
La muerte, que es muy puta y está loca, se presentó ayer a mediodía cuando íbamos mi madre y yo a comer un menú del día y nos encontramos a un anciano fulminado en el suelo de la céntrica plaza de la Escandalera, en Oviedo. La muerte llegó como un calambre y me supo a agua sucia y a metal. Vino una ambulancia y unos policías, el juez no acababa de llegar, el viejo fue poniéndose rígido y morado a la vista de los morbosos transeúntes hasta que le colocaron encima un plástico blanco. Cómo debe ser salir un lunes a comprar el pan a mediodía y palmarla así, de pronto, con la comida caliente en la mesa y el año casi sin usar.
De vuelta del almuerzo mi madre me preguntó que cómo me encontraba con 30 años. Yo le dije que bueno, que las cosas son cada vez menos nuevas y excitantes y le va faltando a uno la ilusión, que cada vez hay más incertidumbres y responsabilidades, sin olvidar la coyuntura socioeconómica que mi generación le ha tocado vivir en un momento tan delicado y decisivo de la vida, pero que bah, que bien. Ella me dijo que me imaginase cómo se encontraba ella que tiene un buen montón de años más, pero que no me preocupase, que la vida no es lineal sino curva y zigzagueante y que, por ejemplo, hace 10 años, cuando yo me fui a Madrid ella conoció un hermoso renacimiento, liberada de mi, con nuevas amistades, aficiones e ilusiones renovadas. Sí, dije yo, mu bien.
Hoy, en la misma plaza de la Escandalera, en mi paseo de por la tarde, vi a una mujer y a su hija, la primera cogida del brazo de la otra. La hija tenía unos 30 años, era guapa, fuerte, muy alta, pelo muy negro, parecía que tenía carácter. La madre era igual de alta y conservaba el resto de belleza que conserva una mujer que ha sido bella y, aunque tenía el pelo ya canoso, parecía conservar, también, una sólida energía de la que había heredado su hija. Ver a una madre y una hija que se parecen mucho, y que conservan esa complicidad solo posible entre una madre y una hija, siempre me ha turbado, pues, más que dos mujeres diferentes, parecen la misma mujer en dos momentos diferentes de su vida. O que una de ellas ha viajado en el tiempo para visitar a su yo pasado o futuro.
La muerte anda rondando. Yo casi muero un par de veces durante las ya pasadas navidades: en Nochevieja me caí subiendo unas escaleras y un par de días después un camión indolente casi nos saca de la autopista a toda hostia. El año 2010 será famoso por toda la gente conocida que la ha espichado. Todo se va muriendo todo el rato, tengan cuidado. Cada vez que alguien se muere se acaba un universo.
Mañana vuelvo a Madrid, antes de que me pase algo malo. Es curioso, las lisérgicas y desastradas calles de la capital se presentan, de pronto, mucho más seguras que las de esta apacible ciudad de provincias que permanece durmiendo la siesta.
(El dibujín de la muerte y la doncella es del amiguete Edward Munch, supongo que basado en el cuarteto de cuerda homónimo de Schubert)




