza en otra cosa, consiguiéndolo ya, atrapado en la lectura, hasta que llega el tren retumbando y vuelve la eterna duda: ¿en qué vagón entrar? ¿qué puede pasarme ahora?
(Dicen que hay infinitos universos paralelos. Cada vez que se arroja un dado, el mundo se divide en seis.)
Cada mínima decisión es un giro en el laberinto en el que usted vive. Todos esos laberintos, formando un ovillo, conforman el mundo.
Como a mitad de trayecto hay una pequeña calle que las vuelve unir por un momento, se presenta de nuevo la opción de cambiar de camino, así que (qué coño) a veces – sólo algunas veces, otras no- opto por cambiar de calle y continuar por la que en principio deseché. Pero entonces ya vuelvo a atormentarme con qué hubiera sido de mí de haber seguido recto por la primera, si hubiera sido víctima de un atentado masivo, o escuchado a algún nuevo músico callejero, o encontrado un billete de 500 euros –que dicen que existen y que son morados- arrugado sobre una alcantarilla.
Al final las dos acaban igual, en Sol, donde los predicadores ultraconservadores y los chaperos transalpinos, y yo me sumerjo en el metro, espero en el andén, tratando de poner la cabeza en otra cosa, consiguiéndolo ya, atrapado en la lectura, hasta que llega el tren retumbando y vuelve la eterna duda: ¿en qué vagón entrar? ¿qué puede pasarme ahora?
(Dicen que hay infinitos universos paralelos. Cada vez que se arroja un dado, el mundo se divide en seis.)
Cada mínima decisión es un giro en el laberinto en el que usted vive. Todos esos laberintos, formando un ovillo, conforman el mundo.
lunes, diciembre 15, 2008
Asalto
Me asaltó el otro día una postadolescente en el metro (¡oh sí!): “Shiiiiico, ¿te gusta leer, un pokillo?”, dijo mientras mascaba chicle entre aburrida y lasciva (si es que esto es posible) y me señalaba con un boli. Pensé: “Cielos, con ese acento suburbial y esas pintas soy yo quién debería preguntarte eso”, pero simplemente dije: “Sí, mucho, pero ahora tengo mucha prisa”. Se trataba, en efecto, de una promotora del Círculo de Lectores, que trataba de pescar almas entre los atribulados metronautas, por lo visto sin mucho éxito.
Me sorprende esta política del Círculo: elegir a individuos que parecen (al menos) pendientes de la alfabetización para promover la lectura. Las promociones bancarias, por ejemplo, utilizan a comerciales complemente fiables y trajeados que transmiten el savoir faire y la confianza necesarias para que uno decida abrirse una cuenta y depositar sus ahorros. Yo mismo, hace unos años, fui predicador callejero de Greenpeace y comprobé como su tropa de salvación medioambiental estaba formada por jóvenes con aspecto alternativo y/o solidario y/o comprometido con ese tipo de causas, entre los que me encontraba. Es decir, la juventud de la rasta y el piercing podía encontrar un trabajo allí a pesar a su aspecto, tras ser rechazada una y otra vez por instituciones más Antiguo Régimen, como los bancos arriba citados o el sacrosanto Corte Inglés. (Curiosamente, y aunque no viene a cuento, la Fnac tiene una política similar, de cuanto peor, mejor, así las diferentes secciones de sus centros están pobladas por dependientes de aspecto extraño y disoluto).
Pero a lo que iba; el Círculo de Lectores: qué cosa ésta. Si a uno el gusta leer un pokillo, disfrutará sobre todo, incluso más que con la lectura, con el paseo habitual por la jungla de las librerías, el manoseo, hojeo, sopesamiento, y chupado de los volúmenes. Una aventura que puede llevarte a descubrimientos alucinantes, en librerías de viejo, en saldos, en mercadillos, en librerías especializadas, comiqueras, en la Casa del Libro dónde sea. Eligiendo por ti mismo entre toda la oferta disponible, que es mucha y variada. Al menos a mi pasa. Y puedo decir que he aprendido más de Literatura y Aledaños en estas placenteras incursiones que leyendo en mi cuarto, la verdad. En el Círculo, en cambio, ofrecen una selección mensual y aséptica, inofensiva al fin y al cabo, de obras de dudosa calidad, mayormente best-sellers y novelas románticas, a lectores vagos, poco avisados o que, incluso, no son lectores, pero les gustaría. Como esos que se apuntan frecuentemente al gimnasio, llenos de buenos y saludables propósitos y, frecuentemente, acaban por dejarlo.
Aunque bueno, pensándolo mejor, la próxima vez que me tope a la postadolescente suburbial en las entrañas de la ciudad, le regalaré una suscripción para ella, a ver si arreglamos algo, al menos su dicción. Amén.
Me sorprende esta política del Círculo: elegir a individuos que parecen (al menos) pendientes de la alfabetización para promover la lectura. Las promociones bancarias, por ejemplo, utilizan a comerciales complemente fiables y trajeados que transmiten el savoir faire y la confianza necesarias para que uno decida abrirse una cuenta y depositar sus ahorros. Yo mismo, hace unos años, fui predicador callejero de Greenpeace y comprobé como su tropa de salvación medioambiental estaba formada por jóvenes con aspecto alternativo y/o solidario y/o comprometido con ese tipo de causas, entre los que me encontraba. Es decir, la juventud de la rasta y el piercing podía encontrar un trabajo allí a pesar a su aspecto, tras ser rechazada una y otra vez por instituciones más Antiguo Régimen, como los bancos arriba citados o el sacrosanto Corte Inglés. (Curiosamente, y aunque no viene a cuento, la Fnac tiene una política similar, de cuanto peor, mejor, así las diferentes secciones de sus centros están pobladas por dependientes de aspecto extraño y disoluto).
Pero a lo que iba; el Círculo de Lectores: qué cosa ésta. Si a uno el gusta leer un pokillo, disfrutará sobre todo, incluso más que con la lectura, con el paseo habitual por la jungla de las librerías, el manoseo, hojeo, sopesamiento, y chupado de los volúmenes. Una aventura que puede llevarte a descubrimientos alucinantes, en librerías de viejo, en saldos, en mercadillos, en librerías especializadas, comiqueras, en la Casa del Libro dónde sea. Eligiendo por ti mismo entre toda la oferta disponible, que es mucha y variada. Al menos a mi pasa. Y puedo decir que he aprendido más de Literatura y Aledaños en estas placenteras incursiones que leyendo en mi cuarto, la verdad. En el Círculo, en cambio, ofrecen una selección mensual y aséptica, inofensiva al fin y al cabo, de obras de dudosa calidad, mayormente best-sellers y novelas románticas, a lectores vagos, poco avisados o que, incluso, no son lectores, pero les gustaría. Como esos que se apuntan frecuentemente al gimnasio, llenos de buenos y saludables propósitos y, frecuentemente, acaban por dejarlo.
Aunque bueno, pensándolo mejor, la próxima vez que me tope a la postadolescente suburbial en las entrañas de la ciudad, le regalaré una suscripción para ella, a ver si arreglamos algo, al menos su dicción. Amén.
viernes, diciembre 05, 2008
Otra vez
Un anciano va caminando por la calle bajo un cielo vasco/plomizo y llega un joven (presuntamente) y le descerraja un tiro en la cabeza por no sé qué asuntos de una carretera en forma de Y griega. Y claro, es La Eta. Y empiezan a salir en la tela sus vecinos diciendo que era un tipo genial, que sus mayores aficiones eran jugar a las cartas e ir a misa, que era más bueno que el pan, casi un santo. Pero ¿qué pasa? ¿Qué si hubiera sido un cabrón no hubiera importado? ¿Si ese empresario hubiera sido malcarado y gruñón la gente hubiera dicho: bueno, no pasa nada?
Lo que se juzga aquí no es la calidad moral de la víctima sino la bajeza del vil asesino. Da igual a quién. Es como cuando dicen que Miguel Ángel Blanco es un héroe. ¿Por qué? Lo secuestraron y lo asesinaron. ¿Qué tiene eso de heroico? O cuando le dan el Premio Príncipe de Asturias a la Betancourt. ¿Por qué? A ella la secuestraron e intentó sobrevivir, como hacen tantos. No tuvo elección, otros decidieron por ella. Si tanto le mola eso a nuestros próceres, pues que le hubieran dado el Premio a la narcoguerrilla de las FARC, no te jode.
En fin, por otro lado, y como decían por ahí, La Eta no sólo mata a sus víctimas, sino también a ciertos movimientos sociales, vecinales y ecologistas que, teniendo luchas que podrían ser legítimas, ahora se verán satanizados por estar en la larga sombra de Eta. Y es que “no entienden que el sujeto de las luchas populares es el pueblo, y no la vanguardia revolucionaria”, Javier Ortiz dixit.
Todo el proceso de atentado-condena-tralará me recuerda a aquel relato de Kafka en el que unos monjes celebran un ritual que siempre es abortado por unos tigres que saltan sobre el altar y tiran los cirios y los cálices y lo dejan todo perdido. Tan persistentes son en la jodienda que al final, los monjes, desesperados ante la imposibilidad de llevar la cosa a término, incluyen en el propio rito el numerito del asalto felino. Y tan contentos.
Lo que se juzga aquí no es la calidad moral de la víctima sino la bajeza del vil asesino. Da igual a quién. Es como cuando dicen que Miguel Ángel Blanco es un héroe. ¿Por qué? Lo secuestraron y lo asesinaron. ¿Qué tiene eso de heroico? O cuando le dan el Premio Príncipe de Asturias a la Betancourt. ¿Por qué? A ella la secuestraron e intentó sobrevivir, como hacen tantos. No tuvo elección, otros decidieron por ella. Si tanto le mola eso a nuestros próceres, pues que le hubieran dado el Premio a la narcoguerrilla de las FARC, no te jode.
En fin, por otro lado, y como decían por ahí, La Eta no sólo mata a sus víctimas, sino también a ciertos movimientos sociales, vecinales y ecologistas que, teniendo luchas que podrían ser legítimas, ahora se verán satanizados por estar en la larga sombra de Eta. Y es que “no entienden que el sujeto de las luchas populares es el pueblo, y no la vanguardia revolucionaria”, Javier Ortiz dixit.
Todo el proceso de atentado-condena-tralará me recuerda a aquel relato de Kafka en el que unos monjes celebran un ritual que siempre es abortado por unos tigres que saltan sobre el altar y tiran los cirios y los cálices y lo dejan todo perdido. Tan persistentes son en la jodienda que al final, los monjes, desesperados ante la imposibilidad de llevar la cosa a término, incluyen en el propio rito el numerito del asalto felino. Y tan contentos.
domingo, noviembre 30, 2008
Periodismo (con perdón)
Ya se está muriendo el año y pienso, al borde del siguiente, lo fructífero que ha sido mi inicio en el oficio del periodismo (“el mejor oficio del mundo”, “mejor que trabajar”, y todos esos clichés manoseados). Ya ven, recién licenciado en Astrofísica me cambié de tercio como un traidor y me enrolé, después de duras pruebas y ciertas dificultades, en el selecto y recoleto máster de El País. Han pasado tela de cosas: las interminables elecciones norteamericanas con su final inaudito, el mastodóntico accidente de Barajas, las elecciones españolas, y la ubicua crisis, que, por cierto, me pilló trabajando en prácticas en el diario económico Cinco Días, este verano, y gracias a la cual aprendí muchísimo de economía y también de periodismo. Pero también todas esas minúsculas historias del periodismo local, que es el que hemos practicado durante todo el año para hacer callo.
El máster es una gran idea (publireportaje), se trabaja como en una redacción de verdad, hicimos periódicos, programas de radio, revistas, todo en tiempo real y con las mayores exigencias (fin del publireportaje). Alejados de toda teoría, de Macluhan y compañía, de la Facultad, praxis pura que me llevó a ir de los palacios hasta el fango. He comido en fastuosos banquetes con empresarios, me he adormecido con el profesoral y cálido verbo de Solbes en el congreso, he entrevistado a todo tipo de personajes (esta misma mañana al director de Le Monde.fr). Sindicalistas, políticos, intelectuales, envueltos en mucho mucho cocktail, mucha mucha gala, muchos hoteles cinco estrellas, lujo a raudales. Pero también bajé a las chabolas de la Cañada Real, donde me dejé las Adidas perdidas de barro y jeringuillas, conocí a los inmigrantes perseguidos, los albergues de los sin techo donde se le ofrece calefacción y zumo de piña, las protestas vecinales, las riadas, y la horrible privatización de la sanidad madrileña. Los muertos. Así, después de tanta rueda de prensa, de ser enviado especial, de tanto patear, hablar con gente y recibir bufonazos, llego a la conclusión de que no hay tanta diferencia entre unos y otros, de que todos son de carne y de hueso, de que los que salen por la tv existen, se pueden tocar y que los que no salen tanto también existen, y es preciso recordarlo, y también acercarse y tocarlos.
El máster es una gran idea (publireportaje), se trabaja como en una redacción de verdad, hicimos periódicos, programas de radio, revistas, todo en tiempo real y con las mayores exigencias (fin del publireportaje). Alejados de toda teoría, de Macluhan y compañía, de la Facultad, praxis pura que me llevó a ir de los palacios hasta el fango. He comido en fastuosos banquetes con empresarios, me he adormecido con el profesoral y cálido verbo de Solbes en el congreso, he entrevistado a todo tipo de personajes (esta misma mañana al director de Le Monde.fr). Sindicalistas, políticos, intelectuales, envueltos en mucho mucho cocktail, mucha mucha gala, muchos hoteles cinco estrellas, lujo a raudales. Pero también bajé a las chabolas de la Cañada Real, donde me dejé las Adidas perdidas de barro y jeringuillas, conocí a los inmigrantes perseguidos, los albergues de los sin techo donde se le ofrece calefacción y zumo de piña, las protestas vecinales, las riadas, y la horrible privatización de la sanidad madrileña. Los muertos. Así, después de tanta rueda de prensa, de ser enviado especial, de tanto patear, hablar con gente y recibir bufonazos, llego a la conclusión de que no hay tanta diferencia entre unos y otros, de que todos son de carne y de hueso, de que los que salen por la tv existen, se pueden tocar y que los que no salen tanto también existen, y es preciso recordarlo, y también acercarse y tocarlos.
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